A mis treinta y nueve semanas de embarazo, la ansiedad me ahogaba: Mateo, mi prometido y un torero famoso, no respondía, y la imagen de Isabella, la bailaora de flamenco, me atormentaba.
El teléfono por fin sonó, pero era mi abuela, con su voz teñida de preocupación, y casi al instante, Mateo irrumpió en casa, ignorando mi avanzado estado y obligándome a ir a la Plaza de Toros para "salvar su carrera", porque supuestamente, yo, y no él, había "creado un malentendido".
En medio de una multitud indiferente, y bajo la mirada triunfante de Isabella, sentí un dolor agudo y terrible: el bebé se venía, pero Mateo, con ojos de acero, me obligó a arrodillarme y pedir perdón, justo antes de perder el conocimiento.
Desperté en un hospital, el vientre vacío, mientras las noticias mostraban a Mateo y a Isabella besándose; no solo había perdido a mi hijo, sino que era la villana en su farsa.
Mi abuela me ayudó a escapar de esa pesadilla, y con la ayuda de Carlos, un amigo incondicional, forjé una nueva identidad en un pueblo costero, lista para renacer, pero sabía que mi pasado no me dejaría tan fácilmente.
Sofía sentía cómo el peso de su vientre de treinta y nueve semanas la anclaba al sofá, cada movimiento era un esfuerzo monumental, pero la verdadera carga era la ansiedad que le retorcía el estómago. Mateo, su prometido, el gran torero, no contestaba el teléfono. De nuevo. Sabía dónde estaba, con quién estaba. La imagen de Isabella, la bailaora de flamenco con ojos de serpiente y caderas que prometían el infierno, se proyectaba en su mente una y otra vez.
El teléfono sonó por fin, pero no era la llamada que esperaba. Era la abuela de Sofía.
"¿Todavía no sabes nada de ese hombre, mi niña?"
La voz de su abuela, siempre un bálsamo, hoy sonaba teñida de una preocupación que solo aumentaba la de Sofía.
"No, abuela. Su teléfono está apagado. Dijo que tenía una reunión importante, algo sobre un contrato millonario para la próxima temporada en la Plaza México."
"Un contrato," resopló la anciana al otro lado de la línea. "Más importante que su mujer a punto de dar a luz, claro que sí."
Justo en ese momento, la puerta principal se abrió con un estruendo. Mateo entró, su traje de luces brillaba débilmente bajo la luz del vestíbulo. No olía a alcohol, olía a un perfume de mujer que no era el de ella. Su rostro, usualmente bronceado y seguro de sí mismo, estaba tenso, sus ojos oscuros la recorrieron con frialdad.
"Sofía, levántate. Nos vamos."
Su tono no admitía réplica.
"¿Irnos? ¿A dónde, Mateo? Mira la hora que es, y yo no me siento bien."
"Nos vamos a la corrida. Ahora."
Él se acercó, su imponente figura proyectando una sombra sobre ella.
"¿A la corrida? ¿Estás loco? ¡Estoy a punto de parir! El médico dijo que debo guardar reposo absoluto."
"El patrocinador principal, el señor Vega, está allí. Su esposa está furiosa por los rumores. Cree que te estoy engañando con Isabella."
Sofía sintió una risa amarga subir por su garganta.
"¿Rumores? Mateo, por favor."
"No me importa lo que creas ahora," la interrumpió él, su voz era un siseo bajo y peligroso. "Ese contrato vale millones. Va a asegurar nuestro futuro, el futuro de nuestro hijo. Ahora mismo, la esposa de Vega cree que Isabella es una trepadora que quiere destruir nuestra familia. Necesito que vayas, que te muestres como la esposa devota y que le pidas perdón a la señora Vega por el 'malentendido'."
Sofía no podía creer lo que oía.
"¿Pedir perdón? ¿Yo? ¿Por tu infidelidad?"
"¡No es una infidelidad si no significa nada!", gritó él, perdiendo la compostura por un segundo. "Es solo una distracción. Tú eres mi prometida, la madre de mi hijo. Ahora, haz lo que te digo. Ponte de rodillas frente a ella si es necesario. Salva mi carrera."
La abuela, que había llegado a la casa presintiendo el desastre, se interpuso entre ellos.
"¡No la tocarás, desgraciado! ¿No ves que está a punto de dar a luz? ¡Eres un monstruo!"
Mateo la apartó con un empujón brusco.
"Usted no se meta, vieja."
Luego, agarró a Sofía del brazo, su fuerza era brutal. La arrastró fuera de la casa, hacia el coche que esperaba con el motor en marcha. El viaje a la plaza de toros fue un silencio tenso y pesado. Al llegar, el ruido de la multitud y la música la golpearon como una pared. Mateo la guio a través de los pasillos hasta el palco de honor, donde el señor Vega y su esposa los esperaban con rostros de piedra.
