Caylee Jenkins acababa de entrar cuando le aventaron un acuerdo de divorcio.
"Firma esto. Lo nuestro se acabó", dijo Brett, en un tono frío y cortante, con los ojos llenos de desprecio.
Esas palabras cayeron como una cachetada sobre la mujer, dejándola sin aliento. Apenas se recompuso, susurró: "¿Por qué?".
"¿En serio no lo entiendes?", inquirió su esposo. Con una carcajada casi cruel, añadió: "Solía creer que eras dulce, incluso pura. Pero mírate, eres tan malvada. Estás tan consumida por los celos que llegaste al punto de destruir la mano de Stacey. ¡¿Cómo pudiste hacer algo así?!", espetó él.
Acto seguido, cerró la distancia entre ellos con pasos firmes. Luego, la sujetó de la barbilla y, obligándola a mirarlo a los ojos, agregó: "La gente que contrataste para causar problemas en el recital ya está tras las rejas. Si no quieres acabar igual, te sugiero que seas inteligente y firmes".
Caylee abrió los labios para negar la acusación, pero una sola mirada a la expresión helada de su marido le bastó para darse cuenta de que no serviría de nada. Él no le creería ni una sola palabra.
Desde el regreso de Stacey Holden, el primer amor de su esposo, hace tres meses, se la había pasado siendo incriminada una y otra vez. Y en cada ocasión, Brett se negó a creerle.
"Está bien. Entonces nos divorciaremos, pero solo respóndeme una cosa. En estos tres años, ¿alguna vez te importé, aunque fuera una vez?", sondeó ella, en un tono tembloroso.
"Nunca".
Esa palabra, limpia y despiadada, cortó profundamente el alma de la chica, quien sintió que todo el aire escapaba de sus pulmones, mientras que un doloroso vacío se extendía por su pecho.
"Entiendo", contestó, bajando las pestañas, para ocultar la grieta en su expresión. Cuando volvió a levantar la mirada, su rostro parecía tranquilo, como si nada se hubiera roto dentro de ella. Sorpresivamente, propuso: "Hace rato surtí la despensa. Compartamos una última cena y llamémosla una comida de despedida".
Brett frunció el ceño. Estaba a punto de rechazarla, pero el enrojecimiento alrededor de los ojos de su esposa lo hizo dudar, y lo llevó a suavizar su postura.
"De acuerdo", respondió.
La concesión apenas había salido de su boca cuando su celular sonó. Al ver el nombre en la pantalla, contestó de inmediato.
"Brett, necesito verte. ¿Puedes venir a Grupo Griffiths?", dijo una voz dulce y empalagosa, en un tono lo suficientemente alto para que Caylee escuchara cada palabra.
Esta última sintió el corazón apesadumbrado al ver que su marido se derretía. Luego, lo escuchó hablar en un tono gentil, que nunca había reservado para ella.
"Por supuesto. Iré enseguida. Espérame".
Caylee perdió el brillo de sus ojos. Ahora comprendía a la perfección la línea entre ser amada y ser ignorada. Cuando su cónyuge se dio vuelta para irse, ella instintivamente lo agarró del brazo.
"Ya basta", soltó él, sin vacilar.
Caylee se quedó inmóvil, observando cómo su esposo desaparecía de su vista. Las lágrimas que había estado conteniendo por fin afloraron, cruzando su rostro. Ella se llevó una mano al pecho, como si con eso pudiera aliviar el dolor punzante en su interior.
Hacía tres años, había tenido un accidente de auto. Brett, por pura casualidad, pasaba por allí y la sacó de los fierros. Desde entonces, lo veía como su salvador.
Al mismo tiempo, a él lo presionaba su familia para que se casara, así que se acercó a Caylee y le hizo una propuesta. Ella no dudó y dijo que sí sin pensarlo dos veces.
Su relación siempre había sido cordial, casi fría. El hombre mantenía su distancia y nunca cruzaba la línea de la cercanía, pero para la chica, mantenerse a su lado era más que suficiente. O al menos lo fue hasta hace tres meses, cuando regresó Stacey.
El silencio en la sala se rompió cuando el celular de Caylee vibró bruscamente.
La joven sintió que el corazón le daba un vuelco, pues imaginó que podría ser su esposo intentando contactarla. Sin embargo, en la pantalla aparecía un número desconocido. Entonces, le llegaron varias fotos: Stacey en los brazos de Brett, sonriendo y aferrándose a él, como si nadie más perteneciera allí.
Poco después, recibió un mensaje que decía: "Brett siempre me ha amado. Deja de hacer el ridículo aferrándote a él".
