"Vamos, solo una vez más", susurró una voz grave y autoritaria, cargada de urgencia.
Agotada y empapada en sudor, Raquel Marín sintió que la alzaban una vez más. Los movimientos eran rápidos, impulsados por una necesidad apremiante. A pesar de la precipitación del momento, logró recomponerse y levantar la cabeza lo suficiente para hablar. "¿Y si dejamos de usar protección?", propuso con una voz suave pero firme. "He estado pensando... quiero tener un hijo".
Brian Blanco, su prometido, se quedó paralizado una fracción de segundo, con una expresión indescifrable. Pero su vacilación fue fugaz. Se inclinó hasta que sus labios le rozaron la oreja y respondió en un tono frío y distante: "Tener un hijo lo complica todo. No estoy listo para eso".
Raquel se mordió el labio, y sus ojos brillaron con lágrimas contenidas. "Pero vamos a casarnos pronto", dijo con la voz quebrada por la emoción. "Tus padres no dejan de decir que quieren nietos. No puedes negarte, ¿o sí?".
Formar una familia con Brian era lo que Raquel siempre había soñado, pero la actitud fría e inflexible de él la hacía sentirse pequeña e insignificante.
Reprimió lo que sentía y asintió con lentitud. "De acuerdo. Lo hablaremos más tarde".
La expresión de Brian se suavizó, como si la tensión entre ellos se disipara. Pero antes de que pudiera decir nada, sonó su móvil, interrumpiendo abruptamente el frágil momento.
En cuanto Brian contestó, del altavoz surgió una voz suave y vacilante: "Brian, siento molestarte tan tarde... Me he tropezado en el salón y me he hecho daño en el pie. Si estás ocupado, yo...".
Era Tracy Haynes, el primer amor de Brian. Antes de que pudiera terminar, él la interrumpió, con voz firme pero amable: "Espera, voy para allá".
"Oh... no quería interrumpirte a ti y a Raquel. Si es un mal momento, puedo tomar un taxi", respondió Tracy.
"No es ninguna interrupción", la tranquilizó él con voz suave pero firme. "No te preocupes".
Al escuchar la conversación, Raquel no pudo reprimir una amarga carcajada.
En el baño apenas iluminado, el vapor lo envolvía todo. Estaban empapados, sus cuerpos muy juntos, en una intimidad innegable. El momento y el lugar eran perfectos.
Pero en ese instante, comprendió una fría verdad que la golpeó de lleno. Ser la favorita era un privilegio que ella nunca tendría. Se trataba de excepciones, de saltarse todas las reglas por una persona, y esa persona nunca sería ella. La atención, el cariño y el amor de Brian le pertenecían a otra, a la mujer que siempre había amado, la que siempre ocuparía una parte de su corazón. La ironía de la situación la asfixiaba.
Poco después, Brian la envolvió en una toalla grande y suave que se ciñó a su esbelta figura. La secó con manos suaves, casi tiernas.
"Te llevaré a la cama", dijo con una suavidad inusual en su voz. "Tienes que descansar".
Pero sus palabras cayeron sobre ella como un jarro de agua fría, extinguiendo el calor que había surgido entre ellos. A Raquel se le encogió el corazón. ¿Iba a ir a ver a Tracy otra vez?
Apretó los puños con fuerza, con el cuerpo rígido por la tensión.
Tras un largo instante, algo dentro de ella se quebró. Dio un paso adelante con desesperación, su mente apenas procesando sus propias acciones.
Sin pensarlo, lo abrazó con fuerza y le dijo con una voz suave pero temblorosa: "Quédate conmigo esta noche... Por favor, no te vayas".
Brian se quedó sorprendido y su cuerpo se tensó por un momento. Pero la vacilación duró solo un segundo. Recuperó rápidamente la compostura y le acarició el pelo con suavidad, diciendo con voz tranquila pero firme: "No seas caprichosa, Raquel. Está herida. No es algo que pueda ignorar".
"Pero yo también te necesito", suplicó ella, con los ojos enrojecidos y anegados en lágrimas contenidas. "Solo esta vez, quédate conmigo".Se mordió el labio con tanta fuerza que se hizo sangre.
Brian suspiró. Su voz se suavizó, pero sin perder la firmeza. "Siempre has sido muy comprensiva. No compliques las cosas".
Pero esa noche, Raquel no quería ser comprensiva. Solo quería que él se quedara.
