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Saluda A Tu Nueva Madre

Saluda A Tu Nueva Madre

Autor: : Hua Luo Luo
Género: Moderno
Estaba locamente enamorada de Máximo Castillo, el hijo del presidente. Era la noche de nuestra fiesta de compromiso, el inicio de lo que creí sería mi cuento de hadas. Pero en el salón privado de la mansión de los Castillo, mi foto era el centro de su juego macabro: Máximo lanzó un dardo, clavándolo en mi frente, anunciando que se casaría conmigo esa misma noche. Creí en sus palabras, en su mirada... hasta que, frente a toda la élite del país, brindó por "la verdadera novia de la noche": mi prima, Sasha Salazar, a su lado. Me humilló públicamente, diciendo que yo sería la asistente personal de su futura esposa. Luego, los amigos de Máximo y Sasha me arrastraron a un viejo silo de café, oscuro y maloliente, donde grité hasta que mi garganta sangró, hasta que mis nudillos se rompieron. Morí allí, sola y abandonada. ¿Cómo pudieron ser tan crueles? ¿Por qué mi amor, mi inocencia, se convirtieron en un arma para destruirme? ¿Por qué nadie me ayudó? Cuando abrí los ojos, la misma música sonaba. Estaba de vuelta en el salón privado de los Castillo, Máximo sostenía el dardo. Renací. Y esta vez, el juego no sería el mismo.

Introducción

Estaba locamente enamorada de Máximo Castillo, el hijo del presidente. Era la noche de nuestra fiesta de compromiso, el inicio de lo que creí sería mi cuento de hadas.

Pero en el salón privado de la mansión de los Castillo, mi foto era el centro de su juego macabro: Máximo lanzó un dardo, clavándolo en mi frente, anunciando que se casaría conmigo esa misma noche.

Creí en sus palabras, en su mirada... hasta que, frente a toda la élite del país, brindó por "la verdadera novia de la noche": mi prima, Sasha Salazar, a su lado. Me humilló públicamente, diciendo que yo sería la asistente personal de su futura esposa. Luego, los amigos de Máximo y Sasha me arrastraron a un viejo silo de café, oscuro y maloliente, donde grité hasta que mi garganta sangró, hasta que mis nudillos se rompieron. Morí allí, sola y abandonada.

¿Cómo pudieron ser tan crueles? ¿Por qué mi amor, mi inocencia, se convirtieron en un arma para destruirme? ¿Por qué nadie me ayudó?

Cuando abrí los ojos, la misma música sonaba. Estaba de vuelta en el salón privado de los Castillo, Máximo sostenía el dardo. Renací. Y esta vez, el juego no sería el mismo.

Capítulo 1

La música retumbaba en la lujosa hacienda de los Castillo, pero el verdadero espectáculo no estaba en la pista de baile.

Estaba en el salón privado, donde Máximo Castillo, el hijo del presidente, y su círculo de amigos ricos jugaban a su juego favorito.

Un mapa enorme del país colgaba en la pared, cubierto con fotos de las jóvenes más deseadas de la élite.

Máximo sostenía un dardo, su sonrisa era a la vez encantadora y cruel.

"Las reglas son simples", anunció a la sala llena de risas. "A quien le atine, le pido matrimonio esta misma noche. Una alianza es una alianza, ¿no?"

Todos sabían que era una farsa, un juego de poder.

Y todos sabían que la foto en el centro, rodeada por un círculo rojo dibujado con marcador, era la mía. Lina Garcia.

Mi corazón latía con fuerza. A pesar de todo, una parte de mí, la niña que había amado a Máximo desde la infancia, quería creer que esto era real.

Vi cómo todos lanzaban sus dardos, y como si estuviera planeado, cada uno aterrizaba sospechosamente cerca de mi foto, pero nunca en ella.

Finalmente, fue el turno de Máximo.

Lanzó el dardo sin siquiera mirar, y se clavó justo en mi frente.

La sala estalló en aplausos y vítores.

Máximo se acercó a mí, se arrodilló y me ofreció un anillo deslumbrante.

"Lina, cásate conmigo".

Creí en su mirada, en sus palabras.

