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SERÉ SUYA DOCTOR

SERÉ SUYA DOCTOR

Autor: : Librosromanticos
Género: Romance
Un Millonario irresistible. Una chica atrevida y rebelde. Ariadna, es atraída por un hombre millonario y cirujano mayor que ella, Tiziano Parravicini; asi que decide darle su inocencia, pero es rechazada por él. Pero un día, desafiando las órdenes de sus padres, la joven decide irse de casa y Tiziano le ofrece quedarse en su lujoso piso a cambio de pasar la noche juntos, las veces que él desee. Ariadna se encuentra ahora en una encrucijada entre su deseo de independencia y su atracción por Tiziano. Ella cruzó su propio límite al posarse al pie de un abismo en el que cayó inevitablemente en los brazos de una deliciosa adicción: Tiziano Parravicini.

Capítulo 1 No.1

Ariadna disfrutaba del sol en su balcón, bebiendo un exótico cóctel, supuestamente sin una gota de alcohol, sin preocuparse por la regla de su madre.

"No te atrevas a embriagarte, jovencita", le había dicho su madre.

Ella revoloteó los ojos, sin importarle la advertencia. Su madre misma se drogaba con las dosis ilegales que le suministraba su doctor, mientras mantenía una fachada de perfección. Evangelini era una mujer infeliz, atrapada en sus malas decisiones y adicciones.

Ariadna admiraba la vista desde su balcón, agradecida por la vida privilegiada que llevaba. Aunque Las Vegas era fabulosa, extrañaba su hogar en New York y la facilidad con la que podía cumplir sus caprichos gracias a la servidumbre.

La joven se planteó encontrar una forma de escapar de la vigilancia de los dos fornidos guardaespaldas que su padrastro había contratado. Quería explorar los lugares de la ciudad y perderse en la noche de Las Vegas, pero se sentía atrapada por las restricciones impuestas en su entorno.

Una llamada de su amiga Carrie la sacó de sus pensamientos. Carrie le recordó sobre una situación incómoda que habían vivido juntas meses atrás, cuando la descubrió besándose con Caden, el hermano mayor de Carrie. A pesar de la advertencia de Carrie de portarse bien, Ariadna seguía deseando vivir la vida y experimentar.

Después de hablar con Carrie, Ariadna intentó idear un plan para escapar, pero la falta de ideas claras la llevó a ocuparse en la tarea que su amiga le había pasado. Sin embargo, su apetito la distrajo y se preparó unos emparedados antes de regresar a su habitación.

Mientras comía, se dio cuenta de la hora y decidió retomar la tarea. A pesar de su intento por escapar de la rutina y la vigilancia, Ariadna seguía sintiéndose atrapada en un mundo que no le permitía ser libre.

***

Se puso a pensar en lo que hacía su madre, todavía no había regresado de su día de compras por las calles de Los Ángeles, despilfarrando el dinero de su marido en banalidades de las que se aburría rápidamente. La consideraba una compradora compulsiva, un problema adicional.

Ni siquiera se acordaba de ella, ni le traía recuerdos de sus viajes fuera de la ciudad. Riccardo, su esposo, la tomaba más en cuenta que ella. A pesar de eso, Ariadna no sentía afecto por el italiano, ni quería verlo como una figura paterna para reemplazar a su difunto padre biológico, Zeth Metaxàs.

Su vida no había sido fácil, y su actitud complicaba las cosas aún más. Además, estaba lidiando con la hija mimada y problemática de su padrastro, Regina Valentini, y con la madre de esta, Camelia, que era todo un desafío.

Después de terminar la tarea que tanto le costaba, Ariadna decidió relajarse con una copa de vino. Estaba pensando en cómo lograr su escapada cuando se quedó dormida escuchando música en su iPad.

Despertó de noche, se dio un relajante baño y se vistió cómoda antes de dirigirse a la cocina, donde se encontró con un desconocido. Sorprendida, le preguntó quién era, y el hombre se presentó como Tiziano Parravicini. Ariadna, desconcertada por su presencia, se sintió atraída por su voz sensual y su mirada profunda.