"Brian", susurró, aferrándose a él mientras lo miraba, con la desesperación grabada en el rostro.
Brian negó con la cabeza y su voz se volvió más fría: "Escucha, Raquel, tienes que soltarme".
Ella negó con la cabeza, con el corazón latiéndole con fuerza, sin querer ceder.
"¡Te he dicho que me sueltes!". Su rostro se endureció al instante y sus labios se contrajeron hasta formar una fina línea. Con un agarre firme, le fue separando los dedos uno a uno, con la fuerza justa para que se estremeciera de dolor.
A Raquel se le encogió el corazón, pero ya no pudo más. Dejó escapar una risa queda y amarga, como si se burlara de su propia vulnerabilidad. Poco a poco, aflojó el agarre, con los dedos temblorosos por la tensión, y finalmente, el peso de su derrota la aplastó.
"Volveré pronto", dijo él, en tono cortante, mientras se daba la vuelta y se alejaba sin mirar atrás.
¿Volvería pronto? Esas palabras sonaban vacías, como algo que se le dice a un niño para consolarlo. Tracy lo había llamado incontables veces y él siempre había acudido a su lado. Nunca volvía pronto.
Y en ese momento, la verdad cayó sobre ella como una pesada manta. Brian no quería que tuviera un hijo suyo, probablemente por culpa de Tracy. Después de todo, ella era la que siempre había tenido la llave de su corazón, la que él amaba profundamente, la mujer a la que no podía dejar ir, aquella cuyo recuerdo nunca se desvanecería. Era su primer amor, de esos que nunca mueren del todo. Así que, por supuesto, la trataba como un tesoro, aunque eso significara ignorar las necesidades y deseos de su prometida.
Tras un largo y paralizante momento, Raquel se dio la vuelta y se dirigió al baño. Se metió bajo la ducha, dejando que el agua la bañara, aunque eso no sirvió de mucho para aliviar la pesadez de su pecho. Cuando por fin se metió en la cama, las sábanas estaban frías y desapacibles. Por más vueltas que daba, la cama se negaba a entrar en calor. Era como si el vacío a su lado se hubiera filtrado en el tejido mismo de la habitación, dejándola sola en el escalofriante silencio.
A las seis de la mañana, Raquel se despertó sobresaltada por el timbre de su móvil. Aturdida, lo cogió y vio el nombre de Debby Blanco, la madre de su prometido, parpadeando en la pantalla.
"Ya está fijada la fecha de la boda". La voz de Debby era tan fría y clínica como siempre. "Dentro de tres meses. Es un buen día para una boda".
Raquel sabía que Debby no llamaba para consultar, sino para informar.
"Te llamo para recordarte que prepares a tus padres", continuó ella, con tono cortante. "Aunque mi familia sea rica, no somos tontos. No te creas que vas a sacar una fortuna de este matrimonio".
Raquel intentó mantener la voz firme. "De acuerdo, se lo haré saber a mi padre. No se preocupe, no le pediré ni un céntimo".
Pero Debby no parecía satisfecha. Una risa burlona resonó al otro lado de la línea. "Desde luego, no vales ni un céntimo".
Raquel contuvo su frustración, escuchando sin dar explicaciones. Sabía de sobra que, aunque pidiera dinero, acabaría en manos de su indiferente padre y su cruel madrastra, personas a las que nunca les había importado de verdad.
"La verdad, no sé qué ve Brian en ti", añadió ella con una frustración apenas contenida antes de colgar. "Eres pobre, de clase baja y totalmente insignificante. Si no hubiera sido por la insistencia de mi hijo y la aprobación de su abuela, jamás habría consentido este matrimonio".
Raquel se quedó mirando el móvil, con las manos temblándole ligeramente. Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios, teñida de tristeza. Su compromiso con Brian le parecía un sueño, uno tan increíble que apenas podía creer que fuera real. Sin embargo, casarse con él era el mayor deseo de su vida.
Cuando tenía quince años, su madrastra la llevó a lo que dijo que era una reunión de la alta sociedad. Pero todo era una artimaña: acabaron en la mansión de la familia Blanco. Allí, fue empujada a la piscina, y la cruel trampa de su madrastra la dejó chapoteando en el agua fría y asfixiante.
