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Me sentía nerviosa. Era la primera vez que iba a ser parte de este tipo de juegos, aunque, a decir verdad, lo esperaba con mucha ansiedad.
Solía ser del tipo de mujer que pasaba horas fantaseando con cada línea de aquellos libros calientes que me encantaba leer; sin embargo, eso no era nada en comparación con lo que mi cuerpo experimentaría en unas horas.
Sabía que en la ciudad había un club en donde uno podía ir en pareja o soltero a experimentar diferentes practicas sexuales, por lo que, luego de pensarlo y meditarlo por mucho tiempo, estaba esperando a ingresar.
Dentro, el ambiente era fascinante y provocativo. Mujeres y hombres se disfrutaban sin inhibiciones, por un lado, y por el otro, quienes lo miraban fascinados.
Debía admitir que observar aquello provocaba en mi interior un deseo incontrolable por llegar al reservado y que comenzara el juego.
Según me habían explicado, una vez dentro de las sesiones, no teníamos nombre ni pasado e incluso, las sumisas teníamos prohibido poder ver al Señor. Así debíamos llamarlo.
Sabía que tan pronto estuviera dentro, debía despojarme de todas las prendas que cubrían mi cuerpo, y eso mismo hice.
Me tomé unos segundos para apreciar el espacio alrededor, pero con la poca luz que iluminaba el sitio, solo pude distinguir una tarima en el centro y bultos alrededor. Supuse que se trataba de los diferentes instrumentos de tortura sexual. Así conocía yo a esos objetos utilizados en este tipo de sesiones.
Una vez que me desnudé, recordé como debía esperar a mi señor y eso mismo hice. De rodillas en el suelo, mis manos con las palmas hacia arriba y mi cabeza mirando el suelo.
«Por nada del mundo debes mirar, a no ser que sea el señor quien se lo indique», recordé las palabras de la recepcionista de esta sección, por lo que no quería desobedecer. Pensar en que podría perderme de un momento altamente excitante era algo que no me perdonaría.
Los segundos de espera parecían eternos e incluso contaba para mis adentros hasta que el sonido de la puerta abrirse me sobresaltó.
Mi yo interior era un manojo de nervios y la emoción de lo que ocurriría después, hizo que una sensación punzante se alojara en el fondo de mi intimidad. Estaba ansiosa por comenzar el juego.
Aun tenía mis ojos a la vista, pero eso no dudó por mucho ya que, cuando él se acercó, se posicionó detrás de mí y tras su orden de cerrar mis ojos, la fría tela de seda me cubrió la vista.
Su cercanía hizo que todo mi cuerpo se erizara, y cuando habló, temblé.
-Ansioso de tenerte aquí-, señaló con sarcasmo y escuché como cerró la puerta. -Eres la primera que ha tenido el descaro de hacerme esperar. Eso no está bien ¿Qué crees que debería hacer contigo? -No dije nada. Hasta donde me habían informado, no se le permitía la palabra a la sumisa a no ser que sea el señor quien lo permitiera y no le he escuchado darme ese permiso. Un golpe en mis senos me sobresaltó y a continuación, su exigencia-: ¡Respóndeme! ¿Qué debería hacer por hacerme esperar?
-Castigarme, Señor-. Aunque tenía prohibido verlo, sabía que estaba parado delante de mí. Para ser sincera, no sabía si había dejado a propósito algo de visión, porque me di cuenta de que podía ver parte de sus pies desnudos y el borde de su pantalón de vestir.
Mi mente comenzó a divagar sobre cómo sería el resto de su cuerpo, y la imagen de un hombre en cueros, con el torso bien marcado y la cremallera de su baja, lo que hizo que, fantasear con el sabor de su enorme y grueso miembro erecto me hiciera agua la boca.
-Castigarte, ¿eh? -preguntó con vos enérgica y grave, mientras comenzaba a caminar a mi alrededor. Completó un círculo y medio hasta que al fin se detuvo en algún lugar fuera de mi línea de visión. Después de unos segundos de silencio, lo escuché caminar hacia uno de los estantes que contenían juguetes. Claramente sabía lo que quería, porque en poco tiempo estaba detrás de mí de nuevo, pidiéndome que colocara mis manos detrás de mi espalda para amarrarlas. Para entonces, mi vagina palpitaba y mi tanga estaba empapada-. Levántate -ordenó y procedió a ayudarme con la tarea. Una vez que me puse de pie, me acompañó hacia la mesa y me hizo inclinarme sobre ella, con la frente presionada contra la dura madera. Me quitó la prenda interior y se apartó de mi lado una vez más, solo para regresar poco después con una cuerda para atar mis pies a las piernas de la mesa, obligándolas a permanecer abiertas. Me mordí el labio inferior, encendida por la anticipación. » Cuando deslizó sus dedos dentro de mí, sintió la humedad caliente envolviéndolo y regodeándose, preguntó-: ¿Esto es para mí?
