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Secretaria por accidente

Secretaria por accidente

Autor: : S. Mejia
Género: Romance
Clara buscaba un empleo básico de oficina cuando, por un error del sistema, termina contratada como la asistente personal de Alexander Del Valle, un CEO frío, metódico y que no tolera la incompetencia. Sin experiencia, pero con agallas, Clara sobrevive a su primer día... y sorprendentemente, él la deja quedarse. Mientras se adaptan a trabajar juntos, viejas heridas, enemigos laborales y una atracción inesperada los ponen a prueba. ¿Quién terminará transformando a quién?

Capítulo 1 Currículum equivocado

Clara ajustó la correa de su bolso por quinta vez mientras miraba la dirección en su celular. "Edificio Del Valle Corporativo, piso 32", leyó en voz baja. Tragó saliva. El rascacielos frente a ella parecía sacado de una película de ciencia ficción: vidrios oscuros, puertas giratorias impecables y recepcionistas que vestían mejor que cualquier invitada de boda.

-Tranquila -se dijo-. Es solo una entrevista para auxiliar administrativa. Archivo, café, algunas llamadas, nada más.

Respiró hondo y entró.

-Buenos días. Tengo una entrevista a las diez -le dijo a la recepcionista, una mujer rubia de labios perfectamente delineados que apenas la miró.

-Nombre.

-Clara Morales.

La recepcionista tecleó rápido, asintió con la cabeza y le indicó con una mano que pasara por los elevadores privados al fondo.

-¿Piso treinta y dos?

-Sí. Sala de espera ejecutiva.

Clara frunció el ceño. ¿Ejecutiva? Bueno, tal vez la entrevista era compartida con varios departamentos. Intentó no pensar demasiado y caminó con paso firme, aunque sus tacones temblaban ligeramente con cada paso. Había comprado esos zapatos la noche anterior en oferta, sin pensar en cuánto dolerían.

El elevador se abrió con un susurro elegante. Piso treinta y dos. Un asistente le sonrió con amabilidad robótica y le ofreció café. Clara lo rechazó. No quería correr el riesgo de manchar su blusa blanca. Se sentó en un sofá de cuero frente a una gran pared de cristal que daba vista a la ciudad.

"Dios mío... ¿será normal que te entrevisten en un lugar tan lujoso para un puesto tan simple?"

Revisó su currículum impreso por cuarta vez. Clara Morales. 27 años. Estudios incompletos en administración. Experiencia en atención al cliente, ventas de mostrador, y una breve pasantía en recepción hace dos años. Nada fuera de lo común. Perfecto para un empleo básico. Lo envió la semana pasada a través de un portal web. El anuncio decía claramente: "Asistente de oficina – sin experiencia necesaria."

-Señorita Morales.

Clara se levantó de golpe al escuchar su nombre. Frente a ella, un hombre de traje impecable y expresión neutra la miraba con una tablet en la mano.

-El señor Del Valle la verá ahora.

-¿Perdón?

-Su entrevista. Pase por aquí.

-¿El... Del Valle? ¿Alexander Del Valle?

-Sí. ¿Hay algún problema?

Clara se quedó paralizada unos segundos, luego negó con la cabeza y lo siguió. El corazón le latía con fuerza. No entendía qué hacía camino a la oficina del CEO de una de las corporaciones más importantes del país.

El pasillo era largo y silencioso. El asistente abrió la puerta doble de madera oscura y le hizo una seña para entrar.

El despacho era tan elegante como intimidante. Una enorme ventana ocupaba toda la pared del fondo. Escritorio de roble, sillas de cuero negro, libros perfectamente alineados en estanterías de cristal, y detrás del escritorio... él.

Alexander Del Valle.

Clara lo reconoció de inmediato. Había visto su rostro en noticias financieras, entrevistas de negocios y hasta en una portada de revista. Alto, con cabello oscuro peinado hacia atrás, mandíbula marcada y una presencia que parecía congelar el aire a su alrededor. Usaba un traje gris a medida que no tenía ni una sola arruga.

Él alzó la vista del documento que tenía en las manos y la observó con atención. Clara sintió que su blusa le quedaba dos tallas más chica de golpe.

