Eran casi las diez de la noche cuando Catalina Ferrán dejó por fin su maleta en el vestíbulo de la villa Delvaux. El vuelo desde Milán se había retrasado tres horas, y durante todo el trayecto solo había tenido una prisa: llegar a casa, ducharse, y encontrarse entre los brazos de Samuel antes de que la medianoche se llevara consigo su cumpleaños.
Treinta y dos años hoy. Había imaginado esta noche desde hacía semanas, a pesar de los diez días que acababa de pasar negociando un contrato vital para la fábrica textil que dirigía-la única parte del imperio Delvaux que aún llevaba, en secreto, la marca de su propio trabajo. Había imaginado a Samuel esperándola con una copa de vino, tal vez una vela encendida, seguramente una broma sobre su retraso.
La casa, en cambio, la recibió con un silencio casi hostil.
-¿Señora Delvaux? -La voz de Soledad, el ama de llaves, tembló ligeramente al ver a Catalina en la entrada-. No la esperábamos tan temprano.
-¿Dónde está Samuel? ¿Y Flora?
-El señor todavía no ha llegado. La señorita Flora está en su cuarto, dibujando.
Catalina sintió que algo se apretaba en su pecho-esa sensación conocida, casi rutinaria ya, que había aprendido a ignorar. Dejó su equipaje con Soledad y subió directamente al piso de arriba.
Flora, de seis años, estaba inclinada sobre una hoja cubierta de lápices de colores, con la lengua asomada por la concentración. Al ver a su madre, su rostro se iluminó de golpe, como una farola que se enciende de repente.
-¡Mamá! -Se lanzó a sus brazos con el ímpetu despreocupado de los niños que aún no saben medir el peso de una ausencia-. Mira, dibujé nuestra casa, contigo, papá y yo enfrente.
Catalina miró el dibujo. Tres siluetas, tomadas de la mano, bajo un sol amarillo brillante. Sonrió, pero algo en ella se congeló ante esa imagen tan simple, tan pura-y tan lejos de la realidad que vivía desde hacía meses.
-Es precioso, mi vida. -Besó la frente de su hija-. ¿Comiste bien?
-Sí, con Soledad. Papá dijo que iba a llegar para la cena pero llamó, dijo que tenía una reunión importante.
Una reunión importante. Un viernes por la noche. La noche del cumpleaños de su esposa.
Catalina acostó a Flora, se quedó junto a ella hasta que su respiración se volvió regular, y luego bajó al salón donde había esperado encontrar, aunque fuera una nota sobre la mesa, un gesto, una señal. No había nada. Ni siquiera un mensaje en su teléfono, mientras su bandeja de notificaciones desbordaba de felicitaciones de colegas, primas, amigas de la universidad a las que no veía desde hacía años.
Nada de Samuel.
Se sirvió una copa de vino que apenas bebió a la mitad, y decidió ir a buscarlo ella misma. Conocía sus costumbres: cuando no llegaba y no respondía, solía estar en el restaurante El Faisán Dorado, ese donde el grupo Delvaux organizaba sus cenas de negocios más informales.
Se puso el vestido rojo que había comprado en Milán-el que se había prometido usar esa noche, para él, también para sí misma-y tomó su auto.
El Faisán Dorado brillaba con sus luces tenues habituales cuando llegó. A través del escaparate, vio primero la silueta familiar de Samuel, su traje gris antracita, su cabello siempre un poco demasiado bien peinado. No estaba solo.
Gracia Aubert estaba sentada frente a él, ligeramente inclinada hacia adelante, con una sonrisa en los labios que Catalina nunca le había visto dirigir a nadie más que a Samuel. No era una reunión de trabajo. No había ningún documento sobre la mesa, ninguna computadora, ningún colega. Solo dos copas de vino, una vela, y esa cercanía que decía más que cualquier palabra.
