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RESURRECCION: El Misterio de Victoria. LIBRO II

RESURRECCION: El Misterio de Victoria. LIBRO II

Autor: : LE.Fenix21
Género: Romance
Es impresionante lo rápido que pasa el tiempo, y cómo se lleva consigo todo lo que va dejándose atrás. Cuánta razón tenía mi abuela al decir:"El tiempo se disuelve como agua entre las manos". En aquel entonces no lo creía así. Luego aprendería también con el tiempo, que el dolor y el miedo a lo desconocido te enseñan a ser fuerte. Las sombras y los huecos en mi cabeza persisten, no planean abandonarme. Continúan ahí. Aun así, atesoro la esperanza de liberarme de este pesar, aferrándome al hecho de que nada dura para siempre. La señorita Rebeca, mi psicóloga, me repite constantemente que todos necesitamos algo de tiempo para reencontrarnos. Pero es difícil tener un corazón dispuesto cuando hasta los amigos parecen herirte. Es ahí cuando me hundo y las penumbras regresan. Dejo salir mi espíritu de supervivencia y me aferro a la ilusión, de que, en medio del abismo, en un rincón de mi mente, podré verlo. Adrián, el hombre que solamente existe cuando me entrego a los brazos del sueño, solo ahí me vuelvo parte de un mundo alejado de la realidad, donde él renace, extendiéndome la mano para salvarme y repetir las palabras que, en un pasado lejano, en alguna otra vida, viví: Siempre estaré ahí. Él me muestra la luz a través de su mirada. En ese instante ya no me importa la oscuridad, Adrián logra sacarme ilesa de sus fauces; pero la paz dura poco. Se quiebra cuando vuelven las voces que me perturban, y amenazan con sus lúgubres designios: "Viviste tu vida como una bella durmiente, pero tu viaje final ha comenzado. Es hora de que veas tu verdadera realidad, sentirás filosas dagas envenenadas que caerán sobre ti sin piedad. Cierra tus ojos por última vez, de ahora en adelante serán noches de insomnio. Desde aquí, hasta la eternidad". En ese instante me doy cuenta, que lo que yace en mi interior está luchando con más fuerza por emerger. Me levanto de la cama y camino hacia la ventana, mis manos se aferran en el alféizar, mientras una cálida lágrima recorre mi mejilla; suspiro, y analizo, que esta es otra maldita noche fría en la que lucho por entender mi vida. Victoria Montesinos. ¿Puede el amor traspasar las barreras del tiempo? ¿Existen las vidas pasadas y la reencarnación? Victoria es una joven hermética e insegura que desde pequeña tiene pesadillas vividas donde ve seres que ella describe como «ángeles y demonios»; sin embargo, no solo ve a estas criaturas, también contempla escenas de vidas pasadas, que le susurran la historia de un amor trágico. Las visiones logran que Victoria se enamore de este extraño caballero que la visita en sueños y dice llamarse Adrián Álamo; al sentirse incomprendida por su entorno y negarse a ir a psicólogos, su padre decide recluirla en un internado de prestigio en Vancouver Canadá, sin darse cuenta de que este será el detonante del despertar de la verdadera naturaleza que tiene dormida Victoria en su interior desde muchos siglos atrás. Un océano entero de eternidades no me ha impedido llegar hasta donde estás.

Capítulo 1 ♣︎ PRÓLOGO ♣︎

♆ El Presente ♆

Es impresionante lo rápido que pasa el tiempo, y cómo se lleva consigo todo lo que va dejándose atrás.

Cuánta razón tenía mi abuela al decir "que el tiempo se disuelve como agua entre las manos". En aquel entonces no lo creía así. Luego aprendería también con el tiempo, que el dolor y el miedo a lo desconocido te enseñan a ser fuerte.

Las sombras y los huecos en mi cabeza persisten, no planean abandonarme. Continúan ahí. Aun así, atesoro la esperanza de liberarme de este pesar, aferrándome al hecho de que nada dura para siempre.

