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RENACIDA

RENACIDA

Autor: : Leon M. Duncan
Género: Hombre Lobo
Es una obra de ficción y fantasía , donde encontrarán romance, escenas de sexo descritas con un toque de sensualidad, traiciones, misterio, intriga, acción, suspenso, mafia. Para crearla me base en algunos datos de mitología universal la cual describo con matices personales, uniendo el mundo real con el sobrenatural con un estilo entretenido y diferente en el cual se encontraran a seres tan enigmáticos y fascinantes como son los licántropos, y otras legendarias criaturas. A lo largo de la trama sus personajes se entrelazan directa o indirectamente, creándose con ello un ambiente de cábalas que se pasean por el tiempo con un ir y venir del presente al pasado y viceversa. Aunque la heroína principal es una joven recién graduada en historia antigua y apología religiosa, no se puede menospreciar a otros personajes que de igual forma tienen en la novela una categórica participación, consiguiendo con ello que la trama sea más complicada y atractiva para aquellos que gustan de una obra compleja en cuanto a argumento, tramas y personajes se refiere.

Capítulo 1 Capt 01 En una era imprecisa

Aunque eran parajes remotos y pocos frecuentados, no escaparon al cruce de peregrinos y mientras que sinnúmeros de nómadas pasaban de largo en su incansable emigrar y el montañoso lugar no era el idóneo para vivir, si resultaba excelente para otros grupos que llegaban desde alejados y diferentes territorios para establecerse en la virgen región.

Eran familias y amigos pertenecientes a desiguales tribus que intentaban alejarse de las llanuras y de los florecientes pueblos en constantes pugnas, y cada clan cargaba con sus propios dioses, reglas, estatutos sociales u orden jerárquico, y todas con sus ancestrales secretos; sin embargo, el sentimiento de vivir en armonía con el prójimo y la naturaleza, era mutuo.

Paulatinamente, las laderas y valles comenzaron a sufrir la colonización humana. De cuantos llegaron con intenciones de quedarse, únicamente un clan se mantenía alejado del resto. Sus integrantes eran esquivos, poco conversadores y nada amigables, no obstante, nunca fueron agresivos ni belicosos, simplemente se mantenían al margen de una nueva y dividida comunidad que se fundaba en las montañas.

Con los años sus moradores en las llanuras construyeron y repartieron pequeñas parcelas donde levantaban sus viviendas y era ley que nunca habitante alguno se adentrase en territorios de otros y cuando lo precisaban contaban con la venia del dueño o vecino del terreno, sí que hubo reyertas que culminaban con la muerte de uno o más adversarios, más estas eran provocadas por otros temas como: amoríos ocultos y no consentidos, ultrajes a hermosas jóvenes o disputas en medio de una cacería a pesar de haber abundante caza. Pero el mayor tiempo lo dedicaban a criar grandes rebaños de reses y manadas de caballos, recolectar o sembrar y la pesca en las aguas del ancho río.

Al principio, a excepto de mínimos desacuerdos, todo fue paz y bienestar y si bien los credos continuaban siendo diferentes, se vieron obligados a compartir una misma lengua.

Sin embargo, la situación, sosiego y la supuesta apacible vida de sus pobladores cambió drásticamente desde que en otros lares se supo de cómo prosperaban y fueron objeto de ataques furtivos ejecutados por guerreros errantes que recorrían la tierra en busca de pillaje y botines, precisados a contrarrestar tales desmanes decidieron unir fuerzas y prepararse para futuros embates. Nunca consiguieron que aquel misterioso y apartado clan que vivía en lo alto de una colina rodeada de densos bosques se les uniera.

Las noticias de un próspero y desprotegido poblado que se mantuvo oculto por muchas décadas en las montañas, voló de sitio en sitio, conllevando que con ello más tarde comenzaran a ser víctimas de periódicas incursiones por parte de un belicoso pueblo a los que siguieron los de otros invasores con ansias de poder y saqueo.

Obligados por semejantes atropellos y crímenes de los que en antaño sus antecesores intentaron huir, ahora ante las inesperadas y perseverantes agresiones y la necesidad de prevalecer con vida, sacó a la luz la oculta casta de decenas de guerreros jóvenes los cuales tomaban el mando y alistaban a sus moradores para defenderse. Hechiceros y druidas invocaban a sus tenebrosos dioses y lanzaban conjuros malditos en las supuestas veredas de acceso. Los más diestros entrenaban para el combate a los menos capaces, pero nada surtía efecto y muchos perecían bajo las armas enemigas y decenas de jóvenes muchachas eran secuestradas.

En uno de esos intervalos de sosiego, el consejo de la aldea se encuentra reunido en la vivienda destinada para tales asuntos. La algarabía es general y un anciano se levanta golpeando los tablones del piso con su pesada vara, cuando el murmullo se aplaca, les manifiesta:

- Días después de la última invasión sufrida, decidí poner en práctica un plan que confieso no deja dejaba de ser arriesgado, pero me quedó más remedio, porque de lo contrario continuaremos siendo víctimas de la crueldad de los invasores. Nunca podremos repelerlos y obligarlos a desistir.

- Sabio Chiferis, lo que plantea es bien conocido por todos aquí -vociferó Atkor, con su habitual voz gruesa. Y opino que debiéramos esperar a que el caudillo Aluxx, se nos una, su palabra y pensamiento siempre son bien aceptados en el consejo.

- Apenas dos horas atrás me reuní con Aluxx quien acababa de regresar de un extenuante viaje, dejémoslo descansar. Ya lo oirán, más adelante -confesó el anciano.

