Capítulo 1
(Narrador omnisciente)
En un día primaveral teñido de promesas, Ana, una joven de origen humilde, camarera incansable en un café de barrio, terminaba su doble turno. Sus pasos cansados resonaban con la urgencia de cubrir el alquiler, una sombra constante en su vida. Absorta en sus cálculos, cruzó la calle sin registrar el rugido del tráfico. Un instante después, el bramido de una bocina y el chirrido estridente de neumáticos rasgaron el aire, pero ya era demasiado tarde. Sintió el golpe brutal, la oscuridad que se cernía sobre ella como una manta helada.
Lo último que percibió fue la frialdad implacable del asfalto bajo su cuerpo. En su mente, un último pensamiento, un anhelo desesperado: encontrar el amor de una familia, un hogar cálido, en la otra vida.
Con este deseo como faro, Ana abandonó su existencia, ignorante del destino insólito que le aguardaba.
En una estancia suntuosa, donde el lujo era un lenguaje silencioso, una joven de belleza etérea, con cabellos del color de la luna, dormía plácidamente entre sábanas de seda pura. El aroma de las rosas y la lavanda flotaba en el aire, creando una atmósfera de ensueño.
Al despertar, la joven sintió una diferencia sutil, pero innegable. Su lecho era más confortable, más mullido que cualquier cama que hubiera conocido. Una sensación extraña, casi irreal, la invadió.
En ese instante, una muchacha de su misma edad, con rostro amable y ojos vivaces, entró en la habitación. Era Clara, la doncella personal de Valeria Delacroix, la heredera del duque Maximiliano Delacroix, el hombre más temido del Imperio de la Rosa. Su nombre resonaba con poder y peligro.
Clara llevaba una fuente de porcelana con agua fresca, destinada a aliviar la fiebre de su señorita. La noche anterior, durante una visita al palacio, Valeria había caído al lago en circunstancias misteriosas. Un accidente, según decían, pero las sombras susurraban otras verdades.
De no ser por la oportuna presencia del segundo príncipe, Damián, quien casualmente pasaba por los alrededores, el incidente podría haber terminado en tragedia. Un héroe fortuito, o quizás, un jugador más en el tablero del destino.
Al acercarse a su señorita, Clara notó un ligero movimiento, un indicio de que despertaba. Con voz suave, casi un susurro, le dirigió la palabra:
-¿Señorita? ¿Cómo se siente? ¿Puede oírme?
La joven, aún atrapada en las brumas del sueño, murmuró:
-Cinco minutos más... Es muy temprano...
Tras pronunciar estas palabras, sus ojos se abrieron de golpe, la conciencia golpeándola como una ola. Ana vivía sola, en un pequeño apartamento lleno de sueños rotos y facturas impagas. No reconocía la voz, ni la habitación, ni el lujo que la rodeaba.
Se incorporó de un salto, el pánico atenazándole el corazón. Aturdida, lanzó una serie de preguntas, cada una más desesperada que la anterior:
-¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? ¡Esta no es mi casa!
La joven, abrumada por la avalancha de interrogantes, titubeó antes de responder. Sus ojos reflejaban confusión y temor.
-Tranquilícese, señorita Delacroix. Soy Clara, su doncella personal. Nos encontramos en el Ducado Delacroix. ¿Se encuentra bien? ¿Desea que llame a un médico? Tal vez se golpeó la cabeza al caer al lago, lo que explicaría su desorientación.
Ana se quedó sin aliento al oír las palabras "Ducado Delacroix". Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Era el mismo nombre, el mismo lugar maldito, del hogar de la antagonista de su novela predilecta: "Un amor para siempre". La ironía la golpeó como un latigazo. ¿Acaso el destino se burlaba de ella?
En su mente, las escenas del libro se proyectaron con una nitidez dolorosa. Rosalía, la joven humilde e ingenua, hija de un barón arruinado, robándole el corazón al príncipe Diego en su propia fiesta de mayoría de edad. Un flechazo instantáneo, un amor prohibido que desafiaba las convenciones y las alianzas políticas.
El compromiso entre Diego y Valeria había sido sellado antes de nacer, un pacto entre el emperador y el duque Delacroix, dos hombres poderosos unidos por la ambición y la amistad. Pero Diego, rebelde e inconformista, nunca aceptó su destino. Consideraba a Valeria una figura decorativa, una marioneta aburrida e irritante, mimada y consentida por sus padres.
