ALISA
Ya nada sería igual, nunca más. Ese era el pensamiento de todas las mañanas, el pensamiento que no la dejaría ir nunca más. Alisa sabía que aquello era normal, pero no por eso más tranquilizador. Con un suspiro se levantó de la cama que no era suya, una con sábanas suaves y costosas, un cubrecama aún más lujoso y una habitación que era casi del tamaño de su antiguo departamento. Obviamente aquella habitación, aquella casa, no le pertenecía. Se dirigió al baño entonces para cepillarse, ducharse y vestirse con algo sencillo, bajó las escaleras lentamente admirando todo como cada mañana. Se encontró con Tiana en la cocina ya preparando el desayuno.
-Buenos días- saludó ella -¿necesitas ayuda?
-Siéntate ya- ordenó Tiana riendo -tienes cara de que te lanzas al metro.
Y con esas palabras le entregó una taza de café humeante.
-Si es que funciona en este momento, pero lo dudo mucho- comentó ella -gracias.
Ella se dedicó a tomar lentamente su bebida hasta que un plato con huevos, tostadas y queso fue colocado frente a ella.
-Buen provecho- dijo Tiana sonriendo mientras se alejaba para seguir cocinando.
-Tienes que dejar de ser tan eficiente- pidió ella tomando el primer bocado -me haces ver como una inútil, en cualquier momento Harry se dará cuenta y me dejará en la calle.
-Como si eso fuera a suceder, idiota- rebatió su amiga volteando los ojos.
-Prometo que te ayudo con el almuerzo- juró ella -pero gracias por esto.
-Descuida- dijo Tiana -tu eres la experta en tecnología y comunicaciones, yo no podría. Así que déjame encargarme de esto, todos tenemos que ocuparnos de algo.
-Sí, lo sé.
Un silencio cayó entre ellas durante unos segundos antes de que llegara Harry. Este entró en la estancia sonriendo como siempre, hablando y luciendo como un artista.
-¿Y a dónde va hoy señor?- Le preguntó Tiana para burlarse como siempre -me imagino que tiene muchos compromisos y hay que mantener la imagen.
-Ya que lo preguntas Tiana, cielo- comenzó Harry viéndola -decidí que ya que no salimos ni vemos a nadie al menos podría vestirme para mí, no le hace daño a nadie.
-Si lo pones así- comenzó Tiana -creo que mañana te acompañaré.
-Grandioso- afirmó Harry con una sonrisa deslumbrante antes de darle un beso en la frente a su amiga.
Y con eso el desayuno fue servido, Tiana se sentó a la mesa con ellos. Todos los días eran iguales, ya nada sería lo mismo. Y de nuevo otro pensamiento recurrente que no dejaba de acosarla desde que todo había sucedido. Ellos estaban atrapados desde hace cuatro meses. Por extraño que pudiera parecer, hace cinco meses ella había estado viviendo en un departamento mucho menos lujoso que la casa en la que vivía ahora, su trabajo era lo suficientemente bueno para que pudiera pagar su renta, comida y servicios sin problema. Sus mejores amigos y compañeros de trabajo Tiana y Harry habían estado junto a ella mucho tiempo, todo era relativamente perfecto hasta que dos semanas más tarde las cosas comenzaron a cambiar.
El evento, así lo llamaban, había iniciado con tormentas. Todo el mundo había pensado que el clima se había vuelto loco cuando huracanes, tornados, tormentas eléctricas y lluvias torrenciales fueron anunciados a lo largo de todo el planeta. No importaba que noticia observaras, todas decían lo mismo, en ese momento nadie lo había visto como algo demasiado extraño, a pesar de que en toda la tierra estaban sucediendo los mismos fenómenos. Una semana después las cosas comenzaron a complicarse, los tsunamis fueron el primer indicio de que algo más complicado estaba sucediendo cuando golpearon islas como Japón, las costas se inundaron y finalmente los terremotos iniciaron, incluso en las zonas en las que las fallas tectónicas no eran muy grandes, los movimientos eran demasiado fuertes.
Países como Chile, India en incluso Estados Unidos quedaron devastados, en estado de emergencia, dejando a todos asombrados. Ya para ese momento el mundo entero había entrado en pánico, los saqueos sucedían en todas las ciudades, los robos eran comunes y muchos accidentes eran dejados en las vías que estaban sin asistencia. Los volcanes habían sido lo último, muchos de ellos habían comenzado a despertarse y los que no había estado dormidos habían erupcionado causando aún más daño.
