Año 946 A.c.
3 días después de la conquista.
Hadassa.
Devastación...
Podía resumir mi condición y mi alrededor en esa palabra.
Ahora mismo no sentía mis pies, y si llevaba la cuenta exacta, este era el tercer día en que caminaba mientras esas escenas horribles ya no estaban expuestas delante de mis ojos, pero pasaban por mi mente cada segundo.
Quería llorar, en realidad era el deseo de mi cuerpo sediento y extremadamente cansado. Sin embargo, mis ojos estaban resecos y el aire en mi boca ya quemaba mi garganta.
Un tirón de aquella cuerda a la que estaba atada junto con otras personas en una fila, hizo que mis pies perdieran el equilibrio. En dos pasos torpes no pude controlar mi cuerpo por más tiempo, y mis brazos recibieron el mayor impacto de la caída.
Quizás en este momento tenía adormecido mis sentidos, porque ya no sentía nada a excepción de ese grito que retumbó mi tímpano.
-¡Levántate, esclava!
Lo intenté, no por hacerme la fuerte, sino porque que ya había hecho el intento más de una vez de no seguir las instrucciones, y eso en definitiva era lo que había alargado mi vida hasta ahora.
Si lo hubiese sabido antes, habría hecho hasta lo imposible por ocultarlo y mi muerte quizás hubiese sucedido el primer día en que me tomaron, al igual que a mi familia.
Habían descubierto mi identidad, ahora era para ellos cómo un trofeo que debía ser llevado ante el mismísimo demonio.
Mis brazos temblaron en el suelo cuando intenté levantarme, pero era tiempo perdido, mis fuerzas ya no daban para más.
-No puedo hacerlo... -Mi voz sonó como un lamento bajo y allí es donde pude divisar borrosamente unos pies forrados en cuero, que se paraban delante de mí, alzando el polvo hacia mi rostro.
-¡Levántate maldita! No morirás aquí, tu cabeza debe ser cortada por el mismo soberano públicamente... y te lo juro, ¡Él no tendrá misericordia de ti!
Misericordia...
La primera palabra que aprendí cuando era niña, y la misma que recuerdo en la boca de mi padre desde que tuve conciencia. ¿Dónde estaría eso ahora y, qué pensaría mi padre antes de morir cuando se dio cuenta de que habían invadido su país y fue asesinado como un perro?
Extrañamente, tenía mis ojos nublados por las lágrimas nuevamente, mientras mi pecho se quemaba lentamente al recordar su rostro y su mirada.
Un sollozo, uno imposible de contener en mi garganta salió hacia el ambiente mientras las manos del hombre sujetaron mi cuello levantándome de un solo tiro como un pedazo de trapo.
-¡Camina! Estás demorando nuestra llegada...
Después de que fui empujada, mi cuerpo se estrelló con algunas personas en la fila, que ahora mismo no me miraban porque estaban en una condición incluso peor que la mía.
Mi cuerpo titiló, aunque la mañana estaba comenzando, el hielo de la noche aún estaba en mis huesos.
«Solo será un momento...», mi mente gritó y solo pude llevar mis manos a mi collar colgante que era la única cosa de valor que habían dejado en mi cuerpo. Por supuesto este collar, con el sello de Radin, mi pequeño país devastado, había sido el punto clave para que ellos supieran mi identidad.
Yo era la princesa. Quizás la única que quedaba con vida.
Lo apreté en un puño fuerte y solo reprimí mis ojos sabiendo que incluso moriría con dignidad. Ahora no me importaba si mi cabeza sería expuesta ante una multitud de malvados; habían asesinado a mi padre y a mi madre, aún no sabía si lograron atrapar a mi hermano, el heredero del trono, pero solo quería cerrar mis ojos para siempre y no ver esas miradas que me observaban con desesperación. Porque ellos asesinaron a miles de hombres inocentes, junto con sus mujeres y... sus niños...
Sacudí mi cabeza para borrar las imágenes, pero creo que esto nunca iba a suceder.
Sus llantos y lamentos, solo hacían arder mi piel con fuerza.
Saquearon mi país, el reino más feliz de todos, y el que incluso promovía la paz a todos sus vecinos, fuimos realmente ultrajados por ladrones que llegan por la noche con sed de poder...
"El poder... debe haber un equilibrio para esto, Hadassa... porque no hay otra forma más corrompida que tener ambición, y en cuanto se tiene algo, se comienza a querer más, y allí es donde nuestro dominio propio debe accionar para no llevar nuestra persona a una desgracia..."
Esto me dijo mi padre una vez, y ahora lo estaba viviendo en carne propia...