- Nuestros antepasados huyeron de iguales situaciones, ahora nos están obligando a hacer lo mismo y marcharnos hacia otras tierras -propuso Bulkes, quien era bien conocido por ser escurridizo y cobarde.

- Donde quiera que vayamos, siempre existirá quien desee apropiarse de lo ajeno... Irnos no es la solución -sentenció Chiferis.

- Necesitamos partir hacia otros poblados y contratar a diestros guerreros para que nos alisten para el combate -emitió Atkor, un joven enorme y corpulento al que desde muy pequeño apodaron brazos de roble.

- Con qué les pagaríamos. Nuestras alacenas están vacías, nuestros caballos y ganado disminuyen a diario, los granos y suministros son robados impunemente tras cada invasión y cada vez se suman más guerreros a los saqueadores -gritó desconsolado Jrevux, un anciano tuerto desde la niñez.

- También podemos levantar muros protectores alrededor del pueblo. Quizás tengamos tiempo de hacerlo antes de la próxima cosecha, que es cuando suelen aparecerse -aconsejó Ismull, el tullido.

- Con cada incursión nuestras fuerzas merman, por cada dos hombres de ellos diez de los nuestros no vuelven a ver el sol -argumentó Dortho, quien ya había perdido a muchos parientes en las batallas.

- Las mujeres ya no quieren salir al campo a trabajar, los críos se ocultan en las despensas al solo escuchar el relincho de un caballo. La vida ya no nos sonríe como antaño -impugnó Ismull.

A su exposición se unió un clamor de inconformes, quienes también habían visto caer a muchos de conocidos. El bastón golpeó reiteradas veces el suelo hasta que enmudecieron y el anciano, contemplándolos, vociferó:

- ¡Cállense de una maldita vez! ¡Hagan silencio! -volvió a ordenar el anciano- todos exponen sus criterios y de nada nos ha servido hasta ahora... Cuántos de ustedes se han preguntado, ¿por qué dichas invasiones se limitan a la aldea y nunca se aventuran a entrar al bosque que colinda con el pueblo de la colina?

- Es cierto... Jamás los han molestado -reconoció Dortho, quien desde hacía poco tiempo era líder de su clan.

- Todos saben que quienes llegaban en el pasado y se aventuraron a visitarlos en busca de intercambios, fueron expulsados sin tapujos o ellos mismos abandonaban temerosos sus predios -planteó Bulkes.

- los invasores se conformarán con saquearnos a nosotros y deben saber que esos condenados moradores de los bosques no tienen nada que les llame la atención -manifestó Ismull.

Nuevos murmullos de porfía y especulaciones inundan la estancia y cuando empiezan a menguar, Chiferis toma la palabra:

- ¿Cuántos de nosotros hemos visto a un lobo salvaje dirigir a su manada para acosar y matar a nuestras ovejas y ganado...? ¿Quién de este pueblo me asegura haber escuchado el aullido del lobo en los predios del poblado...? ¿Cuál de los presentes y los que no, me afirmarán que no abundan en estos territorios?

- No comprendo el alcance de sus preguntas, anciano Chiferis -reconoce públicamente Dortho, y echa una ojeada a su alrededor buscando descifrar si alguno entendió al viejo.

Tras un breve silencio, es Atkor, quien deja escuchar su enérgica voz:

- Al igual que el temible gran oso, el majestuoso león con su espesa melena y los lobos también predominan en todos estos territorios, eso lo sabemos y evitan adentrarse en tierras de humanos, ya que los cazamos sin piedad. Sus aullidos se escuchan en los bosques cercanos, es allá donde suelen vivir y raras veces se aventuran a mostrarse en las praderas.

- Escúchenme bien -decretó el anciano Chiferis- esos aullidos que escuchamos no proceden de lobos comunes y si lo piensan detenidamente comprobarán que son más poderosos, escalofriantes y todos nos llegan desde el bosque que antecede las colinas donde habitan Los renacidos.

- Es cierto que cuando se escuchan parecen sobrenaturales y terroríficos, provocando que hasta los caballos se encabriten y relinchen de pánico, pero... ¿Renacidos? ¿Qué locura es esa, anciano?, y perdóneme la osadía e ignorancia -le rebate Bulkes, desorientado.

Ahora todos se contemplan y murmuran sin comprender el porqué, los llama así, es entonces que una joven, quien se ha mantenido silenciosa hasta el momento, se aparta del grupo y se detiene junto a Chiferis, ojea a los reunidos y ordena hacer silencio. Cuando ya tiene la generalizada atención les pronuncia:

- El sabio anciano, no se equivoca y les aseguro que para no asustarlos más, fue benigno al mencionarles como los apodaban. A aquellos que antecedieron a los que en la actualidad habitan la colina llegaron desde un lejano territorio donde fueron cazados casi hasta la extinción... Allá se les conoció también como Las bestias de la luna o Los lobos humanos.

- Únicamente los dioses pueden transformarse en lo que apetezcan, y ellos no lo son. Tu lengua emite sandeces e improperios para nuestras deidades - protestó Bulkes, disgustado.

- ¡Eso es imposible! Quien tendría motivos para exterminarlos cuando nunca demostraron ser adversarios o beligerantes, acaso tú también enloqueciste Haxnia -la contradice Ismull, el tullido.

- Cuando yo era un crío -comienza a decir Jrevux, el viejo tuerto- mi abuelo me narraba historias que escuchó sobre una raza de hombres y mujeres que podían convertirse en lobos. Aquellos cuentos me fascinaban y aterraban a la vez, y siempre imaginé que si no eran invenciones de mi abuelo, en el imperio de Merthalia, fueron vistos por última vez y cazados hasta que no quedó uno de ellos... No es posible que de verdad existieran o existen y sean esos que viven en los bosques y cerro.