Samuel reía-con una risa que Catalina no había escuchado desde hacía meses, tal vez años. Extendió la mano y apartó un mechón de cabello del rostro de Gracia con una ternura casi delicada.
Catalina se quedó inmóvil en la acera, la mano sobre la manija de la puerta que nunca llegó a abrir.
Podría haber entrado. Podría haber armado una escena, exigir explicaciones, llorar, gritar. Una parte de ella, la más joven, la más ingenua-la que se había casado con Samuel con la certeza de que un amor suficientemente paciente terminaría siempre por ser correspondido-quería hacerlo.
Pero se quedó ahí, simplemente, con su vestido rojo, observando a su esposo sonreírle a otra mujer la noche de su cumpleaños, y sintió que algo extraño ocurría dentro de ella. No era el dolor que esperaba. Era una calma helada, casi liberadora.
Dio media vuelta y regresó a la villa sin hacer ruido.
Esa noche, una vez que Flora se durmió y la casa quedó sumida en el silencio, Catalina se sentó en su escritorio y sacó una hoja en blanco. No escribió ni una carta de reproches ni una lista de agravios. Redactó, con una calma que la sorprendió a ella misma, la solicitud de separación de bienes que un abogado le había preparado discretamente tres semanas antes-por simple precaución, se había dicho entonces, sin creerlo realmente.
Colocó los documentos en un sobre sellado, que guardó en el cajón con llave de su escritorio. Todavía no era el momento de entregarlos. Todavía no era el momento de revelarlo todo.
Porque al observar a Samuel y Gracia esa noche, un pensamiento se había instalado en ella, tan frío como decidido: ya no quería solo irse. Quería entender. Entender desde cuándo, entender por qué, y sobre todo, entender qué escondía realmente esa cercanía entre su esposo y una de las socias más influyentes del grupo familiar.
Porque Gracia Aubert no era cualquiera. Formaba parte del consejo de administración de Delvaux Industries desde hacía apenas dos años, y su ascenso fulminante ya había hecho rechinar más de un diente-incluido el de Beatriz, la mejor amiga de Catalina y directora financiera del grupo, quien la había advertido con medias palabras, sin atreverse nunca a ser más precisa.
Catalina apagó la luz de su escritorio, se sentó un instante en la oscuridad, y por primera vez en meses, sintió una extraña claridad invadirla.
Mañana sonreiría. Mañana continuaría como si nada hubiera pasado. Pero dentro de ella, algo acababa de cambiar, silenciosa e irremediablemente.
El juego, a partir de ahora, iba a cambiar de reglas.
Continuará...
El sol entraba a raudales por las cortinas de lino cuando Catalina abrió los ojos, y por un instante, apenas un segundo, olvidó todo. Luego la memoria de la noche anterior regresó como una ola fría: el restaurante, la vela, la mano de Samuel apartando el cabello de Gracia.
Se quedó mirando el techo un momento, respirando lentamente, antes de levantarse.
Había decidido algo mientras la casa dormía: nadie notaría el cambio. Ni Samuel, ni Soledad, ni siquiera Flora. Sonreiría, prepararía el desayuno, iría a la fábrica como cualquier otro día. Su furia, su decepción, su plan-todo eso viviría bajo llave, tan bien guardado como el sobre en el cajón de su escritorio.
Bajó a la cocina y encontró a Samuel ya sentado a la mesa, revisando su teléfono con el ceño fruncido, una taza de café humeante frente a él.
-Buenos días -dijo Catalina, sirviéndose zumo de naranja con una calma que le costó fabricar.
Samuel levantó la vista apenas un segundo. -Buenos días. Perdona lo de anoche, la reunión se alargó más de lo previsto.
Ninguna mención de su cumpleaños. Ninguna disculpa por haberlo olvidado. Catalina asintió, untando mantequilla en una tostada con una precisión casi quirúrgica, como si aquel gesto simple pudiera anclarla a la normalidad que estaba fingiendo.
