El aire del camerino, siempre cargado de laca, esta vez olía a fracaso: el mío.
Acusada injustamente por mi propia prima, Isabella, mi mundo se desmoronó en una sola noche. Mi beca, mi carrera de baile, mi futuro... todo se esfumó como un compás mal ejecutado.
Ella se quedó con mi diseño, mi esfuerzo y, lo peor, la sonrisa triunfante de quien te ve hundirte mientras tu prometido te abandona tildándote de "caprichosa y malcriada" . Caí al suelo, el dolor en mi pecho tan agudo que apenas podía respirar, en una oscuridad que pensé que nunca acabaría.
¿Cómo era posible tanta traición, tanta vileza en un solo ser? ¿Por qué la justicia me había dado la espalda de tal forma?
Pero entonces, un destello me cegó, y al abrir los ojos, la fecha en mi celular me heló la sangre: había vuelto. De alguna manera inexplicable, regresé al momento justo antes de la traición y, esta vez, el destino de Sofía Reyes no estaría dictado por el zapateado de la derrota, sino por la furia de una venganza mil veces más precisa y devastadora.
El aire del camerino se sentía pesado, cargado con el olor a laca y desesperación, mi desesperación. Afuera, la música del concurso de flamenco había terminado, pero en mi cabeza, el eco de mi fracaso era un zapateado interminable y cruel. Expulsada de la academia, despojada de mi beca, acusada de agresión por mi propia prima, Isabella. Todo se había derrumbado en una sola noche. Recordaba su sonrisa triunfante, vistiendo el traje que yo había diseñado, cada lentejuela un testimonio de mi trabajo, ahora robado.
La confronté, y ella, con la frialdad de una víbora, usó las conexiones de su padre para destruirme. Me hundí en el suelo frío, el dolor en mi pecho era tan agudo que me costaba respirar, y el mundo a mi alrededor se desvaneció en una oscuridad profunda y silenciosa, un abismo del que sentí que nunca saldría.
Un destello de luz me cegó.
Parpadeé, confundida. El olor a laca seguía ahí, pero el silencio opresivo había sido reemplazado por el murmullo de las bailarinas preparándose. Estaba de pie, frente al espejo de siempre, en el camerino de la academia. Mi reflejo me devolvió una mirada de incredulidad. Llevaba puesto mi vestido de práctica, no la ropa con la que me habían echado. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, un compás frenético y lleno de pánico. Saqué mi celular del bolsillo de mi maleta, mis manos temblaban tanto que casi lo dejo caer. La pantalla se iluminó. La fecha. Era la mañana del concurso, el día en que todo se fue al diablo. Había regresado. De alguna manera, había vuelto al momento justo antes de la traición.
La sensación de alivio fue tan abrumadora que casi me caigo. Me apoyé en el tocador, respirando hondo, tratando de calmar el torbellino en mi mente. Los recuerdos de mi "futuro" eran vívidos, dolorosos. La mirada de desprecio de los maestros, el llanto falso de Isabella, la decepción en los ojos de Marco, mi rival, al verme humillada. Y la carta de expulsión en mis manos, el papel se sentía como una sentencia de muerte. Recordé el único consuelo que encontré en esa oscuridad, el diario de mi abuela. En mi desesperación, lo había abierto y encontrado no solo técnicas de baile olvidadas, sino también su fuerza, su espíritu indomable. Pero ahora, no necesitaba consuelo, necesitaba venganza. La ingenuidad que me había hecho una presa fácil se había quemado en el fuego de la humillación. Ahora era diferente. Ahora sabía exactamente lo que iba a pasar.
La puerta del camerino se abrió y entró Isabella, con una sonrisa dulce y empalagosa que ahora me revolvía el estómago. Llevaba en sus manos una funda de traje. Mi traje.
"Prima, qué bueno que te encuentro. Quería mostrarte algo, a ver qué te parece."
Su voz era miel envenenada. En mi vida pasada, había caído en su trampa. Le mostré mi diseño final, y ella lo memorizó, lo copió y luego me destruyó.
Esta vez, no le di la oportunidad.
Me puse de pie, erguida y fría. La miré directamente a los ojos, sin una pizca de la calidez familiar que siempre le había ofrecido.
"No me interesa ver nada tuyo, Isabella."
Su sonrisa vaciló por un segundo.
"Solo es un momento, Sofía. Es importante para mí tu opinión."
Antes de que pudiera abrir la funda, me acerqué y se la arrebaté de las manos. La abrí de un tirón. Ahí estaba, una copia casi exacta de mi diseño, el que solo existía en mis bocetos secretos. Las otras bailarinas en el camerino se quedaron en silencio, observando la escena.
