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REQUIEM DE LAS ALMAS

REQUIEM DE LAS ALMAS

Autor: : Daniela Michel
Género: Hombre Lobo
**AVISO AL LECTOR: El mundo de esta historia es crudo y carente de piedad. Este libro contiene representaciones explícitas de abuso, esclavitud, traumas psicológicos y consumo de sustancias, además de fuertes críticas religiosas dentro de un contexto ficticio. No es apto para menores de edad ni para personas sensibles a temas de violencia sexual o psicológica. Entra bajo tu propia responsabilidad.**** En un mundo donde existe la magia y lo sobrenatural, la Diosa Gaia nace engendrada en la tierra para aprender de los humanos y comprender los latidos de un mundo mortal. Ella es la esencia pura del Dios Caos, el majestuoso Dragón creador del universo, caminando entre nosotros como una promesa de divinidad. Sin embargo, su destino ha sido entrelazado al de un Drekorys, una bestia antigua de un linaje ajeno a la tierra. Unidos como almas destinadas, su conexión es un refugio de magia y pasión que desafía cualquier frontera; pero el camino que recorren ya ha sido trazado. Sobre ellos pesa una profecía milenaria, el mismo designio que marcó el origen de su nacimiento y que ahora exige ser cumplido. Entre el aprendizaje de la humanidad y el lazo inquebrantable con su bestia, Gaia deberá descubrir si su amor es capaz de reescribir un final que fue escrito desde el principio de los tiempos.

Capítulo 1 Capitulo 1: Prólogo

Drekorys

En una era donde la magia y las criaturas sobrenaturales aún respiraban entre los hombres, existieron los Drekorys. Su linaje no brotó de este suelo, sino de las cenizas de Sanurdy, un planeta que la naturaleza devoró hasta volverlo inhabitable. Estos seres poseían una fuerza devastadora y la facultad de transformarse en bestias imponentes; no eran lobos ni licántropos que se perdían en cuatro patas, sino colosos erguidos, humanoides de pelaje y garra que conservaban su juicio y su porte majestuoso mientras desataban su poder.

Al principio, esta metamorfosis sagrada ocurría bajo el influjo de la luna llena, rindiendo tributo a su luz de plata, pero con el tiempo su voluntad se impuso a los astros, logrando dominar el cambio a su antojo.

Los Drekorys fueron enviados a la Tierra con el propósito de conquistar y masacrar a la humanidad, buscando reclamar por la fuerza el hogar que el cosmos les había arrebatado. Sin embargo, la destrucción anticipada de su planeta los dejó huérfanos entre las estrellas, obligándolos a permanecer en la Tierra observando a una humanidad que no esperaban encontrar. Con el paso del tiempo, la ferocidad se transformó en asombro al ver la armonía de los hombres. Dos de ellos, Gourus y Demorys, guiaron a gran parte de su especie hacia la paz de una manada, mientras que el resto, movido por el orgullo, se dispersó como sombras nómadas o formó clanes donde los humanos eran proscritos.

La manada de Gourus eligió la convivencia y el respeto. Los humanos los acogieron y ellos, a cambio, les entregaron su protección. Desde entonces, Gourus se convirtió en su Alfa, el pilar inquebrantable que juró ser el escudo de todos aquellos que llamaran hogar a su territorio.

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Dios Caos

Desde las profundidades del vacío primordial, Caos observaba. El Dios Antiguo contemplaba la Tierra y los restos de Sanurdy con una fascinación gélida; le sorprendía la nobleza de Gourus y Demorys, pues en su memoria los Drekorys no eran más que bestias salvajes y egoístas. Por un momento, consideró que el exterminio era el único castigo justo para su estirpe.

Caos era el origen de todas las cosas, el vacío del que surgió la luz. Su forma era la de un Dragón: el Dios de la creación, una entidad colosal de escamas negras y escarlata, con cuernos que desafiaban la realidad. Pero el Dios no hallaba calma; la Tierra era el santuario elegido para engendrar a su propio hijo y cumplir la antigua profecía: de él nacería el protector del universo, un ser capaz de crear y destruir con un solo pensamiento. El momento de la encarnación ya vibraba en el aire.

Decidió esperar. Observó a los exiliados de Sanurdy y vio cómo se adaptaban, procreando hijos con los humanos y uniendo dos mundos bajo su mirada eterna.

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"Nacido del Caos gobernarás el universo. Serás el protector de la vida, tendrás la capacidad de crear y destruir la Tierra a voluntad."