-¿Clara Morales? -preguntó con voz profunda, sin saludar.

-S-sí. Buen día, señor Del Valle.

Él no respondió. Solo hizo un gesto con los dedos indicándole que tomara asiento frente a él. Clara obedeció, aunque sentía que se hundía más en el sillón de lo que quería.

Alexander hojeó una carpeta frente a él. Su ceño se fruncía ligeramente.

-Formación incompleta, experiencia limitada, y sin referencias corporativas... -murmuró-. ¿Puede explicarme por qué aplicó al puesto?

-Bueno... porque el anuncio decía que no se necesitaba experiencia, y que buscaban una persona organizada y con iniciativa. Y... yo lo soy.

Alexander la miró con una ceja arqueada. Clara tragó saliva. Sintió que acababa de insultar a toda la cúpula empresarial sin querer.

-¿Sabe en qué consiste el puesto para el que la estoy entrevistando?

-Claro. Asistente de oficina. Ayuda general, organizar papeles, responder teléfonos...

-Asistente personal -la interrumpió.

-¿Perdón?

-Usted está siendo evaluada para el cargo de asistente personal del CEO. Es decir, mío. El puesto implica disponibilidad absoluta, confidencialidad, proactividad, manejo de agenda compleja, toma de decisiones urgentes, y la capacidad de soportar presión sin desmoronarse.

Clara sintió que el mundo se detenía por un segundo.

-Debe haber algún error... yo no apliqué a ese cargo. Estoy segura de que mi solicitud era para un puesto básico en administración.

Alexander frunció más el ceño. Tomó su tablet, tecleó unas veces y luego miró con frialdad la pantalla.

-Interesante... Aquí aparece como postulante única a este cargo. Con recomendación directa del sistema interno. Y con prioridad.

-¿Del sistema?

-Parece que hubo una combinación entre su currículum y otro que fue descartado. Un fallo en la plataforma nueva.

Clara abrió los ojos como platos.

-Entonces... ¿me llamaron por error?

Alexander la miró durante varios segundos. Luego cerró la carpeta con calma.

-En esta empresa no hay tiempo para errores. Si usted está sentada aquí, es por algo.

-Pero... no estoy calificada para este puesto. No tengo experiencia, y...

-La incompetencia no se mide por experiencia, sino por resultados. -Se inclinó hacia adelante-. Dígame, señorita Morales, ¿qué tan rápido puede aprender?

Clara dudó. Luego alzó la barbilla.

-Muy rápido. Y si no, finjo bien.

Alexander ladeó ligeramente la cabeza. ¿Era eso... una sonrisa? Apenas perceptible, pero ahí estaba.

-Bien. Hoy es lunes. Tiene hasta el viernes para convencerme de no despedirla.

Clara parpadeó.

-¿Cómo dice?

-Contrato firmado. El sistema lo procesó esta mañana. Legalmente, ya trabaja aquí. Puede elegir irse ahora y dejar una mala impresión... o quedarse y probarme que no ha sido un completo error.

Ella lo miró como si le hablara en otro idioma. ¿Estaba soñando? ¿Era esto una cámara oculta?

Alexander se levantó, se acercó y le extendió la mano.

-Bienvenida a Del Valle Corporativo, señorita Morales.

Clara la estrechó sin pensar. Estaba tan aturdida que apenas sintió la textura fría de sus dedos.

Cuando salió de la oficina, su primer pensamiento fue: ¿Qué demonios acabo de hacer?

Capítulo 2 El hombre del traje gris

Clara se apoyó en la pared del elevador mientras bajaba al primer piso. Las puertas se cerraron frente a ella con un suspiro metálico, pero el temblor en sus manos no disminuyó.

¿Qué acababa de hacer?

¿Realmente había aceptado trabajar como asistente personal del mismísimo Alexander Del Valle?

¿Ese hombre de rostro pétreo y mirada de hielo? ¿Ese CEO que hablaba como si dictara sentencias y que parecía más máquina que humano?

Salió del edificio como si huyera de una explosión. Una ráfaga de viento le levantó el cabello, recordándole que el mundo seguía girando... y que ahora tenía un empleo que no sabía si era una bendición o una trampa.

