En la prisión de Wront, el calor de julio era tan intenso que costaba trabajo respirar.
Justo cuando Maia Watson, antes conocida como Maia Morgan, dejó caer su manga para cubrir la visible cicatriz de su brazo, escuchó que uno de los oficiales le decía: "¡Alguien de la familia Morgan está aquí para ti!".
Ella se quedó congelada a medio movimiento, pues escuchar "familia Morgan" de nuevo fue como revivir un mal recuerdo.
Hubo una época en la que esa familia la había tratado como su heredera, pero todo se desmoronó cuatro años atrás, cuando la policía llamó a su puerta y anunció que había encontrado a la verdadera hija de Richard y Sandra: Rosanna Morgan.
En un abrir y cerrar de ojos, a Maia no solo le arrancaron su identidad, sino que la tacharon de impostora y falsa.
Sus verdaderos padres habían muerto hacía mucho, pero para mantener las apariencias, los Morgan fingieron aceptación. Le dijeron al mundo que todavía veían a Maia como parte de su familia, pero cualquier que los hubiera observado con atención en los últimos diecisiete años podía darse cuenta de su mentira.
Richard y Sandra siempre habían estado preocupados por los negocios, así que Maia había sido más bien una invitada en su propio hogar, en vez de una verdadera hija. Pero cuando Rosanna regresó, todo su mundo giraba alrededor de ella.
Luego ocurrió el incidente de Radiant Jewels.
Rosanna robó una pieza valiosa y la metió en el bolso de Maia. Aunque la trampa era evidente, a los Morgan no les importó; le creyeron a su verdadera hija sin dudarlo.
Y no solo eso, la ayudaron: hicieron acusaciones públicas con tanta facilidad que Maia nunca tuvo una oportunidad.
Radiant Jewels le pertenecía al Grupo Cooper.
Los Cooper no solo eran poderosos; en Wront, los trataban prácticamente como si fueran parte de la realeza. Los Morgan no podían arriesgarse a ofenderlos, especialmente por alguien que no era su verdadera hija. Por eso, eliminaron el nombre de Maia de la familia Morgan y declararon ante los medios que había sido acogida de una familia en apuros, apellidada Watson, antes de enviarla directamente a la cárcel.
Al recordar eso, Maia apretó con tanta fuerza los nudillos que se clavó las uñas en la piel.
Había sobrevivido cuatro años tras las rejas por un crimen que Rosanna cometió, pero su sentencia había terminado.
Por fin recuperaría su libertad.
...
Justo afuera de las puertas de la prisión, una multitud de reporteros irradiaba una inquietante energía. El calor inundaba el aire y la impaciencia se reflejaba en cada rostro. Entonces, por fin, se abrieron las enormes puertas con un chirrido.
Maia salió a la luz del sol, vestida con el mismo sencillo atuendo que el día que fue encarcelada.
Apenas Sandra la vio, su rostro se iluminó como si acabara de encontrar a su hija perdida desde hace mucho tiempo. Luego caminó hacia ella, rodeada por muchos reporteros que agitaban sus micrófonos y cámaras parpadeantes.
Al observar todo el espectáculo, la chica casi puso los ojos en blanco.
"Maia, mi querida hija, vine para llevarte a casa", dijo Sandra, con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas.
Algunos de los reporteros cercanos no pudieron evitar murmurar con simpatía ante la actuación emocional.
"Señora Morgan, debe haber una confusión. Yo no soy tu hija", respondió la otra fríamente, manteniendo una expresión impasible.
Sandra se quedó congelada en donde estaba, pero rápidamente se recuperó, adoptó una expresión lastimera e intentó recuperar el control de la narrativa: "Maia, ¿cómo puedes decir algo así? Yo fui quien te crio. Viviste bajo mi techo por más de diez años. Nunca dejé de pensar en ti como mi hija".
"¿En serio? Recuérdame algo: hace cuatro años, cuando me incriminaste y me corriste de la familia, ¿no me llamaste Watson? Además, dejaste que me encarcelaran sin pensarlo dos veces. Dejé de ser tu hija el día que me borraste de tu familia", objetó la chica, con una sonrisa fría.
'¿Incriminada? Además, acaban de decir que no es una Morgan, ¿sino una Watson?', pensó la prensa.
Naturalmente, las palabras de la chica causaron revuelo. Los reporteros intercambiaron miradas de incredulidad, y luego estalló el caos: se le acercaron aún más y empujaron los micrófonos hacia ella, ansiosos por captar cada palabra.
