Ha pasado casi una década desde que mi familia murió en aquel accidente que no logro recordar. Sin padres, hermanos o algún tío lejano al que acudir, abandoné mis estudios y me dediqué a trabajar de casi cualquier cosa que pagase mis deudas. No sé si quede algún local de mi ciudad en el que no haya sido mesera, fregadora o la chica de los domicilios.
Vivo en un pequeño apartamento donde apenas puedo estirar las piernas. La nevera, que parece tener mi edad, no me deja dormir con su ruido ensordecedor. El casero me recordó ayer que debo tres meses de renta. No puedo juzgarlo, ha sido muy paciente por mi buen comportamiento, pero ya es demasiado de mi parte. Otra vez recuerdo que no tengo familia ni amigos, solo a mí misma.
Me miro las manos y no encuentro rastro de juventud o glamour, solo callos y pequeñas cicatrices ocasionadas por los platos rotos y sartenes calientes. Mis dedos, antes finos y blancos como la porcelana, ahora muestran pequeñas grietas y arrugas debido al jabón barato y el contacto con los lavaderos. No me considero fea y los clientes me dan la razón, pero si continúo esta rutina pronto pareceré una bruja de Disney.
Nunca me conformé con lo que sabía. Cualquier empleador con un poco de renombre ya tendrá listo un educado rechazo cuando sepa que no soy universitaria. No me ha quedado de otra que estudiar por mi cuenta si quiero aspirar a ser algo más que la muchacha bonita del bar de la esquina.
Ya con demasiados cursos online completados, he decidido arrojarme a cualquier oferta que no parezca hecha por un esclavista moderno. Barajé entre varias opciones que sin duda mejoraban mi condición actual, pero una en particular captó mi atención.
Tras un cuestionario realizado a través de Internet, coqueteé con la posibilidad de ser secretaria en Wolfe's Company, la cuarta empresa de seguros más grande del país. En unos días tendría lugar la entrevista, donde me enfrentaré a más de 80 aspirantes al puesto. El salario me hace soñar con casa propia y todas las necesidades básicas cubiertas, como si fuese yo un ser humano normal.
Bien. El día de las pruebas ha llegado. Estoy a punta de nervios, pero esta oportunidad representa tanto para mí que en ningún momento dejo ver mis inseguridades.
La entrada es de mármol blanco, tan pulido que veo mi reflejo invertido en el suelo. Predomina un estilo clásico en la arquitectura, muy señorial, con escasos modernismos. Apenas diviso cámaras de seguridad, de hecho. Supongo que estropearán el conjunto.
El lugar desprende un típico olor a cafés instantáneos y papeles con tinta, pero por momentos siento algo más, como una esencia a animal proveniente de lo más profundo del bosque.
Las otras aspirantes exteriorizan un aroma a flores extravagantes y deliciosas, probablemente de algún perfume francés que podría pagar mi atraso en la renta. Todas llevan bolsos de marca y ropas caras, mientras que yo luzco la misma chaqueta negra que compré a los 18 y los tacones que conseguí en una liquidación.
Entran y salen con bastante rapidez, algunas tapándose la cara y limpiándose las lágrimas. Cada vez me siento más negativa. ¿Si todas estas mujeres son rechazadas, con estudios y probables hijas de buenas familias, qué podría aguardarme a mí, la huérfana autodidacta que si no duerme bien aparenta diez años más de edad?
Mi turno llega al fin. Cuando abro la puerta me encuentro en una sala pequeña con tres hombres. Apostados al otro lado de una mesa, de traje y con rostros impenetrables, me indican un asiento frente a ellos.
-¿Tú nombre es Michelle Jolie y tienes 24 años?
Digo sí con la cabeza y se me escapan movimientos tensos.
-¿Alguna vez has trabajado de secretaria, o desempeñado algún cargo administrativo?
-Sí -miento-. En pequeños establecimientos y negocios de transporte.
Hojean los papeles que tienen delante y se miran, al parecer con dudas. Ya me estoy levantando antes de recibir respuesta, cuando una puerta detrás de mis interrogadores se abre a medias.
-Ven aquí y dile a la chica que espere -dice una voz grave.
