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Renací Por Amor, Morí Por Odio

Renací Por Amor, Morí Por Odio

Autor: : Ren Ping Sheng
Género: Adulto Joven
Mi hermana Elena siempre obtenía lo que quería, sin importar a quién pisoteara, mientras yo, Sofía, la sombra silenciosa, vivía a la deriva bajo el desprecio de mi madre. Una noche, encontré a Elena chateando con Ricardo, mi exnovio, a quien mi madre odiaba, pero Elena recibía en secreto. Intenté advertirle sobre el temperamento de nuestra madre y su obsesión por la reputación, pero ella respondió: "Ricardo es solo una diversión, un juego. Cuando me case, seré la virgen más pura que cualquier millonario haya visto." Meses después, Elena encontró a su millonario, Luis Carlos, pero su vida imprudente la llevó a una infección. En lugar de asumir la responsabilidad, me culparon a mí. "¡Tú tienes la culpa! ¡Sabías lo de Ricardo! ¡Querías arruinarme!", gritó Elena, mientras mi madre me señalaba con odio. El dolor en mi corazón era insoportable. En medio de la histeria colectiva, mi madre y Elena me empujaron, mi cabeza golpeó la mesa de mármol. Morí, llevándome un odio profundo. Pero desperté. La luz del sol entraba por la ventana de mi antigua habitación, y el calendario marcaba dos años atrás. El día en que Elena conoció a Luis Carlos. "¡Tú tienes la culpa!", escuché la voz de Elena. Me toqué la nuca, pero no había herida. Solo mi piel. Había regresado. El pánico se convirtió en una furia helada. Esta vez, las cosas serían diferentes. No sería la víctima. Nunca más.

Introducción

Mi hermana Elena siempre obtenía lo que quería, sin importar a quién pisoteara, mientras yo, Sofía, la sombra silenciosa, vivía a la deriva bajo el desprecio de mi madre.

Una noche, encontré a Elena chateando con Ricardo, mi exnovio, a quien mi madre odiaba, pero Elena recibía en secreto.

Intenté advertirle sobre el temperamento de nuestra madre y su obsesión por la reputación, pero ella respondió: "Ricardo es solo una diversión, un juego. Cuando me case, seré la virgen más pura que cualquier millonario haya visto."

Meses después, Elena encontró a su millonario, Luis Carlos, pero su vida imprudente la llevó a una infección.

En lugar de asumir la responsabilidad, me culparon a mí. "¡Tú tienes la culpa! ¡Sabías lo de Ricardo! ¡Querías arruinarme!", gritó Elena, mientras mi madre me señalaba con odio.

El dolor en mi corazón era insoportable. En medio de la histeria colectiva, mi madre y Elena me empujaron, mi cabeza golpeó la mesa de mármol.

Morí, llevándome un odio profundo.

Pero desperté. La luz del sol entraba por la ventana de mi antigua habitación, y el calendario marcaba dos años atrás. El día en que Elena conoció a Luis Carlos.

"¡Tú tienes la culpa!", escuché la voz de Elena.

Me toqué la nuca, pero no había herida. Solo mi piel. Había regresado.

El pánico se convirtió en una furia helada.

Esta vez, las cosas serían diferentes. No sería la víctima. Nunca más.

Capítulo 1

Mi hermana Elena siempre se salía con la suya, siempre conseguía lo que quería, sin importar a quién pisoteara en el camino.

Desde que éramos niñas, mi madre, Isabel, nos dejó muy claro el camino: la pureza de una mujer era su boleto dorado para entrar en la alta sociedad mexicana, un pasaporte para un matrimonio que asegurara nuestro futuro y, más importante aún, el prestigio de su negocio como la mejor organizadora de eventos del país.

Para mi madre, yo era una decepción andante, una sombra silenciosa que no heredó ni la belleza ni el encanto de mi hermana menor, Elena.

Elena era su obra maestra, su muñeca de porcelana, y yo era el boceto fallido que guardaba en un rincón.

Pero yo conocía el verdadero rostro de Elena, la verdad que se escondía detrás de su sonrisa perfecta y sus modales de niña bien.

"Elena, por favor, ten más cuidado", le dije una tarde, encontrándola en su habitación mientras se mensajeaba con Ricardo.

Ricardo.

Mi exnovio.

El músico de mariachi bohemio que me dejó por ella, el hombre que mi madre despreciaba en público pero que mi hermana recibía en secreto.

"¿Cuidado de qué, Sofía? No seas amargada", respondió ella sin levantar la vista del teléfono, sus dedos tecleando a toda velocidad.

"Mamá se va a volver loca si se entera de esto, lo sabes. Todo su discurso sobre la 'reputación' y la 'virginidad' se irá al diablo. Y te va a arrastrar a ti con él".

