Esto era absurdo desde cualquier punto de vista. No sabía qué era más sabio hacer o decir: «Sí, acepto» o irme corriendo de una vez por todas. Mi amigo estaba desquiciado,
claramente.
«¿Casarnos? ¿Él y yo? ¿Desde cuándo era una posibilidad?»
―¿Disculpa? ―Tenía que preguntar.
―Como me oyes, Teira, necesito que nos casemos, hay todo un plan perfecto detrás de mi propuesta ―explicó como si estuviera hablando de zanahorias en vez de un casorio 1 .
―De acuerdo, détente, no continúes diciendo tonterías. ―Lo detuve casi hiperventilando, todo lo que salía de su boca me parecía descabellado, sin duda alguna.
―¿Por qué actúas como si te estuviera pidiendo que asesináramos a mi tía Ruperta? ―me acusó con su alocada pregunta, observando mis ojos con demasiada calma, como si yo fuese la demente y él un simple ser razonable.
―La verdad es que estoy considerando el hecho de que estar encerrado tantos días en este despacho te está malogrando el cerebro, mi querido amigo ―afirmé, al mismo tiempo que me levanté de la silla que estaba frente a su escritorio.
―No comprendes ―intentó convencerme, pero lo interrumpí de inmediato.
―Lo que comprendo es que los dos somos amigos, no unos simples amantes empedernidamente enamorados que deciden fugarse a Las Vegas para que, Elvis-falso-Presley, oficie nuestra boda a las doce de la noche, ¡por Dios santo!
Dije todo aquello tan rápido que simplemente me hizo sentir como si me fuese a desmayar en cualquier momento, y con toda la razón del mundo, no podía mirarlo a la cara, porque entonces mi alma expresaría lo obvio hasta para un ciego; cualquiera que revisara mi pulso cada vez que estaba a metros de Killiam se daría cuenta de lo que en realidad acontecía en el fondo de mi corazón.
No era nada más atracción, su forma de ser me encantaba, todo él me encantaba.
―Calma, Teira, yo sé que somos muy buenos amigos y es por eso mismo que te hablo a ti de todo esto. Escucha por un momento, ya han pasado cinco meses desde mi regreso al pueblo y la rehabilitación terminó hace más de dos, mi representante exige que juegue este año sí o sí para las ligas mayores ¿sabes de qué estamos hablando, nena?
Claramente, él tenía un punto, y como lo explicó con tanta ansiedad dejó en evidencia lo que realmente me estaba pidiendo, era un compromiso muy fuerte con partes del contrato que aún desconocía.
Los dos nos quedamos en silencio, más que todo para entender a lo que él quería que yo me enfrentara, la propuesta en sí era una estrategia de publicidad oculta, todo se redujo a un estúpido pasado, a una vida que había quedado en escombros para Killiam, quien me miró cuál cordero degollado a la espera de una respuesta conforme a su petición.
No entendí muy bien lo de la propuesta de matrimonio, pero sí entendí que el hombre no deseaba pasar por el escrutinio de los paparazzi y sus miles de preguntas sobre la joven promesa del fútbol americano, es decir, sobre él mismo. Killiam había pausado su carreraantes de que algún equipo importante lo tomase en cuenta y todo por culpa de una mujer sin escrúpulos que había dejado su corazón hecho trizas en tan solo pocos segundos.
Aquella parte de su vida era todo un fracaso para sí mismo, muchos periódicos recordaban el hecho como una burla y luego añadan la lesión física que tuvo en uno de los juegos en los que debutaba por primera vez, eso lo dejó peor de lo que estaba.
«¡Puf!»
Después de esa serie de tragedias todos pensaron que el joven estrella del fútbol no se recuperaría para nada y hasta el mismo Killiam desconfió de su recuperación, por tan solo el simple motivo de sentirse lastimado, y no nada más de forma exterior, sino también interna.
Definitivamente, él tenía un punto a su favor.