El hombre del medio se levanta con prisas y no regresa hasta dos minutos después. Con un gesto algo torpe me indica que espere.
Pasa casi una hora. Las demás repiten el proceso. Espero sentada, sin idea de cuál será mi destino, hasta que solo quedo yo. De pronto parece un hombre alto, de cara imponente. Al escuchar su voz me doy cuenta de que es quien hablaba detrás de la puerta.
-Michelle Jolie -me lanza una mirada desdeñosa-, usted ha sido la única que no ha llorado. Tiene algo difícil de explicar. Bienvenida a Wolfe's Company. Comienza mañana.
Esto es por mucho lo mejor que me ha pasado en varios años. No me detengo a pensar en lo fácil que ha sido.
Así me siento el primer día que entro al edificio como trabajadora. Sonrío y camino más esbelta que nunca, como Anne Hathaway en El Diablo viste de Prada. Al llegar al piso 17 me encuentro un cartel con mi nombre sobre un pequeño escritorio. Está ubicado al fondo y no tiene las mejores vistas, pero es mío al fin.
Soy una más de las ocho secretarias que atienden personalmente las llamadas de Bradley Wolfe, el CEO de la empresa, quien tiene su oficina tres pisos más arriba. Nunca puedo visualizarlo de cerca, aunque su presencia me estremece a cualquier distancia. Por mis aproximaciones, mide alrededor de 1.84, con una piel tan blanca que roza la palidez. Los ojos, poderosos desde la distancia, son de un azul claro y su voz es tan varonil que hasta el más recio de los militares la envidiaría.
Entre todo el vaivén de responsabilidades que se cierne sobre mí, hay una norma específica que no deja de molestarme debido a mi rango de novata: según el reglamento, ningún trabajador debe permanecer en la empresa después de las 8 P.M. Al estrés de tener mucho que hacer se suma el estrés de tener que hacerlo con límite de tiempo.
Hasta he notado cosas muy raras en aquellas ocasiones donde me he ido cerca de las 8. Los guardias de seguridad cierran todas las puertas a cal y canto, algunos jefes obligan a los trabajadores a retirarse y por momentos respiro esa esencia a animal del bosque profundo que me pareció sentir el día de la entrevista.
Hoy he tenido un día normal, simplemente otra jornada de archivar papeles y contestar llamadas. Ya puedo decir que me he acostumbrado, aunque por culpa de unos encargos que llegaron a última, de no sé qué superior, me voy a quedar hasta tarde. Al parecer, están expresamente dirigidos hacia mí.
Nadie viene a expulsarme, así que supongo que no haya problema. Ya son las 8:30 y casi termino el recado. ¡Eh! ¿Qué es eso?
Acabo de escuchar unos ladridos demasiado alargados. Por la duración los confundo con aullidos. ¿Qué pintan unos lobos dentro de Wolfe's Company? Debo ser idiota, o estaré alucinando por la sobrecarga de trabajo.
Sin embargo, los sonidos se intensifican. Siento el picor de averiguar qué los causa.
A juzgar por su distancia, creo que provienen del piso de abajo. Bien, tomo el elevador. Cuando las puertas se abren, me hallo ante un pasillo totalmente vacío, iluminado únicamente por algunas velas que cuelgan de los candelabros. El estilo antiguo de mi empresa no me había intimidado tanto hasta ese momento. Flashes de El fantasma de la Ópera me empiezan a asaltar, solo que sin un enmascarado guiando mi mano entre las sombras.
Al fondo hay una puerta abierta. Por la cercanía de los aullidos, definitivamente vienen de ahí. Me acerco temblando, sin maldita idea de qué me espera. Por precaución agarro mi celular, lo más parecido que llevo a un arma de defensa, y pongo a grabar.
Asomo la mirada por la rendija y... no creo, no me lo puedo creer: más de 10 hombres sin camisa aúllan frente a un cáliz con una llama azul.
Por unos segundos pienso que el asombro no puede ser mayor, pero me equivoco. ¡Cada uno de ellos trabaja aquí! Algunos incluso ostentan altos cargos.