"Asi como ama destruye"

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Capítulo 1

Desperté por la luz del sol que se asomaba desde mi ventana, un brillo dorado que parecía reflejar mi estado de ánimo. Las aves cantaban alegres, como si la naturaleza misma celebrara el vuelco que estaba por dar mi vida. Escuché el sonido de la puerta. Era mi madre, emocionada, diciéndome que ya era hora de ponerse en pie. Eran las 6:30 de la mañana y, aunque mi cuerpo me pedía un poco más de tregua entre las sábanas, sabía que esta sería la última vez que dormiría en esta cama de niña.

Hoy era el día de la ceremonia de unión con Conan, el hijo del Alfa.

Él había sido mi sombra y mi calma desde que abrí los ojos al mundo. Conan tenía solo cuatro años cuando nací en medio de una tormenta tan feroz que parecía que la Tierra misma gritaba por mi llegada. Mi madre cuenta que cuando él y su padre entraron a la habitación, el niño corrió hacia mí; al tocarme, un destello de luz pura nos envolvió, sellando nuestro destino como almas destinadas ante los ojos del universo. Nuestros padres guardaron el secreto para no encadenar nuestra voluntad, pero fue inútil ocultar lo inevitable: la amistad se transformó en un amor sólido, de esos que no necesitan permiso para existir.

Me asomé a la ventana y contemplé la manada. El bosque se extendía infinito bajo el cielo soleado y los campesinos ya se afanaban en los preparativos de la ceremonia. Todos estaban eufóricos. Yo hubiera preferido algo simple, algo solo nuestro, pero a mi madre le apasionaba el resplandor de lo público y no había quien la frenara cuando decidía destacar.

Salí de la ducha y elegí lo de siempre: unos viejos jeans y una blusa rosa desgastada. Frente al tocador, peiné mi cabellera rubio plata y observé mis ojos azules. Mi apariencia era el vivo reflejo de mi madre, Leila; de ella heredé esa luz en el cabello y el color del firmamento en la mirada. Al ver mi reflejo, reconocí mis rasgos: la piel blanca, la nariz pequeña y los labios carnosos. Pero aunque por fuera fuera su viva imagen, lo que realmente detenía el tiempo era la profundidad de mi mirada, un regalo de mi padre: ojos de un azul tan vibrante que Conan decía que era como naufragar en el firmamento.

Alguna vez le pregunté a mi madre por qué decía que los heredé de mi padre si él tiene los ojos color escarlata. Ella me explicó que no es por el color, sino por la mirada: son los ojos de un dragón.

Y era la verdad. Mi nombre es Gaia, tengo dieciocho años y soy la hija de Caos. Hace diecinueve años, aquel hombre de belleza inquietante y mirada de fuego se presentó ante Leila y Kilar, mis padres humanos. Se presentó como el Dios de la Creación y les confió que yo era el poder que muchos intentarían reclamar. No le creyeron hasta que el aire empezó a cambiar y el silencio se volvió absoluto, como si el bosque mismo hubiera dejado de respirar. La figura de aquel hombre comenzó a expandirse, consumida por una sombra escarlata y negra que devoraba la luz del día hasta que frente a ellos se alzó el Drakón. La vibración de su poder fue tan fuerte que mis padres cayeron de rodillas, mientras el suelo crujía bajo el peso de una bestia que no pertenecía a este plano. Solo fueron unos segundos antes de volver a ser hombre, dejándolos con el alma marcada por la certeza de que la niña que vendría no era solo suya.

Él mismo volvió a mí cuando cumplí los cinco años para revelarme el propósito de mi existencia. Nací para aprender de esta tierra antes de gobernar el universo, pero, siendo honesta, preferiría no tener un destino tan complicado; me encanta vivir como un ser humano común y no me gusta llevar el peso del universo sobre mis hombros.

El futuro se siente como una marea alta. De niña, mi poder era un incendio que no sabía controlar; tengo un temperamento terrible y soy de armas tomar, pero la única persona que logra mantenerme en paz es Conan. Él conocía mi secreto y me aceptó con cada uno de mis demonios. Conan tiene veintidós años y es la fuerza hecha hombre. Como Drekorys, posee la capacidad de convertirse en esa bestia majestuosa y erguida que impone respeto a cualquiera; un guerrero de pelaje oscuro que no pierde su estatura de gigante ni su juicio. Recuerdo su primera transformación a los dieciséis años. Yo, en cambio, solo sentí a mi dragón una vez, a los seis años. Fue un dolor absoluto que me arrebató la memoria; desaparecí tres días en el bosque hasta que Gourus me encontró inconsciente a la orilla del río. Desde entonces, mi otra mitad ha guardado silencio, y la verdad, me alegro.