Como pude, respiré profundo y cerré los ojos, derrotada, era una estúpida por aceptar su propuesta, pero en el fondo algo me decía que si no lo hacía me arrepentiría por no apoyar su locura.
Me arrepentiría por no darle la mano a mi mejor amigo.
―Solo quiero confirmar algo muy importante ―dije después de unos minutos sin hablar, nuestras miradas estaban conectadas en aquella oficina descuidada―. Siendo más fácil buscar a alguna de esas chicas famosas que solías conocer en Nueva York ¿por qué yo?
Sabía con antelación que su respuesta no implicaría nada del otro mundo más que el sencillo hecho de ser "amigos", pero de todas formas algo en mí esperaba que dijese otra cosa. Algo en lo profundo de mi corazón quería mantener la esperanza de que algún día tendría el coraje suficiente para explicar que yo sí estaba perdidamente enamorada.
―Te elijo a ti porque eres la única persona capaz de no juzgarme, solo tú sabes lo mal que la pasé todo este tiempo, no quiero regresar y ver cómo todos los noticieros apuntan hacia mí y se meten en mi vida sin permiso.
Pareció un hombre sincero, pero en el fondo sabía que solo era una fachada, así que lo dejé pasar y me centré en hacerle saber mi lado en este juego.
―No dejes que sus horribles comentarios te afecten, los que de verdad te conocen saben qué clase de persona eres, yo sé qué clase de hombre eres y lo que vales, que una batalla perdida no te detenga.
La determinación en cada una de mis palabras logró hacerme sentir un poco más valiente, si la loca idea se trataba de tener un poco más de coraje para apoyarlo y ser fuerte por él, lo haría gustosa una y otra vez. La prensa llegaría en el momento menos esperado y él no debía dar explicaciones demás debido a la ausencia en su carrera profesional.
―Sabes que no es fácil, por eso quiero fingir que estamos casados ―insistió, sacándome de mis delirios―. Así nadie se fijará en mis fracasos.
Escuché sus palabras, observando sus labios con detenimiento en cada sílaba y sentí cómo una simple palabra me lastimó en lo más profundo de mi corazón ilusionado.
«Fingir»
Fingir, como si el amor que sentía por él fuera una farsa, como si no me importara el hecho de ser su esposa o formar parte de su vida siendo más que su simple mejor amiga.
Fingir, ese era el trato, al parecer.
―¿Estás seguro de que eso es lo correcto? ―pregunté temerosa, ya que me estaba metiendo en un gran lío.
Killiam, con su altura prominente y su cara de niño esperanzado, caminó hasta el otro lado de su escritorio, hasta estar frente a mí, tomó mis manos entre las suyas de forma delicada y las apretó, depositando toda su fe en ese simple gesto, luego prosiguió con un abrazo, dejándome paralizada.
―Vas a ver que todo será perfecto, nadie se dará cuenta ―dijo, susurrando en mi oído a duras penas.
Mi mente y mi corazón recibieron el abrazo y entraron en disputa para no aceptar esa propuesta inconclusa. Mi mejor amigo buscaba una novia falsa y yo... yo buscaba el amor correspondido, buscaba entender por qué me había quedado tanto tiempo en este pueblo en vez de dejar todo el pasado atrás.
―Está bien ―acepté a medias, con mi cabeza reposando en su pecho―, pero debe haber condiciones ―agregué de inmediato, porque si de algo estaba segura era de que no quería que se aprovechara de la situación.
―Sabía que no podía cantar ¡victoria!
―Sí o sí debe haber condiciones ―recalqué para que no se confiara.
―Como tú digas, jefa ―aceptó separándose de mí para ponerse firme con una señal
militar.
«Hablando de guerras avisadas...»
―Entonces... ―dije, como quien no quiere la cosa.
―Será un matrimonio falso perfecto, nena.