Pero lo que él nunca predijo ni imaginó, es que esta tragedia le estuviera sucediendo a Radin. Ni en su peor pesadilla.
Un rayo de luz fuerte hizo que de forma obligada levantara mi rostro.
No pude sino abrir mi boca ante la impresión, estaba viendo a solo unos kilómetros como llegábamos a la sede principal de Babel. Desde lejos podía ver su enorme y lujoso palacio, con grandes muros impenetrables, y con la ostentosidad despotricando en cada rincón.
Jamás había visto una estructura como la que tenía delante, ni un pueblo a su alrededor tan organizado. El palacio era enorme, con fuentes de agua en sus cuatro esquinas, y grandes estatuas como las que mi padre nos había relatado a mi hermano y a mí, cuando éramos unos niños.
Ellos tenían muchos dioses a los que adoraban, y por lo que estaba viendo, los tenían en alta estima dejándolos a la vista de cualquier espectador en sus estructuras.
Solo pude tomar el aire cuando giré hacía alrededor y vi las casas de la gente fuera del palacio organizado en líneas, pero a esta altura en donde estábamos caminado, pude detallar como la gente estaba arremolinada como si intentara a toda costa, entrar a ese castillo amurallado, que parecía celebrar una fiesta.
-Babel... -escuché como uno de los hombres susurró colocando su mano en una palma hacia el lugar y haciendo una referencia-. Hemos llegado a ti... gracias a nuestros dioses...
Fue inevitable no sentir el escalofrío que recorrió mi cuerpo, porque al instante y como lo esperaba, todas aquellas personas fueron desamarradas, y a continuación apartadas de mí.
-Sujeta muy bien a nuestro trofeo... sé que nuestro soberano nos recompensará por este premio.
Otro de los hombres se rio de forma asquerosa, mientras vino a apretar más las cuerdas de mis manos, y luego me empujó hacia el frente con fuerza.
-Camina... princesa... estamos a unos minutos de beber tu sangre azul.
No pude entender a qué se refería con "beber", pero me obligué a no mirarlo y a comenzar a caminar solo deseando una cosa.
Que me asesinaran con prontitud.
No sé cuantos minutos pasaron, pero en cuanto estuve con los hombres sujetada de las cuerdas, y con una multitud que nos abarrotaba y decía cosas que no podía entender, levanté la mirada al escuchar el estruendo de las enormes puertas abrirse de forma lenta, y el hombre que era líder del grupo, llegó muy cerca de nosotros con agitación.
-Ya he dado la información... entraremos a la zona privilegiada.
Uno de los hombres tomó mi hombro con rudeza, y haló mi brazo para caminar, mientras mis pies reunían la fuerza para seguir con el camino, entre tanto mis ojos se posicionaban hacia todas partes de forma alterada.
A este punto sentía que podía desmayarme en cualquier momento, porque mi boca jamás había estado tan seca como ahora.
Un patio enorme que ni siquiera pude ver su final, columnas gigantes y gruesas, y todo tipo de estatuas que tenían cabezas de animales en sus extremos, solo deslumbraban alrededor.
De un momento a otro, la multitud se excitó cantando en coro un solo nombre:
¡Rah! ¡Rah! ¡Rah!
Pero un sonido de trompeta, proveniente de un cuerno de carnero, hizo que me detuviera ante el estruendo.
Era muy parecido a ese sonido glorioso cuando mi pueblo estaba de fiesta o cuando hacíamos un rito religioso a nuestro Dios.
Sin embargo, cuando mis ojos se fueron directo al ruido, mi corazón se aplastó para que todo mi ser, sufriera como nunca.
La cabeza de mi padre, junto con otras, estaban colgadas en lo alto, mientras unos hombres alzaban una tela roja, resonando victoriosos, y vociferando con la voz más alta.
¡Rah! ¡Rah! ¡Rah!
No pude hacer otra cosa, mis piernas flaquearon y mis rodillas dieron contra el piso mientras un sollozo desesperado del dolor salió de mi boca, al ver un pedazo de mi padre, expuesto ante esta multitud de malvados...
-Papá... no... -estaba a punto de llevar mis manos al rostro, pero mi brazo derecho fue alado con brusquedad sin dejar que al menos por un minuto, pudiera llorar a mi padre con amargura.
Dos hombres se desentendieron del grupo en que veníamos, y casi parecían correr mientras mi cuerpo fue arrastrado a su paso.
Y entonces, sucedió.
Fui lanzada hacia delante y caí recibiendo los rasponazos en mis brazos.