Estaba segura de que iba a ahogarse. Pero justo cuando la desesperación empezaba a apoderarse de ella, un joven saltó a la piscina sin dudarlo. La atrajo hacia sí, y sus fuertes brazos la llevaron a un lugar seguro, salvándola de las gélidas garras de la muerte. Cuando por fin abrió los ojos, lo único que vio fue su silueta de espaldas, desapareciendo en la distancia. El elegante reloj negro que él llevaba en la muñeca fue la única imagen que se le quedó grabada.
Años más tarde, ese mismo reloj la llevó hasta él: Brian Blanco. El hombre que le había salvado la vida se convirtió, sin él saberlo, en el hombre que le robó el corazón. En agradecimiento por la vida que le había devuelto, ella le entregó su corazón sin reservas, esperando casarse con él algún día.
El sonido de unos pasos en la planta baja sacó a Raquel de sus pensamientos. Un momento después, la puerta del dormitorio se abrió con un crujido. Brian estaba allí, con los ojos cansados, el traje arrugado y el aspecto desaliñado.
Mientras lo veía entrar, se le encogió el corazón al darse cuenta de algo: Era evidente dónde había pasado la noche: cuidando de Tracy, una vez más. Prometió volver pronto, pero ahí estaba, con la ropa arrugada y un aire demasiado familiar.
Raquel apartó la mirada, sin querer verlo. Pero Brian, aparentemente ajeno a su malestar, la atrajo hacia sí con mano firme. Sus fríos labios rozaron los de ella, y su profunda voz se suavizó al preguntar: "¿Estás enfadada?".
Raquel guardó silencio, con el rostro vuelto. No podía ignorar el tenue aroma del perfume de otra mujer que emanaba de él, ni la brillante e inconfundible marca de pintalabios en su camisa. Aquella marca, sin duda de Tracy, era como una aguja clavándosele en el corazón.
"¿Sigues queriendo a Tracy?". La voz de Raquel era suave pero firme mientras por fin miraba a Brian, sus ojos buscando la verdad.
Él la acercó más, abrazándola con fuerza. "¿En qué estás pensando?", murmuró con voz tranquilizadora. "Tracy es especial para mí, pero solo como amiga, nada más".
Raquel no respondió a sus palabras tranquilizadoras. Se limitó a mirarlo, con el corazón lleno de preguntas sin respuesta. Poco a poco, su voz rompió el silencio para preguntar: "¿Y a mí, Brian? ¿Me quieres?".
El recuerdo de cómo ella y Brian se habían unido acudió con una claridad brutal a la mente de Raquel.
De hecho, fue un comienzo tumultuoso. En ese entonces, Tracy lo había abandonado por otro hombre y se había mudado a otro país.
La traición lo destrozó. En su desesperación, se había entregado al alcohol para ahogar su dolor, perdiéndose en una neblina de ira y desamor.
Aquella fatídica noche, consumido por la emoción cruda del momento, había presionado a Raquel contra el suelo. Ella sollozó y tembló debajo de él, pero no se detuvo ni un instante. Impulsado por una necesidad desesperada, casi primitiva, la poseyó una y otra vez, sin descanso, como si intentara llenar el vacío que Tracy había dejado.
Al día siguiente, mientras el peso de la noche anterior se cernía sobre ellos, Brian se volvió hacia ella con expresión sombría. "¿Después de todo, sigues dispuesta a estar conmigo?".
Ella asintió, con la voz ahogada por un nudo en la garganta. Y así comenzó su relación, no por amor, sino como fruto impulsivo de una noche juntos.
Ahora, mientras Brian estaba de pie ante ella, Raquel sentía el corazón oprimido por el peso de las preguntas no formuladas. Se preguntaba si él sentía algo por ella, si había siquiera el más mínimo rastro de afecto en su corazón, o si ella solo había sido un sustituto del amor que él había perdido.
Los ojos de Brian se posaron sobre su prometida, y dijo con voz tierna pero firme: "Nuestra boda está a la vuelta de la esquina. Pronto serás mi esposa. Te amaré y te protegeré, siempre".
Raquel sintió un escalofrío en los labios y, sin pensarlo, posó suavemente los dedos sobre los labios de Brian, deteniendo sus palabras. "Brian, por favor", murmuró. "Ya lo entiendo. Llevas toda la noche despierto y estás agotado. Ve a cambiarte antes de ir a la oficina. Yo te traeré la ropa".
Su voz era tranquila, pero cuando se dio la vuelta, las lágrimas empezaron a caer sin control.