Tiziano, al ver a Ariadna, pensó que era solo una adolescente, pero sintió una atracción hacia ella. A pesar de que parecía una chica recatada, la encuentró irresistible.

- Tiziano Parravicini, ¿cómo te llamas, preciosa? - dijo con tono seductor.

- Ariadna... - respondió ella tímidamente.

- Es un placer conocerte, Ariadna -volvió a pronunciar su nombre, provocando un escalofrío en ella.

A pesar de que parecía una niña buena, Tiziano se sintió atraído por Ariadna y se preguntó si podría conquistarla.

Capítulo 2 No.2

Era otra inexperta, que no se imaginaba lo que su cabeza ya se imaginaba con ella protagonista de una naciente fantasía, que surgió en cuanto la miró a sus ojos grises.

La cena avanzó con miradas compartidas, enigmáticas, y alguna que otra que no dejaba nada a la imaginación. Ariadna no podía creer la osadía de su madre al invitar a un doctor adonde se estaban quedando, tampoco sabía con qué objetivo lo hizo. Hasta que a mitad de la comida, fue la misma Evangelini la que sacó el asunto de la cirugía, quería un aumento de senos. Lo entendió todo. Al tiempo que vio innecesario traerlo con ella. El cirujano era amigo de Riccardo, por lo que no le sorprendió que este accediera a venirse con su madre.

Tarde se apareció el mismo Riccardo, sin molestarle ver a su cercano amigo ahí. Lo de la operación ya lo sabía, la única no al corriente era la muchacha. Al final los hombres se quedaron platicando de asuntos, a su parecer, irrelevantes. Su madre hace mucho que se había ido a la cama. Pero ella permaneció cerca.

Se sostuvieron las miradas cada cierto tiempo, quemaba, sus pupilas la volvieron cenizas, y aún no llegaban a ese punto de ebullición donde el roce, los besos, y finalmente el placer derretían a dos cuerpos.

Una semana después...

Tiziano llegó al hospital, casi a zancadas atravesó el pasillo, en el camino fue interceptado por la señorita Bunderland. Como siempre apretando contra su pecho una que otra carpeta, el historial médico de algún paciente, o donde tenía los pendientes marcados del cirujano.

-Buenos días, doctor. Que bueno saber que ha llegado, ya tiene una hora en su oficina la señorita Mía, le dije que no podía entrar, pero sabe como es su novia.

-¿Qué? No sé qué rayos hace aquí, es que, ¿no le quedó claro que terminamos? -inquirió enfadado.

Su asistente lo miró sin decir o saber qué hacer. La verdad no sabía que Carduccio y él terminaron. De seguro se cansó de esa molesta manipuladora, berrinchuda y altiva mujer. En todo caso, motivos sobraban para la ruptura de la que ahora se puso al corriente.

-¿Puedes dictarme mis pendientes? -cambió de tema, dando un largo suspiro.

-De acuerdo -empezó a correr la vista sobre el papel, donde todo estaba anotado -. Dos cirugías, una a las diez de la mañana, la otra a las tres de la tarde, además le toca hacer guardia esta noche.

-Entonces será un día largo.

-Así es, será otro agotador día, doctor.

-Bien, gracias. Ahora debo encargarme de otro asunto -mencionó refiriéndose a la italiana que no quería dejarlo ni a sol ni a sombra.

-Sí claro, con permiso -le regaló una amable sonrisa antes de partir de ahí.

Tiziano resopló. Lo más pronto se encaminó a su oficina, al ingresar su chillona voz opacó el silencio, sin verlo venir, ya lo tenía como koala en su cuello. Esos delgados brazos pálidos estaban rodeándolo. Su exagerado perfume, que casi repugnaba, lo ofuscó. No, definitivamente no sentía nada por ella. Hace tanto que dejó de interesarle, pero siguió con la relación, fingiendo que cada noche tenerla a su lado era una agradable compañía, se engañó a sí mismo inventando que aquellos labios rojos le apetecían, hasta que se cansó y la dejó. Mía no se resignó, para muestra un botón, ahí estaba con la poca dignidad que le quedaba, rogando con sus coqueteos.