«O un matrimonio de pesadillas para mí»
1 Casamiento hecho sin juicio ni consideración, o de poco lujo.
Un trato se compone de reglas básicas entre dos partes interesadas que buscan un buen resultado para sus propios beneficios, pero, si las dos partes están en conflicto, ¿qué viene a ser el supuesto acuerdo?
Killiam llevaba al menos dos semanas y tres días intentando negociar los términos de nuestro matrimonio falso, pero cuando mi amigo decía que sí, yo iba más atrás y decía que no.
―Lo ideal es hacerlo público frente a las cámaras ―dijo cuando iniciamos la tercera semana, su sonrisa de oreja a oreja, como si la idea de ser la comidilla de miles de revistas fuera la solución a nuestros problemas.
―¡Claro! Hacerlo público y que toda mi familia se entere, incluida la tuya, ese cuento no se lo creerá nadie, si apenas nos volvimos a reencontrar hace cinco meses.
―Tienes razón ―admitió resignado, después de horas de llevarme la contraria en el asunto.
Aquel momento de frustración de su parte fue la oportunidad perfecta para empezar con mi plan. No se vería sospechoso, pues la mayoría del tiempo en que habíamos vuelto a tener contacto, él prácticamente hacía estas cosas.
―Pienso que debe ser algo casual. Empieza por buscarme en el trabajo y luego pasas algún día sin ningún motivo para salir ―expuse mi gran idea―. Todo eso hasta que se termine el mes en el que se supone lanzaremos la bomba de que me casaré contigo en la Gran Manzana.
―¡Por supuesto! Además, no se verá sospechoso, ya que llevamos saliendo a todos lados desde que me acompañas a mis terapias, nadie pensará que es falso ―añadió Kill, ahora sí convencido de que mi súper idea era mejor para cerrar el acuerdo.
―Todo esto teniendo en cuenta de que me vas a prometer por lo que más quieres en este mundo, que nadie, y en esto estoy hablando sumamente en serio, Killiam Hasting―lo acusé con un dedo―, a nadie se lo vas a decir.
Básicamente esa era una de las partes del trato que más me importaba, no quería quede la noche a la mañana mis padres vieran la clase de mentirosa en la que se había convertido su hija solo por seguirle el juego a su amiguito.
―Prometo que no le diré a nadie, nena ―profesó Killiam, mirándome con la misma cantidad de seriedad, ahí fue donde pude asentir con tranquilidad.
Por cualquier lado que se mirase seguía siendo un plan descabellado, pero sabía que el arrepentimiento era el que tomaba el papel principal en todo este asunto, así que confié en su palabra y por un rato más continuamos discutiendo los detalles
.
El verdadero flirteo iniciaría mañana por la tarde, donde él pasaría a recogerme al colegio en el que yo trabajaba, luego iríamos a la feria que realiza la junta comunal todos los viernes por la noche. Esa noche del jueves nos despedimos con un abrazo y una vez fuera de la oficina de Kill cada quien se fue por su lado, cosa súper graciosa, porque nuestras casas quedaban una frente a la otra.
Solo una acera nos separaba.
Dejé atrás a mi amigo y me dispuse a abrir la puerta de la casa de mis padres, inmediatamente sentí el olor inigualable de la cena de mamá. Coloqué mis cosas en la mesa del living y caminé sonriente hasta donde se cocía el olor sabroso del cordero al horno de mi progenitora. No hice gran escándalo sobre mi llegada, pues seguro mis padres me habían escuchado abrir la puerta; pasé por el sillón donde mi papá estaba
viendo su juego favorito en la televisión y besé su coronilla con cariño.
―Oye, creí ver al chico Hasting pasear estos días contigo ―puntualizó mi padre sin
despegar la vista del juego en pantalla.
Lo miré de reojo sin decir nada al respecto, conocía mucho al señor, que es una de las personas que más quiero en el planeta entero y sabía que sería muy difícil hacerle creer todo lo que supuestamente Kill y yo habíamos decidido hacer. Obviamente, mi padre tenía conocimiento de mi enamoramiento, pero también era obvio que yo no era correspondida, lo cual lo hacía más difícil. Tenía que actuar de forma creíble.
