Siempre ha existido el rumor de que no estamos solos y que en otros planetas o en alguna constelación lejana existen seres que, con una tecnología más avanzada nos observan, estudian nuestro modo de vida y el potencial de nuestro mundo, un mundo al cual nosotros hemos dañado y desaprovechado. Muchos juran haber visto a esos seres, otros aseguran que se han mezclado con los humanos y han creado una especie híbrida más avanzada. Si se piensa con detenimiento puede decirse que la idea no es descabellada. Aunque les parezca absurdo, puedo asegurarles que no lo es.
Algunos de estos híbridos saben que no son totalmente humanos, desconocen su ascendencia, les cuesta lidiar con sus diferencias, desconocen el por qué tienen dones especiales, expresiones y comportamientos diferentes. Ellos no son lo que parecen ser y en muchas ocasiones los rumores sobre ellos son ciertos. Sabemos que el mundo que conocimos cuando pequeños no era realmente como nos lo pintaron; al contrario, era muy diferente. Muchos lo saben, pero no lo reconocen.
Ellos han estado entre nosotros desde hace mucho tiempo, mezclándose con el rebaño y convirtiéndonos en sus ratas de laboratorio. Ningún humano tiene ni la más remota idea de lo que pueden hacer esos seres y de los poderes que poseen...
Recuérdenlo bien, no estamos solos...
Adrián Álamo.
Estefanía.
Mi madrina, Ana Álamo, estuvo muy distraída durante toda la semana; sus ojos mostraban una tristeza evidente que disimulaba llevándose pausadamente a sus labios una taza de té de tilo. Yo intuí que parte de su pesar era porque dos días antes, mi padrino Antonio Álamos cumplió años de muerto. Él se fue de este mundo un 13 de mayo, hacían ya 24 años. Yo no tuve la suerte de conocerlo, aún no nacía cuando él falleció. Aquella muerte la dejó tan devastada que aún lo lloraba como si fuera el primer día. No me gustaba verla de aquella manera, mi madrina era una mujer fuerte que llevó con éxito las riendas del negocio familiar. Ana Álamo era una excelente patrona, sus esclavos y demás trabajadores la respetaban y estimaban. Nunca maltrató a nadie, todo lo contrario, aparte de proveerles comida, techo y trabajo, también les daba medicinas. Ella y yo creamos una pequeña escuela donde enseñábamos a leer y escribir a los niños de las barracas, algo que no era bien aceptado en la sociedad que nos envolvía.
En las últimas semanas, mi madrina no quiso salir de su habitación y eso me preocupó. Fui a su recámara a tratar de reanimarla.
-¿Puedo pasar? -le pregunté, luego de tocar la puerta.
-Claro hija, pasa.
Al abrir la puerta, la pude ver sentada en su sillón, cerca del gran ventanal. Sobre su mesita de noche reposaba un pequeño baúl forrado de terciopelo púrpura, con detalles en piedras preciosas. Pude observar que ella sostenía unos retratos.
-Ven -me invitó a acercarme y así lo hice-. Este es mi hijo Rodolfo, sé que no lo recuerdas y jamás te mostré sus retratos más recientes, solamente has admirado uno cuando era un adolescente -me dijo-. Me senté a su lado, tomé el retrato y contemplé al caballero. Lo primero que noté fue que se parecía mucho a mi difunto padrino (lo sabía por el inmenso cuadro de Antonio Álamo que posaba en la gran sala). Rodolfo se apreciaba en el retrato como un hombre alto y corpulento, de cabellos oscuros, entre liso y ondulado, con una mandíbula cuadrada, fuerte y masculina.
-Eras apenas una niña de meses cuando él se fue -su comentario llenó mi corazón de tristeza; recordé cómo fue mi entrada a la hacienda "Los Álamos". No solo Rodolfo se marchó cuando era una recién nacida, mi madre también lo hizo en esa misma fecha. La muerte llegó por ella muy temprano. Mi madrina siempre me contó sobre su vida; no existía noche en que no lo hiciera. De lo que nunca me habló fue de quién había sido mi padre. A declarar verdad, yo nunca le pregunté; solamente sabía que era un hombre blanco y no un indio. Mi madre fue una de las esclavas indígenas de la barraca, se llamaba Alba y vivía junto a mi abuelo Manuel, que también era trabajador de la hacienda. Mi madrina me explicó cómo murió poco después de traerme al mundo. Fue por una hemorragia repentina que desgraciadamente no pudieron detener. Ana Álamo se encariñó conmigo a primera vista y le pidió la autorización a mi abuelo para que yo fuese criada en la casa grande. Él accedió, quería lo mejor para mí y aquella era una excelente oportunidad. No existía día en que mi abuelo Manuel no me hablase de mi madre mientras vivió, de lo a menudo que la recordaba. Él siempre iba a la casa grande a visitarme y yo le contaba todo lo que mi madrina Ana me enseñaba. Yo hablaba varios idiomas, francés, inglés e italiano, aparte del español. Mi protectora Ana Álamo me proporcionó profesores que me instruyeron en historia, geografía y matemáticas, aunque no era muy bien visto que una mujer poseyera tan amplios conocimientos en una sociedad machista, donde solamente teníamos como único papel el de ser esposas y madres devotas e inculcar la religión. Para nosotras el saber leer, escribir, tejer y tocar el piano era suficiente. Ana Álamo no pensaba igual. Ella era muy liberal para su época y muchos se escandalizaban por sus pensamientos e ideales. Mi padrino, su esposo, fue un hombre diferente; él le enseñó muchas cosas y en especial, le exigió conocer sobre ciencias.
"Mi marido no temía ser superado por una mujer, él era un verdadero hombre", era la frase que más repetía mi madrina. Ella, sin embargo, para complacer a la sociedad, me enseñó a bordar y contrató a un maestro para que me enseñara a tocar el piano, instrumento que dominé rápido por mi gran amor a la música. Ella siempre me decía: ¡Eres la hija que nunca tuve!
-Esté es Adrián. -Me aclaró mi madrina sacándome de mis pensamientos. Agarré el retrato que me entregó y observé a un hermoso niño, de unos 5 años más o menos, tenía una mirada dulce y un rostro angelical. Al ver aquel retrato experimenté un sentimiento extraño y desconocido, cuya sensación no supe cómo interpretar. Mi madrina lo captó y sonrió con ternura.
-En la actualidad debe tener 24 años -declaró-, lo sé porque mi nieto tiene los mismos años que tiene mi esposo de muerto. Elizabeth ya tenía casi los dos meses de gestación cuando llegaron de España al entierro de Antonio. Cinco meses después, Adrián arribó a este mundo prematuramente... -suspiró y luego continuó con la historia: -¿Puedes creer, hija mía, que no tengo retratos actuales de él para mostrarte? Tenía ya casi los seis años cuando se lo llevaron; tú apenas eras una recién nacida -manifestó con tristeza -. Llevo ya casi once años sin contemplarlos. La última vez que lo observé tenía 13 años -volvió a suspirar y permaneció un instante en silencio, como si los recuerdos la reclamaran. Por mi parte no quise quebrar su esfera, mi abuelo Manuel siempre decía que recordar es vivir.
-¿Por qué el señor Rodolfo no ha venido más? Lleva mucho tiempo en España, debería visitarla más seguido, usted es su madre; solamente sabe de él por cartas, y eso, no es suficiente.
-Estefanía, él está tan ocupado al frente de las otras propiedades que tenemos en España que se olvida de todo. Mi hijo ingrato, al parecer ya no se acuerda de esta vieja, aunque te aseguro que esto es obra de mi nuera Elizabeth; esa mujer tiene el corazón negro y ejerce un impresionante poder sobre él. ¡Si no lo sabré yo! Sin embargo, no lo juzgues tan duramente, existen motivos de pesos que quizás algún día no muy lejano, serán de tu conocimiento -volvió a suspirar-. Sé que Adrián ha querido venir, pero como te dije anteriormente, su madre es muy posesiva y lo más seguro es que lo mantiene ocupado. La última vez que fui, fue terrible, él se escondió en el carruaje donde yo regresaba para venirse conmigo. Cuando lo descubrieron, lloró para que no lo regresaran, pero le prometí que cuando fuera un hombre sería él quien se encargaría de los Álamos. Eso lo calmó y solo así aceptó regresar.
-Así será de insufrible la esposa del señor Rodolfo para que su propio hijo quisiera venirse con usted... -le dije.
-Créeme, hija; ganas, no me faltaban de traérmelo, sin embargo, como te expresé, había razones de peso que de verdad no quiero recordar.
-¡Ella debería adorarla! Usted es la dueña absoluta de todo, incluso de la mansión que tienen en España y la finca donde viven; también porque gracias a usted, ella tiene esposo; si usted no lo hubiera traído al mundo, jamás se hubieran encontrado. En tercer lugar, no obstante, no menos importante, no puede existir una persona que no quiera a un ser tan especial como lo es usted, madrina -mi comentario la hizo sonreír y seguidamente me acarició el rostro. Luego tomó el retrato de Adrián que yo aún sostenía en mi mano. Al verlo, los ojos se le iluminaron nuevamente.
-Mi querido Adrián, mi niño adorado, debes ser un hombre apuesto; cuando eras un niño y después, un adolescente, se te notaba la estampa, tenías una sonrisa y una mirada arrebatadora, capaz de derretir el invierno más frío... Espero que no haya cambiado... Quisiera saber si Adrián ya está casado y si tengo bisnietos, en las últimas correspondencias no lo mencionaron -yo me levanté y me acerqué a ella.
-Debería viajar, madrina, y así observar cómo está todo por aquel lugar, yo puedo acompañarla, sabe que la seguiría hasta el fin del mundo. Recuerdo que la última vez que viajó yo tenía ocho años y lloré mucho porque no me permitió acompañarla -mi propuesta pareció alterarla...
-¿La ofendí madrina? -le pregunté sintiéndome perturbada.
-Claro que no, nunca serás capaz de ofenderme. Lo que sucede, Estefanía, es que los huesos de esta vieja ya están cansados; de joven viajé a muchos países con mi difunto esposo y viví mucho tiempo en España, pero jamás logré acostumbrarme, prefiero mil veces esta finca, esta tierra donde nací. ¿Sabes?, aunque mi padre nació en España, él nunca quiso volver y murió aquí; a mi esposo le sucedió lo mismo. Adoro tanto este lugar que, al igual que mi padre, quiero pasar mis últimos días de vida en estas tierras... -Sus palabras me entristecieron.
-No pongas esa cara, Estefanía, morir es parte de la vida, no lo olvides: nacer y morir es el ciclo natural de nuestra existencia.
