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SOY LA PERVERSIÓN DEL JEFE  2

SOY LA PERVERSIÓN DEL JEFE 2

Autor: : Mayra Gisel
Género: Romance
SOY LA PERVERSIÓN DEL JEFE *PARTE 2* Él creía que ella siempre estaría a sus pies, que toleraría su crueldad con tal de no perder lo que tenían. Después de todo, estaba seguro de que nadie podría darle lo que conseguía con él. Sin embargo, ella se cansó y aquella noche desapareció de su vida. Sebastián no imaginó que aquella inexperta en el sexo podría ser capaz de mover el mundo bajo sus pies y, aunque hizo de todo por negar sus sentimientos y destruirla por completo, terminó siendo quien se arrodillara ante ella y suplique el perdón, pero para cuando él la localizó, ya había alguien que tenía puesto sus ojos en ella. Ariana estaba dispuesta a ponerle fin al capítulo más doloroso de su vida. Y es que su enfermiza obsesión por el Licenciado Vega terminó con sus sueños de ser una gran abogada y con una amistad de años. O era así como ella consideraba la relación que tenía con Ana, porque tan pronto abandonó la ciudad, ninguna de las dos se interesó en saber de la otra. Un año había pasado y en ese tiempo sus vidas habían dado un giro de 180°. Por un lado, él no había perdido sus manías y ya tenía a otra mujer que cumplía a la perfección con sus exigencias. Por el otro estaba ella, que llevaba meses en una relación con un hombre casado que, además de ser un excelente amante, era su jefe. Cuando Ariana debe regresar a Buenos Aires, se entera de que Sebastián tiene una favorita y descubre que no es otra que Ana, su ex mejor amiga. El resentimiento resurge y lejos de escapar por segunda vez, decide hacer hasta lo imposible para cobrarse lo que le hicieron, aunque eso signifique introducirse en ese mundo perverso del que se juró, no regresar jamás. ¿Será capaz de destruir la vida de las dos personas que más ama o dejará que una vez más Sebastián la manipule y la arrodille a sus pies? Una traición, muchas mentiras y un deseo de venganza que crece.

Capítulo 1 Introducción.

-Creo que deberías terminar con León.

-Y Tú no deberías meterte en mi vida.

-Ariana, ese hombre está casado -hizo una pausa-, definitivamente estar con tu jefe no te hará sacar toda la mierda que tienes dentro.

-Quizás no, pero a mí nadie me vuelve a traicionar, ni mucho menos a jugar con mis sentimientos -dije con toda seguridad y Melina, la chica con la que estaba compartiendo el departamento, solo se retiró hacia su habitación y me dejó sola en la mía mientras terminaba de arreglarme para la cita.

Había pasado un año que había tomado la decisión de escaparme de la ciudad y nadie, ni siquiera mi propia familia, sabía dónde me había hospedado. Simplemente, no quería que el enfermo de Sebastián se apareciera de repente a arruinar la miserable vida que estaba intentando reconstruir. Aunque cada vez que cambiaba mi número, él volvía a encontrarme.

Ni bien llegué a Ushuaia, conocí a Milena y como las dos estábamos solas en la provincia, tomamos la decisión de vivir juntas y al poco tiempo conseguí trabajo en una vinoteca como mesera, que, aunque el sueldo no me era suficiente, me las había arreglado lo suficiente como para sobrevivir los primeros tres meses, luego me di cuenta de que podía utilizar mi encanto para conseguir lo que deseaba y el primero en caer fue mi jefe.

León Venedetti casi doblaba mi edad. Siempre había tenido ese morbo de estar con un hombre más grande que yo en la cama y con sus cuarenta y tantos años, pero con una imagen que no le daba más de treinta y cinco, era más experimentado que Sebastián y para ser sincera, me tenía obsesionada la manera sucia y perversa con la que me hacía el sexo cada vez que nos encontrábamos, aunque su único defecto era aquel anillo de bodas.