Rosalía, en cambio, era un torbellino de frescura y autenticidad. Su espíritu indomable y su belleza natural cautivaron al príncipe desde el primer instante, encendiendo una llama que Valeria jamás pudo avivar.
La envidia y el resentimiento carcomieron el alma de Valeria. Durante años, había intentado complacer a su prometido, sacrificando su propia identidad en el altar de la obligación. Pero todos sus esfuerzos se desmoronaron con la llegada de Rosalía, la intrusa que amenazaba su futuro y su posición.
Cegada por la envidia, Valeria intentó repetidas veces herir y humillar a Rosalía, pero el príncipe Diego parecía leer sus intenciones como si fueran un libro abierto. Siempre llegaba a tiempo, frustrando sus planes con una precisión exasperante. ¿Acaso poseía algún don sobrenatural? ¿O era simplemente que ella era una pésima villana?
Finalmente, Diego, harto del drama y las intrigas, rompió el compromiso sin una pizca de remordimiento. Una semana después, anunció su inminente matrimonio con Rosalía, sellando el destino de Valeria con un decreto real.
Incapaz de aceptar su derrota, consumida por la humillación y el resentimiento, Valeria tramó un plan desesperado: eliminar a Rosalía de la ecuación para siempre. Intentó envenenarla, pero su torpeza la delató. Fue descubierta y apresada por los soldados reales, su rostro pálido y demacrado reflejando la locura que la consumía.
Presentada ante el emperador, el hombre que la había visto crecer, Valeria fue recibida con una mirada gélida, desprovista de cualquier rastro de afecto. No podía creer que la niña que había correteado por los jardines del palacio fuera capaz de semejante atrocidad.
Durante el juicio, Valeria fue acusada de intento de asesinato y otros crímenes imperdonables. Debido a la larga amistad entre el emperador y el duque Delacroix, se dictó una sentencia indulgente: el exilio perpetuo del imperio. Una medida que no satisfizo al príncipe Diego, pero que se justificó para mantener la alianza militar con el poderoso ducado.
Tras el exilio de Valeria, Diego y Rosalía contrajeron matrimonio, celebrando su amor en una ceremonia fastuosa. Vivieron felices para siempre, ajenos al sufrimiento de la mujer que había intentado destruirlos. Valeria, por su parte, incapaz de soportar la soledad y el peso de sus errores, se quitó la vida un año después de su destierro, poniendo fin a una existencia marcada por la obsesión y la tragedia.
(POV Valeria)
Nunca entendí a la antagonista. Su obsesión la consumió por completo, impidiéndole ver la belleza del mundo que la rodeaba. Padres amorosos, un ducado próspero, personas que se preocupaban genuinamente por ella... ¿Cómo pudo desperdiciar semejante fortuna en una venganza estéril?
Yo, en cambio, soy huérfana. He estado sola toda mi vida, luchando por cada centavo, trabajando sin descanso para ganarme el sustento. No conozco el amor incondicional, ni la seguridad de un hogar. Mi mundo siempre ha sido frío y despiadado.
Ahora, aquí estoy, atrapada en el cuerpo de la villana de una novela romántica barata. No sé cómo sucedió, ni por qué me tocó esta extraña suerte. Pero una cosa es segura: no repetiré los errores de la otra Valeria. No permitiré que la envidia y el resentimiento me consuman.
Cambiaré mi destino. Reescribiré mi historia. Encontraré la felicidad en esta nueva oportunidad, aunque tenga que desafiar al universo entero para conseguirlo.
Pero antes, debo superar el primer obstáculo: convencerlos a todos de que soy Valeria Delacroix, la heredera del ducado, y no una impostora. Una tarea titánica, considerando que no tengo ni idea de cómo actuar como una aristócrata mimada y consentida.
Y, sobre todo... ¿Cómo demonios voy a romper este compromiso? Siendo la villana, cada uno de mis movimientos será analizado con lupa. Cualquier intento de sabotaje será interpretado como una confirmación de mi maldad inherente. ¡Esto será mucho más difícil de lo que imaginaba!
Un suspiro escapó de mis labios. El camino que tenía por delante era empinado y lleno de peligros. Pero no me rendiría. No podía permitirme fracasar. Mi supervivencia dependía de ello.
Capítulo 2
Mientras Valeria se perdía en un laberinto de conjeturas, Clara, visiblemente nerviosa, observaba a su ama. Tras el breve intercambio inicial, Valeria se había sumido en un silencio sepulcral, con la mirada fija en la nada. Más de veinte minutos en un estado catatónico. La preocupación de Clara crecía por segundos.