La señorita Rebeca, mi psicóloga, me repite constantemente que todos necesitamos algo de tiempo para reencontrarnos. Pero es difícil tener un corazón dispuesto cuando hasta los amigos parecen herirte. Es ahí cuando me hundo y las penumbras regresan. Dejo salir mi espíritu de supervivencia y me aferro a la ilusión, de que, en medio del abismo, en un rincón de mi mente, podré verlo. Adrián, el hombre que solamente existe cuando me entrego a los brazos del sueño, solo ahí me vuelvo parte de un mundo alejado de la realidad, donde él renace, extendiéndome la mano para salvarme y repetir las palabras que, en un pasado lejano, en alguna otra vida, viví: Siempre estaré ahí. Él me muestra la luz a través de su mirada. En ese instante ya no me importa la oscuridad, Adrián logra sacarme ilesa de sus fauces; pero la paz dura poco. Se quiebra cuando vuelven las voces que me perturban, y amenazan con sus lúgubres designios: "Viviste tu vida como una bella durmiente, pero tu viaje final ha comenzado. Es hora de que veas tu verdadera realidad, sentirás filosas dagas envenenadas que caerán sobre ti sin piedad. Cierra tus ojos por última vez, de ahora en adelante serán noches de insomnio. Desde aquí, hasta la eternidad". En ese instante me doy cuenta, que lo que yace en mi interior está luchando con más fuerza por emerger.

Me levanto de la cama y camino hacia la ventana, mis manos se aferran en el alféizar, mientras una cálida lágrima recorre mi mejilla; suspiro, y analizo, que esta es otra maldita noche fría en la que lucho por entender mi vida.

Victoria Montesinos.

Capítulo 2 ♣︎ CAPÍTULO 2 ♣︎

Tenía casi trece años de edad cuando mi padre decidió enviarme, lejos de casa, a un internado en Canadá. Recuerdo que, en vísperas de mi partida, mis abuelos maternos discutían con mi padre en el despacho. La voz que más se hacía sentir era la mi abuela Esther.

Aún puedo ver sus lágrimas llenas de impotencia y dolor por la decisión que había tomado su yerno; esa imagen siempre ha estado presente en mis recuerdos, y no creo que nunca se borre, al igual que los detalles de esa mañana cuando los vi llegar desde la ventana de mi habitación, quizás porque en mi interior sabía qué pasarían años para volverlos a ver. Ese dolor aún está latente y revive al evocar los fragmentos de la escena: cada frase que salía de aquella disputa, la angustia en las miradas de mis abuelos chocando con la frialdad de mi padre. Aprendí en ese instante que las palabras tienen el poder de herir. A pesar de que hablaban a puerta cerrada, podía captar nítidamente cada sonido; siempre tuve un oído agudo, habilidad que, para muchos, incluso para mí, resultaba fantástica y extraña. Don que tiempo después pude comprender de qué lugar provenía.

Mis abuelos nunca estuvieron de acuerdo con la decisión de enviarme a otro país, y menos a un internado, pero mi padre era terco y bastante obstinado. Cuando tomaba una decisión no había poder humano ni sobrehumano, que lo hiciera desistir. Él no siempre fue así, su cambio de personalidad sucedió luego de la muerte de mi madre, muerte que recae sobre mis espaldas; solo bastó que yo saliera de sus entrañas para que ella dejara de respirar. Su nombre era Ángela, y me amó tanto desde que estaba en su vientre que no le importó dar su vida por mí, incluso su último aliento de vida lo usó para pronunciar mi nombre: Victoria. Luego de aquellas palabras murió. Desde ese momento la sonrisa de mi padre se apagó y fue sustituida por una pared que levantó a su alrededor, donde nada ni nadie podía penetrar, especialmente yo. Esas actitudes me llevaron a creer con certeza que me odiaba, ya que por mi culpa la mujer que amaba estaba muerta. Él nunca pudo imaginar el daño que me hacía, el hecho de no recibir abrazos o estímulos, únicamente distancia y frialdad, me perturbaba de manera indescriptible.

Una noche pensé que esas actitudes podían cambiar; desde pequeña siempre sufrí de pesadillas muy vívidas, en ellas veía imágenes borrosas y carentes de sentido, escenarios de otras épocas que me resultaban incomprensibles, pero la que experimenté una noche de noviembre había sido, por mucho, más fuerte y real, ya no se trataba de simples pesadillas. Percibí algo extraño que no podía ver claramente, esa misteriosa presencia me vigilaba. Ese tipo de sensaciones se fueron intensificando con el paso de la infancia a la adolescencia, y despertó definitivamente esa noche. Cerré los ojos con fuerza, aferrándome a la almohada cuál escudo protector, hasta que me di cuenta de que lo que se encontraba en mi cuarto no yacía en ninguna de las esquinas de la alcoba, ni debajo de la cama. La situación era peor. El ente se encontraba a mi lado, entre mis frazadas; al sentir su respiración cerca de mí intenté levantarme, pero estaba petrificada, ninguno de mis nervios y músculos respondían.

