Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Moderno > Querido Marido, Nunca Te Perdoné
Querido Marido, Nunca Te Perdoné

Querido Marido, Nunca Te Perdoné

Autor: : Gui Mu Mu
Género: Moderno
La música de la fiesta ahogaba mi alma, mientras Ricardo Vargas me exhibía como su trofeo más reciente. Soy Sofía, su "musa", una cara bonita que sonríe vacía para pagar las facturas del hospital de mi madre y la comida de mi pequeño hijo Leo. Mi vida de bailarina de flamenco, heredera de la gran Carmen, terminó en un escenario, con un hueso roto y el amor de mi vida, Mateo, abandonándome sin una mirada. Después, mi madre sufrió un derrame cerebral, postrada, y yo, desesperada, vendí mi alma a Ricardo para sobrevivir. Pero la humillación no conocía límites: en la fiesta, Ricardo me exhibía como su "pequeña ave rota", y justo entonces, Mateo, ahora "El Fénix del Flamenco", reapareció. Él no sintió compasión, solo desprecio, confirmando lo que ya sabía: su éxito se construyó sobre mis ruinas. "Veo que por fin encontraste tu verdadero talento, Sofía", me susurró venenosamente, mientras iba por el whisky de Ricardo. "Servir a los hombres". La rabia me quemaba, pero mi rostro permaneció sereno, sin una pizca de emoción. Luego, Isabel, su hermana, me atacó en el baño, gritando sobre "familias destruidas". Mateo intervino, pero su falsa compasión solo profundizaba mi herida: ¿era él quien orquestaba esta tortura? Cuando reveló que Luna, su hermana menor, se había suicidado por la crueldad de mi madre en la academia, y que yo fui "ciega y cobarde" al no hacer nada, su venganza cobró un significado aterrador. Ahora él quería verme sufrir, arrebatarme todo lo que amaba. Pero ¿qué más podía quitarme? Mi carrera, mi amor, mi dignidad ya se habían ido. ¿Y si en el corazón de esta tragedia, lo que él pensaba que era un acto de venganza, era en realidad un descubrimiento que cambiaría su mundo para siempre?

Introducción

La música de la fiesta ahogaba mi alma, mientras Ricardo Vargas me exhibía como su trofeo más reciente.

Soy Sofía, su "musa", una cara bonita que sonríe vacía para pagar las facturas del hospital de mi madre y la comida de mi pequeño hijo Leo.

Mi vida de bailarina de flamenco, heredera de la gran Carmen, terminó en un escenario, con un hueso roto y el amor de mi vida, Mateo, abandonándome sin una mirada.

Después, mi madre sufrió un derrame cerebral, postrada, y yo, desesperada, vendí mi alma a Ricardo para sobrevivir.

Pero la humillación no conocía límites: en la fiesta, Ricardo me exhibía como su "pequeña ave rota", y justo entonces, Mateo, ahora "El Fénix del Flamenco", reapareció.

Él no sintió compasión, solo desprecio, confirmando lo que ya sabía: su éxito se construyó sobre mis ruinas.

"Veo que por fin encontraste tu verdadero talento, Sofía", me susurró venenosamente, mientras iba por el whisky de Ricardo. "Servir a los hombres".

La rabia me quemaba, pero mi rostro permaneció sereno, sin una pizca de emoción.

Luego, Isabel, su hermana, me atacó en el baño, gritando sobre "familias destruidas".

Mateo intervino, pero su falsa compasión solo profundizaba mi herida: ¿era él quien orquestaba esta tortura?

Cuando reveló que Luna, su hermana menor, se había suicidado por la crueldad de mi madre en la academia, y que yo fui "ciega y cobarde" al no hacer nada, su venganza cobró un significado aterrador.

Ahora él quería verme sufrir, arrebatarme todo lo que amaba.

Pero ¿qué más podía quitarme? Mi carrera, mi amor, mi dignidad ya se habían ido.

¿Y si en el corazón de esta tragedia, lo que él pensaba que era un acto de venganza, era en realidad un descubrimiento que cambiaría su mundo para siempre?

Capítulo 1

La música sonaba fuerte, pero yo no sentía nada, las luces de la fiesta brillaban sobre mi vestido caro, pero mis ojos estaban muertos, Ricardo Vargas, el dueño de la mitad de la industria del entretenimiento del país, me tenía del brazo, mostrándome como su último trofeo.

"Ella es Sofía, mi musa", decía a todos con una sonrisa orgullosa, y yo le sonreía de vuelta, una sonrisa vacía, ensayada, la misma que usaba cada vez que me presentaba así.