Brian hablaba en un tono tan tierno, lleno de promesas de cuidado y devoción; sin embargo, todo lo que ella podía sentir era el vacío que había detrás de ellas. Sus promesas eran dulces, pero carecían de la sinceridad que ella anhelaba con desesperación.
Si de verdad fuera amor, no habría necesidad de tales declaraciones grandilocuentes. Una sola palabra honesta habría bastado. Cuanto más intentaba convencerla, más evidente se volvía que allí no había amor.
En ese momento, Raquel sintió que ya no podía soportar más. Se dio la vuelta, incapaz de seguir escuchando, sintiendo un profundo dolor instalarse en su corazón.
Cuando se acercó al armario para buscar un traje, un abrazo conocido la envolvió por detrás, atrayéndola hacia él. La barbilla de Brian se apoyó suavemente sobre su cabeza y la tomó de la mano con delicadeza, mientras decía con voz preocupada: "Aún no hace frío, pero tienes las manos heladas".
Las lágrimas seguían pegadas a las pestañas de Raquel; le pesaba el pecho con un dolor no expresado. Se esforzó por encontrar las palabras adecuadas, sin saber cómo reaccionar a su repentina ternura.
De repente, Brian la hizo girar, su mirada suave pero intensa.
Raquel alzó la vista y su mirada llorosa se cruzó con la suya. La vulnerabilidad en sus ojos despertó algo en lo más profundo de él. Incapaz de resistirse, le tomó el rostro entre las manos y la besó, con una fuerza desesperada, como si intentara consumirla, convertirla en parte de sí mismo.
Raquel se alzó sobre las puntas de los pies, echándose hacia atrás bajo la presión de su toque enérgico pero tierno. Su rostro se sonrojó y su respiración se volvió agitada, atrapada entre la avalancha de emociones y la intensidad del momento. Pero en medio de todo eso, una sutil dulzura comenzó a nacer en su pecho.
Los años juntos le habían enseñado que solo en estos momentos de intimidad silenciosa Brian le mostraba alguna muestra de pasión salvaje. Era en estos raros momentos cuando se sentía realmente querida.
"Brian...", gimió Raquel, con la voz temblorosa mientras luchaba por respirar.
Él pareció salir de su trance y la soltó, con un repentino cambio de actitud. Sus palabras, cargadas de deseo, contenían una nota de arrepentimiento. "Si no fuera por esa reunión, no me habría contenido".
La cara de Raquel se sonrojó aún más, una oleada de vergüenza y calidez la invadió. Le dio un suave empujón para intentar escapar de la intensidad del momento. "Anoche, nosotros...". Su voz se apagó.
Brian, sin embargo, permaneció imperturbable, sujetándola con firmeza, pero sin brusquedad. Su mirada no vaciló mientras la observaba con una resolución inquebrantable. "¿Qué importa? Ahora eres mía y no puedo dejar de desearte".
Antes de que Raquel pudiera responder, sintió que algo frío y suave se deslizaba por su muñeca. Miró hacia abajo y vio una deslumbrante pulsera, cuyo rubí central captaba la luz y resplandecía con un brillo intenso. El rojo intenso de la gema hacía resaltar la delicadeza de su piel.
"¿Esto es... para mí?", preguntó con un matiz de sorpresa en la voz.
Brian asintió, con una leve sonrisa dibujándose en sus labios. "Sí. ¿Te gusta?".
Su mirada pasó de la pulsera al rostro de ella. "¿La elegiste tú?".
Él volvió a asentir, con una leve sonrisa en los labios. "Pensé que sería perfecta para ti".
Su corazón se llenó de calidez y no pudo evitar sonreír. "Me encanta. Gracias". Se inclinó hacia delante y le dio un suave beso en la mejilla en señal de gratitud.
Pero Brian, aún no satisfecho, alzó una ceja y se señaló los labios. Su mirada juguetona pero sincera la retuvo, pidiendo más en silencio.
Raquel comprendió la petición silenciosa, aunque la duda persistía en su corazón. No estaba acostumbrada a ser ella quien tomara la iniciativa, y un ligero rubor tiñó sus mejillas.
Con una sonrisa pícara, él enarcó una ceja. "Si no me besas, me voy". Le soltó la mano, y su sonrisa pícara la desafió a actuar.
El corazón de Raquel se aceleró y sus pensamientos se perdieron por un momento en el torbellino de emociones. Sin pensarlo, acortó la distancia entre ellos y lo besó.
