Volvió a ocupar su puesto.
El chico que mira por la ventana, volvió a ocupar el puesto de Violet en la biblioteca.
Ella no entiende por qué siempre ocupa ese lugar, cuando hay tantas mesas en la biblioteca. De hecho, ¿por qué no ocupa otro lugar en la mesa si hay tres sillas más aparte de esa?
Violet tiene la rutina de buscar el libro que va a leer y después sentarse a la mesa, pero ha visto que eso no es tan conveniente, porque las personas suelen ocupar ese lugar antes que ella vuelva. Como ese, el chico de la ventana que nunca lee y se queda observando el panorama con los auriculares puestos.
Violet no lo entiende, ¿por qué siempre viene en las tardes a la biblioteca si no va a leer?
-Estás ocupando mi lugar -espetó ella, apretando el libro en su pecho.
Le hubiera gustado que su voz sonara más convincente, pero su inmensa timidez le impide mostrarse ruda, de hecho, todo su cuerpo delgado nunca le permitiría verse como alguien intimidante. Tal vez, por eso las personas nunca la toman en serio y menos cuando quiere reclamar lo que siente que es suyo; como ese puesto, que es el único en toda esa inmensa universidad que no la hace sentir incómoda.
El joven volteó sus ojos azules a ella y la observó fijamente. Violet mostró un rostro aburrido (intentaba mostrarse como alguien fría, pero solo se veía así, como si estuviera aburrida).
Llevaban una semana en aquella tónica, desde que Violet le pidió el primer día que se corriera de puesto, él ha venido sin falta a sentarse en esa silla. Comenzaba a creer que lo hacía para molestarla.
Se quitó un auricular y tornó todo su rostro bronceado sumamente serio (a él sí que le salía; y muy bien).
-¿Cuándo compraste este lugar? -inquirió con voz irónica.
Ella odiaba el tono con el que siempre le hablaba, era como si todo lo que ella hiciera, le fastidiara.
Ojalá Violet pudiera sonar así de irónica.
Era mucho más mayor que ella. Debía tener unos veintidós años; se notaba que ya era veterano y que no le intimidaba ningún espacio de la universidad, porque era su espacio, era su mundo. No como Violet, que el único espacio en todo el campus que no le intimidaba era ese metro y medio de la biblioteca, donde podía ver todo desde la ventana; bueno, también se sentía cómoda en su habitación: y eso, porque allí casi nunca había alguien. Por momentos estaba Teresa y su novio Brian, pero ellos ya no le ocupaban espacio figurado como tal; o sea, ellos ya pertenecían en su mundo y nunca le incomodaban (por ahora).
-¡Sabes que siempre ocupo esa silla a esta hora, ¿lo haces adrede?! -espetó ella en un pequeño grito, para que su voz no sonara alta e incomodara a las demás personas.
-Sabes que siempre vengo a esta hora y ocupo esta silla, ¿por qué sigues pidiéndomela, primípara? -Ladeó una sonrisa satisfecha, se notaba de lejos que le encantaba molestarla.
¡¿La acababa de llamar primípara otra vez?!
-Que me dejes de llamar así -gruñó la joven entre dientes.
-¿Acaso no eres de primer semestre?
¿Era tan obvio que apenas estaba comenzando su primer semestre en la universidad? Usaba ropa casual para intentar pasar desapercibida, como le aconsejaba Brian, ya que, si usaba ropa que se obviaba que era nueva, pasaría como una "primípara" y eso era vergonzoso.
Resignada, se sentó frente a él, dejando el libro sobre la mesa marrón. Con él de frente y su ancho pecho de atleta, tapaba todo el paisaje que daba la ventana, y eso era triste, muy triste; porque ninguna otra ventana daba tan buen paisaje del lago donde nadaban los patos, flamencos y los estudiantes que subían a las canoas.
Abrió el libro y buscó la página donde había dejado anteriormente su lectura.
-¿Por qué no te lo llevas y ya? -preguntó el joven-, ¿no has sacado el carnet?
