Capítulo 1
La llegada
Más una partida de Solitario terminada. Creo que hacía ya más de 5 años desde que jugué la última partida de este juego. Pero tantas horas dentro de un avión aburría. El vuelo de Milano a Boston era exactamente once horas y cuarenta y cinco minutos. He tenido la suerte de viajar en un chárter directo, lo que me ahorraba un día entero. Sin embargo, es la primera vez que hago un viaje tan largo e intercontinental. Después de haber visto la película de Wonder Woman una vez y Batman otra, ya no sabía qué hacer en el avión. Así que abrí el único juego del ordenador que podía jugar desconectada.
Dormir también se me hacía una utopía, quizás porque mis nervios no me dejaban en paz. Mis niveles de ansiedad estaban rozando los picos más altos, después del Everest. Aquí comenzaba mi nueva jornada de vida. Quien diría que, a los 24 años, recién salida de la universidad iba a tener la posibilidad de hacer prácticas en uno de los mayores periódicos de esta ciudad americana. El Boston Enterprise Journal era la mayor oportunidad de mi vida. Y yo había sido escogida para unas prácticas de 6 meses que me abrirían las puertas para el mundo del periodismo de una forma insuperable. Estaba entusiasmada y nerviosa a la vez. Si por un lado era mucha responsabilidad, por otro lado, era mi inauguración a la libertad y la independencia.
Era la primera vez que salía de casa de mis padres y aventuraba sola en una gran ciudad, apartada de todo lo que conocía. Y mientras me perdía en esos pensamientos, gané el juego de cartas una vez más. Empecé nueva partida.
Tras variadas posiciones y un dolor de culo insoportable, el avión, por fin, aterrizaba en el aeropuerto internacional Logan de Boston, en pleno estado de Massachusetts en los Estados Unidos. Era enorme. Lo de Milano era grande, pero este era mucho mayor. A paso de caracola y pasando un sinfín de controles internacionales, llego a donde tengo que recoger las maletas. ¡Aleluya!, pensé al ver mis dos pedazos de "almacenamientodeunavida" en la cinta. Difícil no hacerlo, porque aparte de que eran rosa chillón, tenían miles de pegatinas de Italia, pañuelos en el mango que mi madre insistió que llevase para les dar un toque personalizado y muy a la moda italiana.
Corro para alcanzarlas, pero cuando logro sujetar una de las asas de la enorme pieza, me ha escapado de la mano y empezó a viajar, de nuevo, en aquella loca cinta que daba vueltas a la velocidad de la luz. ¿Sería posible? Nunca entendí porque las cintas de los aeropuertos ruedan tan rápido. Coger maletas es casi un deporte para los viajeros frecuentes. Te da adrenalina, sudas y corres. Lo más parecido con una actividad física.
Voy pidiendo permiso en mi tan logrado inglés, que por suerte era decente el suficiente para no hacer figura de idiota. Bastante ya sería la estúpida imagen que estaría dando ahora mismo, esquivando gente mientras miraba mis cosas con ojos depredadores.
Dos vueltas de tuerca después y, casi soy la única esperando de que, en algún momento posible de mi vida, esas maletas puedan salir de la maldita cinta del infierno. Empeño todas mis energías en una última tentativa y cuando consigo volver a coger una de las maletas, tiro con toda mi fuerza para tras, indo en contradirección de la corriente que se lleva mis pertenencias. De pronto, siento unas enormes manos tocaren las mías y con el choque y la sorpresa largo mi objetivo y miro hace arriba, para ir de encuentro al rostro más increíble que he visto en toda mi vida. El chico guapísimo al que le corresponde aquellas manos capta mi maleta en menos de nada y logra depositarla a mis pies.
-¿Tienes alguna maleta más para recoger? -preguntó mirando para la cinta y después para mí. Entre la vergüenza y mi rostro abismado con aquel ser a mi lado, mi voz se quedó entallada entre las paredes de la garganta y solo pude asentir con la cabeza.
-¿Cuál? -volvió a preguntar él.
-Ah... ah... -Tartamudeaba como si nunca hubiera hablado inglés en mi vida -, sí... tengo. La rosa. La de color rosa. Fucsia. -Hice una mueca con la boca en tono de disculpa, como si me sintiese culpada por llevar unas maletas tan ridículamente espantosas y chillonas.