Para ellos, yo era una cara bonita, un adorno en el brazo de un hombre poderoso, nadie sabía que cada sonrisa, cada noche como esta, pagaba las facturas del hospital de mi madre y la comida de mi pequeño hijo, Leo.

Mi vida no siempre fue así.

Antes de esto, yo vivía en los escenarios, el flamenco corría por mis venas, heredado de mi madre, la gran Carmen, una leyenda del baile, yo era su sucesora, su orgullo.

El recuerdo llegó de golpe, como siempre lo hacía, nítido y doloroso.

Estaba en el escenario más importante de mi carrera, las luces me cegaban, el público aplaudía, y a mi lado bailaba Mateo, el amor de mi vida, éramos la pareja dorada del flamenco, destinados a la grandeza juntos.

Hice un giro, uno que había practicado mil veces, pero esa noche algo salió mal, mi pie se torció de una forma antinatural, un dolor agudo, desgarrador, subió por toda mi pierna, escuché el crujido de mi propio hueso rompiéndose.

Caí al suelo.

El mundo se detuvo, el dolor era insoportable, pero lo que me rompió de verdad fue ver la cara de Mateo, no había preocupación en sus ojos, no había pánico por mí.

Había fastidio.

Había ira porque yo había arruinado su momento, su gran noche.

Mientras los paramédicos corrían hacia mí, él ni siquiera se acercó, simplemente se quedó allí, mirándome en el suelo con desprecio, y luego, se dio la vuelta y se fue del escenario, dejándome sola.

Me abandonó en el momento exacto en que mi mundo se hacía pedazos.

La lesión fue grave, los médicos fueron claros: nunca volvería a bailar profesionalmente, mi carrera, mis sueños, todo terminó en ese instante.

Poco después, como si el destino quisiera patearme mientras ya estaba en el suelo, mi madre sufrió un derrame cerebral masivo, la gran Carmen quedó postrada en una cama, sin poder hablar, sin poder moverse, una sombra de lo que fue.

Los costos médicos eran una montaña que no podía escalar, y tenía a Leo, mi pequeño Leo, que entonces era solo un bebé, llorando de hambre.

Estaba desesperada.

Fue entonces cuando apareció Ricardo Vargas, vio mi desesperación y me hizo una oferta, él pagaría todo, cuidaría de mi familia, a cambio, yo sería suya, su musa, su acompañante, su propiedad.

No fue una elección, fue una rendición, vendí mis sueños rotos para poder comprar la supervivencia de mi familia.

Así que ahora estoy aquí, en esta fiesta llena de gente rica que me mira con una mezcla de envidia y desdén, fingiendo que disfruto de este lujo que se siente como una jaula de oro.

Pienso en mi madre, en su cama de hospital, y en Leo, durmiendo en nuestro pequeño departamento, él es la única razón por la que soporto esto, él idolatra el baile, sueña con ser como yo era antes.

Él es mi esperanza.

De repente, la música cambia, un silencio expectante llena el salón, y Ricardo aprieta mi brazo.

"Ah, la atracción principal de la noche está por comenzar", dice con entusiasmo.

Un hombre sube al escenario improvisado en el centro del salón, se mueve con una arrogancia y una gracia que me resultan dolorosamente familiares.

Mi corazón se detiene.

Es Mateo.

Se ha convertido en una estrella, más famoso de lo que nunca soñamos, ahora es "El Fénix del Flamenco", el bailaor más grande de su generación, el hombre que construyó su éxito sobre mis ruinas.

Nuestros ojos se encuentran a través de la multitud, solo por un segundo, pero es suficiente.

Todo el dolor, el resentimiento, la rabia que he mantenido enterrados durante años, suben a la superficie como veneno.

Él parece sorprendido de verme, una extraña emoción cruza su rostro antes de que la máscara de indiferencia vuelva a su lugar.

"Sofía, querida, ¿qué pasa? Pareces haber visto un fantasma", susurra Ricardo en mi oído, su aliento huele a licor caro.

"No es nada", respondo, forzando otra sonrisa, mi voz es un hilo delgado. "Solo estoy un poco cansada".

Ricardo no me cree, sigue la dirección de mi mirada y ve a Mateo.

"Ah, sí, Mateo. Un verdadero artista", dice, y luego una idea cruel brilla en sus ojos. "De hecho, deberías conocerlo. Vamos, te presentaré".

Me arrastra a través de la multitud, hacia el escenario, hacia el hombre que destrozó mi vida.

Cada paso es una tortura, sé lo que Ricardo quiere, quiere mostrarle a la nueva estrella su último premio, quiere que yo me pare frente a Mateo, no como su igual, no como su ex amante, sino como la propiedad de otro hombre.