-Si de algo le sirve, le prometo que a mí siempre me tendrá, madrina, siempre estaré ahí para usted, jamás tendré suficiente en esta vida para pagarle todo lo que me ha dado y lo que ha hecho de mí... La quiero mucho -se me hizo un nudo en la garganta y los ojos se me cristalizaron. Ana me abrazó y me dio un beso en la frente.
-Te mereces mucho más, mi niña, tú eres más que mi ahijada, eres mi hija, recuérdalo siempre, te he estado preparando para la vida y no quiero que nadie te humille jamás ¿Me entiendes?
-Entiendo -asentí, sin comprender el verdadero significado que tenía para ella aquellas palabras en aquel momento. Tristemente, lo comprendí tiempo después.
-¿Quieres escuchar una historia? -me preguntó.
-¡Si quiero!
-Bien: La última vez que viaje a España no solamente Adrián se quiso venir conmigo. En ese viaje sucedieron muchas cosas; recuerdo que Elizabeth dio una gran recepción usando como pretexto mi llegada. Esa mujer no perdía ocasión de dar fiestas. Mi nieto odiaba esas celebraciones y siempre buscaba la forma de escabullirse para acompañar a Pablo. No lo culpo.
-¿Quién es Pablo, madrina?
-Pablo es el hijo de mi querida Violeta. Ellos tienen tiempo trabajando en la hacienda y Violeta es una muy querida amiga; es más, la considero parte de la familia. Elizabeth no los quería por su sangre gitana, pero con mi nieto sucedía todo lo contrario. Adrián veía en ellos algo mágico y en Violeta encontró el amor de madre que Elizabeth jamás le pudo dar y eso la enardecía. Recuerdo que una noche Adrián se perdió de la recepción y lo encontraron en la fiesta privada que Pablo y su esposa Anhia hicieron en el bosquecito. Elizabeth se puso furiosa hasta el punto de darle una tunda a Adrián y despidió a Pablo. Yo me interpuse, llegó Lilian, una mujer estirada que Elizabeth contrató como dama de compañía y era como su sombra. Adrián la odiaba, y tanto era su odio que esa noche apenas la mujer se asomó para apoyar a mi nuera, él la atacó a punta de golpes. Pablo se lo quitó de encima. Adrián la culpaba de todo. Mi nieto parecía poseído cada vez que sentía a Lilian, no podía ocultar su rechazo hacia ella. La noche después del incidente, Elizabeth castigó a Adrián y luego mi hijo lo obligó a disculparse con Lilian. -No pude evitar mostrar mi asombro; en cambio, mi madrina sonrió. Sé que la escena que te estás imaginando de mi nieto, no debe ser la mejor, ya que un hombre, aunque sea adolescente, jamás debe golpear a una dama ni con el pétalo de una rosa, pero Lilian siempre ha tenido un aire diabólico que la envuelve y ennegrece todo lo que toca y ve. Su presencia fue motivo de muchas contiendas y le pido a Dios que jamás tú la conozcas. Adrián está muy apartado de la madre que le tocó y quiero aclararte que, a pesar de no sentir estima hacia Lilian, esa noche no estuve de acuerdo con la actuación de mi nieto -puntualizó.
-¡Qué horrible! ¿Por qué permitió que trabajara ahí semejante mujer? ¿Y aún trabaja para su nuera?
-Por tantos motivos... Tantos que ya ni los recuerdo. Contestando tu última pregunta puedo asegurarte que esa mujer aún está bajo las órdenes de Elizabeth -una vez más soltó algunas carcajadas al recordar aquellos momentos.
-Ese recuerdo me ha puesto de buen humor. ¡Ya basta de debilidades y cursilerías! Vamos a la cocina, hoy me provocó comer asado al vino -dijo con mucha energía.
-¡Así me gusta verla! -sonreí secando mis ojos.
-¿Qué esperamos entonces? Apurémonos porque luego es tarde; es más, tendremos una cena de damas, quiero escucharte tocar el piano y beber un poco de vino de jerez.
Salimos de la habitación y nos dirigimos a la cocina. La hacienda era muy grande y hermosa y a veces pensaba que tanto espacio era demasiado para dos mujeres; sin embargo, las cocineras y las criadas eran parte de la familia, también el señor Milton, que tenía mucho tiempo sirviendo en los Álamos, al igual que sus antepasados desde épocas inmemoriales. Lo mismo sucedía con el capataz Ernesto Cortés y los esclavos: ellos eran parte de nuestro entorno. No había motivos para sentirnos solas y desprotegidas; pero, existían vacíos que no podíamos llenar como el de mi padrino Antonio, mi madre y la ausencia de Rodolfo Álamo, tres personas con las cual no tuve la oportunidad de compartir, siquiera conocer, lo hice solo a través de historias; aun así, mi corazón aprendió a amarlos y a extrañarlos.
El sábado llegó con la calidez de la primavera; temprano acompañé a mi madrina a la iglesia y a recorrer las barracas. Ya tenía un mejor semblante, con su sonrisa característica
-¡Por amor a Dios que calor tan infernal! -se quejó quitándose y soplándose aire con el sombrero.
-Voy a mandar a traer limonada -dije con apremio.
-Buena idea -me sonrío.
Nos sentamos en el jardín del patio trasero bajo la sombra de un gran roble, contemplé el espacio que nos rodeaba y me sentí fascinada por cómo crecieron los helechos, y una multitud de flores cerca de los arbustos nos obsequiaban una vista agradable. Había muchas caléndulas, margaritas y trepadoras apoderándose de un ángel de mármol que adornaba el jardín, logrando atraer a muchas variedades de mariposas. Mi admiración fue interrumpida por la voz de Milton.
-Doña Ana, la señora Libia, Aristimundo está en la sala y desea verla.
-¡Hazla pasar de inmediato! -le indicó con apremio -y trae más limonada y galletas, por favor -agregó.
-Como diga, señora. -acto seguido se retiró. Lidia era una de las grandes amigas de mi madrina, vivía en una de las haciendas cercana y se conocían desde jóvenes; su visita siempre le hacía bien a ella, pero me incomodaba la forma poco disimulada en la que siempre me contemplaba, era como si me escudriñara.
-¡Querida Ana! -exclamó la mujer emocionada, abriendo los brazos para abrazar a su amiga.
-Libia querida... bienvenida -se besaron en ambas mejillas. Luego ella se sentó cerca de mi madrina, cerró los ojos y aspiró el aroma que le llegaba de las flores.
-Qué lugar tan maravilloso -mencionó quitándose el extravagante sombrero adornado con plumas y lazos.
-Creo que podemos jugar cartas -propuso la anfitriona.
-Me parece una excelente idea, Ana -opinó la mujer.
-¿Vas a jugar con nosotras Estefanía?-me preguntó mi madrina.
-Gracias, sin embargo, quiero terminar unas tareas que dejé pendiente en el invernadero, aprovechando que usted tiene compañía, ya planté las rosas nuevas que esperaba y quiero ver cómo se han ido adaptando a su nueva casa -le expliqué.
-Hija, tienes el invernadero tan hermoso y bien cuidado que quien entre, juzgará estar dentro de una de las páginas de un cuento de hadas; por un día que no lo atiendas no va a pasar nada -manifestó de una manera sutil para que me quedara. Entretanto, Libia Aristimundo ya había fijado sus ojos en mí.
-Es verdad muchacha, Ana tiene razón, quédate y juega con nosotras. En el juego evocaremos el pasado y hablaremos de las grandes fiestas que daban los Álamos ¡Qué tiempos aquellos! Por si no lo sabías: tu madrina es una excelente anfitriona.
-No lo pongo en duda -le dije dedicándole una sonrisa. La mujer tomó su vaso y bebió un gran sorbo de su limonada, mientras, su mirada me seguía escudriñando.
-Querida Ana -manifestó Libia de repente-, sé que lo que voy a declararte está fuera de lugar, pero ya me conoces y sabes de sobra que, si no manifiesto lo que pienso, ¡explotaré!
-¿Y qué es lo que quieres mencionar, Libia? -inquirió con curiosidad mi madrina.
-Cada vez que veo a tu ahijada, no puedo evitar que la sonrisa de esta niña y su mirada me recuerden a las de tu hijo Rodolfo -manifestó.
-¡Qué cosas dices, Libia! -exclamó mi madrina tomando un trago de su limonada. Yo noté que aquel comentario la puso nerviosa y fue en ese momento cuando comprendí y descubrí el por qué la señora Aristimundo siempre me miraba con tanto ahínco.
-No me hagas caso, debe ser la vejez la que me hace ver ilusiones; al igual que tú, extraño tanto a Rodolfo, él también era como mi hijo y mi adorado Eduardo te consideraba a ti como su segunda madre. Parece que fue ayer cuando esos dos bribones se iban de pinta al río de pesca, matándonos de rabia y angustia, ¿lo recuerdas?
-Sí..., como si fuera ayer, pero ahora son hombres y sus vidas están dedicadas a sus mujeres e hijos, ya no nos pertenecen, mujer... -expresó con tristeza mi madrina.
-Al parecer nuestros retoños aún nos sacan canas verdes, Ana -Libia elevó la mirada al cielo y continuó con su plática: -no dejes en saco roto mi comentario sobre las grandes celebraciones que tenían lugar en esta residencia; si no me equivoco el próximo sábado es tu cumpleaños, no hay una mejor ocasión para celebrarlo y reencontrarnos con viejas amistades, así tu adorada Estefanía disfrutará de nuestros majestuosos bailes y podrá ser conocida en sociedad -opinó con entusiasmo.
-Sin mi esposo y mi hijo no será igual, Libia.
-Sin embargo, Estefanía se ha vuelto una muchacha tan hermosa, que da tristeza que una flor tan majestuosa esté aquí encerrada, la convertiste en una joya y ni se diga lo inteligente y lo bien que toca el piano. Hay muy buenos partidos en la región y estoy segura, que con solo mirarla querrán casarse con ella. -esta vez fui yo la que se introdujo en la conversación: -Señora Aristimundo, le agradezco su buena fe de querer que mi madrina realice una fiesta para su cumpleaños y para presentarme en sociedad; sin embargo, no es mi deseo casarme, ni siquiera lo he pensado.