Sandra, consciente de que todas las cámaras estaban sobre ella, sabía que no podía desahogarse. Tenía el rostro tenso y la sangre le hervía por la ira.
Justo en ese momento, una voz cortó la conmoción. "¡Maia! ¿Qué clases de mentiras estás lanzado? Encontraron la valiosa pieza de Radiant Jewels en tu bolso. ¡Te atraparon con las manos en la masa, ¿y aun así te atreves a decir que te incriminaron?! Nos expusimos a este calor infernal para venir a recogerte, después de tus cuatro años tras las rejas, ¿y es así como nos pagas? ¡Eres una malagradecida, por morder la mano que te da de comer!", espetó Jarrod Morgan, el primogénito de Sandra y Richard.
Maia siempre lo había considerado como un hermano mayor, pero apenas se supo la verdad de su origen, él se puso en su contra para defender a Rosanna. De hecho, llegó al punto de empujarla para tirarla al suelo. Todavía recordaba lo fuerte que había sido el impacto, pues su brazo había chocado contra el borde afilado de la puerta, rasgándole la piel y dejándole una cicatriz que nunca había sanado del todo.
¿Y la infame joya? Rosanna la había deslizado en el bolso de Maia, mientras esta se encontraba lavándose las manos en el baño.
En ese momento, Maia realmente creía que la chica tenía buenas intenciones, pues se mostraba cálida, honesta y ansiosa por ser su amiga. Por eso, cuando le ofreció su ayuda, le dio su bolso sin pensarlo dos veces. La idea de que alguien tan suave y dulce pudiera albergar tal crueldad nunca cruzó por su mente.
Rosanna actuaba así porque percibía a Maia como una amenaza: temía que los Morgan la quisieran más que a ella, así que decidió eliminarla.
Ese fue el día en que Maia por fin abrió los ojos y vio la verdad de la familia Morgan. Desde entonces, su corazón se había endurecido por la traición.
"Seguramente sigue enojada conmigo. Por eso está torciendo los hechos...", intervino Rosanna, con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas, aferrándose a Jarrod. "Maia, te juro que no volví para robarte tu lugar en la familia. Por favor, no me odies por esto", añadió, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, mientras temblaba.
Jarrod no soportaba verla llorar, así que la abrazó y dijo: "Rosanna, esto no es tu culpa. Maia se robó una vida que era legítimamente tuya durante diecisiete años. Ella es la que obró mal. Si no puede admitirlo, entonces debería pasar más tiempo tras las rejas, a ver si así aprende".
"¡Ya basta!", exclamó Sandra con brusquedad, recorriendo con sus ojos a la prensa.
Con tantas cámaras grabando, no podía permitirse perder el control, así que adoptó una sonrisa falsa y declaró: "Han pasado cuatro años desde que Maia vivió con nosotros. Claramente todavía se está adaptando, y yo puedo entender sus emociones. Si puede reconocer sus errores y mostrar algunos cambios, siempre será parte de mi familia".
'¿Parte de su familia?', pensó Maia, soltando una risa burlona.
Acto seguido, alzó una ceja y, mirándola directamente a los ojos, respondió: "Señora Morgan, ¿no firmaste ya los papeles que cortan todo lazo entre nosotras? Pero ahora, ¿quieres que vuelva a formar parte de tu familia?".
El rostro de Sandra se oscureció al instante.
En ese entonces, para romper todo vínculo con Maia, la familia Morgan la había obligado a firmar un documento de emancipación, con un representante del Grupo Cooper como testigo, únicamente con la intención de limpiar su nombre de futuras acusaciones. Ese acto había sido motivado por la desesperación, no por la dignidad.
Una avalancha de reporteros se abalanzó sobre Sandra y, empujando sus micrófonos hacia ella, comenzó a interrogarla: "Señora Morgan, ¿eso es cierto? Usted dijo una vez que no abandonaría a Maia, que seguiría siendo su hija, incluso después de haberse reencontrado con su hija biológica".
"Eso... no es cierto. Por supuesto que no", respondió ella, tratando de mantener la compostura, forzando una sonrisa que apenas se sostenía.
"Entonces, señora Morgan, ¿tienes el valor de llamar a alguien del Grupo Cooper para confirmar si el documento de emancipación existe o no?", objetó Maia, con una sonrisa maliciosa.
"¡Maia, no lleves esto demasiado lejos! ¡No podemos molestar a la gente del Grupo Cooper cuando queramos!", gritó Jarrod desde un costado, incapaz de contener su ira.