Al día siguiente, Clara llegó a las 6:45 a.m.

Ni siquiera estaba segura de a qué hora debía presentarse, pero decidió apostar por la puntualidad. Aún no entendía cómo era posible que el sistema la hubiera confundido con otra persona, pero lo que sí sabía era que tenía una semana para no estrellarse en público.

Cuando el elevador se abrió en el piso 32, todo estaba en silencio. Las luces del pasillo aún no estaban completamente encendidas, y el aire olía a café recién hecho y cera de piso.

El escritorio destinado a la asistente personal estaba vacío... y frente a ella, la imponente puerta de roble.

Respiró hondo, dejó su bolso en el escritorio, se sentó y abrió la pequeña agenda corporativa que había encontrado sobre la mesa.

Una hoja con las palabras "RUTINA DIARIA" encabezaba la primera página.

6:30 a.m. – Primer café (doble, sin azúcar).

6:50 a.m. – Llamada a Tokio.

7:15 a.m. – Resumen del informe nocturno.

7:30 a.m. – Reunión con sector legal.

8:00 a.m. – Desayuno ligero (no interrumpir).

8:30 a.m. – Correos clasificados.

9:00 a.m. – Tareas de la asistente.

Clara parpadeó. ¿Café? ¿Tokio? ¿Desayuno solitario? ¿Correos "clasificados"?

¿Era esto un empleo o una misión secreta de espionaje corporativo?

Sacó una hoja y escribió a mano sus propios pendientes.

✔ Llegar viva

✔ No tirar café

✔ No llorar en el baño

✔ No decir "esto no lo sé hacer"

✔ No mirar al jefe como si fuera una esfinge egipcia

Justo entonces, la puerta se abrió.

Alexander Del Valle entró como si perteneciera a otra dimensión. Llevaba un traje gris oscuro, perfectamente entallado. Su cabello peinado hacia atrás no tenía un solo mechón fuera de lugar. Caminaba sin prisa, pero con la precisión de un metrónomo. Llevaba una carpeta en una mano y un portafolio negro en la otra.

-Se adelantó -dijo sin mirarla, mientras cruzaba hacia su oficina.

-Buenos días, señor Del Valle -respondió Clara, tratando de que su voz no sonara como la de un hámster nervioso.

-Mi café -fue todo lo que dijo antes de cerrar la puerta.

Clara se quedó paralizada por un segundo.

¡Café! Claro.

Saltó de su silla y fue en busca de la sala común. Tardó siete minutos en encontrarla, derramó café en la primera taza, rompió la segunda, y en la tercera finalmente logró servir uno que no parecía salido de un laboratorio de química.

Volvió trotando, respiró hondo y tocó la puerta suavemente.

-Pase.

Alexander no levantó la vista de su portátil. Clara se acercó con la taza en ambas manos, como si cargara dinamita.

La dejó frente a él con todo el cuidado del mundo.

-Doble, sin azúcar, ¿cierto?

Él alzó la vista y la miró por primera vez desde que había llegado. Sus ojos grises eran igual de fríos que el día anterior.

-Correcto.

Probó el café. No dijo nada. Solo volvió a mirar la pantalla.

Clara dio un paso atrás... y tropezó con el borde de la alfombra.

La taza tambaleó. Ella estiró la mano para evitar que cayera... y el líquido se derramó en la orilla del escritorio.

Silencio.

El tipo de silencio que precede a un desastre natural.

Clara se quedó quieta, con la mano congelada en el aire, como si pudiera retroceder el tiempo.

Alexander tomó una servilleta sin alterar su expresión y limpió con precisión militar la mancha. Luego la miró.

-Una taza menos. Cuente cuántas le quedan.

Ella se quedó sin aire.

-Lo siento muchísimo, fue sin querer, yo...

-Lo sé. Pero lo que uno no quiere igual tiene consecuencias.

Se levantó, dejó la servilleta en la bandeja metálica, y fue hacia la ventana.

-¿Por qué se quedó, señorita Morales?

-¿Perdón?

