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Recetas Robadas, Amor Traicionado

Recetas Robadas, Amor Traicionado

Autor: : Leeland Lizardo
Género: Romance
El aire del hospital apestaba a desinfectante y a muerte, una mezcla que se me había metido hasta los huesos. Postrada en esa cama, los días y las noches se confundían. En la tele, siempre encendida, hablaban de Ricardo Vargas, el nuevo genio culinario de México, a punto de ganar "Sabor de México". Mi restaurante, "Alma", el sueño de mi vida, estaba en ruinas, a medias de construir y con deudas que me aplastaban. Todo por él, por Marco. La puerta se abrió y entró mi prometido, pero no venía solo; a su lado, con una sonrisa de suficiencia, caminaba Ricardo Vargas. Verlos juntos fue como si me echaran sal en una herida abierta. "Sofía, ¿cómo sigues?", preguntó Marco, con una formalidad vacía. Ricardo ni siquiera disimuló su desprecio. "Marco, no sé para qué venimos a verla, solo es una pérdida de tiempo. Tenemos que celebrar nuestro éxito". Mi éxito, el que me robaron. "Marco", susurré, la voz apenas un hilo, "mis recetas... el libro de mi abuela... ¿dónde está?". Él desvió la mirada. "Sofía, ¿de qué hablas? Estás delirando por la fiebre". "¡No estoy delirando!", insistí, intentando incorporarme. Ricardo soltó una carcajada. "Ah, ¿hablas de ese viejo cuaderno lleno de garabatos? Fue la inspiración perfecta para mis nuevos platillos". Sentí que el mundo se me venía encima; Marco, el hombre que amaba, se había aliado con mi mayor rival para destruirme. No solo me robó mi dinero y mi futuro, sino el legado de mi familia. "¿Por qué?", logré preguntar, las lágrimas mezclándose con el sudor frío. Él se encogió de hombros con una frialdad que me heló el alma. "Ricardo me ofreció más de lo que tú jamás podrías darme, Sofía. Fama, dinero... yo no nací para estar atado a una cocinera con delirios de grandeza". El monitor a mi lado empezó a pitar de forma errática. Mi cuerpo, ya debilitado, estaba llegando a su límite. "Bueno, nosotros nos vamos", dijo Ricardo, tirando del brazo de Marco. Se fueron, dejándome sola con el eco de sus risas y el sonido agudo de la máquina. Miré el tubo de oxígeno. No tenía nada. Con la poca fuerza que me quedaba, me arranqué la mascarilla de oxígeno. El pitido del monitor se volvió un chillido ensordecedor. Cerré los ojos, deseando solo una cosa: "Si tuviera otra oportunidad...". De repente, una luz brillante me cegó. El aire volvió a mis pulmones con una bocanada brusca y dolorosa. Abrí los ojos de golpe. No estaba en el hospital. Estaba en mi apartamento, el sol de la mañana entraba por la ventana. Miré mis manos, llenas de vida. Un calendario en la pared marcó la fecha: un año atrás. El día en que Marco y yo íbamos a firmar el préstamo final para el restaurante. El día en que mi infierno comenzó. Había vuelto. Una risa amarga escapó de mis labios. No era un sueño. Me habían dado una segunda oportunidad, y esta vez, no la iba a desperdiciar. Me levanté, llena de una determinación que no sentía desde hacía mucho tiempo. "¿Sofía? ¿Ya estás lista? Se nos hace tarde para ir al banco", la voz de Marco sonó desde la sala. Salí del cuarto y lo vi, sonriendo como si nada. "No vamos a ir al banco, Marco", anuncié con calma. "¿Qué? ¿De qué hablas?". "Nuestro sueño se acabó", respondí. "Voy a la oficina del registro civil. Voy a pedir el divorcio".

Introducción

El aire del hospital apestaba a desinfectante y a muerte, una mezcla que se me había metido hasta los huesos.

Postrada en esa cama, los días y las noches se confundían.

En la tele, siempre encendida, hablaban de Ricardo Vargas, el nuevo genio culinario de México, a punto de ganar "Sabor de México".