Violet sabía que podía sacar los libros de la biblioteca, pero para eso primero debía sacar el carnet que le permitiera hacerlo. Según Teresa (que ya lo había hecho) era sumamente fácil, debía mostrar su documento estudiantil en la recepción y pagar un pequeño excedente para que le hicieran el carnet y ya.
El problema estaba en que Violet debía acercarse a los bibliotecarios (siempre le parecía que estaban ocupados) y preguntarles por el dichoso carnet. Además, la recepción siempre estaba llena de estudiantes preguntando cosas y sacando libros.
Pasó saliva e ignoró al chico.
Por alguna razón, comenzaba a acostumbrarse a que se sentara frente a ella. El día anterior, cuando fue a buscar un libro que necesitaba, al volver, notó que todas las mesas estaban llenas de estudiantes y él le cuidó su lugar, montando un bolso en su silla, así ella no se quedó sin lugar.
Quería preguntarle cómo se llamaba, pero no se atrevía. De hecho, él era el único que hablaba cuando Violet intentaba leer, lo que producía que no avanzara nada en su lectura.
-Debes hablar con el bibliotecario y él te dará el carnet -le explicó el joven.
-Ya lo sé -soltó ella, subiendo la mirada al él y acomodó sus lentes grandes con una mano.
-Pero no te atreves a hacerlo. -Volvió a mostrar esa sonrisa torcida.
Violet se ruborizó por completo y volvió a tragar saliva.
-En algún momento deberás hacerlo -prosiguió-; no piensas pasar todo el año peleando conmigo por sentarte al lado de la ventana, ¿o sí?
La verdad, el plan de Violet era hacerlo todo lo que pudiera permitirle la biblioteca.
-¿Tú no estudias? -preguntó ella, intentando cambiar la conversación.
-Sí, pero me gusta ir a mi cuarto, con el silencio; ya sabes, para concentrarme más. -Ahora parecía estar burlándose de Violet-. La biblioteca tiende a volverse ruidosa en la tarde, y más cuando llega la semana de parciales, en unos meses lo sabrás. Y me darás la razón.
Violet sintió la ansiedad golpearle el estómago, hasta hacerla sentir la falta de aire. Y con ese muchacho observándola fijamente, con esos intensos ojos azules, como si la reparara a detalle...
¡Por Dios, ¿por qué la observaba tan fijamente?! ¿Es que tenía algo raro en el rostro?
Comenzó a ruborizarse y acomodó los lentes en el inicio del puente de su nariz. Inspiró hondo e intentó relajar sus hombros.
-¿Quieres que te ayude a sacar el carnet? -propuso el joven.
Ella no respondió, porque él ya se estaba levantando de la mesa y wao... era bastante alto.
Violet nunca lo había visto de pie, porque siempre se iba antes que él. Ahora que lo veía desde ese ángulo, parecía imponente, con su pecho y brazos anchos; tal vez era la chaqueta del equipo de fútbol lo que lo hacía ver así.
Pero, cuando Violet se levantó, se dio cuenta que sí, definitivamente era bastante alto, ella le llegaba un poco abajo del hombro y con todo su cuerpo languiducho, era obvio que se veía insignificante al lado de él.
-Vamos -pidió el joven.
Vaya, realmente no era tan malo como llegó a creer. En serio la estaba ayudando.
Caminaron en silencio, sobre todo porque Violet se estaba mostrando más tímida que de costumbre y dejaba que él caminara unos centímetros más delante de ella.
Cruzaron los pasillos de las estanterías atiborrados de libros y llegaron hasta la recepción, donde se encontraba un hombre bajo, con barriga y se notaba la caída de su cabello en la cabeza.
-Buenas tardes, Julio -saludó el muchacho.
-Ah, hola, Gael -saludó el bibliotecario, parecía que había estado distraído con algo.
Así que se llamaba Gael...
-Ella necesita sacar su carnet -informó Gael, señalando a Violet con el pulgar de su mano derecha.
La joven se sintió compungirse de a poco y se rodó un tanto para esconderse (disimuladamente) detrás de Gael.
