- Llegamos señorita - avisó Jerry, con su acostumbrada seriedad, apenas estacionó frente al enorme e imponente edificio de la editorial.
Bajó en silencio y rodeó, con elegantes movimientos el auto, para abrirme la puerta del asiento del copiloto. Suspiré, tratando de despojarme del miedo que invadía mi cuerpo. El corazón acelerado me recordaba constantemente que no estaba acostumbrada a socializar y que odiaba la invasión de mi espacio personal. Capté, inmediatamente, la luz emitida por una cámara fotográfica y me aterré. La noche promete, me dije internamente, tratando de reprimir el sentimiento de frustración que luchaba por salir.
- ¡Buitres! – exclamé molesta, refiriéndome a los fotógrafos y reporteros que esperaban mi llegada.
Caminé con pasos rápidos, aunque algo inseguros, hacia el vestíbulo de la monumental construcción. Los periodistas me acosaron, tratando de buscar un acercamiento que les permitiera interrogarme sobre el lanzamiento de mi libro. No quería hablar, porque era extremadamente tímida y, reaccionaba de forma ilógica ante determinados estímulos, debido a las fobias que me dejaron los traumas del pasado.
- No dejes que se me acerquen, por favor - susurré tratando que, las palabras, solo fueran escuchadas por Jerry, el joven que trabajaba para mí, desempeñando la doble tarea de chofer y guardaespaldas.
Mi empleado asintió creando, con sus fuertes brazos, la distancia que yo tanto reclamaba. Sentí alivio cuando llegué a mi destino y pude respirar un aire sin contaminaciones. Posé la mirada en el rubio y le agradecí, con una leve sonrisa, el servicio prestado.
Es extraño, pensé de inmediato, sentía una confusa pero fuerte conexión con aquel muchacho. No lograba explicar cómo confiaba ciegamente en su lealtad y en el estricto cumplimiento de su trabajo, pero, cómo no hacerlo, si parecía conocer cada uno de mis gestos y cumplía todas mis órdenes con eficiencia y discreción.
Con una señal, que él captó a la perfección, lo invité a seguirme hasta la planta superior, donde se llevaba a cabo el evento de la editorial. Estaba verdaderamente enojada con la dueña por haberme obligado a asistir al mismo.
Quería salir corriendo hasta mi casa y tumbarme en la cama, después de haber degustado un rico chocolate caliente pero, el contrato era claro y los jefes exigían mi presencia en el lugar. Finalmente atravesé el umbral del salón cuidadosamente engalanado. La directora me recibió con una expresión de alivio en el rostro.
- Valoro tu sacrificio Elizabet -alegó con un tono algo irónico que mostraba la falsedad de sus palabras y acciones - es importante que, el público te vea, interactúe contigo, porque esa es la garantía de tu éxito – asentí, pero más bien por educación. No deseaba generar falsas expectativas en las personas, mostrando una imagen distorsionada de una escritora que poseía muchísimas más sombras que luces
De repente el escenario improvisado se iluminó y apareció, ante el público, una joven que, de forma magistral, se hizo cargo de la conducción del evento.
- SEÑALES DEL DESTINO - expresó al realizar la presentación del libro - es una novela que profundiza en el cerebro humano, mostrando la fobia y los miedos de su protagonista. En ella se exponen las vicisitudes que pasa una fémina para despojarse de los recuerdos dolorosos del pasado.
Me concentré en la exposición y, mientras escuchaba la dulce voz de la presentadora, las escenas de mi horroroso pasado danzaban en la mente, asaltando mis recuerdos. Sentí, sobre la piel y en mi interior el abuso del que fui víctima. Me pregunté muchas veces ¿Cómo una niña de apenas 13 años pudo sobrevivir al desamor de su progenitora y al abuso físico y sexual de su padrastro?
Los intensos aplausos de los presentes me sacaron de mis cavilaciones. Observé el entorno y pude percibir las miradas puestas en mí, esperando las palabras de la escritora como único testigo omnisciente de la historia que ha sido publicada. Me levanté de la silla para brevemente agradecer, primero a la editorial por la oportunidad brindada y después a todo el público por su asistencia al lanzamiento del libro.
