Llevaba siete años entregando mi vida y energía a Scarlett, la poderosa nahual que me salvó y con quien hice un pacto de sangre.
En mis "Noches de Tormento", cuando el dolor me destrozaba, ella era mi única salvación.
Pero esa noche, mientras me consumía y esperaba que viniera a drenar mi energía para aliviar mi agonía, apareció arrastrando a un hombre inconsciente.
Ante mi desesperada súplica de ayuda, solo pronunció una palabra gélida: "Espera".
Esperar. Mientras yo me arrastraba hacia la muerte, ella cuidaba a un extraño, sin importarle mi sufrimiento y su promesa.
La humillación me quemó el rostro cuando, al intentar ofrecerle la comida especial para su recuperación, me espetó que era para ese hombre y me ordenó preparar "algo normal", como si yo, su fuente de poder, fuera un sirviente inútil.
No entendía cómo la mujer que idolatraba podía descartarme tan fácilmente por un humano, por qué su "amor" era tan vacío.
Esa noche, mientras la vi limpiar la sangre de la frente de su nuevo amante con una delicadeza que nunca había mostrado conmigo, la promesa que me hizo al día siguiente, "La próxima vez, estaré aquí. Te lo prometo" , sonó a una burla cruel.
Pero lo que ella no sabía era que esa noche, me aferré a la vida y envié un mensaje a una antigua criatura: "Annabel, acepto".
No habría una "próxima vez" con Scarlett; mi libertad estaba a punto de comenzar.
El dolor me retorcía las entrañas, un fuego helado que consumía mi energía desde adentro. Era la "Noche de Tormento" , el ciclo ritual donde el pacto exigía mi ofrenda de energía vital. Se suponía que Scarlett debía estar aquí, su presencia era la única que podía aliviar este tormento, tomando la energía directamente y estabilizando el flujo.
Pero no estaba.
La hacienda, normalmente llena de su presencia dominante, estaba vacía y silenciosa. Solo se escuchaba mi respiración agitada y el crujido de las sábanas bajo mi cuerpo convulso. El sudor frío me empapaba la frente.
Siete años. Siete años de mi vida entregados a ella. La primera vez, me salvó de unos espíritus malignos que me habrían despedazado. Yo, un joven chamán de Catemaco, vi en ella a una diosa, una salvadora. El Pacto de Sangre que le ofrecí era mi gratitud, mi devoción. Se suponía que duraría cinco años.
Yo mismo lo extendí, ciego, creyendo que su posesividad era una forma de amor.
Ahora, mientras el dolor amenazaba con desgarrarme, su ausencia era la respuesta más clara que había recibido en años.
Justo cuando pensaba que iba a desmayarme, el ruido de un auto llegando a la hacienda me dio una punzada de esperanza. Me equivoqué.
La puerta principal se abrió de golpe. Scarlett entró, pero no venía sola. Arrastraba a un hombre inconsciente, vestido con ropa cara y manchado de sangre. Lo dejó en el sofá con una delicadeza que nunca había usado conmigo.
"Roy" , su voz sonó, fría y distante, sin siquiera mirarme.
Apenas pude girar la cabeza. Ella estaba inclinada sobre el hombre, limpiando una herida en su frente con un paño húmedo.
Mi cuerpo temblaba violentamente.
"Scarlett... la ofrenda..." logré susurrar.
Ella ni siquiera se volteó.
"Espera" .
Esa única palabra me golpeó más fuerte que cualquier dolor físico. Espera. Mientras yo me consumía, ella cuidaba a un extraño.
El pacto no esperaba. El dolor se intensificó, una ola de agonía que me nubló la vista. Sabía que si no hacía algo, moriría.
Con la última pizca de fuerza, me arrastré fuera de la cama, hacia el pequeño altar que tenía en mi habitación. Mis manos temblorosas buscaron el cuchillo ceremonial de obsidiana. Era un último recurso, un ritual de auto-sacrificio para liberar la energía que el pacto reclamaba.
La hoja fría tocó mi antebrazo. Cerré los ojos y corté. La sangre brotó, oscura y espesa, y con ella, una oleada de energía vital salió de mi cuerpo. El dolor disminuyó un poco, reemplazado por una debilidad abrumadora.
Caí al suelo, con la vista borrosa. Mi sangre manchaba las baldosas.
Antes de que la oscuridad me tragara, reuní la poca conciencia que me quedaba. Me concentré, enviando un mensaje psíquico a través de los cruces de caminos espirituales, un mensaje que solo una criatura podría recibir.
"Annabel" , pensé, con desesperación. "Acepto" .
Desperté en el suelo frío de mi habitación. La luz del amanecer se filtraba por la ventana, débil y gris. Mi brazo dolía, la herida cubierta con una costra de sangre seca. Me sentía vacío, no solo de energía, sino de algo más profundo.
Me levanté con dificultad, apoyándome en los muebles. Mi cuerpo era un cascarón hueco. Salí de la habitación y la encontré en la sala principal. Scarlett estaba sentada en un sillón, observando al hombre que todavía dormía en el sofá. Su nombre, supe después, era Máximo.
"Prepara comida" , me ordenó, sin apartar la vista de él.
Asentí, sin fuerzas para hablar. Fui a la cocina. Mi mente, lenta y confusa, asumió que la comida era para ella. Después de una noche así, siempre necesitaba reponerse.
Preparé una ofrenda tradicional para un Nahual: carne cruda de venado, hierbas especiales y una pizca de mi propia sangre para fortalecerla. Lo arreglé todo en una bandeja de plata y se lo llevé.
Cuando vio lo que traía, su rostro se contrajo en una mueca de asco.
"¿Qué es esto?" , siseó. "¿Crees que le voy a dar esto a él?" .
Señaló a Máximo.
"Es un humano, idiota. Ve y prepárale algo normal. Huevos, café. Algo que la gente come" .
Me quedé paralizado, con la bandeja en las manos. La humillación me quemó la cara. Para ella, él era "gente" . Yo, su donante de pacto, el que la mantenía poderosa, era solo un sirviente que no entendía las cosas más básicas.
Dejé la bandeja en una mesa y volví a la cocina en silencio. Mis manos temblaban mientras rompía los huevos en una sartén. El olor a comida normal, a vida humana, llenaba el aire y se sentía como un veneno.
Más tarde, mientras limpiaba, Scarlett entró en mi habitación. Vio la sangre seca en el suelo y luego la herida en mi brazo. Por un instante, vi algo en sus ojos, una punzada de algo que podría haber sido culpa.
"No debiste hacer eso" , dijo, su voz un poco más suave. "La próxima vez, estaré aquí. Te lo prometo" .
Su promesa llegó demasiado tarde. Era una curita para una herida mortal. Asentí, porque era lo que siempre hacía. Pero por dentro, la decisión que había tomado en la oscuridad de la noche se solidificó.
Ya no había una "próxima vez" para nosotros.