De pronto, sus ojos se iluminaron al divisar la fuente de agua que había dejado sobre el mueble junto a la puerta. Una idea audaz, casi imprudente, germinó en su mente.
Con determinación, se acercó al mueble, tomó la fuente de porcelana y se aproximó a Valeria con sigilo. Justo cuando se disponía a arrojarle el agua helada para sacarla de su trance, Valeria rompió el silencio con una voz suave, casi cautelosa:
-Disculpa, ¿cómo has dicho que me llamo? Solo para confirmarlo -tras salir de su ensoñación, miró a Clara con curiosidad y añadió-: ¿Qué pretendías hacer?
Clara se paralizó en seco, con la fuente temblorosa en sus manos. Tartamudeando, respondió:
-¡Señorita, al fin! Ya me estaba dando un ataque al corazón. Y... y... iba a refrescarla un poco con agua fresca para despertarla.
Valeria se sorprendió ante la osadía de Clara. ¿Acaso las doncellas de este mundo tenían licencia para cometer tales atrocidades? Antes de que pudiera reprenderla, la joven, presa del pánico, continuó:
-Y respondiendo a su pregunta, usted es Valeria Delacroix, hija del duque Maximiliano Delacroix y la duquesa Elena Delacroix, princesa heredera del Imperio de la Rosa. En verdad, señorita, estoy muy preocupada por usted. Mejor llamo al médico para que la examine y, de paso, aviso a los duques que ya ha despertado.
Antes de que Valeria pudiera articular palabra, Clara salió de la habitación a toda prisa, dejando tras de sí una estela de nerviosismo y preocupación.
Derrotada, no le quedó más que aguardar la llegada del dichoso médico. Mientras tanto, se sentó al borde de la cama, sintiendo el peso del destino sobre sus hombros. Reflexionó sobre sus próximos pasos, intentando trazar un plan en medio de la confusión. Al mismo tiempo, examinaba con detenimiento la habitación, absorbiendo cada detalle del lujoso entorno. De pronto, su mirada se posó sobre un enorme espejo con marco de madera de exquisito diseño, una pieza imponente que dominaba una de las paredes.
Sin dudarlo, se levantó y caminó hacia el espejo, sintiendo una extraña anticipación. Al llegar, quedó atónita ante la imagen que reflejaba. En su vida anterior, no se consideraba fea, pero la belleza de Valeria era de otro mundo, una perfección casi irreal.
Su cabello, de un color plateado brillante con destellos aguamarina, caía en cascadas sobre sus hombros, enmarcando un rostro de delicadas facciones. Sus ojos grises, profundos e intensos, parecían albergar secretos ancestrales. Su figura, esbelta y grácil, prometía enloquecer a cualquier hombre que osara mirarla.
Era una joven sumamente hermosa, de entre dieciséis y diecisiete años, lo que significaba que, de ser ciertas sus sospechas, le quedaba poco tiempo para alterar su destino. En la novela, el compromiso se rompía cuando Valeria cumplía diecisiete años, y a los dieciocho encontraba la muerte, un final trágico que estaba decidida a evitar.
Debía concebir un plan audaz, un esquema infalible para romper ese compromiso antes de que la trama se pusiera en marcha y ella quedara relegada al papel de antagonista, condenada a repetir los errores de su predecesora.
Mientras Valeria seguía absorta en sus reflexiones, las puertas de la habitación se abrieron de golpe, revelando la figura imponente de los duques. Tras el estrépito provocado por la abrupta apertura, lo primero que sintió nuestra protagonista fueron unos brazos fuertes y protectores rodeándola con fervor. Una voz grave, cargada de alivio y preocupación, resonó en sus oídos:
-Hija mía, no sabes el susto que le diste a este pobre viejo. ¡Creímos que te habíamos perdido para siempre!
-Maximiliano, por favor, deja a la niña tranquila, la estás asfixiando -reprochó una voz femenina, suave pero firme.
En ese instante, Valeria sintió cómo el abrazo se aflojaba ligeramente, permitiéndole respirar con mayor facilidad. Aun así, el duque se negaba a soltarla por completo, aferrándose a ella como si temiera que pudiera desvanecerse en cualquier momento.
-Estoy bien, padre. De verdad, me encuentro bien -logró articular, sintiendo una extraña calidez ante la muestra de afecto.
Justo en ese momento, como un salvador oportuno, apareció un caballero de unos sesenta años, ataviado con una impecable bata blanca. Su rostro amable y su porte sereno lo delataban: era el médico.