Apenas culminó la parte protocolar sucedió lo que temía. Fui asaltada por un gran número de personas que exigían fotos y autógrafos. Me abrumé al instante. Traté de evadir el contacto físico, pero me fue imposible. Comencé a respirar con dificultad porque odiaba que me tocaran. Los minutos se me antojaban eternos. El aire se volvía cada vez más pesado, aumentando mi angustia y ansiedad. Sentí que me desvanecía, pero, justo en el momento en que mi cerebro registraba la inevitable caída, percibí el contacto de unos brazos musculosos y fuertes que lograron alcanzarme, envolviendo mi cuerpo.
- Te tengo - escuché antes de sumirme en completa oscuridad.
.................
- Zorra – gritó el hombre con cara de asco mientras apretaba, mi cuello, con sus manos, eres mía, ¿oíste? Afirmé con terror por puro instinto de preservación, pero me arrepentí al instante, pues él tomó aquellas palabras como una invitación al abuso. Minutos después yo no paraba de llorar mientras el diablo me embestía con verdadera saña. Desperté sollozando del sueño recurrente. Ese ser despiadado, además de mi virginidad, me había despojado de la esperanza e inocencia que tanto había atesorado. Marcó mi alma, dejando huellas imborrables, convirtiéndome en una antisocial que no tolera el contacto humano.
Sentí mi cuerpo arder de rabia e impotencia ante la despreocupación de mi madre biológica, el abuso de su esposo, el desprecio de mis semejantes y mi incapacidad de lidiar con situaciones difíciles. No era una inútil que se había dejado arrastrar por la decepción, luché por mi futuro, apoyada por mi nueva familia, hasta convertirme en una escritora exitosa.
Me levanté de la cama, tratando de recordar los sucesos de la última noche, pero la neblina no abandonaba mi mente. Aún podía sentir el contacto desagradable de los desconocidos y la sensación de incertidumbre y desconcierto. Esos eventos siempre me dejaban un sabor amargo, pero era la primera vez que huían de mi total control.
Bajé, despacio, los escalones que me separaban de la cocina. Podía escuchar el sonido de las cacerolas y la risa despreocupada de Isabel. Estaba hambrienta pues, después de un ataque de ansiedad, experimentaba la necesidad de reponer fuerzas y recurría a los alimentos para ello. Era el grito de auxilio generado por mi cuerpo ante una situación extenuante.
- Buenos días - saludé con timidez, deparando en la presencia de mis dos únicos empleados.
Respondieron el saludo con una sonrisa que se me antojó incómoda. Mi trato era frío y distante. No lograba relajarme hasta el punto de establecer, con ellos, una relación de familiaridad. Supongo que, cuando falla, en tu crianza, tu roca fuerte y te quedas sin la guía certera de tu progenitora buscas, como mecanismo de defensa, una vía de escape para todos esos problemas que, por tu edad, eres incapaz de resolver y llegas a abrazar, con desesperación, la idea de enajenarte, por lo que logras salir del infierno personal, pero te limitas en tus relaciones sociales.
- ¿Le sirvo el desayuno, señorita? – preguntó Isabel con calidez. Me gustaba su alegría, porque me hacía albergar la esperanza de un futuro más tolerable para mí.
- Sí, estoy hambrienta – respondí, tratando de suavizar, al menos por esta vez, mi voz. ¿Por qué era tan complicado? ¿Qué me impedía llevar una vida dentro de los parámetros de lo normal? Ni mi terapista podía explicármelo. Llevaba demasiado rencor en mi corazón.
Contemplé a Jerry. Su expresión mostraba curiosidad, pero, no se atrevía a realizar la pregunta que invadía sus pensamientos. No dejaba de sorprenderme ese muchacho, porque, sus acciones, eran movidas por sentimientos nobles como: el respeto, la responsabilidad y la paciencia. No sabía mucho de su vida, pero, por el tiempo que pasaba en mi casa, cuidándome, presentía que aún abrazaba la soltería como su real estado civil.
- ¿Cómo se siente? – preguntó al fin moviéndose incómodo en el asiento.