Mi advertencia no era por envidia, aunque sentía un nudo amargo en el estómago al verla con él, era una preocupación genuina. Conocía el temperamento de mi madre y su obsesión con las apariencias.

Elena finalmente levantó la cabeza y me miró con esa superioridad que tanto la caracterizaba.

"Ay, hermanita, no te preocupes por mí. Yo sé perfectamente lo que hago. Ricardo es solo una diversión, un juego. Cuando llegue el momento de casarme, seré la virgen más pura que cualquier millonario haya visto".

Se rio, una risa hueca que me heló la sangre.

Confiaba demasiado en su belleza y en el favoritismo ciego de mi madre.

El tiempo pasó y mis advertencias se perdieron en el aire. La vida de Elena se volvió más imprudente, sus encuentros con Ricardo más frecuentes. Yo lo veía todo, lo escuchaba todo, acumulando un resentimiento silencioso que crecía día con día.

La bomba finalmente explotó, pero no como yo esperaba.

Elena consiguió lo que quería: un prometido millonario, Luis Carlos, un empresario poderoso y tradicional que veía en ella la esposa trofeo perfecta. Mi madre estaba eufórica, planeando la boda del siglo, su obra cumbre.

Pero el pasado de Elena no se quedó enterrado.

Unas semanas antes de la boda, Elena descubrió que tenía una enfermedad, una infección grave que contrajo por su vida imprudente con Ricardo. Entró en pánico, no por su salud, sino porque la "prueba de pureza" de la noche de bodas se convertiría en una catástrofe.

Y como siempre, buscaron a quién culpar.

"¡Tú tienes la culpa!", me gritó Elena una noche, con el rostro descompuesto por el pánico y la rabia, mientras mi madre me miraba con un odio gélido que nunca antes le había visto.

"¿Yo? ¿De qué demonios hablas?", respondí, confundida y herida por la acusación.

"¡Tú sabías lo de Ricardo! ¡Nunca me detuviste de verdad! ¡Lo hiciste a propósito, por envidia! ¡Querías arruinarme!", chillaba ella, completamente fuera de sí.

Mi madre se acercó, su voz era un siseo venenoso.

"Siempre has sido una envidiosa, Sofía. No soportabas ver a tu hermana feliz y exitosa. Sabías que esto podía pasar y no hiciste nada. Te regodeaste en su error".

La lógica se había esfumado, reemplazada por una histeria colectiva. Intentaron obligarme a encontrar una "solución", a buscar un médico clandestino, a mentir por ellas. Me negué. Por primera vez en mi vida, me negué a limpiar su desastre.

Esa negativa fue mi sentencia de muerte.

La discusión subió de tono en el vestíbulo de la casa, nuestros gritos rebotando en las paredes altas. Elena me empujó, desesperada.

"¡Tienes que ayudarme! ¡Arruinaste mi vida y tienes que arreglarla!".

"¡Yo no arruiné nada! ¡Tú y tus decisiones lo hicieron!", le grité de vuelta, intentando zafarme.

Mi madre intervino, no para calmar la situación, sino para unirse al ataque. Me agarró del brazo con una fuerza sorprendente.

"¡Harás lo que te decimos, mocosa inútil!".

En el forcejeo, perdí el equilibrio. Elena me dio un último empujón, un acto de pura malicia. Mi cabeza golpeó el borde afilado de la mesa de mármol del recibidor.

El dolor fue agudo, cegador.

Luego, todo se volvió oscuro.

Mi último pensamiento fue una mezcla de sorpresa y un odio profundo, un odio que me consumió por completo mientras mi vida se escapaba en un charco de sangre sobre el impecable piso de mármol.

Ellas me habían matado.

Mi propia hermana y mi madre.

Y yo moriría llevándome ese resentimiento a la tumba.

Capítulo 2

Un parpadeo.

Un dolor fantasma en la nuca.

Abrí los ojos y el aire se atoró en mis pulmones.

Estaba en mi antigua habitación, la luz del sol de la tarde entraba por la ventana, iluminando el polvo que flotaba en el aire. El calendario en la pared marcaba una fecha de hace dos años. El día exacto en que mi madre anunció con bombo y platillo que había conseguido una cita para Elena con Luis Carlos.

El día que comenzó el fin.

Me senté de golpe en la cama, el corazón me latía con una fuerza brutal contra las costillas. Me toqué la nuca, esperando sentir la herida, la sangre pegajosa, pero no había nada. Solo mi piel. Mi cuerpo estaba intacto, más joven, sin las marcas del estrés y el resentimiento de los últimos años.

¿Era un sueño? ¿El infierno?