Para nadie era un secreto que el muy cretino engañaba a su esposa, pero la realidad iba mucho más allá de una simple infidelidad. Los dos tenían una relación abierta y así como él, su esposa estaba acostándose con otro desde hacía algunos años y aunque yo no compartiría ello, se trataban de sus sentimientos, los que no me interesaban en lo más mínimo. Por supuesto que ese detalle de su vida no me correspondía andar ventilando. Aunque a muchos les provocaba curiosidad saber.

El celular sonó una vez más y el número desconocido solo avisaba que se podía tratar de una sola persona: él

*Número desconocido. 20:07 p.m.*

Voy a encontrarte, aunque te vayas al fin del mundo,

aunque no quieras responder a mis llamadas.

Aunque te duela saber todo lo que he hecho por olvidarme de ti,

voy a dar contigo.

Ariana, recuerda que no importa con quién estés, cuántos

hombres lleves a tu cama, porque siempre estaré ocupando ese lugar

al que nadie, aunque lo intenten, podrán llenar. Tu corazón.

Eres mía, no lo olvides.

Licenciado Vega.

La ira una vez más me sacó de mis cabales y en menos de dos meses, era el tercer celular que terminaba estrellando contra la pared.

Me sentía frustrada. Cada vez que creía que podía buscar otra manera de olvidarme de él, se las ingeniaba para aparecer y arruinarme las cosas.

De repente la herida volvía a abrirse y me desangraba una vez más.

Me rompí y el llanto desconsolado no demoró en advertirle a mi compañera que algo andaba mal.

-¡¿Qué pasó?! -corrió hasta mí, que yacía en el suelo cubriendo mi rostro y ahogando los gritos. No respondí y ella insistió -: Ari, ¿qué pasó? Por favor, no me asustes-. En ese momento vio las partes mi celular esparcidas por la habitación y lo supo-. Hay mi amor, ven aquí -envolvió mi cuerpo con sus brazos y me rompí-, llora todo lo que necesites. No te guardes nada -y no lo hice.

Siempre era lo mismo: cambiar el número de mi celular y todo lo que ello significaba y en una semana la historia se volvía a repetir. Estaba harta y luego de varios meses, explotaba en llantos.

Había olvidado que el amor podía doler tanto. Que esa sensación de vacío junto a la desolación podía sentirse tan asfixiante, pero sabía que todo era más que necesario. Sebastián no me merecía, pero aun así una parte de mí quería estar con él y la otra había muerto aquel día en el que había tomado la decisión de escaparme de todo lo que su imagen representaba, porque cuando quise darle vuelta a la página, las cosas no habían salido para nada bien.

-Nunca me dejará en paz -dije luego de un rato, aunque con un nudo que seguía atorado en mi garganta.

Melina me apartó de su cuerpo para tomar mis mejillas y repetir lo mismo de siempre:

-Debes volver a denunciarlo-, pero negué. Necesitaba dejar a Sebastián y a mi vida en el pasado.

-No.

-Esto que hace es acoso, y lo sabes. Debes demostrarle a ese infeliz que no puede hacer contigo lo que quiera.

-Te he contado cómo es que ocurrieron las cosas. Sabes que tiene los contactos suficientes para salir aireado de cualquier denuncia. Así como hizo con la anterior. Sebastián es un maldito psicópata que no va a parar hasta encontrarme.

-Por eso mismo. Algo tienes que hacer. Ese hombre es solo siente por ti una obsesión enfermiza que a la larga empeorará las cosas. Repito, tienes que hacer algo.

Melina tenía toda la razón, alguien debía pararlo, pero una denuncia ya había demostrado que no fue suficiente, ¿por qué ahora sí?

Cuando me tranquilicé, ella se marchó y fue cuando recogí los pedazos del celular y lo volví a armar. Por suerte seguía funcionando, aunque mientras esperaba a que se iniciara una parte de mí esperaba que los mensajes se detuvieran y la otra quería que él no dejara de buscarme. Era una manera de sentirme ligada a su perversa obsesión. Era una maldita enferma como él, pero no había más mensajes.

-¿Estarás bien? -Apareció Melina una vez más en mi habitación. -Porque si quieres puedo traer el colchón y te hago compañía.