Era por esa razón que ella ya no vivía en su departamento. En el momento en que había iniciado todos los desastres, Harry que había estado más asustado de lo que lo había visto en mucho tiempo, les había pedido a Tiana y a ella que se mudaran con él, su amigo había heredado una mansión antigua de una de sus tías abuelas que no había dejado ningún pariente cercano, solo él. Cuando ellos se habían enterado había sido motivo de risa, ahora, lo veía como una salvación. La casa era inmensa y lujosa, con todas las comodidades, era como tener la moda de hace treinta años, pero con bastantes adaptaciones para las novedades y comodidades.
Por ejemplo cada cuarto tenía televisión, una ducha con función de masajes junto a su respectiva bañera, calefacción en el piso de toda la casa y muchas otras cosas que ella jamás se hubiera imaginado tener, era una lástima que casi ninguna de esas cosas les funcionaran ahora. La mansión estaba ubicada en una zona rural lejos de la ciudad y eso era bueno en algunos casos, pero en otros no tanto. Al menos era una zona residencial cerrada, una zona de viejos ricos, por lo que tenían muchas más seguridad de la que normalmente habría y eso les servía muchísimo en aquellas circunstancias.
-¿Cuándo tienen que irse?- Preguntó Tiana luego de que terminaron de comer.
-Debería ser pronto- dijo ella -la cola siempre es larga.
-Les prepararé algo para que merienden- explicó su amiga levantándose -por si acaso se hace demasiado tarde.
-Gracias lindura- dijo Harry abrazándola -iré a cambiarme, traje de sobreviviente a la orden.
-Lo que mejor te queda- contestó ella solo por molestarlo. A lo que él le mostró su dedo del medio antes de irse haciéndolas reír con suavidad.
-Espero que no tarden demasiado- comentó Tiana buscando en la nevera -aprecio el gesto de que sean ustedes los que casi siempre vayan a la ciudad, pero odio tener que quedarme aquí sola.
-Al menos aquí estás segura- dijo ella sonriendo a medias.
-Es que lo que me digo cuando siento ansiedad- explicó Tiana -pero tú y yo sabemos que eso no es enteramente cierto.
-No pasará nada- prometió ella abrazando a su amiga -pero sabes dónde están las armas.
-Lo sé- contestó Tiana riendo.
Ella subió a su habitación para ponerse lo que ellos llamaban traje de sobreviviente como chiste, pero era bastante acertado. Un jean grueso y usado, botas de punta de hierro, un cinturón grueso que llevaba algunas herramientas prácticas, una camisa manga larga oscura y una chaqueta con bolsillos internos que permitía llevar armas de forma práctica y segura. Se amarró el pelo en una cola alta para luego bajar las escaleras. En la cocina Harry llevaba casi la misma ropa. Ellos tomaron la comida que les había hecho Tiana y salieron al garaje para subirse al auto.
Desde que se habían mudado y el mundo se había vuelto loco, habían creado unas reglas básicas de supervivencia. Nunca muestres lo que tienes a menos que sea necesario y si encuentras algo valioso sin dueño, es tuyo. Por eso, en lugar de la camioneta Jeep 4x4 de Tiana, usaban su Toyota Corolla viejo aunque muy amado y fiel. Una vez que se alejaron de la casa, asegurándose de que todas las pertas estuvieran cerradas, condujeron hasta el otro lado de la residencia para buscar al señor Oslo, un viejo amigo de la difunta tía Hillary, que con sus setenta y cinco años de edad no veía lo suficiente para poder conducir.
-¿Cómo está señor Oslo?- Preguntó ella cuando el hombre subió.
-Viejo como siempre, niña Alisa- contestó el hombre riendo.
-Pero no tan viejo como para vivir en esa casona solo- reprochó Harry una vez más.
-Eso nunca niño- negó el anciano -ya deja de insistir.
-Sabes que eso no va a suceder, viejo- siguió ella con una mueca -sería tan sencillo que vivieras con nosotros. Solo imagínalo, Tiana haciéndote el desayuno todas las mañanas y nosotros como tus sirvientes.