"Así que estás admitiendo que no llamarás a nadie", lo confrontó la aludida, girándose para encararlo con una ceja levantada.
Él se quedó sin palabras.
Sandra se dio cuenta de que la imagen que su familia y ella se habían esforzado tanto por mantener se desmoronaba, así que se apresuró a apelar a la compasión. De repente, comenzó a temblar y toser de forma repentina y dramática.
Rosanna, captando rápidamente su plan, caminó rápidamente hacia ella y comenzó a consolarla, frotándole la espalda con movimientos suaves.
"Mamá, ¿qué pasa? ¿Estás bien?", preguntó.
Acto seguido, clavó su mirada en Maia y dijo en un tono de agravio exagerado: "Mamá está preocupada por ti desde que te encerraron; de hecho, llora todas las noches hasta quedarse dormida. El doctor ya nos advirtió de que su salud está empeorando, así que si todavía te importa, aunque sea un poquito, o le agradeces por criarte, no le pongas las cosas más difíciles. Solo vuelve con nosotros".
Maia se sintió asqueada por el pretencioso acto de Rosanna. Además, aunque antes la idea de volver con ellos le brindaba consuelo, ahora no significaba nada. Lo último que quería era volver a relacionarse con esa gente.
"La Maia que conocían murió hace cuatro años. Y fueron los Morgan quienes la enterraron", declaró Maia, sin un atisbo de duda en su rostro. Tras decir eso, atravesó la multitud y se fue sin mirar atrás.
Mientras desaparecía en el horizonte, Sandra se dejó caer al suelo, armando un espectáculo de sollozos, como si su corazón estuviera verdaderamente roto. Inhaló profunda y dramáticamente antes de desmayarse.
Inmediatamente, el pánico estalló en el lugar, mientras jadeos y gritos llenaban el aire. Sin perder tiempo, Jarrod cargó a su madre, mientras Rosanna los seguía.
En el segundo en que las puertas del auto se cerraron y las cámaras quedaron atrás, Sandra abrió los ojos de golpe y se enderezó sin esfuerzo. Si no hubiera fingido ese colapso, todo podría haberse desmoronado irreparablemente.
Y en su mente, solo una persona era responsable de ese lío: Maia.
Habían ido a la prisión, haciendo un gran esfuerzo para darle nuevamente la bienvenida a casa con gracia, ¿y cómo les había pagado?
Manchado el nombre de la familia Morgan frente a una multitud, y demostrando que no sentía ni una pizca de agradecimiento por ellos.
"¡Es una malagradecida! ¡Le dimos todo y nos traiciona así!", maldijo el furioso Jarrod, apretando el volante con fuerza.
Sandra reemplazó su cálida expresión con una mirada gélida. Luego, con una risa amarga, comentó: "Ella no tiene dinero, pero sí un historial criminal que le complicará la vida. Además, no tiene nada a su nombre. Sin nosotros, está acabada. No hay duda de que Maia volverá, y cuando lo haga, ¡me encargaré de darle su merecido!".
...
Más tarde ese día, Maia estaba sola frente al registro civil de Wront. En su bolso llevaba los documentos necesarios para formalizar su matrimonio.
Aún faltaba tiempo para su cita, así que se apoyó casualmente contra un árbol, con la mirada baja y la mente en blanco.
Cuatro años atrás, cuando entró en prisión, había sufrido un tormento tan implacable que nunca lo olvidaría. Una noche, cuando casi la mataron a golpes, alguien intervino para salvarla.
No fue un guardia, sino la reclusa que tenía más influencia que nadie en la cárcel. De hecho, su celda parecía una habitación privada y hasta los oficiales evitaban cruzarse en su camino. La mayoría de las reclusas también le temía, así que mantenía su distancia.
Ella, por alguna razón, mostró interés en Maia. Le ofreció protección, pero con una condición: tenía que aceptar un acuerdo de matrimonio y luego cumplir con una tarea.
En ese entonces, atrapada en una pesadilla sin salida, la chica no tenía margen para negarse. Sabía que la supervivencia significaba sacrificio. Sin vacilar, aceptó el trato y juró lealtad a la mujer que la había salvado.
Ahora que estaba libre, cumplir con esa promesa era su máxima prioridad. Eso significaba seguir adelante con el acuerdo de matrimonio que había aceptado en prisión.
No muy lejos, un Rolls-Royce Phantom estaba estacionado en las sombras.
"Señor, ¿esa es la chica que su tía eligió para que se case?", preguntó Brad Curtis, el asistente especial de Chris Cooper.