Julio (el bibliotecario) mostró una cariñosa sonrisa.
-¿Primera vez? -preguntó a Violet.
-Ah, sí -respondió, ruborizándose.
El bibliotecario le pidió a Violet una información y después la hizo firmar un documento. Por último, tuvo que pagar el excedente.
-Seis mil pesos -informó el bibliotecario.
Ella iba a sacar su cartera de un pequeñito bolso negro que traía consigo, pero Gael se anticipó y lo pagó.
-Así te recompenso todo lo que me has tenido que soportar -dijo, pagando el excedente.
Violet no fue capaz de decir palabra alguna, solo apretó los labios y, una vez recibió el carnet, pidió que le dejaran sacar el libro que desde hace minutos llevaba apretujado entre sus brazos y pecho.
Se sentía rara, incómoda y extrañada, porque Gael terminó siendo un muchacho bonachón. Bueno, seis mil pesos no era mucho, pero sabía que nadie hacía tan poco por otra persona, y menos si es un desconocido. ¿O ellos no eran desconocidos? Llevaban una semana sentándose en la misma mesa, aunque era poco tiempo. ¿Por cuánto tiempo se deja de ser desconocido para alguien?
Cuando le dieron el libro a Violet y por fin supo que ya lo podía llevar a casa, volvió a apretujarlo en su pecho.
Comenzaron a salir de la biblioteca y Violet se preguntaba cómo podía despedirse de Gael.
-Bueno... -trató de hablar.
-¿Ves? No era tan difícil -comentó Gael, desplegando una sonrisa-. Ahora puedes sacar los libros y leerlos en tu cuarto.
-Gracias -balbuceó, ruborizándose.
Gael la observó de pies a cabeza y ensanchó su sonrisa.
-¿Cómo te llamas?
-Violet -contestó.
-Violet -musitó Gael en sus labios. Peinó su cabello negro y liso con una mano, después, procedió a decir-: es un muy lindo nombre, te queda.
Violet tragó en seco y todo su rostro y cuello se tornaron rojos. Intentó hablar, pero solo produjo que sus labios se entreabrieran, para después cerrarlos y apretarlos con fuerza.
-Eh... gracias -se despidió.
La joven bajó los diez escalones que había a las afueras de la biblioteca casi que corriendo y se adentró en los pasillos estilo antiguo con farolas coloniales.
Comenzaba a caer la noche en el campus y el clima se sentía frío, pero Violet comenzaba a sudar. Además, su corazón palpitaba a mil por segundo.
¿Por qué le dijo eso?
Es un muy lindo nombre, te queda.
¿Por qué peinó su cabello de forma tan seductora?
A la gente siempre le gusta hablar desde su experiencia personal. De hecho, a la gente siempre le gusta hablar de ella misma y lo que ha vivido. Violet está segura que la gente habla de sí misma el ochenta por ciento del día, a veces, llega a creer que más.
Pero también es cierto que a ella le gusta escuchar a la gente hablar y, cuando tuvo que apuntarse a una universidad, decidió escribir psicología sin pensarlo dos veces, para poder seguir escuchando a la gente hablar de sí misma.
Lo bueno para que nadie se dé cuenta que no hablas mucho, es hacerlos creer que estás hablando con ellos, cuando en realidad, solo los escuchas. Así nunca te llegan a decir "eres callada".
De hecho, esta estrategia la ha implementado desde muy pequeña y la ha librado de muchos problemas y de no estar en ningún extremo de la clase. Ella siempre se sentó en el centro, donde no estaba entre los inteligentes y tampoco los que no les interesaba nada de las clases.
Siempre fue la que estaba ayudando a los demás, a los que estaban teniendo un problema y era a la que llamaban para que diera una opinión y así se resolviera un problema; algo así como la jueza.
Siempre fue la que estaba atrás, sosteniendo el cartel con el que sus compañeros de clase les pedían noviazgo a sus amigas.