―Sí, queremos pasar juntos el mayor tiempo posible, pronto regresará a Nueva York.-Dejé caer la trampa y raramente se creyó todo.
―Es bueno que pasen tiempo juntos, pequeña ―dijo despegando la vista del juego que estaba por culminar―. Significa que el muchacho se ha dado cuenta de lo valiosa que es tu compañía.
La sonrisa de mi padre se extendió por todo su rostro al decir aquellas dulces palabras, haciéndome sentir la peor hija del mundo.
―Tenía que darse cuenta tarde o temprano, mi niña ―secundó mi madre, que venía saliendo de la cocina con su delantal de cuadros rojos y blancos bien sujeto a la cintura―. Estoy segura de que muy pronto te pedirá una cita.
Su manera alegre de pronunciar tal evento solo me causó náuseas repentinas.
―¡Oh, chicos, no inventen! ―exclamé tratando de restarle importancia, mis padres siempre me recordaban cuánto babeaba por mi mejor amigo―, solo nos reunimos como siempre para sus terapias, puede que a mí me guste su compañía ―les recordé―. Pero Killiam está por irse de nuevo a su mundo de jugador estrella y yo pasaré a la historia en cuestión de horas.
Los dos me observaron con una sonrisa un poco lastimera. Sabían de lo mucho que había reprimido mis sentimientos desde que regresé al pueblo a visitarlos, en un principio se suponía que serían solo dos semanas de vacaciones y ya se había convertido en mucho más tiempo del estimado, me había establecido aquí en el pueblo sin fecha de retorno.
Sacudí la cabeza al recordar al culpable de mi estancia en el sitio y traté de concentrarme en la cena con mis padres, que en seguida se sentaron a la mesa a degustar los divinos manjares de mi súper mamá. Mientras revolvía la comida entendí que en realidad no estaba siendo sincera con mis propios sentimientos, Kill podía no darse cuenta de lo que de verdad sentía por él, sin embargo, era porque traía puesta una venda
imposible de retirar o porque yo también había esquivado toda oportunidad de declararme. Además, estaba el hecho de que los dos seguíamos atados a los fantasmas del pasado. Principalmente él.
Inclusive, el día de nuestro encuentro, a simple vista pareció un chiste de mal gusto del destino; yo estaba en el terminal camino a Nueva York, lista para hacer escala en el aeropuerto hacia Chicago, porque ese se había convertido en mi hogar por un tiempo indefinido. De repente, y como por arte de magia, venía bajando Killiam del autobús con dos muletas a su costado y una expresión de tristeza absoluta como compañía.
En ese punto de nuestras vidas, ambos nos habíamos convertido en dos completos desconocidos que no sabían ni como dar inicio a una sencilla conversación, solo recuerdo vagamente que me pidió ayuda para llegar a su casa y yo acepté, dejándome llevar por su cara de perro atropellado. Lo demás se fue dando hasta llegar a lo impensable...
Matrimonio falso.
Novia falsa.
Mientras escarbaba mi lasaña con desánimo traté de aplacar esa vocecita en mi cabeza que me decía que todo era una locura, esa no era para nada la manera en la que imaginé estar a su lado, nada de lo que mi mente pensaba incansablemente me dejaba pasar bocado, así que, para no alzar sospechas entre mis padres, dije que ya había cenado con Killiam y que deseaba retirarme a mi habitación cuanto antes. Como buena hija esperé educadamente a que los dos terminarán su cena y luego de ayudar a mi madre a recoger
todo de la mesa me fui a mi cuarto, completamente distraída de mi entorno.
