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Renacer a escapar

Renacer a escapar

Autor: : White
Género: Romance
Un dolor agudo me partió la cabeza, y al despertar en un hospital de Sevilla, lo primero que me dijeron fue que tenía veinticinco años y estaba casada con un hombre al que no recordaba, Mateo Vargas. Mi "esposo" era un completo desconocido, un hombre frío y calculador que había accedido a un matrimonio de conveniencia orquestado por nuestras familias para fusionar bodegas, y que además, me engañaba descaradamente con su asistente legal, Isabel Montoya. Descubrí con horror que, en esta vida que no era mía, había renunciado a mi pasión por la fotografía, al flamenco, a mi tatuaje del ave fénix e incluso a mi moto, todo por complacer a este hombre que me despreciaba y se burlaba de mí a mis espaldas, llamándome "una mona vestida de seda", y el colmo, mientras yo perdía a nuestro hijo en el hospital, él estaba de vacaciones con su amante. El dolor y la humillación eran insoportables: ¿cómo había llegado a ser la sombra de la Sofía libre y apasionada que recordaba, una mujer que lo había perdido todo por un hombre que ni siquiera la quería viva? Al borde de la desesperación, después de un accidente que casi me cuesta la vida, me encontré de vuelta en el pasado, justo antes de cometer el mayor error: casarme con él, y ahora, con la memoria intacta de mi infierno anterior y una segunda oportunidad, estoy decidida a reclamar mi libertad, mis pasiones, y encontrar el verdadero amor, custodiando mi corazón de todo lo que una vez me arrebató la vida.

Introducción

Un dolor agudo me partió la cabeza, y al despertar en un hospital de Sevilla, lo primero que me dijeron fue que tenía veinticinco años y estaba casada con un hombre al que no recordaba, Mateo Vargas.

Mi "esposo" era un completo desconocido, un hombre frío y calculador que había accedido a un matrimonio de conveniencia orquestado por nuestras familias para fusionar bodegas, y que además, me engañaba descaradamente con su asistente legal, Isabel Montoya.

Descubrí con horror que, en esta vida que no era mía, había renunciado a mi pasión por la fotografía, al flamenco, a mi tatuaje del ave fénix e incluso a mi moto, todo por complacer a este hombre que me despreciaba y se burlaba de mí a mis espaldas, llamándome "una mona vestida de seda", y el colmo, mientras yo perdía a nuestro hijo en el hospital, él estaba de vacaciones con su amante.

El dolor y la humillación eran insoportables: ¿cómo había llegado a ser la sombra de la Sofía libre y apasionada que recordaba, una mujer que lo había perdido todo por un hombre que ni siquiera la quería viva?

Al borde de la desesperación, después de un accidente que casi me cuesta la vida, me encontré de vuelta en el pasado, justo antes de cometer el mayor error: casarme con él, y ahora, con la memoria intacta de mi infierno anterior y una segunda oportunidad, estoy decidida a reclamar mi libertad, mis pasiones, y encontrar el verdadero amor, custodiando mi corazón de todo lo que una vez me arrebató la vida.

Capítulo 1

Un dolor agudo me partió la cabeza.

Abrí los ojos despacio.

Todo era blanco, brillante.

Una habitación de hospital.

Sentía el cuerpo pesado, adolorido.

Intenté incorporarme, pero un pinchazo en el brazo me lo impidió.

Una vía intravenosa.

Miré a mi alrededor, desorientada.

No reconocía el lugar.

¿Qué había pasado?

Mi último recuerdo era... la universidad, mis clases de fotografía, mis veinte años.

Una enfermera joven entró con una sonrisa amable.

"Señorita Ramos, qué bueno que despertó."

Su voz era suave.

Asentí con lafuerza que pude reunir.

"¿Dónde... dónde estoy?" mi voz sonó rasposa, extraña.

"En el hospital de Sevilla. Tuvo un accidente."

Un accidente.

Eso explicaba el dolor.

"¿Un accidente de coche?"

Ella negó con la cabeza.

"Durante una sesión de fotos. En una finca de toros bravos."

Fotos. Sí, era fotógrafa. O quería serlo. Apasionada por el arte.

La enfermera continuó.

"Su esposo ha sido informado. No debe tardar en llegar."

Me quedé inmóvil.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

"¿Esposo?" pregunté, la palabra se sentía ajena en mi boca.