Él sonrió. En pocos segundos avistó la otra pieza y la sacó también, como se pesase dos gramos. Al hacerlo pude ver la tensión de los músculos sobre su camisa arremangada y sin corbata. Era grande. Musculoso y torneado. Y yo estaba salivando en pleno aeropuerto ante su perfil.
-¡Mu... muchas gracias! No hacía falta. Quiero decir, sí, hacía, pero... bueno... ¡gracias! -cerré la boca antes de que saliera más idiotez.
-De nada -él sonrió enseñando los piñones y pensé que me derretía allí mismo. Unos dientes perfectos, reluciendo como un anuncio de Colgate. Tendría que ser dentista. Solo los dentistas tenían bocas así. Comestibles.
Le devolví la sonrisa mientras cogía torpemente mis maletas y empezaba a dar uso a las rueditas que tenían, para salir del aeropuerto pitando. Ya imaginaba llegar al periódico, en el día siguiente, y encontrar un artículo en la sección de chismoteo: "Chica imbécil intenta coger unas maletas en aeropuerto, sin éxito, hasta ser salva por el magnate del imperio dentista".
Mi cabeza viaja en la mayonesa, mientras andaba con pasos largos para la zona de nada a declarar.
Él chico había quedado para tras. En un momento consiguió alcanzar mis pisadas y se colocó a mi lado, cargando relajadamente una pequeña maleta de mano, de esas que se lleva para pasar dos días en algún sitio. Habría ido a alguna conferencia dental.
-Me llamo Joshua. He visto por tu pronunciación que eres extranjera. Si necesitas algo por acá, tienes aquí un contacto. Boston puede ser una ciudad muy exuberante -hablaba tranquilamente y su vocecita era tan atractiva que yo seguía mirando adelante, arrastrando aquellos dos icebergs que había traído con mis cosas.
-Encantada y gracias por tu gentileza. Yo soy Chiara -me sentí en la obligación de devolver su simpatía, pero estaba totalmente avergonzada.
Él se mantuvo en silencio, andando a mi lado y pensé que se había quedado un silencio raro. Por eso, hablé para tapar mi nerviosismo.
-Soy italiana. Acabo de llegar para incorporarme a trabajar en una empresa de aquí. -No quería dar muchos detalles, al final no lo conocía.
-Hum... me sonaba a italiano o español... Me encanta Italia. Tengo una que otra sucursal allí. He estado en Roma hace un mes.
-Ahhh... -dije, abriendo bastante los ojos y meneando la cabeza, interesada en su información-. Muy bonita Roma. Yo es que soy de Milano. Un poquito diferente.
-Oh, sí. Los milaneses -erguí una ceja. Qué modo raro de llamar a su gente-. Tan bellos cuanto engreídos y fútiles.
Me quedé perpleja con su observación. Estaba siendo tan educado que no esperaba aquel insulto despectivo a sus paisanos. Sabía que mucha gente tenía ideas prejuiciosas con las personas de otras nacionalidades, pero no esperaba escuchar algo así a los diez minutos de pisar un territorio; con poco más de 500 años y constituido por extranjeros. Me remetí al silencio. Cuando alcanzamos la puerta de la salida, él me paró, sujetándome por el hombro.
-Quédate con mi número de teléfono, por si necesitas algo. Como te dije, es una ciudad grande. Puede ser muy abrumadora. Sé lo que es sentirse alejado de casa, especialmente en estas fechas, así que no dudes en llamarme si necesitas lo que sea -volvía a ser el chico con la voz suave y sensual de antes-. Apunta mi número en tu móvil.
-Tal vez no haga falta, pero gracias por la oferta -dije, disculpándome. Me resultaba un poco atrevido de su parte ofrecerme un contacto, porque no nos conocíamos y además había acabado de sacar presunciones estúpidas sobre mi tierra.
-Insisto -colocó la mano en la parte delantera de su maleta y sacó un boli del pequeño compartimento. Cogió mi mano de forma inesperada, haciéndome sostener el aire en mis pulmones por la sorpresa de su contacto. Levantó un poco la camiseta de mi brazo para que mi pulso quedara libre y desnudo. Y escribió en el interior de mi muñeca-. Aquí lo tienes. Felices fiestas, Chiara.