-Otra forma de hacerme sentir más viejo e inútil de lo que soy- se quejó el anciano.
Con un bufido de fastidio a la clara respuesta de Martin Oslo, arrancó el auto. Con eso iniciaron el viaje de cinco kilómetros que los separaban del borde la ciudad. Ella observó al señor Oslo intentando identificar si realmente se veía bien, para su sorpresa, así era. Aquel era un hombre testarudo, luego de que ellos se hubieran mudado y que declararan aislamiento para la población debido a todos los desastres naturales, ese anciano había llegado caminando a la casa solo para saber si estaban bien. Ellos habían insistido en que se quedara con ellos a menos aquel día, pero él los había rechazado y no hubo forma de convencerlo.
Desde que salías de tu hogar, o lo que quedaba, podías ver los desastres, algunas de las casas de la residencia se habían derrumbado luego de los terremotos, sobre todo aquellas que estaban en colinas. Al salir, las calles estaban sucias de las lluvias, ramas y lodo se acumulaba en las orillas, y al mirar a lo lejos, miles de escombros que alguna vez fueron hogares. Ella nunca podía mirar aquello demasiado tiempo, siempre comenzaba a preguntarse si las personas que vivieron allí habían sobrevivido y en la mayoría de los casos no quería saber porque entendía que la respuesta probablemente era negativa.
Llegaron a la entrada de la ciudad media hora más tarde, ya que todos los escombros imposibilitaban la velocidad. Militares los recibieron en la barricada de siempre, luego de inspeccionar su auto los dejaron pasar. Ellos se dirigieron al punto de abastecimiento de inmediato, había una cola larga, pero no tanto como en otras ocasiones, habían llegado temprano. Estacionaron y abrieron las ventanillas.
-Vivimos como en la guerra- se quejó el señor Oslo.
-Al menos recibimos algo- dijo ella sin proclamar los mismos sentimientos aunque los tenía -no es lo mejor, pero podemos tener comida, medicinas y gasolina de este modo.
-De algo tenía que servir el gobierno- se burló Harry como siempre.
-Al menos así no tenemos que pelear a muerte en los supermercados para robar dos latas de atún- terminó ella recordando un evento real. Uno que nunca olvidaría.
Eso había sucedido en los inicios de los saqueos, ellos se habían quedado sin comida y habían tenido que salir a pesar de estar aterrados. Es obvio que nunca más quisieron intentarlo. Unos días después el gobierno comenzó a abastecer las ciudades y zonas aledañas. Era justo eso lo que estaban haciendo ellos. Cada lunes era el momento de salir por suministros.
-En eso tienes razón- aceptó Harry con el temor en los ojos.
ALISA
Tres horas después y junto a sus suministros ellos emprendían el viaje de regreso a casa. Alisa conducía por lo que en el momento en que un pequeño cuerpo se cruzó en su camino pisó el freno casi causando un accidente.
-¿Qué sucedió?- Preguntó Harry asustado -¿está bien señor Oslo?
-Estoy bien niño, soy viejo no frágil- contestó el hombre -¿qué sucedió niña Alisa?
-Yo no estaría de acuerdo- contestó Harry al anciano lo que le valió una mirada de reprimenda.
-Creo que una niña se cruzó en mi camino- dijo ella al fin.
Bajaron del auto ella y Harry solo para estar seguros, allí a un lado de la carretera y llorando estaba una niña de cuatro o cinco años.
-Hola, cielo- dijo ella acercándose -¿dónde están tus padres?
-¿Cómo te llamas?- Preguntó Harry.
-Mi nombre es Molly- explicó la pequeña entre llantos.
-¿Y tus padres?- Repitió ella.
La niña comenzó a llorar con fuerza para luego subir sus hombros en el gesto universal de desconocimiento. Ellos buscaron en los alrededores hasta que una mujer comenzó a enloquecer de pronto, gritando el nombre de la pequeña. Unos minutos después llegaba a su lado.
-Gracias- dijo la mujer llorando.
-No hicimos nada- dijo Harry -solo esperamos aquí.
-No la dejaron sola, eso es suficiente.
Un hombre de pelo oscuro llegó entonces corriendo, abrazó a la mujer y la niña con fuerza. Los tres se veían sucios, cansados y bastante delgados.