- ¡Cuentos para asustar a los niños a que no se alejen de las aldeas! -chilló Ismull.

- ¡Por todos los demonios del inframundo! Escuchen y no interrumpan más -ordenó Atkor, con voz de trueno.

Ante la imponente figura del joven y viéndolo como llevaba su diestra a la empuñadura de su enfundada espada, los que, continuamente, opinaban e interrumpían constantemente sin aportar nada convincente, optaron por callarse. Después de breves segundos, la muchacha continuó:

- Créanlo o no... No fueron aniquilados en su totalidad. Muchos consiguieron escapar, del mismo modo, que lo hicieron con anterioridad en aquellos territorios y comarcas en las que un monarca juró acabar con todos... Viven a pocas leguas de nosotros y serán nuestra salvación si nos ponemos de acuerdo y aceptamos sus términos -declaró muy seria la joven Haxnia.

- De ser cierto lo que dices, qué pruebas tienes para tal afirmación -cuestionó Dortho y otros lo apoyaron con exclamaciones y gritos en desacuerdo.

De nuevo el anciano Chiferis, se pone en pie e intenta calmarlos con ademanes de sus arrugados brazos y temblorosos dedos, mas no le prestan atención. Haxnia y Atkor, elevan sus brazos demandando cese el escándalo que colma la estancia.

Cuando al fin ambos jóvenes, consiguen aplacar los ánimos es que el anciano vuelve a levantarse y les dice:

- Hace cuatro semanas envié a mi nieta Haxnia, para que buscara a su líder si es que lo tenían, y le entregará algunos obsequios como señal de buena voluntad. Al comienzo se negó a acatar mi ruego, porque le conté una historia que me sucedió cuando era un mozalbete y ahora se las relataré para que sepan que no mentimos -el anciano vuelve a sentarse porque sus piernas ya no son las de antes- hace mucho tiempo, mis ya fallecidos hermanos y yo andábamos de cacería. Éramos jóvenes, impetuosos y alocados y persiguiendo a un enorme ciervo, nos adentramos al atardecer en aquellos siniestros bosques al que nuestros padres nos habían advertido no acercarnos, pero quien en su lozanía sigue el consejo de sus mayores, ya en lo profundo perdimos todo rastro de la presa y nos desorientamos y sorprendió una noche donde ya surgía la primera luna llena del siclo correspondiente. Fue entonces que en medio de aquella tenebrosa oscuridad escuchamos aullidos, los cuales confundimos con una manada de lobos al acecho. Éramos escasamente cuatro y nos hallábamos en medio de lo desconocido y temblamos de pavor, y en efecto aquellas bestias nos acechaban desde las penumbras, más no eran lo que creíamos, porque de repente seis de ellas saltaron frente a nosotros y estaban erguidas como los humanos y aunque tenían cierta semejanza con nosotros temblábamos al ver a aquellos peludos monstruos con cabeza y extremidades de lobos gigantescos y aterradores.

- Usted nunca contó eso anciano, cómo fue posible que lo ocultara durante tanto tiempo -le preguntó Atkor.

- Continúe, sabio Chiferis... Continúe -lo incita Ismull.

- Al vernos rodeados por aquellas feroces criaturas que gruñían sin cesar, comprendimos el porqué vivían apartados, protegiendo su secreto y exigían que entráramos en sus dominios. Durante un corto tiempo nos resignamos esperando la muerte; sin embargo, cuando ya no podían horripilarnos más, comenzaron a cambiar de forma y para asombro mío y de mis compañeros, ahora estábamos rodeados por cuatro jóvenes fuertes y vigorosos y dos muchachas tan hermosas como mi Haxnia, pero estas últimas al verse desnudas se colmaron de pudor y corrieron a internarse entre la vegetación.

- ¿De veras Chiferis? Totalmente desnudas -cuestionó Bulkes relamiéndose los labios.

Todos lo contemplaron con desprecio y el anciano prosiguió su relato:

- Poco más tarde se apareció Satkonn, el líder del clan, como ellos lo llamaban y venía acompañado por las dos muchachas, pero increíblemente fueron benévolos con nosotros y después de una larga charla nos guiaron hacia los linderos del bosque y dejaron partir, pues sabían que éramos jóvenes del poblado aledaño. Añadiéndole a ello que fuimos precisados a prometerles que jamás contaríamos lo visto y que no regresaríamos a sus territorios...

Durante un corto tiempo los reunidos se mantuvieron silenciosos y pensativos hasta que Bulkes, rompió el mutismo:

- Respetado Chiferis. Supongamos que le creo esa historia. Dígame si no es cierto que esos, a los que ahora llama nuestra salvación, son los descendientes de una raza que fue casi aniquilada por similares guerreros que ahora desvalijan a nuestro pueblo y se llevan a nuestras hijas.

- Porque un juramento hecho hace mucho tiempo dejó de tener sentido para ellos. Y no aguardarán más para obtener su venganza...

Capítulo 2 Capt 02 Una alianza entre humanos y hombres bestias

Nuevos clamores se elevaron en el salón y la mayoría era de desconcierto y faltos de expectativas.

- Anciano Chiferis, de qué venganza hablas-le pregunta Bulkes- si hasta el momento ninguno de ellos ha sufrido lo que nosotros y nunca confraternizaron con morador alguno de este pueblo. No veo en que los atañe tal situación.

- ¿Acaso no te arrojaron de sus bosques en tu juventud? -le replica Ismull.