Brian, casi como si esperara este momento, sostuvo su cabeza entre sus manos y profundizó el beso, con un fervor que no dejaba lugar a la duda. No fue hasta que ella jadeó, aferrándose a su ropa, que él se apartó, con la respiración agitada.
"Tómate un tiempo para descansar", sugirió Brian con delicadeza, su mirada se suavizó al mirar su rostro pálido y cansado. "Quédate en casa unos días. Puedes visitar a mis abuelos cuando te sientas mejor. No te preocupes por volver al trabajo hasta que estés totalmente recuperada".
Raquel asintió dócilmente, con la mente aún aturdida por la intensidad del momento.
Siempre se había entregado por completo a su trabajo. Tras graduarse en Bellas Artes, se incorporó al Grupo White y no tardó en ascender hasta convertirse en directora del departamento de diseño. Sin embargo, la verdadera naturaleza de su relación con Brian permanecía en secreto para sus compañeros.
Aunque su dedicación nunca había disminuido, el estrés le había pasado factura recientemente. Fuertes dolores de cabeza, mareos y ocasionales episodios de náuseas eran la forma que tenía su cuerpo de pedirle un respiro. De no ser por estas señales, nunca se habría tomado un descanso. Pero pensaba reducir el ritmo tras la boda. Quería empezar a centrarse en la familia que estaba a punto de construir con Brian.
"Ah, y Brian", dijo Raquel en voz baja, con el peso del momento suspendido entre ellos. "Tu madre ya ha fijado la fecha de la boda".
Los labios de Brian se curvaron en una leve sonrisa irónica. "Lo sé. Me llamó esta mañana".
Raquel se detuvo un momento, con los pensamientos confusos, antes de preguntar, vacilante: "Entonces... ¿no deberíamos hablar de lo nuestro en la empresa? Todo el mundo sabe que me voy a casar, pero nadie sabe con quién. Últimamente me han estado bromeando, pidiéndome invitaciones". Las palabras salieron de su boca, teñidas de una mezcla de anticipación e inquietud.
Pero la expresión de Brian no se relajó. Al contrario, se endureció, tensando la mandíbula mientras evitaba su mirada. "Raquel", empezó, con la voz cargada de una disculpa implícita. "Lo siento".
Sorprendida, ella lo miró, tratando de procesar su repentino cambio de actitud. "¿Qué? ¿Por qué?".
Él la miró a los ojos, con una expresión suave pero firme. "Aún no estoy preparado para anunciar nuestro matrimonio. Y ya se lo he comunicado a mi familia. Por ahora, será algo pequeño, una ceremonia privada con familiares y amigos cercanos".
Las manos de Raquel se quedaron inmóviles y la corbata se le resbaló de entre los dedos. Su mente se puso a mil mientras procesaba sus palabras. ¿Así que todos los demás ya lo sabían? ¿Era ella la última en enterarse? Si ella no hubiera sacado el tema, ¿se lo habría ocultado él hasta el final?
La idea de mantener oculta su unión la sofocaba. Un matrimonio, un voto de compartir sus vidas, y sin embargo tenía que mantenerse en secreto.
Raquel se preguntó por qué. La verdad, por dolorosa que fuera, empezó a asentarse en su mente. Tracy era el motivo. Él aún no la había olvidado, y esa comprensión hizo añicos cualquier esperanza que le quedaba.
Sintió una opresión en el pecho y, por un breve instante, el aire le pareció demasiado pesado para respirar. Sintió ardor en los ojos, y el escozor de las lágrimas amenazaba con desbordarse, pero parpadeó con fuerza para contenerlas.
Si Brian se estuviera casando con Tracy en vez de con ella, lo habría hecho público al instante. Lo habría gritado a los cuatro vientos, deseoso de que todos supieran que Tracy era la elegida.
"¿Y si exijo que lo hagamos público?". La voz de Raquel tembló, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas mientras hacía la pregunta con inesperado desafío. "¿Y si quiero que todo el mundo sepa lo nuestro?".
Brian se quedó visiblemente sorprendido. Raquel siempre había sido dócil y complaciente. Esta repentina firmeza no era propio de ella, y lo dejó momentáneamente sin palabras. Tras una breve pausa, la tomó de la mano, con un tacto firme pero no brusco. "Raquel", dijo, con un tono controlado pero casi suplicante. "Solo dame un poco más de tiempo. Te prometo que, cuando llegue el momento, me aseguraré de que todo el mundo sepa quién eres para mí".