-Sí, señor -dije con una profunda necesidad de continuar con su toque y me lo concedió. Pegó sus labios a mi oreja derecha y buscó más profundidad, luego me recordó que las malas acciones siempre tienen consecuencias.
-Aun así, necesitas ser castigada -hizo una pausa y prosiguió-: veinte azotes. Dobles, por cada minuto que me has hecho esperarte...
-Fueron solo 10 -me quejé.
-Y otros cinco, por ser irrespetuosa. Acaso ¿debo recordarte que solo si te concedo la palabra puedes hablar? -negué con la cabeza y mordí mi labio inferior expectante a lo que ya sabía que me pasaría. De pronto algo apretó con fuerza mi pezón derecho y no pude evitar soltar un gemido. - Serán 25 en total, mi diosa.
Escucharlo nombrarme así, hizo que me estremeciera y aquel dolor intenso de sus dedos en mi pezón se sintió agradable.
Como recordaba, no estábamos autorizados a conocer nuestros nombres, pero tampoco me habían pedido uno por el cual me llamaría, por lo que, mi diosa, era bastante agradable.
Estaba perdida en mis propios pensamientos cuando, sin previo aviso, metió algo dentro de mí y comenzó a vibrar en su máxima potencia. Era un vibrador.
Jadee a viva voz.
-Sh... si gritas mucho, no podrás escuchar lo que deseo pedirte-me dijo y dió una fuerte palmada sobre mi sensible clítoris. -Debes contar, mi diosa -ordenó.
Escucharlo llamarme de esa manera me fascinaba. Me volvía loca.
La primera nalgada me tomó por sorpresa, a pesar de que sabía que venía. No picó demasiado, aunque dejó una sensación familiar de hormigueo en mi glúteo derecho. La sensación más impactante vino del vibrador, que logró presionar mi punto G y hacerme consciente de mi vagina húmeda y palpitante, entonces recordé que debía contar-: Uno- jadeé.
Como de costumbre, me dio la siguiente nalgada en el glúteo opuesto y la tercera entre mis piernas, haciéndome gemir -dos- y -tres-. Cada golpe picó un poco más que el anterior, pero la sensación de placer creció exponencialmente. Estaba tan excitada por las primeras tres nalgadas que mi discurso se volvió ininteligible después, los números que grité imposibles de entender. Las lágrimas cayeron de mis ojos, no tanto por el dolor en sí, sino por el esfuerzo que me llevó no llegar al orgasmo.
«Recuerda, solo debes liberarte si el señor te lo concede», recordé una regla excepcional. No quería hacer nada que me llevase a que ese frenesí de lujuria se acabara.
Si mi señor quería prolongar la tortura, entonces seguiré soportándolo.
-No puedes terminar-, me recordó con su voz dominante, luego de que me observara temblar descontroladamente a punto de alcanzar el éxtasis divino en sus brazos. No respondí, y él quitó de manera brusca el vibrador de mi interior.
-Maldita sea -se me escapó. Él tomó mi cuello con fuerza y me sorprendió con un violento beso.
Parecía que me iba a quedar sin aire, y él solo mordía sin delicadeza mis labios.
Sabía que me había hecho sangrar, a propósito, y fue eso lo que buscó, porque de inmediato se apartó de mí y dijo-: Tus modales, mi diosa, tus modales. -Se había retirado y maldije para mis adentros pensado que en que había arruinado nuestro primer y quizás, último encuentro, pero cuando regresó y se posicionó detrás de mí, sus dedos tocaron mi sensible clítoris y me hizo saber que este juego no había terminado-. Levanta la cabeza -exigió y pude sentir su erección haciendo presión contra mis glúteos. Me desesperaba por un poco de fricción.
Deseaba tanto ver. Quería arrancarme la venda de mis ojos, pero no me dejaba hacerlo y tampoco quería desafiarlo. Ya había hecho lo suficiente como para ganarme el boleto de salida y por alguna razón que desconocía, me había perdonado las dos veces en que falté a mi palabra y a su autoridad.
Sus manos acariciaron mis muslos internos, ante la palpitación insistente en mi vagina y el deseo desesperado por que de una buena vez arremetiera contra ella con extrema violencia. La espera me estaba matando. No era buena en ello y él parecía que me había estudiado al punto de disfrutar la frustración que me hacía sentir.
-¿Quieres que te toque? -me pregunto y su dedo a penas rozó mi hinchado clítoris. Mordí mi labio inferior, saboree mi propia sangre y me callé las ganas de gritarle que quería que hiciera mucho más que tocar-. Puedes hablar, mi diosa.
