Renací en mi último año de instituto, lista para el examen que definiría mi futuro.
En mi vida pasada, ese día abrió las puertas a una vida feliz con Mateo y Hugo, mis amores.
Esperaba repetir ese destino junto a ellos, mis compañeros inseparables.
Pero el universo tenía otros planes.
Los vi entrar en la secretaría, dos figuras brillantes, y anunciaron su decisión: repetirían curso.
No era por superación, sino por Carla, una excompañera que había suspendido y a quien creían que debían "salvar".
El nombre de Carla resonó como una campana fúnebre; ella, una sombra en mi existencia anterior, ahora era el centro de su universo.
Me miraron con una fría determinación, como un obstáculo para su noble y equivocada "misión".
En la fiesta de graduación, los susurros de mi dolor me perseguían mientras ellos la atendían con la devoción que una vez fue mía.
Sus firmas en mi anuario no fueron recuerdos, sino sentencias crueles, acusándome de egoísmo por no "entender".
Lancé ese anuario a la basura, cada palabra hiriente grabada en mi alma.
Comprendí, con una amargura helada, que no había sido especial, sino solo la primera en recibir una lealtad impulsada por una culpa fantasma.
Estaba agotada de sus juegos, de su ceguera ante la manipulación de Carla y de su ridícula misión de salvadores.
¿Cómo podían estar tan ciegos, tan dispuestos a sacrificarlo todo por una farsa?
Cuando vinieron a mi casa, acusándome de un engaño de Carla y burlándose de mi billete de avión, la decisión fue inquebrantable.
No rogaría, no me arrastraría, no sería la segunda opción de nadie.
Con el billete a Mendoza en mi mano y sus palabras vacías de fondo, recogí mi futuro del suelo.
Dejé atrás mi vida pasada, cerrando esa puerta para siempre.
Mi nueva vida, lejos de ellos, acababa de empezar.
Renací en el momento más importante de mi último año de instituto, justo frente a la oficina de secretaría. El aire olía a papel viejo y a las ansias de cientos de estudiantes. Estaba aquí para inscribirme en la Selectividad, el examen que definiría mi futuro.
En mi vida pasada, este día había sido perfecto.
Mateo, mi futuro marido, y Hugo, mi mejor amigo, se habían inscrito conmigo. Los tres, inseparables, fuimos juntos a la Universidad Complutense de Madrid. Vivimos una vida feliz, llena de amor y lealtad, hasta que morí de vieja, rodeada por ellos.
Ahora, con una segunda oportunidad, mi corazón latía con la misma esperanza. Esperaba ver sus caras sonrientes, listos para repetir nuestro destino juntos.
Pero la vida tenía otros planes.
Vi a Mateo y a Hugo entrar en la secretaría. Eran tan brillantes y guapos como los recordaba. El jefe de estudios los saludó con una palmada en la espalda.
"¡Mateo, Hugo! Con vuestras notas, la Complutense os espera con los brazos abiertos. ¿Qué vais a estudiar?"
Sonreí, esperando su respuesta.
Pero la respuesta que dieron no fue para mí.
"Este año no nos presentamos, señor director", dijo Mateo con una seriedad impropia de su edad. "Vamos a repetir el curso".
El director se quedó perplejo. "¿Repetir? ¿Con vuestro expediente? Es una locura".
Hugo asintió, su mirada fija y decidida. "Es por una compañera. Por Carla. Suspendió y necesita nuestra ayuda para el año que viene. No podemos dejarla sola".
Carla.
El nombre resonó en mi cabeza como una campana fúnebre. En mi vida anterior, Carla era una figura borrosa, una compañera con malas notas que murió trágicamente por una sobredosis después de suspender la Selectividad. Su muerte nos afectó, pero solo como una sombra lejana, una lástima pasajera.
Ahora, en esta nueva vida, esa sombra se había convertido en el centro de sus universos.
Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. El murmullo de la secretaría se desvaneció. Solo existía el eco de sus palabras, una traición que me atravesaba el alma.
Ellos, mis dos personas más queridas, atormentados por una culpa de una vida que solo yo recordaba, habían decidido sacrificar su futuro, nuestro futuro, por ella.