- Todo lo que exponen es cierto. Pero olvidan que les señalé que había enviado a Haxnia, para que los contactara... Y lo hizo, como también le pedí a Jrevux, que hablara con su sobrino Aluxx, para que lo convenciera de ir a otros reinos con intenciones de averiguar quién estaba detrás de las últimas invasiones, porque en nada se asemejan a las primeras, ya que ahora visten uniformes militares, están mejor organizados y son más numerosos... Quienes ahora nos despojan de nuestras cosechas, matan a nuestros hombres, se llevan a los animales y doncellas, pertenecen al ejército de Merthalia, y es su nuevo rey quien pretende expandir su imperio y riquezas ordenando que saqueen todo asentamiento conocido.

Nuevos comentarios en contra de la idea del anciano ahora son expuestos sin tapujos, unos opinan que lo más sensato sería convertirse en súbditos de Merthalia, otros que con tal anexo se estarán poniendo al cuello un invisible grillete el cual nunca podrán arrancarse, está el que asegura que alistarse con más ahínco para defenderse por medios propios es lo que se debe hacer y no faltan los quienes aseguran que el apoyo que intentan obtener arrojaría para siempre de aquellos territorios a cualquiera que en un futuro pretendiese invadirlos. Y entre tantas opiniones que no llegan a ningún sitio, finalmente desisten.

- Por favor, anciano. Explícanos lo que conseguiste y comienza con lo logrado por tu nieta Haxnia -demanda Atkor brazo de roble, con voz menos imperante y contemplándola embelesado, pues desde hace ya algunos meses se siente atraído por su belleza y esbelto cuerpo, pero aún no se lo declara a Chiferis, su tutor, ya que la muchacha es huérfana de ambos padres.

El anciano no responde, en cambio, lo hace la joven:

- Por órdenes de mi abuelo, partí hacia el bosque y ya dentro del, fui sorprendida por un hombre y tres chiquillos, quienes al verme comenzaron a gruñir y dar saltos a mi alrededor, y el adulto los contuvo y cuando le expliqué el motivo de mi irrupción me llevó hasta una cabaña en lo alto del cerro, donde aguardaba un grupo de ellos. Pregunte por Satkonn, el cual en una época había sido su líder, y todos se sorprendieron de que alguien que no pertenecía a su clan conociera el nombre de quien en una época fuese su caudillo...

En ese instante deja de narrar, pues, mira hacia las puertas por donde Aluxx, acaba de entrar. El resto también lo contempla en silencio hasta que este se les une y Haxnia, reanuda su relato:

- No seré tan extensa, porque hablar agota y ustedes deben saberlo, ¿verdad Ismull y Bulkes? En resumen: les transmití el mensaje de mi anciano abuelo, y los obsequios que llevaba, y por último les mostré un medallón que Satkonn le había dado a él en su juventud como prueba de que nunca ambas aldeas se verían envueltas en conflictos.

- Tus palabras siguen siendo vacías, pues no nos aclaras si decidieron unírsenos en la venidera contienda -le suelta Bulkes.

- Les aseguré -vocifera ahora Chiferis- que ellos ya no estaban atados a un juramento y la prueba de ello la trae consigo Aluxx.

El aludido camina por entre los reunidos y se detiene junto al asiento del anciano, entonces les proclama:

El sabio Chiferis, se reunió conmigo en cuanto llegué del bosque de los renacidos. Porque fue allí a donde fui tras regresar de otros territorios al naciente. En la colina pude entrevistarme con sus líderes principales y les revelé que el nuevo gobernante del imperio de Merthalia, ya no solo se conforma con diezmar a las aldeas y pequeños reinos... Ahora ambiciona hacerse dueño y señor del mundo. Aquí traigo el mismo medallón entregado hace años a Chiferis, y con él, la promesa de que se nos unirán en la lucha contra los ejércitos invasores.

- Aún quiero saber algo que me sigue teniendo intrigado -confiesa Dortho- anciano Chiferis, a qué te referías con un juramento arcaico.

El anciano los contempla a todos por un breve tiempo y después de beberse medio tarro de aguamiel, carraspea la garganta y le revela:

- En aquella ocasión en que los vi por primera vez en el bosque, siendo no humanos, supuse que cada uno de ellos era más fuerte que diez hombres juntos, más veloz que el caballo más galopante conocido y superior en ferocidad al gran oso, por lo que no comprendía el porqué se ocultaban y fueron vencidos tan fácilmente en el pasado. Reunido con Satkonn le confesé mi desconcierto, fue entonces que de los tres hermosos y fornidos jóvenes, que estaban a su lado, uno se puso en pie y me describió que él era el causante de las penurias sufridas, ya que se enamoró de la princesa Falaxia, quien a su vez era la hija de Pettux, rey de Merthalia, la joven lo correspondió con igual sentimiento. Romance que a pesar de que intentaron mantener lo más escondido posible, fue descubierto y despreciado por el monarca y seguidores del imperio, pues estos ya conocían el secreto de Los renacidos. En venganza, Pettux armó un gran ejército para aniquilarlos a todos, pero el joven le había prometido a Falaxia que jamás uno de su raza le quitaría la vida a su gente, por lo que fueron masacrados sin piedad, y no les quedó más remedio que huir y ocultarse.

- Qué fue de aquel noble joven que sacrificó a los suyos por la promesa hecha a su amada -indagó Atkor, pero mirando a la nieta del anciano y nuevamente Aluxx, toma la palabra:

- Aquel joven era uno de los tres hijos de Satkonn, y hermano menor, Ercikon, el nuevo líder del pueblo de los hombres lobos, y poco tiempo después de que nuestro Chiferis, lo conociera, dicen que partió de regreso a Merthalia en busca de su amada... muchos deben haber escuchado aquellas viejas noticias que una vez se propagaron de pueblo en pueblo, y narraban la misteriosa desaparición de la princesa Falaxia. Pero yo descubrí que ella se quitó la vida cuando a su amado lo sorprendieron y asesinaron sin levantar un dedo en contra de los asesinos enviados por aquel cruel rey que lo odiaba y temía a la vez y ocultó tal sacrificio, más por vergüenza que por dolor. Ahora a Los renacidos, o como quieran llamarles, nada los detendrá en su afán de venganza.