Me guiñó un ojo y se fue. Me quedé inmueble en el medio del pasillo, donde maletas pasaban a mi alrededor en un ajetreo de viajeros, por todas las direcciones. Miré mi brazo. En color azul decía: "DJoshN.5189912.FNMG"
¿Qué coño significaba DJoshN o FNMG? Sería su trabajo, su barrio. Ni idea. Otro momento lo verificaría. Cuando estaba esperando el taxi en las llegadas, avisté, a poca distancia, un coche enorme, elegante y negro, parar en segunda fila. Fue el momento en el que vi Joshua acercarse al coche y de dentro salir una chica rubia despampanante que más parecía ser una modelo de Victoria Secret. Rodeó el coche y cuando se encontró delante de él lo abrazó para darle un beso en el rostro que, fue devuelto. Sus sonrisas cómplices dejaban a la vista perfectamente de que serían pareja o algo así.
¡Qué idiota! Pensé sobre lo que acababa de pasar y llegué a la conclusión de que, al final, los engreídos, atrevidos y mujeriegos no eran los italianos. Eran todos los hombres del mundo. Podría ser guapo y todo lo demás, pero había estado tonteando con ella, mientras su mujer esperaba afuera. Hice una cara de asco. Quité el pensamiento del asunto cuando llegó mi turno al taxi.
Capítulo 2
Nuevo hogar
Estaba deslumbrada con los edificios de la ciudad. Eran iguales a los de las películas. Ahora estaba delante de la que sería mi casa en los próximos tiempos. Había conseguido alquilar antes de llegar, a través de una agencia, una habitación en un piso, compartida con otras dos personas. Por las fotos parecía agradable. Era la primera vez que iba a dividir casa con alguien más que mis padres y mi hermana. Los echaba de menos, a todos. Aún no habían pasado veinte y cuatro horas desde que llegué aquí y ya sentía mucho su falta.
Suspiré y toqué el timbre. La señora de la agencia me dijo que alguien estaría para me abrir la puerta, y que después ya tendría una llave para mí.
Tres toques después, la puerta se abrió y subí las escaleras hasta la primera planta donde quedaba el apartamento, maletas a cuestas. En la puerta esperaba una chica joven, vestida de hippie o por lo menos eso parecía. Tenía unas rastas en el pelo muy largas, marrón clarito, pero estaban muy bien cuidadas y le quedaban bien. Era guapa. Su rostro estaba adornado por un piercing en la nariz y en las orejas colgaban unos dilatadores enormes. Me acerqué a la puerta con una enorme sonrisa.
-Hola. Debes de ser la chica nueva -me saludó antes de que pudiera decir nada-, soy Shanaya -abrió la puerta por completo y extendió el brazo para saludarme con un apretón de manos.
-Hola. Sí, soy la nueva inquilina -contesté-. Me llamo Chiara. Encantada de conocerte.
-Entra, entra -dijo, meneando la mano para que me adentrase.
-Steven no está. Steven es el otro chico que ocupa la habitación en el fondo de la casa. Es fotógrafo. Está siempre liado con trabajo. O con algún ligue. No esperes verlo mucho -decía mientras me orientaba por el pasillo enorme. La casa tenía un aire un poco retro, pero estaba bien. Paró delante de una puerta a la izquierda del corredor que acabábamos de pasar.
-Aquí es tu habitación -abrió la puerta y nuevamente hizo un gesto muy relajado y asertivo para que entrase. Entré en la diminuta habitación.
-¡Uau! Parecía mayor en las fotos. -Fue lo único que pude decir cuando entré dentro de aquella caja de cerillas que llamaba mi cuarto.
Dentro, nada más entrar por la puerta y delante había un colchón de matrimonio encima de una plataforma con rueditas, propia para colchones. La colcha era gris y probablemente de Ikea, porque era un patrón que podría reconocer en memoria. Bueno, la cama ocupaba, como decir, básicamente toda la habitación. Había como espacio para pasar de un lado y otro si te colocabas de lado, porque si fueras derecho, tus piernas no cabían. Al fondo, dos baldas hacían de mesita de noche y una larga lampara de pie, iluminaba toda la instancia.