Sacudí la cabeza para espantar los pensamientos y terminé de trenzar mi cabello. Bajé a la sala, donde mi madre me esperaba con la impaciencia marcada en el rostro.

-¡Gaia! ¿Has visto la hora? Por favor, sé responsable hoy -me regañó- Es tu ceremonia de unión y el tiempo vuela.

-Mamá, tranquila. Todo saldrá bien -le dije con firmeza- Sabes que a Conan y a mí no nos interesan los lujos ni que asista toda la manada. Algo pequeño habría bastado.

-¡De ninguna manera! -replicó ella-Los dioses saben lo que me haría tu padre si esto no está a la altura de una deidad como tú.

Sabía que lo hacía por ella, pero hoy le daría el gusto. Partimos hacia la casa de Gourus. Mirla, la madre de Conan, nos aguardaba; es una Drekorys dulce pero estricta que convirtió a su hijo en un hombre de honor. Ella y Gourus llegaron hace más de un siglo y, aunque son antiguos, no aparentan más de treinta años.

El auto se detuvo y mis pensamientos se rompieron. Le avisé a mi madre que iría a dar un paseo. Ella asintió a regañadientes, dándome una hora antes del té. Necesitaba el susurro del bosque y el aire fresco antes de que este día cambiara mi vida para siempre.

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Palabras del Autor: Queridos lector gracias por darle una oportunidad a esta historia, espero que les guste, tomaré en cuenta sus comentarios para seguir creciendo y mejorando..

Capítulo 2 Capitulo 2

Gaia

Caminé por el sendero serpenteante que se alejaba de la aldea, dejando que el crujir de las hojas secas y el susurro de las ramas bajas compusieran la única melodía que mi mente estaba dispuesta a tolerar. Mis pasos eran firmes, casi urgentes, buscando el refugio sagrado del río. Para el resto del mundo, ese era solo un rincón de agua cristalina y piedras pulidas, pero para mí era el único lugar en toda la Tierra donde la vibración de mi sangre encontraba un ritmo humano.

Llevaba el peso de un destino que no pedí, y el fuego de un dragón latía bajo mi piel como una bestia impaciente tras una reja oxidada. Perder el control no es una opción para alguien como. Mi cabeza, en ese instante, era un mar embravecido de pensamientos catastróficos, una marea negra que amenazaba con ahogar la poca calma que me quedaba. No me preocupaba la ceremonia en sí, ni me invadían los nervios típicos de una novia; de hecho, la idea de pertenecer espiritualmente a Conan era la única luz que brillaba en mi horizonte. Lo que me asfixiaba era la sombra del mañana.

Me detuve frente a la orilla, allí donde el río se ensancha y el agua parece detenerse para contemplar el paisaje. Me senté sobre una enorme roca grisácea, cuyas aristas habían sido suavizadas por siglos de corriente incesante. El cielo, despejado y vasto, se reflejaba en la superficie del agua, pintándola de un azul tan profundo y vibrante que parecía una joya líquida. Ese color era mi ancla. Me quedé allí, observando cómo la corriente arrastraba pequeñas ramas y hojas muertas, deseando por un momento tener esa misma sencillez: ser algo que fluye, que no decide, que simplemente se deja llevar por el cauce de la existencia sin el peso del cosmos sobre los hombros.

¿Cómo podía ser tan egoísta? Me preguntaba una y otra vez. Conan era luz, era fuerza, era la promesa de un futuro sólido. ¿Qué derecho tenía yo de arrastrarlo a mi caos? Sabía que no podía garantizarle una vida de paz. Mi naturaleza era una invitación constante al desastre, un faro para peligros que él no debería enfrentar. Al unirme a él, sentía que le estaba robando la oportunidad de encontrar a alguien que no llevara el fin del mundo en las venas.

Estaba tan sumergida en ese pozo de dudas que no escuché su llegada, aunque él nunca se esforzaba por ser silencioso conmigo. De repente, sentí unas manos enormes y cálidas que rodearon mi cintura con una delicadeza que siempre me sorprendía, dada la fuerza que contenían. Un escalofrío de reconocimiento recorrió mi espalda y me sobresalté levemente, solo para girarme y chocar de frente con el rostro que habitaba todos mis sueños.