-Permiso, su excelencia, pero necesito hacer mi trabajo. ¿Me permite revisar a la señorita? -preguntó con cortesía, pero con una firmeza innegable.
-Por supuesto, doctor. Verifique que todo esté en orden, por favor -contestó el duque, cediendo el paso al galeno con cierta reticencia.
Justo en ese momento, como si estuviera esperando el momento oportuno, Clara irrumpió en la habitación, con el rostro pálido y la voz temblorosa:
-Por favor, doctor, compruebe bien la cabeza de mi señorita. No sabe quién es. Cuando despertó, me hizo muchas preguntas raras. Yo creo que se golpeó la cabeza al caer al lago.
Al terminar de hablar, se escuchó el jadeo entrecortado de la duquesa, quien, presa de la angustia, comenzó a llorar desconsoladamente. El duque, con un gesto de ternura, se acercó a abrazarla, rodeándola con sus fuertes brazos mientras le susurraba palabras de consuelo al oído:
-Tranquila, mi amor, todo va a estar bien. Nuestra hija es fuerte, siempre lo ha sido. Saldrá adelante, ya lo verás.
El médico, imperturbable ante la escena familiar, continuó con su laboriosa revisión, examinando a Valeria con minuciosidad y profesionalismo. Finalmente, tras unos minutos que parecieron una eternidad, se apartó con un gesto de satisfacción y, con voz calmada y tranquilizadora, dijo:
-La señorita se encuentra bien, dentro de lo que cabe. Afortunadamente, solo tiene un golpe en la cabeza, pero nada de qué preocuparse. Con reposo y los cuidados adecuados, la inflamación bajará en unos días y todo volverá a la normalidad. Ahora, señorita Valeria, ¿podría decirme qué fue lo que pasó? ¿Recuerda cómo cayó al lago?
Y justo cuando terminó de formular la pregunta, una punzada aguda e intensa atravesó la cabeza de Valeria, haciéndola gemir de dolor. Se llevó las manos a las sienes, intentando aliviar la presión que amenazaba con hacerla estallar.
Al ver su estado, el médico se apresuró a tranquilizarla:
-Está bien, no se esfuerce. No intente forzar los recuerdos, irán llegando solos, poco a poco. ¿Recuerda algo más? ¿Sabe quién es usted?
Capítulo 3
(POV Valeria)
Y justo en ese instante, una chispa de ingenio iluminó mi mente. Después de todo, fingir amnesia no era una idea tan descabellada. Era una oportunidad única para reescribir mi historia, para moldear mi destino a mi antojo. Sin dudarlo, con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas falsas, respondí:
-Lo siento... pero no... no sé quién soy. No recuerdo nada.
Fue suficiente para que los duques me estrecharan entre sus brazos con renovado fervor, inundándome de un calor que nunca antes había experimentado. Con voz serena, intentando calmar su evidente angustia, añadí:
-Perdón... perdón por preocuparlos. No era mi intención hacerlos sentir mal.
Y era cierto, en parte. No quería lastimarlos, pero tampoco podía arriesgarme a que descubrieran que yo no era la verdadera Valeria Delacroix. En cambio, de esta forma, podría justificar mi comportamiento errático y mi repentino cambio de actitud con la conveniente pérdida de memoria.
La duquesa fue la primera en romper el silencio, con la voz entrecortada por la emoción:
-Ya, ya, cariño, no es tu culpa. No te preocupes, con el tiempo irás recuperando todos tus recuerdos. ¿No es así, doctor? -preguntó, dirigiendo una mirada suplicante al médico.
-Sí, sí, por supuesto -respondió el galeno, visiblemente intimidado por la mirada fulminante de la duquesa.
El duque, por su parte, no me soltaba, aferrándose a mí como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento. Finalmente, tras unos segundos que parecieron una eternidad, se decidió a hablar:
-Bueno, no importa, lo importante es que estás con vida y con nosotros. Los recuerdos volverán con el tiempo, y si no es así, crearemos nuevos recuerdos juntos.
No pude contener las lágrimas, y comencé a llorar a mares, aunque, al contrario de lo que pudieran pensar, no eran lágrimas de tristeza o desesperación, sino de una inmensa y abrumadora felicidad. Siempre me había sentido sola, abandonada a mi suerte, y ahora, de repente, me encontraba rodeada de dos personas maravillosas, dispuestas a brindarme su amor incondicional y a protegerme de todo mal. Si la Valeria original no supo apreciar lo que tenía, yo no iba a cometer el mismo error. No iba a desaprovechar esta increíble oportunidad que el destino me había brindado. Siempre anhelé tener una familia, un hogar al que pertenecer, y ahora, por fin, lo tenía. Y los amaría con todo mi corazón, como se merecían.
