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Renacida En Tu Amor Brillo

Renacida En Tu Amor Brillo

Autor: : White
Género: Urban romance
La música clásica llenaba el gran salón, pero para mí, Sofía Rivas, sonaba a marcha fúnebre mientras observaba a mi esposo, Alejandro Vargas, el flamante magnate inmobiliario. Su perfecta sonrisa no era para mí, sino para Mariana Soto, la joven a su lado, la misma que, meses atrás, había sido el "error" de una noche y que, ahora, reaparecía milagrosamente embarazada tras un desastre natural. Mis suegros me interceptaron, sus miradas frías como advertencia, exigiéndome "comprensión" para la "pobre chica sin nadie", antes de reprenderme por mi palidez. Mariana, con su estudiada inocencia y una mano protectora sobre su vientre, se acercó para agradecer la "amabilidad" de Alejandro, actuando la víctima perfecta. "No te preocupes", le dije, mi voz cortante como cristal. "Sé perfectamente quién eres y qué es lo que quieres". La confrontación culminó cuando, al acercarse Alejandro, Mariana dramatizó una caída, y él, sin dudarlo, me miró con una fría y dura acusación: "¡Sofía, ¿qué demonios hiciste?!". Mi mundo se desmoronó mientras él me exiliaba a un apartamento, supuestamente para darle "tranquilidad" a Mariana, pero en realidad, para echarme de mi propia casa. La traición se grabó aún más profundo cuando, tras mi decisión de divorciarme, él contestó una llamada de Mariana y se fue corriendo, dejándome sola, con sus palabras vacías de "no me dejes" resonando. El estrés y el vacío me consumían, los mareos se hicieron constantes, un susurro de algo mucho más oscuro anidando en mí. Las publicaciones de Mariana en redes, con fotos de su vientre y Alejandro, eran puñaladas diarias, diseñadas para humillarme. "¡Congelaste las cuentas! ¡Estás siendo increíblemente egoísta y cruel!", me gritó Alejandro, indignado al ver que protegía mis finanzas. "Todo lo que tengo lo he construido yo misma, y no voy a permitir que tú ni nadie me lo arrebate", respondí, mi voz ahora firme, mientras me preparaba para la fiesta de revelación del género del bebé, un último acto público. La revelación en la fiesta fue cruel, Mariana, fingiendo amenazas, insinuó que yo era la culpable, y mi suegra, sin mediar palabra, me abofeteó. El pánico estalló cuando Mariana simuló un problema con el bebé; en el caos, le entregué a Alejandro los papeles de divorcio que había preparado. "Firma ahora, Alejandro, o te juro que convertiré tu vida en un infierno del que ni tu madre podrá salvarte", exigí, y él firmó, sin saber que liberaba mi venganza. De nuevo en casa, encontré mi estudio invadido por las cosas del bebé de Mariana, y Alejandro me echó sin un ápice de arrepentimiento. Conduje bajo la lluvia, huyendo de una vida que ya no era mía, y un mareo se apoderó de mí, deteniendo el coche en una carretera desierta. Llamé a Alejandro, mi voz un hilo, pidiendo ayuda, pero él, sin dudarlo, me colgó, argumentando que Mariana lo "necesitaba", dejándome a mi suerte. La desesperación me invadió, pero unas luces se acercaban: Ricardo Morales, el rival de Alejandro, apareció de la nada. Ricardo me ayudó a salir del coche, y la oscuridad me venció, lo último que escuché fue: "No se preocupe, yo la cuidaré". Desperté en su casa, segura, y él, sorprendentemente amable, me reveló que me había estado observando, que siempre supo que yo no merecía lo que Alejandro me estaba haciendo. El médico llegó con un diagnóstico demoledor: cáncer de páncreas en etapa grave. Ricardo, sin dudarlo, prometió conseguir al mejor equipo médico, mientras mi corazón se hundía en el abismo.

Introducción

La música clásica llenaba el gran salón, pero para mí, Sofía Rivas, sonaba a marcha fúnebre mientras observaba a mi esposo, Alejandro Vargas, el flamante magnate inmobiliario.

Su perfecta sonrisa no era para mí, sino para Mariana Soto, la joven a su lado, la misma que, meses atrás, había sido el "error" de una noche y que, ahora, reaparecía milagrosamente embarazada tras un desastre natural.