Clamores de expectativas se propagan en el salón. Golpeteos de puños sobre las mesas se repiten acompañados por los de las botas contra los tablones del suelo. Hasta que se van apaciguando los ánimos y es que Bulkes plantea con evidente sarcasmo:

- Para mostrarles nuestra gratitud podríamos reunir algunos costales con cereal para enviarles. Aconsejo que obsequiarles un par de carneros fuera más aceptado, al fin y al cabo quizás sean bestias atrapadas en cuerpos humanos que quizás fueron castigados por un dios que desconocemos y como monstruosos lobos y de seguro en manadas se disputan a dentelladas la carne cruda.

- Ese pueblo del que intentas mofarte son los únicos que pueden ayudarnos a combatir las huestes que aterran nuestras humilde tribu -le asevera Haxnia.

Una carcajada grotesca brota de la garganta del tullido Ismull. Voceos de reproche de otras y una mirada de profundo desprecio de la hermosa Haxnia, quien en su visita al bosque se sintió espontáneamente atraída por un joven llamado Nhivar. A su vez, Atkor, vuelve a demandar cordura y plantea:

- Aunque ahora tengamos el apoyo de esa casta maldecida por los dioses, tenemos que fortalecernos y forjar más armas, aquí contamos con excelentes herreros, porque un humilde azadón no derrota al hacha, la espada, la lanza y a la temible flecha, la cual no ves venir hasta que se hunde en tu cuerpo.

- Atkor, no se equivoca. La raza del bosque busca venganza y no se conformará con obtenerla en nuestras tierras, lo más probable es que después de la próxima contienda partan hacia el imperio de Merthalia, para consumar su propósito -impugnó Aluxx.

- Lo que ambos argumentan tienen todo el peso de la verdad -reconoce el anciano Jrevux- por tales motivos enviaremos a tres jinetes hacia otros territorios en busca de expertos luchadores y los contrataremos para que entrenen al pueblo. Las invasiones suelen ocurrir en las estaciones que preceden las cosechas de cuanto cultivamos y las nuestras aún demoran meses en dar sus resultados. Tenemos tiempo de sobra para todo lo planteado.

- Yo seré uno de los que partirán en búsqueda de buenos maestros militares, quiero cerciorarme de que no nos embauquen -proclamó Atkor.

- Reconozco que mi hijo es joven, ya lo vieron combatir en el último ataque, sé que tiene maña para las armas -alegó orgulloso Dortho.

Desde que comenzó la asamblea por primera vez todas las opiniones coincidían y cuando ya no hubo más que conferenciar, Chiferis concluyó:

- Ahora que tenemos un pacto con ellos, continuaremos visitando a los clanes del bosque para demostrarles que seguimos agradecidos y de paso estaremos al tanto de sus decisiones. Dentro de cuatro días mi nieta y dos acompañantes que ustedes escojan volverán a cabalgar hacia el bosque, con algunos obsequios. Al escucharlo la joven, si bien se emocionó, supo ocultarlo...

Unos tras otros los meses se sucedían y a pesar de que la estación de lluvia fue corta, aun así trajo abundante lluvia que enriqueció lo sembrado y en un mes darían comienzo a las recolecciones y a pesar de que para quienes llegaban de visita o pasada al poblado todo le parecía normal. No era así, pues temiendo que el imperio enviase espías, los ancianos del consejo habían decidido de que todas las tardes y por grupos, escogidos habitantes se internaran en los bosques del poniente para en secreto continuar alistándose, incluso las mujeres jóvenes también tomaban clases de cómo utilizar los arcos y flechas las cuales eran impartidas por dos viejos combatientes quienes fueron los únicos que pudieron darse el lujo de costear.

Ya entrada la mañana de un día cualquiera, Haxnia, la joven Cidonna la de cabellos rojos y Jaesiss el parlanchín, se adentran en los bosques de las colinas y por orientación de Haxnia, desmontan y sujetan las bridas de sus caballos a un árbol, pues el sendero se vuelve más tupido y saturado de árboles espinosos.

-Tengan cuidado, esas espinas son largas y afiladas -les recomienda señalando los arbustos.

Cuando ya sortearon una decena de metros, tres muchachos jóvenes, vigorosos y apuestos les salen al encuentro, tienen cabellos largos y negros como la más tenebrosa noche, sus torsos están desnudos y tan lampiños como los de un bebé mostrando definición en cada músculo y les sonríen amigablemente y la nieta de Chiferis, ya ve normal estos sorpresivos encuentros, no resulta igual para quienes la acompañan, puesto que es la primera vez que vienen y al verlos surgir de repente, se sobresaltan, pues únicamente han escuchado historias sobre aquella extraña casta que puede convertirse en bestia salvaje.

Pasado el susto Cidonna, se queda extasiada mirándolos, pues no descarta que allá en el poblado hay muchachos jóvenes y atractivos, no obstante, los que tiene delante los superan con creces, por su parte Jaesiss quien nunca fue muy atlético, siente envidia al verlos y emite una mueca de resentimiento. Haxnia, mostrándose serena, los tranquiliza y volteándose hacia los moradores del bosque le manifiesta:

- Que la alianza entre nosotros perdure, habitantes de los bosques del cerro. Por favor, conduzcamos ante su caudillo, traemos nuevos obsequios.