Mi restaurante, "Alma", el sueño de mi vida, estaba en ruinas, a medias de construir y con deudas que me aplastaban.

Todo por él, por Marco.

La puerta se abrió y entró mi prometido, pero no venía solo; a su lado, con una sonrisa de suficiencia, caminaba Ricardo Vargas.

Verlos juntos fue como si me echaran sal en una herida abierta.

"Sofía, ¿cómo sigues?", preguntó Marco, con una formalidad vacía.

Ricardo ni siquiera disimuló su desprecio.

"Marco, no sé para qué venimos a verla, solo es una pérdida de tiempo. Tenemos que celebrar nuestro éxito".

Mi éxito, el que me robaron.

"Marco", susurré, la voz apenas un hilo, "mis recetas... el libro de mi abuela... ¿dónde está?".

Él desvió la mirada.

"Sofía, ¿de qué hablas? Estás delirando por la fiebre".

"¡No estoy delirando!", insistí, intentando incorporarme.

Ricardo soltó una carcajada.

"Ah, ¿hablas de ese viejo cuaderno lleno de garabatos? Fue la inspiración perfecta para mis nuevos platillos".

Sentí que el mundo se me venía encima; Marco, el hombre que amaba, se había aliado con mi mayor rival para destruirme.

No solo me robó mi dinero y mi futuro, sino el legado de mi familia.

"¿Por qué?", logré preguntar, las lágrimas mezclándose con el sudor frío.

Él se encogió de hombros con una frialdad que me heló el alma.

"Ricardo me ofreció más de lo que tú jamás podrías darme, Sofía. Fama, dinero... yo no nací para estar atado a una cocinera con delirios de grandeza".

El monitor a mi lado empezó a pitar de forma errática. Mi cuerpo, ya debilitado, estaba llegando a su límite.

"Bueno, nosotros nos vamos", dijo Ricardo, tirando del brazo de Marco.

Se fueron, dejándome sola con el eco de sus risas y el sonido agudo de la máquina.

Miré el tubo de oxígeno.

No tenía nada.

Con la poca fuerza que me quedaba, me arranqué la mascarilla de oxígeno.

El pitido del monitor se volvió un chillido ensordecedor.

Cerré los ojos, deseando solo una cosa: "Si tuviera otra oportunidad...".

De repente, una luz brillante me cegó.

El aire volvió a mis pulmones con una bocanada brusca y dolorosa.

Abrí los ojos de golpe.

No estaba en el hospital.

Estaba en mi apartamento, el sol de la mañana entraba por la ventana.

Miré mis manos, llenas de vida.

Un calendario en la pared marcó la fecha: un año atrás.

El día en que Marco y yo íbamos a firmar el préstamo final para el restaurante.

El día en que mi infierno comenzó.

Había vuelto.

Una risa amarga escapó de mis labios.

No era un sueño.

Me habían dado una segunda oportunidad, y esta vez, no la iba a desperdiciar.

Me levanté, llena de una determinación que no sentía desde hacía mucho tiempo.

"¿Sofía? ¿Ya estás lista? Se nos hace tarde para ir al banco", la voz de Marco sonó desde la sala.

Salí del cuarto y lo vi, sonriendo como si nada.

"No vamos a ir al banco, Marco", anuncié con calma.

"¿Qué? ¿De qué hablas?".

"Nuestro sueño se acabó", respondí.

"Voy a la oficina del registro civil. Voy a pedir el divorcio".

Capítulo 1

El aire del hospital olía a desinfectante y a muerte, una mezcla que se me había metido en los huesos. Llevaba tanto tiempo postrada en esta cama que ya no distinguía los días de las noches. La televisión en la esquina, siempre encendida, hablaba de un chef llamado Ricardo Vargas, el nuevo genio culinario de México, el hombre que estaba a punto de ganar el concurso "Sabor de México".

Mi restaurante, "Alma", el sueño de mi vida, estaba en ruinas, a medio construir y con deudas que me aplastaban. Y todo por él. Por Marco.