Entonces me sentí liberada al tener el privilegio de poder hablar.
-Si, mi señor. Por favor, tóqueme -y me lo concedió.
Me dolía el clítoris y tan pronto volvió a rozarlo con sus dedos, y me mordí la lengua para no gemir a viva voz, pero tan pronto él me otorgó el permiso de hacerlo, no me privé de romper sus tímpanos con mis alardeos de goce.
Con sus movimientos acelerados sobre mi hinchado clítoris y mis gritos de pasión, se podían oír los suyos.
Extendió mi humedad hasta mi trasero y una vez allí, se abrió paso por mi recto, lo cual me hizo encorvarme hacia atrás. Era virgen, pero mis fluidos facilitaron la penetración.
-¿Te gusta? -preguntó con voz ronca y solo asentí.
Su dedo entraba y salía cada vez con más rapidez y esa sensación electrizante que recorría mi cuerpo, se alojaba con gran intensidad en mi centro. Me moría por sentir su duro pene llenarme, pero cuando más lo dilataba, más me desesperaba.
De momento a otro, deja de tocarme y se retiró. Maldije por dentro su ausencia, pero sonreí al sentir su presencia tan cerca.
-¿Quieres terminar, mi diosa? -sabía a lo que se refería y asentí jadeando. -Contesta, mi diosa -insistió en escucharme y yo, lo hice.
-Por favor, mi señor. Quiero sentir su hombría dentro de cada uno de mis orificios.
Podría jurar que mis palabras surtieron efecto en él, porque tan pronto las dije, sus uñas se clavaron en mis muslos y antes de que pudiera decir algo más, sentí una sensación áspera acariciarme desde la vagina hasta el ano.
-¡Qué sabor! -dijo y sentí la punta de su lengua hurgar en mi interior, luego se alejó y frotó algo pequeño contra el interior de mis labios inferiores antes de empujarlo dentro de mi trasero: un dildo anal. Siseé de placer. Gracias a la humedad de mis fluidos y su saliva, el instrumento resbalaba con gran facilidad y durante largos minutos se mantuvo así. Intercalando entre su lengua y el dildo, hasta que al fin habló-: ¿Quieres terminar, mi diosa? -volvió a preguntar y como sabía que debía responder, lo hice de inmediato.
-Por favor, mi señor-, modulé. Luego sucedió algo que esperaba con muchas ansias.
Se arrodilló detrás de mí y me desató. -Ven conmigo, entonces-, ordenó. Me agarró del brazo y me guió hacia algún lugar de la habitación donde me depositó. Era una cama. Me quitó el brazalete de cuero de la muñeca derecha y me dijo que me acostara boca arriba, con los brazos estirados por encima de la cabeza. Luego, procedió a pasar el brazalete de cuero todavía atado a mi muñeca izquierda detrás de uno de los postes de hierro de la cabecera y volvió a unir mi mano derecha. Arrastró mi cuerpo hacia el final de la cama para que mis brazos estuvieran lo más estirados posible.
-Estoy ansiosa, mi señor -le dije y un fuerte golpe en mi glúteo derecho me recordó que no se me había concedido el derecho de hablar.
-No sé qué haré con tu desobediencia. Trabajaremos con ello luego -advirtió y siguió jugando, pero luego de unos breves minutos, volvió a golpear y habló-: Dime, ¿Qué debo hacer contigo, Ariana?
En el momento en el que escuché mi nombre todo se detuvo a mi alrededor. ¿Cómo es que sabía cómo me llamaba? Y de ser así ¿Conocía a ese hombre?
No me podía concentrar producto de la inquietud de no saber si podría ser alguien que conocía, pero él quería seguir divirtiéndose, por lo que, se dirigió hacia mis piernas y las abrió con las manos. «¡Oh, como me encantó cuando hizo eso!», pensó mi yo pecaminoso y adicta al sexo. Luego, me esposó el tobillo derecho; a qué, no podía decirlo. Una vez que repitió el proceso con mi tobillo izquierdo, estaba casi seguro de que era una barra separadora. ¡Definitivamente mi juguete favorito! De repente, escuché un clic y mis piernas se abrieron, dándole acceso completo a mi intimidad. encerado y confirmando mi sospecha.
El resto de la noche fue muy placentera. Me hizo venir con su boca, sus manos, un vibrador y finalmente su polla. Mis piernas se sentían como gelatina cuando terminó conmigo.
-¿Quieres saber quién soy, Ariana? -volvió a sembrarme el miedo. ¿quién sería?
Una parte de mi esperaba con ansiedad ir a otro nivel, pero la otra se moría de ganar de ver su rostro.
-Por favor, mi señor -mantuve mi papel, abnegada a mi amo.