-¡Niña por Dios, estás en la edad perfecta!... Es más, sería una magnífica oportunidad para invitar al conde Dómine. ¿Sabes quién es? ¿Ana te ha hablado de esa familia? Y si no lo ha hecho yo te lo mencionaré: son los dueños de la hermosa e imponente finca que queda al otro lado del pueblo, cerca de las colinas; bueno, para ser más exacta: bastante alejada del pueblo. Me han contado que llevan semanas bajando cosas y han visto entrar y salir varios carruajes finos; eso quiere decir que quizás la familia del conde haya decidido venir a pasar una temporada aquí y ya debe de tener hijos en edad de casarse -mi madrina puso los ojos en blanco al oírla.
-Es cierto que siempre se ha declarado que él es un hombre inmensamente rico, pero me temo que él no es una persona que le guste internarse en estas tierras; por otro lado, querida Libia, te puedo asegurar que sus hijos o hijas ya deben de estar casados o comprometidos en uniones ventajosas. Amiga, tú hablas con tanta emoción de los Dómines y de esa propiedad como si fuera lo mejor del mundo, en cambio, yo siempre he sentido algo hacia esa hacienda que no me gusta; lo mismo siento por los condes Dómines, esa familia es muy misteriosa -opinó mi madrina.
-¡Estás loca mujer! Yo mataría por entrar en ese castillo, debe ser hermoso y con esos bosques extensos que lo rodean, le confieren el atractivo de una morada de reyes.
-Aun así, continúo manteniendo mi opinión y volviendo a tu recomendación anterior, pensándolo bien, no me parece tan mala idea el celebrar mi cumpleaños y presentar a mi ahijada, ella necesita hablar con jóvenes de su edad. Nuevamente, protesté:
-Madrina una vez más te estoy agradecida por el gesto, pero ya sabe lo que opino respecto al tema, a pesar de ser afortunada con todo lo que usted me ha proporcionado, eso no me ha impedido que tenga mis pies bien puestos sobre la tierra; sé que el tener sangre india corriendo por mis venas me vuelve una candidata poco atractiva para cualquier rico heredero o conde, los prejuicios no se lo permitirán, jamás se desposarían con una mestiza.
-¡Estefanía, que sea la última vez que digas eso en mi presencia! -dijo mi madrina-. Tú eres mucho mejor que cualquier mujer de sangre azul, o que cualquier rica heredera. Te preparé para ser una mujer que alcance sus metas, no para dejarse apabullar por prejuicios estúpidos y tener menos de ti misma, es más, si cortaran las venas de una condesa te aseguro que la sangre que le brotaría sería tan roja como la tuya.
-Eres muy hermosa, muchacha -afianzó Libia-, tienes unos ojos pardos, maravillosos y una figura exquisita, tal y como la tenía Ana en su época de juventud y créeme, tu padrino tuvo que luchar mucho para quitar de su camino a los buitres que querían las atenciones de mi amiga.
-Tener buena apariencia no es suficiente...; además, no quiero ser blanco de convencionalismos, ya soy feliz junto a usted madrina, ¡muy feliz y segura aquí en esta hacienda!
-Pero, hija, Libia tiene razón, hay que pensar en el futuro.
-No madrina, en este momento no quiero hacerlo, lo que deseo es disfrutar al máximo el presente y de todo lo que usted me ha enseñado. Ya la vida y el destino me dirán que me tienen deparado, ahora sí me disculpan, quiero ir al invernadero.
Mi madrina me contempló al igual que Libia. Las dos me sonrieron y se mantuvieron en silencio. Aquella conversación me incomodó y mi madrina lo notó. Yo jamás había conversado con hombres que no fueran los trabajadores de la casa: Milton y Ernesto, este último solamente de vez en cuando y siempre cuando estaba presente mi madrina; del resto, mi mundo se basaba y se extendía dentro de la hacienda y con eso, era sumamente feliz.
Cada vez que entraba al interior del invernadero, no podía evitar experimentar emoción y admiración, me sentía satisfecha y orgullosa de mi misma por lo que había logrado. Tenía en mi mente cada posición de las plantas y dónde estaba cada flor; ponía tanto empeño en arreglarlas, que las horas se me iban como si nada; investigaba en libros todo lo referente a ellas y recordé que mi abuelo Manuel siempre me decía, que el hablarles a las flores causaba que ellas fueran más bellas; por tal motivo siempre lo hacía, al principio me sentía tonta, pero poco a poco eso se fue convirtiendo en costumbre. Tomé la regadera, me dirigí a los crisantemos y comencé a regarlas.
-¡Pueden creerlo! -murmuré. -Mi madrina ahora dejándose llevar por los comentarios de la señora Libia, como si yo estuviera interesada en tener esposo. Comencé a hablar con las plantas, aunque sabía que ellas no podían responderme. Lo hice porque me ayudaba a desahogarme.
-Imagínense, a esos hombres estirados y llenos de prejuicios, de verdad no quisiera malgastar mi vida al lado de una persona que no puede ver con los ojos del alma, sino a través de lo que les dicta la sociedad... ¡Los príncipes azules solo existen en los cuentos!
Sellé mis labios y empecé mi inspección con las rosas. Quería expandir los rosales. Ya tenía una gran variedad en colores. En ese momento, cuando admiré las rosas rojas, un pensamiento cruzo mi mente: -¿Cómo será sentir un beso? Nunca nadie me besó y nunca antes me detuve en reflexionarlo; con seguridad era maravilloso sentir el calor de un abrazo proveniente de la persona amada; mi madrina, a pesar de enseñarme muchísimas cosas, jamás me habló de temas como la intimidad de un matrimonio. Quizás lo tenía reservado para cuando llegase el momento oportuno: si algún día me casara... -me sonrojé al reflexionarlo... La señora Aristimundo había logrado despertar mi curiosidad en torno a aquellos asuntos, así yo me negase. De esa misma manera me conmovió su comentario sobre el hijo de mi madrina, de las similitudes en nuestras sonrisas y su mirada con la mía...
Ya llevaba varias horas dentro del invernadero, pero aún no sentía ganas de retirarme. Decidí continuar el trabajo, tomé los tiestos que contenían nuevas rosas y empecé a sacarlas para unirlas con las demás, me agaché para tomar una de las macetas y al hacerlo, sentí la opresión del corpiño contra mis pechos, mi madrina me lo ajustaba demasiado y muchas veces me costaba respirar, no obstante, alegaba que la mujer debía hacer sacrificios para verse al igual que una flor de hermosa, sin embargo, aquel vestido color melocotón me resultaba más ajustado que los demás. El tomar la maceta y volverme a enderezar causó que hiciera un movimiento torpe, ocasionando que se me resbalara el tiesto que contenía una de las rosas, cayó al suelo y se quebró.
-¡Rayos! -gemí por mi torpeza. Como pude me agaché para tomar la planta junto a la tierra y los fragmentos de la maceta qué lo sostenía, fui colocando y limpiando el desastre, hasta por fin poder levantarme, fue entonces cuando la voz de un extraño me sacó de mi concentración.
-Creí qué había conocido la verdadera belleza, pero estaba equivocado... Mis ojos estaban ciegos, eso fue hasta hoy porque tú le acabas de dar luz y vida...
Giré rápidamente y me topé con el rostro de un caballero que nunca vi antes. Sus ojos se pendieron de mi cara, dejándome desprovista del habla. Permanecí inmóvil experimentando una fusión extraña y desconocida, una explosión en mi interior que me causó temblor en las piernas. Me ruboricé de inmediato. Él, al igual que yo, se mantuvo silente, mirándome con una intensidad que creí no podía existir. A mí me pasó lo mismo, quedé pendida de sus ojos oscuros, mientras, algo en mi interior me dijo que yo conocía aquella mirada ¡Dios mío, aquel hombre era muy atractivo! Tenía el cabello castaño claro, liso y grueso a la altura del hombro, lo llevaba atado en una cola detrás del cuello; era de tez blanca, más no pálido, sus facciones eran finas y perfiladas, pero muy masculinas. Su cara remataba con un hoyuelo en la barbilla. Luego de una breve inspección física, el intruso por fin rompió el silencio, notó mi confusión y temor. Se me acercó logrando que yo retrocediera. Él sonrió y declaró: -Discúlpeme, señorita, no era mi intención asustarla. Quizás mis palabras no han sido apropiadas y más a sabiendas de que somos dos extraños que se ven por primera vez... Sin embargo, usted, con todo el respeto, me ha impresionado...
-¿Quién es usted? -le pregunté recuperando el habla.
-Permítame presentarme -hizo una reverencia-. Mi nombre es Adrián Álamo, soy el hijo de Rodolfo Álamo y nieto de la dueña de esta hacienda -aquella confesión causó que una sonrisa se fuese pintando en mis labios; por fin el hijo de mi madrina volvía para curar el vacío que la atormentaba. Adrián hizo lo mismo: sonrió al notar que yo lo hacía. Las palabras de mi madrina cobraron vida en mi cabeza: "Adrián tenía una sonrisa capaz derretir el invierno más frío" Ella tenía toda la razón, pero también se quedó corta. La sonrisa de aquel hombre era increíblemente dulce, tanto que me dejó embelesada por una fracción de segundo. Él acortó la distancia hasta quedar situado a unos pasos de mí. No pude evitar el seguir detallándolo: era un hombre muy esbelto y alto; calculé de inmediato que media aproximadamente como 1,90 o 1,95. Yo me consideraba alta con mis 1.72 de estatura. Quise desviar mi mirada (temía que mi escudriño diera cabida a una mala imagen de mí), pero no pude evitar seguir mirándolo.
-Creo que es mi turno de saber -dijo-. ¿Quién es la señorita? -me preguntó dedicándome otra sonrisa.
-Mi nombre es Estefanía, soy la ahijada de la señora Ana Álamo, su abuela -le aclaré casi con torpeza.
-¡Claro! Debí imaginarlo, aunque no te conocía en persona, oí hablar de ti a través de mi padre. Él me contó que mi abuela estaba criando a una niña y que ella te quería como a una hija. Mi padre también me habló con mucho afecto hacia ti... Así que eres la famosa ahijada... -aquella confesión del afecto de su padre hacia mí me sorprendió.
-¿El señor Rodolfo le ha manifestado qué me tiene afecto? Como tenérmelo si solamente me vio una vez y era una niña.
-Aunque no lo pienses, mi padre te tiene alta estima y en muchas ocasiones mandó obsequios para mi abuela y para ti, en su mayoría muñecas. Las recuerdo perfectamente, pero opino que ya no estás para jugar con muñecas. -Esa confesión me enterneció porque era cierto que recibí esas muñecas, pero siempre pensé que habían sido regalos de mi madrina.
-Entonces debes estar al tanto de todo y de que mi madre era una de las indígenas que trabajaba aquí en la hacienda.