La puerta se abrió y entró él, mi prometido. No venía solo. A su lado, con una sonrisa de suficiencia, caminaba Ricardo Vargas. Verlos juntos fue como si me echaran sal en una herida abierta.

"Sofía, ¿cómo sigues?", preguntó Marco, pero su voz no tenía ni una pizca de preocupación, era solo una formalidad vacía.

Ricardo ni siquiera se molestó en fingir, su mirada era de puro desprecio. "Marco, no sé para qué venimos a verla, solo es una pérdida de tiempo. Tenemos que celebrar nuestro éxito".

Mi éxito. El que me robaron.

"Marco", susurré, la voz apenas un hilo, "las recetas... mi libro de recetas... ¿dónde está?".

Marco desvió la mirada, incómodo. "Sofía, de qué hablas. Estás delirando por la fiebre".

"No estoy delirando", insistí, tratando de incorporarme, pero el dolor me lo impidió. "El libro de mi abuela, el que tenía las recetas de mi bisabuelo... tú lo tomaste".

Ricardo soltó una carcajada. "Ah, ¿hablas de ese viejo cuaderno lleno de garabatos? Fue la inspiración perfecta para mis nuevos platillos. Deberías agradecerme, Sofía, le di un buen uso a esas antigüedades".

Sentí que el mundo se me venía encima. La traición era tan clara, tan descarada. Marco, el hombre que amaba, se había aliado con mi mayor rival para destruirme. Me robó no solo mi dinero y mi futuro, sino el legado de mi familia.

"¿Por qué?", logré preguntar, las lágrimas mezclándose con el sudor frío en mi frente. "¿Por qué, Marco?".

Él se encogió de hombros, con una frialdad que me heló el alma. "Ricardo me ofreció más de lo que tú jamás podrías darme, Sofía. Fama, dinero... yo no nací para estar atado a una cocinera con delirios de grandeza".

Esas palabras fueron el golpe final. Mi familia me había dado la espalda, decían que mi ambición era una vergüenza. Me endeudé hasta el cuello por nuestro restaurante, un sueño que creía compartido. Y ahora, el hombre por el que lo sacrifiqué todo me confesaba su traición sin el menor remordimiento.

El monitor a mi lado empezó a pitar de forma errática. Mi cuerpo, ya debilitado por la desnutrición y el estrés, estaba llegando a su límite.

"Bueno, nosotros nos vamos", dijo Ricardo, tirando del brazo de Marco. "Tenemos una victoria que celebrar. Que te recuperes... o no".

Se fueron, dejándome sola con el eco de sus risas y el sonido agudo de la máquina. Miré el tubo de oxígeno que me mantenía con vida, un hilo frágil que me unía a este mundo de dolor y traición. Ya no tenía nada. Ni restaurante, ni amor, ni familia, ni siquiera el legado de mi bisabuelo.

Con la poca fuerza que me quedaba, estiré la mano y me arranqué la mascarilla de oxígeno. El pitido del monitor se volvió un chillido constante y ensordecedor. Cerré los ojos, deseando solo una cosa antes de que todo se volviera negro.

Si tuviera otra oportunidad...

De repente, una luz brillante me cegó. Sentí como si me estuvieran jalando a través de un túnel a una velocidad increíble. El aire volvió a mis pulmones con una bocanada brusca y dolorosa.

Abrí los ojos de golpe. No estaba en el hospital. Estaba en mi apartamento, el sol de la mañana entraba por la ventana. Miré mis manos, no estaban pálidas y huesudas, sino llenas de vida. Me toqué la cara, el cuerpo... estaba sana.

Un calendario en la pared llamó mi atención. La fecha marcada en un círculo rojo era de un año atrás. Era el día en que Marco y yo íbamos a firmar el préstamo final para el restaurante. El día en que mi infierno comenzó.

Había vuelto.

Una risa amarga escapó de mis labios. No era un sueño, no era una alucinación. Me habían dado una segunda oportunidad. Y esta vez, no la iba a desperdiciar.

Me levanté de la cama, llena de una determinación que no sentía desde hacía mucho tiempo. Me vestí con rapidez. No iba a ir al banco. Iba a ir a otro lugar.

