Sentada en el alféizar de mi ventana, alejada del bullicio del salón de nuestra casa en Marruecos miraba con los ojos llenos de lágrimas inderramables, las heridas que rodeaban las aureolas de mis pezones, heridos por sus garras dentales.
Cada noche que llegaba frustrado, mi hermano violentaba una zona específica de mi cuerpo y con una daga en mi garganta me impedía siquiera quejarme.
Solté un quejido bajito cuando la crema que le había robado a mi madre del botiquín me ardió en las heridas de mis pechos y mordí mis labios, sabiendo desde siempre que mi silencio era mi única arma en la lucha por sobrevivir.
Sabía que nadie me creería y en la cultura a la que obedecían, mi padre mi hermano y por obligación mi madre, la mujer no era escuchada y sí era objeto del deber, más que otra cosa. Y mi deber era obedecer a un mayor, en cualquiera que fuera su deseo.
Contaba los días mirando el horizonte para que algún hombre, el que fuera, no importaba nada, me pidiera en matrimonio y la crueldad incestuosa fuera apartada de mí como si la hubiesen arrancado de raíz.
Los hombres árabes eran muy celosos de sus mujeres y por muchas que tuvieran, ellas eran solo suyas y eso, era justo lo que mi venganza exigía... Distancia y castigo. Y su castigo sería estar sin mí.
Me hubiese gustado haber sufrido algún tipo de Síndrome de Estocolmo para haber podido sobrellevar aquello de manera menos horrorosa, pero nunca conseguí amar ni siquiera la parte oscura y tenebrosa de su ser.
Mientras todos abajo hablaban y se oían incluso gritos de protesta de mi hermana Savannah, yo mantenía la posición que había adoptado después de curarme, con las piernas recogidas y las rodillas flexionadas bajo mi barbilla. No podía dejar de pensar en la noche anterior. En sus manos en mi cuerpo. Su boca mordiendo mis pechos, sacando sangre para beber como el psicópata que era y las embestidas contra la pared, haciéndome saltar en el lugar mientras apretaba mis labios contra su mano y mis pies se despegaban del suelo con cada empujón a mi ano.
Era virgen sí... A mis dieciocho años y soltera aún no podía permitirse tomar mi flor, pues sería la deshonra de la familia, pero todo lo demás lo había tomado repetidas veces y el ardor de su dominio, aún laceraba mi conciencia y oscurecía mi corazón, como si una negra y venenosa hiedra se fuera extendiendo por toda mi alma hasta dejarla en la absoluta penumbra.
Acomodé mi pelo negro y crespo, largo hasta mí cintura sobre mi hombro derecho y recosté mi frente sobre el cristal frío de mi ventana, esperando que aquel animal viniera por mí, para bajarme a la sala en cualquier momento pues sabía desde la noche anterior, que algo había sucedido y él nos daría a mi hermana y a mí como garantía de pago.
Nada importaba. No tenía deseos personales más allá de huir de él y salir de mi calvario bajo su techo donde mi padre no hacía nada por impedirlo y mi madre ni siquiera sabía o podía hacerlo. Pues no tenía idea del abuso al que estaba sometida su hija pequeña.
Mi madre era una mujer occidental atrapada debajo de un burka que la deslumbró en su momento pero con los años, se volvió su prisión más despiadada. Perdiendo todo el derecho a la libertad que tienen las mujeres occidentales, se casó con un árabe viudo y con un niño pequeño de cinco años que pasó a ser el hermano mayor de sus hijas... Mi hermana y yo, que habíamos nacido en Italia pero fuimos criadas en Marruecos como la cultura de nuestro padre y hermano regía.
Con los años habíamos crecido rebeldes y a pesar de solo llevarnos diez meses de edad, éramos una, a la hora de desarrollar ideales y desde luego no los habíamos desarrollado a favor de la cultura del Islam.
