Mi vida parecía un cuento de hadas, ligada al prestigio de Bodegas Vega y a mi prometido, Alejandro Castillo, heredero de un imperio.
Todo cambió en un instante cruel.
Terminó ahogada en la fría oscuridad de una bodega, traicionada por las dos personas en las que más confiaba.
Mi prometido, Alejandro, y mi propia prima, Isabel, conspiraron para robarme todo.
Sentí sus manos frías mientras me sujetaban, y vi la indiferencia gélida en los ojos del hombre al que amaba.
Me despojaron de mi fortuna, de mi futuro y finalmente, de mi vida.
¿Cómo pude ser tan ciega?
¿Cómo pudo mi corazón haber albergado semejantes víboras?
La injusticia quemaba más ferozmente que el último aliento que dejó mi cuerpo.
Entonces, desperté.
Respiré de nuevo el aire de mi onomástica, el día exacto en que mi tragedia comenzó.
Recuerdo cada detalle de su plan, de su traición.
Esta vez, el sol no se pondría sobre mi derrota.
Con la memoria de su cruel engaño intacta, tengo una segunda oportunidad.
No solo sobreviviré, sino que les quitaré todo.
Y mi nueva historia empieza eligiendo al hombre equivocado para ellos, pero el correcto para mí.
Renací en mi fiesta de onomástica, en la finca de La Rioja que había pertenecido a mi familia por generaciones.
El sol de la tarde caía sobre los viñedos, y el aire olía a tierra húmeda y a vino viejo. Mi abuelo, el patriarca de Bodegas Vega, me tomó de la mano. Su piel era áspera, pero su agarre era cálido.
"Sofía, los Castillo están aquí. Alejandro te está esperando."
Su voz era amable, pero sus palabras eran un eco de mi vida pasada. Una vida de traición que terminó con mi muerte en una fría bodega, a manos de las dos personas en las que más confiaba.
Mi esposo, Alejandro Castillo, y mi prima, Isabel.
En esa vida, sonreí y acepté. Hoy, miré a mi abuelo a los ojos y vi la preocupación en ellos. Él solo quería lo mejor para mí, para la bodega. Una alianza con los Castillo, sus viejos amigos, parecía la única forma de asegurar nuestro futuro.
Pero yo conocía la verdad.
Vi a Alejandro al otro lado del jardín. Alto, carismático, con la sonrisa arrogante de quien nunca ha conocido el fracaso. A su lado, mi prima Isabel, con su perpetua expresión de víctima inocente.
Sentí un frío que no tenía nada que ver con el viento.
"Abuelo," dije, con la voz clara y firme, "no voy a comprometerme con Alejandro Castillo."
Un silencio se extendió por el jardín. Los murmullos cesaron. Todas las miradas de la élite española se clavaron en mí.
Mi abuelo me miró, confundido. "¿Qué dices, hija?"
Alejandro comenzó a caminar hacia nosotros, su sonrisa se había desvanecido, reemplazada por una mueca de incredulidad.
Ignoré a todos y busqué con la mirada. Allí, apartado del resto, de pie junto a un viejo roble, estaba Mateo. El nieto "olvidado" del patriarca de los Castillo. El hijo de la hija desheredada y de un oficial de la Guardia Civil. Nadie se acordaba de él.
Pero yo sí.
Caminé directamente hacia él, sintiendo los ojos de todos siguiéndome. Me detuve frente a él. Era un hombre callado, con una presencia sólida y una mirada íntegra.
"Te elijo a ti," le dije, lo suficientemente alto para que todos oyeran. "Mateo, quiero que seas mi prometido."
El shock en el rostro de Alejandro fue mi primera victoria.
Un flashback rápido, doloroso. El olor a moho y vino derramado. Isabel riendo mientras me sujetaba. Alejandro mirándome con ojos fríos, sin amor, mientras me decía que la bodega y todo lo que era mío ahora le pertenecía a él. El dolor agudo y luego, la oscuridad.
Ese recuerdo me dio la fuerza para enfrentar el presente.
Alejandro llegó a mi lado, furioso. Me agarró del brazo.
"Sofía, ¿qué es este juego? Ya basta."
Su toque me quemó. Me solté bruscamente.
"No me toques," dije, con un desprecio que no intenté ocultar.
Él me miró fijamente, y en sus ojos vi un destello de reconocimiento. Un horror helado.
"Tú también lo recuerdas," susurró, solo para que yo lo oyera.
Así que él también había renacido. Creía que podía repetir la jugada, que mi amor por él era una constante universal que podía manipular a su antoesto.
Se equivocaba.
"Lo recuerdo todo, Alejandro," respondí con frialdad. "Especialmente el final."
Su rostro palideció.
Justo en ese momento, Isabel se acercó cojeando, con el rostro contraído en una mueca de dolor.
"¡Ay, mi tobillo! Creo que me lo he torcido."
Se apoyó pesadamente en Alejandro, que inmediatamente la rodeó con sus brazos.
"¿Estás bien, Isa? Con cuidado."
Se giró hacia mí, su furia regresando. "¡Mira lo que provocas con tus dramas, Sofía! Siempre tienes que ser el centro de atención, sin importar a quién lastimes."
Miré la escena con una calma que los descolocó. La misma actuación de siempre. La víctima inocente y su ciego defensor.
No dije nada. Simplemente me di la vuelta y volví al lado de Mateo, quien me observaba con una expresión indescifrable.
Las semanas siguientes, Alejandro e Isabel no perdieron el tiempo.
Empezaron a exhibir su "romance" por toda la alta sociedad de Madrid y Marbella. Fotos de ellos en fiestas exclusivas, riendo, abrazados, aparecían constantemente en las revistas del corazón.
Estaba seguro de que era su forma de castigarme, de provocarme. Creía que yo me derrumbaría de celos y volvería a él suplicando.
Qué poco me conocía ahora.
Una noche, en una gala benéfica en Madrid, me los encontré de frente. Isabel iba del brazo de Alejandro, sonriendo a los fotógrafos.
Me acerqué a ellos, con una copa de vino en la mano.
"Qué pareja tan encantadora," dije, mi voz sonando aburrida. "Pero deberías tener cuidado, Alejandro."
Él me miró con arrogancia. "¿Cuidado de qué, Sofía? ¿De tu envidia?"
"No," respondí, tomando un sorbo de vino. "De tu reputación. Las acciones de Castillo Hoteles son muy sensibles a la imagen pública de su heredero. Y la tuya, últimamente, se está volviendo... vulgar."
Su sonrisa se tensó. Le había tocado donde más le dolía: su negocio, su imperio.
Él se rió, pero sonó forzado. "Bodegas Vega nos necesita más de lo que nosotros os necesitamos a vosotros. Tu abuelo nunca permitiría que arruinaras esta alianza por un capricho."
"¿Un capricho?", repetí. "Llamas capricho a no querer casarme con el hombre que conspiró con mi prima para robarme y asesinarme."
Lo dije en voz baja, pero mis palabras lo golpearon como una bofetada.
"Tú eras fría, distante," siseó, intentando justificar lo injustificable. "Isabel siempre me entendió. Ella me dio el calor que tú me negabas."
Era delirante. Culpándome a mí por su propia traición. Su arrogancia no tenía límites.
Me reí en su cara. Una risa corta y sin alegría.
"Sigue contándote esa historia, Alejandro. Quizás algún día hasta te la creas."
Me di la vuelta para irme, pero Isabel me detuvo.