"¿Sofía? ¿Ya estás lista? Se nos hace tarde para ir al banco", la voz de Marco sonó desde la sala.

Salí del cuarto y lo vi, sentado en el sofá, sonriendo como si nada. La misma sonrisa que me había engañado, la misma que escondía al traidor. Por un segundo, el odio me cegó, pero lo reprimí. La venganza es un plato que se sirve frío.

"No vamos a ir al banco, Marco", dije con una calma que lo sorprendió.

"¿Qué? ¿De qué hablas? Hoy es el gran día, mi amor. El día que empezamos a construir nuestro sueño".

"Nuestro sueño se acabó", respondí, caminando hacia la puerta. "Voy a la oficina del registro civil. Voy a pedir el divorcio".

Marco se quedó boquiabierto, su cara era un poema. "¿Divorcio? ¡Pero si ni siquiera nos hemos casado! Sofía, ¿te sientes bien? ¿Es por los nervios?".

Sus palabras me recordaron la imagen que todos tenían de mí: la Sofía ingenua, la prometida perfecta y devota que lo seguía a todas partes. La mujer que había dejado su prometedora carrera en un restaurante de lujo para seguir el "sueño" de Marco.

"Me siento perfectamente bien", afirmé, mirándolo directamente a los ojos. "¿Recuerdas el acuerdo prenupcial que firmamos? El que decía que si la relación terminaba antes del matrimonio, todos los bienes se dividirían y las deudas conjuntas se anularían? Pienso hacerlo válido. Hoy".

En mi vida pasada, él me había convencido de romper ese acuerdo para poder pedir un préstamo más grande, poniéndolo todo a mi nombre. Me dijo que era una prueba de amor y confianza. Fui una tonta.

Recordé cada sacrificio: vender el coche que me regaló mi abuela, usar todos mis ahorros, pedir préstamos a amigos que ahora no me dirigían la palabra. Todo para un restaurante que él ya planeaba entregarle a Ricardo.

"Sofía, esto es una locura", dijo, levantándose y tratando de acercarse. "Hablemos, por favor. No puedes tomar una decisión así de la nada".

"No es de la nada, Marco. Es una decisión que debí tomar hace mucho tiempo". Abrí la puerta. "Tengo prisa. La oficina cierra en dos horas".

Lo dejé ahí, paralizado en medio de la sala. Caminé por la calle sintiendo el sol en mi cara. Estaba viva y tenía una segunda oportunidad. Esta vez, "El Jaguar Dorado" no sería olvidado. Y Sofía Reyes no sería la víctima. Sería la luchadora que estaba destinada a ser.

Capítulo 2

Mientras caminaba hacia el registro civil, los recuerdos de mi vida pasada me asaltaban como fantasmas. Recordé pequeños detalles que en su momento ignoré. La forma en que Marco siempre defendía a Ricardo cuando yo me quejaba de su arrogancia en el circuito de chefs. Las llamadas misteriosas que terminaban abruptamente cuando yo entraba en la habitación. El nuevo reloj caro que Marco llevaba, diciendo que había sido un "regalo de un cliente agradecido", un reloj que casualmente era del mismo modelo que Ricardo presumía en sus redes sociales.

Todo había estado frente a mí, pero estaba demasiado ciega por el amor para verlo. La rabia hervía dentro de mí, pero la controlé. La Sofía de antes habría corrido a enfrentarlo, a gritarle, a hacer una escena. La Sofía de ahora sabía que el silencio y la estrategia eran armas mucho más poderosas.

Cuando llegué a la oficina, la fila era larga. Mientras esperaba, mi teléfono sonó. Era Marco. Lo ignoré. Volvió a sonar. Y otra vez. Finalmente, contesté.

"Sofía, por el amor de Dios, ¿dónde estás? Vuelve a casa, tenemos que hablar", su voz sonaba desesperada.

"Estoy ocupada, Marco. Te dije a dónde iba".

"¡Esto es ridículo! ¡No puedes estar hablando en serio! ¡Nuestros amigos, nuestras familias! ¿Qué les vamos a decir?".