Habíamos sido la causa de muchas peleas de nuestros padres y con un esfuerzo enorme por nuestra madre, logramos que papá nos dejara vestir en casa como las mujeres italianas que no podríamos ser jamás. Y los burkas, solo los usábamos para ir a las escuelas, y al terminar la enseñanza media, nos habían impedido seguir estudiando, según papá debíamos ser buenas esposas y eso, lo teníamos que aprender a ser en casa, con mamá. Así que la mayor parte del tiempo nos vestíamos como chicas normales pues siempre estábamos en casa, educándonos para ser esposas, más que nada.
Y ahí estaban otra vez. Sus pasos. Esos sonidos inconfundibles que azotaban las escaleras que lo llevaban a mi habitación.
Me gustan pensar que el suelo aullaba herido, cada vez que lo sabía viniendo hasta mí, empatizando con mi dolor. Era una estupidez de mi mente y lo tenía claro, pero disfrutaba pensando que al menos un elemento del universo lloraba mi pena por mí, que no podía hacerlo.
Ya no me resistía, sabía que no podía. Incluso quedaba marcada si lo hacía y mi futuro esposo no me querría si tenía un cuerpo desagradable para su vista. Ya tenía dos cicatrices en mis nalgas y bajo un pecho, pero la amenaza seguía en el aire y no le podía permitir más marcas o me devolverían a su dominio aún estando casada y eso le daría acceso para siempre a mí, y a la única zona de mi cuerpo que nunca había poseído.
Sin mirarlo lo sentí entrar, y cerrar con llave. Abajo se oía aún el bullicio y algo grande estaría pasando para que aquella algarabía no se aplacara y mi padre permitiera escándalos en la casa.
- Ven aquí - su voz activó la sumisión en mí y desactivó la rebeldía en un mismo tono. Estaba muy bien entrenada por él, desde hacía tres años y... lo sabía.
Mi vestido largo rozó el suelo cuando mis descalzos pies tocaron la alfombra y caminé hasta estar delante suyo, que ya se quitaba el cinturón y lo sostenía doblado sobre su mano derecha.
- Prometo que volverás a mí y con mis propias manos lo mataré solo por haberte tocado en este tiempo - me había tomado del cuello y me mantenía inclinada hacia atrás, mirando fijamente sus negros ojos, casi idénticos a los míos - si te atreves a amarlo - amenazó subiendo mi vestido y con su daga desgarrando mi ropa interior sin siquiera mirar, estaba tan estudiado todo, que tenía cajones ropa íntima nueva que el mismo compraba para mí- si decides contarle - me dió la vuelta soltando mi cuello para agarrar mi pelo e inclinarme sobre la cama, con las rodillas en la esquina del colchón y su miembro en la entrada herida de mi ano - esto... - se hundió hasta el fondo de mí y ni un sonido le dí el placer de emitir, solo cerré mis ojos y aguanté la respiración porque sabía que me presionaba contra la cama para que me faltara el aire y cuando casi me asfixiaba, se detenía y encontraba su liberación, y por defecto la mía - será solo el principio de lo que haré con la zorra de tu madre y luego te mandaré su corazón a donde sea que estés, hasta que vuelvas conmigo - choque tras choque lo sentía apretar más mi pelo y darse en su espalda con el cinto, latigazo tras latigazo - y te aseguro que volverás a mí. Tenga que matar a quien tenga que matar.
Despedirme de mi madre fue duro, triste y efímero.
Solo lágrimas mojando dos besos y un abrazo cuando tiraron de nosotras para subirnos a un coche que nos alejaría de mi madre para siempre.
Con papá era distinto. Él era seco, duro y distante. Casi cruel, aunque al menos no nos tocaba. Eso lo reservaba a mi madre, que ya sabíamos que en más de una ocasión era golpeada por él y solo Savannah podía ayudarla. Yo era la presa de otra persona siempre que pasaba.
El padre y el hijo tenían similar comportamiento. Ambos explotaban en ira cuando algo no les salía bien y algunas de nosotras teníamos que calmar sus furias.