Arrodillado y con una cantidad exagerada de pelos salidos de su piel, el más cercano al fuego es nada más y nada menos que Bradley Wolfe, el CEO de Wolfe's Company.
Aunque absorta en lo que presencio, no dejo de enfocar la cámara hacia ellos. El olor a animal se intensifica y aquellos ojos brillan cada vez más. Parado en una columna lejana, reconozco al hombre del día de la entrevista, el tipo misterioso cuyo nombre desconozco. Él no parece... transformarse. Solo se para ahí, de brazos cruzados, con sonrisa perturbadora. Cuanto mejor observo, más me doy cuenta de lo que no quiere: tiene sus ojos fijos en mí.
-En la puerta. Una intrusa -anuncia impasible, aputándome con el dedo.
Sin pensarlo, lanzo mis tacones y echo a correr lo más rápido que puedo. Escucho unos jadeos animales a pocos metros. Cada vez se sienten más próximos, hasta que una fuerza me tumba al suelo. Me volteo hacia arriba y veo a Bradley Wolfe, esta vez con una mirada plateada y brillante. De su mano salen varias garras:
-Viste algo que no existe, niñata -ruge, con una voz que no le conocía-. No querría hacer esto, pero... -y levanta su brazo con la intención de despedazarme.
Solo unos centímetros separan mi cuello de las filosas garras de Bradley Wolfe. Sus ojos, pequeños orbes plateados que hacen de faro en la oscuridad, miden con rabia mi pequeña figura. Huele a bosque profundo, a tierra mojada, a bestia hambrienta.
Yo huelo a miedo, pero mi miedo va de la mano con un instinto básico de supervivencia. Han sido diez años de situaciones difíciles, y esta, la más rara de todas, tampoco me va a doblegar.
-Mi móvil -balbuceo, señalando con la barbilla el teléfono en el suelo-. Mira bien la pantalla.
El CEO transformado en bestia desvía su mirada. La grabación sigue corriendo y el contador marca 3:56.
-Quizá quieras pensártelo un poco más antes de clavarme esas garras -y señalo sus peludas manos-. He subido el vídeo a la nube antes de bajar aquí. Será una gran sorpresa para todas mis amigas que yo desaparezca y mi único rastro sea esa pequeña grabación donde tú, jefazo de una empresa, aúllas junto a otros de tu calaña. ¿Te imaginas el escándalo? Oh, nene, ¿no sería tremendo?
Él suelta un rugido impotente, como si una molestia le calase bien hondo. Sus garras avanzan de nuevo hacia mí, pero se detienen al instante. Algo lo contiene, algo más fuerte que su naturaleza sanguinaria. Ahora estoy más nerviosa. Ningún video está en ninguna nube y ojalá tuviera tantas "amigas" como presumo.
-¿Qué quieres? -pregunta con un chasqueo de lengua.
Me levanto torpemente y casi no reparo en mis pies, temblorosos y descalzos. Ahora me veo algo ridícula, con una media rota y los tacones regados por el pasillo. Aunque no me importa en absoluto cuando alzo mi barbilla y le sostengo la mirada a la bestia que aún es mi jefe.
-Tres cosas. Primera: no me tocas. Nunca, por ninguna razón. Segunda: me debes ahora un contrato con el sueldo multiplicado por cinco. Tercera: ¡me vas a explicar qué coño está pasando!
Él lanza una carcajada seca. Se escuchan como ramas al partirse.
-¡Eres demasiado ingenua! Incluso más de lo que crees. Podría romperte el cuello en un instante, justo antes de que tu pulgar toque esa pantalla.
-Podría ser cierto, pero no lo harás -digo y elevo mi tono de voz, mirándolo con mayor superioridad-. Hace unos momentos lo intentaste, pero algo te frenó. ¿No es así, señor Bradley Wolfe, CEO de Wolfe's Company?
Tensa sus músculos y mira a otro lado. Aprieta cada vez más fuerte su mandíbula, dejando al descubierto el filo de los dientes.
-Trato hecho -murmuró-. Pero no hablaremos aquí. Ven a mi oficina.
