Fabio irrumpió en la oficina con energía desbordante, solicitando documentos y haciendo preguntas sobre diferentes clientes a su paso. Esther, su secretaria, lo siguió por el pasillo y atravesó la puerta de cristal detrás de él.
Ella le entregó una camisa gris que colgaba de una percha, una taza de café y, con habilidad, le recordó las citas programadas para esa tarde mientras él se cambiaba.
Él asentía con gesto distraído, desviando la mirada de vez en cuando para confirmar algunos datos en su computadora. Al notar que Esther no tenía intención de abandonar la oficina después de recibir el informe, la observó expectante, esperando escuchar si iba a agregar algo más.
Esther no solía ponerse nerviosa por su presencia; de hecho, eso fue lo que le permitió conseguir el puesto. Era la única capaz de mantener su ritmo frenético, satisfacer su nivel de exigencia y entender la importancia de la confidencialidad en su área de trabajo. Toda una joya entre las secretarias de la firma.
Ignorando a Esther, Fabio se adentró en el baño y rápidamente ajustó su corbata. Sabía que le quedaban menos de dos horas para regresar al juzgado y el tráfico del mediodía no le permitiría demorarse. Si llegaba un minuto tarde, ese juez era capaz de posponer la audiencia, y ya tenía suficiente presión de los socios del bufete para ganar ese caso.
Le prometió a su cliente que la ayudaría en todo lo posible; y que resarciría los momentos difíciles que su esposo le hizo pasar desde que decidió abandonarla por su amante. Ese hombre le suspendió los ingresos, incluyendo el pago de las altas colegiaturas de sus tres hijos; uno de ellos con una enfermedad crónica que requería costosos medicamentos que no podían permitirse.
Eso la llevó a adquirir una deuda exorbitante y ahora él buscaba obtener la custodia total de sus hijos y todos los bienes en el divorcio, al darse cuenta de que una hermana de su cliente le heredó a ese muchacho una cuantiosa fortuna. Y no lo iba a permitir.
-¿Sabes que no tengo tiempo que perder? Dime qué sucede -dijo Fabio mientras limpiaba su saco frente al espejo.
Esther respondió en tono seco:
-Tiene una visitante inesperada en la sala de conferencias. Y su padre llamó de nuevo.
-¿Qué? ¿Susana está aquí? ¿Por qué no me lo dijiste antes? -Ignoró a propósito la última información, mientras su padre siguiera insistiendo en que sentara cabeza con una dama de sociedad, él tampoco cedería.
El recuerdo de la última vez que estuvieron juntos le golpeó como una ola furiosa, preguntándose si ella seguía tan radiante como siempre. Ya habían pasado seis meses desde la última vez que la vio y él le pidió una oportunidad para demostrarle que podía hacerla feliz. Ahora, tal vez, ya había llegado el momento de su respuesta.
Sin dejarla terminar, aceleró el paso. Sabía que si ella estaba allí era porque lo extrañaba, lo quería de vuelta en su vida, o lo necesitaba.
Durante todos esos meses, estuvo siguiendo noticias de la ciudad a la que viajó por trabajo, como un acosador, aunque le pareció extraño no saber más sobre su carrera profesional de arquitecta.
Abrió las puertas de roble, que crujieron al moverse, y sintió el olor a cera que le revolvió el estómago, o quizá era la ansiedad mientras preparaba en su cabeza las palabras de bienvenida que le daría, y el tenerla de nuevo entre sus brazos, absorbiendo su aroma, escuchando su risa.
Sin embargo, se detuvo en seco, clavando los talones en el suelo. Su mandíbula se tensó y sus manos se cerraron en puños al descubrir a la visitante, pero retrocedió dos pasos para encontrarse nuevamente con
Esther, quien se acercó con un gesto de disculpa y le susurró:
-Ella insistió en esperar... y amenazó con hacer un escándalo en recepción. Sabe que hoy firmamos con los japoneses.
-Ofrécele algo de beber y dame un minuto, o dos. -solicitó Fabio, tratando de contener su ansiedad.
El resentimiento hacia sí mismo se apoderó de él. Sentía que era un completo idiota por seguir ilusionándose con una mujer que lo abandonó, a pesar de todo lo que él hizo por ella. Anhelaba tanto verla que le dolía de manera física, pero parecía que eso ya no sería posible.