-¿Mucho trabajo esta semana? -preguntó, y se sorprendió a sí misma por lo natural que sonó su voz.
-Lo de siempre. Gracia y yo estamos cerrando la fusión con el grupo asiático. Es delicado.
Ahí estaba de nuevo ese nombre, pronunciado con una familiaridad que a Catalina, apenas veinticuatro horas antes, no le habría llamado la atención. Ahora cada sílaba le sonaba distinta, cargada de un significado que Samuel ni siquiera sospechaba que ella hubiera empezado a descifrar.
-Suena importante -dijo simplemente, y se levantó para llevar a Flora al colegio.
En el auto, con su hija cantando una canción inventada en el asiento trasero, Catalina permitió que su mente vagara. Fusión con el grupo asiático. Llevaba meses escuchando esa frase en boca de Samuel, pero nunca le había prestado verdadera atención-había estado demasiado ocupada intentando salvar su matrimonio como para preocuparse por los negocios de su esposo. Ahora, sin embargo, cada detalle le parecía una pieza de un rompecabezas que apenas empezaba a armar.
Después de dejar a Flora, condujo directamente a las oficinas centrales de Delvaux Industries, no a su propia fábrica textil. Necesitaba ver a Beatriz.
Encontró a su amiga en su despacho del quinto piso, rodeada de gráficos financieros y con dos teléfonos sonando a la vez. Beatriz Lozano llevaba el pelo recogido en un moño severo y las gafas subidas sobre la cabeza, señal inequívoca de una mañana ya complicada.
-Catalina -dijo, sorprendida, colgando uno de los teléfonos-. No te esperaba. ¿No deberías estar en la fábrica?
-Necesito hablar contigo. A solas.
Algo en el tono de Catalina hizo que Beatriz cerrara la puerta del despacho de inmediato.
-¿Qué pasó?
Catalina se sentó, cruzó las manos sobre el regazo, y por primera vez desde la noche anterior, sintió que la máscara de calma que llevaba puesta amenazaba con resquebrajarse.
-Los vi anoche. A Samuel y a Gracia. En El Faisán Dorado.
El rostro de Beatriz cambió, apenas un instante, pero Catalina lo captó: no fue sorpresa. Fue algo parecido al alivio de quien por fin puede dejar de guardar un secreto.
-Catalina...
-Tú lo sabías.
-No sabía nada con certeza -dijo Beatriz rápidamente-. Solo... rumores. Cosas que se dicen en los pasillos. Que Gracia pasa demasiado tiempo con Samuel, que hay reuniones que no aparecen en ninguna agenda oficial. Pero nunca quise decirte nada sin pruebas, no quería hacerte daño por simples habladurías.
Catalina asintió lentamente. No sentía rencor hacia Beatriz, solo una fatiga profunda ante la idea de que aquello llevara circulando por la empresa el tiempo suficiente como para convertirse en rumor de pasillo antes de llegar a sus propios ojos.
-No voy a montar un escándalo -dijo finalmente-. No todavía.
-¿Qué vas a hacer?
-Necesito que me ayudes con algo. Discretamente.
Beatriz se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. -Te escucho.
-Quiero saber todo lo que puedas averiguar sobre la fusión con el grupo asiático. Quién la propuso, quién se beneficia, y sobre todo, qué papel exacto juega Gracia en ella. Algo me dice que su cercanía con Samuel no es solo... personal.
Una sombra de comprensión cruzó el rostro de Beatriz. -Crees que hay algo más. Algo financiero.
-No lo sé todavía. Pero Gracia llegó al consejo hace apenas dos años y ya está prácticamente al mando de la operación más grande que ha tenido este grupo en una década. Eso no ocurre por casualidad, y menos en una empresa tan tradicional como esta.
Beatriz se quedó pensativa un momento, tamborileando los dedos sobre la mesa. -Puedo revisar algunos documentos sin levantar sospechas. Pero tienes que prometerme algo, Catalina.