Conan me sonreía. Era una sonrisa que nacía en sus ojos y terminaba por desarmarme por completo. Antes de que pudiera decir una palabra, se inclinó y depositó un beso suave en mis labios, un roce que sabía a protección y a una paciencia infinita. Al alejarse apenas unos centímetros, me permití admirarlo con una intensidad casi dolorosa. Hoy, bajo la luz dorada que se filtraba entre los árboles, parecía una deidad tallada en piedra pálida. Su altura de casi un metro noventa era imponente, haciéndome sentir como una pequeña criatura de cuento a su lado con mi escaso metro cincuenta y cinco. Su cuerpo era pura fibra y músculo, la complexión de un guerrero Drekory que no conocía la fatiga. Pero lo que realmente me atrapaba eran sus ojos: dos abismos de color negro azabache en los que podía perderme durante horas sin miedo a no regresar. Su cabello corto, del color de la noche más profunda, caía sobre su frente con un descuido elegante; extendí mi mano casi por instinto para acariciarlo, disfrutando de esa suavidad que contrastaba tanto con su apariencia feroz.

Incluso si no fuéramos almas destinadas, incluso si el universo no hubiera gritado nuestros nombres al unísono el día que nací, sabía que lo habría amado igual. Me habría enamorado de su risa, de su honor y de la forma en que su sola presencia acallaba mis demonios internos.

Sin embargo, mi agitación no pasó desapercibida para él. Conan me conocía mejor de lo que yo me conocía a mí misma. Sus cejas pobladas se fruncieron y esa sonrisa que iluminaba el bosque se desvaneció, siendo reemplazada por un semblante de preocupación que tensó sus facciones.

-Gaia, amor, ¿qué pasa? -preguntó, y noté esa chispa de diversión forzada en sus ojos, ese intento suyo por rescatarme del abismo antes de que cayera- No me digas que el hijo del Alfa te parece poca cosa ahora y ya te arrepentiste de unir tu vida conmigo.

A pesar del nudo que me quemaba la garganta, solté una pequeña carcajada. Sus bromas eran el bálsamo que siempre lograba agrietar mi armadura de frialdad.

-Claro que no. Pasar el resto de mi vida contigo es lo único que mantiene mi corazón latiendo en este momento -respondí, esforzándome para que mi voz no flaqueara, aunque mis ojos me traicionaron.

Él se puso serio de inmediato. Me tomó de las manos, y su calor, ese fuego interno de los Drekorys, se filtró en mi piel como un refugio contra el frío de mis propios pensamientos.

-¿Entonces qué es lo que te atormenta? -insistió. Su mandíbula se tensó, una señal clara de que no aceptaría una respuesta evasiva.

Había pasado días, semanas, tratando de ocultar este miedo. Odiaba verme vulnerable, odiaba que alguien, incluso él, pudiera ver las grietas en mi seguridad. Me aterraba la posibilidad de que, si veía lo rota que me sentía por dentro, terminara por alejarse. Pero la presión en mi pecho era ya insoportable.

-Lo que quiero saber es... si realmente estás seguro de esto, Conan -solté finalmente, obligándome a sostenerle la mirada mientras las palabras salían como una confesión-No puedo evitar sentir que estoy siendo el ser más egoísta de la Tierra. Al unirte a mí, te estoy arrebatando la oportunidad de un futuro feliz, tranquilo y seguro. Quiero saber, de verdad, si estás convencido de querer un destino a mi lado, sabiendo lo que soy, sabiendo lo que mi linaje trae consigo.

Lo dije. Las palabras quedaron flotando en el aire entre nosotros, pesadas y cargadas de una verdad que me quemaba. Me obligué a observarlo, esperando ver una duda, un rastro de incertidumbre. Pero lo que vi fue algo mucho más poderoso: una decisión absoluta. Su rostro ya no mostraba preocupación; ahora irradiaba una firmeza que me hizo temblar.