-Ese detalle también lo sabía; lo que nunca imaginé es que fueras tan bonita -declaró con emoción, logrando que mi corazón latiera. El brillo de sus ojos al expresarlo no dieron cabidas para dudas de que yo le había atraído profundamente.
-Una vez más te pido disculpas por ser tan directo, no obstante, tu atractivo me ha dejado sin habla. He viajado mucho, conocido distintas ciudades, culturas y por supuesto sus mujeres también, sin embargo, jamás vi a alguien como tú. Qué ironía de la vida, que situara a la más hermosa flor en casa de mi abuela... -Miré sus ojos y brillaban con fulgor. ¿Acaso esto es lo que las personas llamaban amor a primera vista? ¿Esta revolución dentro de mí era la potente magia de la atracción? Su voz volvió a interrumpir mis cavilaciones.
-Debes de tener 17 años.
-En realidad 18, los acabo de cumplir, y usted debe de tener 24 años.
-Ciertamente, esa es mi edad -volvió a sonreír. La conversación se dio por terminada cuando Milton irrumpió en el invernadero.
-Discúlpeme joven Adrián y niña Estefanía, solicitan su presencia en la sala.
-Está bien, ya nos dirigimos hacia allá -respondió con amabilidad Adrián, luego giró nuevamente hacia mí.
-¿Me harías el honor de permitir que te escolte hasta la sala? -se ofreció extendiéndome un brazo.
-Me encantaría, pero temo que mis manos están sucias; si se dio cuenta al llegar estaba recogiendo tierra y los restos de un jarrón que se me cayó. Me gustaría lavarme las manos primero y arreglarme un poco el vestido. Y, por otra parte, no sé si estará bien que acepte que me escolte.
-Toma el tiempo que desees, yo te espero, aunque creo que con que te laves las manos es más que suficiente, lo de arreglar tu vestido está de más, déjame repetirte que te ves maravillosa y respondiéndote que, si debes o no aceptar mi escolta, de una vez te digo que no aceptaré un no como respuesta -una vez más me sonrojé.
Acepté el brazo de Adrián y cuando mi mano se enlazó en su brazo, una vez más acudió a mí la fuerte sacudida que me provocó aquel caballero... Me sentí vulnerable. El corazón me palpitó vertiginosamente y por un momento temí que él lo oyera retumbar en mi pecho. Jamás en mi existencia había experimentado sentimientos tan fuertes e instantáneos. Aquel hombre me demostró que la magia existía en la vida real y no únicamente en los cuentos de príncipes y princesas. Me pareció irónico que hace apenas horas antes, Libia Aristimundo estuviera hablando de matrimonio y que de pronto él apareciera como si se tratase de un conjuro por parte de ella... Traté de borrar mis pensamientos. Adrián era nieto de mi madrina y con solo mirarlo cualquiera podía concluir que estaba comprometido con alguna señorita acaudalada de la sociedad. Al sacar aquella conclusión, el pensar que su corazón ya estuviera comprometido con alguna hermosa mujer, me produjo una sensación amarga en mi garganta. Por primera vez en mi vida me sentí frágil y temerosa. Aquellos sentimientos que estaba teniendo por Adrián Álamo me asustaban. Di gracias a Dios, porque la voz estruendosa de Libia me sacó de mis pensamientos, sus exclamaciones de alegría se escuchaban hasta en la puerta de entrada a la residencia.
-Adrián, debo repetirlo: ¡qué guapo estas, muchacho!... Dios mío, hombre, ¡cuántos corazones habrán de suspirar por ti! -clamó Libia al vernos cruzar el pórtico.
-Gracias por sus comentarios, pero exagera. -respondió él a los halagos de la mujer.
-No son exageraciones, declaro la pura verdad.
-No seas modesto, hijo, sabes que la señora Aristimundo no miente. -se escuchó la voz de una mujer que reposaba en uno de los muebles del recibo. Luego de su comentario, sus ojos se posaron en mí. Primero manifestaron extrañeza hasta que, poco a poco, frunció el ceño causando que me alejara de Adrián; él aún sostenía mi brazo y se negaba a soltarme.
-Ya veo que has conocido a mi ahijada -dijo mi madrina y tuve la sensación que aquellas palabras acentuaron las facciones toscas de quien pensé era la madre de Adrián. Elizabeth Sifuentes era una mujer regia, elegante y hermosa, no obstante, a pesar de que sus ojos eran similares a los de Adrián, carecían de la dulzura que la mirada de su hijo irradiaba. Su escudriño hacia mí era increíblemente frío, me turbó a pesar de que mi madrina se situó a mi lado con gestos protectores.
-¿Dónde está mi padre? -preguntó Adrián.
-Fue por champaña -manifestó emocionada Libia, que parecía ajena a la atmósfera que yo estaba sintiendo, incluso Adrián no parecía intuirla. No me quitó la mirada hasta que mi madrina clamó por su atención.
-¡Mi querido y adorado nieto! Creí que ya me habías hecho bisabuela -dijo con una sonrisa radiante que le iluminaba el rostro de felicidad. Mi madrina se aferró a Adrián en un fuerte abrazo, él se lo respondió con dulzura, envolviéndola con los suyos y dándole un beso en la frente.
-Me temo que aún no, abuela; en realidad no lo pensé, pero opino que ya me está gustando esa idea de traer hijos míos a este mundo -al formular aquella oración clavó su mirada en mí. De nuevo me ruborizó. Libia lo notó y sonrío con picardía.
-Veré si todo marcha bien en la cocina -manifesté inventando un pretexto, necesitaba salir de aquel espacio. Entre las miradas de Libia, Adrián y Elizabeth, no sabía qué hacer.
-Buena idea, hija -me dijo mi madrina.
Sentí un gran alivio al salir de aquella sala. Ya me encaminaba en dirección hacia la cocina cuando me topé con Rodolfo Álamo, que venía por el mismo camino trayendo consigo las botellas de licor. Al verme tuve la sensación de que también lo impresioné; estaba como momificado y sus ojos parecieron escarcharse ¿Acaso era producto de mi imaginación? Aunque podía jurar que había emoción en su mirada.
-¿Estefanía? -inquirió y los labios le temblaron al pronunciar mi nombre-. ¡Hija, que grande y hermosa estás! Te pareces tanto a ella... -sus palabras sonaron efusivas, hasta el punto de confundirme. Había intimidad en la forma de manifestarlas, pero el hecho de que confesara lo del parecido que, para mi entender, se refería a mi madre, logró conmoverme. Aquel hombre que yacía inerte, parado frente a mí, me dijo ¡hija!, y mejor aún, conocía a mi madre... Las preguntas no se hicieron esperar.
-¿Usted conoció a mi madre? -le pregunté.
-Sí... Oh, Dios, ¡si la hubieses conocido!
Una lágrima corrió por mi cara. Él tomó mi mejilla y con dificultad sacó un pañuelo de su chaqueta mientras continuaba sosteniendo la botella de champaña.
-No llores -me pidió-. Ella era una mujer muy alegre y también increíblemente hermosa, me gustaría hablarte de ella cuando tengas tiempo -su propuesta me agradó.
-Sería maravilloso escuchar lo que me tiene que contar, siempre me hablan de ella, pero sería grato para mí oír las diferentes versiones de las personas que tuvieron la oportunidad de conocerla en vida -expresé emocionada, sin embargo, su sorpresa no decaía.
-Eres toda una señorita, mi madre ha hecho de ti una verdadera dama.
-Favor que usted me hace -respondí a sus halagos. Al parecer los hombres Álamos eran muy galantes, aunque las palabras de Rodolfo sonaban más a las que le dedica un padre a una hija. Nuestra conversación se interrumpió cuando Adrián llegó.
-Padre, lo esperan en la sala, me temo que las damas están impacientes por la bebida, ya quieren alzar sus copas.
-Sí, ya iba, hijo, solamente me detuve para saludar a Estefanía. La última vez que la vi era apenas una niña de casi cinco años y fíjate ya es toda una señorita... Como pasa el tiempo -manifestó con aires de nostalgia en su mirada.
-Y yo le doy la bienvenida de mi parte a su casa, señor Álamo; mi madrina lo ha extrañado mucho.
-Lo sé, pero créeme he venido a recompensar el tiempo perdido, por suerte mis negocios quedaron en buenas manos, mi abogado es uno de los más respetables y es hijo de un íntimo amigo mío; él me enviará todo lo referente a los avances, al igual que Pablo, mi encargado, que cuenta con toda mi entera confianza y estimo como a un hijo. Su familia ha estado con nosotros desde épocas remotas y su padre, Facundo, era uno de los trabajadores de confianza de mi padre, así que más tranquilo no puedo estar -explicó.
-Me alegra mucho escucharlo... Bueno, los dejo seguir hacia la sala -dije recordándole la espera de las mujeres.
-¿Y usted, Estefanía, no piensa venir al brindis? -inquirió rápidamente Adrián al notar que me disponía ir a la cocina.
-Más tarde, voy a ver si todo está en orden en la cocina; mi madrina es la anfitriona y quiero darle una mano.
-Acabo de pasar por ahí y todo está en orden -me aseguró Rodolfo.
-No dudo de su palabra, señor Rodolfo, sin embargo, quiero dar unas instrucciones a Rosa y también deseo beber agua.
-Si ese es tu deseo, entonces te dejamos seguir -sonrió el señor Álamo. -Vamos, Adrián, no hagamos esperar más a las damas -tomó el brazo de su hijo para hacerlo retroceder, pero aquellos ojos oscuros nuevamente se pendieron de mi figura.
-¡Gracias a Dios que pude escaparme un rato! -gemí ya dentro de la cocina y bebiendo un vaso de agua.
-¿Qué pasa, niña Estefanía? ¿Acaso hay una revolución afuera? -Me interrogó Rosa, mientras movía un guiso.
-No precisamente afuera -dije haciendo alusión a la revolución que se estaba llevando a cabo dentro de mi propio corazón-, pero debo admitir que la llegada del señor Álamo me ha tomado desprevenida -agregué y sin estar consciente de mis actos, mi rostro se ruborizó y ella lo notó.
-Ya le eché un ojo al joven Adrián, está muy guapo -agregó con picardía, mientras las otras dos criadas que estaban en la cocina ayudando a Rosa, soltaron una risita.
-Sí, es muy atractivo -afirmé en un hilo de voz. El maullar de Constantino captó mi atención, llevaba varios días sin aparecer por la casa: un gato grisáceo y de grandes ojos verdes fue directo hacia mí para que lo acariciara.
