El aire en la iglesia olía a lirios, el aroma favorito de mi esposo Julián, pero yo lo odiaba con toda mi alma mientras observaba su ataúd.
En el funeral, me informaron que Julián me había dejado solo deudas, mientras que toda su fortuna, que había costado nuestra felicidad y la de otros, iba a Sofía, su hermana adoptiva.
Los gritos de ira de las víctimas de su medicina defectuosa me rodearon, sus huevos podridos y vegetales arrojados eran un presagio de la miseria que me esperaba.
Vendí mis joyas, viví en un apartamento diminuto, y las deudas me ahogaron hasta que el estrés y la desnutrición me llevaron al borde de la muerte.
En mi lecho de muerte, solo anhelaba una segunda oportunidad para vivir mi propio sueño, uno que sacrifiqué por un amor que resultó ser una mentira.
De repente, abrí los ojos en mi antiguo dormitorio: ¡era el día antes de mi boda con Julián!
Él entró, arrogante y demandante, pero esta vez, no sentí nada más que el frío de la tumba.
"No iré a la cena. Cancelo la boda. No me casaré contigo, Julián", le dije con una voz firme que nunca antes había tenido.
Mientras su furia estallaba, marqué un número: el de mi antigua mentora en la Agencia Espacial Nacional.
Allí, esperaban a alguien para un proyecto clasificado: era mi segunda oportunidad y la abracé sin dudarlo.
El aire en la iglesia era pesado y olía a lirios, el aroma favorito de Julián, un aroma que ahora Elara odiaba con toda su alma. Estaba sentada en la primera fila, vestida de un negro riguroso, observando el ataúd de caoba pulida. Era el funeral de su esposo, y no sentía nada más que un vacío helado. La gente a su alrededor lloraba en voz baja, pero sus lágrimas se habían secado hacía mucho tiempo.
Después de la ceremonia, el abogado de la familia, el señor Ramírez, los reunió en una pequeña sala contigua. Estaban los padres de Julián, con los rostros demacrados por el dolor, y Sofía, la hermana adoptiva, que se aferraba al brazo de la madre de Julián, sollozando delicadamente. El señor Ramírez carraspeó y abrió un portafolio de cuero.
"Como saben, Julián dejó instrucciones muy claras en su testamento" , dijo el abogado, con una voz solemne que no lograba ocultar su incomodidad.
Elara lo miró sin expresión, esperaba que le dijera cómo se dividirían las deudas, porque sabía que no había nada más.
El abogado continuó, "Julián ha decidido dejar la totalidad de su fortuna, incluyendo todas las acciones de la empresa, propiedades y activos líquidos, a su amada hermana, la señorita Sofía Montero" .
El silencio en la habitación fue absoluto. Los padres de Julián miraron al abogado, incrédulos, luego a Sofía, que levantó la vista con los ojos llenos de lágrimas fingidas. Elara sintió una risa amarga subir por su garganta, pero la ahogó. Por supuesto. Siempre había sido Sofía.
"¿Y para Elara?" , preguntó la madre de Julián, con la voz temblorosa.
El señor Ramírez evitó la mirada de Elara. "Para su esposa, la señora Elara Valdés, Julián solo ha dejado... las deudas pendientes de la compañía, incluyendo las compensaciones por el litigio del medicamento Medcalia" .
El golpe fue tan brutal que le robó el aliento. No era solo la falta de herencia, era la crueldad calculada. Él no solo la había despojado de todo, sino que la había cargado con la ruina, con el odio de cientos de familias cuyas vidas habían sido destruidas por un medicamento defectuoso que él había lanzado al mercado a sabiendas. Ella le había advertido, como ingeniera con conocimientos en bioquímica, le había suplicado que detuviera la producción, pero él la había ignorado, llamándola paranoica.