Y esa vez tampoco funcionó.

-¿Qué crees que haces, eh? -espetó rabioso, quitándose de encima de forma abrupta el contacto con la fémina.

***

No encontró la razón por la que sus pensamientos se vieron direccionados a la bonita joven de lindos ojos grises, esos que se clavaron en él con timidez. Lo atrajo, lo envolvió, ahora necesitaba saber más de ella, nada más desistió al saberla en el circulo familiar de ese intimo amigo suyo, Riccardo Valentini. Es que si no fuera su hijastra, ya tuviera planes de conquista con ella, incluso alguna habitación lujosa de hotel reservada.

Encima, era probable volver a verla, porque su madre Evangelini, deseaba hacerse una cirugía. La cita con la señora Valentini se consignó para el viernes. Debía mantenerse al margen, romper la necesidad, deshacer el fuego en su cuerpo al evocarla, pero acabar calcinado resultó ser una atracción irrefutable, que de presentarse la disposición de su parte, no pensaría dos veces.

...

Se paseó por todo el salón principal sin despegar la vista de su móvil, como cada día, tampoco tenía intenciones de hacer mucho ese martes. Se carcajeó con un gracioso vídeo de un gatito, y se aburrió al rato, suspirando con pesadez. Revisando la galería de su teléfono, se encontró varias fotos de Tiziano.

El restó de su estadía en Los Ángeles no lo dejó de pensar, devuelta a New York, seguía con su imagen grabada a fuego en la memoria.

Nada cambió en el vuelo.

No retrocedió, no se alejó del peligro que emanaba él. Lo quería cerca, teniendo que hacer planes de seducción. Ariadna no se resistió a la idea, una locura perfecta, infalible. Era una chica de riesgos, y aquella rebasaba la cordura, iba más allá de su arraigada rebeldía. Estaba segura de que no fallaría en el intento, convencida de lograr meterse en la cama de un hombre mayor, encima el cirujano plástico más importante del país.

Volvió a mirar las fotos en el teléfono.

Se tiró en el sofá elegante y suntuoso en medio del salón, desganada. Había salido temprano de la secundaria, gracias a la ausencia de un profesor. Por eso Carrie la llamó más tarde invitándola a su casa, a diferencia de ella, ya había terminado sus tareas. Las tardes en casa de los Hill dejaron de ser divertidas cuando el mayor de los hijos se marchó a otra ciudad, de resto nada que la animara, ir a casa de Carrie significaba pasar la noche viendo películas cursis. Ni modo que los padres chapados a la antigua de su amiga iban a tolerar que miraran algo más... Adulto. A pesar de que sabía de antemano la negación, le propuso un día al ángel de Carrie que pusiera una película erótica, nada más pronunciar la palabra, todos los colores se le subieron a la cara.

Fue divertido mirar su reacción, por otro lado todo una noche aburrida también.

¡Agh! Le marcaría excusándose de algún modo, todo por no ir a su casa.

-¿No deberías estar haciendo tus deberes? -hizo acto de presencia la mujer a la que llamaba madre, pero no actuaba como tal.

-Déjame en paz, madre -escupió dejando su lugar, al pasar por su lado, Evangelini le tomó el antebrazo, forzando su detención.

-No me hables de esa manera, Ariadna. ¿Qué tanto miras eh? -le echó un vistazo al móvil que sostenía en la mano -. Deja que te descubra en cochinadas, y verás.

La soltó de golpe.

Rugió pasando de ella y sus palabras ridículas. Se encerró de nuevo en su habitación deseando con ímpetu no tener que verle la cara otra vez a esa mujer. La olvidó de nuevo, sumergiéndose en su nuevo cometido, enredarse en la piel del doctor Parravicini, lo apuntó en lo más profundo de sí, porque dejar de ser virgen no podía suceder de otra forma mejor que entregándose a él.

Capítulo 3 No.3

Revisó entre las cosas de su madre, quien aún seguía tirada en la cama. Ni siquiera se inmutaba, nada. Ensanchó la sonrisa al toparse con la tarjeta de contacto de Parravicini. Rápidamente tecleó el número en su móvil y lo agendó como "El sexy doctor"; luego, volvió el pedazo de papel a su lugar.