"Mateo, tu prometida," dijo la señora Vega, su voz goteando veneno.
Mateo apretó el brazo de Sofía.
"Hazlo," susurró en su oído.
Sofía miró a la mujer, al hombre a su lado, a la multitud indiferente abajo. Y entonces, sintió una punzada aguda y terrible en el bajo vientre, un dolor que le robó el aliento. Sintió un calor húmedo correr por sus piernas.
"Mateo," jadeó, el pánico apoderándose de ella. "El bebé."
Pero él solo la miraba con ojos de acero.
"Hazlo ahora, Sofía."
Con las lágrimas corriendo por su rostro y el dolor desgarrándola por dentro, Sofía se obligó a doblar las rodillas. Cayó pesadamente al suelo, el mundo girando a su alrededor.
"Señora Vega... yo... lo siento..."
No pudo terminar. Un grito de agonía escapó de sus labios mientras una nueva oleada de dolor la inundaba. La sangre manchaba su vestido blanco. El caos estalló. La gente gritaba, los fotógrafos corrían.
Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue el rostro de Isabella, de pie en un rincón del palco, con una sonrisa triunfante. Un susurro helado pareció llegar a sus oídos por encima del tumulto.
"Ese bastardo nunca nacerá para arruinar mis planes."
Despertó en una habitación de hospital blanca y estéril. El silencio era antinatural. Su vientre estaba plano. Vacío. Una enfermera entró con una expresión de profunda pena.
"Lo siento mucho, señora. Hicimos todo lo que pudimos, pero... perdió al bebé."
El mundo de Sofía se derrumbó. Un sollozo seco y desgarrador se atoró en su garganta. No había lágrimas, solo un vacío inmenso. En la televisión colgada en la pared, un programa de chismes mostraba fotos. Fotos de Mateo e Isabella, en la playa, en un yate, besándose apasionadamente. Las fotos eran recientes, tomadas mientras ella sufría los últimos y dolorosos meses de su embarazo. El titular decía: "El Torero y la Bailaora: Un Amor Prohibido Sale a la Luz".
La puerta se abrió y su abuela entró, con los ojos rojos e hinchados.
"Mi niña... mi pobre niña..."
"Abuela," dijo Sofía, su voz era un susurro roto. "Sácame de aquí. No quiero volver a ver a ese hombre nunca más. No quiero ver a mi hijo."
"Sofía, no digas eso. El niño te necesita. Es tu hijo."
"Ese niño es la razón por la que perdí a mi otro bebé," dijo Sofía, su corazón convirtiéndose en una piedra de hielo. "Es el recordatorio de todo este infierno. No puedo. Simplemente no puedo verlo."
En ese momento, Mateo irrumpió en la habitación, su rostro era una máscara de furia. No preguntó por ella, no preguntó por el bebé que habían perdido.
"¿Viste lo que hiciste?", gritó, agitando su teléfono frente a su cara. "¡Estamos en todos los noticieros! ¡Mi carrera está acabada! ¡Todo por tu maldito drama!"
La abuela se levantó, temblando de rabia.
"¡Lárgate de aquí, animal!", le gritó. "¿No tienes vergüenza? ¡Acaba de perder a tu hijo por tu culpa y vienes a gritarle! ¡Eres la peor escoria que he conocido!"
Mateo la ignoró, sus ojos fijos en Sofía.
"Arruinaste todo. Todo."
Entonces se dio la vuelta y se fue, dejando tras de sí un rastro de devastación y un silencio que pesaba más que cualquier grito. Sofía cerró los ojos. Ya no sentía nada. Solo un frío profundo y una decisión inquebrantable. Tenía que desaparecer.
Cuando le dieron el alta, Sofía regresó a la casa que una vez llamó hogar. Se movía como un autómata, sus emociones encerradas bajo una capa de hielo. Mateo la evitaba, pasando sus días encerrado en su estudio, haciendo llamadas furiosas, tratando de salvar los restos de su carrera.
Un día, mientras Sofía estaba sentada en el jardín, mirando a la nada, su teléfono vibró. Era una notificación del banco.
"Transferencia recibida por 1,000,000 de pesos. Remitente: Mateo."
Un millón de pesos. El precio de un bebé muerto. El precio de su humillación. Sin siquiera pensarlo, transfirió el dinero de vuelta. No quería su dinero. No quería nada de él.
Esa noche, oyó voces en la sala. La risa de una mujer, una risa que conocía demasiado bien. Bajó las escaleras lentamente, el corazón latiendo con un ritmo sordo y pesado.
Allí estaban. Mateo e Isabella, sentados en el sofá que ella había elegido, bebiendo el vino caro que le habían regalado en su boda. Isabella llevaba uno de sus vestidos de seda.