Mi respiración ya era muy lenta, pero la ira hervía dentro de mi pecho, y el dolor de alguna manera me hizo levantar la cabeza. No iba a demostrarle a nadie mi miedo, ni mucho menos el sufrimiento que esto me estaba causando.
Y en cuanto posicioné los ojos adelante, allí llegó un hombre corpulento. Parecía un guerrero con las manos y el rostro ensangrentado, pero que despedía una fuerza incalculable de su forma.
Pude notar como la extrañeza arropó su rostro al verme tirada frente a él, pero lo entendió todo cuando el hombre a mis espaldas dijo:
-Es la princesa de Radin... y pensamos que sería un regalo que nuestro señor debía tomar con sus propias manos... -el hombre al que todos les rendían esa especie de culto, asomó una sonrisa, que solo hizo que mi mandíbula titilara.
Él era el demonio, y ahora mismo lo estaba viendo en carne propia.
Vi como sus pisadas fueron determinantes, y como el tiempo se detuvo en cuanto comenzó a caminar hacia mí.
Parecía que la multitud se había silenciado, la verdad ahora solo pude mantener mi vista en esos ojos azules que estaban quitándome la vida con cada paso. Y, por si fuera poco, tomé mi última fuerza, quité el velo que arropaba mi cabeza, y me paré firmemente delante de él, solo esperando mi fin.
Decidida a recibir mi deceso.
El sonido de su espada saliendo del cuero donde reposaba, hizo que abriera los ojos de golpe, y que solo el palpitar de mi corazón, retumbara en mi garganta.
El demonio era enorme cuando se detuvo delante de mí, pero lo único que no pude entender, fue el sonido de su respiración, cuando sus ojos bajaron a los míos, y su pupila se dilató de un momento a otro...
4 días antes de la conquista...
Hadassa...
El comienzo...
-Pareces distraído... -dije en tono bajo colocándome al lado de mi padre, que estaba viendo hacia el horizonte con las manos puestas en el muro.
Tenía días así, lo había detallado durante las comidas, y su silencio en esta instancia, me estaba preocupando ya.
-No puedo ocultar nada a la persona más minuciosa que conozco.
Sonreí, y luego obtuve una línea un poco más curva de su boca.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué hay presión en tus hombros? -él negó despegándose del muro, y luego se detuvo delante de mí tomando mis brazos.
-Cuánto hubiese deseado que en lugar de tu hermano Caleb, tú ocuparas su posición en el trono.
Mis ojos se abrieron un poco sorprendida, aunque ya estaba acostumbrada a sus constantes elogios a mi persona, para esta hora y ante su semblante, mi preocupación aumentó.
-Padre... Caleb es un guerrero formidable, inteligente y...
-Ambicioso... -Torcí un poco mi boca ante la interrupción.
Caleb siempre fue así, para él era como un reto siempre tener más de lo que llevaba en sus manos, pero no dudaba de su espíritu bueno, y, sobre todo, sabiendo que tenía unas bases como las nuestras.
Adaia mi madre, y Uriel mi padre, eran los reyes más destacados en los imperios que nos rodeaban, y aunque éramos uno de los reinos más pequeños, Radin se destacaba por su generosidad, su paz, y sobre todo, porque siempre había una bandera blanca en medio de todos los conflictos.
La sabiduría de mi padre era realmente un tesoro que muchos apreciaban.
"Nuestro Dios, es un Dios de misericordia", era el lema de nuestro padre, y que, de alguna manera sobrenatural, este ser supremo siempre nos respaldaba en todas las cosas.
Así que tanto mi hermano como yo, teníamos los mejores padres, que cualquier persona hubiese podido concebir.
-Es joven... dale tiempo -mi padre dio una risa cínica ante mi defensa.
-Eres mucho más joven que él... apenas tienes 19, y le llevas mil años de madurez a Caleb.
-¿Es eso lo que te preocupa...? ¿Qué asuma el trono con este pensamiento?
Mi padre dio un suspiro largo.
-Hadassa... mi querida niña. Tu inocencia en muchas cosas no te deja ver los puntos negros de las situaciones... Solo sé que una persona que no teme al verdadero Dios que nos dio la vida, puede ser capaz de cualquier cosa, y nada puede frenarlo en sus ideas...
Tomé rápidamente las manos de mi padre y las besé al ver su rostro preocupado.
-Estaré al lado de Caleb padre, prometo que seré su conciencia.
Su sonrisa radiante hizo que los latidos de mi corazón disminuyeran, y que, de cierta forma, mi cuerpo se calentara un poco.
-Sé que sí, mi princesa... y solo espero que Radin cuente con tu vida por largos años...