Uno de los llamados renacidos ladea la cabeza y emite una ligera sonrisa, es el más alto y apuesto, su abundante cabellera negra cae en bucles sobre sus hombros, su ancho pecho se contrae y dilata con cada respiración, entorna los ojos color ámbar y se le acerca lentamente por detrás. Los compañeros de la joven retroceden temerosos, Haxnia, no se mueve, evita respirar cuando siente sobre su cuello el aliento del joven que al oído le susurra muy, pero muy bajito:

- Se suponía que hoy no era el día pactado para que regresaran al bosque... Lo sabes hija de la aldea... tal temeridad podría costarte más de lo que anhelas.

Ella, gira levemente el cuello y también susurra:

- Si infligí un previo acuerdo y me encuentra culpable por mi osada precipitación, inflíjame el castigo que escoja.

Él, ahora, la toma de los hombros y acerca la boca hasta casi tener el oído de Haxnia, entre sus dientes y masculla:

- Aplazaré el castigo para después de que concluyas tu reunión con Ercikon. Tiempo que no será suficiente para agradecerles a tus dioses que te hayan enviado. Ahora es lamentable que no te encuentres sola, pues, ya te hubiera tomado entre mis brazos y en lo más remoto del bosque te hubiera hecho mía hasta que colmada de placer me rogaras parar.

Ella, ruborizada, le responde casi imperceptiblemente:

- No fueron mis dioses los que me empujaron a venir... Es lo que siento por ti y nunca esperes ese ruego porque a eso que llamas castigo, para mí es una bendición divina.

De los otros dos renacidos, uno impacientado exclama:

- ¡Nhivar, llevemos a los visitantes ante el líder, recuerda que debemos preparar la iniciación de Avisla!

Exclamación que deleita a Cidonna la de cabellos de fuego, ya que desde que el apuesto Nhivar, se acercó a Haxnia, sintió celos y en su mente se desataron desenfrenados pensamientos y todos relacionados con momentos cargados de erotismo y un morboso sexo con el ser vivo más hermoso que había visto en su vida, quien de quererlo podía ser un increíble lobo...

Capítulo 3 Capt 03 Resurgimiento de una manada implacable

Atardece cuando Jaesiss y Cidonna, aguardando junto a los caballos, por fin ven llegar a Haxnia, a la que hacía horas no veían, y el primero, malhumorado, le suelta:

- ¡Por los dioses que me escuchan! ¿Dónde demonios estabas? Llegué a pensar que te había sucedido algo con ese renacido que intentaba asustarte cuando llegamos.

- ¿Acaso los molestaron a ustedes en mi ausencia? O continuaron tan cordiales como cuando nos reunimos con su líder -cuestiona preocupada.

-En realidad nunca sospeché que fuera un pueblo tan hospitalario y una raza tan hermosa que hasta sus mujeres son radiantes -le responde Cidonna y seguidamente le pregunta- quién era ese joven que te tomó de los hombros y creí que mordería tu cuello... Lo busqué cuando desapareciste y no puede dar con él.

Haxnia, vacila intentando buscar una respuesta, pero el joven, la saca del apuro.

-Yo lo vi partir con tres más y conducían a una muchacha con los ojos vendados y las manos atadas. Se internaron en los bosques hacia el cerro.

- ¡Cierto! Exclama ella, van en pos de prepararla para la iniciación. Debemos marcharnos antes de que oscurezca.

-A qué te refieres -le pregunta Cidonna.

-Esa jovencita acaba de cumplir los dieciséis años y la dejarán sola en lo más intrincado del monte. Cuando brote la luna llena se convertirá en loba por primera vez en su vida, si consigue tener la fuerza suficiente para romper las ataduras, entonces debe cazar por sí sola a una considerable pieza que la acredite como digna de su clan. Esta noche escucharemos muchos aullidos en el pueblo.

-Pues montemos y salgamos del bosque. Con las penumbras esto se llenará de bestias salvajes que nada tienen que ver con esos afables humanos -aconsejó Jaesiss saltando sobre su animal.

En efecto, cuando el resplandeciente astro nocturno se mostraba con todo su esplendor en lo más alto del cenit, en el pueblo se escuchaban poderosos aullidos, los cuales ya no amedrentaban o sorprendían a sus moradores, debido a que ya todos estaban al tanto de cuál era la motivación y durante todo el plenilunio, les continuaron llegando los poderosos aullidos, ciclo en que Haxnia, ni ningún otro aldeano volvió a pisar el bosque...

Mientras tanto el tiempo transcurría y decenas de viajeros pasaban por la aldea, algunos pernoctaban un par de días, buscando canjes beneficiosos, la minoría reanudaba su camino hacia otros lares. La nieta de Chiferis, ya era conocida por sus viajes a los bosques malditos, por lo que comenzó a ser conocida y admirada como la enlace con los renacidos, con insistencia Cidonna, se ofreció de voluntaria para volver a acompañarla y ella no se lo permitió, ya que la muchacha constantemente le mencionaba a Nhivar, por lo que dedujo que también se había enamorado del apuesto joven con el que ella mantenía relaciones a escondidas de ambos pueblos y en uno de esos viajes ahora penetra los bosques acompañados por Jaesiss el parlanchín y un aldeano entrado en años llamado Tomba, quien al ver a su caballo negarse a continuar se asusta, entonces ella le explica:

- Llegamos al espacio donde los caballos se niegan a seguir, estos animales, presienten que algo misterioso e inexplicable habita más allá de esta zona y se asustan, debemos desmontar y continuar a pie.