Se marchó cerrando la puerta, cautelosa.

Casi celebró el hecho de poseer entre sus manos los dígitos de aquel espécimen de hombre. Al marcarle, el deseo se retorció dentro de sí. Sintió las palmas húmedas, y algo más.

¿Cómo podía desestabilizar un hombre su mundo, sin siquiera estar presente?

-Doctor Parravicini, ¿con quién hablo? -se mostró un tanto confuso, esa voz grave se deslizó en ella de forma electrizante, una corriente recorriendo su cuerpo al punto de volverla un manojo de nervios.

Ahora que lo tenía al teléfono, se hizo líos. ¿Por qué rayos le llamó?

-¿Hay alguien allí? -insistió con un tono de impaciencia.

Entonces colgó, sí, de forma infantil y ridícula, había finalizado la llamada. ¿Por qué no dijo nada? ¡Qué pésima actuación!

Se acostó boca arriba en la cama, dejando escapar un resoplido. Tan decidida a conquistarlo, pero apenas escucharlo enmudeció.

Un mensaje de texto iluminó la pantalla de su móvil. Con cierto temblor y vacilación al momento de tomar el aparato, tragó duro. ¿Y si era él? En una exhalación pretendió volver a tener oxígeno circulando en sus pulmones. Tal vez era Carrie. No creía que un doctor perdiera su tiempo al devolver una llamada desconocida.

En todo caso, miró la pantalla.

-¡Qué! -exclamó ofuscada.

El sexy doctor: Si tiene la osadía de llamar, debería poseer la valentía de hablar.

Gruñó. Eso no se quedaría así.

Tal vez no quiera precisamente hablar, señor Parravicini.

Envió la respuesta, ignorando el atrevimiento que envolvía el mensaje.

El sexy doctor: Déjeme adivinar, ¿es usted una mujer? Porque a diario recibo mensajes así, dígame, ¿también quiere lo mismo?

Había dado justo en el clavo. Pero el ego de aquel sujeto, que definitivamente no tenía los pies sobre la tierra, hizo que quisiera asestarle un golpe en la cara.

Sí, el tipo estaba bueno. Era todo lo que una mujer quería tener entre sus piernas, con un rostro esculpido de dios griego, un cuerpo fornido envidiable, labios invocando la pasión, el sinónimo de perdición clavado en sus ojos atrapantes. Y ¡Uff! Esa manera de sonreír.

Lo tenía todo, absolutamente todo a su favor. Ese poder de desquiciar su universo, de volverla loca con solo una vez, fue suficiente. Ya no podía sacárselo de la cabeza.

Pero la soberbia que rezumaba por los poros bastó de advertencia. Con hombres así, debía ir con cuidado, sin embargo no la detuvo, no extinguió la decisión de seguir en marcha con el plan.

Es usted un hombre tan listo, señor Parravicini.

No, claro que no estaba segura de ello. Jamás en su vida había tenido acción, pero se atrevió una vez más, dejándose llevar por las ansias y el frenesí.

El sexy doctor: ¿Tan desesperada está, señorita... ¿Me podría decir cómo se llama?

Ariadna suspiró. No iba a decirle su nombre.

No veo relevante decirle mi nombre.

La pantalla titiló a los cinco segundos.

El sexy doctor: Si sabes cómo me llamo, yo también debería de saber tu nombre. Pero si prefieres mantenerte en anonimato, de acuerdo. ¿A qué quiere jugar la señorita?

Liberó una sonrisita, qué rápido se enredaba el doctor con una desconocida en línea.

Ya sabe lo que quiero, depende de usted dármelo.

El sexy doctor: Mañana en el hotel Palace, habitación 234, llega antes de las seis. Por favor, no quiero que uses ropa interior, no llegues tarde, Ari.

Casi desfallece al terminar de leer el texto. ¿Cómo demonios supo que era ella? Se golpeó la frente al entender que si lo guardó en su teléfono, era obvio que Parravicini hizo lo mismo, y luego la buscó en su WhatsApp, entonces miró su foto de perfil.

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