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Renacer a Tu Lado Para Siempre

Renacer a Tu Lado Para Siempre

Autor: : Claudia lvarez
Género: Romance
Mi sentencia de muerte se cernía sobre mí, solo unos pocos meses de vida. Lo último que esperaba era ver su rostro de nuevo en la portada de una revista de sociedad: Mateo Vargas, mi antiguo amor, el hombre que me destruyó, regresando a Bogotá para su boda. El contraste entre mi fatal diagnóstico y su celebración de vida era brutal, insoportable. Desesperada por un último adiós, confronté a Mateo y, no sin remordimientos, usé un oscuro secreto familiar como chantaje: un video de los negocios sucios de su padre. Lo obligué a pasar sus últimos dos meses antes de la boda conmigo, anhelando que el amor que creí que existió entre nosotros resurgiera. Pero lo que obtuve fue un infierno. Su abuela, en su lecho de muerte, le arrancó una promesa cruel: nunca estar con una "Rojas". Isabella, su prometida, tejió una red de engaños, me acusó de envenenamiento y contrató matones que me golpearon brutalmente. Y Mateo, el hombre que una vez me juró amor, filtró una foto íntima nuestra, exponiéndome a la humillación pública. Cada día, mi cuerpo y mi espíritu se desmoronaban. ¿Cómo podía su corazón ser tan frío, tan lleno de desprecio, para alguien a quien prometió amar más que a nada? Moribunda y traicionada, fui apuñalada por aquel a quien una vez tendí la mano. Mi último aliento fue una llamada a su teléfono, mientras la marcha nupcial empezaba de fondo. Morí sola, con su indiferencia, sin que él supiera la verdad de mi enfermedad. Pero la muerte no fue mi final. Años después, sin una pizca de memoria de mi vida anterior, renací como Ana, inexplicablemente atraída de nuevo a su órbita. Hasta que un disparo, el de la pistola de su padre apuntando a Mateo, y la mención de mi antiguo nombre, hicieron que los horribles recuerdos regresaran en una ola de dolor. Ahora, ¿podrá el amor superar la traición y la tragedia, o el pasado nos condenará de nuevo?

Introducción

Mi sentencia de muerte se cernía sobre mí, solo unos pocos meses de vida.

Lo último que esperaba era ver su rostro de nuevo en la portada de una revista de sociedad: Mateo Vargas, mi antiguo amor, el hombre que me destruyó, regresando a Bogotá para su boda.

El contraste entre mi fatal diagnóstico y su celebración de vida era brutal, insoportable.

Desesperada por un último adiós, confronté a Mateo y, no sin remordimientos, usé un oscuro secreto familiar como chantaje: un video de los negocios sucios de su padre.

Lo obligué a pasar sus últimos dos meses antes de la boda conmigo, anhelando que el amor que creí que existió entre nosotros resurgiera.

Pero lo que obtuve fue un infierno.

Su abuela, en su lecho de muerte, le arrancó una promesa cruel: nunca estar con una "Rojas".

Isabella, su prometida, tejió una red de engaños, me acusó de envenenamiento y contrató matones que me golpearon brutalmente.

Y Mateo, el hombre que una vez me juró amor, filtró una foto íntima nuestra, exponiéndome a la humillación pública.

Cada día, mi cuerpo y mi espíritu se desmoronaban.

¿Cómo podía su corazón ser tan frío, tan lleno de desprecio, para alguien a quien prometió amar más que a nada?

Moribunda y traicionada, fui apuñalada por aquel a quien una vez tendí la mano.

Mi último aliento fue una llamada a su teléfono, mientras la marcha nupcial empezaba de fondo.

Morí sola, con su indiferencia, sin que él supiera la verdad de mi enfermedad.

Pero la muerte no fue mi final.

Años después, sin una pizca de memoria de mi vida anterior, renací como Ana, inexplicablemente atraída de nuevo a su órbita.

Hasta que un disparo, el de la pistola de su padre apuntando a Mateo, y la mención de mi antiguo nombre, hicieron que los horribles recuerdos regresaran en una ola de dolor.

Ahora, ¿podrá el amor superar la traición y la tragedia, o el pasado nos condenará de nuevo?

Capítulo 1

El informe médico era frío, impersonal.

Miocardiopatía chagásica en etapa terminal.

Unos pocos meses de vida.

Salí del consultorio con el papel en la mano, el mundo parecía moverse en cámara lenta. Mi teléfono vibró. Era una notificación de una revista de sociedad.

La foto mostraba a Mateo Vargas bajando de un avión privado. El titular era enorme: "El heredero de Café Vargas, Mateo Vargas, regresa a Bogotá para su boda con Isabella Montoya".

El contraste era brutal. Mi sentencia de muerte y su celebración de vida.

Esa misma noche, lo vi en una gala benéfica.