-Después de saber que fue un error. ¿Por qué no se fue?

Clara parpadeó. Su respuesta fue inmediata, casi sin pensar.

-Porque pensé que, si ya había metido la pata hasta el fondo... al menos podía intentar salir caminando.

Alexander se giró lentamente. Por un instante, la sombra de una sonrisa cruzó sus labios. Apenas una línea curva. Una mueca casi imperceptible.

-Tiene más agallas de las que esperaba.

Se sentó de nuevo y volvió a su pantalla.

-Mi agenda está en su escritorio. Si comete otro error como este, lo sabrá toda la oficina antes del mediodía. Pero si acierta... nadie se enterará. Bienvenida al juego, Morales.

Clara salió de su oficina sin saber si eso era una amenaza, una advertencia... o un cumplido retorcido.

El resto de la mañana fue una maratón de caos encubierto. Clara no sabía qué documentos debía escanear, ni a quién llamar, ni cómo organizar una agenda digital. El sistema de la empresa era más complicado que un cohete espacial, y cada empleado que pasaba junto a ella le dedicaba una mirada mezcla de lástima, burla o escepticismo.

Pero, al mediodía, había logrado confirmar dos reuniones, entregar un resumen financiero que entendió a medias, y archivar cinco carpetas sin que ninguna explotara.

Cuando Alexander salió de su oficina para dirigirse a su almuerzo privado, se detuvo junto a ella.

-¿Cuántas tazas quedan?

-Diecinueve -respondió Clara sin dudar.

-Veremos cuántas sobrevive.

Y se fue.

Clara se recostó en la silla, cerró los ojos y suspiró con fuerza.

Un día. Solo ha pasado un día.

Y ya no podía quitarse de la cabeza la sensación que Alexander Del Valle provocaba cada vez que la miraba.

Como si ella fuera un enigma... y él estuviera decidido a resolverlo, sin importar cuánto caos causara en el proceso.

Capítulo 3 Una firma inesperada

Clara había sobrevivido su primer día. A duras penas.

Y eso, para alguien que nunca había trabajado en una empresa con más de cinco empleados, ya era todo un logro.

Regresó a su pequeño apartamento esa noche con los pies destruidos, una lista de tareas que no entendía del todo, y la certeza de que dormiría con pesadillas sobre café derramado y agendas imposibles.

Pero lo que más le daba vueltas en la cabeza era él.

Alexander Del Valle.

Ese hombre parecía haber sido diseñado para intimidar. Frío, meticuloso, con un tono de voz que sonaba a dictado final. Y aun así, había algo en él... algo que hacía que Clara no pudiera evitar mirarlo con una mezcla de fascinación y rabia.

Al día siguiente, llegó incluso más temprano. Esta vez trajo su propio termo de café, por si acaso, y un par de galletas escondidas en su bolso. Aún no entendía del todo su rol, pero sí sabía una cosa: no iba a permitir que la despidieran sin al menos intentarlo.

Justo a las 7:15 a.m., el ascensor se abrió y apareció Julián, el asistente jurídico del piso. Siempre vestido de manera impecable, y con un tono de voz suave pero seguro.

-Clara, ¿puedes pasar a la sala de reuniones pequeña? Necesitamos tu firma en los documentos de ingreso formal.

-¿Mi firma?

-Sí, Recursos Humanos lo aceleró. El sistema ya te tiene registrada, pero falta tu rúbrica para completar el expediente.

Clara lo siguió con una expresión extrañada. El día anterior, Alexander había dicho que su contrato ya estaba procesado por el sistema, pero ella no había firmado nada. Supuso que, en medio del caos, ese pequeño detalle había quedado pendiente.

Entró en una sala de cristal con una mesa larga. Sobre esta, una carpeta gruesa y una pluma estilográfica esperaban.

-Lee si lo necesitas, pero es un contrato estándar de confidencialidad y funciones. Te da acceso a las plataformas internas, correo institucional, y establece tu relación directa con dirección general -explicó Julián, como si recitara algo aprendido de memoria.

Clara abrió la carpeta. La primera página tenía su nombre completo, número de identificación, y el cargo: Asistente Personal del CEO.