Ella asintió, su sonrisa no vaciló.

"Sí, el señor Mateo Vargas. Su esposo."

Negué con la cabeza, con toda la convicción que pude.

"No. No estoy casada."

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

"Tengo veinte años. No tengo esposo. Es imposible."

La enfermera me miró con compasión.

"Señorita Ramos... bueno, señora Vargas, entiendo que esté confundida."

Sacó una pequeña carpeta de debajo del brazo.

"Según nuestros registros, usted es Sofía Ramos, tiene veinticinco años."

Veinticinco.

No.

"Y lleva cuatro años casada con el señor Mateo Vargas."

Cuatro años.

Era una broma. Tenía que serlo.

Recordé a Mateo. Claro que lo conocía.

Un amigo de la infancia, igual que Javier.

Pero mi esposo... no.

Justo antes de que todo se volviera negro, antes del supuesto accidente, recordaba algo.

Un flash.

Mateo.

Besándose con otra mujer.

Isabel Montoya. Su asistente legal, creo.

Fruncí el ceño.

¿Era un sueño? ¿Una alucinación?

"No puede ser," susurré.

La enfermera suspiró.

"El médico dijo que podría tener amnesia parcial debido al golpe."

Se acercó y me tendió un pequeño espejo de su bolsillo.

Me miré.

Era yo, pero... diferente.

Más adulta.

Con pequeñas líneas de expresión alrededor de los ojos que no recordaba.

Tenía veinticinco años.

Mi amiga Lucía entró corriendo en ese momento, con los ojos rojos.

"¡Sofía! ¡Dios mío, despertaste!"

Me abrazó con cuidado.

Lucía, mi mejor amiga, diseñadora de moda. Ella lo sabría.

"Lucía, ¿es verdad? ¿Tengo veinticinco años? ¿Estoy... casada con Mateo?"

Lucía se apartó, su rostro lleno de tristeza.

Asintió lentamente.

"Sí, Sofi. Es verdad."

"Pero... ¿por qué? ¿Cómo?"

"Fue un acuerdo entre sus familias, Sofi. Para fusionar las bodegas."

Bodegas. Nuestros padres eran bodegueros. Una alianza.

Un matrimonio de conveniencia.

Mi mente de veinte años luchaba por procesarlo.

Yo era Sofía Ramos, apasionada, exbailarina de flamenco.

Libre.

O eso creía.

¿Qué había pasado con esa Sofía?

Mateo Vargas. Arquitecto de renombre. Reservado, tradicional.

Nunca imaginé...

Recordé mi hombro.

Llevé la mano instintivamente hacia él.

Mi tatuaje. Un ave fénix. Mi símbolo de renacimiento.

No estaba.

La piel estaba lisa.

"¿Mi tatuaje?" pregunté a Lucía, con un hilo de voz.

Ella bajó la mirada.

"Te lo quitaste, Sofi. Por Mateo. A él no le gustaba."

Sentí un vacío en el pecho.

"¿Y mis equipos de fotografía? ¿Mis cámaras?"

"Los vendiste. Dijiste que no tenías tiempo."

No. No podía ser.

"¿Y el flamenco? ¿Dejé de bailar?"

Lucía asintió de nuevo, con lágrimas en los ojos.

"Sí. Mateo pensaba que no era apropiado para la esposa de un Vargas."

Cada palabra era un golpe.

Había renunciado a todo.

Por él. Por un matrimonio arreglado.

La Sofía que yo recordaba nunca haría eso.

"¿Dónde está Mateo?" pregunté, una nueva frialdad instalándose en mí.

Si era mi esposo, ¿por qué no estaba aquí?

Lucía dudó.

"Ha estado... ocupado."

Justo en ese momento, sonó el teléfono de la habitación.

La enfermera contestó.

Escuché fragmentos.

"Sí, ha despertado... Señor Vargas..."

Luego, la enfermera palideció ligeramente.

Colgó el teléfono despacio.

Me miró con una expresión extraña.

"Era un asistente del señor Vargas," dijo en voz baja.

"Preguntó si usted... si usted había muerto."

Sentí cómo la sangre se me helaba.

"Y cuando le dije que no, que había despertado, él... él dijo..."

La enfermera tragó saliva.

"Dijo: 'Si no lo está, no me molestes'."

Ira. Pura ira hirvió dentro de mí.