-¿Qué?
-Que sea lo que sea que encontremos, no actuarás sola. Esta gente juega fuerte. Si Gracia realmente está tejiendo algo dentro de la empresa, y Samuel está involucrado, necesitas tener toda la información antes de dar un solo paso.
Catalina sonrió, una sonrisa fría y decidida que Beatriz no le había visto en mucho tiempo.
-Por primera vez en meses, no tengo ninguna prisa. Voy a tomarme el tiempo que haga falta.
Salió de la oficina con una sensación extraña, como si hubiera cruzado una línea invisible de la que ya no había vuelta atrás. Ya no era solo la esposa herida que descubre una infidelidad. Era una mujer que empezaba, pieza por pieza, a reconstruir el control sobre su propia vida-y quizás, sobre algo mucho más grande de lo que había imaginado.
Esa tarde, de vuelta en la villa, Catalina encontró un mensaje de texto de Samuel: *"Cena de trabajo esta noche, no me esperes despierta."*
No respondió. En cambio, subió a jugar con Flora, quien le mostró un nuevo dibujo, esta vez solo de las dos, madre e hija, tomadas de la mano bajo un cielo estrellado.
-¿Y papá? -preguntó Catalina, con curiosidad genuina, señalando la ausencia en el dibujo.
Flora se encogió de hombros, con esa honestidad brutal que solo tienen los niños. -Papá siempre está ocupado. Por eso no lo dibujé.
Catalina abrazó a su hija con fuerza, sintiendo que aquellas palabras, dichas sin malicia alguna, confirmaban todo lo que necesitaba saber sobre el estado real de su familia.
Esa noche, sola en su habitación, Catalina sacó su teléfono y guardó el número directo de un investigador privado que una antigua compañera de universidad le había recomendado años atrás, en broma, durante una cena en la que hablaban de maridos infieles como si fuera algo que solo les pasaba a otras.
No marcó el número. Todavía no.
Pero lo guardó.
Continuará...
Pasaron cuatro días antes de que Beatriz volviera a llamar a Catalina, y lo hizo con una voz tensa que no presagiaba nada bueno.
-Necesito verte. Hoy, si puedes.
Se encontraron no en la oficina, sino en un pequeño café a las afueras de la ciudad, lejos de oídos indiscretos y de las cámaras de seguridad de Delvaux Industries. Beatriz llegó con una carpeta beige apretada contra el pecho, como si temiera que alguien pudiera arrebatársela en plena calle.
-¿Qué encontraste? -preguntó Catalina en cuanto se sentaron, sin rodeos.
Beatriz miró alrededor antes de abrir la carpeta sobre la mesa, entre las tazas de café que ninguna de las dos había tocado todavía.
-La fusión con el grupo asiático no es una fusión cualquiera. Es una operación de casi cuatrocientos millones. Y Gracia no solo la está gestionando-la propuso ella misma, hace ocho meses, directamente ante el consejo, saltándose el procedimiento habitual que exige que este tipo de operaciones pasen primero por el departamento financiero. Por mi departamento.
-¿Samuel lo sabía?
-Samuel la respaldó desde el primer día. Sin cuestionar nada. Cosa que, viniendo de él, es extraño. Tu marido es de los que revisa cada cláusula tres veces antes de firmar una compra de papel para las impresoras.
Catalina sintió que algo se tensaba en su interior, aunque no supo si era ira, sospecha, o una mezcla incómoda de ambas.
-¿Qué más?
Beatriz sacó una hoja de la carpeta y la deslizó hacia ella. Era un organigrama de la nueva estructura societaria que resultaría de la fusión.
-Mira esto. -Señaló un recuadro cerca de la parte superior-. Aquí. "Aubert Consulting Group." Es una empresa de asesoría registrada hace apenas tres años, con sede en Singapur. Y adivina quién aparece como socia fundadora.
Catalina no necesitó preguntar. -Gracia.
