Sofía Rojas, asistente personal y amante secreta de Mateo Vargas, había entregado su corazón durante cuatro largos años, viviendo para un futuro que él nunca prometió. Pero todo se desmoronó al escuchar a Mateo hablar de Isabella Rossi, su amor de juventud, definiéndola como "la mujer perfecta", sin saber que ella escuchaba.
Con Isabella de vuelta, las humillaciones no tardaron en llegar: Mateo, ciego de amor, permitió que Isabella la tratara como una sirvienta, la acusara de robo y la obligara a arrodillarse públicamente. El golpe más cruel llegó en un accidente de coche, cuando Mateo la abandonó herida para consolar a Isabella, calificándola de "nadie importante". ¡Incluso defendió a Isabella de su propia hermana, llegando a abofetearla por querer proteger a Sofía!
¿Cómo el hombre que ella amó incondicionalmente durante ocho años pudo tratarla con tal crueldad e indiferencia? ¿Era realmente tan insignificante? La injusticia quemaba, el dolor era insoportable, y la sensación de ser desechada consumía su alma.
Ese día, Sofía conoció el verdadero "sabor amargo del olvido". Consciente de que su amor había muerto, quemó cada recuerdo, cada carta, cada atisbo de un pasado compartido. Era hora de escapar, de renacer, de construir una vida donde ella misma fuera, por fin, lo único importante.
Sofía Rojas recibió la llamada de Recursos Humanos.
Su carta de renuncia, presentada un mes atrás, había sido aprobada.
Mateo Vargas la había firmado.
Sin siquiera notar que era la de ella.
Sofía sintió un nudo en el estómago, pero su voz salió firme.
"Está bien. Por favor, no le digan nada a él."
Colgó el teléfono.
El pequeño departamento en Palermo de repente se sintió más vacío.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
Buenos Aires se extendía abajo, indiferente.
Como Mateo.
Un mes antes, un comentario de Mateo la había herido profundamente.
Él hablaba de Isabella Rossi, su amor de juventud, con una devoción que nunca le había mostrado a ella.
"Isabella es... todo. La mujer perfecta."
Sofía, su asistente personal, su amante secreta durante cuatro años, sintió como si le hubieran arrancado el corazón.
Esa misma noche escribió la carta de renuncia.
No esperaba que él la leyera.
Mucho menos que la aprobara sin preguntar.
El jefe de Recursos Humanos, un hombre amable llamado Benítez, la llamó poco después.
"Sofía, ¿estás segura de esto? Mateo te valora mucho. Eres indispensable para Viñedos Vargas."
Sofía sonrió con tristeza.
"Gracias, Señor Benítez. Es una decisión personal. Necesito un cambio."
Mintió.
No necesitaba un cambio. Necesitaba escapar.
Comenzó a guardar sus pocas pertenencias en una caja.
Libros, alguna foto con Valentina, la hermana de Mateo y su mejor amiga.
Cosas que no tenían valor para nadie más.
Flashback.
Conoció a Mateo a través de Valentina en la universidad.
Valentina era un torbellino de energía, artista, diferente a su familia adinerada.
Sofía venía de Salta, de una familia humilde. Estudiaba con beca.
Se hicieron amigas inseparables.
Mateo era el hermano mayor, carismático, el heredero.
Sofía lo admiró desde el primer día.
Esa admiración se convirtió en un amor secreto, silencioso, doloroso.
Cuando se graduó, Valentina la animó a trabajar en Viñedos Vargas.
"Serías perfecta allí, Sofi. Y estarías cerca..."
Valentina no terminó la frase, pero Sofía entendió.
Empezó como asistente junior.
Su inteligencia y dedicación la hicieron ascender rápidamente.
Pronto fue la asistente personal de Mateo Vargas.
Cerca de él. Demasiado cerca.
Una noche, hace poco más de cuatro años, Mateo estaba destrozado.
Había recibido noticias. Isabella Rossi, su Isabella, podría casarse en Europa.
Lo encontró en su lujoso departamento de Recoleta, rodeado de botellas vacías.
Borracho. Roto.
Sofía, preocupada por una llamada incoherente, había ido a verlo.
Lo cuidó. Lo escuchó balbucear el nombre de Isabella una y otra vez.