- Estoy bien, un poco cansada, pero lista para lo que se avecina – respondí agradecida por la preocupación.
- Es la primera vez - dijo - al menos que yo recuerde, que percibo tanta desesperación y.... - lo interrumpí porque no quería abordar el tema. He intentado mantener mi pasado solo como un punto doloroso en mis recuerdos, sin conseguirlo.
- ¿Cómo llegué a la casa ayer? - le pregunté interesada - solo recuerdo que comencé a sentirme mareada y todo se volvió oscuro
- Se desmayó y fue casi un milagro que pudiera llegar a tiempo.
- Gracias nuevamente por salvarme. Tú sabes cómo me afectan esas demostraciones de cariño de las personas.
Él asintió con un ligero movimiento de cabeza y una clara expresión de alivio. Ya no lo percibía incómodo cuando pasaban esos episodios. Recordé la zozobra y angustia que experimentó al presenciar mi primer ataque de ansiedad. Fue embarazoso compartir, con un desconocido ese secreto, pero, con el tiempo y en la medida que la conexión entre ambos aumentaba, solo veía a un joven preocupado, paciente y dispuesto a enfrentar cualquier obstáculo por salvarme, por eso la seguridad que sentía únicamente a su lado aumentaba mis dudas. ¿Estaba experimentando por mi atractivo empleado un sentimiento aún más profundo que el agradecimiento? Me cerré a la posibilidad por varias razones: en primer lugar, me sentía sucia e indigna de recibir amor. Consideraba que, para alguien, con un mínimo de cordura y autoestima, tener una pareja compleja, superada por sus miedos, era un completo desastre. Además, sufría de un trauma, debido a la incapacidad de tolerar el contacto físico y, por último, odiaba mi cuerpo y, eso me generaba una sensación de desprecio y desconfianza hacia las verdaderas intenciones de cualquier hombre que se me acercara con fines románticos.
- Tenga cuidado, está caliente - advirtió Isabel refiriéndose al vaso de chocolate que colocó encima de la mesa – dio media vuelta, pero su expresión cambió al recordar algo que creyó importante.
- Señorita, su madre llamó temprano, pero no dejó recado - frunció el ceño para, después de mirar minuciosamente mi expresión, agregar - yo le dije que usted aún dormía.
- Más tarde la llamo, gracias Isabel - logré decir, restándole importancia al suceso. Mi empleada estaba consciente, como yo, de lo insistente que podía llegar a ser doña Mirian cuando no lograba su objetivo.
La mujer a quien consideraba mi progenitora apareció, en mi vida, para salvarme de la degradación moral en la que me encontraba. Samuel y Mirian me acogieron legalmente, brindándome el amor del que siempre había carecido. Sin ellos me hubiera arrastrado en el lodo, muriendo en la más penosa miseria. El gobierno me separó de mi madre biológica porque, claramente, su vida desordenada e irresponsablede, le impedía ocuparse de mi cuidado, sin embargo, en el hogar de acogida, viví un infierno más crudo que el anterior. Cada día enfrentaba un nuevo desafío, los maltratos, las ofensas y el desprecio de mis compañeros se convirtieron en mi rutina diaria.
Acabé de degustar mi desayuno. Me dirigí hacia el salón principal de mi vivienda, buscando privacidad y tomé el celular para hablar con la fémina a quien debía mi paz e independencia. Al tercer tono escuché su voz dulce.
- Hija, al fin me devuelves la llamada. Estaba preocupada.
- Madre, no me regañes, por favor. Dime cómo estás.
- Estoy bien, aunque te repito que preocupada. Leí en el periódico lo que te pasó en el evento. Lo siento... Debí acompañarte.
Me tensé al pensar que, mi foto, encabezaba las páginas del diario del día. Los periodistas no respetan la privacidad, son como aves de rapiñas en busca de comida. Inmediatamente le pedí a Isabel que me trajera el periódico. Quería constatar cómo habían abordado el ataque de ansiedad y el desmayo.