El carcajeó, y escuché romperse el estuche del condón. A estas alturas, poco me importaba saber de quién se trataba, solo quería su dureza clavándose una y otra vez en mi interior.
-Voy a cogerte tan fuerte que borraré de tu cuerpo los rastros de quienes estuvieron antes de mí -ubicó su pene en mi entrada y de una sola estocada se abrió paso ante mí.
Durante largo rato estuvo penetrándome con fuerza, arrancándome gritos de placer y obligándome a pedirle más, pero en medio del acto algo extraño ocurrió, y es que comenzó a pronunciar mi nombre incontables veces y de buenas a primeras me arrancó la venda de los ojos y pude verlo.
-Sebastián -dije con incredulidad al mismo tiempo que sus gemidos se empezaron a oír más lejos, luego un ruido estruendoso que hace que cierre mis ojos y todo se vuelve confuso.
Sus gemidos se pierden, de repente mis manos cubren mis orejas sin entenderlo, ¿acaso no las tenía inmovilizadas?
«Rin... Rin... Rin»
Abrí los ojos y comprendí la realidad.
Había sido un sueño, y el asunto no fue el hecho de que amanecí mojada, francamente me solía pasar; pero la diferencia fue que, por primera vez, el hombre de mis sueños tenía rostro y no cualquiera.
Estaba ansiosa y no porque me tocaría hacer mis pasantías con un abogado como Sebastián Vega, sino porque con él aprendería mucho.
«¿A quién querés engañar? Ambas sabemos que es porque te morís de ganas por hacer realidad tus sucias fantasías»
Mi consciencia se encarga de traer a colación la cantidad de veces en que me he soñado teniendo sexo salvaje con él, aunque por lo poco o nada que se conoce de su vida privada, empiezo a coincidir en lo que dijo Ana, quizás es homosexual y por eso no se lo ha visto con ninguna mujer. Es más, recuerdo que hace unos meses, leí una nota en una revista importante del país, que lo vinculaban con un empresario importante de la moda, un tal Santiago Beltrán, con el que se había reunido en varias ocasiones y bueno, han deducido que tienen una relación sentimental, aunque francamente deseo que eso no sea real.
Con los nervios a flor de piel, decido escoger un atuendo que sea formal y sugestivo, porque deseo verme sensual, aunque claro, lo importante es la carrera, pero mentiría si dijera que no quiero que note mi presencia. Estoy ansiosa por llegar al estudio y ver que, impresión consigo de su parte.
Busco entre mis trajes formales, uno que me quede sexi, pero elegante.
Una falda por encima de las rodillas en color negro, una camisa abotonada hasta el cuello junto a un moño anudado y un saco del mismo color que la falda con botones plateados metálicos; unas medias de mi tono de piel, los tacos agujas de cuero y mi cartera de igual material y color predominante. Una cola alta, que aliso al final; hay humedad y mi cabello lo sabe. Unos aros de plata, que me regaló Ariana en mi cumpleaños, un poco de color en las mejillas, delineado sutil y labial rojo, pero no llamativo y ya estoy lista.
Pensé en si ir en mi auto, pasado de moda y desgastado por donde lo mires o ir en taxi, aunque no tengo mucho dinero, aun, no he cobrado mi sueldo y no puedo darme el lujo de gastar lo poco que tengo, así que me decido por viajar en colectivo.
Durante el viaje estuve hablando sola (Lo sé, pensaran que soy estúpida y créanme, en mi lugar estarían igual o más nerviosa) "ensayando" la manera en la que me presentaría, sin sonar lo desesperada que estoy por llamar su atención y porque me suceda lo mismo que en esas novelas que leo, cuando el millonario, se coge a la pobre o en mi caso y mi fantasía, seducir al abogado hasta tenerlo arrodillado ante mí.
«¿Y si es gay?» Me recuerda su consciencia, cosa que suplico a todos los santos porque eso no sea cierto.
Cuando estoy llegando al centro, siento mi corazón palpitar con fuerza, mis manos transpirar, mi respiración acelerarse y mis músculos contrayéndose ¡Esperen! Siento como algo me baja y me remuevo en mi asiento para disfrutar de esa sensación exquisita que me provoca el que mis fluidos "acaricien" mi ya hinchado clítoris.
Llevo mis manos al agarra mano del asiento que tengo enfrente y escondo mi cabeza entre los dos.
Estoy excitada, pensando en él me acabo de mojar y buscó, disimuladamente, intensificar el placer que me estoy regalando, al mover mis muslos y contraer mis músculos internos, cerrándolos a la nada.
El colectivo agarra un par de pozos y eso hace que salte unos pocos centímetros de mi asiento y el impacto produce que la acción de fricción entre mis piernas se sienta agradable.