Caylee apretó con más fuerza su celular. Esas imágenes se grabaron en su mente, y fueron el equivalente a cuchillas cercenando sus huesos.
No era de la clase de personas que suplicaba, así que si Brett no la amaba, no tenía ningún motivo para aferrarse a él. Con decisión, agarró una pluma y escribió su nombre en los papeles de divorcio, sin que le temblara la mano.
Justo después, encendió su laptop. Movió rápidamente sus dedos sobre el teclado, y abrió un sitio oculto. Inició sesión, hizo clic en un ícono familiar y escribió: "Quiero cada pieza de evidencia del incidente del recital donde Stacey afirmó que resultó herida".
"¡Estoy en eso!", respondió alguien, casi de inmediato. Segundos después, la misma persona añadió: "¡Jefa! ¡Por fin volviste a conectarte! Han pasado tres años. ¡Te he extrañado muchísimo! ¿Esto significa que volveremos a aceptar trabajos?".
"Sí", respondió la otra.
Antes de que llegara una avalancha de mensajes, cerró su sesión.
Caylee no se tardó mucho en empacar. De la caja fuerte, sacó una máscara única y pasó los dedos por su forma. Una vez la había sostenido en el lugar del accidente, pensando que pertenecía a Brett, atando su destino al de él.
De hecho, se había imaginado toda una vida a su lado, pero ahora veía claramente que ese hombre no la quería.
En los últimos tres años, le había pagado lo que le debía. Y ahora que su deuda estaba saldada, era momento de regresar a su antigua vida.
Dejó caer la máscara en la basura. Como había decidido dejarlo ir, tenía que deshacerse de todo: del hombre, los recuerdos, e incluso cualquier objeto que lo evocara. Todo tenía que irse.
"¿Qué acabas de decir?", preguntó Brett, en un tono cortante y helado. Momentos después, se sentó en su escritorio, con los ojos fijos en el informe sobre el recital de Stacey que su asistente acababa de enviarle. Endureciendo su mirada, inquirió: "¿Me estás diciendo que esos dos no están relacionados con Caylee?".
Si su exesposa no estaba detrás del incidente, ¿por qué no se había defendido? ¿Por qué se había quedado callada?
Neal Saunders, su asistente, escogió con cuidado sus palabras y dijo en un tono bajo: "Por ahora, no hemos encontrado ninguna prueba que vincule a la señora Griffiths con ellos".
"¡Sigue investigando! ¡Tiene que haber alguna forma de que todo apunte hacia ella!", estalló el patrón, metiéndole un puñetazo a su escritorio.
En su mente, no había otra posibilidad. Stacey era amable, gentil e incapaz de provocar conflictos. Apenas llevaba tres meses en el país, así que ni siquiera había tenido tiempo para hacerse de enemigos.
La responsable tenía que ser Caylee, enloquecida por los celos. No había forma de que se hubiera equivocado en su juicio. ¡Era imposible!
En ese momento, le hervía la sangre. Cerrando su laptop con un fuerte chasquido, preguntó: "¿Y qué hay de Mateo Walsh? ¿Todavía no hay noticias de él?".
El Grupo Walsh era uno de sus socios principales y acababan de cerrar un acuerdo importante. Sin embargo, justo cuando estaban por concluir las formalidades, Mateo, el heredero de la familia, había enmudecido repentinamente.
"Ese acuerdo estaba originalmente bajo la dirección de la señora Griffiths. Desde que usted la apartó hace dos días, Mateo no ha respondido en absoluto", le recordó Neal, en un tono cauteloso.
Brett tensó la mandíbula, pues otra vez era culpa de su exesposa. De alguna manera, siempre estaba involucrada en cualquier problema que enfrentara.
"Sigue presionándolo", gruñó. "No me creo que el trato no se pueda cerrar sin ella".
Apenas había terminado de hablar, cuando la puerta de su oficina se abrió y Stacey entró, con movimientos tranquilos, haciendo gala de su habitual presencia grácil.
"Brett, te traigo buenas noticias", dijo en voz baja la recién llegada.
Neal, dándose cuenta de que sobraba, se excusó rápidamente y los dejó a solas.
Brett sintió que parte de su ira se esfumaba mientras abrazaba a Stacey y le pedía con dulzura: "Dime".
"Escuché sobre tus preocupaciones con el proyecto de los Walsh. Hace unos días, la madre de Mateo me dijo que él ha estado buscando por todas partes al curandero Céfiro para que trate a su abuelo. Y resulta que yo lo conozco. Si vamos juntos, tendrás la excusa perfecta para hablar con tu socio", dijo ella, en un tono suave y con la dosis exacta de dulzura para calmarlo.