- Doña Mirian - llamé a mi madre que se encontraba en línea, pero en silencio, esperando mi reacción - no sabía lo del diario, te dejo, necesito leer el artículo, después te llamo.
- Dale, mi niña, no te bloquees, piensa que son un montón de idiotas.
Activé mis alertas. ¿Cuál sería la versión de los hechos que publicaron esos buitres? Tomé el periódico entre mis manos y lo abrí con curiosidad. Me quedé estática. En primera plana, aparecía mi imagen. Jerry me llevaba, en brazos, hacia el auto. Me veía desvalida e indefensa.
- Los voy a demandar - dije molesta, aunque estaba clarísimo que nunca pasaría - se aprovechan hasta de los padecimientos de las gentes - agregué - estoy cansada de esto.
- Tienes que venir Elizabet - me gritó la responsable de la editorial con verdadera frustración - en media hora debes firmar autógrafos.
- Lo siento, yo fui muy clara con ustedes. No me gustan las personas. Yo no quiero socializar.
- ¿No? - preguntó ella con ironía - ¿Cómo promocionamos tu obra? A las personas sí les gusta el contacto físico.
- No me interesa, ya te lo dije - alegué desesperada y visiblemente molesta.
- Mira, las cosas son así, tú tienes un contrato conmigo y, este evento, está contemplado dentro del mismo, así que, tienes veinte minutos para llegar aquí o te demando por incumplimiento - amenazó la mujer sin la más mínima gota de paciencia ni sensibilidad.
Suspiré estresada. ¿No podría simplemente desaparecer? Me mudaría para un lugar solitario, donde, a los idiotas que me absorbían la sangre como sanguijuelas, les fuera imposible molestarme, pero tenía razón, el contrato contemplaba el evento. Debía ceder, al menos por esta vez. Luego pondría en su sitio a esa desagradable e insensible mujer. Finalmente confirmé mi presencia en el lugar elegido, sintiendo los nervios completamente alterados. Esta fobia limitaba mis acciones y me convertía en un ser amargado y vulnerable para enfrentar el cumplimiento de las diferentes tareas. Debía realizar, en serio, un sinnúmero de ejercicios de relajación, para asegurarme una tarde tranquila. Bajé al garaje, ya con respiración irregular por mi próximo destino.
- Prepara el auto - ordené - vamos a salir.
Subí hasta la habitación, todavía necesitaba concentrarme en mi apariencia. El pelo mostraba mechones rebeldes que trataba de dominar con crema peinadora. Las enormes ojeras, frutos de una noche tormentosa, debido a las pesadillas, se resistían a dejarse vencer por el maquillaje. Mostré, frente al espejo, mi inconformidad con la imagen que devolvía, pero la resignación me arrastró hacia el frente de la casa, donde ya se encontraba el auto esperando por mí.
- ¿Está segura de querer exponerse de nuevo ante el cúmulo de personas que participan en esos eventos? - preguntó, mi chofer, con preocupación.
- No - respondí - pero, las obligaciones, nos acechan. Me acaban de amenazar con una demanda, así que - agregué realizando un ligero movimiento de hombros - debo asistir.
Nos adentramos en las concurridas calles de la ciudad, disfrutando de un silencio cómodo y cálido. Era eso, precisamente, lo que me encantaba del joven, su capacidad para captar mis estados de ánimo. Sabía cuándo entablar una conversación y los temas que, para mí, estaban vedados. Mi vida se reducía a eso, pasar desapercibida ante la gente. Mi pasión era escribir, plasmar, en el papel, mis profundos sentimientos y mis mayores anhelos y por eso lo disfrutaba tanto, al punto de considerarlo mi único aliciente. En la adolescencia todavía soñaba con casarme con un atractivo príncipe que me amaría todos los días de mi vida, pero, casi al instante, me di cuenta que los finales felices no existen, pues solo son fruto de una mente inocente, tierna y juvenil. Mi padrastro se encargó de lanzarme a la realidad de una forma cruel e inhumana, dejándome completamente afectada con escasas posibilidades de regeneración. No tenía amigos y nunca había disfrutado de una relación romántica, fuera de mis historias. Mis personajes, hasta la fecha, eran únicamente un producto de la imaginación. ¿Qué había cambiado, en mí, para que me decidiera a incorporarle elementos autobiográficos a la protagonista de esta nueva novela?