Al regresar a su oficina, se tomó su tiempo para enviar un correo urgente y pensar en la forma más sutil de sacar a esa otra mujer de allí. Así que al volver a la sala, contempló a la esposa de su jefe sentada en la mesa, exhibiendo sus largas piernas, y recordó fragmentos de aquella desafortunada noche en la que fue incapaz de negarse a un acercamiento, temiendo perder su trabajo.
Fue un completo idiota y cayó en un juego peligroso que debía terminar de una vez.
-Scarlett -saludó desde la puerta y se mantuvo allí, a pesar de la sugerente bienvenida que la mujer le ofreció al sonreír.
-Vengo por una respuesta a lo que te pedí.
-Podrías haber llamado, porque sigue siendo no. Te reitero que si no logras llegar a un acuerdo con él, tú serás quien pierda más.
-Pero tú te convertiste en su Chico Maravilla y sé de primera mano lo hábil que eres -susurró con una sonrisa a medias.
-Y yo sé que en cuanto se sepa que te represento, mi carrera estará acabada.
-Ya pensé en eso, cariño... -Ella se acercó con un andar felino y deslizó una tarjeta desde su cinturón hasta el bolsillo interno de su chaqueta-. Una amiga está buscando nuevos talentos y tu nombre surgió en una cena la otra noche.
Al leer Casandra Herrera en la tarjeta, Fabio sonrió aún más. Eso significaba que la mujer que se convirtió en una leyenda por un millón de razones había regresado a la ciudad y eso iba a conmocionar a muchas personas. Aunque para él, solo importaba que ella seguía siendo la chica inalcanzable del último año de facultad y él el mismo personaje común y corriente del primero, a quien nunca le prestó la mínima atención.
Scarlett se acercó para reclamar el favor, pero Esther se aclaró la garganta detrás de ellos. Fabio tuvo que voltear y vio cómo ella levantaba su maletín y una gabardina, indicándole que dejara de jugar con su mirada de desaprobación.
Las orejas le ardieron, una señal inequívoca de que tenía el rostro encendido, entre otras cosas.
-Esta vez solo necesito tus servicios... como abogado -aclaró la elegante mujer en tono sugerente y muy cerca de su cuello, para después guiñarle un ojo y darle un beso suave en los labios-. Llámala, nos conviene a ambos. Y no olvides que si te niegas, tampoco te irá mejor como mi enemigo.
Ella tomó el bolso que estaba sobre una de las sillas giratorias y salió contoneándose, sin que Fabio se perdiera ni un solo movimiento.
-Abogado Andrade... -Esther, en su conocido tono admonitorio que resultaba temible, lo sacó de su embeleso-. Esta posible cliente aún no factura con nosotros, pero la suma del caso que estamos llevando, bien vale el esfuerzo para no pensar en piernas largas en este momento, y menos si son ajenas.
-Sí, señora. -Tomó las cosas de sus manos sin discutir. Sin embargo, volvió sobre sus pasos y le entregó la tarjeta, complaciéndose por la expresión de asombro que ella mostró-. Averigua lo que puedas y consigue una entrevista.
Esther balbuceó una respuesta y él salió sin mirar atrás. Si todo resultaba como esperaba, la vida de ambos cambiaría para bien y era posible que pudiera librarse de Scarlett también.
Llegó justo a tiempo al juzgado y se apresuró al ascensor, temiendo perderlo. Una amable mujer detuvo las puertas para que pudiera entrar, pero no tuvo tiempo de agradecer, ya que dos hombres más entraron detrás de él.
En la premura de todos ellos, su maletín cayó al suelo y, al levantarlo, la punta del mismo trajo consigo el vestido oscuro de la mujer por la parte de atrás, creando un carril enorme en la media ahumada sobre su hermosa pierna.
Fabio no pudo evitar mirar con una mezcla de horror y fascinación aquella terrible escena. Suspiró derrotado cuando las risas masculinas llenaron el lugar, dejándole claro que estaba en problemas. Además, iba abarrotado de mujeres que no ocultaron su malestar.
Trató de sonreír, recordando que eso solía ayudarle en la mayoría de los casos, pero el gesto se le congeló en la cara cuando la reconoció.
-Abogada Her... -tartamudeó Fabio, tratando de mantener la compostura y ocultar su vergüenza y la posible pérdida de una gran oportunidad laboral-. Permítame hacer algo para compensar el daño.