Por la ventanilla del auto se veía una mujer, de complexión delgada, mirando al suelo. Vestía una blusa blanca y un pantalón a la cadera, que la dejaban moverse con facilidad. Cuando se estiró, dejó al descubierto su pequeña cintura por unos momentos.
Había una audacia en su silencio. Una pizca de desafío que no pedía aprobación. A pesar de su belleza, tenía un historial criminal que no podía ser ignorado.
Brad no entendía por qué Zoey Cooper había impulsado este emparejamiento. ¿Qué podía ver en una mujer que había cumplido condena? Y aún más desconcertante era el hecho de que su jefe hubiera aceptado.
Chris, reclinado en el asiento, descansaba su brazo con confianza en el reposabrazos; su manga enrollada mostraba un antebrazo bien tonificado. Sus ojos, ligeramente entrecerrados, se posaron en la cintura expuesta de la mujer, y un destello de diversión cruzó por su rostro. Sin decir palabra, abrió la puerta del auto y salió.
"¿Es usted la señorita Maia Watson?".
Ella se giró cuando escuchó que alguien decía su nombre. Se quedó quieta por un segundo, pues la visión frente a ella la tomó por sorpresa.
Un hombre, con una camisa negra ajustada, estaba frente a sus ojos; era lo suficientemente alto para bloquearle la luz del sol en la cara. Además, su apariencia era irreal: guapo de una manera que la hizo detenerse. Cada una de sus facciones era impecable y parecía prácticamente esculpida.
¿Podría ser ese verdaderamente el hijo bastardo de la familia Cooper que Zoey había mencionado? ¿El que tenía mala reputación y una cadena de rumores malintencionados siguiéndolo? La idea hizo que la incomodidad le recorriera el pecho.
"¿Es usted... el señor Chris Cooper?", preguntó, dubitativamente.
Él respondió con un pequeño asentimiento.
Tras eso, la chica volvió a mirarlo, estudiando cada detalle. Su ropa era sencilla, pero algo refinado se aferraba a él. Además, la tenue sonrisa que flotaba en sus labios, a pesar de que no había felicidad en sus ojos, dejaba justo suficiente misterio para despertar su curiosidad.
"Señorita Watson, ya lleva bastante tiempo mirándome", comentó Chris, con una risa suave.
Maia salió de su ensimismamiento y rápidamente giró la cabeza, pues se daba cuenta de lo obvia que había sido.
"Lo siento... ¿Entramos?", preguntó, tratando de recuperarse.
Juntos, ingresaron al registro civil. Cuando salieron, Chris sostenía un acta de matrimonio en su mano.
"Señor Cooper, cumpliré con mi parte del trato. Y apenas cumpla con la tarea de Zoey, solicitaré el divorcio", dijo Maia.
Ella sabía que los sentimientos no formaban parte de ese acuerdo y no planeaba engañarse. A fin de cuentas, casi ningún hombre aceptaría compartir su vida con una mujer que tenía antecedentes penales.
Chris inclinó la cabeza y la contempló. Su cabello oscuro danzaba en la brisa, y aunque su rostro era impactante, había algo claro y honesto en sus ojos.
"¿Mi tía está bien ahí dentro?", preguntó él, en vez de responder directamente.
"Está sana y no ha pasado nada malo", contestó Maia rápidamente, desconcertada por el cambio de tema.
Tras una breve pausa, presionó los labios. En honor a la verdad, Zoey no solo sobrevivía en prisión, sino que prosperaba allí. Era prácticamente su zona de confort.
"Me alegra escuchar eso", dijo él, sin indagar más. Luego, sacó de su bolsillo una elegante tarjeta de crédito y se la extendió, mientras agregaba: "No tienes que ser tan formal conmigo. Toma. Un pequeño regalo de bienvenida".
"No es necesario. Tengo mi propio dinero", rechazó ella, sacudiendo la cabeza y alzando las manos en protesta.
Claro, ahora estaban legalmente casados, pero esa era la primera vez que se veían. Y por lo que Zoey le había contado, Chris podía llevar el apellido Cooper, pero era tratado como un extraño. Su posición en la familia y en el Grupo Cooper eran prácticamente inexistentes.
Además, había escuchado que no tenía un trabajo serio y se pasaba los días vagando sin rumbo. Por eso, supuso que no debía tener mucho dinero guardado. La idea de aceptar cualquier cosa de él la incomodaba.