-Gaia, mírame -me pidió, apretando mis manos con suavidad pero con una fuerza inquebrantable- Sabes perfectamente que nada de eso me importa. No busco una vida tranquila, te busco a ti. Quiero estar contigo cada día de mi existencia, sin importar lo que el cielo o el infierno nos envíen. Si algo intenta alejarte de mi lado, no descansaré hasta encontrarte. Si alguien se atreve a querer hacerte daño, te protegeré con mi propia vida, pedazo a pedazo, hasta que no quede nada de mí. Te juro por todos los dioses antiguos y por la sangre que corre en mis venas que bajaría hasta el mismo infierno, caminaría sobre brasas y no descansaría hasta que estuvieras conmigo de nuevo. Eres el amor de mi vida, mi otra mitad, y eso no cambiará nunca, ni en este mundo ni en el que sigue.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no eran de angustia. Me abrazó con tal fuerza que sentí que nuestros corazones latían en un solo ritmo. En el refugio de sus brazos, toda duda se evaporó como la niebla ante el sol. Me sentí segura, fuerte, como si el peso del cosmos que cargaba en mis hombros hubiera desaparecido por completo. Ese día, bajo el azul del cielo reflejado en el río, dejé de temerle al futuro. Comprendí que, con Conan a mi lado, cualquier destino valía la pena ser vivido.

El tiempo se nos escapó entre los dedos. Después de tomar el té con nuestras madres -una reunión llena de consejos, risas suaves de Mirla y la impaciencia vibrante de mi madre-, regresamos a casa. Mi madre me repitió mil veces que no me preocupara, que ella y Lisse se habían encargado de que todo fuera perfecto. Al verla tan entusiasmada, me sentí más aliviada; si el evento estaba bajo su control, al menos ella dejaría de perseguirme con listas de tareas.

De vuelta en mi habitación, el ambiente cambió. El aire olía a flores frescas y a esa emoción eléctrica que precede a los grandes cambios. Lisse, mi mejor amiga de toda la vida, me ayudaba a ajustar el corset de mi vestido. Tiraba de los cordones con una precisión casi quirúrgica, mientras mi madre, con manos que temblaban apenas un poco, colocaba una corona de flores silvestres sobre mi cabeza, entrelazándolas con mi cabellera rubio plata.

Mi vestido era una visión sacada de un sueño que ni yo misma sabía que tenía. Era una cascada de seda color marfil, tan ligera que parecía tejida con la textura de una telaraña atrapada bajo la luz del atardecer. Mis hombros, desnudos, contrastaban con la fuerza etérea de las mangas, que flotaban a mi alrededor como alas de libélula con cada pequeña brisa que entraba por la ventana. El encaje era un secreto susurrado sobre mi piel, un mapa intrincado de venas y flores que se extendía hasta terminar en una cola larga y majestuosa. Me sentía como una reina de los elfos antigua o una doncella rescatada de una leyenda, envuelta en la promesa de un poder que apenas comenzaba a comprender. Realmente era perfecto.

-Te ves... simplemente hermosa, Gaia -aseguró Lisse, y pude ver el brillo de las lágrimas en sus ojos mientras terminaba de anudar el corset.

-Un vestido digno de una princesa, no, de una deidad -reafirmó mi madre, mirándome a través del espejo con un orgullo que me conmovió- Estoy segura de que Conan no podrá pronunciar una sola palabra cuando te vea entrar. Quedará totalmente impresionado.

-Eso espero -dije entre risas, tratando de disipar la emoción que amenazaba con hacerme llorar y arruinar el trabajo de Lisse- De verdad, les agradezco tanto por encargarse de todo esto. No tienen idea de lo feliz que me hacen.

-Claro que teníamos que encargarnos de todo -contestó Lisse con una sonrisa pícara-, porque si hubiera sido por ustedes dos, ya se habrían casado en secreto en alguna cueva del bosque solo para evitarse el protocolo y la gente.

Solo pude dedicarle una sonrisa cómplice porque sabía que decía la verdad absoluta.

-Solo falta el ramo, lo dejé refrescándose abajo. Ahora regreso -anunció Lisse mientras salía de la habitación con paso rápido.

Al cerrarse la puerta, el silencio que quedó entre mi madre y yo fue denso, cargado de una gratitud que las palabras rara vez alcanzan a cubrir. La observé a través del reflejo, con los ojos vidriosos. Aunque yo hubiera sido engendrada por Caos, en mi corazón no había duda: ella era mi madre. Me había amado con una entrega que desafiaba cualquier lógica divina, aceptándome con mis fuegos y mis sombras.

-Mamá... nunca terminaré de agradecerles todo lo que han hecho por mí -le dije, girándome para tomar sus manos- Gracias por el amor, por la paciencia y por haberme brindado este hogar cuando no tenían por qué hacerlo.