Me miraron. En sus ojos no había amor, solo una fría determinación. Me veían como un obstáculo, alguien que no podía comprender su noble "misión".
No dije nada. Di media vuelta y salí de allí, con el corazón hecho pedazos pero con una extraña y nueva claridad. El dolor era agudo, pero la decisión fue instantánea.
No iba a rogarles. No iba a repetir un curso por ellos. No iba a ser la segunda opción de nadie.
Esa misma tarde, encerrada en mi habitación, no lloré. En lugar de eso, cogí el teléfono y marqué un número internacional.
"¿Prima?", dije con la voz firme. "¿Sigue en pie tu oferta de ir a Mendoza?".
Al otro lado de la línea, la voz de mi prima sonó cálida y alegre. "¡Claro que sí, Sofía! El viñedo y la universidad te esperan. ¿Cuándo vienes?".
Miré por la ventana, hacia un futuro que de repente era solo mío.
"En cuanto termine la graduación. Pero es un secreto. No se lo digas a nadie de aquí".
Colgué el teléfono. Mi vida anterior se había acabado. Una nueva, lejos de ellos, acababa de empezar.
La fiesta de graduación se celebró en un salón de eventos cargado de música alta y risas forzadas. Para mí, era una tortura. Los murmullos me seguían a cada paso.
"¿Has visto a Sofía? Pobre chica".
"Mateo y Hugo la han dejado de lado por Carla. Qué fuerte".
"Dicen que están todo el día con ella, ayudándola a estudiar. Como si fuera su responsabilidad".
Fingí no oír nada. Me serví un vaso de refresco, el hielo chocando contra el cristal con demasiada fuerza. A través de la multitud, los vi. Mateo y Hugo estaban a cada lado de Carla, como dos guardaespaldas. Ella sonreía, disfrutando de la atención, moviendo sus pestañas y tocándoles el brazo de forma casual.
Era una escena dolorosamente familiar. Así es como me trataban a mí en nuestra vida pasada. Su devoción, su atención total... ahora todo era para ella. Comprendí con una amargura helada que yo no había sido especial. Simplemente fui la primera en recibir esa intensa lealtad que ahora dirigían hacia otra persona, impulsados por una culpa fantasma.
Una parte estúpida de mí, un último vestigio de la Sofía de la vida anterior, decidió hacer un último intento. Me acerqué a ellos con mi anuario en la mano. Mi sonrisa se sentía como una máscara de yeso.
"Hola, chicos", dije, intentando que mi voz sonara normal.
Carla me miró de arriba abajo con una sonrisa de suficiencia. Mateo y Hugo me miraron con fastidio, como si interrumpiera algo importante.
"¿Podríais firmarme el anuario?", pedí, ofreciéndoles el libro abierto. "Como recuerdo".
Hugo suspiró, cogió el bolígrafo y garabateó algo rápidamente. Mateo hizo lo mismo, sin siquiera mirarme a los ojos. Me devolvieron el libro y se giraron de nuevo hacia Carla, excluyéndome por completo.
Me alejé, sintiendo las miradas de todos clavadas en mi espalda. Caminé hasta un rincón tranquilo y abrí el anuario.
Debajo de la firma de Hugo, ponía: "Espero que algún día entiendas lo que significa la verdadera responsabilidad. Carla nos ha enseñado mucho".
El mensaje de Mateo era aún peor: "Para Sofía. A veces, hay que dejar atrás a la gente que no puede ver más allá de sí misma. Nuestra prioridad es ayudar a quien de verdad lo necesita, como Carla".
Las palabras eran crueles, deliberadamente hirientes. No era una simple firma, era una declaración. Una sentencia.
Sentí una oleada de rabia fría. Cerré el anuario de golpe. Caminé con la cabeza alta, pasando entre mis compañeros, hasta la papelera que había junto a la salida.
Sin dudarlo un segundo, lo tiré dentro. El sonido del libro al chocar con el fondo de plástico fue el punto y final de nuestra historia.
Ya no había nada que recordar. Ni nada que salvar.