Mis suegros me interceptaron, sus miradas frías como advertencia, exigiéndome "comprensión" para la "pobre chica sin nadie", antes de reprenderme por mi palidez.

Mariana, con su estudiada inocencia y una mano protectora sobre su vientre, se acercó para agradecer la "amabilidad" de Alejandro, actuando la víctima perfecta.

"No te preocupes", le dije, mi voz cortante como cristal. "Sé perfectamente quién eres y qué es lo que quieres".

La confrontación culminó cuando, al acercarse Alejandro, Mariana dramatizó una caída, y él, sin dudarlo, me miró con una fría y dura acusación: "¡Sofía, ¿qué demonios hiciste?!".

Mi mundo se desmoronó mientras él me exiliaba a un apartamento, supuestamente para darle "tranquilidad" a Mariana, pero en realidad, para echarme de mi propia casa.

La traición se grabó aún más profundo cuando, tras mi decisión de divorciarme, él contestó una llamada de Mariana y se fue corriendo, dejándome sola, con sus palabras vacías de "no me dejes" resonando.

El estrés y el vacío me consumían, los mareos se hicieron constantes, un susurro de algo mucho más oscuro anidando en mí.

Las publicaciones de Mariana en redes, con fotos de su vientre y Alejandro, eran puñaladas diarias, diseñadas para humillarme.

"¡Congelaste las cuentas! ¡Estás siendo increíblemente egoísta y cruel!", me gritó Alejandro, indignado al ver que protegía mis finanzas.

"Todo lo que tengo lo he construido yo misma, y no voy a permitir que tú ni nadie me lo arrebate", respondí, mi voz ahora firme, mientras me preparaba para la fiesta de revelación del género del bebé, un último acto público.

La revelación en la fiesta fue cruel, Mariana, fingiendo amenazas, insinuó que yo era la culpable, y mi suegra, sin mediar palabra, me abofeteó.

El pánico estalló cuando Mariana simuló un problema con el bebé; en el caos, le entregué a Alejandro los papeles de divorcio que había preparado.

"Firma ahora, Alejandro, o te juro que convertiré tu vida en un infierno del que ni tu madre podrá salvarte", exigí, y él firmó, sin saber que liberaba mi venganza.

De nuevo en casa, encontré mi estudio invadido por las cosas del bebé de Mariana, y Alejandro me echó sin un ápice de arrepentimiento.

Conduje bajo la lluvia, huyendo de una vida que ya no era mía, y un mareo se apoderó de mí, deteniendo el coche en una carretera desierta.

Llamé a Alejandro, mi voz un hilo, pidiendo ayuda, pero él, sin dudarlo, me colgó, argumentando que Mariana lo "necesitaba", dejándome a mi suerte.

La desesperación me invadió, pero unas luces se acercaban: Ricardo Morales, el rival de Alejandro, apareció de la nada.

Ricardo me ayudó a salir del coche, y la oscuridad me venció, lo último que escuché fue: "No se preocupe, yo la cuidaré".

Desperté en su casa, segura, y él, sorprendentemente amable, me reveló que me había estado observando, que siempre supo que yo no merecía lo que Alejandro me estaba haciendo.

El médico llegó con un diagnóstico demoledor: cáncer de páncreas en etapa grave.

Ricardo, sin dudarlo, prometió conseguir al mejor equipo médico, mientras mi corazón se hundía en el abismo.

Capítulo 1

La música clásica flotaba en el aire del gran salón, pero para Sofía Rivas, sonaba como una marcha fúnebre, el candelabro de cristal sobre su cabeza no irradiaba luz, sino una frialdad que le calaba los huesos, observaba desde la distancia, con una copa de champán intacta en la mano.

Allí estaba él, su esposo, Alejandro Vargas, el impecable magnate de los bienes raíces, su sonrisa perfecta no era para ella, sino para la joven que tenía a su lado, Mariana Soto.

No estaban haciendo nada escandaloso, nada que un extraño pudiera señalar, pero Sofía conocía a Alejandro, conocía la forma en que su pulgar rozaba el dorso de la mano de otra mujer cuando creía que nadie miraba, la inclinación casi imperceptible de su cabeza, la intimidad en una mirada que duraba un segundo de más.