Una vez que el médico abandonó el ducado, el duque Maximiliano, aún visiblemente afectado por la situación, envió una carta urgente al palacio imperial, informando al emperador sobre el desafortunado accidente y el estado de salud de su hija. No tardó en llegar la misiva al despacho del emperador Fernando, donde se encontraba en compañía de la emperatriz Elena. Tras leer la carta con creciente preocupación, ambos soberanos tomaron una decisión trascendental: prepararían todo lo necesario y partirían de inmediato hacia el ducado Delacroix, acompañados de sus dos hijos, los príncipes Diego y Damián.
Estos, lejos de mostrarse preocupados por la delicada situación de Valeria, se mostraban visiblemente irritados por la repentina interrupción de sus actividades cotidianas. En el fondo, ambos príncipes creían que se trataba de una farsa urdida por la joven para despertar la compasión de sus padres y manipularlos a su antojo.
El segundo príncipe, Damián, no sentía una aversión particular por Valeria, pero tampoco simpatía. A pesar de conocerse desde la infancia, nunca habían sido cercanos, y el día que Valeria cayó al lago solo la salvó por puro deber, como lo habría hecho con cualquier otra persona en peligro.
Por otro lado, el príncipe heredero, Diego, visiblemente molesto por la interrupción de sus importantes asuntos de estado, decidió romper el tenso silencio que se había instalado en el carruaje:
-Padre, ¿de verdad es necesario que vayamos hasta el Ducado Delacroix? ¿Acaso ignora que hoy teníamos una práctica crucial con el general en jefe de la primera división del ejército? Su presencia era indispensable para evaluar el progreso de las tropas.
-Sí, padre -secundó el príncipe Damián, con un tono de voz ligeramente más suave, pero igualmente cargado de fastidio-. ¿Por qué tengo que ir yo? Entiendo que Diego deba asistir, ya que es el prometido de la señorita Delacroix, pero ¿qué tengo que ver yo con todo esto? Mi tiempo es valioso, y preferiría dedicarlo a mis estudios y entrenamientos.
El emperador Fernando, exasperado por la actitud egoísta y las quejas constantes de sus hijos, replicó con voz firme y autoritaria:
-¡Basta ya, hijos malcriados! En primer lugar, no tengo por qué darles explicaciones sobre mis decisiones, pero, ya que muestran tanto interés, les diré que la señorita Delacroix, además de ser la futura emperatriz de este imperio, es mi ahijada, y no puedo permitirme ignorar su sufrimiento ni descuidar su bienestar. En segundo lugar, como bien ha dicho tu hermano, Diego, tú eres su prometido y tienes la obligación moral de estar a su lado en estos momentos difíciles. Y en tercer lugar, pero no menos importante, ¡porque soy su padre y se hace lo que yo digo! Así que, al llegar al ducado, les exijo que cambien esas caras largas y se muestren genuinamente preocupados por la señorita Delacroix. ¿Está claro?
«Sí, padre», respondieron ambos príncipes al unísono, con un tono de voz sumiso y resignado.
Tras esta breve pero intensa reprimenda, el carruaje real volvió a sumirse en un silencio sepulcral, que solo era interrumpido por el ocasional relincho de los caballos y el chirrido de las ruedas sobre el camino empedrado. La tensión en el ambiente era palpable, y ambos príncipes se esforzaron por mantener sus rostros inexpresivos, temerosos de provocar una nueva explosión de ira por parte de su padre. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el carruaje llegó a las imponentes puertas del Ducado Delacroix.
Una vez allí, un heraldo real, vestido con los colores imperiales, anunció a viva voz la llegada de la familia real, lo que provocó una mezcla de sorpresa y nerviosismo tanto en el duque Maximiliano como en la duquesa Renata, quienes no esperaban una visita tan repentina e importante.
Al llegar a la entrada principal de la majestuosa mansión, el carruaje se detuvo por completo, y el primero en descender fue el emperador Fernando, quien, sin perder un instante, corrió a abrazar a su amigo Maximiliano, a quien consideraba un hermano del alma. Con el rostro visiblemente preocupado, el emperador interrogó:
-¿Cómo está ella, Maximiliano? ¿Se encuentra en reposo? ¿Qué ha dicho el médico? ¿Es tan grave la situación como me temo? ¡Traeré a los mejores médicos de todo el imperio para que atiendan a mi ahijada! Sí, eso haré, está decidido. No permitiré que nada malo le suceda.