"Sí", susurré, con la voz quebrada por la emoción.

La noche de la fiesta de compromiso fue mi descenso al infierno.

Frente a toda la élite del país, Máximo levantó su copa.

"Un brindis", dijo, su voz resonando en el silencio. "Por la verdadera novia de esta noche".

No me miró a mí.

Miró a mi prima, Sasha Salazar, que estaba a su lado, sonriendo con malicia.

"Sasha y yo nos casaremos. Y Lina", añadió, girándose hacia mí con desprecio, "tendrá el honor de ser la asistente personal de mi futura esposa".

La risa de los invitados me golpeó como una ola.

Me quedé paralizada, el vestido de compromiso de repente se sentía como un disfraz de payaso.

Más tarde, cuando intenté irme, el círculo de amigos de Máximo me rodeó.

"¿A dónde crees que vas, asistente?"

Me arrastraron fuera, sus manos me agarraban con fuerza.

Me empujaron dentro de un viejo silo de café, oscuro y maloliente.

La pesada puerta de metal se cerró con un estruendo final.

Escuché la risa de Sasha desde el otro lado.

"Esto es por todos los años que me hiciste sentir inferior, primita. Disfruta tu nueva casa".

Grité hasta que mi garganta quedó en carne viva. Golpeé la puerta hasta que mis nudillos sangraron.

Pero nadie vino.

El hambre, la sed, la desesperación. Morí allí, sola en la oscuridad.

...

Abrí los ojos de golpe.

La música. La misma música.

Estaba de vuelta en el salón privado de los Castillo.

Máximo sostenía el dardo. El mapa estaba en la pared. Mi foto en el centro.

Renací.

Volví al momento justo antes de que mi infierno comenzara.

Mi corazón ya no latía con amor, sino con un hielo calculado.

El juego se repitió exactamente igual. Los dardos fallidos, la risa falsa.

Y luego, el dardo de Máximo, clavándose en mi foto.

Se arrodilló frente a mí, con el mismo anillo, la misma sonrisa falsa.

"Lina, cásate conmigo".

Esta vez, no hubo lágrimas de felicidad.

Mantuve mi rostro sereno, una máscara de inocencia.

"Sí, Máximo. Acepto".

Pero cuando él intentó ponerme el anillo, retiré mi mano.

"Con una condición".

La sonrisa de Máximo vaciló. Sasha, detrás de él, frunció el ceño.

"Una unión entre dos familias tan importantes como la nuestra", dije con voz clara y firme, "debe ser comunicada en persona. Quiero que me lleves a conocer a tu padre. Quiero que el presidente nos dé su bendición".

"Eso es imposible", espetó Sasha. "El presidente está muy ocupado".

Máximo me miró, su expresión se endureció. "Mi padre no se molesta con estas cosas, Lina. Un anuncio público es suficiente".

Sonreí dulcemente.

"Entonces retiro mi aceptación. Qué pena, ¿no? El gran Máximo Castillo, rechazado públicamente. Imagina los titulares".

La cara de Máximo se contrajo de ira. Ser humillado era su mayor temor.

Él y Sasha intercambiaron una mirada rápida. Pude ver los engranajes girando en sus cabezas. Probablemente pensaron que podían controlarme, que esto era solo un capricho.

"Está bien", dijo Máximo entre dientes. "Iremos a la residencia presidencial mañana. Pero no esperes nada".

"Oh, no te preocupes", le aseguré, dejando que me pusiera el anillo. "No lo haré".

Mientras salíamos del salón, me las arreglé para quedarme un poco atrás.

Escuché la voz susurrante y venenosa de Sasha.

"No te preocupes, amor. La dejaremos disfrutar su pequeño momento. Mañana, después de que tu padre la ignore, la humillación será aún más dulce. Y luego, nos desharemos de ella. Para siempre".

La confirmación de su plan asesino no me causó dolor.

Solo una fría y absoluta determinación.

Esta vez, la que moriría no sería yo.

Capítulo 2

La residencia presidencial era una fortaleza de poder y lujo.

Al llegar, un asistente nos recibió con una expresión grave.

