Desperté con el sudor frío y el pitido monótono de una máquina, consciente de que lo último que vi fue la sonrisa triunfante de Daniela mientras mi coche caía al barranco. Estaba segura de haber muerto, pero aquí estaba, viva, en un hospital, con recuerdos que me asaltaban brutalmente.
Reviví la universidad, donde mi tesis impecable fue tildada de plagio y mediocre, mientras Daniela, la holgazana, cosechaba elogios por su "genio innato", susurrándome falsas consolaciones, sus ojos brillando con una avidez que antes no entendía. Luego el trabajo, mi innovador proyecto robado y presentado por ella, mientras yo era despedida por "falta de iniciativa". Y luego Ricardo, mi Ricardo, el hombre que me amó y al que gradualmente me arrebató, hasta encontrarlos besándose en nuestro café especial. Me destrozó. Me hizo dudar de mí misma, me hizo sentir insignificante, mientras ella florecía sobre las ruinas de mi vida.
La vi acercarse a mi coche destrozado después del accidente, sin lágrimas, solo con una fría satisfacción. "Sistema, el intercambio fue un éxito", susurró con una voz llena de codicia oscura. "Te entregué su desesperación final y su vida. Ahora, dame todo lo que ella pudo haber tenido. Su futuro, su éxito, su felicidad. Todo". Una luz enfermiza la envolvió, y entonces lo entendí.
No era mala suerte. Era ella. Siempre fue ella, con un poder parasitario que me robaba mis logros, mi amor, mi vida entera. La ira, un odio puro y ardiente, me consumió. El deseo de justicia y venganza fue tan intenso que sentí cómo el universo se doblaba a mi voluntad.
Y entonces, desperté. Diez años atrás. A dos semanas del examen final, el mismo que Daniela me robó para entrar a la mejor universidad. Una segunda oportunidad. Esta vez, el juego ha comenzado de nuevo, pero yo tengo el control.
Desperté con el sudor frío pegado a la frente.
El techo blanco y desconocido del hospital me recibió con una indiferencia helada, el pitido rítmico de una máquina a mi lado era el único sonido que rompía el silencio.
Lo último que recordaba era el rechinido de los neumáticos sobre el asfalto mojado, el impacto brutal del metal contra el metal y el rostro de Daniela, mi "mejor amiga", mirándome desde el otro lado de la calle con una sonrisa extraña, casi triunfante, mientras mi coche se precipitaba hacia el barranco.
Había muerto. Estaba segura de ello.
Pero ahora estaba aquí, viva.
Un dolor agudo me atravesó la cabeza y los recuerdos de mi vida pasada se agolparon en mi mente como una avalancha.
Recuerdo la universidad.
Pasé semanas sin dormir, alimentándome de café y ansiedad, para perfeccionar mi tesis. Era un proyecto brillante, mi profesor lo había dicho, un trabajo que me aseguraría una beca para el posgrado y el reconocimiento que tanto anhelaba.
El día de la presentación, mi nombre fue llamado, pero los resultados fueron un desastre. Un rotundo fracaso. La tesis fue calificada como plagiada y mediocre.
Mientras yo me hundía en la vergüenza, Daniela, que apenas había asistido a clases y cuyo trabajo era un desastre de último minuto, recibió los más altos honores.
Todos la aplaudían, la felicitaban por su "genio innato". Ella me abrazó, susurrando palabras de consuelo que sonaban falsas, vacías.
"No te preocupes, Sofi, a veces la suerte no está de nuestro lado", me dijo, pero sus ojos brillaban de una manera que no supe interpretar en ese momento.
Luego vino el trabajo.
Conseguí un puesto de becaria en una prestigiosa firma de arquitectura. Trabajé el doble que los demás, presenté un proyecto innovador que podría revolucionar el diseño de espacios sostenibles.
Mi jefe me prometió un contrato fijo, un ascenso.
Una semana después, el proyecto fue presentado en la junta directiva, pero no por mí.
Fue Daniela quien se paró frente a todos, explicando mis ideas como si fueran suyas. Recibió una ovación, y con ella, el puesto que me habían prometido.