Era una muy buena persona, aunque no sabía mucho de su vida privada, solo que se escapó de su pueblo cuando descubrió que su prometido se acostaba con su madre, pero no había ahondado en detalles.

Solo éramos las dos en una ciudad que nos quedaba grande, y que solo buscábamos reconstruir nuestras vidas luego de ser traicionadas por las personas que amábamos.

-No te preocupes. Dormiré.

-Sabes que estoy. Solo llámame.

Ella se fue, me dejó sola para atormentarme, una vez más, con el video de Sebastián y Ana teniendo sexo y recordarme aquel sentimiento que no debía olvidar: el odio.

Cuando el sueño por fin me envolvió, mi menté viajó a esas horas previas a cuando la burbuja finalmente explotó...

Capítulo 2 En reversa (Doce meses antes)

Intentaba no pensar en Sebastián, después de todo él seguro se estaba divirtiendo con Ana o cualquier otra mujer. De verdad, no importaba si al final, yo también tenía derecho a disfrutar de mi vida sexual.

Aunque me había olvidado de Fabián, debía admitir que sabía cómo hacerme recordar lo que habíamos hechos y al cabo de un ida y vuelta caliente, terminamos enredados en el baño del club.

-Muéstrame más-pidió y francamente yo también deseaba más.

Levanté mi vestido hasta que me lo saqué y una vez que lo tuve en ambas manos, lo coloqué detrás de su cuello y lo atrae hacia mí.

Con sus manos acariciaba mi espalda desnuda, y cada tanto bajaba a mis glúteos y me apretaba con fuerza, lo que me hacía gemir en su boca.

Meneaba las caderas sintiendo su erección acariciar húmeda mi intimidad. La abstinencia me estaba matando y no iba a esperar mucho.

Mientras él acariciaba mis glúteos, yo fui directo al grano. Le quité el cinto del pantalón, bajé el cierre de su bragueta y liberé su miembro listo para jugar en mi interior. Cuando detuve el beso, también detuve mis movimientos y con el, lo aparté para que pudiera oírme.

-¿Tienes un preservativo? -pregunté y él me miró unos segundos y carcajeó. No respondió, solo buscó mis labios para seguir besándonos, pero insistí-: Si no hay condón, no hay sexo -advertí seria y entonces él, tomó uno de su billetera.

Se lo colocó en una fracción de segundos y luego me acomodé con él dentro de mí.

La sensación de estar llena era maravillosa. Si bien usaba mis juguetes para satisfacerse no se comparaba con estar con una persona de carne y huesos.

-Eso nena, eso.

Cerré mis ojos y disfruté de ese trozo de carne dentro mío, pero él estaba más impaciente que yo y por tanto comenzó a mover mis caderas.

Me sujete de su cuello y mientras nos besábamos con desespero mis caderas se movían en círculos.

Cada tanto soltaba agresividad, aunque no lograba seducirme del todo. En mi mente no había otra persona que Sebastián y con él, su manera de llevarme al orgasmo.

-¿Te parece si te llevo a un lugar más privado? Quiero hacerte tantas cosas que aquí en cualquier momento nos sacan.

Asentí sin pensarlo. Debía sacarme la idea de que alguna vez podría volver a tener algo con el licenciado, después de todo una persona que dice querer a otra y justifica tanto daño no es buena.

Necesitaba recuperar mis deseos de disfrutar la noche y estaba dispuesta a todo.

De la mano salimos del club y ya nos esperaba en la puerta una flamante Yamaha en color negro y verde. No sabía nada de motos, pero descifré la marca porqué la tenía en la carrocería.

-¿Y tu auto?

Me di cuenta de que no sabía nada de él. Si quiera si su verdadero nombre era Fabián.

-Te dije, me lo robaron. Por eso, me compré esta bebé.

Fruncí el entrecejo. ¿A qué podría dedicarse como para pagar la fortuna que salía ese rodado? Esas como otras preguntas invadieron mi mente y como no me guardaba nada, decidí preguntar.

-¿A qué te dedicas? Digo, porque no se nada de ti.