Uriel me invadió en un abrazo profundo, y solo pude cerrar mis ojos aspirando su particular aroma, que me hacía sentir en casa y segura. Entonces de un momento a otro nos giramos al horizonte, mientras volví a escuchar la respiración de mi padre, que miraba el cielo con aprensión.
-Que nuestro Dios bendiga a Radin... y que este cielo azul, resplandezca sobre esta nación todos los días...
-Que así sea -respondí rodeando su cintura para continuar con este extraño silencio que estaba gobernando esta mañana.
*
-Princesa, Hadassa... la cena está lista... -asentí con la cabeza y dejé el pergamino encima de la mesa, y el cincel en su vaso de tinta cuando una mujer vino a avisar.
Me gustaba escribir frases, sobre todo relacionadas con el libro sagrado que mi padre solía leernos.
Sacudí mi vestido, abrí la puerta y me dirigí al comedor principal, donde sabía estaba esperando mi familia para iniciar nuestra cena, como de costumbre.
Pero en cuanto llegué, había un silencio extraño.
Mi padre se giró junto con Caleb, si no estaba equivocada, podría jurar que estaban en una discusión, pero debido a mi llegada imagino que esta dio por terminada.
Mi madre me envió una sonrisa cálida, y luego Uriel y Caleb se levantaron dándome un asentimiento de bienvenida.
Fue mi hermano el que le quitó el deber a un sirviente, y retiró la silla para ofrecérmela con una sonrisa.
-La paz sea con ustedes... -saludé recibiendo el asentimiento de sus cabezas, y al instante, mi padre ordenó que la comida fuese servida.
-Recibiremos una visita en dos días... el rey Joab quiere hacer un intercambio con nuestra madera -comenzó Uriel después de dar las gracias.
-Eso es maravilloso... ¿Qué obtendremos a cambio? -mi madre y hermano soltaron una risa por mi comentario y no me quedó más que alzar los hombros.
-Mi hermana sí que sabe negociar... -Caleb intervino, pero me pareció ver que mi padre no estaba muy contento en esta noche.
-Te aconsejo que la mantengas en tu mano derecha cuando llegues al trono -intervino mi madre posando su mano en mi hermano, y este asintió gustoso.
-No lo tengas en duda...
A continuación, iba a hacer una broma para continuar con la conversación amena, pero el estruendo que resonó fue tal, que hizo que todo el comedor vibrara, y una especie de escalofrío tenebroso nos invadiera a todos.
-¿Qué está pasando? -pregunté con la respiración entrecortada en dirección a mi hermano, que solo tomó mi mano con fuerza.
-¡Señor! Hay soldados de Babel por todos lados... Parece que... vienen a invadirnos... -un guarda abrió puertas sin aviso y la agitación que visualizamos en su pecho, nos inyectó la sangre de pánico.
-¿Qué? -la pregunta de mi padre fue ahogada, y mi pecho comenzó a hundirse trágicamente cuando las lágrimas de mi madre se escurrieron sin ningún control-. Caleb... -él se giró agitado-. Llévate a tu madre y Hadassa... Pronto...
-No... papá... voy contigo... ¡No...! -mi oración no terminó, porque los fuertes gritos solo hicieron que nos quedáramos enmudecidos y otro guardia procediera a interrumpir de nuevo.
-¡No tenemos tiempo señor!, ¡esto se trata de una invasión...! ¡Nos han atacado y la fuerza del ejército de Babel... supera las nuestras por cantidades...!
La mirada de mi padre se conectó con la mía por muy pocos segundos, pero pude ver la desesperación, y por primera vez, el miedo en él.
-¡Huye con Hadassa! -un grito en forma de orden hizo que Caleb se girara y me tirara del brazo, para comenzar a correr sin siquiera pensar en mis padres.
Sin embargo, yo no podía irme así.
Tomé toda la fuerza en medio de la agitación, y solté la mano de Caleb para ir a lanzarme encima de mis padres, que de forma extraña se abrazaron sin siquiera intentar dar un paso fuera del palacio.
Ellos se estaban rindiendo a lo inminente.
-¡No! Podemos irnos todos papá... no me dejes... madre, ¡por favor! -los sollozos de Adaia estremecieron mi cuerpo cuando me separó de ella para acariciar mi cabeza.
-No hay otra opción hija... esta gente nunca se detendrá...
Giré con el pánico en mi cuerpo hacia mi padre, y lo vi pasar un trago, tratando de parecer tranquilo y fuerte frente a mí.
