Mi médico suspiró, confirmando lo inevitable: mi leucemia estaba en etapa terminal, y yo solo anhelaba la paz de la muerte.
Para mí, morir no era una pena, sino la única liberación de una culpa que nadie, excepto él, entendía.
Luego, mi teléfono sonó, y la voz fría de Mateo Ferrari, mi jefe y antiguo amor, me arrastró de nuevo a un purgatorio autoimpuesto.
Cinco años atrás, en los viñedos de Mendoza, su hermana y mi mejor amiga, Valeria, me empujó por la ventana para salvarme de unos asaltantes.
Su grito y el sonidFmao de un disparo resonaron mientras huía, y cuando la policía me encontró, Mateo me sentenció con un odio helado: "Tú la dejaste morir. Es tu culpa."
Desde entonces, cada día ha sido una expiación, una condena silenciosa bajo la crueldad de Mateo.
Él me humillaba, me obligaba a beber hasta que mi cuerpo dolía, disfrutando mi sufrimiento como parte de esa penitencia interminable.
Mi existencia se consumía bajo su sombra, una lenta autodestrucción en busca del final.
La leucemia era solo el último acto de esta tragedia personal, la forma final de un pago que creía deber.
¿Por qué yo había sobrevivido para cargar con esta culpa insoportable y el odio de quienes una vez amé?
Solo ansiaba el final, la paz que la vida me había negado, el perdón de Valeria.
Una noche, tras una humillación brutal, una hemorragia masiva me llevó al borde de la muerte.
Sin embargo, el rostro angustiado de mi amigo Andrés, y la inocencia de una niña que lo acompañaba, Luna, me abrieron una grieta de luz inesperada.
¿Podría haber una promesa más allá de la muerte, una oportunidad para el perdón y una nueva vida que no fuera de expiación?
El médico frente a mí suspiró.
"Sofía, tu leucemia está muy avanzada."
Asentí.
"Lo sé."
"Aún hay opciones de tratamiento, experimentales, pero..."
"No quiero tratamiento," lo interrumpí con calma. "Quiero donar mis órganos. Ya firmé los papeles."
El médico me miró, sus ojos llenos de una tristeza profesional.
"Es tu decisión, pero es una pena. Eres joven."
"Morir no es una pena para mí," dije, una pequeña sonrisa amarga en mis labios. "Es un alivio."
Él no entendía. Nadie entendía.
Mi teléfono sonó, rompiendo la tensa calma de la consulta. Era Mateo Ferrari, mi jefe.
"Sofía," su voz era fría, como siempre. "Hay una cena de negocios esta noche. Importante. Te quiero aquí a las ocho."
No preguntó cómo estaba. Nunca lo hacía.
"Sí, señor Ferrari," respondí, la sumisión habitual en mi voz.
Colgó sin despedirse.
Miré al médico.
"Tengo que irme."
Él solo asintió, resignado.
La cena fue en un restaurante caro de Puerto Madero. Mateo estaba en la cabecera de la mesa, encantador y carismático con los clientes. Yo estaba sentada a un extremo, la asistente invisible.
"Sofía, sirve más vino a nuestros invitados," ordenó Mateo sin mirarme.
Obedecí. Luego, llenó mi propia copa.
"Y tú también bebe. Necesitamos cerrar este trato."
Sabía que el alcohol era veneno para mi cuerpo debilitado. Pero su mirada era un desafío.
Bebí. El Malbec era espeso y áspero en mi garganta.
Los clientes rieron, ajenos a mi tormento. Mateo sonrió, satisfecho.
Cada sorbo era una agonía. El estómago se me revolvía, un sudor frío me perlaba la frente. Pero mantuve la compostura, tragando el dolor junto con el vino. Él me observaba, una chispa cruel en sus ojos oscuros. Disfrutaba mi sufrimiento. Era parte de mi penitencia.
Al final de la cena, uno de los clientes, un hombre mayor con ojos amables, se me acercó.