Había también otra balda, cerca del techo que bajaba un poquito, como si fuera una buhardilla, aunque era la primera planta. En ella estaban unos ocho cojines dispuestos en línea. Me quedé pensando quién necesitaba tanto cojín. Había dos más encima de la cama y las almohadas de dormir. Una moldura de un camino en un paisaje adornaba la pared verde pastel que hacía de cabecera. Las otras paredes eran de un amarillo suave. Había también una silla a mi lado cerca de la puerta, que más parecía una silla de jardín. Y lo bueno era la amplia ventana, típica americana, de estas que tienes que subir la parte de abajo hasta arriba para abrirla y, por ella se podía ver las largas ramas del árbol que había adornado la calle. Y era todo.
-Tienes un armario aquí -entró y cerró la puerta. Y entonces pude ver que había dos puertas por detrás que daban para el armario. Shanaya lo abrió como si fuera una consultora inmobiliaria-. Es mayor que el mío, está muy bien. Tuviste suerte.
La forma como lo dijo me hizo darle las gracias y sonreír con algún esfuerzo. No quería parecer mal agradecida y empezar con mal pie la convivencia. Al final solo serían seis meses y podría vivir con eso.
Shanaya me quiso enseñar el resto de la casa. Dejé las maletas enormes en el pasillo. Ya encontraría forma de meterlas en la habitación, sabe Dios como.
Al menos en la cocina era amplio, junto con el salón que estaba decorado de forma muy aleatoria, con muebles combinados de aquí y allí, muy retro style, pero me gustaba. Había un montón de cachimbos de fumar y la casa tenía un aroma extraño. Una mezcla de cannabis con perfume fuerte.
En la cocina había una mesa cuadrada donde podían comer cuatro personas y hasta el momento era la única que existía en toda la casa.
Fui mirando todo el apartamento y llegué a la conclusión que podría sobrevivir. Creo. Shanaya me explicó todos los detalles de vivir en una casa compartida, las tareas de cada uno, todo. La mujer era una máquina de organización. Quizás la haya juzgado un poco al ver su apariencia, aunque estábamos en América y aquí la gente podría ir por libre. Mucho más que en Milano, donde las personas viven de y para apariencias.
-Me ha dicho Helen -la mujer de la agencia-, que ibas a empezar a trabajar en un periódico. ¿Eres periodista o algo así?
-Sí, acabo de formarme. Voy a trabajar en el Boston Entreprise Journal. Bueno, en la realidad haré unas prácticas, pero estoy muy entusiasmada y contenta por la oportunidad.
-Lo bueno es que queda a solamente unas pocas manzanas de aquí. Casi podrías ir andando -ella encendió el calentador de agua para hacer un té. Vi cuando cogió dos tazas y por eso me senté en la silla de la cocina-. De todas formas, aunque Boston no es una ciudad particularmente peligrosa, tiene cuidado a andar por las calles, sola por la noche. Tienes metro muy cerca de aquí. O siempre puedes venir en autobús, como lo hago yo. O taxi.
Sirvió los tés y me extendió uno de ellos. Agradecí. Era agradable tomar algo caliente en el frío intenso que hacía en esta época del año.
-Y tú, ¿qué haces? Si no es abuso preguntar.
-¡Qué va! Yo soy artista. Hago tatuajes. Tengo un pequeño estudio aquí en el barrio. Me viene bien vivir aquí cerca.
-¡Uau! Que bien. Eso es fantástico. Tienes tu propio negocio, tan joven.
-Sí, bueno, el estudio es compartido con otros amigos, pero hasta ahora nos va bien. ¿Tienes algún tatuaje? -me estaba inspeccionando con la mirada en el intento de encontrar algo de tinta en mi cuerpo, aunque iba llena de ropa y sería difícil.
-No, nunca tuve oportunidad de hacerla. La verdad es que nunca pensé en eso.
-Pues, no saldrás de aquí sin haber pasado por mis manos, guapa. Para que lleves un recuerdo de Boston, para siempre.