Fue entonces que mis peores miedos cobraron vida, cuando advertí cómo, sin explicación lógica, mi cuerpo empezó a levitar; entendí que aquello me estaba sosteniendo y era quien me elevaba de la cama. Mi corazón latía aceleradamente, esa presencia quería llevarme, lo pude intuir a través de su toque gélido; al instante no pude gritar, estaba congelada; por alguna razón ese ser que invadía mi alcoba sintió mi temor logrando que me dejara en cuestión de segundos en mi lecho nuevamente. Lo único que pude alcanzar a ver después de unos minutos fue el reflejo de un hombre alto que se alejaba disolviéndose en la noche como una humarada, acompañado de un susurro: «No me temas». Seguidamente, no sé cómo pude gritar, grité tan fuerte que desperté a todos en la casa; lo otro que me heló la sangre fueron los aullidos de los perros del vecindario, estos comenzaron a aullar de un modo bastante perturbador. Mi padre subió en mi ayuda al escuchar mis gritos, pude ver el miedo en sus ojos.

-¡Qué pasa!

-Un... Hombre -señalé hacia la ventana. Mi padre preocupado revisó el cuarto sin encontrar nada, luego se cercioró de que las ventanas estuvieran bien cerradas.

-No hay nadie, solo fue otra pesadilla -aun así, yo estaba muy alterada como para comprender la seguridad de sus palabras, no podía razonar con coherencia.

-No... ¡Papá, yo lo vi! ¿Acaso no oyes a los perros? ¡Ellos también lo han visto!

-Estás muy nerviosa hija. Fue producto de tu imaginación, los perros han oído tus gritos y por eso aúllan de esa forma ¡Cielo, si has despertado a todos en la casa! Pero si te hace sentir mejor, esta noche me puedo quedar contigo hasta que te duermas -luego giró hacia Matilde (ese era el nombre de la cocinera) para indicarle que podía seguir durmiendo, seguidamente se acomodó en un lado de la cama y me abrazó. Ahí pude sentir por primera vez su cariño, y resultó tan grato que en cuestión de segundos me hizo olvidar el terrible sueño que acababa de experimentar. Tristemente, esa fue la única vez que papá se portó así.

La lucha por ganarme el afecto de mi padre se convirtió en la prioridad de mi niñez, en el proyecto de vida de mi existencia de aquellos días. Recuerdo que en la escuela sacaba excelentes calificaciones y los maestros lo felicitaban, por mi desempeño, pero esos esfuerzos no servían de nada. Por más que yo tratara de acercarme a él, no lograba arrancar de su rostro inexpresivo un gesto amable que me animara como el de aquella noche. Esos intentos fallidos me agotaban, así que, mataba mi frustración refugiada la mayoría del tiempo en casa de mis abuelos, costumbre que mi padre fue cambiando cuando me puso un profesor particular de idiomas que iba todas las tardes a casa para enseñarme inglés y francés; todo era parte de su plan. Si iba a enviarme de internada a otro país debía aprender bien su idioma oriundo.

Esas clases particulares ocuparon mi tiempo libre alejándome también de Alexandra, mi prima, que era como la hermana mayor que me inyectaba alegría, haciéndome reír con sus locuras, siempre se le veía con una sonrisa dibujada en los labios. Ella era hija de mi tío Andrés, el hermano gemelo de mi madre, y el único hijo que les quedó a mis abuelos luego de la muerte de mi mamá. Él, a diferencia de mi padre, me trataba como a una hija más. Todas las tardes Alexandra y yo nos sentábamos a ver a mi abuela preparar bebidas extrañas, que, según ella, podían calmar cualquier angustia o dolor, ya que eran especiales, eran recetas antiguas heredadas de sus antepasados indígenas. Mientras oía sus historias siempre me preguntaba: puesto que esas bebidas eran tan efectivas, ¿por qué no se la ofrecía a mi papá para que volviera a ser el mismo de antes? Tal vez, así hubiese desistido de la locura de enviarme lejos, pero eso nunca sucedió. Lo irónico era que, aunque mi padre se enamoró perdidamente de mi madre, a él no le gustaban las costumbres de mi abuela. En cambio, conmigo pasaba todo lo contrario, me encantaba verla hacer sus conjuros mientras preparaba bebidas y chocolates... Ese chocolate ¡Ah! Cómo lo extrañaba. Nadie lo prepara como ella. Así se me iba la tarde, viendo a mi abuela cocinar y hablando con mi prima, también ayudando a atender el pequeño negocio de comida y dulces que tenían mis abuelos donde mi tío era administrador y su esposa Isabel la encargada de los pedidos. Aunque el negocio era sencillo, ellos se habían encargado de hacerlo próspero.