En algún momento, entre la borrachera y la desesperación, él la miró.
Quizás la confundió con Isabella. Quizás simplemente perdió el control.
La besó.
Y Sofía, enamorada y vulnerable, no lo detuvo.
Tuvieron un encuentro íntimo.
El único. El primero.
A la mañana siguiente, el sol entraba por los ventanales.
Mateo estaba de pie, vestido, mirándola con frialdad.
Como si ella fuera una extraña, una molestia.
"Sofía," su voz era distante. "Esto fue un error."
Sacó una chequera de su maletín.
"Toma. Para compensarte."
El corazón de Sofía se hizo añicos.
Compensarla. Como si fuera una prostituta.
Pero una extraña determinación nació en medio del dolor.
Rechazó el dinero con un gesto.
"No quiero tu dinero, Mateo."
Él la miró, sorprendido por un instante.
"Entonces, ¿qué quieres?"
Sofía respiró hondo.
"Quiero un acuerdo."
Él arqueó una ceja, impaciente.
"Seguiré siendo tu asistente. Y si quieres... tu amante. En secreto."
"Pero si Isabella regresa y tú sigues enamorado de ella, o si nunca llegas a sentir nada por mí... me iré. Sin decir nada. Sin pedir nada."
Mateo la observó, absorto en sus propios problemas.
Quizás subestimó la profundidad de su ofrecimiento.
Quizás simplemente no le importó.
"Como quieras, Sofía."
Aceptó con indiferencia.
Y así comenzaron cuatro años de secreto y esperanza vana.
Ahora, esos cuatro años habían terminado.
Isabella había regresado.
Y Mateo seguía enamorado de ella.
El acuerdo había llegado a su fin.
Era el cumpleaños de Mateo.
Sofía le había preparado una pequeña sorpresa en su oficina. Un pastel sencillo, su favorito.
Pero Mateo no apareció.
Esa noche, las redes sociales explotaron.
Una foto.
Mateo besando apasionadamente a Isabella Rossi en una fiesta exclusiva.
La leyenda: "El mejor regalo, recuperado."
Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Marcó el número de Mateo.
Contestó una voz femenina, melosa y altanera.
"¿Hola?"
Era Isabella.
"¿Quién habla?" preguntó Isabella.
Sofía apenas pudo articular palabra.
"Yo... eh... busco a Mateo."
Escuchó la voz de Mateo al fondo, adormilada, cariñosa.
"¿Quién es, mi amor?"
"No lo sé," respondió Isabella. Luego, a Sofía: "¿Quién eres?"
Mateo volvió a hablar, más cerca del teléfono.
"Nadie importante, mi amor. Sigue durmiendo."
Clic.
Colgaron.
"Nadie importante."
Esas palabras resonaron en la cabeza de Sofía.
Comenzó a empacar en serio.
Sus pocas pertenencias del pequeño departamento de Palermo que Mateo le había facilitado.
Un lugar discreto, conveniente.
No un hogar. Nunca un hogar.
Al día siguiente, Mateo pasó brevemente por el departamento.
La encontró rodeada de cajas.
Se mostró indiferente, casi molesto.
"¿Ya encontraste dónde vivir?"
Sofía asintió, sin mirarlo.
"Alquilé un monoambiente en Almagro. Por un mes. Hasta que mi renuncia se haga efectiva."
Él frunció el ceño.
"¿Qué renuncia?"
"La que presenté hace un mes. La que aprobaste."
Él pareció no recordarlo. O no importarle.
"Ah. Bueno." Hizo una pausa. "Te llevo. No quiero que Valentina se enoje si te pasa algo."
Siempre Valentina. Su coartada. Su excusa.
Sofía no discutió. Estaba demasiado cansada.
El auto de Mateo. Su preciado auto clásico.
Había sido completamente redecorado.
Fundas de asiento de diseñador, de un estampado que Sofía sabía que Mateo odiaba.
Ambientadores caros, con un perfume dulzón que mareaba.
Pequeños adornos cursis colgando del espejo retrovisor.
Mateo arrancó el motor y sonrió con una media sonrisa.
"A Isabella le gustan estas cosas."
Sofía tragó saliva. Su voz fue apenas un susurro.