Bradley sale corriendo a la sala del ritual y comunica algo que no llego a escuchar. Luego regresa y señala con su dedo el ascensor privado. La atmósfera es peliaguda. Va él delante y yo detrás. Ya traigo puestos mis tacones y, ¡por fin!, he subido el dichoso video a la nube.
El piso 20 está única y exclusivamente diseñado para su oficina y secretarias personales. Cada rincón huele a cuero y madera cara. Su despacho es enorme: una mesa de roble elegante en el medio, ventanales de diseño colonial con vistas a la ciudad y una estantería llena de libros que seguro nadie ha leído.
Él ya está de vuelta a la normalidad. Hacia arriba solo lleva puesta una camiseta de tirantes blanca que resalta su físico, quién sabe si fruto del gimnasio o de sus... extraños poderes. De su estado anterior solo conserva los intrigantes ojos plateados. Con un gesto brusco me indica que tome asiento.
-Que esté sentada no significa que vaya a dejar de grabar. Habla ahora mismo, me debes varias explicaciones -le exijo.
Con ademán de molestia ante mi actitud, camina un poco en círculos y, como quien habla del clima con un vecino, empieza a revelarme algo que no hallaré cómo olvidar en la vida que me quede por delante:
-Somos lobos cambiantes. Nuestro linaje existe mucho antes de que la raza humana pisara estas tierras. Todo esto, la empresa, su nombre, es solo una fachada. A través del conglomerado controlamos el territorio, las rutas comerciales y la política local.
Sin darme un respiro para asimilar, abro mi boca nuevamente:
-¿Y qué hay del... ritual?
-Una simple marca de jerarquía. Una vez al mes se renueva la lealtad al Alfa. Ese soy yo.
Trago saliva. Todo suena a película de terror barata, del montón malo del videoclub, pero mis ojos recién han visto pelos brotar de brazos y dientes alargarse en cuestión de segundos.
-¿Por qué no pudiste matarme antes? -me interesa mucho saber.
Bradley permanece en silencio unos segundos. Me mira, por primera vez con dudas.
-Yo mismo no sabría explicarte. Creo que mi lobo te reconoció como -negó con la cabeza dos veces-.... Olvídalo. Ahora escucha las condiciones.
Firme en sus movimientos, saca una hoja del cajón y empieza a escribir. Sus trazos denotan seguridad y una naturalidad adquirida con los años. Si lo finge, debe ser un maestro de la actuación. ¿No es ese un requisito indispensable para los grandes empresarios?
-Yo también tengo tres condiciones -sentencia con más seriedad que nunca-. Primero: borras el video delante de mis ojos. Segundo: te mudas a mi ático esta misma noche. Tercero: no preguntas sobre mí, la manada o los negocios. Mejor no preguntes nada.
Me río sin ganas.
-¿Acaso estás loco? ¿Mudarme contigo?
-Es la única forma de garantizar tu silencio. No sé qué harías de andar libre. Si huyes, te encuentro. Si hablas, te mato. Si obedeces y no haces preguntas, tendrás tu sueldo y la protección necesaria.
Lo observo indiferente. También yo tengo un papel que interpretar, una firmeza que hacer creíble.
-Falta algo -agrego-. No intentes tocarme ni hacer nada raro. No soy tu juguete.
Él arquea una ceja y esboza una sonrisa. Aquello parece divertirle. Espero le den gracia mis palabras y no yo.
-Tranquila, no eres mi tipo.
De todas las frases posibles, no me esperaba una como esa. "¿Será gay?", me da por pensar a una rapidez de relámpago, pero vuelvo a concentrarme en lo que importa y se está decidiendo en estos momentos en su despacho del piso 20.
-¿Jolie era tu apellido si mal no recuerdo? -añade-. Demasiado común.
Firmo el contrato con rabia. Él también.
-Bienvenida a tu nuevo hogar, secretaria.
El ático se ubica en el piso 30. Puertas de cristal, suelo de mármol y una nevera más grande que mi antiguo apartamento. Los ventanales hacen lucir a la ciudad como un hormiguero de luces. De pronto aquello que los humanos entendemos por civilización se me hace tan lejano, tan inalcanzable, tan imposible...
Bradley me muestra la habitación para invitados. Cama enorme, sábanas blancas y baño privado.