Yo fui despedida por "falta de iniciativa".
Y luego estaba Ricardo.
Ricardo, con su sonrisa amable y su mirada sincera. Era el primer hombre que me hacía sentir vista, valorada por quien era. Nuestro amor era tranquilo, sólido, lleno de planes y futuros compartidos.
Hasta que Daniela empezó a pasar más tiempo con nosotros.
Poco a poco, Ricardo cambió. Se volvió distante, crítico. Empezó a compararme con Daniela, a alabar su "espíritu libre" y su "encanto natural".
Una tarde, lo encontré besándola en el mismo café donde tuvimos nuestra primera cita.
Mi mundo se derrumbó.
Caí en una espiral de desesperación, mi confianza destrozada, mi valor personal por los suelos. Todo lo que tocaba, todo por lo que luchaba, se convertía en cenizas en mis manos, mientras Daniela florecía sobre mis ruinas.
No entendía por qué. No hasta el final.
Después del accidente, mi alma, o lo que fuera, flotó fuera de mi cuerpo destrozado. Fui un espectador invisible de mi propia tragedia. Vi a Daniela acercarse a los restos de mi coche.
No había lágrimas en su rostro, solo una fría satisfacción.
La escuché susurrar al aire, a la nada.
"Sistema, el intercambio fue un éxito", dijo con una voz que nunca le había escuchado, una voz llena de una codicia oscura. "Te entregué su desesperación final y su vida. Ahora, dame todo lo que ella pudo haber tenido. Su futuro, su éxito, su felicidad. Todo".
Una luz tenue y enfermiza la envolvió por un instante.
Y entonces lo entendí todo.
No era mala suerte. No era el destino.
Era ella. Siempre fue ella.
Con un sistema de intercambio, un poder parasitario que le permitía robarme mis esfuerzos, mis logros, mi amor, mi vida entera.
La ira, un odio tan puro y caliente que quemaba incluso en mi estado etéreo, me consumió. El deseo de justicia, de venganza, fue tan intenso que sentí cómo el universo se doblaba a mi voluntad.
Y entonces, desperté.
Miré a mi alrededor. No era un hospital. Era mi antigua habitación, la de la casa de mis padres. Las paredes estaban cubiertas con los pósters de mis bandas favoritas de la preparatoria.
Busqué mi teléfono con manos temblorosas. La fecha en la pantalla me dejó sin aliento.
Había retrocedido en el tiempo. Diez años.
Estaba a solo dos semanas del examen final de la preparatoria, el mismo examen cuyo resultado Daniela me robó para conseguir un lugar en la mejor universidad, el primer gran robo que marcó el inicio de mi caída.
Una segunda oportunidad.
Una sonrisa, la primera sonrisa genuina en mucho tiempo, se dibujó en mis labios. No era una sonrisa de alegría, sino de una fría y calculadora determinación.
Esta vez, las cosas serían diferentes.
Esta vez, yo conocía las reglas del juego.
Y esta vez, Daniela, te haré probar el sabor amargo de la derrota. Te haré sentir lo que es ser insignificante. Te devolveré, con intereses, cada lágrima y cada gramo de desesperación que me hiciste tragar.
El juego ha comenzado de nuevo, pero ahora, yo tengo el control.
El timbre de la escuela sonó, estridente y familiar, sacándome de mis pensamientos.
El pasillo se llenó de inmediato con el murmullo y las risas de cientos de estudiantes. Me quedé quieta junto a mi casillero, sintiendo el peso de las miradas, la extraña sensación de ser una adulta en un cuerpo de adolescente.
Entonces la vi.
Daniela caminaba hacia mí, abriéndose paso entre la multitud con esa sonrisa falsa y radiante que yo había llegado a odiar con toda mi alma.
"¡Sofi! ¡Amiga!"
Su voz era un eco doloroso de mi vida pasada. La misma voz que me había consolado mientras me robaba todo.
Se detuvo frente a mí, su rostro una máscara de preocupación.
"¿Qué te pasa? Te ves súper pálida. ¿No dormiste bien? Te dije que no te mataras tanto estudiando".