Chris no titubeó. La agarró de la mano y colocó firmemente la tarjeta en su palma, sin darle oportunidad de liberarse. Sus ojos, fríos y enigmáticos, estaban fijos en ella, pero era inescrutables.
"Acabamos de completar el registro de matrimonio, así que técnicamente tú ya eres mi esposa. Y eso te da todo el derecho a usar mi dinero. ¿O acaso lo estás rechazando porque no estás lista para admitir que soy tu esposo?".
La última palabra hizo que ella se sonrojara, aunque por lo demás logró mantener la compostura.
"Eso no fue lo que quise decir...", comenzó Maia, tratando de explicarse, pero su voz se apagó antes de encontrar las palabras correctas. Sin decir más, aceptó la tarjeta y le dio las gracias educada y silenciosamente.
"Entonces, ¿a dónde vas? Te llevo", ofreció Chris, con una sonrisa de aprobación, al verla ceder.
En el acto, la chica sintió una opresión en el pecho. Su plan era regresar a la casa de la familia Morgan, no porque ese lugar le importara, sino porque quería recuperar una pulsera, el último regalo que le había sado su abuela, Vicki Morgan.
Cuando Richard y Sandra la trataban como una ocurrencia tardía, Vicki había sido la única a su lado. De hecho, le enseñó a Maia todo lo que sabía, desde modales en la mesa hasta mantenerse firme en una multitud.
Aunque no había lazos de sangre de por medio, el amor de la anciana hacia ella había sido tan real como el de cualquier abuela.
Maia no tenía dudas de que, si siguiera viva, la habría defendido con todo lo que tenía. Y esa idea le causaba un profundo dolor, aunque no lo mostrara. Aun así, logró sacudírselo.
"Señor Cooper, hay algo que necesito atender. Estaré bien sola", contestó, ofreciéndole una amable sonrisa a Chris.
"No hay problema. Solo llámame si necesitas algo".
Él le dio su número y luego se quedó atrás, viendo cómo se alejaba. Cuando ella finalmente desapareció en la esquina, miró el certificado de matrimonio que aún sostenía en la mano y sus labios se curvaron en una sonrisa.
'¿Divorcio? Eso no va a suceder. Nadie sabe cuánto tiempo llevo esperando este momento', pensó.
Maia estaba afuera de Villas Vista, tocando el timbre de la puerta de la finca de la familia Morgan.
Había elegido cuidadosamente ese momento, pues recordaba que las tardes en la propiedad solían ser tranquilas, ya que cada miembro de la familia estaba demasiado ocupado, buscando sus propias distracciones.
Cuando la puerta se abrió con un fuerte chirrido, Tricia Scott, la empleada doméstica de toda la vida, quedó frente a ella.
"Señorita Morgan, ¿realmente es usted? ¡No puedo creer que esté aquí!", exclamó la sirvienta, con los ojos muy abiertos al verla.
Apenas esas palabras salieron de su boca, Tricia se la tapó con una mano, lamentándose en el acto, pues sabía que ese título ahora le pertenecía a Rosanna.
Para los Morgan, Maia ya no existía. Y si Rosanna llegaba a enterarse de que le había dado su título a alguien a quien había expulsado, enfrentaría terribles consecuencias.
"Solo estoy aquí para recoger algunas de mis cosas", respondió Maia, con un tono bajo y mesurado. Acto seguido, entró como si nunca se hubiera ido. Justo como esperaba el lugar se sentía vacío, inquietantemente vacío: sin voces ni pasos.
Al verla dirigirse a la escalera, Tricia la siguió apresurada y nerviosa. "Señorita... eh, Maia, ¿qué es exactamente lo que busca? Yo puedo ayudarla".
"No te preocupes. Debería estar todavía en mi habitación. Solo me tomará un momento".
Antes de que pudiera dar otro paso, la empleada le bloqueó el camino. Evitando hacer contacto visual con ella, la mujer dijo: "Bueno, eh... sobre eso...".
Maia frunció el ceño, pues se dio cuenta de que algo no estaba bien.
"Tricia, ¿qué pasó?", preguntó finalmente, perdiendo su tono calmado.
La sirvienta hundió los hombres y cedió. Tras soltar un largo suspiro lleno de cansancio, explicó: "La señorita Morgan tiró todos sus pertenencias después de que la encarcelaron. Y su antigua habitación ya no existe. Ahora es un cuarto de almacenamiento".
La chica se quedó congelada, con los ojos abiertos de par en par mientras procesaba esas palabras.
"¿Se deshicieron de todo?", musitó, pensando en el destino que había sufrido el brazalete que le regaló Vicki.