Mariana, con su vestido sencillo y su expresión de inocencia, levantó la vista hacia Alejandro, sus ojos grandes y húmedos de admiración, una universitaria que parecía un cervatillo asustado en medio de depredadores, pero Sofía veía más allá, veía el cálculo frío en el fondo de esas pupilas.

El corazón de Sofía no se rompió, ya estaba hecho pedazos desde hacía meses, desde que Alejandro confesó un "error", una noche en la que, según él, lo drogaron en un evento y tuvo un encuentro con esa misma chica, prometió que fue un accidente, que Mariana no volvería a molestarlos.

Pero ahí estaba ella, reapareciendo después de un supuesto rescate "milagroso" durante un desastre natural, y ahora, embarazada.

El pecho de Sofía se sentía apretado, una presión insoportable que le dificultaba respirar, dejó la copa en la bandeja de un mesero que pasaba y se giró, solo para encontrarse de frente con sus suegros.

"Sofía, querida, te ves pálida".

La señora Vargas, una mujer cuya sonrisa nunca llegaba a sus ojos, le tomó el brazo, su agarre era firme, una advertencia.

"No hagas una escena, por favor, piensa en la reputación de la familia".

El señor Vargas asintió, su rostro severo.

"Alejandro está manejando una situación delicada, tienes que ser comprensiva, esa pobre chica no tiene a nadie".

Comprensiva, la palabra resonó en la cabeza de Sofía, un eco amargo, ellos no le pedían que perdonara, le pedían que aceptara, que se hiciera a un lado silenciosamente mientras su matrimonio era desmantelado frente a toda la alta sociedad.

"Entiendo", dijo Sofía, su voz más calmada de lo que se sentía. "La reputación lo es todo".

En ese momento, Mariana se acercó, caminando con una estudiada lentitud, una mano protectora sobre su vientre apenas abultado.

"Señora Vargas, disculpe", su voz era un susurro. "No quería interrumpir".

Se detuvo a una distancia respetuosa, bajando la mirada como si fuera una intrusa, la actuación era impecable, la víctima perfecta.

"Solo quería agradecerle al señor Alejandro por su amabilidad, me siento tan sola".

Sofía la miró directamente a los ojos, ignorando la advertencia silenciosa de sus suegros.

"No te preocupes", dijo Sofía, su voz cortante como el cristal. "Sé perfectamente quién eres y qué es lo que quieres".

La máscara de inocencia de Mariana vaciló por una fracción de segundo, un destello de triunfo apareció en sus ojos antes de ser reemplazado de nuevo por una vulnerabilidad fingida.

"No sé a qué se refiere, señora".

Justo cuando Alejandro se acercaba, atraído por la tensión palpable, Mariana dio un pequeño paso hacia atrás, tropezó con el borde de la alfombra y soltó un grito ahogado mientras caía al suelo, no fue una caída dura, fue teatral, diseñada para el máximo efecto.

Alejandro ni siquiera miró a Sofía, corrió hacia Mariana, arrodillándose a su lado con una expresión de pánico.

"¡Mariana! ¿Estás bien? ¿El bebé?".

Se giró hacia Sofía, y por primera vez en toda la noche, la miró directamente, pero no había amor ni confusión en sus ojos, solo una fría y dura acusación.

"¡Sofía, ¿qué demonios hiciste?!".

El murmullo se extendió por el salón, las miradas curiosas se convirtieron en juicios, Sofía se quedó de pie, sola en medio del mar de rostros, el sonido de la música clásica finalmente se desvaneció, reemplazado por el zumbido de su propia sangre en los oídos, la guerra había sido declarada, y ella acababa de perder la primera batalla.

Capítulo 2

La mansión Vargas, que una vez fue su hogar y refugio, ahora se sentía como un mausoleo frío y ajeno, Alejandro no le pidió que se fuera, no directamente, pero sus palabras fueron igual de crueles.

"Será mejor que pases un tiempo en el apartamento de Polanco, Sofía", le dijo al día siguiente, sin mirarla a los ojos. "Solo hasta que las cosas se calmen, Mariana necesita un ambiente tranquilo".

No era una sugerencia, era una orden de exilio, él la estaba expulsando de su propia casa para hacerle espacio a la otra mujer, el apartamento de Polanco, el lugar donde habían pasado sus primeros meses de casados, ahora se convertía en su prisión dorada.