Se levantó sin decir una palabra. Su mente era un torbellino de recuerdos, de cada sacrificio que había hecho por él. Abandonó su sueño de trabajar en la agencia espacial, su proyecto de vida, el día que él se lo pidió. "Una esposa no necesita trabajar, Elara, tu lugar está a mi lado" , le había dicho. Y ella, tontamente enamorada, le había creído. Pasó años siendo la esposa perfecta, la anfitriona perfecta, la sombra perfecta de un hombre que, ahora lo sabía con certeza, nunca la había amado.
Al salir de la iglesia, un grupo de personas la esperaba. Eran las víctimas. Sus rostros estaban llenos de ira y dolor.
"¡Ahí está! ¡La esposa del asesino!" , gritó una mujer.
"¡Disfrutando de la fortuna que construyeron con nuestra desgracia!" , acusó un hombre.
Los huevos y las verduras podridas comenzaron a volar hacia ella. No intentó esquivarlos. Se quedó quieta, sintiendo el impacto pegajoso en su vestido negro, el hedor mezclándose con el de los lirios. El odio de ellos era justo, pero estaba dirigido a la persona equivocada. Ella no tenía nada, absolutamente nada.
Los meses que siguieron fueron un infierno. Vivía en un pequeño y miserable apartamento, vendiendo las pocas joyas que le quedaban para poder comer. Las deudas la ahogaban, las citaciones judiciales se acumulaban en la puerta. Su salud se deterioró rápidamente, el estrés y la desnutrición le provocaron una enfermedad que los médicos no pudieron detener.
Tumbada en su cama, sola y tiritando de frío a pesar del calor del verano, Elara miró por la ventana sucia. Podía ver un trozo de cielo nocturno, salpicado de estrellas. Pensó en su sueño, en las galaxias que había querido explorar. Lo había sacrificado todo por un amor que resultó ser una mentira. Si tan solo tuviera una segunda oportunidad, una sola oportunidad para vivir por sí misma. Sus ojos se cerraron lentamente mientras su último aliento se escapaba en un susurro. "Otra oportunidad..." .
Elara abrió los ojos de golpe. La luz del sol se filtraba a través de unas cortinas de seda color crema que no había visto en años. Estaba en una cama suave y grande, y el aire olía a limpio. Se sentó bruscamente, el corazón latiéndole con fuerza. Era su antiguo dormitorio en la mansión de sus padres, la habitación de su adolescencia. Miró sus manos, no eran las manos huesudas y pálidas de una moribunda, sino manos jóvenes y llenas de vida. Corrió hacia el espejo de cuerpo entero y se quedó sin aliento. Era ella, pero más joven, con la piel tersa y los ojos brillantes. Tenía veinte años.
Un calendario digital sobre su escritorio mostraba la fecha. Era el día antes de su boda con Julián.
Había vuelto. De alguna manera, había vuelto.
La puerta de su habitación se abrió y entró Julián. Llevaba un traje impecable, su rostro era tan guapo y tan frío como lo recordaba. La miró con esa indiferencia que ella había aprendido a interpretar como concentración o cansancio, pero que ahora sabía que era puro desdén.
"¿Estás lista? Mis padres quieren cenar con nosotros para celebrar. No llegues tarde" , dijo, su tono era una orden, no una invitación. No había ni una pizca de afecto en su voz.
Elara lo observó, y por primera vez, no sintió el revoloteo en el estómago, no sintió la necesidad de complacerlo. Sintió el frío de la tumba de la que acababa de salir. Vio a través de él, del empresario exitoso, y vio al hombre que la había despreciado, que la había condenado a una muerte horrible mientras amaba a otra.
"No iré" , dijo ella, su voz firme y clara.
Julián frunció el ceño, molesto por su respuesta inesperada. "Elara, no empieces con tus juegos. No tengo tiempo para esto" .
"No es un juego" , respondió ella, mirándolo directamente a los ojos. "Cancelo la boda. No me voy a casar contigo, Julián" .
Una expresión de incredulidad cruzó su rostro, seguida rápidamente por la ira. "¿De qué demonios estás hablando? ¿Te volviste loca?" .