Era esa compañera de curso que todos consentían porque era como la niña pequeña, a la que debían explicarle los asuntos del amor, porque no tenía nada de conocimiento práctico sobre los asuntos del amor; o sea, se le podía pedir consejos "teóricos", pero nunca la escucharías hablar sobre experiencias personales. Todos sabían que era demasiado raro ver a Violet con novio; de hecho, a nadie se le cruzaría por la mente, porque era de esas chicas que todos querían como hermana menor o la niña pequeñita: todo de ella derrochaba ternura e inocencia.
-Es que no vas a comprenderlo porque no te ha pasado -siempre le decían eso.
Y Violet no estaba en desacuerdo con esto, porque, ya de tanto escuchar frustraciones amorosas y ver a sus padres separados desde muy niña, no le interesaba nada del amor. No se veía teniendo pareja y mucho menos casándose y teniendo hijos.
Para ella, su vida estaba bien. Hasta que cumplió los diecisiete años, todo estaba bien, no cambiaría nada en su vida.
Sí le habían gustado algunos chicos, pero siempre fue una atracción, porque la sociedad en la que se relacionaba no iba muy de acuerdo con ella: mientras sus amigos iban a fiestas, ella se quedaba leyendo en su casa o viendo una serie; mientras sus amigas se apuntaban a gimnasios para conocer chicos fortachones y mayores que ellas, Violet prefería apuntarse a cursos de escritura creativa para poder mejorar sus poemarios; si toda su familia se reunía para pasar una tarde, bebiendo y bailando, la joven permanecía sentada en una silla, con un vaso de cerveza que terminaba calentándose.
Hubo unas excepciones, donde algunos chicos que no la conocían bien terminaban gustando de ella (solo sucedió dos veces en su vida: a los diez años y la última a los quince), donde los rechazó, porque no eran para nada su tipo y también porque le daba miedo; porque, cuando quiso darse cuenta, a sus quince años, ya era mayor para confesar que nunca había besado a alguien.
Y sí... al final, terminó siendo miedo lo que le produjo el enamorarse de alguien, que fuera rechazada como les pasó a varias personas que conoció, que terminara generando apego emocional hacia alguien que le hiciera daño.
Había leído muchos casos de personas que caían en una severa depresión porque terminaban muy mal una relación amorosa.
¿O qué tal y le confesara a su novio que nunca había besado y él se burlara de ella? Podría tildarla de niña y no la tomaría en serio. ¿Y si le tomaba fotos desnuda y las subía a redes sociales y todas las personas que la conocían las veían? Eso podría dañar su reputación...
Una vez su abuela le dijo que lo mejor para no salir lastimado en el amor era abstenerse a estar con alguien. Esas palabras se le grabaron en su mente como un mantra que siempre se repetía.
Y ahí estaba, a punto de cumplir dieciocho y nunca había tenido un novio, mucho menos había dado su primer beso y era evidente que nunca en su vida había tenido relaciones sexuales; solo vio uno que otro video porno que sus antiguas compañeras de preparatoria le mostraron para ver su ingenua reacción.
En la UCC estudiaba su hermano mayor Bruno y su prima Mariana, por eso sus padres le dijeron que hiciera el examen de admisión allí.
La idea era estar con ellos en sus tiempos libres, pero nunca tenían tiempo libre. Claro, de vez en cuando iban y la visitaban en el dormitorio, para ver qué tal estaba y los fines de semana se iba con su hermano a visitar a sus padres.
Violet se sentía algo frustrada, porque quería estar cerca de Bruno (era muy apegada a él) y no se imaginaba cómo sería la vida en la universidad cuando él terminara la carrera, porque ya le quedaba casi año y medio para graduarse.
En los primeros días en la universidad, cuando a Violet le había dado durísimo la vida universitaria, lloró en la habitación de Bruno porque no soportaba la presión y le pedía a él que la regresara a casa.
-Te vas a acostumbrar -consolaba Bruno-, encontrarás amigos y se te hará todo más fácil. Además, me tienes a mí.