- ¿Necesita algo, señorita? - preguntó mi acompañante, mirando mi poca disposición para salir del auto.
- Jerry, no te apartes de mí, te necesito - susurré angustiada. Me arrepentí de sonar tan desvalida, pero ya era tarde. Mis palabras habían marcado al muchacho.
- ¡Llegaste! - exclamó Danna al verme.
- Me dejaste sin opciones. Puedes vanagloriarte de tu victoria, la amenaza te funcionó - respondí con un tono que enseñaba, exactamente, el tamaño de mi molestia.
- Lo siento, pero, en ocasiones eres tan frustrante.
Sus palabras me asombraron. Era la primera vez que se permitía esa osadía conmigo y sonreí, la había exasperado. Me complacía provocar reacciones imprevistas en mis conocidos hasta dejarlos expuestos por completo.
- De acuerdo, sin embargo, no le debo nada a nadie, así que no permito que me cuestionen - expresé queriendo parecer calmada, pero, ciertamente, podía escuchar los latidos de mi corazón acelerado.
Ocupé la silla, que me habían preparado para mi interacción con el público. Busqué, con la vista, a mi guardaespalda. Lo sentí colocarse a mi costado derecho, provocándome en los músculos una sensación placentera de relajación. Así, percibiéndome totalmente protegida, comencé la intensa jornada de firma de autógrafos.
Los seguidores expresaban de diversas formas su gusto por mi literatura. Exigían dedicatorias, firmas y fotos con el propósito de atesorar un recuerdo agradable del evento. Me conmovía el gesto de aquellas personas a las que debía mi éxito, pero, la incomodidad, por lo abarrotado del local, los murmullos cada vez más intensos y la sensación de calor que experimentaba me mantenían agobiada.
De repente, un frío horrible y aterrador me recorrió todo el cuerpo, instalándose en mi pecho. El olfato inmediatamente captó el olor desagradable del peligro, me tensé y comencé a temblar, reconociendo la familiar presencia del diablo.
- Mira a quién tenemos aquí - dijo en un tono bajo para no levantar sospechas - ¿Cuántos años?
No pude contestar. ¿Por qué, después de tanto tiempo el miserable todavía tenía ese poder sobre mí? Percibió, desde el primer momento, mi estado de desconcierto ante su visita y tomó mi muñeca izquierda, apretándola con fuerza. Intenté zafarme con desesperación, sin obtener el éxito esperado, sin embargo, en fracciones de segundos, el chico rudo que prometió cuidarme, le estampó, en su rostro, un golpe que logró desestabilizarlo. Luego lo levantó, sin esfuerzo, dejándolo caer en el medio de la calle. El ex-esposo de mi madre biológica saboreó el polvo del camino mientras gritaba un sinnúmero de ofensas. Mis peores temores se hicieron realidad. Había vuelto para recordarme que, los finales felices, eran pura fantasía.
Comencé a llorar, sin consuelo y mi angustia fue intensificándose cuando, el tacto de muchas manos, que habían presenciado el espectáculo y trataban de trasmitirme consuelo y comprensión, se hizo presente en mi piel.
Jerry apareció, nuevamente, como ángel guardián para rescatarme del embarazoso momento. Apartó el gentío que me rodeaba y me tomó en sus brazos, alejándome del local. Ya en el vehículo, comenzó a acariciarme el cabello, tratando de calmar mis agitados nervios, pero yo continué aferrada a su cuerpo con una necesidad que nunca había experimentado. ¿Por qué con él era diferente? ¿En qué momento comencé a verlo como mi puerto seguro?
Durante algunos minutos ambos nos mantuvimos en la misma posición, sin atrevernos a pronunciar palabras. Sentí que, este silencio, para nada incómodo, se convertía en nuestro mejor aleado.
- ¿Te sientes mejor? – preguntó susurrando en mi oído.
Asentí con unos rítmicos movimientos de cabeza y me aparté de su cuerpo.
