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Regreso al Inicio

Regreso al Inicio

Autor: : Silas Page
Género: Romance
Dicen que el destino es circular, pero para Sofía, fue un eco ensordecedor que resonó por veinte años. Después de dos décadas de luto por la supuesta muerte de su esposo Mateo, un viaje al desierto en busca de paz la confrontó con la verdad más cruel: Mateo no solo estaba vivo, sino que la había abandonado por otra mujer, Clara, en una traición meticulosamente planeada. La revelación la destrozó; su dolor de esposa viuda se transformó en una farsa grotesca mientras veía a Mateo proteger a Clara con su vida durante un terremoto, sus últimas palabras desvelaron un arrepentimiento no por su engaño, sino por haberse casado con ella en lugar de esperar a su amante. ¿Cómo era posible que el hombre por el que lo había sacrificado todo revelara tal desprecio en su lecho de muerte? ¿Cómo pudo fingir su muerte y dejarla con un duelo tan desgarrador? Justo cuando el caos la consumía, Sofía despertó veintitrés años, en su cama de recién casados, regresando al principio de su matrimonio, con una segunda oportunidad en sus manos, no para revivir su amor, sino para reescribir su destino y hacer que Mateo pagara por cada lágrima.

Introducción

Dicen que el destino es circular, pero para Sofía, fue un eco ensordecedor que resonó por veinte años.

Después de dos décadas de luto por la supuesta muerte de su esposo Mateo, un viaje al desierto en busca de paz la confrontó con la verdad más cruel: Mateo no solo estaba vivo, sino que la había abandonado por otra mujer, Clara, en una traición meticulosamente planeada.

La revelación la destrozó; su dolor de esposa viuda se transformó en una farsa grotesca mientras veía a Mateo proteger a Clara con su vida durante un terremoto, sus últimas palabras desvelaron un arrepentimiento no por su engaño, sino por haberse casado con ella en lugar de esperar a su amante.

¿Cómo era posible que el hombre por el que lo había sacrificado todo revelara tal desprecio en su lecho de muerte? ¿Cómo pudo fingir su muerte y dejarla con un duelo tan desgarrador?

Justo cuando el caos la consumía, Sofía despertó veintitrés años, en su cama de recién casados, regresando al principio de su matrimonio, con una segunda oportunidad en sus manos, no para revivir su amor, sino para reescribir su destino y hacer que Mateo pagara por cada lágrima.

Capítulo 1

Dicen que el destino es un círculo, que no importa cuánto corras, siempre terminas en el mismo lugar, pero yo creo que es más como un eco, una repetición que se vuelve más débil, o más fuerte, con cada vuelta. La mía había sido un grito silencioso durante veinte años.

Conocí a Mateo a los trece, me casé con él a los veintitrés, y a los veinticinco, él ya no estaba. Un supuesto accidente de autobús interurbano me lo arrebató, o eso fue lo que todos creyeron, lo que yo creí durante demasiado tiempo. Ahora, a mis cuarenta y tres, buscaba paz en el único lugar donde el silencio es absoluto: el desierto. Irónicamente, fue allí donde el eco de mi pasado gritó más fuerte.

El retiro espiritual era un conjunto de cabañas rústicas en medio de la nada, un lugar para meditar y olvidar, pero en el comedor comunal, bajo la luz pálida de un foco, lo vi. El tiempo había marcado su rostro con líneas finas alrededor de los ojos y había plateado sus sienes, pero era él, Mateo, el hombre por el que había llorado dos décadas. Mi corazón se detuvo en seco, el aire se atoró en mis pulmones. No estaba solo.

A su lado, una mujer de aspecto sereno le sonreía, su mano descansaba sobre la de él con una familiaridad que helaba la sangre, era Clara, una ex seguidora del culto al que él se había unido. La verdad me golpeó con la fuerza de un huracán, no fue un accidente, fue una fuga, una traición meticulosamente planeada. Él no había muerto, simplemente me había abandonado por ella, por una vida que no me incluía. Todo mi duelo, todos mis años de viuda, se convirtieron en una farsa grotesca.

Quería gritar, correr hacia él y exigirle una explicación, abofetear esa cara que había envejecido sin mí, pero mis pies estaban clavados al suelo. El dolor era tan agudo, tan físico, que me dobló, sentí el peso de veinte años de mentiras aplastándome. Y entonces, la tierra tembló.

No fue una sacudida suave, fue una convulsión violenta, el suelo se abrió bajo nuestros pies, las vigas del techo crujieron y se partieron. El pánico estalló, la gente gritaba y corría sin rumbo, pero yo solo podía mirar a Mateo. En el caos, su primer y único instinto fue proteger a Clara, la cubrió con su cuerpo mientras una viga de madera se desplomaba sobre ellos. El impacto los aplastó. Corrí hacia ellos, tropezando con los escombros. Mateo me vio, sus ojos nublados por el dolor y el polvo, la vida se le escapaba. Con su último aliento, susurró palabras que se grabaron en mi alma con fuego.