Mi felicidad terminaba ya entrando la noche, cuando mi papá venía por mí. Él se la pasaba todo el día trabajando para no pensar, y gracias a eso había incrementado sus bienes. Mi padre es ingeniero civil y poseía una constructora en la ciudad, también era dueño de una finca, mis abuelos paternos que habían fallecido en un accidente automovilístico se la habían heredado por ser hijo único; a ellos nunca los conocí en vida y mi madre tampoco tuvo la oportunidad. Esto me hacía suponer que mi familia desde un inicio había estado marcada por la desgracia. Los únicos parientes que le quedaban vivos a mi padre era su tío Gustavo, que desde hace 10 años vivía en Vancouver, Canadá, con su esposa Andrea y sus dos hijos que ya eran casados. Casualmente, mi tío Gustavo y su esposa se encargarían de mi estancia en la ciudad mientras estuviera en el internado.

Varias lágrimas recorrieron mi rostro. Suspiré con tristeza al interiorizar que pronto todo lo que me era conocido desaparecería para ser usurpado por otros paisajes, otra tierra donde yo sería una extranjera; una tierra extraña, al igual que mi extraño mundo, que aún no lograba comprender. Todos esos pensamientos me guiaron nuevamente a mi padre, el hombre que me dio la vida y que, sin embargo, era un perfecto desconocido para mí, así como yo lo era para él. ¿Cómo no podía quererme? En mí corría su sangre y la de la mujer que amaba, pero sus actitudes esquivas me demostraban que él no lo veía de esta manera. No obstante, ahora todo aquello no es más que un recuerdo. Lo que, si viene a mí, y no solo como algo de otro tiempo, son las palabras hacia mi abuela antes de partir con mi padre al aeropuerto. Cuando ella me abrazó con fuerza, sentía cómo sus lágrimas caían por mi cuello, al mismo tiempo que experimentaba un odio vehemente por mi padre, y me cuestionaba internamente que, si tanto le estorbaba, ¿por qué no me dejó vivir en casa de mis abuelos? Quería gritárselo, pero las palabras no me salían. Mis ojos seguían a la figura de mi abuelo que se dirigía a mi padre para intentar hacerlo reflexionar.

-Alberto, hijo, aún estás a tiempo de recapacitar. Victoria es tu única hija, ¡no la alejes de su familia! Deja que crezca junto a nosotros -Mi padre se mantuvo en silencio, ignorando sus palabras. Luego de unos segundos se refirió a mí en forma tajante:

-Victoria, se nos hace tarde, apresura la despedida- y continuó dando media vuelta para subir al carro, pero mi abuela una vez más lo detuvo con sus palabras:

-¡No le tengas miedo a tu hija! Ella no es culpable de nada, cada quien nace con un destino escrito, y ella no escogió el suyo ¡Es solo una niña!

Mi padre la miró con ojos inexpresivos y sin decir nada subió al carro. Esas palabras me dejaron confundida. ¿Por qué mi padre debía temerme? Luego mi abuela se apartó de mí, abrió su cartera y me entregó un papel donde estaba escrita una especie de oración, también una esclava, según ella, para mi protección. Seguido, me acarició el rostro.

-Victoria, perdóname por no poder hacer más para que te quedes, niña mía. Al parecer mi magia no es tan efectiva... ¡Eres lo único que queda de mi hija y me hiere tanto que te alejen de mí! -sus palabras sonaban cortadas por el llanto. - Nunca olvides que te queremos. En ti hay algo especial y diferente, te esperan muchas cosas que deberás enfrentar con fortaleza, pero pronto... Más rápido de lo que crees, estaremos juntas de nuevo, ¡te lo prometo! -con esas palabras nos despedimos, mientras nos abrazábamos nuevamente.