-¡Pero tú te vas a ir a mitad del otro año! -replicaba-. Te vas a graduar y me vas a dejar aquí, sola.
-Me tienes a mí -intervino Mariana, que estaba sentada en la cama del compañero de cuarto de Bruno.
Violet volteó a verla, después, regresó la mirada a su hermano y volvió a llorar. Bruno la abrazó y masajeó su espalda de forma circular.
Pero él tenía razón, entre más se habituaba a la vida universitaria (que aún le seguía pareciendo espantosa), se sentía mejor.
Ahora tenía a Teresa y a su novio Brian. Cuando no estaba con su hermano y su prima Mariana, se encontraba con ellos dos. Para esos momentos de soledad, donde las pocas personas que conocía estaban ocupadas, tenía la biblioteca.
Estaba sobreviviendo.
Se refugiaba mucho en los estudios y las cosas que no entendía, podía pedirle a Brian (porque la única que se le hacía difícil era razonamiento matemático y él era bueno para los números) que le ayudara y por veces se le apuntaba a los refuerzos, Teresa.
Si no hubiera conocido a ese par, no habría soportado, porque su hermano y su prima tenían sus grupos de amigos y le decían que debía conocer gente, que socializara; así que no lograban comprenderla.
Cuando llegó a su habitación, encontró a Teresa sentada en su cama y en la suya, estaba Mariana, andando su laptop.
-¿Dónde estabas? -preguntó Mariana arrugando la frente.
-En la biblioteca -respondió Violet, cerrando la puerta.
-Te lo dije -comentó Teresa-. Si no la encuentras en la habitación, es porque está en la biblioteca.
Violet se sentó al lado de su prima, dejando el libro y su bolsito negro que traía consigo sobre el colchón.
-¿Venías corriendo? -indagó Mariana, observándola.
El cabello de Violet era negro liso y lo traía cortado hasta los hombros, pero en ese momento, estaba un poco espolvoreado, así que se veía como si estuviera de punta.
Intentó peinárselo con las manos.
-¿Te pasó algo? -inquirió Teresa.
-No -respondió con rapidez.
-¿Te venían persiguiendo o algo así? -insistió Mariana en saber.
-No, solo fui a la biblioteca y saqué un libro para leerlo -aclaró Violet.
-¡Ah, por fin sacaste el carnet! -exclamó Teresa con una leve sonrisa.
-Sí, me ayudaron.
Intentó que una sonrisa no se desplegara en su rostro, pero fue imposible. Las chicas pudieron notarlo y la atusaron para que contara, así que se dio por vencida y lo confesó todo.
-¿Cómo es físicamente? -preguntó Teresa.
-Es mucho más alto que yo y creo que está en el equipo de fútbol, porque llevaba una chaqueta, tiene los ojos azules oscuros y su cabello es negro liso. Sus brazos son... -Se ruborizó mucho más de lo que ya estaba-. Sus brazos son gruesos, creo que hace ejercicio.
-¡Aaah te gustaaaa! -Teresa dio un salto en su cama por la emoción.
Violet cubrió su rostro con sus manos, porque no soportaba la vergüenza.
-Si siempre va para quedarse hablando contigo, es porque le llamas la atención -comentó Mariana.
Teresa aceptó con un movimiento de cabeza.
-Es muy evidente, Vio. -A Violet le llamaban "Vio" de cariño, pero era un apodo nuevo que se inventó Teresa y ahora todos la llamaban así. Bueno, las pocas personas que la conocían.
¿Sería cierto? No lograba imaginar a un hombre gustando de ella, mucho menos a Gael: él era otro tipo de hombre, de esos que se fijan en la chica más hermosa de toda la corte de su carrera, de esa que buscan para ser modelo. Ella no estaba para nada cerca de ese prototipo de mujer, ¡para nada era bonita! De hecho, las personas llegaban a decirle "tienes un rostro tierno" para que no se sintiera mal, porque del resto, parecía un esperpento.
Siempre creyó que era el tipo de chica que los hombres buscaban para que fueran amigos, porque estaban seguros que nunca se fijarían en ella.