- Disculpa - supliqué con el malestar provocado por las demostraciones de afecto compartidas.
- ¿Quién era ese hombre? - interrogó dejando ver una mueca de desprecio.
- Alguien que volvió a mi vida para atormentarla - respondí sin querer brindar muchas explicaciones - y es peligroso - agregué.
- Bien, cuando tengas ganas de hablar aquí estoy para escuchar sin juzgarte - sus ojos mostraron una luz extraña y desconocida pero hermosa. Detallé sus facciones y me sentí cautivada ante tanta belleza. ¿Por qué, de repente, me atraía el joven con el que había mantenido relaciones laborales por cuatro años?
- ¿Para la casa? - preguntó, tratando de romper esa conexión que nos mantenía extasiados y paralizados.
- No - contesté - llévame a otro lugar, es que no quiero, por ahora, volver a mi casa.
Pensó durante algunos minutos que se me antojaron eternos, adoptando una pose que realzaba todos sus atributos. Después convencido expresó:
- Te llevaré a conocer a las dos mujeres más importantes de mi vida.
Me desconcertaron y dolieron sus palabras. ¿Tendría novia? De solo imaginarlo mi corazón se descontroló. No comprendía la reacción de mi cuerpo, pues tampoco existía el más mínimo lazo entre nosotros y, a juzgar por mi extraña conducta, las posibilidades al respecto eran escasas. No era mujer para él, me repetía en mi mente una y otra vez.
- De acuerdo, confío en ti.
Mientras manejaba lo detallé anonadada. Pensé que era totalmente ilegal poseer esa belleza. Me atraía su carácter serio y centrado, su fortaleza física, su atractivo cuerpo y, particularmente, sus profundos ojos verdes. De repente su mirada logró descubrir mi acoso y pude percibir una ligera sonrisa estampada en el rostro del chico.
- ¿Pasa algo? - preguntó irónico.
Negué, depositando la vista en mis intranquilas manos. El sentimiento me agobiaba.
- Tranquila – dijo – a mí también me gusta lo que veo.
¿Tan obvia era? Me reacomodé nerviosa en el asiento. Debía controlarme, pero a pesar de saberlo, la inexperiencia que poseía en los temas de seducción, me exponía ante él, sin embargo, más que avergonzada me sentía contenta, porque era la primera vez, que mi cerebro registraba esa atracción tan poderosa y agradable al mismo tiempo.
El camino fue corto. Su presencia especial e imponente me generaba una paz que, ni con mis padres adoptivos, había experimentado.
- Llegamos - avisó con una sonrisa en el rostro - espera y te abro.
Así lo hizo, rodeó el auto para ayudarme a bajar. Seguí sus firmes pasos con sentimientos encontrados: curiosidad, pues no sabía dónde estaba, desconcierto porque todo era tan nuevo, tan confuso y, a la vez tan gratificante. La puerta principal fue abierta de un tirón para darle paso a una linda muchacha, extremadamente joven, alta y rubia que, al ver a Jerry, salió corriendo para abrazarlo de una manera muy familiar.
- Tito, te extrañé - dijo, rodeándole el cuello, con sus brazos, notablemente emocionada.
- Yo también mi tesoro - aseguró el joven, mientras correspondía al abrazo. Me quedé helada. ¿Quién era ella? ¿Qué relación tenía con el atractivo rubio? Se separó un poco de esos brazos que amenazaban con ahogarlo - ella es Elizabet - dijo - mi jefa.
¿Su jefa? Pregunté internamente. Me sentí desencantada con ese calificativo, pues estaba convencida, desde el primer contacto físico que habíamos cruzado los límites de jefe y empleado. ¿Qué nombre le pondríamos a nuestra relación entonces? ¿Amistad?
Las intenciones de la muchacha eran claras, quería abrazarme. Se notaba que era intensa en sus demostraciones de cariño, pero yo me aterré y abrí los ojos horrorizada. Él la detuvo, negando con la cabeza y ella captó, inmediatamente la información.
- Te presento a Nelinda - me comentó con dulzura - mi hermana pequeña.