-Estoy seguro de que... nos uniremos de nuevo... estaremos juntos en esta vida, o en la otra... nunca pierdas la esperanza... tú, Hadassa, eres el tesoro más preciado que nuestro Dios pudo darme...
-Papá...
-Ahora ve... tu padre te está dando una orden...
Estaba dispuesta a negarme de nuevo, cuando sentí que mi cuerpo fue atajado por Caleb junto a un grito de otro hombre que retumbó mi cabeza.
-¡Han entrado al palacio!
Mi padre enredó los dedos en la mano de mi madre, y se paró firme en la puerta mientras ella abrazó su cintura.
Esta fue mi última visión de ellos, porque Caleb solo corría tomando mi brazo, mientras las lágrimas no cesaban sobre mis mejillas.
No pasaron más de cinco minutos, cuando los gritos se hicieron más fuertes durante nuestra huida, los sonidos de espada, el llanto de dolor, y las quejas...
-Por aquí... -Caleb nos metió por una especie de pasadizo de piedra que estaba en lo más debajo del castillo, y cuando se cercioró de cerrar después de entrar, me pegué a un muro para tomar el aire mientras podía divisar su rostro pálido y sin fuerzas.
-¿Por qué están haciendo esto? ¿Y quiénes son ellos?
-Es Rashad... el rey de los babilonios... él... quiso apoderarse de los reinos pequeños... -informó mi hermano tratando de recuperar el aire.
-Mi padre era su aliado... no había ningún problema en sus relaciones... -respondí agitada, sin desconocer los asuntos de mi padre.
Sin embargo, Caleb negó.
-Nunca se sabe con esta gente... ¿Qué podemos esperar de un hombre malvado como él, Hadassa? ¡Es el mismo demonio!
Un sollozo salió de mi boca prontamente.
-¿Crees...? ¿Crees que le harán algo a mis padres?
Él no dijo nada, pero su expresión me lo confirmó todo.
-Sigamos... debemos tratar de salir del palacio y caminar...
-¿Hasta dónde?
-¡No lo sé! -su voz fue estrangulada, parecía muy frustrado, pero sabía que estaba en una condición de incertidumbre. Así que me acerqué tanto como pude, y tomé su rostro en mis manos.
-Haré lo que me digas...
Mi hermano asintió lento como forma de agradecimiento y luego tomó una aspiración fuerte.
-Gracias... ahora vamos, yo... creo tener un plan...
Asentí rápidamente limpiando mi rostro, y sin decir o preguntar alguna otra cosa, comencé a seguir a Caleb mientras pasábamos esta especie de cueva.
En algún punto del final de ese túnel de piedra, mi hermano se esforzó en un gran ramillete de enredaderas, que parecían tan gruesas como una soga, pero gracias a su espada, nos tomó menos tiempo en salir.
Y aquí vino de nuevo ese sonido espeluznante.
Mis labios vibraron. Parecía que Radin se unía en un lamento constante y sin ningún fin, y eso de cierta forma hizo que mi estomago se revolcara.
Ajusté la capa de mi vestido sobre mi cabeza, y corrí solo tomada de la mano de mi hermano. Su trote era demasiado rápido, pero la adrenalina que estaba en mis venas era la que me estaba ayudando a seguir su paso.
Hasta que, en solo segundos, me estrellé con su cuerpo cuando llegamos a un gran muro que intervino en nuestro destino.
Podía escuchar mi propia agitación, y mi hermano solo alzó su rostro hacia arriba y asintió.
-Subiré primero... -dijo sin dejar que respondiera nada, y solo me quedé viendo cómo de forma hábil, escalaba las piedras una a una.
En cuanto llegó a la cima del muro, se recostó sobre el suelo alto y extendió sus manos hacia mí.
-Sube...
Por más de que me pusiera de puntillas, necesitaba escalaran unas cuantas piedras para llegar a sus brazos, pero en cuanto mi cabeza se alzó a su dirección, el tono de sus ojos se oscureció por completo.
Caleb no estaba mirándome, él parecía absortó en algo... o alguien.
No pude evitar girar apresuradamente, y allí supe por qué el temor había invadido el rostro de mi hermano.
Un grupo de al menos diez hombres ensangrentados y espeluznantes, venían a toda velocidad hacia mi lugar. Sabía que no tenía oportunidad, como también sabía que, si mi hermano se quedaba, estaría perdido como yo.
Intenté que mi cara no temblara, y como pude, me giré de nuevo en su dirección.
-Vete... -mi voz fue quebrada.