Era trabajo mío y de mi madre.
Savannah siempre ha sido más beligerante, más luchadora y menos sumisa. Ella era de las tres la que más se parecía al carácter combativo de papá y también era de esas personas que por muy mansas que parezcan estar o ser, son una bomba de relojería.
Con un contraste perfecto con su corazón noble y caritativo, capaz de empatizar con causas ajenas y revolucionarias incluso, cosa que yo no sabía hacer porque ya bastante trabajo me daba mantenerme a salvo a mi misma como para pelear por otros.
Un negocio fallido y una deuda pendiente, nos había llevado a las dos a un avión hacia Dubai, dónde un jeque poderoso nos esperaba para usarnos como moneda de cambio por la inoperancia de ser humano que podía ser Onir, el hermano más vil y enfermo de la historia de la crueldad.
Mi hermano vestido de traje negro, peinando su barba cuidada con sus dedos, estaba sentado en un avión privado que asumía era del jeque que nos reclamaba, y no disimulaba su furia por haber perdido varias cosas en un mismo mal negocio.
Pero su fracaso era mi victoria... O eso creía yo en aquel momento donde solo podía verme lejos de él, aunque fuera en otro país, otro dominio y otra cárcel.
Hasta estando cautivo se puede estar en paz.
Llegar a aquel lugar fue asombroso. Un país bellísimo con un lujo imposible. Estaba tan asombrada con todo que no paraba de mirar por las ventanillas de la camioneta en la que íbamos sin más equipaje que nuestra obligación.
Por lo poco que pude oír, las pocas ocasiones en las que presté atención a su discusión con mi hermana, allí tendríamos todo lo que nuestro futuro dueño decidiera y haríamos todo lo que nos indicaran, si queríamos que mamá viviera.
Ella estaba enferma del corazón y a su edad, con solo cuarenta y dos años era muy peligroso, pues sin sus medicinas y cuidados, moriría. Y la única verdadera familia que conocíamos era ella, y nosotras, pues papá era papá, y Onir no clasificaba como familia y en mi caso menos.
En algún momento entramos en un camino desierto, nunca mejor dicho. Una zona apartada de los rascacielos de la ciudad, dónde solo se veía arena, sol y más sol.
Mi hermana se había vencido y nosotros dos, nos mirábamos a los ojos el deseándome sin poder volver a tenerme y yo maldiciendolo mientras celebraba la distancia que estaba por levantarse entre los dos... Indefinidamente.
Más adelante pudimos ver otras cuatro camionetas parecidas venir sorteando el desierto y no fuí capaz de evitar que mi vista se perdiera en la peligrosidad que manifestaban aquellos autos viniendo hacia nosotros.
Atravesaban dando saltos y levantando polvo a alta velocidad, las arenas rojas inacabables y parecía como su nos estuvieran cercando.
- ¿Quienes son esos? - preguntó mi hermano al chófer que pasó un arma por entre mi rostro y el de mi hermana, que quedaban uno al lado del otro de espaldas al conductor.
- Los Chaumanes, necesitan estar listos o se llevarán a las mujeres del jeque Amir - contestó el chófer y pude ver, como los autos finalmente nos alcanzaban y se iniciaba la persecución.
Dando saltos y aguantada a los tiradores del techo de mi lado del coche, iba sufriendo en silencio el ardor en mi trasero por los hechos anteriores, en cada salto que dábamos por la alta velocidad.
Onir bajó su ventanilla y comenzó a disparar hacia atrás, como todo un experto.
Savannah y yo nos agachamos y abrazadas, escondimos entre nuestras piernas los rostros pavorosos, esperando a que alguien nos ayudara o en mi caso, me hicieran el favor de matarme.
Un redoble de sonidos de balas llenó el ambiente y supe que los otros también disparaban.
Todo a partir de aquel momento fue una locura. El auto en el que íbamos finalmente se había detenido y sentimos un impacto que nos removió, haciéndome supo que habíamos colisionado con alguien más.
