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Renacido en el Engaño: El Secreto de Lina

Renacido en el Engaño: El Secreto de Lina

Autor: : Tang Ye Wan Zi
Género: Fantasía
A mis setenta años, en mi lecho de muerte, le hice la pregunta a mi esposa Lina que me había carcomido durante medio siglo: «¿Alguna vez me amaste?». Su silencio fue la respuesta, confirmando cincuenta años de un amor no correspondido, un matrimonio por contrato que me llevó a mi último deseo: «Ojalá nunca te hubiera conocido. Ojalá nunca te vuelva a amar.» Y entonces, todo se volvió negro. Hasta que la luz del sol me golpeó la cara. Abrí los ojos en mi habitación de adolescente: tenía dieciocho años otra vez. El destino me había dado una segunda oportunidad, y esta vez, no cometería el mismo error: no me casaría con Lina Salazar. Pero ella se apareció de nuevo, esta vez transfiriéndose a mi instituto, y empezó a seguirme a todas partes. Mi desconcierto se convirtió en furia cuando, acorralado, ella soltó la bomba: «Yo también he renacido, Roy. Lo recuerdo todo». A pesar de su confesión, mi rabia ardía. Recordaba al otro hombre, a Máximo. Al verlos juntos, riendo y tomados del brazo, mi mundo se desmoronó, confirmando cincuenta años de sospechas y celos silenciosos. «¡Eres una mentirosa!», le grité en plena calle, cegado por el dolor la humillé y me di la vuelta, abandonándola. Destrozado y sin rumbo, huí hacia el sur, a la playa, buscando consuelo en las cenizas de mi madre. «Mamá, ¿por qué duele tanto? ¿Por qué no puedo dejar de amarla?». Mi voz se quebró en un sollozo, y entonces, escuché una voz suave y temblorosa a mi lado: «Porque yo también se lo pedí». Era Lina. Me había seguido.

Introducción

A mis setenta años, en mi lecho de muerte, le hice la pregunta a mi esposa Lina que me había carcomido durante medio siglo: «¿Alguna vez me amaste?».

Su silencio fue la respuesta, confirmando cincuenta años de un amor no correspondido, un matrimonio por contrato que me llevó a mi último deseo: «Ojalá nunca te hubiera conocido. Ojalá nunca te vuelva a amar.»

Y entonces, todo se volvió negro.

Hasta que la luz del sol me golpeó la cara.

Abrí los ojos en mi habitación de adolescente: tenía dieciocho años otra vez.

El destino me había dado una segunda oportunidad, y esta vez, no cometería el mismo error: no me casaría con Lina Salazar.

Pero ella se apareció de nuevo, esta vez transfiriéndose a mi instituto, y empezó a seguirme a todas partes.

Mi desconcierto se convirtió en furia cuando, acorralado, ella soltó la bomba: «Yo también he renacido, Roy. Lo recuerdo todo».

A pesar de su confesión, mi rabia ardía. Recordaba al otro hombre, a Máximo.

Al verlos juntos, riendo y tomados del brazo, mi mundo se desmoronó, confirmando cincuenta años de sospechas y celos silenciosos.

«¡Eres una mentirosa!», le grité en plena calle, cegado por el dolor la humillé y me di la vuelta, abandonándola.

Destrozado y sin rumbo, huí hacia el sur, a la playa, buscando consuelo en las cenizas de mi madre.

«Mamá, ¿por qué duele tanto? ¿Por qué no puedo dejar de amarla?».

Mi voz se quebró en un sollozo, y entonces, escuché una voz suave y temblorosa a mi lado: «Porque yo también se lo pedí».

Era Lina. Me había seguido.

Capítulo 1

A los setenta años, en mi lecho de muerte, el aire de la finca en La Rioja era pesado y olía a tierra húmeda y a vino viejo, el olor de toda mi vida.

Lina, mi esposa durante cincuenta años, estaba sentada a mi lado, su rostro tan sereno y distante como siempre.

Con el último aliento que me quedaba, le hice la pregunta que me había carcomido el alma durante medio siglo.