Mi alma, todo mi ser latía, al igual que el de ella. Al despegarme de sus brazos sentí que se me iba la vida. Mi abuela me soltó y alentó a subir al carro, lo que en efecto hice, envuelta en llanto. Me quedé mirando a través de la ventana, quería grabar muy bien los rostros de mis abuelos, aferrándome con fuerza a aquellas imágenes que se iban desdibujando mientras avanzábamos, hasta que las figuras se fueron perdiendo, desapareciendo por completo. Ahora solamente quedaba la calle vacía, y lluvia que arreciaba al igual que el invierno interno de mi alma.

A partir de ahí, el vacío que sentía en el corazón se profundizó hasta alcanzar grandes proporciones, mi padre no solo me había privado de su amor, también me había quitado el de mis abuelos. Ahora debía sacar fuerzas de donde no las tenía para enfrentar lo que me esperaba en ese internado tan lejano, que sería mi hogar durante cinco años. Qué iba a saber que ese dolor sería suave comparado con lo que me tocaría vivir y descubrir. Esta es la historia de mi vida, y de cómo lo inexplicable e inimaginable me perseguiría hasta formar parte de mi existencia, mostrándome las maneras en las que las fuerzas del destino pueden llevar, incluso al más incauto, a sus inicios, sin importar sean rosas o espinas.

Antes le temía a la muerte por haberse llevado a mi madre, antiguamente creía que la muerte era el final de todo, pero eso era previamente... Antes de la resurrección.

Capítulo 3 ♣︎ CAPÍTULO 3 ♣︎

Mi llegada a Canadá fue traumática; a pesar de que Vancouver era una ciudad muy bella, mi estado de ánimo no me había permitido admirarla, durante todo el viaje no había hecho más que llorar, hasta el punto de que de mis ojos ardían. Lo primero que hizo mi padre al llegar fue ir directamente a la casa del tío Gustavo, quien nos recibió con los brazos abiertos. Me sorprendió ver su semblante, se le veía rozagante y fuerte, tomando en cuenta que ya era un hombre mayor.

-¡Qué grande estás, Victoria! -manifestó con asombro al tiempo que nos conducía hacia el interior de su casa. Le sonreí por cortesía -ya verás que te va a gustar vivir aquí, puedes decirme tío abuelo Gustavo -continuó manifestándome su emoción, sentimiento que me hubiese gustado corresponder.

Permanecí callada ante sus comentarios, repitiéndome, una y otra vez, que solo serían cinco años. Me había mentalizado que al cumplir la mayoría de edad nada ni nadie me detendrían de volver al lado de mis abuelos. Luego de un breve momento entró a la sala, Andrea, la esposa del tío Gustavo, sosteniendo una bandeja con galletas. Su aspecto era dulce y calmado.

-Bienvenida, Victoria. Será un placer tenerte como huésped. Personalmente, me encargaré de hacerte sentir lo más cómoda posible. -Sus palabras me calmaron un poco, pero no lo suficiente como para disipar mi tristeza.

Llevábamos un largo rato en casa del tío de mi padre. Me quedé sentada inmóvil viendo a través de una de las ventanas de la sala y de vez en cuando giraba a ver las caras de mis tíos y padre, escuchándolos intercambiar anécdotas de épocas pasadas. Al detenerme por un instante en el rostro de mi padre, noté que el gesto amargo ya no estaba, ahora se había relajado. Era notorio que le hacía mucho bien estar junto a su familia. En ese instante analicé que uno de los motivos principales que tuvo para traerme aquí, era el no querer, bajo ninguna circunstancia, que me criara con mis abuelos. Eso, pensándolo ahora en frío, desde un principio era muy evidente, pero yo no lo quería entender.

De pronto, tras esas cavilaciones fluyeron muchos recuerdos, siendo algunos de ellos, la cantidad de veces que papá ofendió a mi abuela llamándola bruja, y sus reproches por mis constantes pesadillas, ya que mi padre alegaba que eran por causa de sus historias. Yo no compartía su opinión. También recordé las palabras de mi abuela cada vez que terminaba una discusión, decía siempre que lo único que la mantenía en tregua con él era mi madre. Y desgraciadamente ella ya no estaba. Eso me enfureció y me entristeció aún más, ya que mi nacimiento no solo convirtió a mi papá en un hombre distante y amargado, sino que también había roto la tregua de paz que había entre ellos. Cerré los ojos tratando de alejar esos sentimientos de culpa que me consumían.