La mujer lo miró con una ceja arqueada, nada impresionada por sus intentos de aliviar la tensión y respondió:
-Oh, ¿me lo dice en serio? Entonces, podría conseguir una máquina del tiempo para deshacer este momento incómodo. Eso sería de gran ayuda.
El ambiente se volvió aún más embarazoso cuando una risa incontrolable escapó de la boca de Fabio, sin importar cuánto intentara contenerla.
Las miradas de las mujeres a su alrededor se tornaron más intensas y hostiles, mientras Fabio se esforzaba por controlar su risa nerviosa. Sin embargo, cuanto más trataba de contenerse, más fuerte y contagiosa se volvía.
Pronto, el ascensor se llenó de risas, incluso la abogada no pudo evitar soltar una pequeña carcajada.
Pero la diversión duró poco, porque al abrirse las puertas en el quinto piso, ella salió sin dedicarle una segunda mirada.
Aquel golpe a su ego lo trajo de nuevo al presente, al recordar que la hermosa abogada, también era la exesposa del despiadado juez Clayton Lowe. El mismo que iba a presidir su audiencia en unos minutos, después de la jugada sucia de los abogados de la contraparte, al conseguir que el que tenían asignado se recusara del caso.
En ese instante, Fabio supo que ese no era su día de suerte. Si Lowe se encontraba con ella antes, sin duda estaría de mal humor, y eso implicaba que su caso podría correr el riesgo de ser aplazado, otra vez.
Casandra borró la sonrisa en cuanto escuchó las puertas del ascensor, cerrarse tras de sí. Miró el camino de su media rota y suspiró, tratando de ignorar el temblor de sus piernas que ahora ocupaba toda su atención mientras avanzaba por el imponente pasillo.
Habían pasado años desde la última vez que estuvo en aquel lugar por primera vez y, por un instante, la nostalgia se apoderó de ella y recordó de forma vívida el día en el que los nervios de su primer juicio le impidieron comer desde la noche anterior. Jamás olvidaría cuando, en medio del acalorado debate, su estómago decidió hacerse escuchar, provocando risas en toda la sala.
Con el tiempo, aprendió a familiarizarse con la expectante sensación que la acompañaba en cada caso, siempre decidida a demostrar la inocencia de sus clientes. La sonrisa agradecida de los familiares al tener de regreso a sus seres queridos era como un elixir que la hacía sentir invencible. Pero cuando la derrota la alcanzaba, su capacidad de aceptarla se desvanecía y se autoexiliaba para reflexionar sobre sus errores. Cada uno de sus naufragios, como ella los llamaba, ocupaban un sitio prominente en su oficina, recordándole que la posibilidad de perder, siempre estaba presente.
Cada paso que daba, tenía que obligarse a seguir avanzando y respirar al mismo tiempo.
-¿Herrera? ¿Casandra Herrera?
Parpadeó un par de veces y forzó una sonrisa que en aquel ascensor salió tan natural y extendió su mano para saludar.
-Sí, tú debes ser Sara. Gracias por recibirme.
-Vas en dirección opuesta -dijo la mujer, señalando lo obvio.
Pero Casandra no podía admitir ante sí misma que estaba aterrorizada por volver, que lo último que deseaba era encontrarse con él. El simple acto de mirar a sus ojos podía destruir todo lo que tardó años en reconstruir. Y si él le sonreía, estaba segura de que saldría corriendo, rogando para que sus largos tentáculos no pudieran alcanzarla de nuevo.
-No, es que tuve un percance -Le mostró la media y señaló el pasillo hacia los baños.
-¿Te molesta si te acompaño? Así te doy los detalles que me pidieron por correo.
-Claro que no, sé que no nos sobra el tiempo y gracias por hacer esto.
-Gracias a usted por el empleo. Solo me falta una semana para entregarle mi alma -bromeó y Casandra sonrió en respuesta.
Al salir del baño, después de quitarse las medias, Sara le entregó las carpetas mientras le daba un breve resumen de los abogados que verían esa tarde, pero ella no se molestó en ver el interior de ninguna.
Hizo un mal disimulado ejercicio de respiración y agradeció la consideración de Sara cuando se enfocó en su teléfono en lugar de ella. Aunque aquella herramienta quedó sin efecto en el momento en que de una de las oficinas salió otro abogado conocido suyo.