Inmediatamente lo vi negar, pero antes de que objetara cualquier cosa, proseguí:
-Nos veremos en ese lugar que mi padre prometió, Caleb... nadie puede robar nuestra esperanza -sonreí hacia él mientras mis lágrimas bajaron sin poder contenerlas.
Pude notar la rojez de sus ojos, y antes de verlo quedarse, me giré hacia los hombres, y caminé directo hacia mi fin...
4 días después de la conquista.
Hadassa.
Confusión...
Pude escuchar el sonido de un trago pasar por su garganta por la cercanía que tenía ese hombre para conmigo, y aunque me encontraba totalmente llena de miedo, levanté mi barbilla, retándolo con mi mirada.
-La muerte... no es castigo para nadie... -su voz era extremadamente gruesa, he hice todo mi esfuerzo por no estremecerme, porque mentiría si dijera que su presencia no consternaba a cualquiera-. Serás mi esclava hasta el día de tu muerte...
El hombre se apartó un pasó hacia atrás, y luego llevó su espada a mi barbilla para levantarla mientras sonreía. Pude sentí un poco de ardor en la parte que se clavaba en mi piel, pero no me moví, ni tampoco estremecí mi rostro.
Nunca sería su esclava, y desde ahora, haría todo lo posible por ganarme una muerte rápida.
-¡Rashad, el misericordioso...! -volvió a decir el hombre más fuerte, e inmediatamente supe que se estaba burlando de mi padre, sin embargo, el público hizo un silencio y todos quedaron algo confundidos por su decisión-. Rashad... el misericordioso...
Volvió a decir en un susurro mientras apretó el puño en esa espada afilada.
Entonces, supe que era mi momento, tomé el impulso y me eché hacia delante para caer en ese filo de inmediato, pero este hombre predijo mi paso, y apartó inmediatamente su espada, y yo solo caí encima de él estrellándome contra su pecho.
Sus facciones se endurecieron todas, él me observó por largo rato estrellando su aliento agitado en mi rostro, mientras yo me concentré en el azul intenso de sus ojos.
Y como si me faltara algo peor por hacer, y ante la debilidad que me invadió, no lo pensé dos veces.
Escupí su cara.
La multitud pareció volverse loca, los soldados a su mando, incluso gente del público, quiso venir furioso hacia mí, pero una palma extendida de él hizo que todas las acciones se frenaran.
Inmediatamente, sentí un tirón de mi cabello, y supe que ese malvado estaba tomando mi cabeza con fuerza. De hecho, lo hizo hasta que un quejido bajo salió de mi boca.
No pude contenerlo por más que traté.
Su sonrisa siniestra se ensanchó, y luego con fuerza, tiró mi cuerpo obligándome a que me arrodillara a sus pies.
Era imposible pensar que no podía doblegarme. Tenía tres días sin comer, y mi cuerpo ahora solo reaccionaba por inercia, eso sumado a que este hombre triplicaba mi peso.
Mis rodillas tocaron el suelo arenoso, y su enorme mano solo inclinó mi cabeza, para que de forma forzada lo mirara.
-Ahora yo... seré tu dios... y así como todos, te inclinarás a mí...
Una sensación de miseria invadió mi pecho. Jamás iba a arrodillarme ante él por voluntad propia, nunca iba a adorar a un simple mortal, y jamás sucumbiría a tenerlo como a un dios.
Apreté mi mandíbula cuando todos a mi alrededor comenzaron ese maldito cántico de nuevo, y allí es donde mi di cuenta de que sí, ese demonio era un dios para ellos, y todos parecían tener ojos solo para él.
-Aun en mi espíritu... sigo de pie frente a usted... jamás será un dios para mí... porque usted es un simple mortal como todos nosotros...
Sabía que no todos me habían escuchado, y ese hombre pareció no consternarse por mis palabras, de un tiro dejó mi cabello, e inmediatamente una mujer, que se veía como un hombre guerrero, vino a tomar mis brazos y luego me abofeteó tantas veces que perdí la cuenta.
-¡Maldita! ¡No te dirigirás a nuestro soberano de esta forma...!
-Llévala a las celdas especiales... -Ordenó el hombre sin hacer caso a nada más, y en un segundo, se giró de forma despreocupada para caminar a una especie de silla de trono que estaba un poco lejos de mi lugar.
La mujer pareció confundida ante su instrucción, pero no se atrevió a demostrar su descontento.
¡Rah! ¡Rah! ¡Rah!
Ya estaba odiando escuchar tal cosa, pero sonreí dentro de mí al saber que, seguramente me tendría sin comida, y una persona no podría aguantar tanto.