-No toques mi estudio. No traigas a nadie y nunca, jamás, salgas después de las 10 p.m. sin mí.
-¿Por qué?
-La manada rival merodea por las noches. Sé que te tienen en la mira desde que entraste al ritual. Bastarían solo segundos para aniquilarte si te encontraran desprotegida.
Un escalofrío me recorre bajo la ropa y dejo escapar la única señal de debilidad en toda nuestra conversación.
-¿Así que piensas protegerme?
Me analiza con sus ojos nuevamente azules, mostrando un ligero resto de humanidad.
-Es parte del trato, una mera formalidad. No significa nada.
Echo mano de mi celular y cumplo mi parte del trato, borrando el video de la nube frente a él. Me mira con compasión y abre la boca para decir algo, pero cerré la puerta en sus narices y la tranco con pestillo. Me apoyo sobre ella, liberando suspiros y tensiones guardadas desde hace un largo rato.
-Voy a bañarme y necesito privacidad. Quiero que sepas que no confío en ti ni un pelo.
-Puedes estar tranquila, el sentimiento es mutuo.
Sus pisadas se alejan.
Estoy viviendo la vida de la más lujosa de las princesas ahora mismo. La ducha de ensueño, completamente contraria a todo lo que conozco. Agua caliente a presión, champú de marca y toallas esponjosas. No extrañaré mi antiguo apartamento ni al paciente casero al que le debo tres meses de renta. Por cierto, de las primeras cosas que pienso hablar mañana con Bradley Wolfe es eso, pedirle que envíe alguien a pagar mi deuda y darle al casero alguna explicación verosímil de mi paradero. Se lo devolveré con mi trabajo.
Cierro los ojos y dejo que el vapor me lleve lejos, pero solo dura unos segundos. Cada pensamiento se transforma en ojos plateados, olor a bestia y aullidos nocturnos.
Salgo envuelta en una bata enorme. Obviamente tiene que ser suya, debo sujetarla para que no se caiga. Cuando abro la puerta, él me esperaba con los brazos cruzados fuera del cuarto.
-No te acostumbres al lujo. Es temporal.
-¿Y acaso la vida no? -vuelvo a cerrar en su cara.
Del otro lado me llegan gruñidos leves. No sé si de enfado o frustración. No me importan, solo quisiera dormir.
No hay segundo que pase en que no vea a Bradley parado sobre mí, con sus garras en alto y esa mirada asesina. Me asusta, pero también lo observo detenerse, dudar, ser un poco más humano. Y eso último, de cierto modo, me reconforta.
Enciendo mi móvil y veo un mensaje de un número desconocido:
"Michelle Jolie, bienvenida al juego. Espera a descubrir por qué el señor Bradley Wolfe no pudo matarte. Te esperan unos días bastante divertidos. Este es mi regalo. Disfrútalo".
Se me hiela la sangre en segundos. Intento responder. Número no disponible. Llamo. Vacío.
Sentirme observada por un ente invisible no es nada agradable. Dejo escapar un corto grito, lo necesito para liberarme. Supongo que nadie lo escucha, hasta que oigo a Bradley susurrar desde la habitación contigua:
-Jolie, ¿estás bien?
No contesto. Solo abrazo uno de los almohadones a mi lado, hundo mi rostro y exhalo otro grito. Por primera vez me alegro de saber a Wolfe cerca, no sé por qué.
Cada vez que cierro los párpados, el móvil vibra en mi memoria con ese anónimo. Pero no puedo permitir que un titiritero desconocido maneje mis hilos de esa manera, al menos no delante del Alfa.
A la mañana siguiente salgo al ático vestida con lo mismo de ayer. Hoy, por encima de cualquier cosa, tengo que exigir prendas nuevas o al menos reclamar las de mi viejo apartamento.
Él, con traje azul marino, está apoyado en la meseta de mármol de la cocina, tomando café en una taza que costará más que todo mi clóset. El cabello, perfectamente alisado hacia atrás. Y unos ojos que ahora, a plena luz del día, son de un azul tan claro que rozan la transparencia.