Mi hermano salió al exterior y escondido detrás de la puerta del coche, continuó disparando en ese momento ayudado por el chófer, que imitaba su acción.
En medio de todo el caos que se había creado en cuestiones de segundos, tomé a mi hermana del brazo y la insté a sacar su cinturón para aprovechar la cobertura del alboroto y huir de allí.
Ella entendió mia intenciones y tomando mi mano, sin saber si moriríamos en el intento de escapada, bajamos del auto y agachadas, lanzando los malditos burkas al suelo, vistiendo solo dos vestidos largos el mío muy correcto y el de mi hermana muy revelador, empezamos a correr hacia ninguna parte sin ningún destino.
Tal vez aquellos hombres estaban tan perdidos en su propio altercado, que no repararon en nuestra carrera hacia la libertad, pero nadie nos detenía.
Comenzamos a notar que habían más autos delante del nuestro, de los que habían detrás y muchos más hombre de los que había visto acercarse por mi ventanilla.
- ¡Corre Sabrinna! - los susurros de mi hermana me hicieron dejar de prestar atención a lo que hacíamos para escucharla y reorientar nuestro rumbo, teniendo como resultado que perdiera un zapato.
- Espera hermana...
No podía avanzar descalza por un desierto árido y soleado, mis pies echarían ampollas.
Cuando fui a tomar mi zapatilla, una mano se me adelantó y perdí toda esperanza de salvarme y ser libre.
Mientras unos ojos verdes oscuros que había que mirar muy bien para notar su color me miraban a los míos negros, sentí un jadeo de mi hermana y cuando miré en su dirección ví como un hombre con un turbante en la cabeza y un traje inmaculado le apuntaba al pecho, dejando su arma sobre el centro de los pechos expuestos de mi hermana...
Aquella fue la primera vez que lo ví. La primera vez que sus ojos verde oscuros me privaron la razón y fue la primera vez, que obedecí una orden suya.
En el momento en que me fuí a levantar, puso un ametralladora en mi hombro y me obligó a quedarme agachada y soltar la mano de mi hermana que permanecía de pie girada hacia el sentido contrario de dónde yo me encontraba frente a él.
-¡ No te levantes y no te atrevas a dejar de mirarme!...
Sus palabras fueron bajas, duras y demandantes y era como si solo él y yo pudiéramos oírnos, en cualquier idioma en el que habláramos.
Desde ese justo instante me sentí suya, completamente a sus pies, y no era una metáfora... Y él lo sentenció así desde ese mismo momento y para siempre.
- ¡Esta será la mía papá!
Estaba como hipnotizada por su jade oscuro en la mirada. No podría dejar de obedecer aunque quisiera,que no quería,porque mirarlo fijamente era como adorar al dios del tormento.
Lejos,muy lejos,escuchaba los disparos que aún no cesaban y en algún momento que no supe cuál era,mi hermana me soltó la mano y quedé agachada delante de mi futuro dueño.
-Ven aquí -ordenó alzando el mentón y retirando el arma de mi hombro,pasándola a mi barbilla por debajo, levantándola,para que mi vista nunca cortara el contacto con la suya -dí tu nombre -exigió ronco y sin dejar de intercalar su mirada entre mis ojos y el largo de mi pelo negro rizo, que llegaba casi hasta mi cintura,incluso en aquel momento que estaba desordenado en mi parte frontal.
-Soy Sabrinna -mencioné sintiendo mi propia voz extraña,era como si ante él, fuese diferente, con otra cadencia y finalidad.
Dándome un miedo espantoso, entrecerró sus ojos perfectos,de cejas poderosas y pestañas eternas,y caminó el paso y medio que nos separaba. Cuando quedó tan cerca de mí, que mi corazón oía los latidos del suyo, bajó hasta mi boca y sin que pudiese apartar mi vista de la suya, susurró con voz fuerte y ronca:
-Nunca hables si no te lo ordeno,ni digas más de lo que te pida y no te atrevas a dejar de mirarme cuando yo te esté mirando a tí. Mis ojos nunca pueden dejar de ver los tuyos.