Llena de ansiedad y nerviosismo encendí las luces y abrí un poco las cortinas del lugar para que corriera el aire, en esta época del año empezaba a hacer un poco de calor en esta zona del pueblo. Del otro lado, justo enfrente de mi cuadriculada ventana, estaba la habitación de mi amigo, las luces estaban encendidas y el dueño del lugar sostenía una nota que decía:
¿Cita?
Mañana a las cinco de la tarde paso por ti, hermosa.
El hecho tan bobo me hizo sonreír un poco a pesar de la preocupación, pues anteriormente habíamos quedado en que todo se daría de forma paulatina y casual. Su cortesía me estremeció el cuerpo, pero busqué de inmediato cómo responderle. Agarré una pizarra que usaba de pequeña para hacer esta clase de cursilerías y escribí:
No queda de otra, nos vemos mañana a las cinco, Hasting.
Y él respondió:
Nos vemos mañana, nena.
Hice un ademán de despedida con mi mano izquierda y me quité de la ventana antes de siquiera intentar decir otra cosa, aquella forma tan dulce de hacer la propuesta más difícil solo me hería muy profundo, claro está que no debía enojarme, ahora los dos habíamos crecido y no éramos los mismos adolescentes hormonales.
Me recosté en mi vieja cama con el corazón latiendo de prisa. Nunca pensé que amar a alguien sería tan difícil, incluso había llegado a pensar que después de tantos años lejos cualquier sentimiento se había anulado. Después de todo, Killiam siempre me había dejado tan claro como el agua que era un imposible para mí.
La chica inocente que se ilusionó de ese joven que era tan amable y coqueto no lo entendió al principio, pero la mujer adulta de soy hoy, solo reafirma una cosa en particular: lo amo, sí, además admiro la forma apasionada en la que dicho galán me cuenta sus metas y proyectos, su parte audaz y alegre es lo que me mantiene prendada.
Él se ha convertido en un caballero de enormes sentimientos con el cual puedo conversar por horas sin cansarme, tiene aspiraciones más grandes que solo ser un jugador profesional, y por sobre todas las cosas, protege a sus seres queridos a capa y espada, su familia lo es todo para él, y obviamente, aparte de que es apuesto, es inteligente.
Desde muy joven, Killiam trazó un plan maestro para poder culminar sus estudios de forma rápida, quería graduarse con honores en la carrera de derecho, también se esforzó al máximo en su carrera deportiva. Los méritos llegaban uno detrás de otro y eso me pudo haber causado admiración como mejor amiga, pero ahí ocurría algo más, porque cuando tenía toda su presencia frente a mis sentidos... ¡Diablos! Mis latidos se podían escuchar a miles de kilómetros. Todos eran capaces de oírme, todos menos él.
«¿Kill también notará mis atributos como mujer y profesional?» Porque tengo un montón de ellos, todos heredados de mi estadía en Chicago, de la cual Killiam no tiene conocimiento alguno.
Cerré los ojos poco a poco, recordando por qué esta parte no la sabía mi amigo, y di con el justo y preciso momento...
Recordé tener al menos unos dieciocho años cuando intenté ser completamente franca con lo que sentía, sin embargo, Killiam se me adelantó y en el momento menos pensado me salió con el cuento de que una chica se había adueñado de su corazón y yo no tenía derecho para reclamar eso.
La inocente Teira que era antes, quedó desilusionada en ese instante de su vida y decidió que, en vez de repartir los pedazos de su corazón roto, se largaría cuanto antes hacia su futuro. También recuerdo claramente haberlo felicitado con una sonrisa de oreja a oreja y le dije que me iría a Chicago en menos de una semana, él se extrañó un poco, pero como andaba idiotizado e ilusionado, lo dejó pasar, me dejó pasar.
El primer semestre de mi carrera lo hice en una nueva ciudad y me enfoqué en ser la mejor en todo, una parte de mí que no estaba conforme con haber sido enviada a la zona de amigos, quería asegurarse de que, si Killiam preguntase por mí, le dijeran, ¡ella es una mujer de éxito!