«Lina, ¿alguna vez me amaste?»

Ella no respondió de inmediato, solo me miró, y en esa breve vacilación encontré la respuesta que siempre había temido.

Confirmaba cincuenta años de un amor no correspondido, un matrimonio que solo fue un contrato para unir su viñedo con mi bodega.

Mi último pensamiento, mi último deseo, fue una súplica amarga.

«Ojalá nunca te hubiera conocido. Ojalá nunca te vuelva a amar.»

Y entonces, todo se volvió negro.

Hasta que la luz del sol me golpeó la cara.

Abrí los ojos de golpe, desorientado. No estaba en mi cama de anciano, sino en mi habitación de adolescente, con pósteres de futbolistas en las paredes y libros de texto esparcidos por el suelo.

Mi cuerpo se sentía ligero, lleno de una energía que no recordaba. Me miré las manos, no había arrugas ni manchas de la edad, solo la piel tersa de un joven.

Un calendario en la pared tenía una fecha marcada en rojo: 15 de marzo.

Tres meses antes de la Selectividad.

Tenía dieciocho años otra vez.

Una risa seca escapó de mis labios, una risa que sonaba extraña en una garganta tan joven.

El destino me había dado una segunda oportunidad. Y esta vez, no iba a cometer el mismo error.

Esta vez, no me casaría con Lina Salazar.

Esta vez, viviría mi propia vida.

Capítulo 2

Mi primer movimiento fue ignorar las llamadas de mis amigos para ir a jugar al fútbol y beber cerveza.

En mi vida anterior, era un estudiante mediocre, más interesado en las fiestas que en los libros.

Ahora, con la mente de un hombre de setenta años, los estudios me parecían increíblemente sencillos.

Me encerré en mi cuarto y devoré los libros. Mi objetivo era claro: sacar una nota excelente en la Selectividad para entrar en la mejor universidad, estudiar enología y comercio internacional.

Mi padre siempre soñó con llevar nuestros vinos al mundo entero, un sueño que yo, en mi primera vida, nunca logré cumplir del todo, siempre a la sombra de la gestión que Lina hacía.

Sabía que la alianza con los viñedos de los Salazar era vital para la bodega, pero estaba decidido a conseguirla a través de un acuerdo comercial, no con mi felicidad.

Mi plan parecía perfecto, una hoja de ruta hacia una nueva vida.

Pero la vida, o el destino, tenía otros planes.

Una semana después, mi padre entró en mi habitación con una sonrisa de oreja a oreja.

«Roy, esta noche tenemos una cena importante. Vienen los Salazar.»

Mi corazón se detuvo.

«¿Por qué?», pregunté, tratando de mantener la calma.

«Para hablar de negocios, hijo. Y para que conozcas a su hija, Lina. Es una chica maravillosa, de tu edad.»

El pánico se apoderó de mí. Era demasiado pronto. Se suponía que esto no debía pasar hasta después del verano.

Tenía que sabotearlo.

Esa noche, cuando los Salazar llegaron, me comporté como un completo idiota.

Llevaba una camiseta vieja y pantalones rotos. Durante la cena, hablaba con la boca llena y hacía chistes estúpidos.

Cuando llegó el momento de los regalos, mi padre me lanzó una mirada asesina. Yo le sonreí inocentemente y le entregué a Lina la bolsa que había preparado.

Dentro había un coche de juguete y una pistola de agua.

«He oído que te gustan las cosas de chicos», dije con una sonrisa burlona.

Esperaba que se ofendiera, que se enfadara, que le dijera a su padre que nunca se casaría con un imbécil como yo.

Pero Lina no hizo nada de eso.

Me miró, y por primera vez en dos vidas, vi una calidez genuina en sus ojos.

Sonrió, una sonrisa pequeña pero real, y aceptó los juguetes.

«Gracias, Roy. Son... inesperados. Pero gracias.»

Su reacción me dejó completamente desconcertado. No era la Lina fría y distante que yo recordaba.

Algo estaba muy, muy mal.

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