-Gracia. Y esta empresa de asesoría cobrará una comisión del cuatro por ciento sobre el valor total de la fusión, por "servicios de intermediación estratégica." -Beatriz pronunció las últimas palabras con un desdén apenas disimulado-. Cuatro por ciento de cuatrocientos millones, Catalina. Estamos hablando de dieciséis millones de dólares yendo directamente a una empresa que ella misma fundó, disfrazado de honorarios de consultoría.
El silencio se instaló entre ellas un momento. Catalina miró el organigrama, las líneas y recuadros que trazaban, con la frialdad de cualquier documento corporativo, lo que en realidad era una traición con nombre y apellido.
-¿Y el consejo no lo vio? ¿Nadie hizo preguntas?
-El consejo aprobó la operación basándose en un informe de "debida diligencia" firmado por... -Beatriz dudó un segundo- por Samuel.
Catalina cerró los ojos brevemente. No era solo negligencia. Su esposo había avalado personalmente, con su firma y su reputación, una operación que canalizaba una fortuna hacia la empresa de la mujer con la que compartía cenas a la luz de las velas.
-Necesito saber si Samuel es cómplice consciente de esto, o si simplemente está... cegado -dijo Catalina en voz baja, casi para sí misma.
-Sea cual sea la respuesta, esto no es solo un problema personal tuyo, Catalina. Si esta información sale a la luz sin control, podría hundir a toda la empresa. Los accionistas, la junta, incluso los reguladores financieros podrían intervenir. Estamos hablando de fraude corporativo, no de una simple aventura.
Catalina tomó el organigrama entre sus manos, estudiando cada línea como si pudiera extraer de ahí alguna verdad oculta sobre el hombre con quien había compartido siete años de su vida.
-Entonces tengo dos opciones -dijo finalmente-. Puedo exponerlo todo ahora, destruir la fusión, y probablemente arrastrar el apellido Delvaux, mi hija incluida, a un escándalo del que tardaríamos años en recuperarnos. O puedo esperar. Reunir más pruebas. Entender exactamente hasta dónde llega esto, y cuándo es el momento adecuado para actuar-no solo para protegerme a mí, sino a Flora, y a lo que queda de esta empresa que mi propia familia ayudó a construir.
Beatriz la observó con una mezcla de admiración y preocupación. -Hace una semana llorabas en tu cocina por un aniversario olvidado. Ahora hablas como una estratega.
-Hace una semana todavía creía que mi matrimonio merecía la pena salvarse -respondió Catalina, guardando el organigrama en su bolso-. Ahora solo me importa salvar lo que realmente vale algo.
Esa noche, Samuel llegó a casa más temprano de lo habitual, con un ramo de flores que dejó torpemente sobre la mesa de la cocina.
-Sé que últimamente he estado ausente -dijo, sin mirarla del todo a los ojos-. Perdona lo del cumpleaños. Compensémoslo este fin de semana, solo nosotros dos.
Catalina lo miró un largo instante-a ese hombre que conocía cada gesto, cada tic nervioso, y que ahora, sin embargo, le resultaba casi un extraño. Sonrió, aceptó las flores, y por dentro sintió que aquel gesto tardío no era más que otra pieza del rompecabezas: la culpa disfrazada de romanticismo, quizás incluso sugerida por la propia Gracia para mantener las apariencias mientras la fusión se cerraba sin sobresaltos.
-Me encantaría -respondió, con una dulzura que ya no sentía, pero que dominaba a la perfección.
Mientras Samuel subía a cambiarse, Catalina se quedó sola en la cocina, sosteniendo las flores sin verlas realmente. Su mente ya estaba en otro lugar: en los dieciséis millones de dólares, en la firma de Samuel al pie de un informe que probablemente ni siquiera había leído con atención, y en el número de aquel investigador privado que seguía guardado, sin usar, en su teléfono.
Aquella noche, finalmente, marcó el número.
Continuará...