Sin embargo, no avanzan muchos metros a solas, porque, como ya es habitual, son interceptados por cuatro habitantes de la colina, quienes en su forma humana también poseen ese sentido del olfato que caracteriza a los depredadores, ayudándolos a detectar los diferentes olores sin importar que se encuentren a mucha distancia. Y así, los conducen a sus predios. Tras una corta reunión en que intercambian asuntos y conocimientos, Haxnia, deja que un par de renacidos les den un recorrido por sus dominios a Jaesiss y a Tomba, quien por ser la primera vez que confraterniza con los moradores, aun siente temor y recelo.

Con tan solo ojearla se vislumbra que es joven, atlética y pone todo su empeño, no consigue alcanzarlo, ya que Nhivar se desplaza a tal velocidad que da la sensación de que levita por encima de la hierba del tupido bosque. Cuando ella jadeante consigue llegar al pie de la catarata, el joven ya está desnudo y nada dentro de la pequeña laguna de aguas cristalinas y ella después de tomar aliento y aparentando estar enfadada le pronuncia:

- Eres un tramposo, me haces correr sabiendo que nunca conseguiré aventajarte, o lo haces para sofocarme y que no tenga fuerzas para hacerte el amor. Pero te equivocas hermoso renacido.

Él sonríe con un toque de hegemonía y extendió sus brazos como invitándola a sumergirse, le propuso:

- Ven, bella humana. Ven y demuéstrame lo que sientes por mí.

Sin más que decir, ella riendo y con precipitación se desnudó y se lanzó al agua...

Un par de horas más tarde, ambos yacen acostados sobre la hierba, continúan desnudos y se contemplan con los rostros muy cercanos. Ella se entretiene en deslizar y entrelazar los oscuros cabellos de Nhivar, él con los dedos de su diestra roza suavemente los contornos de los pechos de ella y se detiene en sus pezones culminados con una rigidez placentera, acción que les provoca un incontrolable erotismo y placer. Haxnia, le rodea el rostro con ambas manos y lo besa con pasión. Él, la atrae con fuerza y se sube encima y una vez más desatan sus insaciables y primitivos instintos de poseerse hasta el desfallecimiento...

Cuando ya las fuerzas los abandonan y la satisfacción alcanzada da evidencias, se besan continuamente y de mutuo se levantan y se lanzan a las aguas. En uno de esos intervalos en los cuales se contemplan extasiados y radiantes de amor, ella le murmura:

- Siempre he querido preguntarte.

- Pues no te detengas amor mío -responde él.

- No te burles -comienza Haxnia- alguna vez alguien que no fuera de sus clanes, puede llegar a ser un renacido.

Por unos segundos él la contempla silencioso y muy despacio, le responde:

- Muchos de los que llegaron aquí por primera vez no habían nacido siendo renacidos. Fueron convertidos por causas del destino. De hecho, allá en tu aldea puedo sentir que una joven que estuvo en el bosque hace tiempo desea ser convertida en renacida y su corazón palpita por mí.

Desde el primer momento, Haxnia, se da cuenta de que se refiere a Cidonna, y opta por seguir indagando.

- Entonces, me afirmas que de quererlo yo podría ser una de ustedes.

- Sí, mi bella humana. Sí, pero jamás te condenaría a tal maldición.

- Por qué llamas maldición a un poder que solo es igualado el de los dioses.

- Cuando nos convertimos en algo similar a lobos, sufrimos dolores tan intensos que deseamos morir al instante y casi no queda rastro de la humanidad que poseemos. Escuché leyendas sobre algunos antiguos renacidos que tal era su ferocidad que llegado a un punto jamás pudieron volver a ser humanos y estuvieron vagando por los bosques convertidos en horrendas bestias sedientas de sangre hasta que fueron cazados.

- Nunca te temeré - le asegura ella sujeta de su cuelo y lo besa.

Él desliza sus brazos y le aferra las nalgas, pero de repente su rostro se transmuta y deja escapar un gruñido, pues detectó en la cercana vegetación que alguien los acechaba y sujetándola con fuerza, ambos desaparecieron bajo el líquido.

Detrás de unos arbustos, Jaesiss, perturbado por ser testigo de un inesperado suceso, echó a correr poniendo distancia de por medio...

Por fin llegaba la época de recolección y sus habitantes estaban contentos y temerosos a la vez, ya que con ella conseguirían abundantes granos y alimentos con los que pasar el crudo invierno, de igual modo se acercaba la temida fecha en que eran atacados y lo sabían por qué un par de espías enviados a los confines de Merthalia, regresaron con malas noticias, por el hecho de que sus ejércitos continuaban expandiéndose por territorios usurpados y se preparaban para largas incursiones, con derroteros en los que el poblado se encontraba.

Este año, las pocas lluvias no inundaron los campos bajo sus aguas, situación que propició que las cosechas fueran abundantes y ya hace más de quince días que los graneros están abarrotados por lo acopiado y las siembras, en los huertos las hortalizas y vegetales continúan creciendo como nunca antes.

Bajo un sol en decadencia que se trasladaba en el cielo, por uno de los barrancos que accedían a la aldea desde el naciente, también avanzaba una numerosa y lenta caballería. Desde una alta atalaya, un hombre los ha estado observando y súbitamente se levanta y retrocede montando sobre el animal que se alimenta de la verde hierba.

Horas más tarde, ya oscurecido, en el apacible poblado de repente se escucha el desenfrenado galope de un caballo, el cual conducido por su jinete irrumpe en el pueblo y este precipitadamente se lanza a tierra emitiendo alaridos de alerta, es uno de los vigías apostados en los collados que rodean al pueblo. Indudablemente, muchos ya dormían y a sí y todo rápidamente se ve rodeado por decenas de lugareños quienes, a pesar de la extenuante jornada laboral y entrenamientos, cooperan con similares gritos intentando llamar la atención del resto de moradores y paulatinamente lo van consiguiendo.

