Florencia, Italia
-Lo lamento mucho, pero el señor Joaquín ha muerto. Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos, pero fue imposible salvarlo.
Esas palabras atravesaron como una bala el corazón de la joven. Solo deseaba ver a su padre una vez más; anhelaba que saliera de aquel hospital con vida, como lo había hecho tantas veces antes, pero esta vez el destino era distinto: se había ido para siempre.
Las lágrimas que surcaban sus mejillas estaban cargadas de dolor y rabia. Se sentó lentamente, intentando procesar la noticia, pero le resultaba imposible aceptar la ausencia de su padre. Su tía paterna se sentó a su lado e intentó consolarla, acariciando su larga cabellera negra mientras susurraba:
-Era lo mejor, hija. Mi hermano ya estaba muy enfermo, estaba sufriendo demasiado.
-¿Por qué, tía? ¿Por qué me ha tocado esta vida? -preguntó Esmeralda con el alma desgarrada, un nudo en la garganta y una opresión asfixiante en el pecho.
-No lo sé, Esmeralda, pero ahora debes ser fuerte, como siempre lo has sido. Tenemos que seguir adelante porque no nos queda otra opción.
Esmeralda miró a su tía y cerró los ojos, intentando recuperar la fuerza que se le había escapado apenas unos segundos atrás.
Los Ángeles, California
Mientras tanto, a kilómetros de allí, en un mundo totalmente diferente, el heredero del CEO más poderoso de Estados Unidos ponía fin a otra relación.
-Lo siento, Lino, pero me he enamorado de otro hombre. Intenté luchar por nosotros, pero no tenía sentido; cada vez me sentía más sola e ignorada. Lo único que te interesa es tu trabajo y complacer a tu abuelo.
Lino, un hombre de atractivo imponente, alzó la vista y clavó sus ojos azules en la bella rubia frente a él. Sus palabras no eran nuevas; era un guion que ya había escuchado muchas veces.
-Está bien, Soraya. Si ya has tomado una decisión, la respeto. No voy a suplicarte que te quedes.
-¡Vaya! ¿Eso es todo? Eres increíble, Lino. ¿Ni siquiera una disculpa por más de seis meses de total abandono? -preguntó ella, indignada.
-¿Una disculpa? No, Soraya, no esperes eso de mí. No soy de los hombres que piden perdón -sentenció él con frialdad, como si el final de su relación fuera un trámite más. Acto seguido, dejó dinero sobre la mesa y se marchó.
En una elegante habitación, un hombre mayor miraba fijamente por la ventana.
-¿Señor Dimarco? Aquí le traigo sus medicinas -dijo Braulio, su empleado de confianza.
El hombre lo ignoró, con la mente perdida en algún lugar lejano.
-¿Qué sucede, señor? ¿Se encuentra bien? -preguntó Braulio, quien había sido su amigo por más de cincuenta años.
-Creo que es hora de devolver lo que robé hace medio siglo, Braulio. El fruto del trabajo de un hombre que lo dio todo.
-Señor, ¿aún sigue con eso?
-Sí, hoy más que nunca. Siento el aliento de la muerte en mi cuello, Braulio. ¿Qué le diré a Dios cuando esté frente a Él? ¿Cómo voy a explicarle mi traición?
-¿Pero qué piensa hacer? Han pasado muchos años. Seguramente Joaquín pudo rehacer su vida; ya no tiene sentido que se angustie.
-Para mí sí lo tiene. No quiero marcharme sin reparar mi error. Me duele por mi familia, pero tengo miedo de la condena eterna.
Braulio lo miró inquieto, temiendo que Don Dimarco hubiera perdido la razón.
Florencia, Italia (Dos días después)
-Me partió el alma dejar a mi padre en ese lugar tan solitario, tía.
-Lo sé. La vida sin Joaquín será difícil, pero fue lo mejor. Ya no teníamos dinero para sus medicinas y él sufría cada vez más. Desde aquel accidente, su vida cambió para siempre. Mi pobre hermano luchó tanto para nada...
-He estado pensando algo, tía. Quiero reabrir la panadería de papá.
-¿Qué? ¿Pero con qué dinero? No nos queda nada.
-Podría hipotecar la casa y usar ese capital para el negocio.