-La ex del juez de hierro -dijo con suspicacia y unas gotas de veneno mal disimulado-. ¿Es cierto lo que se dice por ahí?
El título no era nada halagador para Casandra, por mucho que lo quisiera señalar así el resto del mundo, pues a pocos meses después de casarse, se dio cuenta de que aquel apodo no tenía que ver con las rigurosas sentencias, sino con el impacto de sus golpes en su cuerpo. Justo donde nadie pudiese advertirlos.
Le costó sangre y lágrimas librarse de él.
-¿Y qué se dice, Rossen? -saludó con una serenidad fingida.
-Que ahora te dedicas a la cacería -respondió, ignorando a Sara y rodeando su hombro con familiaridad.
La misma que usó en el pasado para convencerla de que estaba equivocada. Así fue como ella se convirtió en una de esas mujeres profesionales que forman parte de las estadísticas; una de las tantas víctimas de abuso intrafamiliar que nunca pudo denunciar un ataque.
¿Cómo hacerlo? Si el sistema de justicia parecía haberse vuelto en su contra. Cada intento de queja o denuncia fue aplastado sin piedad, sumido en una ola de incredulidad por los pocos que la escuchaban. El mismo David Rossen, amigo de ambos, lo etiquetó bajo el despectivo estigma del dramatismo femenino y la costumbre de lamentarse por todo.
El proceso de divorcio se prolongó durante casi dos años, plagado de amenazas y un atentado contra su vida. Hasta que tomó la decisión de escuchar a su familia y dejar el país para regresar junto a ellos.
-No creas todo lo que se dice -bromeó, luchando por no mostrar el asco que sentía al tenerlo tan cerca después de su traición-. Solo estoy de visita, ¿cierto, Sara?
David reaccionó como si se acabara de dar cuenta de la mujer que iba junto a ellos, aunque se limitó a asentir en su dirección.
-Clayton se pondrá feliz al saber que estás aquí.
Ella esbozó una sonrisa plena y David entrecerró los ojos en su dirección, como sopesando aquella reacción.
-Estoy segura de ello.
Casandra tuvo que enfrentar numerosas adversidades antes de poder retomar su carrera. Lidiaba con frecuentes episodios de ansiedad que la acosaban sin previo aviso, minando su vitalidad y la fuerza que la habían impulsado desde su infancia.
Sin embargo, en todo ese doloroso proceso, descubrió que era capaz de valerse por sí misma y que no necesitaba depender de la sombra de nadie para recuperar su lugar en su campo profesional. Que ser exitosa ya no le parecía una meta inalcanzable.
Y aunque le temía, se armaría de valor cuando lo tuviera de frente.
-Te llamaré un día de estos para invitarte a cenar. Mi mujer estará encantada de saber que volvió su amiga del alma. -David señaló que se dirigía a otro pasillo al mismo tiempo que ella se detuvo en el ascensor.
-Será un placer -respondió. Una vez dentro, soltó todo el aire que no se dio cuenta de estar conteniendo.
Sara le ofreció una botella de agua, pero no se atrevió a mirarla y Casandra quiso darle un abrazo por ser tan oportuna y discreta.
Dos meses atrás le propusieron volver como socia de un prestigioso bufete y le pareció la mejor opción, así que aceptó sin dudar. Ahora, estaba segura de que algo dentro de ella se había desequilibrado desde lo de su divorcio, ya que de una forma u otra, y de manera inconsciente, parecía que buscaba enfrentar a su ex, aunque no supiera la razón con exactitud.
En ese momento volvió a dudar si podría lidiar de manera efectiva con su pasado y retomar su vida desde donde la dejó años atrás.
-En la sala 5 -dijo Sara, sacándola de sus pensamientos y tomando una de las carpetas que Casandra seguía sosteniendo contra su vientre, como si se estuviera aferrando a algo para no caer.
-Fabio Andrade -leyó al inicio de la información personal del primero de los abogados jóvenes y brillantes que tenía como responsabilidad contratar.
Iban tarde, así que apenas pudo procesar la situación en la que su ex presidía la audiencia y el mismo hombre del ascensor fuese uno de los litigantes.
Sin embargo, en los siguientes minutos, se olvidó del juez, porque ver a Andrade en acción fue un deleite. Era como un vivo ejemplo impartido en la facultad referente al manejo del espacio y la serenidad y seguridad que le brindaba a su cliente era casi palpable. Daba la sensación de que incluso el cierre de su adversario estaba dentro de sus planes.