Saliendo de su cabaña y abriéndose paso entre los aglomerados, Atkor, con voz potente, indaga:

- Qué sucede.

- Atkor, se acerca una nutrida caballería por el estrecho de Rocagris -replicó el centinela.

- A cuántos pudisteis apreciar -volvió a preguntar el fornido caudillo.

- Son tres centenares, hombre más, hombre menos -esclareció y con su respuesta provocó murmullos de pánico entre hombres y mujeres sin distinción y las antorchas en sus manos evidenciaban los temblores.

- Busquen a sus líderes y que se reúnan en el salón -decretó Atkor y contemplando a los presentes, señaló a un hombre- Gilmux, busca un caballo fresco y recorre los puntos donde se mantiene los otros observadores para que estén atentos cuando los invasores pasen bajo ellos y nos envíen las señales acordadas.

- Enseguida salgo -le respondió el aldeano y Atkor, le dijo a los demás.

- Yo le avisaré al anciano Chiferis, para qué envié a alguien a avisarle a los clanes del bosque... Que todos se preparen para la lucha. El momento de defender nuestras cosechas y vidas llegó.

Aunque tuvieron tiempo hasta el amanecer para preparar las defensas. Con cada minuto que pasaba el miedo se apoderaba de la totalidad de los que ya estaban en sus puestos y se debía a que Haxnia, acompañada por tres hombres, viajó en medio de la noche a los bosques y aún no regresaba con la añorada ayuda y ya con los primeros rayos del sol se veían a las huestes de Merthalia, cabalgar hacia ellos.

A pesar de la resistencia que encontraban, los invasores atravesaron cercados y trampas y se adentraron en el pueblo, inundando cada senda, a la par de masacrar a quienes se les enfrentaban, eran demasiados para una población, la cual aún no era versada en las artes militares. A cada minuto se escuchaban gritos enardeciendo al imperio de Merthalia, que apagan los de dolor y lamentos, pues sus guerreros estaban llevando a cabo sus horribles propósitos de violencia y ocupación.

Aunque en muchos flancos se combatía encarnizadamente. Otros caían bajo la feroz acometida del enemigo y los aldeanos, viéndose rodeados por todas partes, bajo las órdenes de Atkor, Dortho y otros aguerridos más, con los sobrevivientes abandonaban la aldea, y en campo abierto, donde tenían trincheras y otras trampas, se deciden aguardar por sus embestidas.

- ¡Los míseros aldeanos se agrupan en la pradera y esperan derrotarnos! -vociferó un caudillo del imperio.

Mordaces risotadas estremecen la sabana, caballos inducidos por sus montadores se encabritan y paran sobre sus dos cuartos traseros, armas en crueles manos son mostradas con perversidad. Las huestes se reagrupan creando una doble y extensa hilera. El caudillo que los comanda, una vez más se regocija y clama a todo pulmón:

- ¡Para el atardecer, confiscaremos todas sus bienes y cosechas...! ¡Las mujeres jóvenes y las niñas que sobrevivan serán propiedad de Merthalia...! ¡Los hombres musculosos, sus esclavos! ¡El resto dormirá con sus dioses!

- ¡Los invasores, tendrá que arrancarnos la vida, porque nunca seremos sus esclavos! -vociferó Atkor, empuñando una pesada hacha de leñador.

Ante tal desafío, el líder se rio estrepitosamente y los caballos del imperio comenzaron a trotar hacia el puñado de valerosos aldeanos que se mantenían firmes y cuando ya faltaban unos cuarenta metros para la inevitable colisión, desde los linderos del bosque salieron cuatro jinetes y no estaban solos. Desde sus costados comenzaron a surgir centenares de hombres, mujeres y niños, los cuales caminaban hacia ellos sin armas a la vista y sin temor, entonces se oyó la voz de Haxnia:

- ¡Asesinos de pueblos enviados por el rey de Merthalia...! ¡Hoy aquí acaban sus fechorías y desmanes...! ¡Ninguno regresará al imperio y la venganza llegará hasta sus propios muros!

Eran únicamente cuatro jinetes armados y el resto una gentuza mal vestida, por lo que al verlos como una insignificante amenaza, el jefe de los invasores increpó burlonamente:

- ¡Una chusma harapienta y descalza no hará temblar a los ejércitos del imperio! Piensan detenernos con cuentos para dormir a infantes.

De repente sucedió lo que menos esperaban, porque la mencionada multitud ya corría hacia él y espontáneamente sus ropas se desgarraban y se desprendían de sus cuerpos y ahora ya no corrían, lo que salvaba la distancia a grandes saltos increíblemente no eran humanos, sino una aterradora e implacable jauría de bestias muy semejantes a lobos que gruñían y tales criaturas les cayeron encima antes de que algún asaltante pudiese reaccionar. El primero en ser alcanzado por una enorme bestia fue el caudillo quien cayó a tierra y el grotesco animal le clavó los dientes y colmillos en el casco y lo destrozó hasta llegar al cráneo, sus poderosos brazos terminados en largas zarpas curvas lo despedazaron brutalmente.

Las huestes de Merthalia, sumidas en el desconcierto y la sorpresa ante tal visión, la cual se suponía nunca más presenciarían, eran ahora quienes poseídos por el horror clamaban piedad, sus caballos relinchaban asustados y no obedecían a sus amos. Porque aquella fuerza de ataque espeluznante y sobrenatural, armada con extrema velocidad, enormes garras y filosos colmillos, abatían tanto a humanos como cabalgaduras...

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