Me costó cada gramo de autocontrol no retroceder, no gritarle en la cara todo lo que sabía. En cambio, forcé una pequeña sonrisa.
"Estoy bien, Dani. Solo un poco cansada".
Ella inclinó la cabeza, estudiándome con esos ojos que ahora veía con una claridad aterradora. Eran los ojos de un depredador evaluando a su presa.
"Es que a veces me preocupo por ti", continuó, bajando la voz en un tono confidencial. "Tú eres tan inteligente, tan dedicada. Y yo... bueno, ya sabes. Apenas y paso las materias. Me da envidia, de la buena, claro".
La bilis me subió por la garganta. Envidiaba mi inteligencia, pero no mi esfuerzo. Envidiaba mis resultados, pero despreciaba las noches en vela que me costaban.
"No digas eso, tú también eres inteligente", respondí, repitiendo las mismas palabras vacías que le había dicho mil veces en mi vida anterior.
Una chispa de algo oscuro brilló en sus ojos antes de que la ocultara de nuevo tras su máscara de humildad.
Recordé perfectamente este momento. Fue justo después de que nos entregaran las calificaciones de un examen de química especialmente difícil. Yo había sacado un diez perfecto. Ella, un cinco raspado.
"¡Por cierto, felicidades por ese diez en química!", exclamó, como si acabara de recordarlo. "¡Neta que eres una genio, Sofi! Tienes que pasarme tus secretos".
En mi vida anterior, esta alabanza me había hecho sentir orgullosa y un poco culpable. Me había ofrecido a ayudarla a estudiar, pasando horas explicándole conceptos que ella fingía no entender, mientras en realidad solo estaba esperando el momento de usar su sistema para robarme el resultado final.
Pero esta vez, su halago solo sonaba como el preludio de un robo.
Vi cómo su mirada se desviaba sutilmente hacia mi mochila, donde guardaba mis apuntes y libros. Estaba calculando, planeando.
De repente, su expresión cambió. Se cruzó de brazos y me miró con una pizca de resentimiento.
"Oye, ¿estás enojada conmigo o algo? Te siento rara, distante".
Su capacidad para voltear la situación y hacerme sentir culpable era asombrosa. Era un chantaje emocional tan refinado que me había tenido atrapada durante años.
"¿Por qué estaría enojada?", pregunté, manteniendo mi voz lo más neutral posible.
"No sé, dímelo tú", insistió, su voz adquiriendo un tono herido. "Pensé que éramos mejores amigas, que nos contábamos todo. Pero últimamente siento que me ocultas cosas, que te crees mejor que yo solo porque te va bien en la escuela".
Ahí estaba. La acusación. La misma que usaba siempre que yo lograba algo. Me hacía sentir que mi éxito era una ofensa personal contra ella, que mi esfuerzo era una forma de arrogancia.
La miré fijamente, y por primera vez, no sentí culpa. Sentí una claridad helada.
Todo mi esfuerzo, todas mis horas de sacrificio, ella lo veía no como mérito, sino como una afrenta. Mi dedicación no era admirable para ella, era un recordatorio de su propia pereza. Y en su mente retorcida, la única solución no era esforzarse más, sino arrastrarme a su nivel, robar lo que era mío para poder sentir que estaba a la altura.
"No es eso, Daniela", dije, mi voz tranquila pero firme. "Simplemente estoy concentrada en los exámenes finales. Son importantes".
Ella resopló.
"Claro, los exámenes. Siempre tan perfecta, tan responsable".
Se dio la vuelta, con un gesto de falsa indignación.
"Bueno, como quieras. Cuando quieras volver a ser mi amiga, ya sabes dónde encontrarme".
Y se alejó, dejándome sola en el pasillo.
Respiré hondo, sintiendo cómo la tensión abandonaba mis hombros. La primera batalla había sido librada, y aunque no había sido un ataque frontal, había logrado algo importante: no caer en su trampa emocional.
No más culpa. No más justificaciones.
Sabía exactamente quién era ella y qué quería. Y esta vez, en lugar de darle mis apuntes, le iba a tender una trampa tan perfecta que no tendría más remedio que caer en ella.