***

Sin darme cuenta habíamos llegado al internado. Este se encontraba ubicado en las afueras de la ciudad. Ya dentro de las instalaciones de la institución, mi padre aparcó el coche y nos dispusimos a bajar. En el instante que mi pie tocó el piso pude experimentar un frío penetrante y una mezcla de tristeza y agonía infinita que me acompañaría por mucho tiempo. Entramos al recinto sin decirnos una sola palabra. Mi papá sabía que no quería hablarle, era muy evidente mi incomodidad y como siempre él evitaba esos momentos, escudándose en su coraza de hierro; lo que me hizo querer enfrentarlo, decirle que no quería estar aquí, pero mis labios permanecieron sellados, las palabras se volvieron nudo y se ahogaron en mi garganta, una a una sin poder salir. Esos pensamientos se evaporaron cuándo apareció una religiosa alta y robusta. La mujer había salido de una oficina que se encontraba al final del pasillo. Ya habiendo acortado las distancias que nos separaba, se dirigió a mi padre:

-Entre, por favor. La madre superiora quiere hablar a solas con usted - Luego se dirigió a mí en tono neutro:

-Espera un momento en la sala, jovencita.

Mis ojos siguieron a mi padre hasta que cruzó la puerta, una vez más comencé a sentir angustia, el pecho empezó a dolerme, y mis manos gélidas comenzaron a temblar. Respiré hondo y cerré la cremallera de mi abrigo hasta el cuello para aminorar la sensación de frío, y a pesar de que también coloqué mis manos dentro de los bolsillos de la chaqueta, la molestia no menguaba. Fue entonces cuando caí en cuenta de que ese frío crónico no provenía de afuera, sino que yacía en mi alma. El frío de mi soledad. Hice un esfuerzo por ignorar esa sensación y traté de distraerme detallando el lugar.

No podía negar que el internado era hermoso. El suelo se veía reluciente e inmaculado, tanto, que daba pesar caminar porque se ensuciaría; los candelabros y esculturas de ángeles y santos finamente decorados daban un toqué eclesiástico a la estancia donde me encontraba sentada. Era hermoso a la vista, pero a pesar de todos esos detalles para mí seguía siendo una jaula.

La conversación dentro de la oficina de la directora se había extendido, así que con pesar por lo de las baldosas, me levanté para estirar las piernas y ver los alrededores; estos estaban adornados por vastas colinas y árboles frondosos. Lo único que estropeaba la vista eran los muros altos y grises que cercaban el paraje. Deseé repentinamente correr hacia esas colinas y escapar, dejar mi dolor atrás, pero el muro gris, que era como mi padre, me lo impedía. Cerré mis ojos e inhalé el aire que provenía de afuera, al sacarlo de mi ser dejé volar mi mente en dirección al único sitio donde era realmente feliz: la casa de mis abuelos; sin embargo, extrañamente mis pensamientos me llevaron también a otro sitio, uno que me embrujaba con su misterio y belleza: el castillo antiguo de las colinas llamado "El Renacer", y que era propiedad de los condes Dómines.

La hermosa estructura se encontraba alejada de la ciudad, al igual que este internado ¡Y no sé por qué me impresionaba tanto! Solo lo había visto un par de veces cuando salía con mis abuelos de paseo; lo cierto, es que causaba un extraño efecto en mí, aunque, a decir verdad, también en los demás pobladores. Lo más inusual es que esa no era la única propiedad que llamaba a gritos mi atención. Había otra construcción impresionante, propiedad de la familia Álamo. Esta última nunca la había visto, sabía de su existencia por lo que contaban mi tío y mis abuelos. En una oportunidad los escuché decir que estaba al otro lado de la ciudad, adentrada en un vasto bosque. A partir de entonces, como consecuencia de las historias que oía, no pude evitar comparar estas dos fortalezas; al igual que a las dos familias que las habitaban. La razón es que tienen tanto en común: las dos son construcciones antiguas; sus dueños provienen del extranjero y sus antepasados habían llegado a Venezuela; a la ciudad de Mérida, casi en su fundación, y por las mismas habladurías de la gente, sé que desde hace muchísimo tiempo se había ido y no han vuelto hasta entonces, solo cuentan con encargados que velan por todos sus negocios en esa parte del mundo.

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