-Las normas -da otro sorbo sin mirarme-. Aquí desayunas antes de las 7 o lo haces en la oficina. No me hablas hasta que yo te hable, y la nevera es mía, no tuya. Recuerda: no soporto a los que llegan tarde ni a los preguntones.
Me sirvo café sin pedir permiso.
-¿Algo más, jefe? ¿Prohibido respirar fuerte?
Por un momento recorre con la vista cada milímetro de mí. No lo hace con deseo, sino para examinar mi ropa, como quien evalúa un tablero de ajedrez.
-No vas a durar una semana.
-¿Quieres apostar?
No responde. Sale del ático con su teléfono en la mano y yo lo sigo como una sombra. Andar detrás de él es intimidante, pero saber que ahora está a mi servicio me genera cierta satisfacción.
Las oficinas de Wolfe's Company son un hervidero a las 8 a.m. Ningún empleado queda indiferente a su paso. Susurros, miradas de reojo, gente que se aparta de su camino. Excepto sus empleados directos, nadie le desea los buenos días, solo asienten con la cabeza y rezaban para no ser fulminados.
Yo avanzo detrás, a medio metro de distancia, como me ha indicado. Y aunque me muero de ganas por soltarle algún sarcasmo a mi estilo, me muerdo la lengua. Nunca lo he visto tan imponente como ahora. Se toma seriamente su trabajo.
Llegamos otra vez al piso 20, su oficina, y me percato al instante de que mi antiguo escritorio de la planta 17 ha sido colocado al fondo. Ahora tiene una nueva silla, un poco más grande y cómoda. En el monitor hay una nota adhesiva pegada: "Sin interrupciones y con profesionalidad. No molestes y ayuda. B.W.".
Bradley se encierra en su despacho y alcanzo a verlo un poco a través del cristal. Firma documentos con rapidez y atiende llamadas que se adivinan estresantes. Desde aquí luce más frío y calculador que nunca, incluso diría que temido.
Y yo, porque mi orgullo es más grande que su estatus, tengo que fingir que nada de eso me impresiona.
A las dos horas, un individuo entra al despacho como si nada. Alto, de cabello castaño, ojos cálidos y una incipiente barba de pocos días. Trae una taza de café en la mano y la deja en el escritorio de Bradley. No llego a escuchar lo que hablan, pero parecen bastante cercanos. Cuando sale por la puerta se dirige hacia mí, tendiéndome la mano.
-Carter Bell, director de inversiones, y el único que soporta a ese ogro de ahí dentro desde hace veinte años -señaló con su pulgar al CEO.
Le estrecho la mano.
-Un gusto. Michelle Jolie, la secretaria que vive de milagro.
-Ya sé -responde con una sonrisa-. Brad no para de hablar de ti.
Detrás del cristal, el susodicho levanta la cabeza con una mueca de enfado. Al parecer tiene la suficiente capacidad para escucharnos.
-Ahora lo ves enfadado, pero no lo tomes muy en serio. En el fondo te tiene cariño -Carter me guiña un ojo.
No sé si sea sarcasmo o sinceridad, pero el recién conocido me cae muy bien. Es la única persona en todo el edificio que no me mira como si fuese una desconocida detestable.
Durante el resto del día, Carter se asoma en varias ocasiones y hasta me trae agua y café. Entre visita y visita conversamos un poco. Me cuenta en secreto que él tampoco es humano, pero con una sonrisa agrega que "no todos los cambiantes tienen que ser tan gruñones".
-¿Y Bradley siempre ha sido así? -pregunto en voz baja.
Carter apoya los codos en mi mesa.
-Es el Alfa. Lleva el peso de la manada desde los 22 años. Cuando eres el líder no puedes permitirte debilidades. Los demás te devoran vivo si eres blando.
-¿Y por qué eres tan cercano a él?
-Soy su beta. Ya sabes, segundo al mando. Yo soy quien pone la cara amable al público, mientras él se ocupa de tomar las decisiones, casi siempre difíciles -se endereza-. Pero escúchame bien: si te trata mal, me avisas. Tengo que recordarle a veces que él también tiene de humano.
Bradley aparece justo detrás suyo como una aparición.
-Carter, este no es lugar para chismes. Vete a trabajar ahora mismo.