Es la humillación perfecta.

Nos detenemos frente a él, Mateo acaba de terminar una pieza corta y la gente aplaude frenéticamente.

"Mateo, magnífico como siempre", dice Ricardo, dándole una palmada en la espalda. "Quiero presentarte a mi encantadora musa, Sofía".

Mateo me mira, sus ojos oscuros recorren mi vestido, mi rostro, mi sonrisa falsa, no dice nada, solo me mira, y en su mirada veo un millón de cosas que no puedo descifrar.

Yo solo mantengo la sonrisa en su lugar, el corazón me martillea en el pecho, pero mi cara es una máscara de calma, tengo que ser la mujer elegante y despreocupada que Ricardo quiere que sea.

Tengo que proteger a mi familia.

Incluso si eso significa pararme frente a mi pasado y fingir que no me duele.

Capítulo 2

La fiesta continuó, y con cada minuto que pasaba, la presencia de Mateo se sentía más pesada, como una nube de tormenta a punto de estallar, Ricardo, ajeno o quizás disfrutando de la tensión, me mantenía pegada a él, paseándome por el salón.

En un momento, rodeados por un círculo de sus socios de negocios, Ricardo levantó su copa.

"Brindo por mi pequeña ave rota", dijo en voz alta, y todos se rieron, "La encontré con un ala lastimada, incapaz de volar, pero miren ahora, qué hermoso adorno para mi brazo".

La humillación fue pública, directa, sentí las miradas de todos sobre mí, algunos con lástima, otros con burla, mi cara ardía, pero mantuve la sonrisa, la misma sonrisa vacía de siempre.

Busqué instintivamente a Mateo con la mirada.

Estaba al otro lado del salón, apoyado contra una columna, observando la escena, no había ni una pizca de compasión en su rostro.

Al contrario, sus labios se curvaron en una mueca de desprecio, levantó su vaso ligeramente, como si estuviera brindando en silencio por mi humillación.

Esa mirada me confirmó todo, él no sentía remordimiento, sentía placer al verme así, degradada y controlada por otro hombre.

La rabia que sentí fue tan intensa que por un momento temí que se me escapara, pero la ahogué, la tragué como un veneno amargo.

"Anda, mi musa", me ordenó Ricardo de repente, su voz era casual pero firme, como si hablara con un sirviente. "Mi vaso está vacío, tráeme otro whisky".

No era una petición, era una orden, delante de todos sus amigos y delante de Mateo.

Asentí dócilmente.

"Claro, Ricardo".

Me di la vuelta y caminé hacia la barra, sintiendo los ojos de todos en mi espalda, cada paso se sentía pesado, humillante.

Para llegar a la barra, tenía que pasar justo por donde estaba Mateo.

Traté de ignorarlo, de mirar al frente, pero cuando pasé a su lado, habló, su voz era un susurro bajo y venenoso, destinado solo para mí.

"Veo que por fin encontraste tu verdadero talento, Sofía".

Me detuve.

No me volví para mirarlo.

"Servir a los hombres".

El insulto fue tan cruel, tan calculado, que me dejó sin aliento por un segundo.

Quería gritarle, abofetearlo, decirle que estaba haciendo esto por mi familia, por las ruinas que él ayudó a crear.

Pero no lo hice.

En lugar de eso, me giré lentamente y lo miré a los ojos, mi rostro estaba completamente en calma, casi sereno.

No había ira, no había dolor, no había nada.

Era la única defensa que me quedaba: mostrarle que sus palabras ya no podían herirme.

"Al menos yo sirvo a alguien que me valora", respondí con una voz suave y controlada, "aunque sea como un objeto, es más de lo que tú hiciste".

Vi un destello de sorpresa en sus ojos, no esperaba que le respondiera, y mucho menos con esa frialdad.

Me di la vuelta y seguí mi camino hacia la barra, sin mirar atrás.

Dentro de mí, estaba temblando, las lágrimas amenazaban con salir, pero por fuera, era una estatua de hielo.

Había aprendido a ser fuerte de la manera más dura posible, había aprendido que a veces, la mayor muestra de fuerza es no mostrar ninguna emoción en absoluto.

Lo escuché bufar detrás de mí, un sonido de puro desdén.

Cuando volví con la bebida de Ricardo, Mateo ya no estaba allí, se había ido, dejando tras de sí solo el sabor amargo de su odio.

Ricardo tomó el vaso sin siquiera darme las gracias y continuó su conversación.

Yo me quedé a su lado, sonriendo, mientras por dentro, una parte de mí se rompía un poco más.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022