A Brett se le iluminó el rostro. Tras plantarle un beso en la comisura de los labios, le dijo: "Soy el hombre más afortunado por tenerte".
En otra parte de la ciudad, Caylee acababa de instalarse en su nuevo apartamento, cuando su celular vibró. Recibió un nuevo mensaje, que decía: "Jefa, me enteré de tu divorcio. Y la verdad es que el momento no podía ser más perfecto. Hay un trabajo de diez millones de dólares sobre Céfiro. ¿Quieres aceptarlo?".
"No me interesa en este momento", contestó la patrona, con calma.
"Jefa, pero involucra a la familia Walsh. ¿Recuerdas que el mes pasado, para ayudar a al cabrón de tu ex a cerrar el trato con esa familia, le prometiste al patriarca que le harías un favor? Bueno, pues esta podría ser la oportunidad para hacerlo", le respondió su interlocutor al instante.
Caylee agudizó la mirada.
Durante el último año, el Grupo Griffiths había pasado por un cambio importante. Para mantener las cosas en orden, ella había intervenido en secreto como "Céfiro" para ganar el proyecto con la familia Walsh. Además, para asegurarse de que nada saliera mal, llegó al extremo de prometer que gestionaría la asociación personalmente.
Sin embargo, antes de que el proyecto pudiera despegar, Brett le había lanzado los papeles del divorcio a la cara. Y aunque la alianza ya no tenía nada que ver con ella, su promesa, o más bien su palabra, era algo que no podía abandonar.
"Acepto el trabajo", declaró con firmeza.
En otro lugar de la ciudad, un joven de facciones finas, casi aristocráticas, se reclinaba perezosamente en su silla cuando su teléfono se iluminó: Céfiro había aceptado el trabajo.
Un brillo apareció en sus ojos oscuros y la emoción resquebrajó por un instante su habitual aplomo. Todo el esfuerzo y el dinero que había invertido en publicar esa recompensa por el famoso curandero por fin había rendido frutos. La sola idea de encontrarse con la esquiva figura lo hizo sonreír.
Recorría ociosamente el borde del celular con su pulgar, mientras murmuraba en voz baja: "Así que nos volveremos a ver. Me pregunto qué tipo de sorpresa me traerás esta vez".
El día que Caylee se dirigía a la hacienda de los Walsh, el destino le preparó un espectáculo. Como el semáforo estaba en rojo, se colocó en el carril adyacente a un Bentley negro. Por un instante, a través del cristal polarizado, vio a un hombre enmascarado en el asiento trasero.
Sintió que el corazón le daba un vuelco, pues esa era la misma máscara a la que se había aferrado tras su accidente automovilístico tres años atrás.
El semáforo se puso en verde. Sin pensarlo dos veces, Caylee pisó el acelerador y se colocó detrás del Bentley.
El tráfico se espesó, pero era evidente que el conductor del lujoso auto no tenía intención de ser seguido, pues aceleró y zigzagueó entre los carriles con una precisión despiadada.
Caeylee apretó con fuerza el volante. Desde su perspectiva, ese vehículo era la presa y ella la cazadora. No iba a retroceder.
La persecución se volvió intensa; ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder. La chica llevó a su carro al límite para igualar el ritmo de su objetivo, pero por más que lo intentaba, no podía rebasarlo.
Su paciencia se estaba agotando y el ansia de respuestas sobre aquel accidente la carcomía. Por eso, entrecerró los ojos, pisó el acelerador a fondo, bajó una marcha y cerró la distancia con el otro vehículo en un derrape perfecto.
Sin embargo, justo cuando estaba a punto de bloquear al Bentley, un grupo de autos se interpuso entre ellos, cortándole el paso. Para cuando logró esquivarlos, su objetivo ya había desaparecido en el horizonte.
La joven frenó en seco, con la sangre ardiéndole en las venas. Entonces, sus ojos captaron algo brillante sobre el asfalto, que se había caído del Bentley. Sin dudarlo, salió de su carro, lo agarró y lo recogió. Sí, esa era la misma máscara que había visto el día del accidente.
Abrió los ojos de par en par, mientras intentaba procesar la revelación. No, no podía ser verdad. Entonces, una idea la golpeó con la fuerza de un rayo: ¿y si el hombre que la sacó de los escombros no fue Brett, sino alguien más?