Solté el aire que había apresado en los pulmones. El alivio se presentó, sin preámbulos, en mi sistema. ¡Su hermana! Era su hermana. Me había llevado a conocer a su familia.
- Mamá - chilló Nelinda cuando entramos a la vivienda - vino Tito - y mirándome agregó - y acompañado.
Cuando pasé el umbral de la puerta quedé maravillada ante la imagen del acogedor salón. Todos los detalles seguían la perfecta línea de la decoración. Comparé aquella casa, donde se respiraba la alegría de sus habitantes con la mansión solitaria y fría en la que vivía y fui incapaz de retener la frase que dejaba ver lo impresionada que estaba.
- ¡Es preciosa tu casa! - exclamé - se nota que ustedes son personas con un gusto exquisito.
- Gracias - dijo en un tono juguetón.
Iba a continuar con los cumplidos cuando, una señora, todavía hermosa, entró al recibidor donde nos encontrábamos, llenando cada espacio con su presencia. Poseía una personalidad arrolladora y una sonrisa que cautivaba. Provocó, en mí, tan solo verla, numerosas emociones. Corrió a abrazar a Jerry. Estaba claro que, por cuidarme, el joven no pasaba mucho tiempo con su familia y eso me entristeció, pues podía percibir el gran amor que se profesaban. Llegué a sentir culpa, pero traté de disimularlo para no amargar la visita.
- Mi niño - dijo dando muestra de un puro cariño maternal. Lo recibió gustosa con los brazos abiertos y, con verdadera devoción. Dejó pequeños besos en su rostro. Sonreí con agrado, gesto que no pasó desapercibido para el rubio, quien rodó los ojos avergonzados.
- Madre, por favor, que tenemos visita - suplicó - ¿Qué dirá mi jefa? - y dirigiéndose a mí agregó - Elizabet, esta es mi madre.
Realicé una pequeña reverencia en señal de saludo. Me agradaban, pero quería establecer los límites para continuar disfrutando de mi comodidad.
Pareció alegrarse con mi visita. Se mostró dispuesta a colmarme de atenciones. Escuché cuentos que implicaban a sus hijos en grandes travesuras, me enseñó fotografías de antaño y degusté platos exquisitos. Al culminar la velada me encontré sobrecogida, porque respetaron, desde el primer momento, mi espacio personal y la poca tolerancia que tenía ante el contacto físico. Me asumieron como familia y me sentí querida. Descubrí seres maravillosos que tienen bien establecidas sus prioridades, considerando a los allegados como lo más importante. En varias ocasiones percibí la mirada curiosa de la jovencita, pero nunca se atrevió, a lanzar la pregunta que rompería la genial dinámica del momento.
- Tu jefa es muy joven y hermosa – se sinceró la señora.
- Lo es - afirmó el hijo con una mezcla de nerviosismo y admiración.
Mi pecho se agitó. No me consideraba hermosa, pero experimenté, ante esas declaraciones, una sensación de bienestar extraordinaria.
- Gracias – susurré avergonzada.
La conversación fluyó con una refrescante naturalidad. Parecíamos cercanos y yo, por primera vez en diez años, pude compartir sin que, el temor, hiciera de las suyas. ¿Estaría transitando, paso a paso, el camino hacia la sanación? Lo dudaba, porque, en la tarde, cuando Ransés apareció, temblé como el primer día y solo pude pensar en aquellas terapias que me enseñaban a lidiar con mis miedos. Era Jerry mi única esperanza, sin embargo, por muy prometedor que se presentara el futuro a su lado siempre la imagen de mi padrastro aparecía para volver a levantar los muros que me separaban del resto de los mortales, incluyendo al chico.
Durante la comida, rodeada de amor, logré despojarme de los horribles recuerdos. No pensé en la adolescencia truncada, en las irresponsabilidades, tampoco en el abuso pero, ya en el auto y ante la proximidad de mi casa, la realidad me estremeció y, aunque quise, no pude reprimir el suspiro ahogado que se escapó del fondo de mis entrañas.
- ¿Qué pasa? – preguntó Jerry asustado.