Con el pasar del segundo semestre el enfocarme en mí desvió cualquier intención de estar cerca de mi ex mejor amigo, a tal punto de que solo volví a saber de él al año siguiente, cuando su mamá falleció. En esas fechas estuve en el pueblo donde crecí por las fiestas decembrinas. La familia Hasting había perdido a uno de los integrantes más importantes de su vida y justo ese día que yo llegaba a mi casa, mis padres me dieron la
noticia de que iban camino al funeral de la señora Talulah.
Sé que ese día le di el pésame al señor Kevin, padre de mis dos amigos mellizos de infancia, Killiam y Lucia, pero hasta ahí; no me topé en ningún momento con él, que al parecer seguía eclipsado por la chica de sus sueños.
Kelly era el diablo vestido de ángel y la razón por la cual no fuimos amigos en un buen período.
Ese último recuerdo me trajo de nuevo al presente, siendo su nombre lo que me amargó la noche. Él aún la amaba, incluso después de que lo abandonó como un perro sucio en pleno día de su casamiento.
Sabía que este teatro de novios falsos tenía que ver con ella. ¿Acaso eso no debería servir para darme un tortazo con mi verdadera realidad?
Debería, pero ya había aceptado.
El día siguiente había llegado demasiado pronto para mi gusto.
Abrí los ojos despacio, sintiendo el cansancio de mi mente y la flojera de ir a trabajar.
Estiré el cuerpo sobre la mullida cama y en pocos segundos ya me estaba quitando la ropa para darme una merecida ducha. Pensé seriamente en llamar y decir que había cogido la gripe solo para no asistir, pero luego recordé que yo era la coordinadora y que ante todo debía dar el ejemplo. Además, Killiam pasaría por mí al terminar mi horario laboral, por lo que organicé todo en menor tiempo y en veinte minutos estaba lista, peinada y uniformada para salir hacia el trabajo.
El colegio quedaba relativamente cerca de casa de mis padres, muchos de los niños iban caminando colina abajo sin problema; en menos de diez minutos estaba frente al estacionamiento principal de la institución. Algunos de los estudiantes me saludaron con una sonrisa amable, a pesar de que yo tenía el segundo cargo de mayor rango, no era una coordinadora a la que se le temiera, ellos me respetaban y de manera gustosa me demostraban un lindo aprecio.
Al llegar al pueblo, tiempo atrás, pensé que se me haría cuesta arriba desenvolverme en mi profesión, estaba muy acostumbrada a mis actividades en Chicago y con todas las malas experiencias que me había llevado a los dieciocho años, la idea de volver nunca me resultó del todo cómoda, hasta que de pronto este trabajo apareció. Disfruto enseñando y dándole mis conocimientos a los más pequeños de la casa, el colegio era mi refugio, había sido el remedio perfecto para sanar por completo mi corazón herido y hasta el día de hoy
es el lugar en el que más tiempo me la paso, claro está, todo eso antes de volver a encontrarme con Killiam, pero bueno, ese es otro cuento.
Me enfoco en las tareas pautadas y pronto me veo enfrascada por completo en mi trabajo; sabía que no podía dejarme perturbar por mis ideas.
El tiempo pasó en un dos por tres, cuando la jornada estudiantil culminó, mi reloj marcaba las cuatro y media de la tarde. Antes de retirarme realicé un breve recorrido por los pasillos de la institución para verificar que todo estaba en orden y al terminar el recorrido regresé a mi oficina para finiquitar los últimos detalles de mis informes escolares.
Mi celular sonó con un mensaje entrante, que seguramente era de Kill, y en efecto, cuando deslicé mis dedos por la pantalla, apareció su texto donde me aclaraba que ya estaba afuera de las instalaciones, esperando por mí.
Las manos me empezaron a sudar repentinamente.
―Querida, hay un papacito que pregunta por ti en la entrada ―comentó Dulce en tono jocoso, quien se había asomado un poco por la puerta de mi oficina. Ella era una de las maestras de quinto grado y una de mis compañeras más cercanas.