-Tengo una concesionaria de motos. Bueno, mi padre, pero da igual, va a ser mía cuando deje este mundo. Trabajo para él en el sector de ventas y aunque quizás puedas pensar que como soy hijo del dueño puedo cambiar de rodados unas veces quieta, déjame decirte que me descuenta mensualmente las cuotas correspondientes.

Me mantuve en silencio sin dejar de observarlo y elegí creer. Solo sería un revolcón, lo que hacía de su vida no tendría que importarme, a decir verdad.

Puso en mis manos su casco y tras ponérmelo, subimos a la moto. Segundos más tarde estábamos en un bonito departamento en el centro.

-No sabía que te podía gustar el arte -dije hipnotizada por la cantidad de objetos y cuadros artísticos en todos lados.

-No, no me gusta -respondió casi de inmediato y de manera normal, lo cual me hizo sentir curiosa, porque ¿por qué tendrías tanto arte si no te gusta? Supuse que se dio cuenta de lo que había dicho, por lo que, me explicó su respuesta-: Vivo con mi hermano y él es un fanático de estas cosas.

-¿No estás solo? -De solo pensar que alguien más podría estar en la casa me hizo sentir incómoda.

-Si, se fue de viaje justamente por eso. Él se dedica al arte y muchas cosas en el departamento son hechas por él.

-A mí no me interesa tanto el arte, pero debo admitir que tiene buen talento -comenté recorriendo el lugar, hasta que sentí que sus brazos me envolvieron por atrás.

–En particular, a mí me gusta otro tipo de arte -dijo y me giró de manera brusca para atacar mi boca.

Enseguida envolví con mis brazos su cuerpo y profundicé el beso.

Tenía sus manos por todas partes y como si tuviera que ver la atmósfera del departamento, comencé a sentir aquel deseo descontrolado por acabar en un sexo depravado y salvaje.

Fui manifestando el deseo y con urgencia nos despojamos con urgencia de lo que nos estorbaba.

Algo en mi cuerpo me pedía más y por primera vez en tantos días decidí escucharlo.

Lo empujé hacia uno de los sillones en el living y caí de rodillas a sus pies. Bajé el cierre de su bragueta y tras liberar su imponente erección, me lo metí en la boca. Él recargó su cabeza en el respaldo y soltó un fuerte gemido. Sonreí por el resultado de mi accionar.

Me consideraba buena en el sexo oral, por no solo solo lo escuchaba gemir a lo alto, sino que se retorcía bajo mis manos.

Con fuerza tomó mi cabeza y comenzó a subirla y bajarla. Me ahogaba cada vez que me hacía llegar hasta el fondo y luego me liberaba para tomar aire y masturbarlo con la mano.

Me volvía loca cada vez que lo veía hacer gestos depravados y pasaba su lengua por sus labios.

Acariciaba su torso con su pene dentro de mi boca y la manera en la que se entregaba a mi placer era fascinante.

El deseo quemaba entre mis piernas y ya no soportaba por sentarme sobre su regazo.

Liberé su erección y tras recibir el preservativo de su mano, se lo coloqué y me subí a horcajadas sobre su regazo.

Meneé las cabezas lo más rápido que podía, entre tanto él apretaba mis senos con intensidad. Tomé sus manos y las crucé encima de su cabeza y me concentré en hacer bailar su dureza dentro de mí.

Cabalgaba su pene dejando que el choque de nuestros cuerpos se hiciera eco en toda la habitación.

-¡Dios que buena estas! -decía con sus dedos clavados en mi cintura y agilizando mis movimientos-. Eso es, muévete así..., así nena, así.

Sonreí al ver lo que le provocaba y me sobresalté cuando me sujetó a él y se puso de pie para acomodarme en uno de los laterales del sillón, subir mis piernas a su hombro y comenzar a envestirme con agresividad.

Cada vez que salía de mi cuerpo de un modo lento y arremetía con ímpetu me hacía ver las estrellas.

-Oh, nena. No tienes idea de cuánto deseaba este momento.