"Señorita Morales, ¿se encuentra bien? Está muy pálida."
"Estoy bien, gracias," mentí.
"Si necesita algo, no dude en decírmelo. Podría ayudarla a conseguir otro trabajo, lejos de..." Miró discretamente a Mateo.
Negué con la cabeza.
"Le agradezco, pero tengo una deuda que pagar aquí."
El hombre me miró, perplejo. No insistió.
Mateo me siguió hasta mi pequeño departamento en San Telmo. Entró sin ser invitado.
"¿Qué deuda?" preguntó, su voz era un gruñido bajo.
Me acorraló contra la pared. Su aliento olía a vino caro.
"¿Por qué sigues aquí, Sofía? ¿Por qué aguantas todo esto?"
Sus labios se estrellaron contra los míos, un beso forzado, lleno de ira y confusión.
Lo aparté con la poca fuerza que me quedaba.
"Es lo que merezco," susurré.
"¿Mereces?" se burló. "Crees que sufriendo así vas a expiar tu culpa, ¿verdad?"
Sus ojos brillaban con un dolor que reflejaba el mío.
Su teléfono sonó. Era Isabella Rossi, su prometida.
La ira en el rostro de Mateo se desvaneció, reemplazada por una máscara de fría cortesía.
"Isabella, querida."
Se alejó de mí, dándome la espalda mientras hablaba con ella.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Un dolor agudo me atravesó el abdomen. Me doblé, ahogando un gemido.
La sangre.
Manchaba mi falda, tibia y oscura.
Mateo colgó y se giró. Me vio en el suelo, un charco creciendo a mi alrededor.
Sus ojos se abrieron con horror, pero solo por un instante. Luego, la frialdad regresó.
"Llama a una ambulancia," dijo, su voz desprovista de emoción. Salió del departamento, cerrando la puerta detrás de él.
Me quedé sola, desangrándome, el dolor físico mezclándose con la negrura de mi alma.
Un recuerdo fugaz, dolorosamente dulce: Mendoza, los viñedos de los Ferrari bajo el sol. Mateo, entonces mi novio, me abrazaba por la cintura, riendo mientras intentaba enseñarme a podar las vides. Valeria, su hermana menor y mi mejor amiga, nos tomaba fotos, su risa cristalina flotando en el aire. Éramos jóvenes, llenos de sueños. Mateo era protector, tierno. Valeria era mi confidente, mi hermana del alma. La vida era una promesa.
Otro recuerdo, este oscuro y desgarrador, cinco años atrás. La finca en Mendoza, noche cerrada. Ruidos. Hombres enmascarados. Valeria empujándome hacia la ventana. "¡Salta, Sofi! ¡Corre!" Su voz, urgente. Mi miedo paralizante. El sonido de un disparo. Su grito. Corrí, corrí sin mirar atrás, el eco de su sacrificio persiguiéndome. Cuando la policía me encontró, Mateo estaba allí. Sus ojos, antes llenos de amor, ahora me miraban con un odio helado. "Tú. Tú la dejaste morir. Es tu culpa." Sus palabras fueron mi sentencia.
Desde entonces, cada día había sido una expiación. Sufrir a manos de Mateo era mi forma de pagar. La leucemia solo era el último acto de esta tragedia. Morir era mi única liberación, la única forma de reunirme con Valeria, de pedirle perdón. Quizás, solo quizás, en la muerte, encontraría la paz que la vida me había negado.
Desperté sobresaltada, el sudor frío empapando mi pijama. La pesadilla de siempre: Valeria cayendo, sus ojos acusadores.
Estaba en mi cama. ¿Cómo había llegado?
Andrés Castillo estaba sentado en una silla junto a mi cama, su rostro sombrío. Tenía un informe médico en la mano.
"Sofía," su voz era suave, pero cargada de preocupación. "El hospital me llamó. Tuviste otra hemorragia."