"El señor presidente no puede recibirlos. Sufre una migraña terrible y ha ordenado no ser molestado bajo ninguna circunstancia".

Máximo sonrió con suficiencia, mirándome con burla.

"Qué lástima, Lina. Parece que tu gran plan ha fallado. Te lo dije".

Sasha apenas pudo contener una risita. "Supongo que tendremos que volver. Qué decepción".

Sentí sus ojos burlones sobre mí, disfrutando de mi aparente fracaso.

Pero yo no había fracasado. Esto era exactamente lo que esperaba.

Recordé las historias de mi padre, las viejas cintas de mi madre. Sabía del tormento del presidente, de sus migrañas que ningún médico podía curar.

Y sabía la única cosa que alguna vez le dio alivio.

Ignorando a Máximo y a Sasha, caminé con calma hacia el ala donde se encontraba el estudio del presidente.

Estaba de pie en el frío suelo de mármol, justo fuera de la imponente puerta de madera.

Cerré los ojos y respiré hondo.

Y entonces, comencé a cantar.

No era una canción de moda, ni una balada pop.

Era una vieja y melancólica ranchera, una que mi madre solía cantar en los cafetales. La misma canción que, según las leyendas familiares, el presidente Roy Lawrence amaba escuchar de su antiguo y secreto amor.

Mi voz, una réplica exacta de la de mi madre, flotó por el pasillo silencioso.

"¿Qué es ese ruido?", siseó Máximo, corriendo hacia mí. "¡Cállate, idiota! ¡Nos vas a meter en problemas!"

Intentó agarrarme del brazo para levantarme, pero yo seguí cantando, poniendo todo el dolor de mi vida pasada en cada nota.

De repente, la puerta del estudio se abrió de golpe.

Un guardia de seguridad salió, con la mano en su arma.

"Señorita, debe detenerse ahora mismo. El presidente..."

Pero se calló cuando el propio presidente Roy Lawrence apareció en el umbral.

Era un hombre de unos cincuenta años, con el peso de la nación sobre sus hombros, pero sus ojos, inyectados en sangre por el dolor, se abrieron de par en par.

Estaba pálido, aturdido.

"Esa voz...", susurró, como si viera un fantasma.

Me miró, y su rostro se transformó del dolor al más absoluto shock.

Estaba viendo un fantasma. El vivo retrato de la mujer que había amado y perdido.

"Tú...", dijo, su voz apenas audible. "Entra".

Le lancé a Máximo y a Sasha una mirada por encima del hombro antes de levantarme y seguir al presidente a su estudio.

La habitación estaba oscura, excepto por una pequeña lámpara de escritorio. El presidente se sentó pesadamente en su sillón, sin dejar de mirarme.

"Canta de nuevo", ordenó, su voz era una mezcla de autoridad y súplica.

Canté otra canción, y luego otra. Con cada nota, veía cómo la tensión abandonaba su rostro, cómo el dolor en sus ojos era reemplazado por una profunda nostalgia.

Cuando terminé, el silencio era denso.

"¿Quién eres?", preguntó finalmente.

"Soy Lina Garcia, señor presidente", respondí suavemente. "La prometida de su hijo, Máximo".

Sus ojos se entrecerraron, mirando más allá de mí, hacia la puerta.

"¿Máximo? ¿Él te trajo aquí?"

"Sí, señor. Vine a pedir su bendición para nuestra unión".

Hice una pausa, eligiendo mis siguientes palabras con sumo cuidado.

"Pero... entiendo que usted no esté bien. Si mi canto le ayuda, consideraría un honor venir a cantarle siempre que lo necesite. No pido nada a cambio".

Luego, bajé la mirada, como si estuviera confesando un secreto doloroso.

"La verdad es que... no estoy segura de amar a Máximo. Mi corazón pertenece a otro hombre. Un hombre poderoso, inalcanzable... un amor que nunca podrá ser. Supongo que me casaré con Máximo por deber, pero mi corazón nunca será suyo".

Roy Lawrence me observó, su expresión indescifrable.

"Vuelve mañana", dijo finalmente. "A la misma hora".

Fue un éxito. La semilla estaba plantada.

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