-Hija, es muy arriesgado. La panadería ha estado cerrada años. Si nos va mal, perderemos la casa que tanto esfuerzo le costó conseguir a tu padre.
-No importa. No pienso quedarme de brazos cruzados. Tengo que hacer algo.
Esmeralda se miró al espejo, secó sus lágrimas y retocó su maquillaje. Sus ojos café claro aún reflejaban el dolor de la pérdida, pero también una nueva determinación. Sin perder tiempo, se dirigió al banco.
La residencia se preparaba para una gran celebración.
-¿Abuelo? Buenos días. Mi tía y mi madre están vueltas locas con los preparativos de tu fiesta -dijo Lino, besando la frente del anciano.
Dimarco no respondió; para él, la fiesta carecía de importancia.
-Te noto extraño, abuelo. ¿Qué pasa?
-Nada. ¿Cómo va todo en la compañía? -preguntó, evadiendo el tema.
-Muy bien. Sabes que puedes confiar en mí.
-Lo sé. Eres mi orgullo, Lino, igual que lo fue tu padre.
-No me engañas -insistió Lino, inclinándose hacia él-. ¿Qué tienes?
-Lino, quiero pedirte algo muy serio -dijo Dimarco con solemnidad-. No me preguntes nada, solo prométeme que cumplirás lo que deje ordenado en mi testamento.
-¿Qué? Abuelo, me estás asustando. No hables de testamentos hoy, es tu cumpleaños.
-Solo promételo. Haz exactamente lo que estipule; será por el bien de la familia.
-Está bien, te lo prometo -respondió Lino, desconcertado.
Al caer la noche, la mansión se vistió de gala. Los invitados vitorearon cuando el CEO bajó lentamente las escaleras.
-¡Feliz cumpleaños, suegro! Espero que nos acompañe muchos años más -dijo Anthony, el esposo de Carlota.
-¿Más años viéndote gastar mi dinero sin trabajar? No lo creo -replicó Dimarco con dureza.
La fiesta avanzaba, pero Dimarco comenzó a sentir un dolor agudo en el pecho. Mientras disimulaba el malestar, Sora, la madre de Lino, se acercó a su hijo.
-¿Qué pasa con Soraya? ¿Por qué no ha llegado?
-No vendrá, mamá. Terminamos hace un par de días.
-¿Otra vez, Lino? No duras más de seis meses con nadie. Tu única relación es con el trabajo.
Lino sonrió con suficiencia. Para él, el amor era irrelevante; su única meta era ser como su abuelo: un hombre poderoso y respetado. De repente, un grito desgarrador de Carlota interrumpió todo.
-¡Papá!
Don Dimarco se desplomó, con la mano apretada contra el pecho. El momento que tanto temía había llegado.
La celebración se transformó en angustia en cuestión de segundos. Los invitados se vieron obligados a marcharse; la fiesta había terminado abruptamente. Angustiados, los Guidacci aguardaban noticias del patriarca tras la puerta de su habitación.
Después de varios minutos de incertidumbre, el médico de cabecera de don Dimarco finalmente salió.
-¡¿Qué pasó, doctor?! ¿Cómo está mi abuelo? -preguntó Lino, desbordado por la ansiedad.
-Don Dimarco ha sufrido un preinfarto. Debemos trasladarlo de inmediato al hospital; ya he solicitado una ambulancia.
La noticia cayó como un balde de agua fría. Todos se miraron entre sí, desconcertados. Una vez en el hospital, Dimarco, sintiendo que su tiempo se agotaba, llamó a su hombre de confianza.
-¿Braulio? Envía a Josué a Italia. Todavía conservo la dirección de Joaquín. Dile que lo traiga; es hora de devolver lo que le pertenece. Ya no me queda tiempo.
-Señor, insisto... han pasado demasiados años.
-¡Escúchame bien, Braulio! -sentenció Dimarco con desesperación-. No quiero irme con esta culpa. Dile a Josué que viaje hoy mismo y encuentre a Joaquín.
Aterrorizado por la idea de morir sin enmendar su traición, Dimarco no aceptaba un no por respuesta. Sin perder tiempo, Josué partió hacia Florencia en busca de Joaquín Lombardi, sin saber que el hombre ya había partido de este mundo días atrás.
Florencia, Italia
Mientras guardaba las pertenencias de su padre en una caja, Esmeralda encontró algo que captó su atención.