Tenía que admitirlo, el informe sobre él era más que preciso. Mientras tomaba notas en el archivo con su fotografía, con su pluma, delineó de manera involuntaria sus cejas y trazó las pocas líneas de expresión en su frente, agregando un toque de personalidad. Observó su cabello castaño y se detuvo en el color de sus ojos, descendiendo hasta sus labios que mostraban una sonrisa ligeramente petulante.
Su atractivo era innegable y no pudo evitar dejar volar su imaginación, pensando en la posibilidad de tenerlo en su cama. Llevaba meses sin salir con nadie, y la cursi relación de su hermano Javier con su cuñada Andrea la dejaba con náuseas.
No los juzgaba, parecían destinados el uno para el otro, al menos eso era lo que él repetía sin cesar, y estaba feliz por ambos. Sin embargo, ese estilo de vida no era el suyo; prefería obtener lo mejor de un cuerpo cálido una que otra noche y luego, disfrutar del colchón de manera exclusiva el resto de la semana.
Se preguntó si él tendría a alguien así en su vida. No es que importara demasiado, pero sentía curiosidad. También el convertirse en su jefa podía ser un obstáculo para probarlo. Aunque siempre existía la opción de disfrutar un poco de aquel espécimen antes de lanzarlo al precipicio.
Sin embargo, cualquier pensamiento lascivo se desvaneció en el instante en que sintió la mirada de Clayton sobre ella, repleta del mismo odio que había visto la última noche que estuvo bajo su control.
Fabio notó una extraña incomodidad al girarse y encontrarse con Casandra Herrera, quien lo observaba con intensidad. Sacudió la cabeza para enfocarse y centró toda su atención en el esposo de su cliente en el estrado.
-En ese entonces, no tenía los recursos para asumir esa suma de dinero. Mi empresa está enfrentando numerosos problemas y tú lo sabes. -dijo el hombre, mirando a su esposa desafiante, como si la acusara por sus dificultades-. Nunca esperé tal nivel de codicia de ti, considerando que siempre fuiste tan... humilde.
Fabio se enfureció, no podía tolerar ese juego al que estaban orillando a su cliente. Exponer su pasado de poca alcurnia, como si eso fuese suficiente para restarle méritos como madre. Se acercó de nuevo al estrado, esta vez con un gesto de congoja y extrema preocupación.
El que estuviera en juego, la herencia de ese familiar y la petición de sus cuentas de empresa los tenía en esa situación, y ya no tenía marcha atrás.
-Caballero, lamento mucho escuchar eso. En lo posible, la señora Smith será tan flexible como pueda. Pero comprenderá que, de acuerdo con la ley de familia, usted sigue siendo responsable por la manutención de sus hijos menores. Sobre todo de Abel, debido a su delicado estado de salud. Es por eso, Señoría, que en vista de la prueba número diecisiete, entregada por la contraparte, presentamos algo que constaría en calidad de prueba adicional. Le pido disculpas de antemano.
Señaló hacia la pantalla, mientras buscaba a Casandra en la audiencia. Ella sonreía satisfecha y Fabio esperaba que su visita formara parte del proceso de entrevista, ya que se estaba luciendo más que otras veces. Con firmeza, sacó su as bajo la manga; lo que inclinaría la balanza del caso en su favor.
-Aquí se muestra a nuestro consternado señor Smith disfrutando de una tarde soleada junto a su nueva pareja.
-¿Eso qué tiene de extraño? Es fin de semana, tengo derecho a descansar de todos mis problemas.
-Tiene toda la razón, señor. Pero si examinamos las dos fotos anteriores tomadas ese mismo día... podremos entender el panorama completo. ¿Le importaría leer la descripción de esas fotos?
-Dice... Dice... ¡Eso no es así!, yo puedo explicarlo.
El hombre sudaba a chorros en el estrado y Fabio no dudó en ofrecerle su pañuelo.
-Por favor, solo lea.
-Dice: "En la casa que mi terroncito de azúcar me compró frente a la playa".
La risa de los presentes no se hizo esperar, mientras el hombre se ruborizaba.
-La segunda foto, por favor.
-Bueno, eso fue solo un juego. Yo... ¡Sabes que no soy así, mujer!