Al duque Maximiliano le reconfortaba profundamente ver a su amigo genuinamente preocupado por la salud y el bienestar de su hija, pero, consciente de que el emperador podía seguir interrogándolo durante horas, decidió responder con calma y firmeza:
-Tranquilo, Fernando, por favor, tranquilízate. Valeria está bien, dentro de lo que cabe, al menos. El médico no puede asegurar que su estado actual sea permanente, pero confía en que, con el tiempo y los cuidados adecuados, pueda recuperarse por completo. Pero no hablemos de esto aquí, a la intemperie. Les ruego que pasen, Majestad, Príncipe Heredero, Segundo Príncipe. Los invito a entrar a mi humilde hogar.
El duque Maximiliano hizo una reverencia formal, aunque en su corazón anhelaba poder abrazar a su amigo y confidente. A pesar de la cercanía que existía entre ellos, el duque era consciente de la importancia de mantener las formalidades en presencia de la familia real y del resto de la servidumbre.
-Ya, Maximiliano, ¿cuántas veces tengo que repetirte que me llames por mi nombre? Somos amigos desde la infancia, no tienes por qué tratarme como a un emperador en tu propia casa -intervino la emperatriz Elena, con una sonrisa amable y un tono de voz ligeramente reprobatorio.
-Lo sé, Elena, lo sé. Prometo intentarlo, pero a veces las costumbres son difíciles de romper. Por favor, pasen. Mi esposa y mi hija se están preparando para recibirlos, ya saben cómo son las mujeres, siempre preocupadas por la apariencia. Les propongo que pasemos al jardín, donde podrán disfrutar de un poco de aire fresco mientras les pido que nos sirvan un delicioso té y algunos pasteles.
-Claro que sí, Maximiliano, me parece una idea excelente. El jardín de tu ducado siempre ha sido uno de mis lugares favoritos -respondió el emperador Fernando, tomando la mano de su esposa Elena con un gesto cariñoso.
Siguiendo al duque y al emperador, la emperatriz Elena y los príncipes Diego y Damián entraron en la imponente mansión y se dirigieron hacia el exuberante jardín, donde un hermoso quiosco había sido preparado para recibir a los ilustres visitantes. Una mesa elegantemente dispuesta, cubierta con un mantel de encaje y adornada con delicadas flores, ofrecía una selección de tés aromáticos y pasteles exquisitos.
Mientras los atentos sirvientes se dedicaban a servir las tazas de té, la duquesa Renata hizo su entrada triunfal en el jardín, luciendo un elegante y sofisticado vestido de seda azul celeste que realzaba su figura esbelta y su tez pálida. Su cabello castaño, recogido en un moño impecable, dejaba al descubierto unos pendientes de diamantes que brillaban con cada movimiento.
-Saludos, Majestades, saludos, Príncipes -dijo la duquesa con una reverencia suave y una sonrisa forzada.
La emperatriz Elena, conmovida por la tristeza que se reflejaba en el rostro de su amiga, se levantó de su asiento con gracia y se acercó a Renata para tomar sus manos entre las suyas. Con una voz afligida y llena de cariño, preguntó:
-Renata, querida, ¿cómo te encuentras? ¿Cómo está mi niña? Por favor, deja las formalidades de lado, somos casi familia. No tienes que fingir estar bien delante de nosotros.
La duquesa Renata, sintiéndose reconfortada por las palabras sinceras de su mejor amiga, permitió que una leve sonrisa iluminara su rostro.
-Estoy bien, Elena, gracias por preguntar. Y mi niña... bueno, parece estar bien, dentro de lo que cabe. Los médicos dicen que necesita tiempo para recuperarse y que debemos ser pacientes. Tiene que volver a adaptarse a su vida y a su entorno, y ver cómo evoluciona con el paso de los días.
Antes de que la duquesa pudiera añadir algo más con respecto a la salud de su hija, una figura esbelta y elegante apareció en la entrada del jardín, captando la atención de todos los presentes. Era Valeria, la joven de cabellos plateados y ojos azules, que se había convertido en el centro de todas las preocupaciones. Con una voz suave y melodiosa, Valeria saludó a los miembros de la familia real con la mayor cortesía y respeto que pudo reunir:
-Saludos, Majestades, saludos, Príncipes...