Yo siempre digo, «Hay que hacerse el amor de vez en cuando, no dejarnos cohibir por lo que dice parte de la sociedad que nos juzgan y ven la masturbación como un pecado, como algo degenerativo» yo disfruto y lo utilizo mucho para desestresarme.
Con mis ojos cerrados y sumida en la sensación que todo esto me provoca, paso por alto la parada donde tengo que bajar y cuando me doy cuenta de ello, no sólo habían pasado 10 minutos y eso me atrasaba la jornada, más considerando que es mi primer día de pasantía y que no puedo llegar tarde, vamos muy mal.
Desesperada me bajo del colectivo y lo primero que hago es ubicarme.
Corrientes y Callao.
-¡Mierda!
Volver en colectivo haría que llegue todavía más tarde y tomar un taxi sigue siendo una muy mala idea ¿Qué hago?
Me paro en una esquina ¿Por qué? La verdad que espero un milagro ¿y creen? Los planetas están alineados a mi favor, o eso creo.
-Hola, preciosa.
Es normal o bien, no debería serlo, que un desconocido nos aconseja en las calles, como en este caso; un auto estacionó delante de mí y cuando bajó el vidrio de su ventana y se asomó no pude evitar suspirar.
1) Porque sinceramente estaba bueno.
2) Porque como siempre, alguna barbaridad me diría, aunque podría sacar algún beneficio.
-¿Qué queres? -respondo de muy mala gana y sin mirarlo.
-¿Queres que te lleve a algún lado, bonita?
No respondo, solo miro mi reloj y doy cuenta del poco margen de tiempo con el que cuento para llegar; él nota mi inquietud y sigue insistiendo.
-No te hagas rogar. Sabemos que estas apurada y soy tu única opción-dice, con una sonrisa de suficiencia en su rostro, que por supuesto no paso por alto. Hay que ser sinceros, el chico es lindo y aun sigo excitada-. Congreso está cortado.
De inmediato le dedico toda mi atención ¿Enserió? ¿Ahora por qué cortan?
No puedo evitar soltar un insulto mientras golpeó mi cintura con las palmas de mis manos, para luego posicionar una de ellas en mi frente.
El joven observa mi actitud y no puede evitar soltar una carcajada, yo le dedica una de "esas miradas" que podrían asesinar a cualquiera, pero a él parece no importarle.
-Por cómo estás vestida, intuyo que debes ir a un lugar importante, y por tu actitud infiero que estas llegando tarde. Vamos, yo te llevo. Sin compromiso.
Observó mi reloj y en 10 minutos ya tengo que estar en la oficina y estoy a unas 15 cuadras. Imposible llegar caminando. Aunque podría llegar corriendo... ¡NO! ¿Encima de llegar tarde, ir toda transpirar y desaliñada? No, eso no va a pasar.
Suelto un suspiro y vuelvo a observarlo mientras evalúo todas las posibilidades.
Viajar con un desconocido, pero poder llegar a tiempo con la ayuda de Dios o ir caminando y que sea lo que todos los Santos deseen.
-Vamos, no soy un asesino serial ni nada de eso -menciona y tomando en consideración todo lo que está pasando con las mujeres hoy en día, es un riesgo que no puedo tomar. ¿Y si algo me pasa? Aunque también me corre el horario.
¡Mierda, 9 minutos!
Yo sé que no debería hacer esto, y no pretendo ser ejemplo de nada así que ¡por favor, no hagan la locura que voy a cometer!
-Esta bien -admito derrotada y me subo.
-¿A dónde vamos, bonita? -me pregunta ejerciendo presión en el volante y atento a mis palabras cuando le contesto-. Bien, vamos entonces.
Suelto un suspiro y m permito bajar la ventanilla, pero él de inmediato me lo impide.
Lo primero que se me viene a la cabeza es que es un delincuente sexual y me maldigo por haberme subido al vehículo.
Internamente comienzo a gritar y mis ojos se llenan de lágrimas, rezo cerrando mis ojos y sin que me de cuenta y sin saber el por qué, él rompe en carcajadas al mismo tiempo que baja las ventanillas apretando un botón.
-¿Crees que pueda lastimarte? -inquiere y yo lo fulmino con la mirada. Entiendo perfectamente su expresión de burla, y es que lo hizo a propósito, disfrutó verme loca de los nervios por no saber qué es lo que iba a hacerme. No respondo, solo lo rebajo con la mirada y me quedó observando hacia la ventana, hasta que rompe el silencio-. Fabian, un gusto -. Veo que extiende su mano para que la tome y yo, pese a querer matarlo, pero agradecida por que me lleve hasta el estudio, estrecho su mano y con una sonrisa falsa es que prosigo a presentarme.