-¿Los billetes que se ven cubriendo sus cuerpos en esa bañera son falsos? Señor Smith, esto parece ser un juego bastante extraño, porque ella no lo ve de la misma manera. Por favor, léanos la siguiente descripción, no nos haga esperar más.
-No, no puedo.
-No hay problema. Ya no es necesario. Pero díganos, ¿qué estaban celebrando ese día mientras usted se tomaba esas fotos con la señorita Aguirre?
-No, no lo sé. Era sábado, supongo que en el partido de la pequeña Isabel, pero salí tarde de una junta y ya no llegaría a tiempo.
Fabio negó con tristeza. Se acercó al juez, pero este parecía más interesado en la preciosa mujer de cabello moreno sentada al fondo de la sala, que en él. Resignado a cualquier resultado, suspiró en voz alta antes de decir:
-No, señor Smith. Ese fue el día en que dieron de alta a su hijo Abel después de su última recaída. Su esposa...
-Ex... -intervino el hombre, nervioso, mirando a la chica con aspecto de modelo que sonreía satisfecha desde el otro lado.
-Aún no se han divorciado, por lo tanto, sigue siendo su esposa según la ley. Ella le hizo tres llamadas y usted no respondió ninguna. Además, era el cumpleaños de Isabel, su hija de doce años, y ella hizo otros siete intentos por comunicarse. Justo en el momento en que se publicaron sus hermosas fotografías. ¿No cree que sus acciones continuas a lo largo del tiempo desacreditan su solicitud de custodia total? -Advirtiendo las intenciones del otro abogado, agregó-: Eso es todo de mi parte, su Señoría.
El juez lo miró como si hubiese salido de un trance, asintió y miró al otro abogado antes de aclarar su garganta y decir:
-Debido a las pruebas presentadas por ambas partes, este caso se lleva a una sentencia definitiva. Decretando que la guarda y custodia de los menores, Isabel, Abel y Roger Smith Rojas, quedará a cargo de la señora Isabel Rojas. Así como el título de albacea, hasta que el joven Abel alcance la mayoría de edad.
»El señor Roger Smith tiene un plazo de nueve días hábiles, para cumplir con la cantidad establecida hasta la fecha a favor de la señora Rojas. Eso incluye todos los detalles presentados durante este proceso, como la vivienda y las propiedades mencionadas, así como sus acciones dentro del negocio familiar.
-Esto garantizará todas las necesidades de los menores, como alimentación, atención médica, educación, vivienda, vestimenta, actividades recreativas y demás. Para finalizar esta audiencia, la secretaria entregará las identificaciones de las partes.
El juez Lowe se puso de pie de inmediato e hizo un gesto hacia Casandra, pero esta ya estaba saliendo de la sala.
-Fabio, eres increíble -las lágrimas de Isabel lo conmovieron más de lo que podía imaginar, ya que vio de primera mano la devoción que ella tenía hacia sus hijos y el esfuerzo emocional y físico que implicaba cuidar de Abel. No podía fallarle.
Más allá de las cuestiones legales que involucraban sus negocios, Isabel merecía todo lo que estaba obteniendo. Sobre todo, considerando cómo aquel despreciable individuo la dejó en la calle meses antes, dependiendo de la caridad de sus amigos. La justicia se había hecho y, al menos en ese aspecto, le proporcionaba la satisfacción que su vida personal le negaba.
Después de despedirse de su cliente y ultimar detalles de forma apresurada, saludó a uno de los guardias y casi corrió en busca de Casandra, pero fue en vano.
Lo único que pudo notar a lo lejos, es que ya no llevaba su legendaria melena castaña, que solía rozar sus hermosos glúteos y se movía al viento junto con su mirada seductora de siempre. Aunque esa mirada capaz de provocar un paro cardíaco en un novato como él en aquellos años, seguía igual. Ahora llevaba el cabello a la altura de los hombros, muy a la moda y le quedaba fenomenal. Y ya no vestía las medias que él dañó. Otra imagen con ella deslizando la tela ahumada fuera de su piel que no debía estar en su cabeza en ese momento.
-¡Maldición! -exclamó frustrado y giró bruscamente, casi chocando con el juez, quien lo miró con curiosidad.
Su teléfono vibró en su bolsillo y se sintió en deuda con el destino al responder la llamada de Josh, su mejor amigo desde la secundaria. Lo invitó a almorzar, aliviado al poder dejar atrás a un juez Lowe enojado que comenzó a reprender a uno de los guardias del tribunal.