"Entonces, no puede ser ahora, ¿verdad?". La voz de Raquel era baja, casi resignada. Ya no se atrevía a tener esperanzas.
Brian bajó la mirada, con una expresión cargada de culpa. "Lo siento", murmuró.
Las manos de Raquel temblaron mientras luchaba por mantener la compostura. Respiró hondo, controlando sus emociones, y finalmente volvió a hablar, con voz serena pero firme. "Aceptaré esto... pero con una condición".
Brian asintió levemente y dijo: "Adelante".
Raquel respiró hondo, armándose de valor. "Si, después de dos años, sigues sin querer reconocer nuestra relación, me iré sin hacer aspavientos. Lo único que te pido es que no te interpongas en mi camino cuando decida dejarte". Con la voz quebrada, sintió cada palabra como una espina clavándosele en la garganta.
"De acuerdo. Acepto".
Sin embargo, incluso cuando las palabras salieron de sus labios, una sensación inquietante se instaló en su pecho: un pánico silencioso y sin forma, como una tormenta que se gestaba en un horizonte lejano.
"Bien", susurró ella, apretando los puños y dejando que el dolor de sus uñas la anclara al momento.
Dos años. Era el límite que se había fijado.
Desde los quince años había amado a ese hombre: ocho largos años de devoción, de perseguir sombras y esperar un poco de calidez.
Dos años más, y se cumpliría una década entera.
Era tiempo suficiente para sacudir las convicciones más firmes, para erosionar incluso los corazones más inflexibles.
Si para entonces Brian seguía sin poder amarla, ella daría un paso atrás y le concedería la libertad que él nunca tuvo que pedir.
Pero en el fondo, rezaba, rogaba para que ese día nunca llegara, para no tener que alejarse nunca de la vida que había construido a su alrededor.
***
En cuanto Brian se fue a trabajar, sonó el celular de Raquel, y al ver que era la abuela de Brian, contestó enseguida.
"Raquel, ¿hoy no trabajas?". La cálida y familiar voz de Carol Blanco resonó en sus oídos. "Ven a casa rápido. ¡Esta mañana me trajeron tus platos favoritos recién hechos!".
Raquel no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro. "De acuerdo, iré enseguida". Tras un rápido retoque, se puso en marcha de inmediato.
Al llegar a la finca de la Familia Blanco, bajó del auto, y de repente el mundo se inclinó inesperadamente. Una oleada de mareo la invadió.
El conductor a su lado reaccionó rápidamente, sosteniéndola. "Tenga cuidado. ¿Se encuentra bien?".
Raquel exhaló despacio, recuperando el equilibrio. "Debo de haberme levantado demasiado rápido. A veces se me baja el azúcar, pero no es nada grave".
Aun así, sabía que últimamente no gozaba de la mejor salud. Tal vez era por todas las noches que había trasnochado.
Con la boda a la vuelta de la esquina, tenía que empezar a cuidarse mejor.
Al entrar en el gran salón, los ojos de Raquel se posaron de inmediato en Debby.
"Hola, Debby", saludó, manteniendo un tono uniforme.
Debby, que nunca ocultaba su disgusto, se limitó a mirarla antes de soltar con desdén:
"¿Acaso no sabes que Carol te ha invitado a comer? Mira qué hora es. Se ve que la puntualidad no es lo tuyo". Su voz era fría, cada sílaba impregnada de desprecio.
Raquel bajó la mirada, momentáneamente sin saber qué decir.
Entonces, un suave calor envolvió su mano.
Carol, apoyada en su bastón, tomó los dedos de Raquel y se giró hacia su nuera con una expresión suave pero firme. "Raquel siempre ha sido considerada. Si se retrasó, estoy segura de que no fue intencional. Además, la comida aún no está lista, ¿así que cómo es que llega tarde?".
A Raquel se le hizo un nudo en la garganta, y sus ojos se nublaron ligeramente. Nunca había conocido el amor de una madre: la suya murió en el quirófano el día que ella nació.
¿Y su padre? Frío y distante, no valía la pena detenerse en él.
El único calor verdadero que había conocido procedía de los abuelos de Brian.
Sin ellos, quizá nunca habría sabido lo que se sentía al ser querida.