"Vaya, vaya, miren quién decidió unirse a nosotros," dijo Isabella, su voz llena de un regodeo venenoso. "La reina del drama. ¿Te sientes mejor, querida? Oí que tuviste un... pequeño accidente."
Mateo ni siquiera la miró.
"Déjala en paz, Isabella."
"Oh, vamos, Mateo. Solo estoy siendo amable," ronroneó ella, pasando una mano por su pecho. "Después de todo, ahora yo soy la señora de la casa. Alguien tiene que poner orden."
Sofía se quedó allí, mirándolos. Esperaba sentir rabia, dolor, celos. Pero no sintió nada. Era como ver una película mala, con actores terribles.
"¿Terminaste?", preguntó Sofía, su voz era monótona, carente de emoción.
Isabella pareció sorprendida por su falta de reacción.
"¿Perdón?"
"Pregunté si ya terminaste tu actuación. Es bastante patética, incluso para ti."
La sonrisa de Isabella vaciló. Se levantó, acercándose a Sofía hasta que sus rostros estuvieron a centímetros de distancia.
"Escúchame bien, estúpida. Mateo es mío. Esta casa es mía. Toda su fortuna será mía. Tú no eres nada. Solo un error que él está a punto de corregir."
Sofía la miró directamente a los ojos.
"Puedes quedarte con la basura," dijo tranquilamente. "Yo ya terminé con ella."
Se dio la vuelta para irse, pero Isabella no había terminado. De repente, soltó un grito agudo. Sofía se giró justo a tiempo para ver a Isabella estrellar un jarrón de cristal contra el suelo y luego, con una rapidez increíble, agarrar uno de los fragmentos más grandes y pasárselo por el brazo, abriéndose un corte superficial pero sangriento.
"¡Ayuda! ¡Me está atacando! ¡Está loca!", gritó Isabella, cayendo al suelo y sollozando dramáticamente.
Mateo saltó del sofá, sus ojos llenos de una furia ciega. Vio a Sofía de pie, el fragmento de vidrio en el suelo cerca de ella, y a Isabella sangrando y llorando. No necesitó más.
"¡¿Qué diablos te pasa?!", rugió, abalanzándose sobre Sofía.
No la golpeó. La empujó. Con toda su fuerza. Sofía perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, su cabeza golpeando violentamente contra el borde afilado de la mesa de centro. El dolor fue una explosión blanca detrás de sus ojos.
"¡Está tratando de matarme, Mateo! ¡Te lo dije!", gemía Isabella desde el suelo.
Mateo corrió hacia Isabella, levantándola en sus brazos con cuidado.
"Tranquila, mi amor, tranquila. Estoy aquí. Llamaré a una ambulancia."
Ignoró por completo a Sofía, que yacía en el suelo, aturdida, con un hilo de sangre comenzando a bajar por su sien. Lentamente, Sofía se sentó. El dolor en su cabeza era punzante, pero el dolor en su corazón era inexistente. Se había extinguido.
Con una calma aterradora, se puso de pie. Vio los moretones que ya se formaban en sus brazos por el empujón de Mateo. Vio el corte en su cabeza reflejado en el espejo oscuro de la televisión apagada. Cogió una servilleta y se la presionó contra la herida.
Mateo, mientras hablaba por teléfono con los servicios de emergencia, la vio. Por un momento, una extraña expresión cruzó su rostro. ¿Era preocupación? ¿Culpa?
"¿Qué estás mirando?", le preguntó Sofía, su voz helada.
Él colgó el teléfono.
"Mira lo que me obligas a hacer, Sofía. Te estás volviendo loca. Peligrosa."
"¿Yo soy la peligrosa?", rio ella, una risa sin alegría. "Tú me empujaste. Tú me hiciste esto."
Él miró la herida en su cabeza, luego los moretones en sus brazos.
"Son solo rasguños. Siempre exageras todo. Isabella, en cambio, está realmente herida. Necesita un médico."
La ambulancia llegó. Los paramédicos entraron y fueron directamente hacia Isabella, quien continuaba con su actuación de víctima moribunda. Mateo la acompañó, lanzándole a Sofía una última mirada de desprecio.
"Cuando regrese, quiero que te hayas ido," le espetó. "Voy a llamar a mis abogados. Te quedarás sin nada."
La puerta se cerró, dejándola sola en la casa silenciosa, con el olor a sangre y perfume barato en el aire. Sofía se miró en el espejo. Vio a la mujer con la cabeza sangrando, los ojos vacíos y los labios apretados en una línea delgada. Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió. Una sonrisa lenta, fría y llena de promesas.
"Oh, Mateo," susurró al reflejo. "El que se va a quedar sin nada eres tú."