"Diles la verdad, si te atreves", respondí fríamente y colgué.

Justo en ese momento, escuché una voz familiar a mis espaldas. "¡Marco! ¡Qué sorpresa encontrarte por aquí!".

Me di la vuelta. Era Ricardo, sonriendo de oreja a oreja. Marco, que al parecer me había seguido, estaba a unos metros de él. Al escuchar su nombre, Marco se sobresaltó y casi se tropieza. Ricardo, al verme, cambió su expresión por una de falsa sorpresa.

"¡Sofía! Tú también por aquí. Qué coincidencia", dijo, aunque sus ojos decían otra cosa.

En mi vida anterior, este encuentro habría sido una catástrofe. Habría gritado, acusado, llorado. Pero ahora, simplemente sonreí. Una sonrisa tranquila, casi amable.

"Ricardo, qué gusto verte", dije con calma. "Marco y yo solo veníamos a arreglar unos papeles".

Marco me miró, confundido por mi serenidad. Ricardo entrecerró los ojos, tratando de descifrar mi juego.

"¿Papeles? ¿Qué tipo de papeles?", preguntó Ricardo, con una curiosidad mal disimulada.

Antes de que Marco pudiera inventar una excusa, yo respondí por él. "Oh, cosas de pareja. Ya sabes, planeando el futuro". Mentí con una facilidad que me sorprendió a mí misma. "De hecho, qué bueno que te encuentro. Marco me ha contado que has tenido problemas para encontrar un buen lugar donde vivir desde que llegaste a la ciudad".

Ricardo se tensó. "¿Marco te contó eso?".

"Claro", continué, mi sonrisa nunca flaqueó. "Somos casi familia, ¿no? Estaba pensando, nuestro apartamento es bastante grande. ¿Por qué no te mudas con nosotros temporalmente? Así ahorras en la renta y Marco y tú pueden pasar más tiempo juntos. Sé lo mucho que valoran su... amistad".

El silencio que siguió fue delicioso. Marco me miraba como si me hubiera vuelto loca. Ricardo estaba pálido, sin saber qué decir. Los había arrinconado con mi amabilidad.

Marco, recuperándose del shock, forzó una risa nerviosa. "¡Mi amor, qué generosa eres! Pero no creo que debamos molestar a Ricardo...".

"No es ninguna molestia", lo interrumpí. "De hecho, insisto. Ricardo, te ayudaría mucho a establecerte, y a mí me encantaría tenerte cerca. Podríamos intercambiar ideas culinarias". La ironía en mis palabras era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo, pero solo yo la sentía.

Ricardo, atrapado, no tuvo más remedio que aceptar con una sonrisa forzada. "Bueno, si no es molestia... te lo agradezco, Sofía. Eres muy amable".

"No hay de qué", dije. Luego me volví hacia Marco. "Cariño, se hace tarde y la fila avanza. ¿Por qué no vas adelantando el coche? Yo terminaré aquí y los alcanzo".

Marco, desesperado por salir de esa situación incómoda, asintió rápidamente. "Claro, sí, buena idea. Los espero afuera". Y prácticamente huyó.

Ricardo se quedó a mi lado, observándome. "No sabía que eras tan... comprensiva, Sofía".

"La gente cambia, Ricardo. O quizás, simplemente aprenden a ver las cosas como realmente son". Le guiñé un ojo y me di la vuelta para seguir en la fila, dejándolo con mis palabras en el aire.

Sabía que mi invitación los había descolocado. Creían que yo era una tonta enamorada y fácil de manipular. Pero ahora, el juego había cambiado. Al tener a Ricardo bajo mi techo, tendría el control. Podría observar cada uno de sus movimientos, reunir pruebas y preparar mi siguiente jugada.

Mi vida anterior me había enseñado una lección muy dura: nunca pelees una guerra que no estás preparada para ganar. Y esta vez, yo iba a construir mi arsenal pieza por pieza, sonrisa a sonrisa, hasta que estuviera lista para el golpe final. La Sofía que lloraba y suplicaba estaba muerta. La que quedaba era una estratega. Y estaba lista para jugar.

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