Estaba al otro lado del salón, rodeado de gente importante, con Isabella del brazo. No había cambiado nada en cinco años. El mismo cabello oscuro, la misma mandíbula tensa, la misma mirada fría que podía congelar el infierno.

Era el hombre que había amado con locura.

Era el hombre que me había destruido.

Crucé el salón, ignorando las miradas curiosas. Me paré frente a él.

"Primo".

La palabra salió con un veneno dulce. Nuestra relación era un tabú. Su padre había dejado a su madre por mi tía, convirtiéndonos en una especie de familia retorcida. Su madre murió poco después, y él siempre culpó a la mía.

La sonrisa de Mateo se borró. Isabella me miró con una curiosidad condescendiente.

"No me llames así", siseó Mateo, su voz baja y peligrosa. "Tú y yo no somos nada, Sofía. Lo dejamos claro hace mucho tiempo".

"Hay cosas que no se pueden borrar", respondí, manteniendo su mirada.

Mi atención se desvió hacia una figura frágil sentada sola en un rincón. Elena, la abuela de Mateo. Sufría de Alzheimer y parecía perdida. Me acerqué a ella instintivamente, me arrodillé a su lado y le tomé la mano.

"Elena, ¿estás bien? ¿Quieres un poco de agua?".

Ella me miró con ojos vacíos, pero apretó mi mano.

Una sombra cayó sobre nosotras. Era Mateo, su rostro era una máscara de furia.

"¡Aléjate de ella!".

Me agarró del brazo y me levantó bruscamente, alejándome de su abuela. Me arrastró a un balcón vacío, lejos de las miradas.

"No sé a qué estás jugando", dijo, su agarre en mi brazo era doloroso. "Pero mantente lejos de mi familia. Ya has hecho suficiente daño".

El dolor en mi pecho se intensificó, un recordatorio cruel de mi tiempo limitado. Pero le sostuve la mirada, con una fachada de desafío que no sentía.

"Necesito hablar contigo. A solas".

Él soltó una risa amarga y sacó un cigarrillo, un viejo hábito. Se lo llevó a los labios. Sin pensar, mi mano se movió sola, un eco de un pasado íntimo. Le ajusté la corbata, que estaba ligeramente torcida.

Él se quedó helado. Su cuerpo se tensó al instante.

Retiré la mano como si me hubiera quemado. La familiaridad del gesto nos golpeó a ambos. Me di la vuelta para ocultar el dolor en mi rostro.

"En el bar de siempre. En una hora".

Y me fui, caminando con una seguridad falsa hacia la salida, hacia el lugar donde todos esperaban ver a la frívola Sofía Rojas.

El bar estaba lleno de humo y música alta. Pedí un whisky doble.

"Sofía".

Me giré. Era Julián. Un estudiante de arte al que había patrocinado. Pobre, talentoso y con un parecido inquietante a un Mateo más joven.

"¿Qué quieres, Julián?".

Él sonrió, una sonrisa torcida y llena de resentimiento. Se había metido en problemas, deudas de drogas que yo ya no podía pagar.

"Si me pagas lo suficiente", dijo, acercándose demasiado, "puedo ser él por esta noche. Puedo hacer que te olvides del verdadero Mateo".

La náusea subió por mi garganta.

"No eres más que una copia barata", le espeté, mi voz llena de desprecio.

La rabia me consumió. Tomé mi vaso de whisky y se lo arrojé a la cara. El líquido ámbar goteó por su cabello y su ropa. El bar quedó en silencio. Saqué un fajo de billetes de mi bolso y se lo tiré al pecho.

"Para que te limpies la porquería".

Al otro lado del bar, Mateo lo había visto todo. Estaba con sus amigos, y la expresión de su rostro era de puro asco. Uno de sus amigos le susurró algo al oído, y aunque no pude oírlo, supe lo que decía.

"Esa es Sofía Rojas. Siempre haciendo un escándalo. Dicen que nunca te superó".

La mandíbula de Mateo se apretó. Sí, que lo viera. Que viera el desastre en el que me había convertido. Era todo lo que me quedaba.

Capítulo 2

No esperé a que viniera a buscarme.

Fui yo quien se acercó a su mesa, con la cabeza alta.

"Mateo", dije, mi voz sonaba sorprendentemente firme. Me dirigí a sus amigos con una sonrisa forzada. "Disculpen, necesito robarle a mi primo un momento".

Usé la palabra "primo" de nuevo, a propósito. Vi un destello de furia en sus ojos antes de que la ocultara. Se levantó sin decir palabra y me siguió a un reservado en la parte trasera del bar.

Apenas se cerró la puerta, saqué mi teléfono.

"¿Recuerdas esa noche en Villa de Leyva? Estabas muy borracho".