-¡Apareciste sinvergüenza! -gimió Rosa buscando leche para servirle en un plato; entretanto, yo lo agarré y le acaricié su pelaje, al hacerlo, inició su ronroneo.
-Estaba preocupada por ti, mi peludo amigo -jugueteé con el felino hasta que advertí que la cocina de pronto se sumió en el silencio. Alguien irrumpió en ella. Giré para toparme nuevamente con el causante de mis desvaríos.
-He venido por ti... Mi abuela está preguntado el motivo de tu tardanza, así que me ofrecí a buscarte -dijo Adrián.
-Me he entretenido con Constantino -manifesté lo primero que se me vino a la mente.
-¿Constantino? -repitió con confusión.
-Es mi gato -le aclaré tomando en mis brazos al animal, Adrián sonrío, pero al acercárselo él demostró algo de fobia.
-¿Le tienes miedo a los gatos? -Pregunté acariciando el pelaje de Constantino.
-No les tengo miedo, solo que nunca me ha gustado tocarlos, debe ser porque mi madre siempre me reprendía cuando era niño. Cuando ella veía mi intención de acariciarlos, inventaba miles de historias para que le agarrara fobia.
-Es una lástima, porque creo que le caes bien, mira, está ronroneando y está haciendo muecas para que lo acaricies -le señalé.
-En ese caso considero que vale la pena intentarlo y más si es amigo tuyo -bromeó y seguidamente se acercó al felino, y poco a poco fue bajando su mano hasta tocarlo. En esa maniobra sobre Constantino llegó hasta mi mano y la tocó deliberadamente.
-Es suave -susurró sin quitar sus ojos de mi boca. Aquella intensa mirada tuvo un efecto ardiente y causó que soltara al gato. Recobré rápidamente la compostura. No era propio de mi persona aquellas desfachateces, me limpié las manos con torpeza para quitarme los pelos que había dejado Constantino, mientras Rosa y las dos muchachas manifestaban una sonrisa traviesa por mi actitud.
-Deje que termine de limpiarme -manifesté apenada, entretanto, él abría paso para que yo saliera primero.
Todos giraron al vernos llegar al salón. Mi acompañante tomó una copa y me la extendió, al hacerlo contemplé a mi madrina para observar si ella aprobaba que yo tomara el licor que me ofrecía su nieto.
-Vamos, ahijada, tómalo, es una ocasión especial y acércate, siéntate junto a mí -declaró con una hermosa sonrisa que le adornaba la cara -¡Hoy es el día más feliz de mi vida! -exclamó y expresó: -Dios ha escuchado mis plegarias. -Cuando terminó su oración, tomé un buen sorbo de mi bebida, sentí cómo el líquido quemaba mi garganta, pero luego, se fue apaciguando. Mis nervios se calmaron y también el intenso rubor que me poseía cada vez que cruzaba mi mirada con la de Adrián.
-Querida Estefanía, por qué no me complaces y deleitas a los presentes con tu magia tocando el piano -me propuso mi madrina. En aquel momento no lo quería hacer, sentía que mis dedos estaban rígidos, producto de la invasión del potente efluvio que me poseía.
-¿Tocas el piano también? Al parecer eres una cajita de virtudes - intervino sarcásticamente Elizabeth llevándose la copa a sus labios.
-Sí, querida, mi ahijada toca divinamente el piano -la respuesta se la dio mi madrina.
-Entonces no nos hagas esperar, querida, ¡deléitanos tocando el piano! Tengo curiosidad en saber si lo haces tan maravillosamente como dice mi suegra. En mis viajes por el mundo he escuchado muchas concertistas en los grandes teatros de Londres y París, y te aseguro que tocan como los ángeles, quiero comprobar si realmente mereces tales elogios y comparación.
-Sí, mi madre dice que lo hace muy bien, no hay porque dudarlo -opinó Rodolfo, luego me miró y me dijo al notar mi incomodidad: -Estefanía, si no quieres tocar esta noche, lo puedes hacer en otra ocasión, total ahora es que nos aguardan muchas veladas juntos.
Las opiniones de la esposa de Rodolfo en torno a mí, y sus palabras mal disfrazadas de amabilidad, que dejaban en claro su rechazo hacia mi persona, me dio el suficiente empuje para hacer mi mejor esfuerzo.
-Gracias -dije-, pero quiero tocar y más si mi madrina me lo pide -rápidamente me dirigí hasta el piano. Todos pusieron su atención en mí, me senté cuidadosamente frente al instrumento, respiré hondo y traté de imaginar que, en aquella sala, solamente estaba mi madrina. Me resultó imposible, ese día había alguien que no permitía que me concentrara, subí mi rostro para buscar su cara. Adrián me miraba atento, entonces dejé que mi corazón hablara a través de la música. Las notas comenzaron a salir espontáneas bajo el toque de mis dedos, mi seguridad fue creciendo cuando advertí la sonrisa en los labios de mi madrina, la emoción de Libia, la admiración de Rodolfo... La intensa mirada de Adrián, sus ojos me admiraban de una forma tan transparente, que de pronto aquella mirada se volvió un espejo donde yo me podía ver; él se convirtió en la inspiración de las notas de mi melodía o, mejor dicho, él era una canción escrita por las manos de los Arcángeles. Adrián me invitaba con su mirada a recorrer un camino desconocido, un camino en el cual yo podía salir lastimada... ¡Oh, por Dios, ya yo estaba perdida! Aun así, mantuve mi compostura y al igual como mis dedos se aferraban a las teclas del piano, de la misma manera me aferré como una dama a los modales y a disimular el florecimiento veloz de mis sentimientos.
Aquella tarde de mayo mi vida cambió para siempre, una cuerda invisible que se llamaba amor me comunicó a un sentimiento que llevaba escrito el nombre de Adrián Álamo.
-¡Bravo! -exclamó Rodolfo cuando terminé de tocar la pieza -¡Mi madre se quedó corta!
-Yo se los dije -agregó mi madrina con orgullo; entretanto, yo agradecía los elogios. Adrián tomó otra copa, la alzó y dijo: -Por favor les pido que alcen las copas para brindar por este día tan especial para todos, por la unión de la familia y por la magia de Estefanía que ha dejado hipnotizados a todos los presentes con su impecable interpretación... ¡Salud!
-¡Salud! -dijeron todos.
Aquella noche me costó conciliar el sueño. El rostro de Adrián se paseaba por mi mente una y otra vez sin poder evitarlo, mi corazón parecía en guerra con mi cordura, él se unió con mi mente para no dejarme dormir; además, Elizabeth marcó su distancia conmigo.
A pesar de que todos me felicitaron por mi interpretación en el piano, ella se dedicó a mirarme con ojos de hielo, sin despegarse en ningún momento de su esposo, como si lo estuviera protegiendo "¿Serán interpretaciones equivocadas de mi parte?" -me dije, pero era muy claro: aquella dama no demostró ni un ápice de complacencia conmigo; todo lo contrario, únicamente se limitó a dirigirme unas cuantas palabras cuando le era estrictamente necesario. Sin embargo, eso no me mortificó en absoluto, lo que sí me perturbaba es que ella era la madre del caballero que me había cautivado... Gracias a Dios la madre y el hijo tenían personalidades muy diferentes. No pude reprimir mi tristeza al comprobar que, una vez más, se había cumplido mis convicciones: la discriminación racial. Elizabeth Álamo con su actitud me lo dejó más que claro.
Comencé a sentir sueño, me tomé un té de manzanilla para estar más calmada. Me calmé y caí en un profundo sueño. Nunca fui de las personas que tuvieran pesadillas y mucho menos recordarlas, pero el que tuve esa noche por alguna extraña razón lo recordé. Al parecer la llegada de Adrián no solo me abrió la puerta del amor, sino también una ventana emergente donde se colaban sueños extraños y reveladores.
En el sueño vi una casa abandonada, entré y pude ver que en su interior; las paredes estaban en buen estado. Era una especie de cabaña. En ella sentí miedo, pero extrañamente también sentí seguridad. Continúe caminando, recorriendo la estancia hasta quedar frente a una puerta alta y ancha de un rojo cobrizo. Sin esperar la abrí para toparme con un jardín trasero que no era muy grande. Las paredes que lo delimitaban estaban casi en ruinas. Me concentré en la pared que estaba frente a mí: No era tan alta y varios ladrillos estaban deteriorados por el paso del tiempo, se podía ver a través de ellos. Fue en ese momento cuando me maravilló el descubrir unas majestuosas montañas a lo lejos. Su color, con los rayos de sol que se posaban sobre ella, la hizo parecer de terciopelo brillante. Observé numerosos halcones alzando el vuelo sobre la montaña y a su alrededor, que me embelesó, las aves eran diferentes y fascinantes, sus plumas eran de un color plateado que brillaban con el sol; ellas lucían más grandes que los halcones normales, sus alas abiertas al viento derrochando un brillo escarchado me envolvieron en una magia extraña y así permanecí durante largo tiempo hasta que desperté.
Ya eran casi las 8:00 de la mañana. Me desperté con la sensación del sueño y una voz en mi cabeza que me decía qué aquellas montañas simbolizaban las dificultades que encontraría en mi camino, qué debía luchar para alcanzar mis metas, pero qué al llegar a la cima seria libre y volaría tan alto como aquellos halcones mágicos.
Momentos más tarde.
No quería desayunar en la misma mesa junto a la madre de Adrián, hacerlo con mi madrina era distinto, sin embargo, con toda la familia ya era otra cosa, a pesar de tener buenos modales y saberme manejar perfectamente, eso no era razón suficiente para sentirme confiada. Entré a la cocina para disipar mi incomodidad, prefería desayunar con Rosa y las otras criadas. Inicié mi plática con Rosa, ella me miró y sonrío.
-¿Qué pasó muchacha, quieres escabullirte de desayunar junto a los dueños? -me preguntó Rosa mientras batía la leche para el café; luego me sirvió un poco.
-No me siento cómoda cerca de la esposa del señor Álamo -Rosa me miró analizando mi cara, ella siempre se daba ínfulas de tener poderes psíquicos, aunque no lo expresaba con aquellas palabras, más bien se limitaba a explicar que podía leer el futuro a través del café y la mirada, también aseguraba que podía percibir las intenciones de las personas y ver cosas que otros no podían ver.
-Flechaste a ese hombre Estefanía, a leguas se advierte que la india que es parte de ti embrujó al hombre blanco -murmuró, mientras tarareaba una canción.
-No digas tonterías -dije sonrojándome.
-Te acordarás de esta vieja. Esa dama tan estirada y de mundo se va a revolcar en su rabia cuando su amado hijo se le revele -me aseguró y sus ojos manifestaron un brillo magnético que me dio escalofrío.