Me arranqué la vía del brazo, ignorando el dolor.

"¿Dónde está su estudio de arquitectura?" pregunté, mi voz temblando de furia.

Lucía intentó detenerme.

"Sofi, no. Estás débil."

"Necesito verlo."

Me levanté de la cama, mis piernas temblaban, pero mi determinación era de hierro.

Conseguí la dirección de Lucía.

Tomé un taxi.

El edificio era moderno, imponente. Como él.

Entré en la recepción.

"Busco a Mateo Vargas," dije, intentando mantener la compostura.

La recepcionista, una mujer elegante, me miró de arriba abajo.

"¿Tiene cita?"

"Soy su esposa."

Ella sonrió con suficiencia.

"El señor Vargas no está casado. ¿Quizás se equivoca de persona?"

Mi matrimonio era un secreto.

Qué humillación.

"Está aquí. Lo sé."

Insistí.

Ella llamó por el intercomunicador.

"Señor Vargas, una mujer dice ser su esposa..."

Hubo una pausa.

Luego, la voz fría de Mateo resonó por el altavoz.

"No conozco a ninguna esposa. Dile que se vaya. O llamaré a seguridad."

Me quedé allí, petrificada.

Negada. Humillada.

Lucía llegó corriendo detrás de mí.

"Sofi, vámonos. No vale la pena."

Me tomó del brazo.

Pero yo no podía moverme.

"¿Por qué?" susurré. "¿Por qué me hace esto?"

Lucía me sacó de allí a rastras.

Una vez fuera, me apoyé contra la pared, intentando respirar.

"Su matrimonio es un secreto para sus empleados, Sofi," explicó Lucía con tristeza. "Fue tu idea, para no afectar su imagen."

Mi idea.

¿Qué clase de masoquista era yo en esta vida desconocida?

"Hay más," dijo Lucía, con la voz ahogada.

La miré, temiendo lo peor.

"Tu moto. La que personalizaste. Tu joya."

Mi moto. Mi libertad.

"¿Qué pasó con ella?"

"Mateo la vendió. Dijo que era peligrosa. Ahora... ahora es chatarra en algún desguace."

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

No solo mi arte, mi baile, mi tatuaje.

También mi moto.

Todo lo que amaba. Destruido.

Por él.

"¿Por qué, Lucía? ¿Por qué un acuerdo familiar?"

Ella suspiró.

"Las bodegas de tu padre estaban pasando por un mal momento. La fusión con los Vargas era la única salida."

Así que me vendieron.

Como una mercancía.

Revisé mi teléfono, que Lucía me había traído.

Busqué los mensajes con Mateo.

Cientos de mensajes míos.

"Te quiero."

"Te echo de menos."

"¿Cenamos juntos esta noche?"

Sus respuestas eran escasas.

"Ok."

"No puedo."

"Estoy ocupado."

Siempre yo. Siempre buscándolo.

Y él... siempre distante.

Un dolor sordo se instaló en mi pecho.

Pero debajo del dolor, crecía algo más.

Una rabia fría.

Esta no era yo.

No aceptaría esto.

No viviría una vida que no reconocía, una vida de sacrificios y humillaciones.

"Voy a cambiar esto, Lucía," dije, mi voz sonando más fuerte de lo que me sentía.

"Voy a recuperar mi vida."

O al menos, lo que quedaba de ella.

Capítulo 2

Mateo me llevó de vuelta a la "casa".

Así la llamaba él. Nunca "nuestro hogar".

Una imponente hacienda familiar en las afueras de Jerez.

Majestuosa, fría, como él.

Apenas habíamos cruzado palabra en el coche.

Él conducía, con la mandíbula tensa.

Yo miraba por la ventana, intentando asimilar el paisaje de mi nueva vida.

Cuando llegamos, él bajó del coche sin esperarme.

Entré en la enorme casa.

Mármol frío bajo mis pies. Techos altos. Silencio.

"¿Fingiste la amnesia, verdad?"

Su voz me sobresaltó.

Estaba de pie en el umbral de un gran salón, mirándome con desprecio.

"¿Crees que soy idiota, Sofía? ¿Otro de tus dramas para llamar la atención?"

Negué con la cabeza.

"No estoy fingiendo nada, Mateo. Realmente no recuerdo los últimos cinco años."

Él soltó una risa seca, sin alegría.