Separó mis piernas y apretó con fuerza mis senos. Mordí mi labio interior ante el gesto lascivo con su lengua.

Se acercó hacia mí e hizo algo que en algún momento me había parecido asqueroso; sin embargo, en este momento era lo más erótico y caliente que no había hecho con Sebastián. Saqué mi lengua y la comenzó a chupar.

El que hiciera eso tuvo satisfactorias sensaciones entre mis piernas. Su dureza por poco y desgarraba el útero. Este hombre era un animal y era esto lo que necesitaba. Sexo rudo y sin sentimientos de por medio.

Volvimos a la posición anterior, aunque esta vez me posicioné de espaldas y sujetándome a sus rodillas empecé a menearme.

Todo mi cuerpo se sentía libre de goce. El mismo goce que podía sentir en brazos de Sebastián, pero no era él.

Mi cuerpo lo extrañaba, pero me obligaba a olvidarlo.

Cuando Fabián me atrajo hacia él, puso su mano sobre mi clítoris y mientras seguía moviéndome, me estimulaba.

No callaba un solo grito. Tampoco él lo hacía. Los dos estábamos ardiendo como la lava de un volcán.

-Si..., si. Por favor, no pares, no pares -supliqué y llevé mis dedos a la boca. Sabía que él me estaba mirando, porque, aunque tenía mis ojos cerrados, sentía el peso de su mirada.

El calor se ramificó por todas partes. La rapidez con la que nos movíamos produjo que esas palpitaciones se intensificarán en mi zona más sensible. La humedad en exceso empapaba no sólo el látex del preservativo, sino la base de su pene.

Varias palmadas sobre el clítoris me hacían ir y volver del infierno, pero lo que mal me ponía a cien, eran las palabras sucias que me decía al oído.

-Me vuelves loco cuando me la aprietas. Tus gemidos me la ponen tan dura que duele. Te quiero llenar toda. Que chorree de tus piernas mis fluidos. Y esos pezones. ¡Dios, qué buenas tetas! -Lo escuchaba hablar y me generaba más morbo. Relamía mis labios con exageración haciendo que su excitación sea aún más fuerte-. Esta noche voy a meterme tan dentro de tu cuerpo, que solo saldré de él cuando sacie todas mis ganas.

Me encorvé y busqué sus testículos, necesitaba estrujarlos con sus manos. Pero tan pronto él lo notó, me sujetó de las piernas y se arrastró hacia delante, hasta quedar semi acostado. Más tarde sacó su pene de mi vagina y sin pedir permiso lo introdujo en mi ano.

No recordaba cuan placentero podía ser esto, que cerré mis ojos y me dejé llevar.

Ese era el tipo de relación que me importaría de ahora en más. Sin sentimientos de por medio y solo placer.

Fabián era del tipo de hombre al que aparentemente no le interesaban los sentimientos. Que vivía libremente su sexualidad y que no le interesaba exponerse a los peligros de llevar a su casa a una desconocida.

No podía decir que el amor no era para mí, era joven y sabía que en algún momento conocería ese hombre que, además de hacerme vivir una hermosa historia de amor, me lo haría de una manera obsesiva. Todavía elegía creer.

Resultó que, no tuvo que dar mucha envestidas. En una fracción de segundos volvía a alcanzar el Clímax.

Ni bien terminamos quedamos agotados sobre el sillón, y tras uno segundos en silencio nos miramos y empezó a reír.

-Qué idiota -dije incómoda. Ver reír al hombre con quien acababas de tener sexo y estando desnuda no era algo grato de tolerar.

-No seas agresiva, nena. ¿Tienes hambre? -preguntó y se pudo de pie sin importarle caminar delante de mis ojos con como si yo no estuviera allí.

-No suelo comer luego del sexo -expliqué, pero él solo ignoró mi comentario y desapareció en la cocina. Luego escuché el ruido de lo que inferí se trataba de un microondas y tras vestirme rápidamente fui hasta donde él.