-¿Tía? ¿Quién es este hombre que aparece en la foto con papá?
Fiorela tomó la fotografía y su expresión se ensombreció al instante.
-¿Qué pasa? ¿No te agrada el hombre de la foto? -preguntó Esmeralda, intrigada.
-No, hija. Ese hombre es el peor ser humano del mundo. Es increíble que tu padre conservara esto; yo la habría quemado hace años. No hubiera querido volver a ver su rostro jamás.
-¿Qué hizo, tía? ¿Por qué hablas así de él? ¿Qué le hizo a mi papá? Necesito saberlo.
-Nada, no me prestes atención -respondió Fiorela intentando cerrar el tema-. Mejor terminemos de guardar las cosas.
-No, tía, dímelo.
-Ya no vale la pena. Sigamos.
Esmeralda quedó sumida en la confusión. En la imagen, su padre y aquel desconocido lucían muy unidos, lo que hacía que las palabras de su tía resultaran aún más enigmáticas.
Mientras tanto, Josué llegó a la dirección indicada, pero no encontró rastro de su objetivo.
-¿Braulio? Estoy en Florencia. Acabo de ir a la dirección, pero no hay ningún Joaquín Lombardi en esta casa.
Braulio se acercó al oído de don Dimarco para informarle.
-¿Señor? Joaquín ya no vive en esa dirección. ¿Qué debe hacer Josué?
-Que lo busque. Que lo busque por toda Italia si es necesario -respondió el anciano con un hilo de voz desesperado.
Los días pasaron y la salud de Dimarco continuó deteriorándose. Lino, incapaz de aceptar la realidad, increpó al médico.
-Tiene que hacer algo para que mi abuelo se recupere, doctor.
-Lino, escúchame. Don Dimarco tiene noventa años y un problema cardíaco grave. Su terquedad al evitar las revisiones médicas nos ha traído a este punto. Hacemos lo posible, pero no puedo garantizar nada.
-¡¿Cómo que no?! Estamos hablando de Dimarco Guidacci. Él tiene que vivir. ¿No será que usted ya no es el médico que solía ser?
-Lino, no voy a responder a eso porque entiendo tu angustia. Haré como si no hubiera escuchado nada.
Frustrado y colérico, Lino golpeó la pared del hospital. Sentía que el pilar de su vida se desmoronaba y él era impotente para evitarlo.
-¡Tía! ¡Ya tengo respuesta del banco! Aprobaron el crédito. Iré por el dinero mañana mismo; ¡podemos reabrir la panadería!
Para Esmeralda, este proyecto era como renacer de las cenizas. Fiorela, aunque con una sonrisa nerviosa, aceptó apoyarla. Al día siguiente, tras obtener los fondos, comenzaron a organizar el local.
Sin embargo, mientras Esmeralda luchaba por su futuro, Dimarco se hundía en la desesperación al no hallar a Joaquín.
-Señor, ha hecho lo que ha podido. Ya no es su culpa -intentó consolarlo Braulio.
-No, no me rendiré. Llama a los abogados. Si no logro encontrar a Joaquín, al menos dejaré estipulado lo que le pertenece para poder marcharme en paz.
Pero el destino intervino de forma inesperada. Una mañana, mientras Esmeralda pedaleaba hacia la panadería, fue atropellada por el vehículo de Josué.
-¡Lo siento, señorita! ¡¿Está bien?! -exclamó él, bajando del auto aterrado.
-¿Es que no se fija por dónde va? ¡Esto es Florencia! Todo el mundo va en bicicleta.
-Lo lamento de verdad. Permítame llevarla a un hospital.
-No, estoy bien. Pero le aconsejo que tenga más cuidado la próxima vez.
-Sí, lo tendré. Qué vergüenza... Me presento, soy Josué Dartem, vengo de Estados Unidos. Aquí tiene mi tarjeta -dijo él con la voz trémula.
-Está bien, no se preocupe. Me llamo Esmeralda Lombardi.
-¿Lombardi? -Josué se quedó petrificado-. ¿Conoce usted a Joaquín Lombardi?
-Sí... era mi padre -respondió ella con nostalgia.
Al enterarse de la noticia, don Dimarco quedó conmocionado.
-¿Muerto? ¿Joaquín ha muerto?