-Ya basta Rosa, sabes que no me gusta cuando miras de esa manera -mi comentario le arrancó una risa socarrona y estruendosa.
Rosa llegó a la familia Álamo cuando yo tenía apenas 3 años de edad, su llegada fue como una bendición, un ángel qué se volvería más que una simple cocinera para Ana Álamo, conoció al hijo de mi madrina dos años después cuando él vino a pasar unos días con ella y encargarse de algunos negocios, en aquel entonces mi madrina estuvo muy enferma, gracias a Dios nunca más se enfermó así. Me sorprendió como aquel recuerdo vino a mí con tal claridad, no recordaba el rostro de Rodolfo Álamo, ni siquiera cuando mi madrina me mostró sus retratos actuales, era como si nunca lo hubiese conocido, pero hoy luego de verlo en persona, aquellas imágenes se volvieron claras, hasta los gestos y expresiones, su mirada qué no sabía definir en aquel entonces, pero qué ahora, luego posteriormente de los años y mi madurez, me atrevería a decir que era nostálgica. Tendría unos cinco años en aquel entonces, tal como él me lo confirmó la noche anterior. Por otro lado, según Rosa, la llegada del hijo de mi madrina fue una visita casi fantasmal, no obstante, según ella y utilizando los poderes qué Dios le dio, pudo intuir que Rodolfo Álamo llevaba un dolor grande en su alma, su vida era únicamente apariencias.
Rosa era otra madre para mí, aprendí a cocinar gracias a ella y mi madrina, sin embargo, el motivo principal para internarme en la cocina cuyo espacio era mi favorito antes de enamorarme del invernadero, era para escuchar las historias de fantasmas y espíritus que narraba Rosa; otras niñas hijas de esclavas y yo nos reuníamos en secreto, sin ser vistas por mi madrina, que nos reprendía por escuchar historias que luego nos espantaba el sueño, sin embargo, hubo una historia, o mejor dicho un recuerdo que se quedó en mi memoria de tal manera que aún a pesar del tiempo, lo recordaba y fue motivo de muchas pesadillas que duraron por bastante tiempo. Era la noche de pascuas, yo contaba con 8 años para aquel entonces, recuerdo que Pedro, el hermano de Milton, se había ido de fiesta con varios amigos, ese día llegó tarde en la madrugada, los gallos aún no cantaban; él entró en la cocina, asustado y gritando como un desquiciado, asegurando qué un demonio de grandes colmillos y ojos amarillos lo había atacado a él y a su compañera cuando regresaban, aquellos gritos me despertaron y sigilosamente bajé hasta la cocina y me escondí, desde ahí pude ver como Rosa le daba agua al desdichado, no tardó mucho en que llegara mi madrina. Ella descubrió mi escondite y notó que yo estaba muy asustada, me sacó de mi escondite entre las escaleras, y ordenó a Pedro que dejara las historias de borrachos, porque me estaba asustando. Él en medio de su delirio, se arrodilló al piso y juró por Dios que estaba en su sano juicio, entonces mi madrina llamó a otros peones y ordenó que le echaran un baño para que se le pasara la borrachera, más atrás salió Rosa murmurando unas palabras que parecían oraciones; mi madrina me sacó de la cocina, pero mis ojos no se desprendía de Pedro, aquel muchacho que tenía apenas 19 años, tan vital y feliz, sentirlo así me perturbó profundamente. Rosa lo revisó por todos lados, eso también lo aprecié. Pedro duró varios días enfermo, después de esa madrugada con altas fiebres que lo hacían delirar, sin embargo, era en las noches que la cosa se ponía peor, el muchacho gritaba atormentado y asustado como si algún ente maligno lo acosara.
-¡No me vas a llevar! -chillaba. No sé si era producto de mi imaginación infantil, no obstante, podría jurar que una noche, mientras caminaba por los pasillos cerca de la cocina, escuché una risa oscura que salía de aquella habitación, donde Pedro dormía y noches después, vi la figura de un hombre alto en mi habitación, estaba entre dormida. Desperté y sentí aquella sombra contemplándome fijamente. No podía moverme, sin embargo, escuché su voz: -Estefanía, pronto serás parte de los míos, has sido elegida, llevas la marca -grité fuertemente, y mi madrina irrumpió en el cuarto para encontrarme envuelta en temblores y llanto.
-Esta situación ya está perturbándote mi niña -me dijo abrazándome.
-Sentí al hombre que acosa a Pedro -declaré asustada.
-No Estefanía, no existe tal hombre, fue solamente un sueño, ángel, estás muy nerviosa. Pedro solo está enfermo -me aseguró-. Pero para que te sientas más segura, duerme en mi habitación junto a mí esta noche -aquel ofrecimiento me calmó y logró que recuperara el sueño. Por otro lado, Pedro se fue consumiendo poco a poco. Su demonio personal adquirió nombre, gritaba que veía a Efraín Palacios, conde Dómine, el dueño del hermoso castillo de las colinas. El médico le declaró a mi madrina que Pedro había perdido el juicio, y que la supuesta joven que anduvo con él, la que Pedro juró que aquella bestia había asesinado ante sus ojos, nunca existió, nadie la conocía; para el doctor fue más fácil decir que las fiebres altas y las convulsiones le dañaron su sistema nervioso, que lo recomendable era aislarlo y quemar todas sus pertenencias para no contagiar a otros. El pobre hombre falleció en vísperas de enero, y tal cual, como lo indicó el galeno, todas sus pertenencias fueron quemadas; el cuarto lo limpiaron y colocaron sahumerios y alcanfor como si se tratase de una peste de viruela. Pedro se quedó tan delgado que solamente era piel adherida a sus huesos, era prácticamente un esqueleto envuelto en piel.
-Yo sí creo en lo que declaraba Pedro -mencionó Rosa cuando le rezaban a su cuerpo-. Vi claramente la marca del mal en su cuerpo, él vio esa criatura... ¡Fue seducido por ese súcubo maldito!
-¿Qué es un súcubo, Rosa? -Recuerdo que le pregunté.
-Eres muy niña para que hablemos de esas cosas, no las entenderías, lo único que puedo decirte es que son demonios que acechan cuando dormimos y pueden aparecer con el rostro de un hombre muy atractivo o en forma de mujer hermosa... Esa mujer de la que hablaba Pedro que estaba con él, no era una mujer, era un súcubo que se le aparecía en las noches y lo arrastró al mal, hasta matarlo -los recuerdos de mi mente se esfumaron cuando mi madrina irrumpió en la cocina.
-¿Estefanía no vas a desayunar conmigo, como siempre lo hemos hecho? -su voz sonó algo decepcionada.
-Madrina, discúlpeme, ya he desayunado, quería ir más temprano a las barracas a comenzar las lecciones de los niños.
-Como si no te conociera, te incomoda la presencia de Elizabeth, ¿verdad? -me interrogó con astucia.
-No, madrina ¡Cómo creé!
-Porque lo veo en tus ojos... Ella tampoco es santa de mi devoción, pero hay que mantener la elegancia y las buenas costumbres e ignorar, gracias a Dios mi nieto no sacó ese carácter de la madre -el recordar Adrián causó que mi corazón perdiera la calma.
-Elizabeth no bajará a desayunar con nosotros, dijo qué tenía malestar y una jaqueca terrible, así que llévenle el desayuno a su habitación, la reina ha pedido ser atendida en sus aposentos -dijo con burla y sarcasmo-. Yo desayunaré con mi hijo y mi nieto, solamente faltabas tu Estefanía para que fuera perfecto ¡Qué sea la última vez que no quieras desayunar conmigo por culpa de Elizabeth! -formulada estas palabras salió de la cocina.
-A doña Ana no le gustó qué no la esperarás para desayunar -manifestó Rosa mientras arreglaba la bandeja, qué sería enviada con una criada al cuarto de la madre de Adrián.
-Lo sé, pero ya la recompensaré -expresé débilmente, luego salí de la cocina rumbo a las barracas, no sin antes tomar una buena cantidad de galletas para los niños.
El tiempo en las barracas se fue rápidamente. Cuando me internaba en la humilde escuela qué mi madrina había mandado a construir, me entregaba por completo a mi labor de transmitir conocimientos.
-Muy bien niños, vamos a repasar las vocales una vez más y escribirlas -les pedí, mientras las escribía en el pizarrón. Fui pasando por cada silla revisando la escritura, aquello era un sueño hecho realidad para mí, ya que muchas personas no veían con buen ojo que los esclavos aprendieran a leer y escribir, puesto que, para los patronos, era mejor mantenerlos ignorantes y así dominarlos mejor. Comprobaba una de las tareas cuando varias risitas se fueron manifestando.
-¿Qué sucede niños? -pregunté, pero ellos solamente se limitaban a sonreír hasta que María, una de las más pequeñas, señalo hacia la amplia ventana, al observar el lugar que ella señalaba no pude evitar que las mariposas en mi estómago aparecieran, se trataba de Adrián haciéndole señas a los niños de que no me dijeran de su presencia.
-Creo que sus risas me han delatado. Espero no haber sido inoportuno, no era mi intención interrumpir la lección.
-No se preocupe, ya estábamos terminando, solo voy a darles la merienda -sonreí y me dirigí a la clase: -Bueno, niños vamos a formar, para darles algo que les he traído -las sonrisas iluminaron sus rostros. Aquel gesto me llenaba el corazón de satisfacción, el simple hecho de ver como unas simples galletas los hacían feliz, me instaba a hacer más por ellos, su agradecimiento era algo que sencillamente no tenía precio. Los chicos se formaron mientras yo depositaba las galletas de chocolate en sus pequeñas manos. Cuando le di al último niño y niña, les recordé las indicaciones para la lección del siguiente día, entretanto, Adrián me observaba con una sonrisa en sus labios.
-Eres una excelente maestra -manifestó.
-En realidad solamente hago lo qué puedo, enseño lo qué mi madrina tuvo la gentileza de inculcarme desde muy pequeña, aunque muchas personas sancionarían la acción qué llevó a cabo en esta hacienda, ya sabe que no todo el mundo observa con simpatía que los esclavos aprendan a leer y escribir.
-Lo sé, pero soy como mi abuela y mi padre liberal; apoyo el concepto de libertad para todas las mujeres y los hombres, sin importar el color de su piel o raza. Lo justo, Estefanía, es qué todo esclavo sea libre y qué su trabajo sea remunerado. -Aquella confesión despertó en mi admiración. Adrián era diferente.