Mientras empacaba una pequeña maleta en el silencio de su dormitorio, cada objeto le gritaba traición, la fotografía en su mesita de noche, de ellos dos sonriendo en su luna de miel en Italia, ahora parecía una burla, la bata de seda que él le había regalado por su aniversario colgaba en el armario, un recordatorio de promesas rotas.

Recordó la noche en que él le confesó el "accidente", sus ojos llenos de un arrepentimiento que ella, en su ingenuidad, creyó sincero, recordó cómo la abrazó y le juró que ella era la única mujer en su vida, que Mariana era un error que nunca se repetiría.

Mentiras, todas eran mentiras.

El desastre natural, un terrible terremoto que sacudió la ciudad, fue el escenario perfecto para el regreso de Mariana, ella, la estudiante de enfermería, "casualmente" estaba cerca del edificio derrumbado donde Alejandro quedó atrapado, lo "rescató milagrosamente", y de repente, la amante se convirtió en una heroína a los ojos de todos, especialmente a los de la familia Vargas.

Y luego, la noticia del embarazo, la pieza final de su plan maestro.

Sofía cerró la maleta con un clic definitivo, no era solo ropa lo que guardaba, era el final de una vida, la muerte de un amor, en la soledad helada del apartamento de Polanco, se sentó en el sofá de diseño que ella misma había elegido y tomó su teléfono.

Marcó el número de su abogada, una mujer directa y sin rodeos.

"Laura, soy Sofía", su voz sonaba extrañamente firme. "Prepara los papeles del divorcio".

Hubo un silencio al otro lado de la línea, luego la voz de Laura, profesional y comprensiva.

"¿Estás segura, Sofía?".

"Nunca he estado más segura en mi vida".

Colgó el teléfono y sintió una extraña ligereza, como si se hubiera quitado un peso de encima, la decisión estaba tomada, el camino por delante sería doloroso, pero sería suyo.

Esa misma noche, Alejandro apareció en el apartamento, su rostro mostraba una mezcla de agotamiento y frustración.

"Laura me llamó", dijo, pasándose una mano por el cabello. "Sofía, no podemos hacer esto".

"¿Por qué no, Alejandro? ¿Porque arruinaría tu imagen perfecta?".

"¡No es solo por eso!", exclamó, su voz elevándose. "Hemos construido una vida juntos, no puedes tirarlo todo por la borda por un error".

"¿Un error? ¿Llamas a un bebé un error? No, Alejandro, el error fue mío, por creer en ti".

Él se acercó, intentando tomarla de las manos, pero ella retrocedió.

"No quiero divorciarme, Sofía", su voz se suavizó, volviéndose suplicante. "Te necesito, no me dejes".

Las palabras podrían haberla conmovido semanas atrás, pero ahora sonaban vacías, manipuladoras, él no la necesitaba a ella, necesitaba la fachada, la esposa perfecta que mantenía su mundo en orden.

En ese preciso instante, su teléfono sonó, una melodía estridente que rompió la tensión en la habitación, Alejandro miró la pantalla y su expresión cambió.

Era Mariana.

Contestó la llamada, su voz se transformó instantáneamente en una de preocupación ansiosa.

"¿Mariana? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?".

Sofía no podía oír lo que Mariana decía, pero veía el pánico crecer en el rostro de Alejandro.

"¿Qué? ¿Un dolor fuerte? No te muevas, llamaré a una ambulancia, voy para allá ahora mismo".

Colgó el teléfono y miró a Sofía, su conflicto interno era visible por un fugaz segundo, la esposa a la que decía necesitar contra la mujer embarazada que llevaba a su "heredero".

La elección fue instantánea.

"Tengo que irme", dijo, ya moviéndose hacia la puerta. "Mariana me necesita".

No hubo una disculpa, no hubo una mirada de arrepentimiento, simplemente se fue, dejándola sola en el apartamento silencioso, con las palabras "no me dejes" todavía flotando en el aire como un veneno.

Sofía se quedó mirando la puerta cerrada, el último atisbo de esperanza que pudiera haber albergado se desvaneció por completo, se dio cuenta de que no solo había perdido a su esposo, sino que nunca lo había tenido realmente, él pertenecía a su imagen, a su deber, a su culpa, y ahora, pertenecía a Mariana y a su hijo.

Y ella, Sofía Rivas, no pertenecía a nadie más que a sí misma.

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