Eso último lo dijo con voz entrecortada y posteriormente hizo un gesto raro que me hizo pensar que se arrepentía de haberlo dicho.
Sin poder dejar de mirarlo ni buscar a mi hermana que no sabía a dónde se la habían llevado,lo seguí paso a paso cuando se agachó delante de mí, hasta quedar con una rodilla sobre la tierra y la otra flexionada.
Tomó el bajo de mi vestido y sus dedos circularon uno de mis tobillos,con una delicadeza que no correspondía con su aspecto rudo e imponente. Siguió deslizandolo hasta la planta y tomándolo finalmente en su mano,mirándome con demasiada energía vigorosa, colocó mi zapato en su lugar y bajó mi vestido otra vez,hasta erguirse frente a mí.
En el justo momento en que subió por mi cuerpo,hasta llegar a mis ojos,a mi boca y a mis pechos, un disparo se escuchó y le salpicó la cara de sangre, y a mí la frente,pues podía ver como un hilillo de materia viscosa corría entre mis ojos y el olor era inconfundible... SANGRE.
Nos miramos unos segundos más,mientras a nuestro alrededor aparecían guardias que lo protegían, y a mí con él.
Su padre volvió de la nada y nosotros aún nos mirábamos, tenía miedo a dejar de hacerlo y que me castigara. Era demasiado demandante en lo que ordenaba y cómo lo hacía ,como para desobedecerlo.
-¡Asad!...¿Estás bien?-la voz del jeque Amir,sonaba preocupada pero su hijo seguía mirándome y yo no podía dejar de imitarlo.
-Busca al hermano, trae sus papeles ahora -ordenó a su propio padre. Se veía que no tenía límites a la hora de exigir lo que fuera a quien fuera y por algún motivo le obedecían -voy a firmarlos -concluyó determinante.
No sabía a qué se refería pero cuando la sangre cayó en mi labio, sentí el sabor entrando en mi boca y quería quitarla de allí, pero no pensaba moverme. No con él mirándome y no sin él ordenarlo.
-Cierra los ojos -demandó.Yo obedecí.
Y acto seguido sentí su lengua lamer cada rastro de sangre que había en mis labios y subir hasta mi entrecejo hasta quitarlo todo, a riesgo de parar mi corazón de un infarto. Nunca había vivido un momento más intenso que ese y todo lo que necesité para salir del encantamiento en el que me tenía sometida,fue que me pegara a su cuerpo y en mi propio hombro apoyara la base de un arma y disparara hacia alguien detrás de mí, dejando mis oídos con eco, por la ráfaga de proyectiles disparados.
Aguanté el dolor sin quejarme. Era una experta en eso y él susurró en mi oído -estoy herido, pero no pienso morir y tenía que apoyarme en algo, encontré tu hombro. Aguanta el dolor, es una buena manera de crecer en la vida. Y mi mujer tiene que ser grande,no débil.
Sus palabras me confundían, pero lo único que me dejaba bastante claro, era que me había declarado como suya y no tenía ni idea de qué tan bueno o malo, podía ser eso.
-Aquí está señor Asad -un hombre detrás de mí habló y su voz me llegó lejana pero al menos no estaba sorda.
Asad, ahora ya sabía su nombre,retiró el arma de mi hombro y sin mostrar debilidad desde donde estaba herido, me hizo una seña con el cañon para que me girara y me tropecé con la mirada de mi hermano. Él estaba detrás de mí, con unos papeles en las manos y una pistola en su sien.
-Ven Sabrinna -mi hermano, a pesar de estar siendo encañonado seguía sintiéndose dueño de la situación,al menos de la mía.