-No tenía idea, sin embargo, me alegra saberlo y de una vez le digo que sí puedo colaborar en algo; no sé, si debo entregar las pocas joyas qué tengo lo haré con el mayor placer -le hice saber, y sus ojos mostraron ternura.
-Ya veo qué no solo eres bella por fuera, sino que también lo eres por dentro -bajé el rostro con pena y luego volví a situarme en el tema de los conocimientos para disimular mis nervios.
-Confieso que jamás tendré cómo pagarle todas las riquezas intelectuales qué ella me dio.
-También las musicales, tocas como un ángel. Mi abuela ha hecho de ti una muchacha culta, estuvo comentando con mucho orgullo qué hablas tres idiomas y qué has leído libros sobre diversos temas.
-Es cierto, ella ha hecho un excelente trabajo conmigo, ella quería que yo supiese de todo y lo qué ella no podía enseñarme, lo suplía mandando a traer tutores para que me instruyeran. Le confieso que mis libros favoritos son los cuentos que ella me regaló cuando era niña; esos cuentos los he compartido con muchos de estos niños, son tan pequeños y han pasado, por tanto, que siento que al leerle estas historias los introduzco dentro de un mundo fantástico, el que cada niño debe tener..., aunque sé que para los hijos de los esclavos, las fantasías y los sueños son deseos muy altos que pueden llevarlos a la muerte... -Adrián notó como mis facciones cambiaban, el tema de la esclavitud era un motivo qué acababa con mi entereza.
-No te pongas triste, tu cara es muy dulce para albergar la aflicción; estos son tiempos tumultuosos dónde la sociedad dicta un papel muy importante y qué, desgraciadamente, sus condiciones no son las más correctas, yo estoy totalmente de acuerdo contigo y te repito qué nunca apoyaré la esclavitud de los hombres; sin embargo, mi querida señorita, la esclavitud no solo radica en estos hombres y mujeres qué día a día trabajan para poder comer, también radica en nosotros, hombres y mujeres de sangre noble, somos esclavos de la sociedad qué nos dicta cómo debemos actuar o guiarnos en cada evento, incluso hasta a quien amar, ignorando lo qué nos grita nuestros propios sentimientos, hecho que nos vuelve fríos y marionetas: La sociedad nos infecta con sus reglas, volviéndonos esclavos de nuestras propias convicciones.
-Quizás tengas razón, pero también es verdad que el sufrimiento de ellos jamás se comparará con los nuestros, fíjese en mí, por ejemplo, yo a pesar de la buena educación, qué poseo y de los bellos vestidos, qué uso, sigo siendo señalada; sin embargo, eso no me ofende, todo lo contrario, me siento orgullosa de llevar la sangre de mi madre -Adrián me contempló, su mirada se volvió intensa causando qué una vez más el rubor pintara mis mejillas. En acto seguido tomó mi mano y la besó.
-Yo te apoyó, no tienes por qué sentir vergüenza, para mí existe una sola raza: la raza humana y en ella entramos todos.
-Y los indios también, porque muchos creen que ellos no tienen alma. He visto cómo los han asesinado y sus verdugos quedan en libertad -sentí un nudo en la garganta y a la vez impotencia.
-Estefanía, cuando digo que entramos todos, me refiero a ellos también, porque lo de separar las razas, de puras e impuras, para mí, son términos inventados por los opresores para dominar. Mi hermosa dama, no todos los ricos de cuna somos iguales -ahora era yo quien lo miraba con admiración y ternura.
-Espero que nunca oigan tu opinión -bromeé. Él soltó una carcajada.
-Me temo que si escucharan las voces de mi mente estaría ya en un calabozo condenado por traidor.
-Por favor, no declares eso -le pedí. Él volvió a sonreír.
-Mejor cambiemos de tema. ¿Te parece?
-Está bien - contesté a su propuesta.
-Mencióname, ¿cuáles son los idiomas que dominas?
-francés, italiano e inglés y por supuesto el español.
-Vaya, al parecer mi abuela te mantuvo bastante ocupada.
-Sí, bastante; siempre me dijo que quería que fuera una mujer preparada. Mi madrina es una mujer de temple de acero.
-Eso se ve por encima -declaró con admiración- ¿Sería mucho pedir qué me expresases algo en francés? -inquirió con una sonrisa que me derritió.
-Claro que sí; es más, será un placer qué me escuches y así me das tu opinión en torno al esfuerzo qué mi madrina hizo en mí -contesté. Pensé en una oración y se la mencioné en la lengua qué me pidió -"Quand la verité n'est pas libre, la liberté n'est pas vraie"
-"Cuando la verdad no es libre, la libertad no es verdadera" -me tradujo él.
-Ya observo qué no soy la única, qué habla otros idiomas -sonreí con picardía.
-Me temo que al igual que usted, mi querida dama, me mantuvieron muy ocupado ¡Pero vamos dígame más, por favor! -me pidió.
-Creo qué mejor cambiamos las reglas; esta vez usted me expresa la frase qué desee y yo se la traduzco.
-Maravilloso y justo -sus ojos brillaron.
-J´aíme vraiment, seulement je veux être avec toi, tú me faites rêver d'une manière speciale, Je pense que je suis tombé en amour avec vous despuis le premié jour que je t´ai vu -dijo la oración lentamente y en una pronunciación perfecta y profunda; entretanto, su mirada se tornó intensa. Yo sentí que mis piernas temblaron al traducir la oración en voz alta.
-"Me gustas mucho, solamente quiero estar contigo, tú me haces soñar de una manera especial... Creo que me enamoré de ti desde el primer día en que te vi" -luego de traducir la frase nuestros labios enmudecieron. Adrián quedó parado frente a mí, mientras los nervios se apoderaron de mi entereza.
-¿Lo hice bien? ¿Es la traducción correcta? -declaré en un hilo de voz, aunque sabía que lo había hecho bien.
-Mejor imposible -musitó, entonces nuevamente quedamos en silencio. Adrián comenzó a acortar la distancia... Aprecié su cara cerca de la mía... Mi respiración se tornó desbocada y sentí que mi corpiño me asfixiaba...
-¡Qué te dije Rodolfo, aquí están los muchachos! -la voz emocionada de mi madrina se coló en aquel momento mágico. Adrián se alejó de mí disimuladamente, mientras, yo traté de calmarme.
-¡Estás pálida muchacha! -expresó mi madrina al llegar cerca de mí.
-Son ideas suyas -respondí rápidamente tratando de disimular lo más que pude-. Quizás se debe a que no desayuné correctamente -agregué para no dar cabida a dudas. Ana Álamo era una mujer difícil de engañar. Ella me miró buscando en mis ojos un indicio que le contara o le diera alguna pista de lo que me sucedía realmente; luego, volteó hacia Rodolfo y Adrián que yacían a unos cuantos centímetros de nosotros viendo a una de las barracas, inspeccionando su estado. De pronto la mirada de Rodolfo sobre aquella barraca captó mi atención. La miraba con una especie de nostalgia y dolor... Mi madrina nuevamente giró a observarme; Adrián también lo hizo y me sonrió.
-Parece que le has caído de maravilla a mi nieto -declaró mi madrina, logrando que se me acelerara la respiración.
-Al parecer sí -respondí algo tímida.
-En el desayuno no hizo otra cosa que preguntarme por qué no te uniste a nosotros y fíjate, lo he encontrado aquí buscándote, sin embargo, fui yo quien le dijo que estabas en las barracas y no lo pensó dos veces para venir hasta donde estás. -Aquellas declaraciones no eran simples comentarios; a través de sus palabras me di cuenta qué algo sospechaba. Es verdad que ella me conocía muy bien, podía entrar en los recovecos de mi mente sin qué yo lo notase, pero era claro qué yo también la conocía muy bien a ella.
-¿Le preocupa algo, madrina? -me atreví a preguntarle. Por un momento se mantuvo en silencio, dubitativa; luego, me preguntó: -¿Cómo te cayó Adrián?
-Es un caballero muy amable y es diferente a su madre; se parece más al señor Rodolfo y apoya las ideas liberales al igual que usted -mis palabras la hicieron mostrar una sonrisa.
-Es verdad, su carácter es más parecido al de mi hijo, aunque ese físico al parecer es herencia de la familia de Elizabeth, sus rasgos son tan perfectos. No quiero decir que mi hijo no es atractivo porque claro que lo es... No obstante, Adrián tiene unos rasgos físicos que lo hace diferente, especial y por más que busco semejanzas en él con los rasgos de nuestra familia, no las encuentro. Es algo que no sé cómo explicar, la manera como sus ojos hablan... A través de ellos puedes leer lo que te declara su alma y cómo lo delatan... Esos ojos no saben mentir y cuando te miran hablan más de la cuenta -su voz volvió a enmudecer. Tomó una bocanada de aire y se dirigió a mí, sin tapujos.
-¿Hija mía, te gustó mi nieto Adrián? Por favor se sincera... ¿Te atrae cómo hombre? -sus preguntas me dejaron desprovista del habla y en sus ojos podía leer la tensión. ¿Era posible que para mi madrina yo sería una esposa poco adecuada para su nieto, a pesar de haberme criado ella con bases tan sólidas? No, eso no podía ser; algo dentro de mí me lo decía, ella siempre se molestaba conmigo cada vez que yo me refería a mí misma con inferioridad.
-Respóndeme, Estefanía -me presionó.
-No le puedo negar que es un hombre muy atractivo, cualquier mujer se voltearía a mirarlo, incluso usted misma lo ha mencionado... pero ¿Por qué me pregunta eso? ¿Acaso me he comportado incorrectamente? -la abordé rápidamente.
-No, muchacha, tu comportamiento es intachable, pero quiero advertirte, ya que es mi deber aconsejarte. Adrián es mi nieto y tú también lo eres, siempre lo has sido, ya sabes que te críe como tal; lo que pretendo decirte, Estefanía, es que tú debes de verlo solamente como hermano ¿Me entiendes? No quiero que caigas en sus galanteos si te aborda, quiero evitarte todo sufrimiento posible... -suspiró y continuó: -Enamorarte de él se traduciría en derramar lágrimas de sangre; tú y Adrián no pueden estar juntos -sus palabras me confundieron y no pude evitar sentir un dolor, un sentimiento que también era nuevo para mí, había sentido dolor en otras ocasiones, no obstante, nunca por el sentimiento llamado "amor": el amor de hombre y mujer. Aquellos alegatos fueron insuficientes para mí, jamás en mi vida le había replicado a mi madrina, pero en ese momento no me conformé. Quise saber por qué amarlo me era, estaba prohibido, a menos que fuera por la raza... Entonces, ¿cuál era el motivo mortal que nos separaba?