-Puede ser, ya veremos. No te prometo nada -contesté con sinceridad.
Ambas sonreímos y terminamos de beber el té en silencio. Al rato, acabé de arreglar mis cosas como pude en la habitación que ahora parecía un caos y demasiado llena, pero ya tendría tiempo de resolver eso. Terminé de rever algunas cosas del periódico, para estudiar un poco lo que me esperaba y me acosté temprano.
Estaba agotada por el viaje. No quise ni cenar. Desde el pasillo podía escuchar voces riendo. Probablemente mi compañera de piso trajo algunos amigos a pasar la velada. Solo había un baño en toda la casa. Cuando pasé, antes, para arreglarme, pude oler ese aroma que sentí antes en el salón, pero más fuerte, a marihuana. No tardé un minuto a dormirme. Por la mañana, me esperaba una nueva etapa de mi vida.
Capítulo 3
Una nueva misión
Nunca pensé que viajar por esta ciudad fuera tan complicado. Me desperté a las seis de la mañana para poder estar a horas en las oficinas. Tenía reunión marcada con el editor jefe a las nueve de la mañana. Después de perderme tres veces y coger la línea equivocada, ahora ya estaba en la avenida principal que daba al edificio. Shanaya me había ayudado, haciéndome un croquis de cómo llegar, pero ni eso me valió. Era una ciudad enorme y entre el tráfico y la agitación de miles de personas yendo de acá para allá, me agobié. Iba cogiendo sin aire y agitada, por la acera, contornando las personas como si esto fuera una corrida de coches en la consola.
Para mí era una corrida contra el tiempo y contra el hecho de no llegar tarde, justo en mi primer día de trabajo.
Entré por la puerta principal del periódico y subí hasta la planta que correspondía. Eran las nueve en punto.
Tras haber anunciado mi presencia, me llevaron hasta la sala de reuniones donde ya se encontraban otros cinco elementos sentados. Me sentí un poco alienada. Dije buenos días de forma un poco atropellada. Apenas me contestaron tres de ellos. Uno de los chicos que estaba sentado de frente para donde me ubicaba, meneó la mano haciendo señal para que me sentara a su lado.
-Hola -dijo, mientras tomaba lugar-.Soy Jeremiah, pero todos me llaman de Jeremy o Jer. Puedes llamarme como quieras. Vengo de Inglaterra y tú debes de ser Chiara, la chica nueva italiana.
-Ahh... sí. -Aún estaba intentando controlar mi respiración, después de aquella atribulada mañana-. Encantada de conocerte.
El chico me dio una sonrisa amplia y parecía simpático. Al menos más que la chica que estaba sentada a su otro lado, en la mesa de reuniones. La que ni esbozó un gesto cuando me vio entrar. Como si no existiera. Era la típica rubia buenorra de las películas. Iba maquillada con todo lo que hay de derecho y bien vestida. Seguramente cubría materias de modelos, influencers, artistas, ese tipo de cotilleo que odio.
Había otras 3 personas más. Las tres se encontraban sentadas delante de nosotros. Dos chicos y una chica. La chica parecía salida de una serie de Betty, la fea. Pobreta. No es que fuera fea, porque no creo que haya personas feas. Pero iba tapada hasta el cuello con unas prendas muy anticuadas y tenía unas gafas de pasta negras, mayores que su cara, que le caían en la punta de la nariz. Los pelos parecían que habían sufrido un electrochoque. Se ondulaban de forma muy dispersa y amorfa. No paraba de escribir en su libreta con el rostro casi entrando por el cuaderno adentro.
A su lado estaba un chico, con el pelo y la barba color naranja, parecía irlandés. Debería ser otro becario más, como yo. Y en la misma línea, por último, estaba un chico, también joven, con un aire muy serio y profesional, que ahora que lo miraba bien, estaba buenísimo, guapo.
Se habrá dado cuenta de que lo estaba mirando y levantó la mirada para cruzar con la mía. Sus ojos eran tan fríos y penetrantes que me sonrojé y bajé la mirada, abriendo mis carpetas.
Pasado unos pocos minutos entró en la sala un señor de media edad que se dirigió a toda prisa para el topo de la mesa, presidiendo la reunión.