-Mi nombre es Alisa- se presentó ella por cortesía -es un placer, ya tenemos que irnos.
-Nosotros somos Mildred, Joseph y la pequeña Molly- contestó la mujer -gracias de nuevo.
La familia comenzó a alejarse cuando su amigo habló.
-¿Necesitan que los lleven?- Preguntó.
-Gracias- dijo el hombre viéndolos -pero llegamos hace unos días. Con las últimas lluvias y luego de los terremotos nuestra casa cedió, se derrumbó completamente, así que intentaremos entrar al refugio.
-El refugio está lleno desde hace meses- explicó ella con pena -muchas personas se quedan afuera y les entregan comida, pero tienen que dormir en el piso.
Los ojos de Mildred y Joseph se apagaron un segundo con decepción, la desesperación era notoria.
-Estaremos bien- terminó Joseph con una falsa sonrisa.
-Vengan con nosotros- ofreció Harry de pronto, tomándola por sorpresa.
Su amigo caminó hasta donde estaban los suministros de la familia junto a dos maletas pequeñas y los subió al auto. El señor Oslo se presentó y si poder negarse ella condujo hasta la residencia. Dejaron al anciano en silencio para dirigirse a su hogar. Estacionaron el auto y bajaron las cosas.
-Pueden caminar a la entrada y esperarnos allí- dijo ella una vez que estuvieron fuera.
Los esposos se miraron unos segundos antes de asentir. Tomando sus cosas se alejaron con la niña.
-¡¿Estás loco?!- Casi gritó ella una vez que estuvo sola con Harry -¿o solo perdiste la cabeza?
-Necesitaban ayuda Alisa- se defendió Harry de inmediato -tú los viste, sucios y hambrientos. Tiene una niña pequeña, ¿qué querías que hiciera?
-No traerlos aquí- refutó ella molesta -por mucho que quiera ayudar no estoy a favor de traer extraños, pueden ser ladrones o asesinos para lo que sabemos.
-No lo son.
-No lo sabes- masculló ella -y ese es el problema.
-Mira, esta casa es inmensa, tiene diez habitaciones y nosotros solo estamos utilizando tres- explicó Harry -podemos dejarlos en la habitaciones lejanas, cerca de la cocina si eso te hace sentir más segura.
-No lo hace, pero ni modo.
Ellos se dirigieron a la casa entonces, allí en la entrada estaba la familia esperando.
-¿Eres una princesa?- Preguntó Molly de pronto.
-Ella nos preguntó si este era un castillo- explicó la madre con una sonrisa incómoda.
-No, yo solo soy la amiga- dijo Alisa riendo y luego señaló a Harry -él es el príncipe.
La niña abrió la boca asombrada para tenderle las manos a Harry. Él la cargó con una sonrisa.
-¿Puedo ser princesa?- Le preguntó Molly en un susurro no tan susurro.
La inocencia de los niños era maravillosa.
-Claro que sí, preciosa- respondió Harry riendo -desde hoy eres la princesa Molly y este es tu castillo.
La niña aplaudió emocionada y eso los hizo reír a todos. Entraron a la casa llamando a Tiana que corrió al escucharlos, esta se detuvo sorprendida al ver a los extraños.
-Tiana te presento a la familia...- comenzó Harry.
-Jiménez- lo salvó Joseph.
-La familia Jiménez- continuó Harry -Joseph, Mildred y la princesa Molly aquí conmigo.
-Soy una princesa- aclaró Molly feliz.
-Un placer- musitó Tiana y luego se acercó a la niña con una sonrisa -eres bella como una princesa.
-Ellos van a quedarse con nosotros- afirmó Alisa.
Unas horas más tarde y luego de la cena, la familia dormía en su habitación. Tiana había golpeado a Harry por su imprudencia, pero todos habían llegado a la misma conclusión, la familia Jiménez no era una amenaza por los momentos. Se habían quedado dormidos casi inmediatamente luego de ducharse y comer, incluso la pequeña Molly que era enérgica como ella sola, eso hablaba de lo cansados que habían estado.
-Eres un tonto Harry- se quejaba Tiana por última vez.
-Iré a la sala- anunció ella.
-Todos los aparatos están conectados- explicó Tiana -esperamos aquí las noticias.