Entonces Debby soltó un bufido exasperado y dijo: "Ya es una mujer adulta. No puedes seguir mimándola para siempre".
La expresión de Carol se endureció y soltó con fiereza: "La protegeré mientras tenga aliento. Cualquiera que se atreva a molestarla tendrá que responder ante mí primero, y te aseguro que quien lo intente no volverá a tener un día de paz".
Con suave autoridad, guio a Raquel al asiento que estaba a su lado. "Ven aquí, querida. Siéntate conmigo".
Debby se quedó congelada, tragándose su descontento. La feroz protección de Carol no dejaba lugar a discusiones, obligándola a reprimir su creciente frustración. Un amargo sentimiento de celos se gestaba en su interior: después de décadas de matrimonio con la Familia Blanco, Carol nunca le había mostrado tanto afecto.
Sin embargo, Raquel, solo porque se parecía a la hija fallecida de la matriarca, disfrutaba de un afecto sin límites.
¿Cómo no iba a sentirse menospreciada?
La situación le dolía aún más teniendo en cuenta que su propio hijo se casaba con una hija bastarda. La injusticia de todo ello le quemaba en el pecho.
Durante toda la comida, el humor de Debby empeoraba mientras Carol llenaba con amor el plato de su nieta.
"Debes de estar trabajando demasiado últimamente", observó Carol, notando la palidez de Raquel con preocupación. "Has adelgazado mucho. Por favor, come más. Si Brian no te está cuidando como es debido, solo dímelo, yo lo pondré en su sitio".
La frustración de Debby finalmente estalló. "¿De qué sirve toda esta comida? Llevan mucho tiempo juntos, sin señales de un hijo".
Raquel se concentró en su comida en silencio, pensando en los preservativos que tenía en su dormitorio.
Comprendía la ansiedad de los mayores por tener un nieto, ella misma anhelaba la maternidad, pero Brian seguía reacio.
Carol le dirigió a Debby una mirada de advertencia, pero esta siguió insistiendo: "Solo digo hechos. Llevan juntos toda la vida y la salud de mi hijo es perfecta. Otras mujeres conciben en cuestión de semanas, pero después de un año, todavía nada. A estas alturas ya serías bisabuela si se hubiera casado con otra".
Sin embargo, la primera parte de esas palabras caló hondo en la anciana.
Más tarde, en el balcón bañado por el sol, la matriarca abordó el tema con suavidad mientras sostenía la mano de su nieta.
"Querida, ahora solo estamos nosotras. No tienes por qué ocultarme nada. Si hay problemas de salud, la medicina moderna ofrece muchas soluciones. Incluso la fecundación in vitro es una opción. El dinero no es un problema para la familia".
El corazón de Raquel se hinchó de emoción.
Incluso creyendo que podía ser estéril, el amor de Carol permanecía firme.
Abrumada, la abrazó con fuerza. "Por favor, no te preocupes. Estoy perfectamente sana".
Carol se sorprendió y preguntó: "Entonces... ¿Brian no puede...?".
"¡No, no!", intervino Raquel con rapidez, con los ojos muy abiertos. "Brian está completamente sano. Solo que nosotros...".
Carol entendió y dijo: "Ah. Brian quiere esperar, ¿verdad?".
"Sí", confirmó Raquel en voz baja. "Dice que primero quiere disfrutar de nuestro tiempo juntos y esperar a que mejore mi salud".
"Siempre defendiéndolo. No te está maltratando, ¿verdad?".
Raquel mostró su muñeca y exhibió una elegante pulsera. "¡Mira lo que me compró!".
"Eso es maravilloso, querida".
Esa tarde, el nuevo chef preparó unos postres deliciosos.
A Raquel se le iluminó la mirada al probarlos. "Carol, ¿hay más?".
"Claro que sí. Estás pensando en Brian, ¿verdad?", preguntó Carol con complicidad.
Raquel se sonrojó. "Sí... es muy goloso. Me gustaría llevarle algunos".
El rostro de Carol se llenó de ternura. "¡Adelante, querida!".
Cuando Raquel llegó a la oficina de Brian, él estaba en una reunión.
Para no molestarlo, dejó los postres en silencio sobre el escritorio y se dispuso a marcharse.
"¡Raquel!". Una voz familiar sonó detrás de ella.
"¿Tracy?". Raquel se volvió, sorprendida por el inesperado encuentro.