-No agradezcas nada, mi amor -respondió ella, acariciando mi rostro con una dulzura infinita- Tú no fuiste una carga, Gaia. Llegaste a nuestras vidas para hacernos felices, para darnos un propósito. Eres nuestra luz en medio de la oscuridad. Eso es lo que siempre haces: iluminarlo todo por donde pasas.

Le di un abrazo tan fuerte que sentí que mi cuerpo se aferraba a ella como si fuera un naufrago a una balsa. Era mi lugar seguro, el origen de mi humanidad.

El sonido de alguien aclarándose la garganta nos interrumpió. En la puerta estaba mi padre, Kilar. Se veía impecable, pero sus ojos delataban la lucha interna que sostenía para no romper en llanto.

-¡Princesa! -exclamó. Al salir la palabra de su boca, noté un ligero temblor en su voz. Comprendí de inmediato que no podía decir más sin quebrarse por completo. No necesité que hablara. Corrí hacia él y lo rodeé con mis brazos, hundiendo mi cabeza en su pecho mientras le susurraba: «Gracias papá, te amo».

Era la verdad más grande de mi vida. Aunque no compartíamos la sangre, él me había amado y protegido con una ferocidad que ningún dios podría igualar. Siempre recordaré lo que solían decir: que no tuvieron más hijos porque conmigo lo habían tenido todo. Yo era su universo, y ellos eran mi tierra firme.

Lisse regresó y se detuvo un momento en el umbral, observándonos con la mirada vidriosa y una sonrisa llena de afecto.

-Gaia, lamento interrumpir este momento tan hermoso -dijo con la voz suave-, pero ya está todo listo. El pueblo espera, el Alfa espera... y Conan cuenta los segundos. Es hora de irnos.

Respiré hondo, sentí el peso de la corona de flores y la suavidad de la seda, y supe que estaba lista para caminar hacia mi destino.

Capítulo 3 Capitulo 3

Gaia

El sendero que nos conducía al corazón del bosque parecía haber sido tejido por las manos de una deidad antigua. Al llegar al claro donde se erigía el templo, un suspiro de asombro escapó de mis labios, incapaz de contener la impresión. Aquel lugar no era simplemente una construcción; era un santuario vivo, una manifestación mágica que parecía haber sido arrancada de las páginas de un mito olvidado. El aire estaba saturado con una mezcla embriagadora de aromas: la humedad fresca de la tierra removida se entrelazaba con la fragancia dulzona de miles de flores silvestres que bordeaban el camino, como si la naturaleza misma hubiera decidido exhalar su perfume más sagrado para nosotros.

Cientos de velas, protegidas en faroles de cristal, colgaban de las ramas de los robles milenarios y alfombraban el suelo, proyectando un resplandor dorado que danzaba contra las sombras del bosque. A lo lejos, la melodía profunda y vibrante de un violonchelo comenzó a elevarse, llenando cada rincón del claro. Las notas eran tan ricas y melancólicas que se fundían perfectamente con el último y suave gorjeo de las aves que buscaban refugio en sus nidos bajo el crepúsculo. Era una armonía perfecta entre lo humano y lo salvaje.

Sentí la mano de mi padre envolviendo la mía. La apreté con una fuerza desesperada, buscando en su firmeza un ancla para la marea de sensaciones que amenazaba con desbordarme. Mi cuerpo estaba experimentando una ansiedad eléctrica, una vibración que nacía en mis huesos y se extendía por mi piel como un incendio silencioso. Mi madre se acercó, depositando un beso tierno en mi mejilla antes de susurrarme que ella y Lisse irían a ocupar su lugar. Verlas alejarse me dejó una sensación de desprotección que nunca antes había sentido.

Cerré los ojos, tratando de invocar la calma, pero el intento fue fútil. Mi pecho comenzó a cerrarse, el aire se volvió escaso, como si mis pulmones hubieran olvidado cómo expandirse. El pánico, frío y afilado, empezó a nublar mi juicio. Fue en ese momento de oscuridad interna cuando una voz en lo más profundo de mi ser rugió con una autoridad ancestral: "Eres un Dragón". Esa simple frase, el recordatorio de la sangre de Caos que fluía por mis venas, actuó como un latigazo de realidad. No era una debilidad lo que sentía, era mi propio poder reconociendo la magnitud de lo que estaba por suceder.