Le sonreí, negando divertida por sus palabras, no debía dejar en evidencia mis ganas de verlo otra vez, así que, con parsimonia recogí mis pertenencias, apagué todo en mi oficina y cerré con llave, encontrándome con Dulce afuera.
―Si es un papacito, ¿por qué no lo invitaste a pasar? ―cuestioné siguiéndole el juego, con ella detrás de mí.
―¡Querida, ese tipo de hombres suculentos no se fijan en cualquier mujer! ―exclamó con su tenue acento provinciano, haciéndome reír mucho más.
―Le puedo dar tu número, si le hablo bien de ti hasta se interesa ―bromeé un poco más y ambas nos matamos de la risa ante mis palabras.
Dulce estaba felizmente casada desde hacía mucho tiempo y conocía a Killiam desde la secundaria, ese tipo de chistes privados sobre el físico de mi amigo ya se había vuelto una costumbre desde el momento en que empezó a pasar por mí diariamente.
―Disfruta mucho, Ter.
―Nos vemos temprano el lunes, mi linda Dulce.
Me despedí en la entrada con un beso y un abrazo, antes de que se le ocurriera decir otra barbaridad con Killiam tan cerca. No obstante...
―¡Hasta luego, tortolitos, nos vemos esta noche en la feria! ―gritó a todo pulmón mi compañera, logrando que el chico a pocos pasos de mí se riera también. Estaba acostumbrado a la forma en que Dulce se refería a los dos, a pesar de que para él solo era un juego.
Caminé hasta donde se hallaba estacionado su coche y lo saludé con un abrazo, como era habitual.
―Te ves muy bella, nena ―me elogió.
―¡Ay, vamos Hasting! No intentes esa clase de piropos conmigo ―lo regañé un poco ruborizada.
Sinceramente no había nada del otro mundo en mi atuendo, era solo mi uniforme, una falda gris ajustada hasta la cintura con una blusa azul turquesa, todo eso a juego con mis ojos claros y mi cabello rizado.
―No son simples piropos, señorita coordinadora ―dijo mientras guardaba mis cosas en el maletero del carro.
―¿Soy una bomba llena de sensualidad, señor jugador estrella? ―pregunté una vez que estuvimos dentro del automóvil, uniéndome a sus chistes.
―¡Oh, hermosa! Esas clases de Pilates están haciendo efecto, tenlo por seguro―respondió burlón, sabiendo que mis mejillas se colorearían de un rojo intenso.
Golpeé su brazo con un poco de fuerza y en pocos segundos los dos estábamos riendo. El hecho de que se fijase en esos simples detalles me hacía sentir como en una cita de verdad, si es que se le podía llamar así, dado que el trayecto era como siempre, una conversación sin espacios incómodos y con los típicos cuentos sobre nuestro día.
Cuando llegamos a la feria ya había oscurecido un poco y el cielo estaba amenizado con los colores vivos de las atracciones del parque. Una carpa inmensa se alzaba sobre nuestras cabezas, adornada con guirnaldas en las que se avistaban luces brillantes de color amarillo; en el camino había una variedad de puestos de comida rápida y los infaltables: palomitas de maíz y algodón de azúcar.
―¿A dónde quieres ir primero? ―escuché, Killiam me estaba dejando elegir sin soltar mi mano, la había cogido desde el primer minuto en que bajamos del automóvil.
―A leguas se nota que quieres ir a la estación de tiros, pero el viernes pasado fuimos como ocho veces ―recordé, viendo su puchero por querer ir de nuevo a la misma estación―, esta vez iremos primero al trompo girador ―reté a mi amigo con una ceja alzada.
Kill no era fan de ese tipo de juegos donde terminas con el almuerzo revuelto en el estómago, pero si yo quería subsistir a esta primera cita, debía encender bien los motores con algo que liberara todos los nervios y se los llevara lejos.