-Toma lo que quieras de la heladera. Hay de todo -mencionó y se sentó a la mesa con una milanesa. Carcajee porque en mi vida había conocido a alguien que estando desnudo se pusiera a comer como si nada. La verdad, me parecía bastante divertido. No quería quedar ni como quejosa ni prejuiciosa, por lo que me senté y ya que estábamos, indagué sobre su vida- ¿No vas a comer? -preguntó con la boca llena.

-¡Ay, Fabián! Cierra la boca. Es asqueroso-. Él rio y se encogió de hombros.

-Por cierto, ¿no serás de esas locas que luego de tener sexo con un desconocido se obsesiona al punto de creerse una novia súper tóxica?

-No -dije espantada. Jamás me comportaría como ese tipo de mujeres.

-Bueno, porque quiero proponerte algo.

Capítulo 3 En reversa Parte 2.

No daba crédito a lo que mis oídos escuchaban.

Resulta que, había una joven de unos 18 años que, según él, lo hostigaba y acosaba y que necesitaba que creyera que estábamos en pareja. Así lo dejaría de molestar, pero no me parecía. Primero, porque no me interesaba ser la tercera en discordia de ninguna pareja. Segundo, demasiados problemas tengo como para sumarme uno más.

-Estás loco y no voy a hacerlo -dije tajante y fui a buscar mi celular con él detrás de mí.

-¡Espera! -exclamó con cierta desesperación, luego prosiguió-: Haré lo que necesites. Te juro que si me ayudas me tendrás como un perro a tu lado.

-No seas idiota. No te creo ¿Cómo vas a proponer eso cuando quieres sacarme de encima?

-Porque me gustas, y ella no.

Si era sincera, me tenía sin cuidado sus palabras. Además, no creo que un hombre como él, que evidentemente no seguía las reglas, quiera ser el perro de nadie.

-Déjame pasar -exigí; sin embargo, me impidió el paso-. Te haces a un lado o no respondo de mí -advertí.

-Ariana... -insistió.

Por más que quisiera hacerle entender sobre por qué no quería participar en su juego, no le importaba en absoluto. Sólo quería deshacerse de una joven que, por lo que contó, él mismo le había generado esa obsesión al acostarse con ella.

Cada vez me convencía más que Fabián se asemejaba a Sebastián: un ser egoísta que no le importaba los sentimientos de nadie e incluso si debía pisotearlos para saciar su hambre de sexo, lo haría.

Todavía pensar en él me dolía, y sabía que debía continuar con mi vida como cuando la tenía justo antes de conocerlo, pero me dolía tanto como no pude haber imaginado nunca.

¿Cómo era posible que uno pudiera sentir tantas cosas en tan poco tiempo?

Era imposible encontrarle respuesta.

Siempre había sido una mujer fácil de ilusionarse y el sufrir por amor, en una época de mi vida, había sido muy común. Como a todos, pero era tan fácil poder continuar, porque nunca faltaba aquel "clavo, que sacaba ese otro claro" y ahora todo eso era diferente. No importa cuánto lo intentará, siempre volvía al mismo punto: a la desolación, por un amor no correspondido, y a la traición de quien sentía como una hermana del corazón.

No quería seguir estando un segundo más en su departamento y con determinación y elevando la voz, exigí que me dejara pasar.

-Te apartas o llamo a la policía -amenace el móvil en las manos.

Lo observé dudar y sin abrirme la puerta me dio la espalda. Iba a reclamarle, pero es cuando comienza a vestirse, hasta ese momento seguía desnudo.

-Está bien, pero déjame llevarte y no acepto un no como respuesta. La calle es peligrosa para una mujer.

Si era sincera, prefería ir sola. No me molestaba llamar a la agencia de revises que suelo utilizar, pero ya no quería discutir, necesitaba volver a casa y me urgía regresar.

Bajamos por el ascensor en silencio, y al llegar a la puerta de calle, se quedó paralizado y no entendí lo que sucedía hasta que dirigí mi mirada hacia delante, pero alguien se abalanzó sobre mí y caí al suelo.

-¡Zorra! ¡Zorra! -gritaba la chica mientras me rasguñaba toda la cara, el cuello y la clavícula y me zarandeaba la cabeza.