Puse el video. La imagen era temblorosa, pero la voz era inconfundible. Era un Mateo joven, vulnerable, confesándome entre lágrimas los negocios sucios de su padre, las tierras de café robadas, las vidas arruinadas.

"La fusión de tu empresa depende de tu matrimonio", dije, mi voz era un susurro helado. "Este video arruinaría todo. La familia de Isabella no se aliaría con criminales".

Levantó la vista de la pantalla, sus ojos oscuros me taladraban.

"Chantaje. Qué bajo has caído, Sofía".

"Me estoy muriendo, Mateo", solté sin pensar. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, crudas y desesperadas.

Él parpadeó, confundido por un segundo, antes de que su rostro se endureciera de nuevo.

"Siempre con el drama. ¿Qué quieres?".

"Dos meses. Los dos meses antes de tu boda. Pásalos conmigo".

Se rio, un sonido hueco y sin alegría.

"¿Y por qué haría yo eso?".

"Porque si no lo haces", dije, acercando el teléfono al botón de "compartir", "me aseguraré de que todo el mundo vea quién es realmente Arturo Vargas. Y su heredero".

Su mandíbula se tensó. Estaba atrapado. Odiaba a su padre, pero el deber hacia el imperio familiar era más fuerte. Y yo lo sabía.

"De acuerdo", dijo finalmente, la palabra sonó como una sentencia. "Dos meses. Pero que te quede claro, esto es un negocio. Nada más".

"Como quieras", susurré, sintiendo una victoria agridulce.

Se acercó a mí, su cuerpo invadiendo mi espacio. Por un momento, sentí que el mundo se detenía. La forma en que me miraba... era la misma de siempre.

"¿Esto es lo que querías?", preguntó, su voz era un murmullo ronco. "¿Arrastrarme de vuelta a tu caos?".

Un dolor agudo me atravesó el pecho, un recordatorio de la enfermedad que me consumía. Me llevé una mano al corazón, disimulando una mueca de dolor.

"Te quería a ti", dije, forzando una sonrisa coqueta. "Te quiero a ti, Mateo".

"Entonces actúa como tal", dijo, su mirada bajó a mis labios. "¿O vas a seguir llamándome 'primo' para marcar distancia?".

El dolor se hizo más intenso, punzante. Tuve que dar un paso atrás, rompiendo el momento. Necesitaba mi medicación.

"Tengo que irme", dije bruscamente.

Su rostro se transformó. El atisbo de vulnerabilidad desapareció, reemplazado por el desprecio.

"Claro. La gran Sofía Rojas nunca se queda en un solo lugar por mucho tiempo. Siempre buscando la siguiente fiesta, la siguiente distracción".

Me di la vuelta y me fui sin decir nada más. Cada paso era una agonía.

Cuando llegué a mi apartamento, mi tía Carmen estaba esperando.

"Recibí una llamada de Arturo", dijo, su voz era fría y crítica. "¿Qué demonios estabas pensando al hacer una escena en el bar?".

"No es de tu incumbencia, tía".

"Todo lo que haces es de mi incumbencia mientras vivas bajo mi techo y manches nuestro apellido", replicó.

Mi teléfono sonó. Era ella de nuevo. Ignoré la llamada.

Al día siguiente, Carmen insistió en que almorzáramos con Mateo y su padre, Arturo, para "limar asperezas". Fue una tortura. Arturo y Carmen actuaban como la pareja perfecta, una farsa que me revolvía el estómago.

Mi tía, en un gesto de falsa amabilidad, me sirvió un trozo de pastel de chocolate.

"Come, querida. Estás muy delgada".

El chocolate era uno de mis desencadenantes. Podía acelerar mi ritmo cardíaco peligrosamente. Antes de que pudiera negarme, Mateo intervino.

"Ella no come chocolate", dijo, su voz era monótona. Quitó el plato de mi vista y lo reemplazó con una ensalada de frutas. "Le da migraña".

Carmen lo miró sorprendida. Yo lo miré, atónita. Se acordaba. Después de tantos años, todavía se acordaba.

Más tarde, mi tía intentó emparejarme con el hijo de un socio comercial.

"Es un buen partido, Sofía. Deberías darle una oportunidad".

Me negué, pero entonces vi a Mateo al otro lado del jardín, riendo con Isabella. Ella le arregló la corbata, un gesto íntimo que me quemó por dentro.

"Está bien", le dije a mi tía, con la voz vacía. "Lo haré".

Esa noche, cuando volví a casa, Mateo me estaba esperando en la oscuridad de mi sala de estar.

"¿Así que ahora aceptas citas a ciegas?", preguntó, su voz era un gruñido bajo.

"No es asunto tuyo".

En dos zancadas estuvo frente a mí. Me empujó contra la pared, su cuerpo aprisionando el mío.

"Todo lo que haces es asunto mío durante los próximos dos meses", susurró contra mis labios. "Ese fue el trato".

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