Traté de llevarle el paso a esa mujer que parecía más bien un hombre por su corpulencia, solo sus facciones demostraban que era femenina y el cabello trenzado de color amarillo, que llegaba hasta su cintura.
La caminata me pareció eterna, y a estas alturas, ya no estaba detallando nada a mi alrededor, la respiración estaba siendo difícil y ante la baja de adrenalina, mis ojos se estaban cerrando.
-¡Abre los ojos...! ¿Crees que este será tu fin? -la risa burlesca de la mujer, hizo que mi mirada se detuviera en su boca-. No lo será... ¡Abre la boca!
Casi me atraganto con el agua exagerada que me hizo beber. Ni siquiera estaba midiendo el tiempo, y no supe en qué momento tuve un poco más noción, para detallar una especie de celdas a mi alrededor.
Y yo me encontraba en una de ellas.
Cuando quité mi rostro para toser, vi una bandeja de panes y comida delante de mí.
-¡Abre la maldita boca! -la mujer exigió de nuevo.
No podía hacer esto, no debía comer nada, no me ayudaría en mi propósito...
Sin embargo, esta mujer apretó mi boca duramente, metiéndome un trozo de pan y obligándome a que tragara.
-No me iré de aquí hasta que te comas todo... así que no intentes hacerte la inteligente. ¿Quieres morirte no es así? Pues no va a morir... tu vida solo está en manos de nuestro señor... pero no te preocupes, se aburrirá de ti, y en cuanto eso pase, serás historia.
En el momento en que el jugo de ese pan desmenuzado en mi boca despertó mis sentidos, mi estómago dolió como nunca antes, y todo mi cuerpo deseó una sola cosa.
Comer hasta que me doliera la mandíbula.
La mujer arrimó la bandeja a mis pies y luego se puso de pie cruzándose de brazos mirándome atentamente a cada uno de mis movimientos.
No tuve otra opción, comencé a comer con desespero y a beber agua como si no hubiese un mañana.
***
-Despierta... -la voz llegó un poco lejos, pero definitivamente el calor de una mano encima de mi rodilla, hizo que pegara un salto del puro impacto.
Mis ojos se abrieron rápidamente para detallar que el lugar estaba un poco más iluminado, y que, a mi alrededor, había algunas mujeres conversando entre ellas dentro de las celdas.
-Has dormido durante mucho tiempo... y tu bandeja de comida está intacta... tendrás problemas por eso -Giré hacia la mujer que estaba a mi lado diciéndome las cosas en un susurro, y luego me aparté lo más rápido que pude de ella-. No... yo no voy a hacerte daño. ¿De qué pueblo eres?
Me quedé callada por un minuto detallando su rostro. Su piel era oscura, pero era una mujer realmente hermosa. Su vestimenta no era muy elaborada, solo contaba con un sencillo vestido, con una especie de cuerda atada a su cintura.
Ella no parecía una amenaza.
-Radin... -dije con el mismo tono que ella usó, pero la expresión que vi en su rostro, me dejó con dudas.
Es como si no le hubiese gustado mi respuesta.
La mujer retrocedió un poco asintiendo, y luego se giró hacia las demás mujeres que estaban de a dos por celda.
-Las acciones tienen consecuencias... esto pasaría tarde que temprano.
Mi ceño se frunció mucho ante sus palabras, porque no pude entender nada de los que decía, sin embargo, me interesó saber por qué solo mujeres estaban aquí en este sitio.
-¿Vienen aquí los esclavos?
La mujer se giró de nuevo hacia mí y luego colocó una expresión confusa.
-No... este lugar es solo para las mujeres extranjeras... quiero decir, mujeres de otros reinos que el soberano ha adquirido.
Mi estómago se revolvió. ¿Qué significaba eso?
-¿También es un dios para ti? -pregunté asqueada, pero ella solo asintió.
-Tiene que serlo, no hay otra opción para mí, ni para ellas, ni mucho menos para ti.
Quería refutarle, pero era un caso perdido.
-¿De dónde eres? -pregunté relajando mis hombros.
-Soy de Kus... me llamo Séfora.
Había escuchado de Kus. Sus tradiciones y rituales eran muy diferentes a nuestro estilo de vida, y también adoraban a muchos dioses. Así que no era difícil de entender que ella estuviera cómoda en esta circunstancia.
Un dios menos, un dios más.
-¿Tu país también fue saqueado?
Séfora observó a las demás mujeres, que, por alguna extraña, razón nos miraron, y vi que ella decidió acercarse más a mi lugar.