Ella asintió y se dirigió a la sala de café de la casa. El lugar estaba repleto de cables y conexiones, era allí que se cargaban todas las lámparas que se usaban en la casa. Luego de todos los desastres, la electricidad había quedado anulada junto a todos los sistemas satelitales o por el estilo. Con la recuperación del gobierno y el sistema de suministros se había reestablecido, pero por todos los daños cada ciudad tenía solo dos horas de luz al día. Era por eso que ella se dedicaba esas horas a la búsqueda de información, además de cargar todos los aparatos electrónicos.
Como todas las noches, ella encendió la computadora y esperó a que la conexión a internet se estableciera. Era sumamente lenta, pero al menos servía. Investigó en todos los sitios de noticias que pudo sin obtener nada nuevo. Misiones de rescates, nuevos desastres, estadísticas de muertes, cosas que ella ya sabía. Hasta que un anuncio surgió, la NASA había encontrado explosiones de energía inmensos en la galaxia más cercana a nosotros, al parecer Andrómeda podía ser la causante de todo lo que estaba sucediendo en la tierra, esas sí eran nuevas noticias.
Eran tan grandes las ondas de energía y luz que despedía que los cambios generales que esto producía afectaba al tercer planeta del sistema solar, incluso con toda la protección que ofrecía Júpiter, era devastador. Alisa no podía siquiera imaginar lo que sería vivir aquello estando tan cerca, la ansiedad y el terror cruzaron su cuerpo solo de imaginarlo. Una explicación larga que ella no entendía demasiado pretendía explicar con claridad como cada efecto y fenómeno golpeaba los campos protectores de la tierra junto a la atmosfera creando el desastre que se percibía ahora.
Ella siguió leyendo atentamente hasta llegar a la publicidad final de la página web. Revisó sin mucha atención los enunciados hasta que uno extraño llamó su atención con fuerza. Era un simple recuadro blanco, por lo que no parecía publicidad antigua. Ella leyó asombrada la oración sencilla allí escrita "Puedo explicar todo lo que sucede, ¿hay alguien allí?" y sin saber por qué ella accedió al anunció sin esperar demasiado.
VILKANK
Todo se estaba saliendo de control. No sabía cómo las cosas habían llegado a ese punto, pero el estado de emergencia era permanente en todos los planetas poblados cercanos, dentro de la galaxia Andrómeda. Vilkank era un simple científico, uno que se había dedicado a un trabajo que le encantaba y que por alguna razón el Consejo Universal de Planetas Unidos había decidido financiar a pesar de la delicada situación política de aquella galaxia y que ahora explotaba, literalmente, en el rostro de todos los implicados. No por nada, desde hace ciclos, dos de las especies más nombradas e influyentes en el universo estaban en pico de guerra.
Fue por esa razón que cuando la galaxia Andrómeda estuvo en todas las lecturas científicas cincuenta ciclos atrás, resultó ser un gran anuncio para quienes estudiaban nuevas estrellas y planetas con especies inteligentes, como él. Era conocido que el Consejo, mejor llamado CUPU, derrochaba muchos de sus recursos buscando nuevos seres, planetas que estuvieran listos para el primer contacto con el exterior y aunque su mensaje promovía la adaptación o bienvenida de estas nuevas especies, todo aquel con un poco de pensamiento crítico lograba descifrar rápidamente que no se trataba tanto de lo que se podía aprender, como de lo que se podía obtener en recursos naturales valiosos de un nuevo planeta disponible para la explotación.
Y en Andrómeda este procedimiento fue la regla hasta que veinte ciclos universales atrás las especies originales comenzaron a quejarse. En ese momento todos los parámetros legales cambiaron y fue que, aprovechando los vacíos del espacio inexplorado, los ánimos de guerra prohibidos en las galaxias centrales, los Bilgans y Lumerious decidieron trasladar sus naves militares proclamando sus intenciones. Era aquel conflicto lo que ahora devastaba una galaxia entera, nadie creyó que las amenazas de ambas especies se harían realidad y ahora que lo hacían, destruían la vida de millones de seres.