Tricia confirmó, con un lento y arrepentido asentimiento, lo que la otra más temía.
Maia sintió que la verdad la golpeaba con fuerza, repentina y brutalmente, como un rayo. Alguien como Rosanna no habría tenido el valor de deshacerse de sus cosas, a menos que Richard y Sandra también estuvieran involucrados.
Con eso en mente y temblando de pies a cabeza, apretó los puños con fuerza. Esa pulsera había sido el último regalo que Vicki le había dado, un símbolo de amor en una familia que no le había ofrecido ni una pizca.
La ira creció dentro de ella, feroz e incontrolable. Había intentado alejarse de la familia Morgan, y dejar el pasado atrás, pero ahora, por culpa de su furia, resurgía con brutal intensidad.
"¡Sabía que volverías!", resonó a sus espaldas una voz que no había extrañado en lo absoluto.
Maia se dio la vuelta y se encontró con Jarrod, parado a poca distancia, con la misma sonrisa arrogante en su rostro.
Por otra parte, Rosanna estaba al lado de Sandra, agarrándola del brazo como si estuviera interpretando el papel de hija obediente para unas cámaras invisibles.
Al sentir la tensión en el ambiente, Tricia salió de la habitación sin decir nada.
Jarrod cerró el espacio entre ellos. Era ligeramente más alto que Maia, así que la miraba con desprecio.
"Fuiste realmente atrevida fuera de la cárcel esta mañana. ¿Qué es lo que pretendes al colarte en nuestra casa? Déjame adivinar. Como tienes antecedentes penales, descubriste que nadie te va a contratar, así que regresaste arrastrándote. Somos los únicos que todavía estamos dispuestos a darte una migaja, ¿verdad?".
Luego, alzando una ceja y con un tono lleno de sarcasmo, remató: "Te daré una idea: retráctate de todo ahora. Publica una disculpa en tus redes, dirigida a la familia Morgan, y tal vez te dejemos quedarte por lástima. ¿Qué te parece?".
A Jarrod le hervía la sangre desde la mañana. La maniobra que Maia hizo frente a la prensa había dañado el nombre de los Morgan. En ese momento, no había estallado, pero ahora no tenía intención de contenerse. Ahora que ella había entrado directamente en su casa, planeaba aplastar cualquier atisbo de desafío que mostrara.
De hecho, sentía que debía haber puesto a Maia en su lugar desde hace mucho tiempo, y como esta había regresado a casa, creía que estaba en su derecho de enderezarla. Si ella se disculpaba y mantenía su distancia de Rosanna, consideraría dejar que se quedara en la familia. A fin de cuentas, el costo de mantenerla no hacía mella en las finanzas de los Morgan. Alimentarla y ofrecerle refugio no era diferente de tirar unas cuantas monedas.
Aun así, por lo general los gorrones sabían que debían mostrarse educados. No creía que fuera demasiado pedir un poco de humildad.
Pero la chica actuaba como si el mundo le debiera algo, y era precisamente esa actitud la que hacía que le hirviera la sangre.
Cuando Maia dio un paso adelante, Jarrod alzó una ceja y se cruzó de brazos, esperando que se parara frente a él y suplicara su perdón. Pero para su sorpresa, ella pasó de largo, sin dedicarle una mirada, caminando directamente hacia Rossan. En el acto, perdió su expresión arrogante, pero luego recordó que había sido a su hermana a la que insultó públicamente y pensó que esa era su forma de hacer las paces. Sin embargo, las palabras de Maia rompieron sus suposiciones.
"Rosanna, ¿en dónde están mis pertenencias?".
La aludida se tensó en el acto. Un destello de sorpresa cruzó por sus ojos, antes de poner una expresión de inocencia y decir: "¿Qué pertenencias? No tengo idea de a qué te refieres".
Una gélida furia que cortaba apareció en los ojos de Maia, quien venía fijamente a la otra chica.
"Lo preguntaré por última vez. ¿En dónde pusiste todo lo que estaba en mi habitación?", preguntó en un tono plano y carente de emoción.
Instantáneamente, Rosanna adoptó una expresión lastimera y, con lágrimas recorriendo sus mejillas, contestó: "No lo hice con mala intención. Solo... Temí que se echaran a perder por quedarse arrumbadas tanto tiempo. Pensé que comprarías cosas nuevas a tu regreso, así que yo...".
Antes de que pudiera terminar, un fuerte golpe resonó en la habitación, cortando el aire como un trueno.