-¿Y si solo me habla porque le inspiro lástima? -preguntó a sus amigas.
-¿Lástima? -inquirió Teresa-, ¿por qué le inspirarías lástima?
-Me ayudó a sacar el carnet -repuso y mostró el carnet en su mano.
-Eso es por cortesía y también para ganar puntos contigo -aclaró Teresa-. ¿Por qué te pagaría el carnet si no estuviera interesado en ti? ¿Qué hombre hace eso solo porque sí? Es obvio que le llamas la atención y quiere acercarse a ti. Dijiste que va todos los días sin falta a la biblioteca solo para hablar contigo.
Realmente iba porque quería molestarla, se notaba de lejos que era ese tipo de hombre que no le gusta que le ordenen hacer cosas o que le lleven la contraria: todo su rostro gritaba que era vengativo. Seguramente en el pasado acosaba a sus compañeros en el colegio.
-Tú no inspiras lástima, Vio -subrayó Teresa.
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.
Esa otra mañana, Violet tenía clase a las seis y media, era la clase más horrible que podía tener, porque debía despertarse a las cinco para poder estar a tiempo en clase.
Teresa le regaló un panecillo de caramelo relleno para que pudiera picar algo en el camino y no estar con el estómago vacío. Curiosamente, su amiga también le dijo que se aplicara su tinte de labial con el argumento:
-¿Y si te ve Gael por el pasillo? Debes verte bonita, no puedes estar desarreglada.
Así que esa mañana, por más que debió levantarse temprano, la joven se peinó el cabello y se aplicó tinte de labios, para que así se vieran de un rosado intenso que parecía verse natural. Lo bueno de su piel es que era limpia y no tenía necesidad de aplicarse mucho maquillaje (de hecho, ella no usaba, porque era mala maquillándose). Se cambió con un vestido rosa de tiras y era estilo campana en la falda, le llegaba por encima de las rodillas.
Se sentía de cierta forma feliz y ansiosa, preguntándose si podría ver ese día a Gael. No recordaba si le había dado las gracias el día anterior, pero quería verlo para poder hacerlo, tal vez debería comprarle algo, ¿o sería exagerado?
Cuando llegó al salón de clases, se sentó cerca a la ventana que daba vista de parte del campus y logró visualizar por el vidrio que el cielo estaba despejado de nubes.
-Disculpa, ¿está ocupado? -escuchó que le preguntaron.
Volteó a su derecha y notó que un joven estaba un poco inclinado a ella, mostrando en sus ojos un iris intenso de color verde grisoso, con unas pestañas castañas claras bastante tupidas. Quedó por un momento sin aliento y tuvo que parpadear dos veces para poder reaccionar ante semejante panorama despampanante.
¡Por Dios, ¿acaso todos los estudiantes de esa universidad eran modelos o qué?!
-¿Estás guardando el puesto a alguien? ¿Está ocupado? -volvieron a preguntarle.
Violet bajó la mirada hasta el puesto al lado de ella que se encontraba vacío.
-Ah, no, puedes sentarte si quieres -indicó.
Vio que el muchacho ladeó una sonrisa rosada y dejó caer un bolso negro sobre la mesa de madera, para después echar su alto y fornido cuerpo sobre la silla pequeña. Violet notó que, al acomodarse en el puesto, las largas piernas del joven sobresalían del otro lado de la mesa, casi chocando con la silla del compañero de adelante.
Ella ya sabía a la perfección quién era él, porque casi todos en la universidad lo conocían. Era uno de esos chicos perfección que resaltan a simple vista, en este caso, él no solo lo hacía por su enorme belleza (trabajaba como modelo para la revista VIA, famosa por su ropa juvenil), sino porque contaba con una enorme suerte para los estudios. Violet creía que era cuestión de suerte.