Intentaba zafarme, pedía a gritos que me la sacaran, pero aún seguía sobre mi cuerpo.

-Pero ¡¿qué haces?! ¡Suéltame! ¡Suéltame loca!

Sus uñas sobre mis mejillas habían rasgado mi piel y lo supe porque me ardía de los mil demonios.

Cuando al fin Fabián logra sacármelo de encima pude ver con claridad la situación. Esa joven era la loca obsesionad.

-¡¿Es esta zorra por la que no quieres estar conmigo?! -Lo reprendió y quizá volver a atacarme, pero se lo impidió. Aun así, me amenazó–: ¡Sí te veo cerca de mí novio, voy a matarte!

Yo no iba a permitir que ninguna desquiciada me amenace y mucho menos dejaría pasar su agresión.

Mientras él trataba de contenerla, yo tomé las llaves del departamento que estaba en el suelo y abrí la puerta.

–Ariana, no te vayas por favor.

-¿Ariana se llama la Zorra?

Los vecinos se habían acercado hasta donde estábamos y eso me llenó de más vergüenza.

No sé de dónde saqué el valor para pasar por alto la vergüenza de estar expuesta y amenacé:

-Soy abogada, y estas agresiones no van a quedar así.

Era una mentira a medias. Estaba estudiando y no iría a dejar el asunto así. Ella se puso como loca y él trataba de contenerla.

Tan pronto salí a la calle tuve la suerte y encontré un taxi vacío. Si bien era mucho riesgo tomarlo, no me importó. Si me quedaba un minuto más, la mataría.

Es la primer iba última vez que iba a su casa. No quería saber más de él y menos de esa desquiciada.

Tan pronto llegué a mi casa y observé mi rostro, grité de ira. Tenía, en la mejilla derecha, la marca de tres uñas que iban del pómulo hacia la comisura del labio.

-Estúpida, Ariana. Mira como quedé -lloriqueé y ya podía sentir el ardor en la zona.

Me dirigí hacia la cocina y tomé del botiquín de primeros auxilios todo lo necesario para desinfectar la herida.

Al finalizar observé mi rostro nuevamente y aquel parche en la mejilla me hizo llorar.

No era el dolor. Tampoco era la cicatriz que me dejaría. Era el dolor de sentirme sola y con el corazón roto.

. . .

Tan pronto la vi ingresar al salón, se ubicó en el único asiento disponible: junto a mí.

Podía reconocer en su mirada el arrepentimiento, el remordimiento por haberle dado riendas sueltas al deseo y sucumbir a la manipulación de un hombre como Sebastián, pero lo que más me dolía era el vínculo que teníamos.

Todavía, si cerraba mis ojos, podía ver las imágenes de ellos dos teniendo sexo. Podía escuchar sus gemidos y sus gritos pidiendo más.

¿Cómo podía hacer de cuentas que eso no ocurrió? Además, lo que más me dolía era saber que las intenciones de él siempre fueron el lastimarme y ella lo sabía. Ana siempre supo que él no era más que un cretino al que sólo le interesaba satisfacer sus necesidades sin importar pisar los sentimientos de los demás.

Podía sentir el peso de su mirada sobre mí y aunque no quería tenerla en cuenta, no podía obviar el hecho de que la extrañaba, pero, aun así, me enfadaba tenerla al lado.

Para mi suerte, se mantuvo en silencio la primera hora, pero como sabía, en algún momento su voz rompería el silencio.

-Ariana, ¿podemos hablar? -pidió a modo de susurró, mientras él profesor explicaba algunos temas. -Por favor, necesito que me escuches -insistió, pero la ignoré por completo unas horas más.

No quería ni respirar su aire, pero no había otra opción. Ella debía permanecer a mi lado, por lo menos 3 horas.

Trate de ignorarla. Habían pasado 2 horas y agradecía al profe que nos diera mucha tarea. Eso me servía para no poner los pies sobre la tierra. No quería perdonar y ella no se daría por vencida.

-No sé cómo pedirte perdón. No fue mi intención.

Y esas últimas palabras provocaron que el trazo de la lapicera sobre el papel se detuviera.