Sintió una punzada en el estómago.

-¿Puedo hacer una pregunta? -dijo, alzando la mirada.

-Por supuesto.

-¿Nadie se dio cuenta de que esto fue un error? Yo no apliqué a este puesto. Ni siquiera tengo el perfil.

Julián sonrió como si ya hubiera escuchado eso mil veces.

-El sistema cruzó datos erróneamente, sí, pero el contrato está aprobado por el mismo CEO. Y si Alexander Del Valle firma algo... rara vez se echa atrás.

Clara tragó saliva. Miró el documento otra vez.

Ahí estaba su nombre, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Como si toda su vida hubiese sido una antesala para sentarse justo frente a esa carpeta.

-¿Qué pasa si no firmo?

-Tendría que reportarlo. Pero legalmente, ya estás contratada. Solo falta formalizarlo por escrito. Aunque claro... -bajó la voz-, si tú decides no firmar, puede interpretarse como una renuncia tácita.

Clara se quedó en silencio unos segundos. Lo lógico era dar las gracias, sonreír educadamente y salir corriendo. Buscar un trabajo más adecuado. Más seguro. Más... normal.

Pero algo dentro de ella -una mezcla de orgullo, terquedad e instinto- le impidió levantarse.

Tomó la pluma. Sintió su peso entre los dedos. Firmó.

Cuando su rúbrica quedó estampada al pie de la página, algo cambió.

No solo en el documento.

También en ella.

Horas después, mientras organizaba unos informes de proyectos pendientes, Alexander apareció en su escritorio.

-¿Firmó?

Clara asintió.

-Sí.

-Bien. Entonces ahora es oficialmente mi asistente personal.

-¿Oficialmente por error o por convicción?

Él ladeó ligeramente la cabeza, como si la pregunta lo hubiese tomado por sorpresa. Luego respondió:

-No suelo mantener errores cerca... a menos que sean interesantes.

Clara no supo si eso era una advertencia o un cumplido, así que optó por no responder.

Alexander dejó un sobre manila sobre su escritorio.

-Estudio esto para mañana. Tiene instrucciones sobre protocolos de confidencialidad, contactos clave, estructura jerárquica y mi calendario personal.

-¿Todo esto para mañana?

-Sí.

-¿Debería llevármelo a casa?

-¿Planea dejar de ser mi asistente fuera del horario laboral?

Ella lo miró con los ojos entrecerrados.

-¿Siempre es así de encantador o solo conmigo?

Alexander la observó unos segundos... y luego, para su sorpresa, soltó una breve risa por la nariz. Apenas un soplo.

-Tengo mis momentos.

Se giró sin más y entró a su oficina. Clara lo siguió con la mirada, confundida.

Ese hombre... era un rompecabezas. Uno difícil. Uno de esos que te hacen pensar que sobran piezas o que el fabricante se equivocó. Pero lo que más la inquietaba no era su frialdad, sino ese destello fugaz de humanidad que a veces se asomaba por debajo de su armadura de CEO.

Esa noche, en su apartamento, Clara se sentó en la cama con la carpeta abierta sobre las piernas. Las hojas estaban llenas de instrucciones, códigos internos, normas no escritas y horarios de locura.

Pero lo más curioso estaba al final: una lista titulada "Reglas personales de Alexander Del Valle".

No me interrumpas cuando hablo.

No llegues tarde. Nunca.

No supongas. Pregunta.

No revises mi agenda sin permiso.

No toques mi café si no sabes hacerlo bien.

No hables con la prensa. Ni un susurro.

No me hagas perder el tiempo.

No me mires como si me entendieras.

No me contradigas en público.

No olvides que todo error... tiene consecuencias.

Clara soltó una carcajada.

-Parece el manual de un villano de película -murmuró.

Luego tomó una lapicera azul y, sin pensarlo demasiado, escribió debajo:

"¿Y si rompo todas?"

Se recostó en la almohada, cerró los ojos... y por primera vez en mucho tiempo, sonrió con ganas.

Porque ahora sí era oficial: estaba dentro. Aunque no sabía si eso significaba su ascenso... o su sentencia.

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