Sin atreverme a dejar de mirar al árabe, esperando de alguna manera que me diera una orden o permiso para ir hasta donde estaba Onir,sentí como tiraba de mi muñeca haciéndome tanto daño,que no pude evitar retirar la vista de Asad y cerrar los ojos del dolor.
Un nuevo disparo se sucedió a mi lado y me agaché cubriendo mis oídos ya lastimados y viendo nuevamente como había sangre en mi cuerpo,esta vez en mis manos.
Unos gritos ensordecedores me bloquearon los movimientos que empezaba hacer y caí sobre un costado,lastimando la piel de mi codo y rasgando mi vestido.
-¿Cómo te atreves a tocar a mi mujer?-el rugido del árabe me llegó inmediatamente y supe,de manera aleatoria, que los gritos anteriores habían sido proferidos por Onir -nunca más podrás tocar su piel. Ahora me pertenece y el próximo disparo que te dé, puedes estar seguro que será entre las cejas si descubro que te has atrevido a incordiarme.
Las manos de la única persona que se atrevería a tocarme, me tomaron de la cintura y me levantaron del suelo por segunda vez en poco tiempo y supe enseguida,que mi dueño le había disparado a mi hermano en los dedos,solo por haberme tocado.
Haciendo gala de mi habilidad para obedecer, miré hacia Asad que ya esperaba mi mirada y él no podía imaginar lo mucho que mis ojos le estaban agradeciendo en silencio por lo que había hecho. Aunque fuera tarde, por las razones equivocadas y sin ánimo de vengarme,aquel disparo a la mano de Onir me hacía sentir un poco desairada.
-Ella aún no ha firmado, león -mi hermano habló, incapaz de disimular su dolor y me sorprendió que llamara león, al árabe. Luego recordé que Asad,significaba justamente eso..."León ".
-Firmará ahora -decretó sabedor,de que lo haría. Me miró la sangre en las manos y se quitó de un tirón un pañuelo negro que llevaba torcido dentro de su turbante en la cabeza y me tomó las manos para limpiarlas c o no el. Todo sin dejar de mirarme de aquella manera tan turbadora y que ignoraba el caos a nuestro alrededor -firma y sella nuestra unión. Tenemos que irnos ya.
Teniendo su permiso, y habiendo soltado mis manos, me dí la vuelta y pude ver como Onir sostenía un paño ensangrentado entre sus dedos y habían unos nueve hombres pude contar, haciendo circulo para protegernos de lo que sucedía en aquel lugar más allá de nosotros.
Sin saber,ni preguntar,ni poder hacerlo, tomé los papeles que me fueron ofrecidos, me apoyé en un capot del coche que había allí y sin pensarlo dos veces, puse mi firma en aquel documento que fuera lo que fuere, me estaban liberando de la esclavitud a la que había estado sometida sexualmente por mi asqueroso hermano.
-¡Entrégamelos!- exigió Asad y así lo hice.
En el momento en que me dí la vuelta sus ojos me atraparon otra vez y sin romper el contacto visual, él imitó mi acción y dijo para todos allí:
-Sabrinna ahora es mi mujer y su señora -nadie se atrevía a mirarlo, pero yo no tenia permitido dejar de hacerlo -quién se atreva a respirar cerca de ella, muere. Y cuando yo no esté su seguridad es más importante que la vida de todo el que la ronde. Nada puede pasarle y nadie puede tocarla.
Mi hermano emitió algo parecido a un sollozo detrás de mí y los ojos de Asad fueron hasta él y luego de vuelta a mí para preguntar, la única cosa que podía haberme dado tranquilidad en otro momento, pero aún así,todavía estaba a tiempo...
-¿Te ha respirado suficientemente cerca?-pensé bien mi respuesta -una sola respuesta tuya,me basta para matarlo. Repito: ¿ Te ha rozado el aire que exhaló?.
Corriendo el riesgo de convertirme en la asesina de mi propio hermano, en el objeto del desprecio por parte de mi padre y de avergonzar a mi hermana y madre con mi conducta,no pude negarme a responder...
-¡Sí!...