Andrés. Mi amigo de la universidad, oncólogo ahora. Siempre había estado ahí, un faro en mi oscuridad.
"El informe confirma lo que ya sabíamos," continuó, sus ojos clavados en los míos. "La leucemia está progresando rápidamente."
"¡Tienes que empezar el tratamiento, Sofía! ¡Ya!" Su voz se quebró. "Y tienes que alejarte de Mateo. Te está matando."
Negué con la cabeza.
"No puedo, Andrés. Le debo esto a Valeria. A él."
"¡No le debes nada!" exclamó, su habitual calma rota por la desesperación. "Valeria querría que vivieras. ¡Yo quiero que vivas!"
Sus palabras eran un bálsamo, pero mi resolución era firme.
"Es mi camino, Andrés. Déjame seguirlo."
Se pasó las manos por el pelo, frustrado.
"No te voy a dejar morir."
Unos días después, Mateo organizó un evento benéfico en una de las mansiones de su familia en Palermo. Isabella era la anfitriona oficial, radiante con un vestido de diseñador. Yo, como siempre, era la asistente, encargada de los detalles menores, invisible.
"Sofía, asegúrate de que los músicos tengan todo lo que necesitan," ordenó Mateo, su voz cortante.
Isabella me dedicó una sonrisa condescendiente.
"Querida, ¿podrías revisar también que las flores del jardín estén perfectas? Mateo quiere que todo luzca impecable."
Asentí en silencio.
Isabella me encontró en el jardín, revisando unos rosales.
"Ah, Sofía. Tan diligente." Su voz era puro veneno. "¿Sabes? Mateo dice que eres como una sombra, siempre pegada a él. Una sombra del pasado."
Me encogí, pero no respondí.
"Hace frío aquí fuera, ¿no crees?" continuó, ajustándose su chal de cachemira. "Pero supongo que alguien tiene que asegurarse de que los invitados no se mojen si empieza a llover."
Mateo se acercó. Isabella le susurró algo al oído.
Él me miró con frialdad.
"Quédate aquí, Sofía. Vigila que todo esté en orden en la entrada del jardín. Y no te muevas hasta que te lo diga."
Me dejó allí, a la intemperie, mientras el viento frío de la noche comenzaba a soplar. Los invitados entraban y salían, algunos mirándome con curiosidad, otros con lástima.
Soporté el frío durante horas. Mis huesos dolían, el cansancio me abrumaba. Rechacé el abrigo que un camarero compasivo intentó ofrecerme. Mateo e Isabella pasaban de vez en cuando, ignorándome. La fiesta terminó tarde. Los últimos invitados se fueron.
Cuando pensé que por fin podría irme, Isabella se acercó, una sonrisa maliciosa en sus labios.
"¡Oh, Dios mío! ¡Mi collar! ¡El collar de diamantes que me regaló Mateo! ¡No está!" gritó, lo suficientemente alto para que Mateo la oyera desde dentro.
Mateo salió rápidamente.
"¿Qué pasa?"
"¡Sofía! ¡Ella estaba aquí todo el tiempo! ¡Seguro que lo vio, o peor!" insinuó Isabella, mirándome con acusación.
"Yo no vi nada," dije, mi voz apenas un susurro.
"El collar es una reliquia familiar," dijo Mateo, su voz gélida. "Cayó al lago artificial del jardín hace un rato, mientras Isabella paseaba. Búscalo."
Miré el agua oscura y helada del lago.
"Pero... está muy frío. Y oscuro."
"Búscalo," repitió, implacable. "O no vuelvas a presentarte en la oficina."
Isabella sonrió, triunfante.
Mateo e Isabella se fueron, dejándome sola frente al lago helado. La amenaza de perder mi trabajo, mi única forma de estar cerca de Mateo y cumplir mi penitencia, era demasiado grande. Me quité los zapatos y entré al agua. Estaba helada, cortante. Cada paso era una tortura. Pero tenía que encontrar ese collar.