-Ariana -digo sin más y lo suelto y vuelvo a lo que estaba; él sigue hablando.
-¿Siempre estás molesta?
¿Estoy molesta?
¡¡¡CLARO QUE ESTOY MOLESTA!!!
Primer día de pasantía, tendría que estar sentada al lado del honorable licenciado Vega y sin embargo estoy en el auto de un desconocido...
«Pero está bien bueno, el desconocido» mi consciencia hace que mi atención se posicione en el joven que, pese a ser un idiota, no tiene la culpa de que esté llegando tarde. Hubiera traído mi auto, aunque esté feo y posiblemente no me dejen entrar al estacionamiento privado del edificio. En fin, me calmo.
-Es que estoy llegando tarde -explico mientras observo en detalle los lunares que tiene en el rostro.
-Deberías relajarte -propone y me echa una de esas miradas que puedo asegurarles hizo estragos dentro de mi ropa interior. Él lo habrá notado, porque enseguida fijó sus ojos a mis piernas, luego añadió-: ¿Te puse nerviosa?
El tono de su voz fue... ¿Sensual? No lo sé, pero debería estar ofendida. Sin embargo, me siento algo excitada.
-No, para nada -. Intento disimular lo que me provoca, pero caigo rendida tan pronto suelta un audible jadeo que hace fuerte impacto en mi zona sensible y las palpitaciones que me tenían presa en la inconsciencia regresan y no puedo evitar girarme hacia él y posar mis ojos sobre los suyos.
Por unos segundos, mientras esperábamos a que el semáforo nos deje paso, nos fundimos en una lucha de miradas.
Podía notar cómo el amarillo de sus ojos iba desapareciendo, puesto que el negro de sus pupilas iba tomando más dimensión, cuando quise darme cuenta, tenía frente a mí a un hombre cuyo rasgos y comportamiento es el de un animal salvaje que acecha a su presa, la observa en detalle, la estudia, la degusta con sus ojos y en cuanto menos se lo espera ataca.
No logro parpadear cuando se abalanza sobre mí y estampa sus labios contra los míos.
Un segundo más tarde, estamos pasando nuestras manos por todas partes.
Jadeamos.
Nos devoramos.
Deseo más.
Tomo su mano y sin mediar palabras la ubico debajo de mi falda y él comprende lo que deseo.
-¿Queres que te toque? -me pregunta agitado, una vez que nos despegamos para poder tomar aire.
-Si. Quiero que lo hagas -exijo con determinación, mientras me deslizo hacia delante y abro mis piernas para darle mejor acceso.
-Sacáte la ropa interior -me ordena mientras su mano que descansa en mi muslo es arrastrada hacia la cara interna y clava sus uñas. Lejos de provocarme dolor, solo quiero que vuelva a hacerlo porque lo que siento es agradable y todo repercute justo dentro de mi vagina, donde mis paredes se contraen y la lubricación aumenta en exceso.
Sin más, lo hago.
Retiro mi tanga negra y se la entrego justo en el mismo momento en el que el semáforo nos da acceso y los bocinazos nos avisan que debemos continuar.
Arranca el auto y observo lo que hace con la prenda.
Mi mente estalla al verlo llevársela a la zona entre la boca y la nariz y para mi sorpresa, saca su lengua y lame, degusta la parte donde estuvo mi vagina y reconozco el hilo de fluidos en ella. Podría haberme dado asco sin embargo me excitó como no se imaginan lo que hizo, luego se metió la diminuta prenda dentro de la boca lo oigo saborearla, se la saca y la guarda en su bolsillo.
Con estupor, observo todo lo que hace y sin darme cuenta cierro mis piernas y aprieto los muslos, haciendo que la sensación de placer se intensifique y sin pensarlo suelte un gemido, llamando su atención.
-Abrí tus piernas para mí -ordena y seducida lo hago.
Arranca el auto y mientras conduce cuela su mano libre por debajo de mi falda.
Recargo mi nuca en el asiento, cierro mis ojos y me dejo llevar por el placer que me genera sus caricias.
Dos de sus dedos recogen parte de mis fluidos desde mí entrada y los dirige directo a mi clítoris, donde la humedad facilita que resbalen.
Suelto un gemido cuando sus yemas empiezan a hacer circulitos sobre el y me estremezco cuando ejerce una fuerte presión; me hace gritar.
-Eso es, disfruta para mí Ariana, gemí fuerte.
Estoy abierta de piernas, sin prenda interior, con mis partes expuestas a un hombre que no sé quién es y me fascina como sus manos se apoderan de mi y solo me ha acariciado el clítoris.
Los movimientos van en aumento al mismo tiempo en que me pide que entrelace mis manos atrás de mi cuerpo.
No lo pienso, solo actúo.