"Me alegro mucho que la hayas recuperado, Mateo."
Un silencio incómodo llenó el auto.
Durante el trayecto, el teléfono de Mateo sonó.
Era Isabella. Su voz, exigente.
"Mateíto, cariño, ¿dónde estás? Tienes que venir a buscarme. Hay un evento de polo en Cañuelas y no pienso ir sola."
Mateo dudó un instante. Miró a Sofía de reojo.
Ella adivinó su conflicto. Su incomodidad.
"No te preocupes," dijo Sofía. "Puedo tomar un taxi desde aquí."
Él pareció aliviado.
Detuvo el auto.
La ayudó a bajar sus cosas. Una caja, la más pesada, se le resbaló de las manos.
Cayó al suelo y se abrió.
Cartas de amor nunca enviadas.
Una flor seca, rescatada de un ramo que él alguna vez llevó a la oficina para alguna clienta importante.
El corcho de una botella de vino especial que compartieron en secreto en la estancia familiar, una noche de tormenta.
Recuerdos de un amor no correspondido.
Mateo vio el contenido. Su expresión se congeló por un segundo.
Un atisbo de algo indescifrable en sus ojos.
Pero luego, como si espantara un insecto molesto, sacudió la cabeza.
Arrancó el auto y se fue rápidamente.
A buscar a Isabella.
Sofía quedó sola en la vereda, bajo una persistente llovizna porteña.
No conseguía taxi.
Un repartidor en moto la rozó al pasar, demasiado cerca.
La hizo trastabillar. Cayó.
El tobillo le dolió horriblemente.
Llegó cojeando a su nuevo y diminuto departamento en Almagro.
Frío. Impersonal.
Su teléfono vibró. Un mensaje de texto de Mateo.
"No te aferres así a una persona, Sofía. Hay muchos hombres en el mundo. No te cuelgues de mí de esta manera."
Sofía leyó el mensaje una y otra vez.
"No te cuelgues de mí."
Como si ella fuera una carga. Una sanguijuela.
Esa noche, en el pequeño patio del edificio, encontró un viejo brasero oxidado.
Metió la caja con todos sus recuerdos dentro.
Encendió un fósforo.
Las llamas consumieron las cartas, la flor, el corcho.
Cuatro años de amor secreto convertidos en cenizas.
Murmuró, mientras las lágrimas finalmente corrían por sus mejillas.
"Mateo, cumpliré tu deseo."
El sabor amargo del olvido comenzaba a instalarse en su boca.
Los días siguientes en Viñedos Vargas fueron un infierno silencioso.
Sofía cumplía con sus tareas, eficiente como siempre, pero con un vacío en el pecho.
Contaba los días para que su renuncia se hiciera efectiva.
Isabella Rossi comenzó a frecuentar las oficinas.
Se paseaba como si fuera la dueña, la futura señora Vargas.
Una mañana, Sofía entró a la oficina de Mateo para dejar unos documentos.
Lo encontró con Isabella.
Estaban muy juntos, cerca del ventanal.
Isabella le ofrecía a Mateo un trozo de fruta de un pequeño tenedor de plata.
Mateo, que siempre había odiado que le dieran de comer en la boca, sonreía y aceptaba.
Sofía se quedó helada en la puerta.
Isabella la vio y sonrió con suficiencia.
"Ay, Mateíto, eres tan dulce cuando te dejas mimar."
Mateo le dio un beso rápido en los labios.
"Solo por ti, mi amor."
Luego se giraron y vieron a Sofía.
La expresión de Mateo se volvió profesional, distante.
"¿Necesitas algo, Sofía?"
Isabella la miraba de arriba abajo con desdén.
Sofía tragó saliva.
"Solo vine a dejar estos informes, Señor Vargas. Y a recordarle la reunión con los distribuidores internacionales. Es en media hora."
Isabella hizo un puchero.
"¿Tan pronto? Pero si acabamos de empezar a divertirnos."
Se colgó del brazo de Mateo.
"Diles que esperen, cariño. Esto es más importante."
Mateo miró a Isabella, luego a Sofía.
Dudó solo un instante.
"Tienes razón, mi vida." Se volvió hacia Sofía. "Reprograma la reunión, Sofía. Diles que surgió un imprevisto."