-¿No fue tu intención? -contra ataque con ira en cada una de las palabras-. Maldita perra traidora. Sabías que me gustaba. Conocías lo que sentía; sin embargo, eso no te detuvo para acostarte con él.

-Y estoy arrepentida -dijo con la voz quebrada y un nudo en la garganta.

-No te creo nada. No me importa lo que digas sentir porque lo que hiciste no tiene nombre.

-¿Y él? Sebastián es una basura y lo sabes. Nunca le importante y yo mucho menos. Él solo se divirtió con las dos.

Lo que decía ya lo sabía, pero no se trataba de lo que él hizo, sino de lo que ella hizo.

-Él es un maldito imbécil; sin embargo, tú eras mi mejor amiga y eras quien me debía lealtad -le reclamé entre dientes y no pudiendo controlar todo lo que sentía por la situación y por ella.

-Me equivoque -rompió en llantos, pero no me conmovió-. Ariana, por favor. Me da mucha vergüenza mirarte a los ojos. Sé que no debí traicionarte, pero no sé lo que pasó.

-¡Señorita Miller y señorita Evans, estamos en clase! ¡Pongan atención para el trabajo de investigación final!

Ninguna de las dos le hicimos caso al profesor y seguimos en un intercambio que cada vez iba subiendo de tono.

-Deja de justificarte y no me mientas en la cara -amenace a un paso de perder la cordura. Detestaba que siempre tomara el papel de víctima.

-¡Ariana y Ana, no vuelvo a interrumpir mi clase para llamarles la atención! -advirtió; sin embargo, la conversación subió de nivel.

Ana no dejaba de victimizarse, lo que hacía que mi bronca subiera en aumento y aunque exigía que cerrará la boca, no dejaba de hablar. Incluso me había dicho que apenas si la toco y eso fue el detonante.

Mantenía el video de su traición, y no por morbosidad.

Había momentos en los que deseaba perdonarla, pero miraba el filme para no olvidar lo que me había hecho, porque ¿quién me aseguraba de que no volvería a traicionarme?

-Me hablas de traición y a ti no te importó acostarte con Maxi, aun sabiendo lo que sentía por él.

Yo no entendía por qué seguía con ese asunto. No lo sabía, en verdad desconocía sus sentimientos hacia él porque nunca hubiera deseado lastimarla. No soy ella y nunca traicionaría a una amiga.

-Eres una perra descarada. Sigues con ese asunto de Maxi y te recuerdo que, si yo me enteré, fue por Mauro -le recordé enfurecida. El nivel de cinismo que tenía me sacaba de las casillas.

-¡Sí no estuvieras cegada por esa maldita obsesión, te darías cuenta de lo que sienten las personas a tu alrededor! -se puso de pie y delante de todos y el profesor, me gritó.

-¡Y si no fueras zorra hoy tendrías tu novio y a tu amiga!

El profesor nos gritaba, pero las dos estábamos furiosas que no escuchábamos a nadie.

No nos habíamos dado cuenta, pero había varios de nuestros compañeros que nos estaban filmando.

Continuamos exponiendo nuestras intimidades, hasta que dijo algo que sacó lo peor de mí.

-Me hablas de dignidad, y yo solo quise ayudar con tu operación. Si cometí un terrible error, pero te lo conté, fui sincera y a ti no te importó, porque me echaste de tu lado. La primera a la que no le importó nuestra amistad fue a ti, después de todo tu resentimiento no es tanto por la supuesta traición, sino porque te diste cuenta de que ese infeliz no te quiere y nunca lo va a hacer.

-Cierra la maldita boca -advertí, mientras intentaba controlar los impulsos de abalanzarme y golpearla.

-Me hablas de dignidad, cuando la dejas a un lado para acostarte con cualquiera. Entonces quien es la zorra en tal caso. Yo no fui la que se revolcó con un familiar, ni mucho menos con quien debía aprender.

Entonces perdí el control, y en el momento en el que él rector ingresaba al salón a llamarnos la atención, le di una fuerte bofetada en el rostro.

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