No, se sentía demasiado real. El olor a perfume caro de mi madre flotando desde el pasillo, los gritos de emoción de Elena en su cuarto. Todo era exactamente como lo recordaba.

Había vuelto.

Una ola de náuseas y pánico me invadió. La imagen de sus rostros, el empujón, el golpe, el frío extendiéndose por mi cuerpo... Todo volvió con una claridad aterradora. Me abracé a mí misma, temblando incontrolablemente. Mi respiración era un jadeo irregular.

Morí. Ellas me mataron.

Y ahora estaba aquí.

Tenía una segunda oportunidad.

El pánico comenzó a ceder, reemplazado por una frialdad gélida, una calma siniestra que nunca antes había sentido. La rabia y el odio de mis últimos momentos de vida no habían desaparecido, al contrario, ahora ardían con una intensidad controlada en el fondo de mi ser.

Esta vez, las cosas serían diferentes.

Esta vez, no sería la víctima.

Me levanté de la cama, mis piernas todavía un poco temblorosas, y me miré en el espejo. La misma Sofía de siempre, la cara sencilla, el pelo castaño sin chiste, los ojos que siempre parecían un poco tristes. Pero algo había cambiado. Mi mirada. Era dura, calculadora.

La puerta de mi cuarto se abrió de golpe y mi madre entró sin tocar, como siempre.

"Sofía, ¿qué haces ahí parada como tonta? ¡Baja ahora mismo! ¡Tengo noticias maravillosas!".

Su voz, la misma voz que me había llamado "inútil" antes de mi muerte, ahora sonaba alegre y autoritaria.

Contuve el impulso de gritarle, de abalanzarme sobre ella. Respiré hondo, forzando una expresión neutra en mi rostro.

"Ya voy, mamá", dije, mi voz sonando extrañamente calmada.

Bajé las escaleras y allí estaba Elena, radiante, colgándose del brazo de mi madre.

"¡Hermanita! ¡Mamá me consiguió una cita con Luis Carlos Rivas! ¿Puedes creerlo? ¡El de las constructoras! ¡Es millonario!".

Me miró esperando mi envidia, mi habitual resignación. Pero yo solo la observé, viendo más allá de su fachada. Vi la imprudencia, la crueldad, la estupidez que la llevaría a su ruina.

Y en ese momento, lo vi.

Sobre la mesa del recibidor, donde yo había muerto, estaba el celular de Elena. Vibró. La pantalla se iluminó por un segundo, mostrando un mensaje de Ricardo.

"Te veo en el lugar de siempre, mi reina. Te tengo una sorpresa".

Mi sangre se heló. Recordé algo más, un detalle que en mi vida anterior había pasado por alto. Unas semanas después de este día, mi laptop personal, donde guardaba todos mis proyectos de la universidad y mis ahorros, fue "robada" de mi cuarto. Nunca apareció. En ese momento, culpé a un descuido.

Ahora, una nueva y terrible sospecha se formó en mi mente.

Elena no solo me había traicionado con mi exnovio.

Ella y Ricardo estaban juntos en esto. Él no era solo un amante, era un cómplice. El "robo" de mi laptop... seguro que fue él, instigado por ella. Para quitarme lo poco que tenía, para asegurarse de que yo nunca pudiera competir, de que siempre dependiera de la miseria que ellas me daban.

El resentimiento se transformó en una furia helada. No se trataba solo de favoritismo y desprecio. Se trataba de un ataque deliberado y sistemático.

Más tarde esa noche, mientras todos dormían, usé mis conocimientos de informática que ellas siempre habían menospreciado. No fue difícil acceder al respaldo en la nube del teléfono de Elena. Mi madre insistía en que tuviéramos todo sincronizado "por seguridad", su manía de control ahora jugaba a mi favor.

Y allí estaba todo.

Mensajes, fotos, videos. No solo la evidencia de su romance con Ricardo, sino conversaciones enteras donde se burlaban de mí, de mi madre, de Luis Carlos. Planes para sacarle dinero a Ricardo, mentiras que Elena le decía a mi madre.

Y lo peor de todo, un video corto. Ricardo, entrando sigilosamente en mi habitación. Tomando mi laptop. Elena estaba con él, riéndose en voz baja mientras grababa.

La prueba definitiva.

La traición era más profunda y oscura de lo que jamás imaginé.

Guardé una copia de todo en un disco duro encriptado que escondí cuidadosamente.

Esta vez no habría advertencias.

No habría ruegos.

Solo habría venganza.

Y yo me aseguraría de que fuera lenta, metódica y absolutamente devastadora. Ellas habían creado a este monstruo, y ahora, este monstruo las iba a destruir.

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