"Al contrario" , dijo Elara, sintiendo una oleada de poder que nunca antes había experimentado. "Nunca he estado más cuerda en mi vida. Ahora, si me disculpas, tengo una llamada importante que hacer" .
Se dio la vuelta, dándole la espalda, y tomó su teléfono. Buscó en sus contactos un número que no había marcado en años, el de la doctora Aris Thorne, su antigua mentora en la universidad, ahora una figura importante en la Agencia Espacial Nacional. El teléfono sonó una, dos veces.
"¿Diga?" , contestó una voz familiar y profesional.
"Doctora Thorne, soy Elara Valdés" , dijo, su voz tembroun poco por la emoción. "Sé que la oferta para el Proyecto Orión probablemente ya expiró, pero quería saber... quería saber si todavía hay un lugar para mí" .
Hubo un silencio al otro lado de la línea, y luego la voz de la doctora Thorne sonó, llena de una sorpresa cautelosa. "Elara... claro que me acuerdo de ti. Fuiste mi mejor estudiante. El proyecto principal ya cerró sus vacantes, pero... estamos iniciando una fase secundaria, un proyecto clasificado. Es a largo plazo y requiere reubicación inmediata en una base remota. La fecha límite para aceptar es mañana al mediodía. ¿Crees que podrías decidir para entonces?" .
"Sí" , dijo Elara sin dudarlo, sintiendo que su corazón finalmente volvía a latir con un propósito. "Acepto. Estaré allí" .
Colgó el teléfono y se giró para mirar a Julián, que todavía estaba parado en la puerta, con el rostro contraído por la furia y la confusión. Por primera vez en dos vidas, Elara le sonrió, una sonrisa genuina y liberadora. Su segunda oportunidad había comenzado.
Después de colgar el teléfono, Elara sintió un peso enorme desaparecer de sus hombros. La decisión estaba tomada. No había vuelta atrás. Sabía que sus padres no la apoyarían, para ellos, el matrimonio con Julián era la culminación de un acuerdo comercial, una fusión de dos imperios familiares. Su felicidad nunca había sido parte de la ecuación. Estaba sola en esto, pero por primera vez, la soledad no se sentía como un castigo, sino como una liberación.
Ignorando la presencia furiosa de Julián, caminó hacia su armario y sacó una maleta. Empezó a empacar de manera metódica, solo lo esencial: ropa cómoda, sus libros de texto de astrofísica, su computadora portátil. Julián la observaba, su confusión dando paso a una ira fría y controlada.
"¿Se puede saber qué estás haciendo?" , demandó él.
"Hago mi maleta. Me voy" , respondió ella sin mirarlo.
"Deja de decir tonterías. Mañana es nuestra boda" .
Elara se detuvo y lo miró. "No habrá boda. Ya te lo dije. Si quieres, búscate otra novia" .
Agarró su teléfono de nuevo y marcó el número de la mansión de los padres de Julián. El mayordomo respondió.
"Buenas noches, ¿podría comunicarme con la señora de la Torre, por favor? Soy Elara Valdés" .
Después de un momento, la voz cálida de su futura suegra, o más bien, su ex futura suegra, sonó en la línea. "Elara, querida. ¿Está todo bien? Julián nos dijo que se sentían un poco indispuestos" .
"Señora de la Torre, lamento mucho informarle esto por teléfono, pero he decidido cancelar mi compromiso con Julián. No me casaré con él mañana. Le pido disculpas por cualquier inconveniente que esto pueda causar" .
Hubo un silencio impactado al otro lado. Elara no esperó una respuesta. Colgó el teléfono. Sabía que el infierno se desataría, pero ya no le importaba.
Mientras seguía empacando, recordó algo importante. Un objeto que había vendido en su vida pasada para comprar comida. Era un pequeño meteorito, no más grande que su puño, que su abuelo, un astrónomo aficionado, le había regalado cuando era niña. Era su posesión más preciada, un símbolo de sus sueños perdidos. Sabía que su padre, considerándolo una simple roca sin valor, lo había vendido a una casa de subastas local. Tenía que recuperarlo.