-Madrina, discúlpeme, usted me ha confundido. ¿Por qué me dice eso? ¿Por qué me menciona que no caiga en sus galanteos? Su nieto me ha tratado con respeto ¿Por qué no puedo amarlo? -volví a inquirir.
-Por la forma en la que él te ve, su interés por ti es más que evidente... Y porque tus ojos también se iluminan cuando lo nombro. Te he observado y he notado que Adrián tampoco te es indiferente -hizo una pausa y colocó su mano sobre mi hombro. -Cuando te digo que enamorarte de él está prohibido, es porque tengo mis razones, las cuales desgraciadamente aún no te las puedo revelar. Existen verdades que no me pertenecen completamente, también les pertenecen a otras personas y para ser declaradas necesito de sus aprobaciones, así que te suplico, hija mía: no construyas sueños y esperanzas en terrenos movedizos e imposibles. "Tal vez ella tenía razón" -pensé-, pero era demasiado tarde, yo jamás podría contemplar a aquel hombre con ojos de hermana, mucho menos sabiendo que yo no llevaba su misma sangre. Ella me lo pidió simbólicamente, por lo menos eso era lo que me dio a entender, no obstante, al interiorizarlo mi alma tembló...
Nuestra conversación se detuvo cuando los dos caballeros se unieron nuevamente a nosotras. Mi mente estaba dividida; una por la tristeza porque mi madrina me pidió que quisiera a Adrián como hermano... ¡Cómo si fuera tan fácil! ¡Yo no podía mandar en los sentimientos! Segundo, porque yo no era la única que notaba que Adrián se sentía atraído por mí. Al saber eso, sus advertencias pasaron a un segundo plano, aunque yo ya intuía que esos consejos y las advertencias que me dio mi madrina, tenían nombre y apellido y se llamaba Elizabeth Álamo Sifuentes.
-¿Ya le has dado las buenas noticias a Estefanía, madre? -dijo Rodolfo con emoción.
-Aún no, pero ya se las menciono -sonrío y giró a mí.
-Querida, este sábado que viene, vas a conocer cómo son las verdaderas fiestas en la familia Álamo, no como las pequeñas celebraciones que hemos hecho. Esta tarde iremos a la modista a mandarnos hacer vestidos nuevos; decidí celebrar mi cumpleaños por todo lo alto.
No pude evitar que la noticia me emocionara, aunque esa alegría no me duró mucho cuando recordé a la madre de Adrián y las recientes advertencias de mi madrina.
-¿Usted cree, madrina, que el vestido que desea para esa ocasión, lo tengan listo en tan poco tiempo?
-Claro que sí, mi niña, Leticia es como un hada madrina y no es un vestido, son dos vestidos -me aclaró.
-¡Por favor! Por mí no se moleste. Yo puedo ponerme cualquiera de los que tengo.
-¡Cómo te vas a poner cualquiera! ¡Absolutamente no! Hoy mismo vamos a la modista y escogemos la tela. ¡No faltaba más! -se quejó echándose aire con su abanico. Cuando iba a abrir mi boca para insistirle, Rodolfo se unió a apoyar a su madre y me dijo: -Estefanía, si mi madre quiere que tengas un vestido nuevo, yo la apoyo, déjala que lo haga, tú eres de la familia, que nunca se te olvide -sus palabras fueron cálidas, sin embargo, yo no quería que me vieran como una hija, mucho menos como la hermana de Adrián: un hermano simbólico que jamás se crio conmigo y al cual nunca querré como tal.
-Estefanía -esta vez intervino Adrián -mi abuela te adora. Eso lo nota cualquiera, así que disfruta y deja que ella lleve las riendas, recuerda que es un hueso duro de roer -sonrío y el corazón se me desbarató dentro del pecho. Traté de disimular mi mirada, pero los ojos de águila de mi madrina se posaron sobre mí y sobre él, al igual que los de su padre.
Horas más tarde.
Esa tarde y tal cual, como lo previó mi madrina, fuimos donde la modista. Doña Leticia era una de las costureras más respetadas de la región: una mujer que viajó mucho y sus gustos eran exquisitos. Ella traía las telas de París y sus obras de arte nada tenían que envidiar a los vestidos modernos de alta costura. La mujer nos recibió con amabilidad, nos invitó a tomar el té mientras mi madrina le explicaba cómo quería el traje. Leticia le mostró varios bocetos: vestidos realmente hermosos de la última moda europea. Yo me limité a ver, no intervine en la conversación. No obstante, aquella idea de mi madrina me calmó. Salir de la casa me permitió respirar; después de lo que mi madrina me dijo en las barracas, sentí una presión muy grande, comprobé que sería una tortura en adelante para mí cada vez que me cruzara con Adrián en la casa grande.
-¿Muchacha te has quedado sorda? -expresó mi madrina tocándome la mano.
-¿Qué pasó?... disculpen -manifesté con pena.
-Doña Leticia te está mostrando las telas para que escojas, ya yo escogí la mía -la mujer mantenía el brazo extendido hacia mí con varias muestras de seda en todos los colores. Su rostro manifestaba un poco de molestia por mi falta de interés.
-Este rojo vino es hermoso -declaré con un hilo de voz; mi madrina giró a verme con un dejo de preocupación.
-¿Hija, te sientes bien? Últimamente, te he sentido muy distraída y tú no eres así.
-Madrina, no se preocupe, solamente estoy un poco cansada, me levanté muy temprano y tenía un poco de jaqueca, pero se me está pasando.
-Disculpen qué las interrumpa -dijo la modista-. Si me permiten dar mi opinión, el rojo vino es muy hermoso; sin embargo, le recomiendo qué no sea todo de ese color, pienso que la parte del corpiño podría ser negro, con bordados del mismo color de la seda que usted escogió con detalles en pedrería.
-¡Me parece perfecto! -apoyó mi madrina -. No se mencione más, entonces se hará como sugieres querida Leticia -, las dos acordaron, luego volvió a contemplarme.
-Rojo vino es interesante -sonrió con picardía. Después la modista nos tomó las medidas a las dos. Ya de regreso a la casa le pregunté a mi madrina por qué no había invitado a la señora Elizabeth a que también fuera a la modista. Su respuesta no me sorprendió.
-Si lo hice, pero ella alegó que traía varios modelos exclusivos de las tiendas de Londres y París. Agregó que dudaba que la modista a dónde íbamos fuera capaz de llenar sus expectativas y de crear vestidos tan majestuosos como los que ella usaba... Sabes, muchas veces me he preguntado qué le habrá enamorado mi hijo de Elizabeth, siempre ha sido tan fría, calculadora, ve a las personas humildes como inferiores, únicamente se lleva bien con las personas que pertenecen a su círculo social, no se puede negar qué es una mujer hermosa, sin embargo, eso no es suficiente para despertar el amor en alguien. Gracias a Dios y pese a su forma de ser, Adrián dista mucho de ella; él es un muchacho muy complaciente. ¡Válgame Dios! La qué debe de estar sufriendo es Rosa -una risita burlona escapó de su boca.
-¿Por qué lo dice, madrina?
-Porque Elizabeth, al rechazar mi oferta de venir a la modista y recorrer la región, insistió en hacerse cargo de los preparativos de la fiesta y me pidió encarecidamente que no interviniera. Ella quiere dar las instrucciones de los platos que se servirán, la decoración, los vinos y hasta la música, ya la mujer está dejando relucir sus aires de ama y señora.
-¡Vaya! Va a tener bastante trabajo.
-A mí me pareció una fantástica idea, primero porque no se puede negar el gusto exquisito que tiene, segundo tiene buena fama y la han felicitado por su forma de planificar las veladas, y tercero porque así me la quito de encima y no tengo que soportar los aires de reina que la caracterizan -las dos nos reímos por el comentario.
-Lo mismo dijo ella de mí -manifesté de repente.
-¿Qué declaró de ti, hija? ¿Acaso ha osado en faltarte el respeto? Eso no...
-Madrina, cálmese -la interrumpí-. Lo que quiero expresar, es que ella antes de yo tocar el piano mencionó que tenía un oído nato para la música, y que ha escuchado muchas concertistas en París que tocaban como unas verdaderas diosas del Olimpo, insinuando que yo era solamente una simple aprendiz, una novata.
-Es cierto, lo recuerdo, pero la dejaste con la boca cerrada. Ella desgraciadamente ha sido muy presumida; aprovechando que estamos tocando el tema de mi nuera, quiero que trates de no cruzarte con ella cuando estés sola, por lo previamente expuesto no quiero que te haga una grosería en tu propia casa.
-Madrina gracias, no obstante, recuerde que ella es su nuera, la esposa de su hijo y madre de su nieto, es más familia suya así... -esta vez la interrumpida fui yo.
-No lo repitas, por favor, me hierve la sangre cada vez que dejas salir de tu boca esa clase de comentarios. ¿Cómo vas a decir qué no eres parte de mí si yo te crie? -sus palabras sonaron triste y decepcionadas por mi comentario.
-Por favor, madrina, discúlpeme, no era mi intención entristecerla, he sido una torpe; ya van varios comentarios de mi parte que la han hecho molestar...
Aquellos arranques de mi parte, dejando claro que la sangre no nos unía, se empezaron a manifestar con fuerza, desde que la magia de Adrián se posesionó de mí; por más que lo intentase, la estampa de aquel hombre me hechizó de una forma abrasadora; sentí que podía saber todo de él a través de sus ojos. Mi madrina lo describió perfectamente: poseía una mirada tan limpia que invitaba a conocerlo, lo que él era realmente: un hombre justo, ético, educado, decente, caballeroso, de corazón noble y con la fisionomía que toda mujer quisiera proteger...
A través de la ventana del carruaje, me quedé tranquila, contemplé el paisaje de las montañas que se extendía majestuosas frente a mis ojos. Mi madrina, como de costumbre, tejía sin importarle donde estuviese, daba rienda suelta a una de sus grandes pasiones: le encantaba tejer. Mientras, continué contemplando el paisaje, la imagen de Adrián volvió a colarse en mi cabeza como un fantasma, apoderándose de mi razón, despertando en mí sentimientos indómitos desconocidos para mí; me perturbaba su piel, su boca... Su aroma me volvía irracional y prueba de ello eran las respuestas que le di a mi madrina en torno a sus instintos maternales hacia mí. Esa actitud nunca fue propia de mi comportamiento. Pero me di cuenta de que, cuando estaba lejos de él, podía recuperar el control... Junto a él me resulta imposible.