Mi padre, notando el temblor de mi mano y la palidez de mi rostro, se inclinó hacia mí. Sus palabras llegaron como un susurro protector en medio del caos de mis pensamientos:

-No tengas miedo, pequeña. Todo estará bien -noté el esfuerzo que hacía por mantener su propia voz estable mientras yo luchaba por recuperar el ritmo de mi respiración-Estoy seguro de que él debe estar pasando por lo mismo ahora. No lo hagas esperar más.

Sus palabras fueron el bálsamo que necesitaba. Recordé por qué estaba allí, recordé el rostro de Conan y la promesa de su amor. Solo unos cuantos metros de tierra y flores me separaban del hombre que le daba sentido a mi existencia, y no permitiría que el miedo me robara ese momento.

Reuní todo el valor que dormitaba en mi espíritu y comenzamos a caminar. Con cada paso, la sensación de pesadez en mis piernas desapareció, reemplazada por una ligereza etérea. Sentía que no caminaba, sino que flotaba; las hojas secas y los pétalos esparcidos bajo mis pies se sentían como nubes que me elevaban, guiándome hacia mi destino.

Al levantar la mirada, vi las hileras de bancas ocupadas por los invitados. Estaban decoradas con arreglos florales de toques bohemios que colgaban con elegancia, aportando un aire de libertad y belleza orgánica al rito. Pude ver que toda la manada Serus se había congregado allí; no faltaba nadie. Drekorys y humanos, razas que en otro tiempo fueron enemigas, estaban ahora reunidos en un silencio respetuoso para presenciar la unión de su futuro Alfa.

Sentí el peso de sus miradas. Sabía que no podía permitir que me vieran vulnerable. No se trataba solo de mi orgullo como hija de un dios, sino de la responsabilidad que estaba asumiendo al convertirme en la compañera de su líder. Obligué a mi espalda a enderezarse y a mi barbilla a elevarse, adoptando una postura de mando y gracia. En ese instante, la multitud se percató de mi avance. Se pusieron de pie como un solo cuerpo; algunos ojos brillaban con asombro, otros con una admiración que me hizo comprender la importancia de este lazo.

Y entonces, al final del pasillo, lo vi a él.

Conan estaba de pie, esperándome. Se veía impecable, casi irreal. El traje negro se amoldaba con precisión a la potencia de sus músculos, resaltando su porte de guerrero y su elegancia natural. Pero no fue su vestimenta lo que me detuvo el corazón, sino su rostro. En sus labios se dibujaba una sonrisa enorme, cargada de una devoción absoluta, pero en sus ojos negros brillaban lágrimas contenidas que reflejaban una felicidad tan pura que me dolió. En ese momento, toda la coraza que había construido para protegerme de la mirada pública se desmoronó. Sentí como si mi alma abandonara mi cuerpo para volar directamente hacia él.

Mi paso se apresuró por puro instinto. Cada fibra de mi ser gritaba por estar a su lado, por tocarlo, por fundirme con mi otra mitad. Al llegar frente a él, mi padre, con un gesto cargado de significado, entregó mi mano a la suya. Conan la tomó con una reverencia y depositó un beso suave sobre mi piel.

El roce de sus labios provocó un choque eléctrico que me sacudió hasta la médula. Fue una sensación nueva, una corriente de fuego que no se quedó en la superficie, sino que descendió con una fuerza abrasadora, provocando un calor intenso y desconocido en mi entrepierna que me hizo jadear levemente. Me sorprendí a mí misma con un pensamiento que me hizo arder las mejillas: «¿Estoy excitada?». No podía creer que en un momento tan sagrado, mi cuerpo estuviera respondiendo con tal intensidad carnal.

En ese instante, el resto del mundo se desvaneció. Los invitados, las velas, el bosque... todo desapareció. Solo existíamos nosotros dos en una burbuja de tiempo suspendido. El deseo de huir, de llevármelo a un lugar donde nadie pudiera vernos para explorar este nuevo fuego que nos consumía, era casi insoportable. Sus ojos negros conectaron con los míos y, por un segundo fugaz, vi un destello dorado en sus pupilas. Era un brillo salvaje, la mirada de su bestia Drekorys que luchaba por salir a la superficie, reclamándome como suya ante los ojos del universo.

Gourus, el padre de Conan y Alfa de la manada, se aclaró la garganta. Ese sonido fue lo único que me devolvió a la realidad. Él también parecía haber notado la tensión eléctrica y el destello en los ojos de su hijo, pues su mirada era sabia y comprensiva.