Caylee condujo directamente a la finca de los Walsh, apartando de su mente los pensamientos que aún la invadían tras su extraño encuentro en el semáforo. Sin importar cuál fuera la verdad, no podía darse el lujo de ponerse a pensar en eso ahora, pues tenía que cumplir con una misión importante.
Apenas entró en la casa, se detuvo en seco, pues Brett y Stacey estaban sentados allí. La alegría en los rostros de estos dos últimos desapareció apenas se dieron cuenta de la presencia de la recién llegada.
El hombre avanzó y, con la voz afilada por la ira, soltó: "Caylee, ¿qué demonios haces aquí?".
"Esta joven es la sanadora que el señor Walsh invitó personalmente. Céfiro", intervino el mayordomo, antes de que la aludida pudiera responder.
La temperatura en la habitación descendió unos grados.
"Caylee, ¿esperas que creamos que tú eres Céfiro? ¡Eso no es más que una mentira! Cuando Mateo regrese y descubra que estás fingiendo, ¡no saldrás de aquí tan fácilmente!", exclamó Stacey, en un tono chillón por la indignación, levantándose de golpe.
"Caylee, basta. No sé a qué estás jugando, pero es momento de que te detengas. Estamos divorciados, así que deja de aferrarte a mí. Y que te quede algo muy claro: la asociación con Grupo Walsh ya no tiene nada que ver contigo. ¡Vete!", se sumó Brett, con una expresión aún más sombría.
La atacada ni siquiera se molestó en responder. Puso los ojos en blanco, caminó y se dejó caer en el sofá como si esos dos no fueran dignos de su tiempo.
"¡Debes estar bromeando! ¿No me digas que aún no superas el divorcio y ahora intentas arruinar el trato de Brett solo por venganza? ¿Cómo puedes ser tan cruel? Él te cuidó durante tres años enteros, te dio todo... ¡¿Y así le pagas?! Con razón Mateo no ha respondido las llamadas de Brett. Le envenenaste la mente para ponerlo en su contra, ¿verdad?", exclamó Stacey, incapaz de contenerse.
Esa acusación solo avivó la ira de Brett, quien agarró a su exesposa de la muñeca y gritó: "¡Respóndeme! ¿Qué le dijiste exactamente al señor Walsh?".
"Brett, no te debo explicaciones. Pero si sigues presionándome, me aseguraré de que tu trato con el Grupo Walsh se venga abajo", sentenció Caylee, irguiéndose y zafándose de su agarre.
Por un instante, él se quedó atónito ante su desafío, pero luego su ira aumentó. Agarró nuevamente a su exesposa de la muñeca y comenzó a arrastrarla hacia la puerta, mientras decía: "Bien. Si no te vas, te sacaré yo mismo".
"¡Suéltame!", gritó ella, forcejeando, pero solo consiguió que su agresor la apretara con más fuerza.
Caylee no tenía la fuerza suficiente para liberarse, y justo cuando Brett estaba a punto de sacarla, un hombre alto le bloqueó el paso. Al instante siguiente, una voz profunda y autoritaria resonó en el aire, cortando la tensión: "Señor Griffiths, ¿qué crees que haces?".
El ambiente en la estancia se volvió pesado. El aludido se quedó inmóvil un segundo, luego soltó rápidamente a su exesposa.
"Señor Walsh", dijo, bajando la cabeza.
Mateo se encontraba a contraluz; el peso de la autoridad estaba impregnado a su ser, lo cual no era extraño, pues como jefe de la familia Walsh, su sola presencia debía imponer respeto.
En la alta sociedad, los Griffiths eran considerados influyentes, pero comparados con los Walsh, que había reinado en la cima por casi cien años, la diferencia era evidente. Frente a Mateo, Brett no tenía más opción que comportarse con respeto.
El joven de abolengo ni siquiera le dedicó un vistazo al alborotador. Posó directamente su mirada en Caylee y le preguntó: "¿Estás herida?".
La joven abrió la boca, pero Brett, con una sonrisa incómoda, se adelantó y soltó: "Es solo un malentendido, señor Walsh. Es mi exesposa. Me siguió hasta aquí y empezó a causar problemas. La sacaré de inmediato".
Tras decir eso, fulminó a Caylee con la mirada, en lo que era una advertencia silente.
Sin embargo, Mateo le bloqueó el paso, manteniendo una expresión imperturbable. Segundos después, clavó su penetrante mirada en el metiche, al que puso en su lugar, diciendo: "Estás equivocado, señor Griffiths. La señorita Jenkins es mi invitada hoy. Tú eres quien debe irse".