-Sabíamos que eso pasaría. Nuestro rey... ya sabes, ni siquiera respondía por su pueblo, y en el momento en que se corrió el rumor de que se estaba aliando con sus amigos para intentar avanzar contra Rashad, supimos que sería nuestro fin...
Rashad...
-¿Quiénes son sus amigos? ¿Estás segura de que...?
-¡Levántense...! -esa voz que ya recordaba, ensordeció todo el lugar.
Todas las mujeres, excluyéndome, se levantaron con prisa, mientras aquella rubia musculosa, iba caminando como si estuviera haciendo una inspección.
Tomé mis rodillas, y bajé más mi vestido para tapar mis pies haciendo caso omiso a su instrucción.
Séfora me abrió los ojos como preguntándome ¿Qué estaba haciendo? Pero yo no iba a seguir las mismas órdenes del demonio.
Detallé la sonrisa de aquella mujer rubia, y en cuanto llegó al frente de mi celda, ella entró y se agachó con diversión en su rostro, y luego negó.
-Todas ustedes... -dijo como si hablara con las demás, pero no dejó de mirarme en ningún momento. Incluso siquiera parpadeó-. Todas... deben irse preparando. Ya saben que deben ganarse las mejores comidas, baños... incluso tratamientos de belleza que nuestro soberano les brindará... se los digo de nuevo, porque tenemos una nueva en el lugar.
No pudo evitar mirarla con repulsión, pero cuando giré hacia las demás mujeres, no pude creer que ellas estaban maravilladas por la noticia.
Era el colmo.
-Hoy irán al río...
Un suspiro de alivio resonó en el lugar por parte de las mujeres y luego esa guerrera, pateó mi bandeja.
-Espero que comas, porque... hay un lugar peor que este al que no querrás ir...
La mujer se giró, cerró la celda y desapareció del lugar, y en cuanto su voz no estuvo presente, pude ver que las mujeres sonrieron unas con otras y se sentaron a hablar nuevamente en susurro.
-Tenemos más de quince días sin bañarnos... -escuché que Séfora dijo mirando mi bandeja y algunos alimentos tirados fuera de ella.
-Que bondad la de este rey... un baño cada quince días...
Séfora se sentó a mi lado haciendo caso omiso a mi ironía, y tomó un pan al que le sacudió un poco de tierra.
-El rey de mi propio país ni siquiera se preocupaba por darnos comida... violaba a cualquier mujer que le gustaba, y destruía familias enteras solo porque, quería algún pedazo de tierra... nada me sorprende, y, tener una oportunidad con Rashad... es darle una oportunidad a mi familia también.
-¿Qué? -mi boca no podía cerrarse ante la impresión.
¿Qué clase de pensamiento había sido inculcado en estas mujeres?, entonces inmediatamente una pregunta se gestó en mi cabeza.
-¿Cuánto tiempo tienes aquí?
Séfora dejó de masticar, y luego hizo como si estuviera pensándolo.
-Creo que... dos años o tres... no lo recuerdo ahora.
Mi boca se secó al instante.
¿Cómo era posible?
-No te preocupes... en cualquier momento seré elegida... pondré más interés esta vez.
Aunque tuve miedo de su respuesta, pregunté.
-¿Elegida para qué?
-Para estar una noche en sus aposentos reales... después de esto, todas saben que compensa a su familia, y las honra dejándolas vivir en este país, como todos los pertenecientes de Babel... como si pasara a ser un ciudadano más.
Mis labios vibraron porque cuanto más tiempo pasaba, más preguntas se arremolinaban en mi cabeza.
Después de unos minutos en silencio, dos mujeres que tenía un vestido limpio y precioso, entraron de un momento a las celdas para dar un anuncio.
-Vamos al río... ya saben cómo deben comportarse...
Cuando abrieron las celdas, todas salieron de forma obediente, y yo me puse de pie pegándome a la pared.
-Tú también...
Negué rápidamente, pero una mano tomó mi brazo haciendo que girara.
-Es solo un baño, estaremos solas... ven, lo necesitas -Séfora me susurró cerca de mi oído, y en unos minutos, me encontré caminando en una fila.
Pude notar que las celdas estaban alejadas de la muchedumbre, porque en pocos minutos estábamos en un caudal limpio que emocionó a las demás.
Quizás Séfora tenía razón, era solo un baño, y en cuanto arrimé mi pie a la orilla del agua con los brazos cruzados para comprobar la temperatura, mi pie quedó totalmente estático al sentir una presencia extraña.
Mis ojos se fueron por si solos a mi espalda, y solo pude dar un trago largo, cuando vi a ese hombre de pie a lo lejos, junto con esa mujer rubia, que parecía estar dándole una larga información...