"¿Mi opinión?", pregunté, mi voz resonando en el silencio tenso. "Mi opinión es que eres una ladrona."
Levanté el vestido para que todas lo vieran. Luego, saqué de mi maleta mi cuaderno de bocetos y lo abrí en la página correspondiente. El diseño era idéntico.
"Este es mi diseño. Un diseño que nadie ha visto. Explícame, prima, ¿cómo es que tienes un vestido exactamente igual?"
El rostro de Isabella se puso pálido. La sorpresa y el pánico reemplazaron su falsa dulzura. Estaba atrapada. Esta vez, la cazadora se había convertido en la presa. Y yo apenas estaba comenzando.
Isabella intentó recuperar la compostura, sus ojos se llenaron de lágrimas de cocodrilo en un instante. Era una actuación que yo ya había visto, pero esta vez, el público era diferente y yo ya no era una espectadora ingenua.
"Sofía... ¿cómo puedes acusarme así? Yo... yo trabajé tanto en este diseño. Es solo una coincidencia. Las grandes ideas a veces surgen al mismo tiempo."
Su voz era un susurro lastimero, buscando la compasión de las otras chicas que nos rodeaban, quienes empezaban a murmurar entre ellas.
"¿Coincidencia?", repetí, mi voz cortante como el cristal. "No me hagas reír, Isabella. ¿Es una coincidencia que uses el mismo brocado de la tienda de la señora Elvira, ese que yo compré la semana pasada y del que solo quedaba un retal? ¿Es una coincidencia que el bordado de clavel en la cadera sea idéntico al que mi abuela me enseñó a hacer, una técnica familiar que tú desconoces por completo?"
Cada pregunta era un golpe directo, desmantelando su mentira pieza por pieza. Me acerqué a ella, mi mirada fija en la suya, desafiándola a seguir con su farsa.
"Tú y yo sabemos que entraste a mi cuarto y fotografiaste mis bocetos mientras yo no estaba. Pensaste que nadie se daría cuenta, que me lo robarías y te llevarías el premio. Pero te equivocaste."
Isabella retrocedió un paso, su rostro ahora una máscara de indignación forzada.
"¡Estás loca! ¡Estás inventando todo esto porque me tienes envidia!"
"¿Envidia de ti?", solté una risa seca y sin alegría. "Tú eres la que vive a mi sombra, la que necesita robar para poder brillar un poco. Ahora quítate ese vestido. No mereces llevarlo."
Mi tono no era una sugerencia, era una orden. Avancé y agarré la tela del vestido, dispuesta a arrancárselo si era necesario. Isabella gritó y trató de apartarme, convirtiendo la tensión en un forcejeo abierto.
"¡Suéltame, Sofía! ¡Te vas a arrepentir de esto!"
Fue entonces cuando la puerta se abrió de nuevo, y Marco entró, seguido de cerca por Javier, mi prometido. O, mejor dicho, mi ex-prometido en la vida que ya había vivido.
Javier vio el forcejeo y su rostro se contrajo en una mueca de desaprobación. Ignorándome por completo, corrió al lado de Isabella.
"Sofía, ¡suéltala ahora mismo! ¿Qué te pasa? ¿Por qué siempre tienes que ser tan conflictiva y caprichosa y malcriada?"
Esa palabra, caprichosa y malcriada, me golpeó. Era la misma palabra que había usado en mi vida pasada para justificar su abandono. La misma palabra con la que me condenó frente a todos.
Me detuve, no por su orden, sino por el torrente de rabia fría que me invadió. Solté el vestido y me volví hacia él.
"¿Disculpa? ¿Acabas de llamarme caprichosa por defender lo que es mío?"
Javier se interpuso entre Isabella y yo, protegiéndola como si yo fuera la agresora.
"¡Mira cómo la tienes! Está temblando. Sea lo que sea que haya pasado, no tienes derecho a tratarla así. Eres mi prometida, deberías comportarte con más clase, con más dignidad."
La hipocresía de sus palabras era asfixiante.
"Controla tu carácter, Sofía", continuó, bajando la voz en un tono de amenaza. "Recuerda que nuestro matrimonio depende de tu reputación. Mi familia no se asociará con una mujer que arma escándalos por nada. Si sigues con esta actitud, olvídate de la boda y olvídate del apoyo de mi padre a tu carrera."
Ahí estaba. El chantaje. La amenaza que, en mi vida anterior, me había hecho dudar, me había hecho ceder. Pero ya no. El Javier que yo veía no era el hombre que amaba, sino el traidor que me había dado la espalda cuando más lo necesité. La boda, su apoyo... todo era ceniza.
Lo miré fijamente, una sonrisa gélida formándose en mis labios.
"¿Me estás amenazando, Javier?"