El tener inmovilizadas mis manos hace que la excitación aumente y lo disfrute un poco más.
Me entrego a él, a su manera de tocarme, al modo en que logra excitarme y perder la noción del tiempo.
Me entre a él, a su manera abrazadora de regalarme placer y que no me importe nada más que lo que estoy deseado que suceda.
Me entrego a él y a sus modos en el que me posee, me marca, me hace gritar.
Me entrego a él.
Sé que los minutos van pasando, que estoy llegando tarde ¿Pero saben qué? Todos tenemos una debilidad y el sexo es la mía. De hecho, no sé si les conté que suelo masturbarme cada noche y no me avergüenzo de admitirlo. Es más, en más de una ocasión le he pedido perdón a Dios por lo que hacía, no podía mirarme al espejo porque me daba vergüenza.
Me sentía avergonzada de regalarme placer a mí misma ¿Pueden comprender la dimensión de eso? Me siento estúpida. Porque por muchos años he dejado que los prejuicios me hagan creer que lo que hacía con mi cuerpo estaba mal, cuando es normal y no debería avergonzarme de ello.
-Estas muy mojada. Si te lo pudiera meter, resbalaría tan fácil.
Escucharlo hablar así, provocó que me deslice un poco más hacia delante y flexione mis rodillas para abrirme un poco más y pedirle, ¡no!, suplicarle que me penetre.
El sonido de su risa no hace más que provocarme, acto seguido suelto mis manos para llevarme una a la boca y morderla, pero tan solo una fracción de segundos porque no sé cómo hizo que pellizcó mi clítoris generando un grito de dolor, rozando profundamente el placer.
-¿Qué acabas de hacer? -inquiero agitada.
-Dos cosas -, saca sus dedos de mi interior y se los lleva a la boca para saborearlos, yo me quedo con la boca entreabierta por el gesto que hizo con su lengua. -no me desobedezcas, si te digo manos atrás, es manos atrás.
-¿La segunda? -pregunto confundida y molesta por dejarme con un orgasmo a medias.
-Llegamos.
La expresión de mi rostro cambia bruscamente tan pronto dirijo mis ojos al edificio y delante, de mí y luego a mi reloj de muñeca.
-La puta madre, 8:05 de la mañana.
Me acomodo la falda y empiezo a recoger las cosas que deje caer a los costados del asiento por culpa de sus "dedos locos" y una vez que los tengo en mi poder, me bajo del vehículo y él se apresura en ir tras de mí y justo antes que pueda ser capaz de cerrar la puerta, me toma de la cintura y me estampa un beso.
No puedo evitar envolver mis brazos a su cuello y dejarme llevar por la excitación que aun me recorre el cuerpo.
«Mierda, sos tan débil que no se si dejarte disfrutar este contacto o arruinarte el resto del día» amenaza mi consciencia, pero no le hago caso.
La lengua de Fabian por poco y me hace un examen perioral e intraoral porque la pasa por sobre cada recoveco dentro de mi boca y es la primera vez que me besan de ese modo que me siento invadida, aturdida, colapsada... todos los verbos terminados en ada. Este hombre es fuego y yo quiero quemarme en sus brazos.
-Listo -me dice alejándose de mi boca y de mi cuerpo dejándome en transe con mis labios separados, mi respiración agitada, la cola de mi cabello totalmente desalineada y mi falda arrugada-. ¿Ariana? -siento que me llama, pero no puedo reaccionar, estoy excitada, con un orgasmo en puerta y con ganas de continuar lo que empezamos.
-Quiero acabar... -digo sin pensar; él sonríe de lado mientras saca de su bolsillo una lapicera, toma mi mano y en la cara interno escribe su número telefónico.
-Llámame esta noche y te prometo hacer que lo hagas-. Vuelve abrazarme y al hacerlo me acomoda la falda, no sin antes susurrarme algo en la oreja que me hace regresar a la vida-: Se te veía el culo.
-¿¡Qué?! -llevo mis manos a mi parte trasera cuando me percato que alguien de traje ha pasado justo a mi lado y Dios que deseo que no me haya visto el culo, aunque me temo que si lo hizo.
-Iba decirte, pero pensé que con el viento que hay te ibas a dar cuenta -comenta y no puedo decirle nada ¿Soy boluda? Si, lo soy ¿cómo no voy a darme cuenta? ¿Cómo no voy a sentir el fresquete en la cola?
No digo nada, acomodo mi ropa como puedo y me adentro al edificio con 10 minutos tarde y ruego a todos los dioses por que el Licenciado Vega no se encuentre en su oficina, que el piquete en congreso lo haya dejado varado.