-Sí, jefe -contesta con ironía y un gesto de poca importancia.
Carter se larga y Bradley se queda, estudiándome. No dice cosa alguna, pero logra inquietarme un poco, aunque no se lo hago ver. Vuelve a su despacho y cierra la puerta con suavidad.
Por la tarde, las cosas se intensifican. Llega un informe urgente que Bradley necesita para una reunión de la junta. Lo deja sobre mi mesa sin mediar palabra, solo con otra nota adhesiva: "Transcribe esto en treinta minutos. Sin errores".
El texto es denso, lleno de números largos y cláusulas legales. Pero nada de eso me frena. Ya he pasado madrugadas completas completando cursos en diferentes especialidades. No voy a rendirme ahora, y pienso en el lujoso baño privado que más tarde me espera.
Cuando entro a su despacho con el informe terminado, él está de espaldas, mirando por la ventana. El sol de la tarde le da en la nuca, iluminando las puntas de su cabello oscuro.
-Déjalo en la mesa -no se gira.
Dejo los papeles, pero no me marcho.
-¿Siempre eres tan paranoico o es solo conmigo?
Ahora sí se gira, lentamente, con solemnidad. Sus ojos ya no son azules, sino grisáceos. Me recuerdan a la noche anterior.
-Solo con la gente que me chantajea.
-Tú empezaste.
-Yo protejo a los míos -se levanta y da un paso hacia mí-. Tú eres una intrusa, una mosca en mi jaula. No olvides quién tiene el poder aquí.
Levanto la barbilla. Es mi táctica de contraataque infalible.
-Lo tengo bastante claro. Pero recuerda siempre que las mocas pueden llegar a ser muy molestas, y algunas son incluso venenosas.
Por un instante sus ojos brillan y retornan a su azul claro, casi transparente. No sé si por respeto o incredulidad. El asombro le dura más bien poco.
-Fuera de aquí. Y cierra la puerta.
Obedezco y regreso a mi puesto. Unos segundos después, desde mi escritorio, lo veo sonreír. Solo es un segundo, pero no lo olvidaré. Luego regresa a su usual poker face y yo a mis cosas de secretaria.
El ático, al anochecer, es un lugar intrigante. Las luces de la ciudad se encienden poco a poco y el silencio se torna denso. Bradley no ha vuelto. Estoy sola, o al menos eso creo.
Me preparo una cena improvisada con lo que he encontrado en la nevera (una lasaña para recalentar y carne enlatada). Me voy al sofá, con la bata enorme puesta. Olvidé decirle a Bradley que me consiguiera ropa, y lo del alquiler.
Entonces oigo un ruido. No es de la calle. Viene del interior del ático, del estudio de Bradley.
La puerta está entreabierta y la empujo con la punta de los dedos. Allí está él, de pie frente a la ventana. Pero no en humano.
Su espalda se arquea y sus manos se transforman en garras. Pelaje gris oscuro le brota de los brazos. Muta ante mis ojos.
Retrocedo y cruje una tabla.
Él se vuelve. Sus pupilas plateadas me perforan, pero esta vez sin rabia. Solo pesar.
-No deberías estar aquí -gruñe con una voz como de dos personas.
-No sabía que... te transformabas tan temprano.
-El control se debilita. La luna llena es dentro de tres días -aprieta los puños-. Vete, Jolie. No quiero que veas esto.
-¿Te da vergüenza?
-Me asquea que me vean débil.
De repente se siente un ruido extraño varios pisos debajo. Bradley queda atónito por unos segundos.
-Hay alguien aquí, alguien que no tendría por qué.
-¿Uno de los tuyos? -pregunto nerviosa.
-No -agarra su chaqueta-. Un intruso. Y no es humano.
Sale disparado de la habitación, como un huracán. Antes de que las puertas del ascensor se cierren lo puedo ver. Sus ojos ya no están grises, pues parecen dos brasas encendidas.
Mis manos tiemblan, y entonces, desde el pasillo, escucho como un arañazo en la pared.
No estoy sola en el ático. Algo más está ahí conmigo. Y por el olor de la tierra mojada que invade el lugar, sé que no es amigo.