-Buenos días a todos, equipo. Feliz lunes. Espero que habéis recuperado fuerzas en el fin de semana, porque estoy a punto de distribuir tareas para los próximos meses, y no tendréis más vida propia -dio una carcajada casi siniestra. No obstante, tenía un aire bastante peculiar y hasta cómico-, y antes de dar paso a la reunión, quiero dar las bienvenidas a nuestra nueva colaboradora Chiara.
Apuntaba para mí y todos giraron la cabeza en mi dirección. La rubia hizo una cara de asco tremenda. Estuve a punto de devolverle, pero no me pareció adecuado. ¿Cuál era su problema?
-Chiara va a ser una plusvalía en nuestro equipo en los próximos seis meses -indicó el Sr. Mason. Había intercambiado correos con él durante la semana, pero era la primera vez que le colocaba cara-. Será nuestra correspondiente de asuntos entre Italia y estados unidos y cubrirá una materia muy importante. Así que, Chiara, sé bienvenida al Boston Enterprise Journal.
Todos aplaudieron. Debería ser un ritual muy típico allí, pero me sentí bastante observada. Asentí con la cabeza y di las gracias una infinidad de veces.
La reunión tomó protagonismo y el Sr. Mason empezó a distribuir los casos que cada uno iba a llevar y los artículos que teníamos que escribir. Ese semestre, cada uno de nosotros iba a ocuparse de una columna específica del periódico y de asesorar un caso o entrevista con alguien importante, dentro de nuestras áreas de actuación.
De momento, a mí me había tocado escribir los artículos para la sección de negocios internacionales. Al manejar tres idiomas, me dejaron esa parte. Estaba contenta, porque me encantaba el mundo de los negocios y fue una de las materias que mejor estudié en la universidad. Quería especializarme en ese campo, de finanzas y empresarial.
Cuando el jefe empezó a distribuir los casos de cada uno, la situación cambió. Los tonos de las voces subieron y ahora todos opinaban y hablaban a la vez, indicando sus tareas.
-Jessica, tú vas a cubrir el caso de la señora Pekins. Andrew, tú vas a cubrir el caso del gobernador Hendricks. Chiara tú vas a cubrir e intentar entrevistar el caso del señor Daniel Nicolás.
-¿Qué? -chilló la rubia despampanante-. No. No puede ser, Mason. No puedes hacer eso.
-Puedo y lo estoy haciendo. No empieces con tus achaques -el jefe bufó y se sentó. Andrew, el chico guapo se reía de forma malvada. Parecía estar a gusto con todo el ajetreo que se formó.
-No. No voy a aceptar que des a esa que acabó de entrar el caso de Nicolás y a mí el de la vieja esa. Yo soy la que lleva los casos de las personas importantes. Ella acaba de llegar. No sabe nada de la vida en Boston.
Me quedé estupefacta. Acaba de me mencionar como "esa" de forma despectiva y además de menospreciar mi trabajo. ¿Qué se ha creído? Le estaba ganando un poco de manía. Parecía recíproco.
-Los casos están entregues y no se habla más sobre eso. No quiero más discusión sobre mis decisiones. ¿Está claro, señorita Logan? -la miró con un aire tan intenso que ella se limitó a callar. Ya iba tarde.
Podía sentirse un ambiente de cortar jamón a cuchillo. Cuando todo estaba ya hablado, el Sr. Mason pidió al chico a mi lado, Jeremy que me enseñase las oficinas, mi puesto de trabajo y los procedimientos. Menos mal que le pidió a él, porque si fuera a la rubia, ciertamente me pondría a trabajar en el sótano con las ratas.
Jeremy fue muy querido y me explicó absolutamente todo. Iba a trabajar en un escritorio en una sala abierta donde estaban los restantes compañeros, típico de los periódicos americanos. Por suerte, el chico y yo compartíamos la misma sección y podríamos hablar entre nosotros.
A las once de la mañana, mientras organizaba mi trabajo, ya en mi escritorio, Jer se acercó a mí.
-Anda, vamos a la cafetería tomar algo. A veces salimos y vamos a tomar café afuera, pero hoy está frío y podemos quedarnos aquí de cotilleo. Ven que te cuento todos los chismes de la ofi.