-¡Dios, lo que sea, pero que llegue después que yo! -suplico mientras corro los 5 escalones hacia el hall donde me anuncio. -Buenos días, soy Cohen Ariana, estudiante de la facultad de derecho, alumna del doctor Galíndez -. La mujer chequea en su computadora mientras asiente, me pide el documento de identidad, el cual le entrego con expresión de desesperación y ella... ¿Se ríe?
-Es la pasante del Licenciado Vega ¿verdad? -me pregunta mientras no quita sus ojos de la computadora.
-Si, señorita y por favor, ¿se puede apurar?
¿Le habré dicho alguna mala palabra? Porque con sus ojos me fulmina sin piedad.
Como si fuera adrede, empieza a lentizar los movimientos de sus dedos sobre el teclado y mi paciencia, que ya cuelga de un hilo, se corta.
-Discúlpeme, pero estoy llegando tarde.
-Me di cuenta -contesta sin inmutarse si quiera y esperando a que la impresora imprima una planilla, la cual me entrega en mano, luego añade-: Debe llenarla.
-¿No puede ser después? -niega con la cabeza y se encoge de hombros.
Renegando empiezo a llenar los papeles, mientras arremeto un centenar de insultos que me trago para no darle el gusto de seguir riéndose de mí hasta que de pronto el sonido del teléfono me sobre salta.
-Licenciado... si, claro... lo siento, bueno. Enseguida la despacho. Adiós-
Mientras hablaba su mirada echaba fuego y si las mismas mataran estaría muerta en este instante.
Sonrío con malicia tan pronto me dice que puedo llenarlo cuando termine la jornada, luego me entrega la credencial con mi nombre y me informa que el Licenciado Vega me espera en su despacho, en el 7mo piso, al final del pasillo de frente al ascensor.
Sintiéndome la mujer más poderosa del mundo, sin saber por qué claro está, me subo en el ascensor y mientras espero a llegar al piso deseado puedo sentir los nervios mezclarse con la excitación que me dejó Fabian. También, que a maldita recepcionista me mantuvo 10 minutos con ella y ya perdí 20, por lo que estoy segura que Vega se enojará. Solo espero que sea un enojo pasajero y no se desquite haciéndome las prácticas un infierno.
Ni bien las puertas se abrieron el corazón se me subió a la boca y mi respiración se volvió agitada, así como si hubiese corrido una maratón.
Me sentía cansada, excitada y preocupada.
Caminé por el largo pasillo hasta quedar delante de una puerta con vidrio esmerilado y un pequeño cartel de bronce con letras doradas «Licenciado, Sebastián Vega»
Me mojé de solo leer su nombre y aunque podría regalarme un orgasmo en su nombre, decido no perder más tiempo y tocar la puerta.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Espero; nada.
¿Debo volver a tocar?
No sé, y me maldigo por ello.
¿Por qué me pone nerviosa, si aun no lo he visto, no he estado frente a él? Bueno, en teoría no lo estoy ¿No?
Me separa una puerta.
Yo vuelvo a tocar.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Espero... nada.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Yo sé que debí haber llegado temprano ¿pero no atenderme?
Me enojo y toda la excitación que les dije que sentía se esfumó.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Vuelvo a tocar; ya no me importa si se enoja, después de todo ¿No es un mal educado por lo que hace?
Insulto por lo bajo, hasta que escucho pasos dentro del estudio y antes de que pueda parpadear, la puerta se abre de manera brusca.
-Tarde, señorita Cohen -me dice sin hacer contacto visual conmigo porque esta observando su reloj.
-Lo siento -atino a decir, cuando me da la espalda y se dirige hacia su escritorio.
Lo sigo en silencio y cuando se detiene frente a una gran pila de carpetas, las toma entre sus brazos, se gira sobre sus pies y todavía sin mirarme me indica que lo siga.
Caminamos los pocos metros que separa lo que parece ser su escritorio con ¿el mío? Y deja caer lo que ahora me doy cuenta se trata de varios expedientes.
-Señor...
-Licenciado Vega -me interrumpe y por primera vez, fija su mirada sobre mí. Sonrío como tonta, pero él no hace una sola mueca, su rostro es inexpresivo y sin déjame decir nada, ni decirle mi nombre es que toma un expediente y lo eleva a la altura de mis ojos y dice-: Archivar -la carpeta impacta sobre el escritorio y me sobresalto por el ruido. No puedo procesar su reacción cuando empieza a repetir la acción unas 8 veces más. Cuando le queda una carpeta la cual sostiene en su mano y la tira sobre la mesa, pero a mi altura-. Vas a preparar una defensa para este caso y lo quiero mañana a primera hora-exige y me da la espalda.
«Creo que se enojó» me dice mi consciencia.
Mierda, va a ser una jornada larga e incómoda sin ningún final feliz a la noche.