La cosa era así: el chico a su lado se llamaba Gabriel, había estudiado medicina y llegó hasta cuarto semestre becado, pero él repentinamente dejó la carrera y decidió comenzar a estudiar psicología, entrando justamente en la misma corte de admisión que Violet y sorprendentemente, ocupó el primer lugar en el examen de admisión, por ende, la universidad lo becó por excelencia académica. O sea que, aunque perdió la beca anterior por haber abandonado los estudios de la carrera de medicina, volvió a estar becado por su gran inteligencia.
La gente lo llamaba chico genio, decían que era superdotado, pero Violet creía que era suerte. No sabía si tenía este pensamiento porque anteriormente, cuando tuvo que hacer el examen nacional en último año, una de sus compañeras (la que tenía fama de ser la más desaplicada y que estaba a punto de reprobar) fue la que obtuvo el mayor puntaje en todo el colegio y por ello le dieron una beca universitaria.
Violet estaba tan sorprendida por esta hazaña que el último día de clase se acercó a preguntarle cómo lo hizo si nunca la vio repasando. Entonces, la joven mostró una sonrisa de esas ladeadas que uno crea cuando se siente cool y le dijo:
-Echaba el lápiz a rodar y la que señalaba, esa era la respuesta que escogía. Gozo de una gran suerte, ¿a que no?
Por esa misma razón creía que Gabriel también gozaba de una gran suerte. Al final, el examen de admisión era de respuesta múltiple.
Lo conoció el primer día de clase, cuando estaba perdida y no encontraba el auditorio donde todos debían reunirse para una charla antes de dar un recorrido por el campus. Ella estaba muerta del miedo, cerca de unas escaleras, sin saber si era en ese edificio o en el otro, porque había dos que eran totalmente idénticos, llamados Bloque Sur, Bloque Norte.
Él se le acercó y le preguntó:
-¿Eres nueva?
Ella, desesperada, le dijo que sí con un sacudón de cabeza.
-Ven conmigo, el auditorio queda por aquí.
Y sí que estaba bien perdida, porque el auditorio no quedaba allí. La pobre la habían enviado al fondo de la universidad, al otro lado del lago, como burla de los antiguos hacia los nuevos (algo que era natural a principio de clases). Afortunadamente Gabriel la llevó hasta el auditorio.
-Para la próxima, no le preguntes a los estudiantes, es mejor que le preguntes a los trabajadores de la universidad -le aconsejó.
Fue la única vez que habló con él, porque se sentía demasiado abochornada. Por ese evento, él conoció su lado más vulnerable y se dijo que no quería que nadie más la viera así.
Todavía recordaba la botella de agua que Gabriel llevaba ese día y que se la ofreció al darse cuenta que ella estaba totalmente sudada, seguramente notó que había caminado todo el enorme campus desorientada y le dio lástima.
Cada vez que Violet recordaba su primer día de clases su abochornamiento la consumía.
Volvió a mirar por la ventana, para así evitar el tener que mirar a Gabriel. Él era la última persona de la que quería hacerse amiga o tener que compartir una conversación; o sea, se sentía tan avergonzada de ese día que por lo mismo sabía que era imposible que algún día ellos dos se hicieran amigos. Generó una gran apatía hacia él por culpa de ese evento.
-Violet, ¿hiciste el taller? -escuchó que le preguntó Gabriel.
Violet bajó la mirada a la libreta abierta frente a ella y los papeles de guía que reposaban sobre la misma.
Notó que el joven observaba el desarrollo de los problemas matemáticos que quedaron como tarea. Antes de preguntarse si quería que ella le prestara sus apuntes, pensaba en cómo se sabía su nombre. Aunque, ahora pasaba por su mente que él se aprendió su nombre gracias a ese día que la encontró perdida al fondo de la universidad.
-Sí, claro -musitó.
-¿Por qué tu respuesta da 0,5? -expuso-. ¿La revisaste?
El rostro de la chica se enrojeció. Con una mano tapó el problema de la primera hoja.
-Será porque esa es la respuesta que me dio -supuso la joven.
Su voz sonó un tanto molesta, aunque no era su intención, solamente se sentía avergonzada.
Gabriel se acomodó en su puesto y sacó sus apuntes del bolso, para después dejar este debajo de la mesa.