El CUPU tuvo que actuar bajo la presión de billones de ojos observadores. Las misiones de rescates eran el principal movimiento, algo que desagradaba a las especies conservadoras porque la devastación era incalculable, planetas enteros perdidos por una guerra que no parecía terminar nunca. Las dos especies implicadas estaban recibiendo millones de sanciones del Consejo, pero no parecía importarles demasiado. En los momentos de desesperación tuvo que detener sus investigaciones, sobre todo porque todos los seres de su especie: los Prometius, debían regresar a su planeta hogar por órdenes de su gobierno de origen.
Su hermano Velkank, dueño de una nave carguera y encargado del sistema de viajes intergalácticos para su especie, estaba desbordado de trabajo. Sin embargo, él estaba decidido a permanecer todo lo que pudiera en aquel lugar. Debido a la guerra y explosiones constantes de estrellas, las comunicaciones se vieron severamente afectadas, su gran anuncio nunca había salido a la luz. Él, Vilkank Prometius Portrats III, había descubierto un nuevo planeta lleno de recursos naturales y seres inteligentes. Aquel conocimiento podría volverlo el hombre más rico de toda su especie, claro que si nadie se enteraba, jamás llegaría tan lejos.
A pesar de toda la situación había estudiado aquel planeta con detenimiento, había obtenido toda la información potencial y disponible, se había acercado lo mejor posible hasta que pudo hacer la conexión con sus comunicaciones. La especie había resultado ser más rudimentaria de lo que había imaginado, pero no había duda de su inteligencia, luego había comenzado a entender que los desastres en Andrómeda estaban llegando hasta ellos, acabando con su pacífica forma de vida. Eso lo había devastado a un nivel más personal del que podía comprender.
Las noticias oscuras habían llegado más tarde. Los desechos de planetas, estrellas y energía que golpeaban Andrómeda acabando con la vida, también lo harían con la galaxia de este nuevo planeta. Un anillo de desechos había volado, compactándose y uniéndose hasta volverse un peligro gracias a la velocidad a la que iba. Si sus cálculos resultaban ser ciertos, aquellos desechos llegarían hasta la galaxia, golpearían varios planetas inmensos y acabarían con todo, ninguna vida se salvaría de aquello.
-Vilkank, vine a buscarte y no me iré sin ti- se escuchó la voz de su hermano entrando en su oficina.
-Sabes que no lo haré- negó él por millonésima vez.
-No entiendo tu fascinación por todo esto- se quejó su hermano con frustración -puedes hacer el mismo trabajo en la seguridad de nuestro planeta. Sabes que el Consejo aceptaría, eres un científico brillante.
-En nuestro planeta es imposible tener la misma cercanía que tengo aquí- explicó él -las estrellas allá fueron exploradas hace mucho, aquí hay tantas cosas nuevas que nunca podrán ser vistas de nuevo.
-¡Y es por eso que quiero sacarte de aquí!- Casi gritó Velkank -tienes que irte antes de que a quien no pueda volver a ver seas tú, ¿sabes lo que me haría nuestra madre?
-Nuestra madre no te haría nada, eres su hijo tanto como yo lo soy- replicó él volviendo a los documentos en su pantalla holográfica.
-Tú eres el hijo exitoso, su brillante científico- afirmó su hermano -yo soy solo el trabajador, no nos compares. Si me voy de este agujero negro sin ti, será mi fin.
Un silencio tenso los atrapó antes de que un suspiro de desesperación saliera de sus pulmones.
-¿Si te digo mis razones me conseguirás más tiempo?- Pidió él con emoción y nerviosismo.
Nunca le había dicho a nadie sus descubrimientos por miedo a que le robaran la información clasificada, pero su hermano jamás sería capaz de una cosa parecida, podía confiar en él.
-Tiene que ser algo realmente grande para que tengas este nivel de misterio conmigo- comentó su hermano -solo dímelo, sabes que nunca diría nada.
Él se levantó entonces y cerró la puerta, activó las alarmas de insonorización para la habitación antes de regresar a su silla. Velkank lo veía como si se hubiera vuelto un poco loco.
-Descubrí un nuevo planeta- soltó él por fin -un planeta con recursos valiosos y una especie inteligente.
Su hermano abrió los ojos al mismo tiempo que su boca, la sorpresa era casi la misma que había experimentado él en su momento. Sonrió, esperando a que Velkank procesara la información.
-¿Estás seguro de que nadie más lo conoce?- Intentó su hermano a media voz viendo al escritorio.