Bajó las escaleras rápidamente. Julián la siguió, pisándole los talones. "Elara, esto no es gracioso. Vuelve a tu habitación. Hablaremos de esto después de la cena" .
Ella lo ignoró, tomó las llaves de su auto y salió de la casa. Condujo directamente a la casa de subastas más prestigiosa de la ciudad. Recordaba que la subasta de artículos de ciencia y astronomía era esa misma noche. Rezó para no llegar demasiado tarde.
Al entrar en el elegante salón, el subastador estaba presentando un telescopio antiguo. Elara escaneó la habitación, buscando su meteorito en las vitrinas de exhibición. Y entonces lo vio. Estaba en el catálogo, programado para ser el siguiente lote. Un suspiro de alivio escapó de sus labios.
Justo en ese momento, la puerta principal se abrió de nuevo. Entraron Julián y, a su lado, Sofía. Sofía llevaba un vestido blanco y delicado, su rostro angelical mostraba una expresión de preocupación. Se aferraba al brazo de Julián, mirándolo con adoración. La escena le revolvió el estómago a Elara.
"Julián, mira, es Elara. Pobre, debe estar tan confundida y estresada por la boda" , dijo Sofía con una voz tan dulce que era empalagosa.
Julián se acercó a Elara, su rostro era una máscara de impaciencia. "Ya basta, Elara. Nos vamos a casa ahora mismo. Estás haciendo una escena" .
"No voy a ninguna parte" , dijo Elara, su voz baja y firme. "He venido a comprar algo" .
En ese momento, el subastador anunció: "Y ahora, el lote 27. Un raro meteorito de condrita carbonácea, encontrado en el desierto de Sonora. Un magnífico ejemplar. Empezamos la puja en diez mil pesos" .
"¡Quince mil!" , gritó Elara inmediatamente, levantando su paleta.
Sofía miró el meteorito con curiosidad. "Oh, qué roca tan interesante. Julián, ¿me la compras? Quedaría muy bonita en el jardín de la casa nueva" .
Elara sintió una punzada de rabia. Sofía ni siquiera sabía lo que era, solo lo quería porque ella lo deseaba. Era el mismo patrón de siempre.
Julián la miró con desdén. "¿Para qué quieres esa basura, Elara? Es una simple piedra" . Luego, se volvió hacia el subastador. "Cien mil" .
La sala entera se giró para mirarlos. Elara apretó la mandíbula. Conocía el límite de su tarjeta de crédito. "¡Ciento diez mil!" .
"Doscientos mil" , dijo Julián sin siquiera parpadear, su tono era aburrido, como si estuviera comprando un periódico.
"¡Doscientos cincuenta mil!" , pujó Elara, su voz temblando ligeramente. Era casi todo el dinero que tenía.
Sofía tiró del brazo de Julián. "Julián, por favor, la quiero. Cómpramela" . Su voz era un puchero lastimero.
Julián miró a Elara con una sonrisa condescendiente, disfrutando de su poder. "Quinientos mil" .
Elara se quedó helada. No podía igualar eso. Era imposible. Miró a Julián, suplicante. "Julián, por favor. Esa roca... significa mucho para mí. Es de mi abuelo" .
Él la miró con frialdad. "Si significa tanto para ti, deberías haber traído más dinero. Sofía la quiere" . Su voz era un látigo, cortante y final.
"¿Quinientos mil a la una... quinientos mil a las dos..." , cantaba el subastador.
El corazón de Elara se hundió. La desesperación la invadió. Era solo una roca, pero era su roca. Era el último vínculo con su pasado y su futuro soñado.
"Vendido, por quinientos mil pesos al caballero de la primera fila" , anunció el subastador, golpeando el martillo.
El sonido del martillo fue el sonido de su corazón rompiéndose por segunda vez.