"Conveniente."

Se acercó a mí, su presencia era abrumadora.

"El accidente también fue muy oportuno, ¿no crees?"

"¿Qué quieres decir?"

"Quizás querías evitar algo. O a alguien."

Justo en ese momento, una figura femenina apareció detrás de él.

Isabel Montoya.

La mujer del beso.

Vestida impecablemente, con una sonrisa calculadora.

"Mateo, cariño, ¿todo bien?"

Su voz era melosa.

Me miró con falsa sorpresa.

"Oh, Sofía. Qué alegría verte recuperada."

Sentí la bilis subir por mi garganta.

"¿Qué hace ella aquí, Mateo?" pregunté, mi voz temblando ligeramente.

"En nuestra casa."

Mateo arqueó una ceja.

"Isabel es mi asistente legal. Y una amiga. Tiene todo el derecho de estar aquí."

"¿Amiga?" repetí, incrédula. "¿Una amiga que besas?"

La sonrisa de Isabel vaciló por un instante.

Mateo me agarró del brazo, con fuerza.

"No empieces con tus celos absurdos."

Me solté de su agarre.

"¿Celos? ¿O es que no recuerdas que te vi besándote con ella justo antes de mi... lapso de memoria?"

Él me miró fijamente, sus ojos oscuros e indescifrables.

"No sé de qué hablas."

Mintió. Lo supe en ese instante.

"Isabel, ¿podrías dejarnos solos un momento?" dijo Mateo, sin apartar la vista de mí.

Ella asintió, con una mirada triunfante hacia mí, y se retiró.

"¿Nuestra casa, dices?" continuó Mateo, con sarcasmo.

"¿En qué ala de la casa duermes tú, Sofía? Porque yo, desde luego, no recuerdo haber compartido habitación contigo nunca."

Sus palabras me golpearon como un latigazo.

Nunca.

Cuatro años de matrimonio.

Y dormíamos en alas separadas de la casa.

La humillación era insoportable.

Él se dio la vuelta y se fue, dejándome sola en el enorme y frío recibidor.

Me sentí pequeña, perdida.

Esta casa no era un hogar.

Era una prisión dorada.

Más tarde esa noche, mi madre llamó.

Su voz sonaba ansiosa.

"Sofía, hija, ¿cómo estás? ¿Mateo te está cuidando bien?"

Mentí.

"Sí, mamá. Todo está bien."

"Bueno, me alegro. Ya sabes, tu padre y yo estamos esperando noticias."

"¿Noticias?"

"¡Nietos, hija! Ya va siendo hora. Lleváis cuatro años casados."

Sentí una presión horrible en el pecho.

"Lo... lo estamos intentando, mamá," mentí de nuevo, la voz ahogada.

Colgué el teléfono, sintiéndome culpable y desesperada.

Intenté llamar a Mateo.

Quería hablar. Quería entender.

Pero su teléfono sonó varias veces antes de que alguien contestara.

No era él.

"¿Diga?"

La voz melosa de Isabel Montoya.

Mi sangre hirvió.

"¿Isabel? Pásame a Mateo."

Ella soltó una risita.

"Oh, lo siento, señorita Ramos. Mateo está... ocupado en este momento."

Señorita Ramos.

No señora Vargas.

"¿Puedo ayudarla en algo?" continuó, su tono cargado de insinuación.

Como si ella fuera la dueña de la situación.

Como si estuvieran juntos. Íntimos.

Colgué el teléfono con rabia.

Me senté en el borde de la cama, en mi ala solitaria de la casa.

Las lágrimas corrían por mis mejillas.

Dolor. Rabia. Impotencia.

Pero entonces, una chispa se encendió dentro de mí.

La vieja Sofía.

La luchadora.

No me iba a hundir.

Tomé mi teléfono.

Marqué un número que no sabía que recordaba.

Javier Torres.

Mi amigo de la infancia. El dueño de un pequeño tablao flamenco.

Cálido, comprensivo.

Él me entendería.

"¿Javi?"

"¿Sofi? ¡Qué sorpresa! ¿Cómo estás?"

Su voz fue un bálsamo.

"Necesito un favor, Javi. Necesito... necesito volver a ser yo."

Decidí retomar mis pasiones.

Mi fotografía. Mi moto. Mi baile.

Era hora de que el ave fénix resurgiera de sus cenizas.

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