-Queridos miembros de la manada Serus -comenzó Gourus con una voz que resonó como un trueno amable sobre el claro-, hoy nos reunimos en este santuario natural para presenciar el rito más antiguo de nuestra estirpe: la unión de almas entre Conan y Gaia. Dos seres destinados a encontrarse desde antes de nacer, porque la Gran Madre, la tejedora de todos los destinos, así lo dispuso. Al unirse en este momento, sellarán un lazo que no conoce el final, un vínculo que será imposible de romper por cualquier fuerza terrenal o divina. De mi parte, como Alfa, les otorgo mi bendición y les pido que pronuncien las palabras que sellarán su eternidad.

Conan volvió a tomar mis manos entre las suyas. Podía sentir el temblor ligero en sus dedos, la lucha feroz que mantenía por no dejar que su instinto dominara su juicio. Cuando empezó a hablar, su voz era una caricia profunda que vibraba en mi pecho:

-Gaia, diosa de mi corazón y de mi alma -dijo, y el mundo pareció contener el aliento-Desde el primer instante en que te conocí, supe que mi vida entera, cada gramo de mi fuerza y cada suspiro de mi aliento, estarían unidos a ti. Eres la luz que disipa mi oscuridad, la calma que apacigua mi tormenta más feroz. Prometo amarte mucho más allá de las fronteras de la vida y de la muerte. Juro que atravesaré cualquier infierno por ti, sin temor y sin una sola duda. Seré tu refugio cuando el frío apriete, tu hogar en el desierto más árido y tu protector inquebrantable contra cualquier sombra que se atreva a acercarse a tu luz. Con cada latido de mi corazón y con cada respiración que me sea concedida, te prometo amor eterno y una devoción que no conoce límites. En este mundo de caos, yo seré tu paz. Gaia, mi amor... yo te acepto como mi alma destinada y te ruego que aceptes pasar el resto de tu eternidad conmigo.

Sus votos no eran solo palabras; eran la respuesta que mi alma había estado buscando para acallar todas sus dudas. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, limpiando cualquier rastro de miedo. Ahora era mi turno.

-Conan, mi amor -comencé, sintiendo que mi voz cobraba una fuerza que no sabía que poseía-, en ti encuentro mi propósito, mi razón de ser y el sentido que le da significado a mi existencia en este mundo extraño. Eres la calma en mi tormenta y la paz en mi guerra personal. Eres el único hogar donde mi alma puede descansar sin temor a ser juzgada o herida. Me prometo a ti con todo lo que soy, con cada latido de mi corazón y cada respiración que el destino me otorgue. Prometo amarte sin fronteras y sin miedo a lo que el futuro nos depare. Seré tu sombra en el sol y tu luz en la noche; seré tu verdad y tu compañera fiel en cada paso, en cada sueño, en cada victoria y en cada amarga derrota. Te prometo escucharte cuando el mundo guarde silencio y abrazarte cuando la vida te lastime. Te prometo amarte más allá del tiempo y más allá de la muerte misma. Conan, mi amor... te elijo para siempre.

Un silencio absoluto se apoderó del bosque. Parecía que los árboles, la tierra y el mismo aire se detenían para reconocer el lazo que acababa de nacer. Pero algo había cambiado en el aire. Podía sentirlo. Por primera vez, nuestras emociones estaban conectadas por un hilo invisible pero indestructible. Podía sentir su deseo ardiente, su hambre de mí, su urgencia por alejarnos de la multitud y perdernos el uno en el otro. Su lucha interior era ahora la mía.

Conan no esperó más. Me tomó por la cintura con una posesividad que me hizo jadear y me atrajo hacia él con una fuerza arrolladora. Me besó con una intensidad que me robó el aliento y el juicio. Sentí su lengua enredarse con la mía, reclamándome, devorándome, como si quisiera sellar nuestro destino no con palabras, sino con fuego. Su agarre se volvió más firme, sus manos marcando mi piel a través de la seda del vestido, recordándome que ahora éramos uno solo.

Traté de recuperar un poco de cordura, separándome apenas unos milímetros, jadeando contra sus labios. Al mirar de reojo a los invitados, vi que todos nos observaban con una mezcla de respeto y alegría. Mis mejillas ardieron de vergüenza, pero al mismo tiempo, una oleada de orgullo me recorrió.

Fue en ese momento cuando el silencio se rompió por los gritos de júbilo y celebración. La voz de Lisse se elevó por encima de todas, cargada de una felicidad contagiosa.

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