Sofía sintió una punzada de ira, pero la reprimió.
"Pero, Señor Vargas, estos distribuidores vienen de muy lejos. Es una reunión crucial para la expansión en Asia."
Isabella soltó una risita.
"Ay, querida, siempre tan dramática. Unos vinos más, unos vinos menos. Mateo tiene cosas más importantes que atender."
Mateo asintió, complacido con Isabella.
"Haz lo que te digo, Sofía."
Sofía apretó los puños.
Salió de la oficina y llamó a los distribuidores.
Se disculpó profusamente, inventando una emergencia familiar de Mateo.
Asumió la culpa del retraso, de la falta de profesionalismo.
Escuchó las quejas, las amenazas veladas de buscar otros proveedores.
Colgó el teléfono sintiéndose humillada.
Mateo nunca había sido así.
Siempre había sido exigente, pero profesional.
El trabajo era lo primero.
Ahora, Isabella era lo primero.
Sofía suspiró. Ya no era su problema. O casi.
Más tarde ese día, Isabella apareció en el área de asistentes con un grupo de amigas.
Todas igual de ostentosas y ruidosas.
"¡Sofía!" llamó Isabella con voz chillona, como si llamara a un perro.
Sofía levantó la vista de su computadora.
"¿Sí, Señorita Rossi?"
"Prepara mate para nosotras. Y que esté bueno, ¿eh? No como esa cosa amarga que sueles tomar tú."
Sus amigas rieron.
Sofía sintió la sangre subirle a la cara.
Preparar mate era algo personal, casi íntimo en la cultura argentina.
No era tarea de una asistente para un grupo de extrañas.
Pero la mirada de Isabella era desafiante.
Sofía se levantó y fue a la pequeña cocina de la oficina.
Preparó el mate con cuidado, como se lo había enseñado su abuela en Salta.
Lo llevó en una bandeja.
Isabella tomó la calabaza, sorbió ruidosamente y luego hizo una mueca de asco.
"¡Puaj! ¡Esto está horrible! Amargo y mal cebado. ¿Acaso no sabes hacer nada bien?"
Antes de que Sofía pudiera reaccionar, Isabella arrojó la calabaza.
El mate caliente voló por el aire.
Sofía instintivamente levantó la mano para protegerse la cara.
El líquido hirviendo y la yerba le cayeron en el dorso de la mano.
Un dolor agudo la atravesó.
Gritó, más por la sorpresa que por el dolor inicial.
Isabella y sus amigas la miraban con una mezcla de diversión y desprecio.
Sofía se sujetó la mano quemada, tratando de no llorar.
La piel comenzaba a enrojecerse peligrosamente.
Los otros asistentes la miraban con lástima, pero nadie se atrevía a decir nada.
Isabella era la novia del jefe. Intocable.
En ese momento, Mateo salió de su oficina, atraído por el ruido.
Vio la escena: Sofía con la mano lastimada, la yerba desparramada por el suelo, Isabella con cara de ofendida.
"¿Qué demonios pasa aquí?" preguntó Mateo, con el ceño fruncido.
Isabella corrió hacia él, adoptando una expresión de víctima.
"¡Mateíto, esta torpe casi me quema! ¡Me tiró el mate encima!"
Mintió descaradamente.
Mateo miró a Sofía, luego a la mano enrojecida de ella.
Pero la angustia fingida de Isabella pesó más.
"Sofía, ¿qué te pasa? ¿No puedes tener más cuidado?" Su tono era duro.
"¡Mira cómo has puesto a Isabella! ¡Y el desorden que has hecho!"
Sofía no podía creer lo que escuchaba.
"Pero... ella me lo arrojó..."
"¡No me mientas!" interrumpió Isabella. "¡Tú tropezaste!"
Mateo suspiró, claramente molesto con Sofía.
"Suficiente. Limpia esto. Y Sofía... te descontaré un día de sueldo por este incidente. A ver si así aprendes a ser menos torpe y a no alterar a Isabella."
Se llevó a Isabella, que le lanzaba una mirada triunfante a Sofía por encima del hombro de Mateo.
Sofía se quedó allí, con la mano ardiendo y el corazón helado por la injusticia.