-Bueno, tal vez la respuesta siete de mi ecuación está mal -reflexionó el muchacho con voz calmada.
Mierda, ahora Violet sentía la necesidad de revisar todo el problema y darse cuenta si había hecho algo mal. El inconveniente es que esos problemas no los entendía bien y la mayoría de la ecuación la hizo Teresa con ayuda de su novio Brian, por lo cual ella ni sabía bien qué habían escrito. Entonces, si intentaba revisar el procedimiento, había la posibilidad de que Gabriel se diera cuenta que ella estaba nuevamente perdida, esta vez, con las matemáticas.
No tenía pensado volver a pasar otra vergüenza de esa magnitud. Él terminaría pensando que era la chica más patética que conocería en su vida.
Así que, sintiendo que se le había arruinado su hermosa mañana, apoyó el codo derecho sobre la mesa y apoyó su barbilla sobre la palma de su mano y apreció por la ventana cómo poco a poco el sol ascendía en el cielo, teniendo de fondo el bullicio de sus compañeros de clase.
Al poco rato, la profesora de razonamiento matemático llegó y le pidió al monitor de la clase que recogiera los talleres.
Violet sentía que los minutos pasaban eternamente lentos. A veces sentía que ni podía moverse por lo intimidada que se sentía al lado de ese chico. Si lograba observarlo, notaba que su piel no tenía ni un punto negro, que sus mejillas estaban un poco rojas por el frío del aire acondicionado y que la manzana en su garganta subía y bajaba cada vez que pasaba saliva. Entonces debía intentar que sus ojos se concentraran en otra cosa, para que él no creyera que era una rara.
Lo peor vino cuando la profesora informó que se haría un examen en grupos de dos. Ella sabía que esa mañana habría examen, la profesora lo informó la clase pasada, y también sabía que lo iba a perder, así como estaba segura que iba a reprobar esa materia porque no entendía nada. Sin embargo... no esperaba que la profesora dijera que debía hacer el examen con el compañero de al lado.
Automáticamente, los dos se observaron por unos segundos. Gabriel le sonrió de forma amigable, como lo hace una persona que no le interesa en lo absoluto la otra persona y mucho menos le incomoda estar a su lado. Violet se limitó en volver la mirada al frente y ver cómo la profesora iba entregando a los estudiantes la hoja del examen.
-Tienen una hora para terminarlo y consta de cien puntos, así que, espero que todos hayan repasado muy bien -explicaba.
Pasó por su lado y le entregó la hoja a Gabriel.
-Son diez problemas, cinco con respuesta múltiple y otros cinco son de preguntas abiertas -seguía informando la mujer.
Cuando Gabriel dejó el papel sobre la mesa, la joven notó que la mayoría de los problemas eran de los temas que a ella se le dificultaban un montón. Y le asustaba el tener que pasar aquella vergüenza de equivocarse en casi todo al lado de ese joven que era prácticamente un desconocido.
Si tomaba las preguntas de respuesta múltiple, tal vez podría quedar con un poco de dignidad.
-Bueno, son diez problemas, podemos dividirlos en cinco y cinco -comunicó Gabriel, dando la vuelta al papel para ver la otra parte de los ejercicios.
Violet notó que los de respuesta múltiple estaban al principio.
-Yo tomo los cinco primeros -comentó.
Gabriel llevó sus ojos verdosos por ella e inspeccionó un momento su rostro. La hizo pensar si tenía algo raro en su cara y eso la incomodó, ¿tendría un moco mal parqueado? Por prevención, pasó disimuladamente la mano derecha por su nariz. Lo que ella no sabía era que tenía algo de tinta negra en esa mano y dejó un manchón en la punta de la nariz.
Desde ese momento Gabriel comenzó a tener un tic nervioso de querer decirle que se limpiara la nariz, pero no lo dijo porque sabía que ella ya estaba algo incómoda con su presencia.
-Bueno, yo hago los problemas de respuesta abierta -aceptó el joven.