"Te pagué con mi vida lo que te debía", jadeó, tosiendo sangre. "Si pudiera volver, no me habría casado tan joven contigo; habría esperado por ella...".

Su cabeza cayó a un lado, sus ojos quedaron fijos en la nada, el eco de sus palabras resonó en el silencio que siguió al derrumbe, un juicio final que me sentenciaba incluso en su muerte. La oscuridad me envolvió, el peso de la viga, de sus palabras, de mi vida rota, fue demasiado, y me desmayé.

Desperté con el sonido de mi propio nombre, pero no era la voz de un rescatista, era la voz de Mateo, joven y llena de cariño.

"Sofía, amor, ¿estás bien? Te quedaste dormida".

Abrí los ojos, la luz del sol de la mañana se filtraba por la ventana de nuestra habitación, la habitación que compartimos en el primer año de nuestro matrimonio. Estaba en nuestra cama, ilesa, Mateo, de veinticuatro años, me miraba con preocupación, su rostro liso y sin una sola cana. La confusión era un torbellino en mi mente, ¿un sueño? ¿Una alucinación antes de morir? Toqué mi cara, joven, suave, luego miré mis manos, sin las manchas de la edad que habían comenzado a aparecer. El calendario en la mesita de noche confirmaba lo imposible: había vuelto veinte años atrás, al primer año de mi matrimonio.

Capítulo 2

El olor del café recién hecho llenaba el pequeño departamento, un aroma que antes me traía consuelo y que ahora me revolvía el estómago. Mateo tarareaba en la cocina, ajeno al cataclismo que acababa de ocurrir en mi cabeza, para él, era una mañana normal de sábado, para mí, era el primer día del resto de una vida que ya había vivido y que había terminado en tragedia.

"Te preparé el desayuno, dormilona", dijo, entrando en la habitación con una bandeja.

Sobre ella había jugo de naranja, huevos revueltos y un plato con mis pastelillos favoritos, los que él siempre me compraba en la panadería de la esquina. La visión de esos dulces, los mismos que había dejado de comer después de su "muerte" porque el sabor se me hacía a cenizas en la boca, me provocó una náusea repentina.

"No tengo hambre", dije, mi voz sonó más áspera de lo que pretendía.

Mateo frunció el ceño, su expresión era de genuina preocupación. "¿Te sientes mal? Estabas muy pálida cuando despertaste".

Era el Mateo que yo recordaba de esa época: atento, cariñoso, el hombre del que me había enamorado perdidamente. Pero en mi mente se superponía la imagen del hombre de cuarenta y cuatro años, muriendo bajo una viga, confesando que su vida conmigo había sido un error. ¿Cómo podía reconciliar a los dos? ¿Era este joven inocente ya el traidor que llegaría a ser?

"Solo es un dolor de cabeza", mentí, apartando la bandeja. "Creo que necesito un poco de aire".

Me levanté de la cama, mis piernas temblaban ligeramente, me sentía como una extraña en mi propio cuerpo, en mi propia vida. Fui al baño y me miré en el espejo, era yo, con veintitrés años, sin arrugas, con los ojos brillantes, pero por dentro me sentía de cuarenta y tres, cansada y rota.

Intenté confrontarlo, decirle todo, gritarle que sabía lo que haría en el futuro, que sabía de Clara, del culto, de su muerte fingida, pero las palabras se negaron a salir. ¿Cómo podría creerlo? Me tomaría por loca, me encerraría, y yo necesitaba estar lúcida, necesitaba entender por qué el destino me había dado esta segunda, y retorcida, oportunidad.

Esa tarde, teníamos una reunión con amigos en casa de Ricardo, su mejor amigo, y cómplice de sus futuros engaños. Estar en esa sala, rodeada de las mismas caras, escuchando las mismas conversaciones, era surrealista. Yo sonreía y asentía en los momentos adecuados, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, analizando cada gesto de Mateo, cada palabra.

De repente, sus ojos se fijaron en algo o alguien al otro lado de la sala. Su sonrisa se tensó, una extraña mezcla de sorpresa y algo más, algo que no pude descifrar.

"Ahora vuelvo", le dijo a Ricardo, "necesito... tomar un poco de aire".

Usó la misma excusa que yo había usado por la mañana, la coincidencia me erizó la piel. Lo vi caminar hacia la terraza, y mis ojos siguieron su trayectoria, se detuvo frente a una mujer que no reconocí de inmediato, pero cuando se giró ligeramente, mi corazón se congeló. Era Clara, mucho más joven, pero inconfundible. Estaba allí, en nuestra vida, desde el principio.

Mi sospecha inicial, que su traición había comenzado años después, se hizo añicos. Siempre había estado ahí, esperando en las sombras. Me levanté, mis manos temblaban.

"Voy al baño", anuncié a nadie en particular.

Necesitaba saber, necesitaba ver, necesitaba confirmar la amarga verdad que se abría paso en mi interior.

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