-No hay un solo registro disponible- afirmó él -es la galaxia hermana a Andrómeda y nunca ha habido contacto. No hay exploraciones de estrellas, planetas o asteroides. Nadie, nunca, ha intentado ir a este lugar y es por eso que nadie lo conoce.
-¿Cómo lo hiciste tú?- Insistió Velkank observándolo con atención.
-Me plantee explorar estrellas cercanas, de las que se pudiera obtener energía- explicó él con detenimiento -pasó bastante tiempo hasta que pude encontrar un pequeño planeta detrás de un gigante gaseoso que parecía protegerlo de desechos espaciales. Examiné su estrella central, que es apenas un joven en crecimiento, es un sistema solar bastante pequeño, pero dio las probabilidades para la vida.
-Como muchos otros- Siguió su hermano -pero no en todos puedes encontrar vida inteligente.
-Y es por eso que este planeta es tan importante- admitió él -es una nueva especie para aprender junto a un planeta lleno de vida y recursos.
-¿Por qué no dijiste nada?
Su hermano parecía que saltaría de la silla en cualquier momento.
-Por la guerra- comentó él -justo cuando comenzaba las primeras investigaciones la guerra inició y ahora puede que este planeta y esta especie deje de existir sin que lleguemos a conocerla.
-¿Qué?- Inquirió su hermano -¿a qué te refieres?
-Los desechos de Andrómeda, producto de la guerra, podrían destruir la galaxia completa- fueron las palabras que salieron de sus labios y transmitían toda la tristeza que sentía.
-¡Maldita guerra, solo destruye vidas inocentes!- Masculló su hermano con odio.
-No hay nada que podamos hacer- negó Vilkank -se supone que el Consejo debe encargarse de eso, aunque es obvio que no lo está haciendo.
-Deberías dar las noticias de todas formas- lo instó su hermano -tal vez haya algo que pueda hacerse por esta especie y su valioso planeta, por supuesto. Serás famoso y rico, Vilkank.
-No puedo dar noticias si no se ha comprobado la veracidad de mi información- comentó él -y eso solo puede hacerse con exploración directa. Tengo que ir hasta allí y sabemos que eso sería imposible con esta situación, estaría rompiendo una orden directa de nuestro gobierno original. Solo me esperaría la cárcel.
-Eso es solo si resulta que no tienes razón- argumentó su hermano -pero ambos sabemos que no te has equivocado desde que éramos niños, por mucho que me moleste admitirlo. Esto es grande, no puedes dejarlo pasar.
Su hermano se quedó en silencio lo que pareció una eternidad luego de aquel discurso.
-Te conseguiré una nave- aseguró Velkank sorprendiéndolo como nunca -será una segura que pueda aguantar el viaje. Podrás ir y confirmar tu información.
-Oficialmente perdiste la cordura- dijo él con firmeza -no hay naves disponibles en este momento, Velkank. Estamos en medio de una guerra, por si no lo sabías. Y de haberla, no hay modo alguno en que yo pueda pilotar una, sabes bien que mis conocimientos científicos se limitan a las estrellas, no sé absolutamente nada sobre navegación. Jamás llegaría.
-Iré contigo, entonces- ofreció su hermano -me aseguraré de llevarnos a salvo y tú bajarás al planeta. Me enviarás notificaciones de tu avance hasta que sea el momento de regresar.
-Eso suena como una hazaña increíble, solo hay un problema- comentó él -¿qué sucederá con tu trabajo de traslado? Eres el responsable de una inmensa labor.
-Le pediré a alguien de confianza que se haga cargo- afirmó su hermano con simpleza -no todos los días puedes estar en la misión de expedición de un nuevo planeta, Vilkank. Esto es lo más emocionante que me ha pasado en mucho tiempo.
-Supongo que nada te hará reconsiderar tu decisión- intentó él con el corazón acelerado de la emoción.
-Sabes que no- soltó su hermano con una sonrisa tan brillante como la suya.
-Entonces creo que está decidido- afirmó Vilkank -¿cuándo nos iremos?
Su hermano se levantó de la silla por fin y se encaminó a la puerta.
-Tienes que darme al menos cinco ciclos solares- pidió Velkank -no será sencillo, pero estoy seguro que de lo lograremos. No te preocupes.