-Así es, señor. Parece que fue un cáncer. Su hija se lo confirmó a Josué por una coincidencia del destino.
-¿Su hija? ¿Es joven? ¿Está soltera?
-Sí, una muchacha de unos veintitrés años. Al parecer es soltera, ¿por qué lo pregunta?
-Braulio, llama a los abogados ahora mismo. Ya sé lo que voy a hacer.
Dimarco regresó a su mansión para pasar sus últimos días, dejando todo meticulosamente organizado. Una noche, Lino entró a su habitación y el anciano lo recibió con los brazos abiertos.
-Ven, hijo. No olvides lo que te dije: todo es por tu felicidad. A veces necesitamos un pequeño empujón.
-¿De qué hablas, abuelo?
-Un día lo entenderás.
Tras la salida de Lino, Dimarco le entregó dos cartas a Braulio con una instrucción final:
-No olvides tu misión. Entrega estas cartas al abogado; solo podrán abrirse cuando se cumplan los dos años de mi condición. No lo olvides.
Dimarco cerró los ojos y un silencio sepulcral se apoderó de la estancia.
Dos días después, la familia Guidacci, vestida de riguroso luto, descendía de sus lujosos autos. El patriarca se había ido.
-¿Lino? ¿Estás bien? -preguntó Sora.
-No, mamá. Me hará mucha falta.
-Ahora tú estás a cargo. Tienes que ser fuerte.
-Siempre lo soy. Soy Lino Guidacci; la debilidad no forma parte de mí. Seguiré el legado de mi abuelo. Nada ni nadie destruirá este imperio. Somos indestructibles.
-No hables así, hijo. Suenas arrogante.
-Solo digo la verdad.
A la mañana siguiente, Sora despertó a Lino con urgencia. El abogado de la familia esperaba en el estudio para la lectura del testamento.
-¿Hoy? Es demasiado pronto -protestó Lino.
-Don Dimarco ordenó que fuera un día después del sepelio.
A pesar de la premura, la familia se sentía tranquila. No esperaban sorpresas. Sin embargo, estaban profundamente equivocados. Lo que estaba a punto de revelarse era algo que jamás habrían imaginado ni en sus pesadillas más oscuras.
El abogado comenzó enumerando las propiedades de don Dimarco, un trámite habitual en estos casos. Sin embargo, al llegar al apartado de la repartición, el ambiente en la sala cambió drásticamente.
-Señores, tras detallar las posesiones del señor Dimarco Guidacci, procedo a leer su última voluntad. Les recuerdo que este testamento está juramentado bajo las leyes de Los Ángeles, California; por lo tanto, su contenido debe respetarse al pie de la letra. No existe posibilidad de impugnación. Dicho esto, comienzo:
"Yo, Dimarco Guidacci, en pleno uso de mis facultades mentales, dejo mi fortuna repartida de la siguiente manera: la señorita Esmeralda Lombardi será la única heredera de mi patrimonio".
Al escuchar aquel nombre, la familia se puso en pie, conmocionada.
-¡¿Qué?! ¡¿Qué está diciendo?! ¡¿Quién es esa mujer?! -exclamó Carlota, alterada.
-¿Sería una amante de mi suegro? -aventuró Anthony.
-¡Claro que no! ¡¿Cómo se te ocurre?! -le espetó su esposa.
Lino, tratando de mantener la compostura, intervino con voz gélida:
-Usted se ha equivocado de documento, abogado. No conocemos a ninguna Esmeralda Lombardi. Obviamente, esto es un error.
-No lo es, señor Guidacci. No hay error alguno. Don Dimarco fue quien decidió designar como heredera universal a la señorita Lombardi -respondió el abogado con firmeza.
-¡Es absurdo! ¡No tiene sentido! -rugió Lino.
-Por favor, déjenme terminar -pidió el abogado.
La familia volvió a sentarse, aunque la tensión y la confusión eran palpables en el aire.
"Sé que esto es una sorpresa, pero es mi decisión. No obstante, este testamento incluye cláusulas que permitirán a mi familia conservar su estilo de vida. La primera es que mi nieto, Lino Guidacci, debe contraer matrimonio con la señorita Esmeralda Lombardi. Solo así podrá seguir siendo el CEO de las empresas y la familia tendrá acceso a la fortuna. Este matrimonio deberá durar un mínimo de dos años. Cumplido ese plazo, la herencia se dividirá en dos partes iguales".