No pude contestar, pues le acababa de abrir las compuestas al dolor y al desengaño. ¿Sería esta una señal del destino que aparecía para recordarme que nunca podría deshacerme del pasado?
- No me llores, preciosa, por favor, suplicó el rubio al ver en el estado en que me encontraba. Acongojado detuvo el auto en el lugar que creyó más seguro y desabrochó su cinturón de seguridad para acercarse a mí cautelosamente y dejar suaves caricias en mi espalda. Lloré por la muerte de mis ilusiones, por los dolorosos recuerdos y, particularmente por la niña de trece años que sustituyó sus sueños por horribles pesadillas.
Por alguna importante razón que aún no entendía en su totalidad, debido a mi inexperiencia, sus manos, en mi piel, provocaban sensaciones placenteras, nunca antes experimentadas. Me dejaba llevar y hacer con plena conciencia y sin la más mínima gota de arrepentimiento. Nadaba en un lago de aguas mansas que, lejos de ahogarme me acunaba.
Cuando recobré un poco la noción del tiempo, el peso de los acontecimientos me invadió. Me percibí en una postura comprometedora. Estaba sentada en su regazo y mis brazos rodeaban su cuello. Durante algunos segundos pensé en apartarme, pero después cambié de opinión porque, aún desconcertada, decidí seguir disfrutando de las caricias que me tenían plenamente hechizada. ¿Por qué a él le permitía lo que a todos, incluyendo a mis padres adoptivos, le había prohibido?
- Volvió, Jerry y todo comenzará de nuevo, estoy perdida – susurré.
- ¿Quién es él? – preguntó, mientras me apartaba, con una mano, los mechones rebeldes de mi cabello, colocándolos delicadamente, en su lugar.
- El hombre al que golpeaste hoy, ese que intentó lastimarme, es mi padrastro - suspiré profundo, interrumpiendo mi confesión, porque hablar del tema era difícil - el diablo me arrancó mi virginidad, acabó con mi inocencia, me golpeó salvajemente y me quitó las ganas de vivir. Después, ya lo sabes - asintió, tensándose visiblemente y apretando las manos con violencia - Mirian y Samuel me adoptaron, brindándome una nueva oportunidad.
- ¡Dios mío! - exclamó afectado, tratando de procesarlo - ¿Dónde estaba tu madre cuando el malnacido te abusaba? ¿Por eso no tienes vida social?
Percibí admiración y comprensión en su mirada. Desnudaba mi alma al hombre en el que confiaba, porque supe, casi desde el primer momento, que mi secreto estaba a salvo con él. Ransés dejó claro, con sus amenazas, que el final, de esta historia, aún no se había escrito.
- Era una irresponsable, con una vida desordenada - respondí con asco - yo viví un infierno más intenso y difícil que el de Dante. En la adolescencia, según mi psiquiatra, es donde termina de desarrollarse tu personalidad. Es una etapa de carencias, fundamentalmente afectivas. Puedes imaginar el daño que me causó el hecho de que solo se aproximaran a mí para hacerme mal. Soy una mujer rota, con muchos traumas, que se cree indigna de merecer amor.
Me abrazó aún con más fuerzas, en señal de protección. Quería demostrarme que estaba disponible y dispuesto a defenderme. Era afortunada por tenerlo, pero, exponerlo al peligro, me atormentaba, sin embargo, necesitaba que los poderes de sanación que, estaba segura él poseía, curaran a mi pobre corazón deshecho.
- No soy un romántico - inició - ni hablo con palabras bonitas como los personajes de todas tus novelas - me sorprendí con su declaración. ¿Cómo lo sabía? ¿Habrá leído mis novelas? Sentí la emoción a flor de piel - pero te prometo que voy a protegerte con mi vida de ser necesario. No permitiré que vuelvan a hacerte daño.
Me aferré aún más a su cuerpo, respirando su seguridad y fortaleza. El mensaje que trasmitía era claro. Quería darme paz, pero el futuro era incierto e impredecible y, la presencia del diablo, me perturbaba hasta el punto de intensificar mis miedos e inseguridades. ¿Podría algún día librarme de ese hombre y luchar por la felicidad?