-¡Esto es una locura! -estalló Lino, fuera de sí-. ¡¿Casarme con una desconocida?!
-¡Es una pesadilla! -gritó Carlota-. Mi padre no estaba en sus cabales. ¡Impugnaremos ese papel!
-Señora, no puede hacerlo -aclaró el abogado-. Si el señor Lino rechaza el matrimonio, la señorita Esmeralda recibirá la fortuna de inmediato. Y si ambos se niegan, la totalidad del patrimonio será donada.
Lino se acercó al abogado y, señalándolo de forma amenazante, sentenció:
-No permitiré que una oportunista se quede con lo que nos pertenece. Estoy seguro de que presionaron a mi abuelo y no me sorprendería que usted fuera cómplice.
Sin esperar respuesta, Lino salió del estudio hecho una furia, dejando a todos atónitos.
Mientras tanto, en Florencia, Josué cumplía con la última voluntad de su patrón. Al abrir la puerta, Esmeralda se sorprendió al verlo.
-¿Usted?
-Qué bueno que no me ha olvidado, señorita -respondió él-. Necesito hablar con usted. Es urgente.
En ese momento, Fiorela apareció tras su sobrina.
-¿Quién es este hombre?
-Vengo de parte de don Dimarco Guidacci -se adelantó Josué.
Al oír ese nombre, Fiorela se quedó petrificada. Hacía décadas que no lo escuchaba.
-No queremos nada de ese señor -dijo con voz cortante.
-¿Quién es, tía? ¿Es el de la foto? -preguntó Esmeralda, intrigada.
Tras varios minutos de ruegos, Fiorela permitió que Josué entrara. Ambas escucharon en silencio la increíble noticia. Esmeralda no podía creerlo: ¿ella, heredera de una fortuna en Estados Unidos?
-¡Vaya! Parece que a ese hombre le remordió la conciencia antes de morir -comentó Fiorela con amargura.
-Señora, él solo quería irse en paz. Ahora depende de ustedes aceptar o no.
-¡Claro que no! Yo no voy a reclamar nada, ¿verdad, tía? -dijo Esmeralda, abrumada.
Fiorela miró a su sobrina con una intensidad que nunca antes le había visto. En sus ojos brillaba un rencor antiguo y una determinación gélida.
-Claro que irás. Vas a reclamar lo que ese hombre le arrebató a tu padre. Esa fortuna te pertenece, Esmeralda.
Al día siguiente, un auto elegante se detuvo frente a la mansión Guidacci. Braulio, que ya lo tenía todo dispuesto, salió a recibir a la nueva dueña.
Lino, ajeno a la llegada, se preparaba para ir a la oficina. Lucía un impecable traje azul oscuro que resaltaba la frialdad de sus ojos. Al bajar las escaleras, se topó con el servicio formado en línea frente a la puerta.
-¿Qué significa esto? -preguntó con irritación.
-Braulio ordenó que recibiéramos así a la nueva dueña, señor Lino -respondió una empleada.
La furia recorrió el cuerpo de Lino como una descarga eléctrica. Salió de la casa a zancadas, justo cuando la heredera bajaba del vehículo.
-¡Usted! ¡Se larga ahora mismo de mi propiedad! -le gritó sin verle la cara.
Esmeralda, que estaba de espaldas, se giró lentamente. Al hacerlo, sus ojos café se cruzaron con los de Lino. Ella quedó impactada por la apostura de aquel hombre, y él, por un instante, se quedó sin aliento ante la belleza de la joven. Pero el hechizo duró poco.
-¡He dicho que se vayan! No permitiré que pongan un pie aquí.
-Lo lamento, señor -intervino Braulio-, pero su abuelo estipuló que ella es la heredera.
-¡No me importa ese falso testamento! ¡No entrarán!
Lino tomó a Esmeralda por el brazo para obligarla a retroceder, pero ella se soltó con firmeza y lo sostuvo con la mirada.
-No nos vamos. Tengo todo el derecho de estar aquí.
-¡Así es! -añadió Fiorela bajando del auto-. Aquí nos quedamos.
Lino y Esmeralda permanecieron en silencio, desafiándose con la mirada. La guerra apenas comenzaba.