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Secreto de Oficina.

Secreto de Oficina.

Autor: : wendukita28
Género: Romance
La historia comienza con la historia de Raquel, cuando tenía solamente 24 años, recién cumplidos y comienza a hacer un servicio de becaria en una gran empresa, donde conoce a Samuel Dávila, un imponente hombre, atractivo, pero realmente muy estricto, que apenas y acepto a Raquel para que estuviera a su lado, con mucho esfuerzo y algunos tropiezos ella logró cambiar su imagen ante él y después de varias semanas de trabajo algo entre ellos sucedió, un romance algo peculiar debido a que lo mantenían en secreto. Las relaciones no siempre son como pensamos que serán y esto sucedió con Raquel que pensó que había encontrado al mejor hombre, pero este se comportaba frío y distante con ella, después de un gran acontecimiento esa relación se ve comprometida haciendo que ella decida irse a su ciudad natal donde se revela un secreto que ella mantenía ante todos y que cambio su camino profesional ante todo esto ella se juró nunca más enamorarse de un colega o de un hombre que estuviera en su mismo círculo laboral, pero quizás todo puede cambiar si se encuentra al hombre correcto, nada está escrito.

Capítulo 1 CAPITULO 1: Becaria.

Trataba de arreglar mi cabello con prisa, pero sentía que ningún estilo le venía bien con el rizado de mi cabello. Finalmente, solo me hice una coleta al ver que se me hacía tarde para mi primer día, en la empresa en que había deseado entrar desde que supe de ella.

Raquel salió de su habitación, tomó varias cosas de los diferentes muebles del departamento y cada una de estas cosas las metió velozmente dentro de su bolsa de mano color blanca, que hacía contraste con el vestido blanco que esa mañana se había puesto.

-¿No desayunarás?

Preguntó Sara. Quien había sido su roomie desde que Raquel se había mudado de su ciudad natal a esa gran ciudad.

-Se me hizo tarde.

Dije mientras solo tomaba el pan que se encontraba cerca del plato de huevos servido en la mesa. Esto para no hacer sentir mal a Sara, que se había esforzado por hacer el desayuno para mí.

-Discúlpame.

-No te preocupes, sé lo importante que es esto para ti... ¡Ánimo!

-Gracias.

Raquel miró el reloj sobre su muñeca y la ansiedad brotó de su cuerpo instantáneamente al ver que efectivamente ya era demasiado tarde y aún debía esperar el autobús.

-Me voy. Nos vemos más tarde. No, sería por la noche. Hoy tengo clase por la tarde.

-Ok, amiga. Nos vemos después.

Después de despedirse de Sara, rápidamente salió del departamento y se apresuró a dirigirse hacia la parada de autobús, donde después de esperar 10 minutos, por fin logró subir a este.

Suspiré al ver aquel edificio frente a mí; en verdad deseaba hacerlo bien. Había trabajado duro para poder conseguir el puesto que me ayudaría a aprender todo lo que necesitaba para ser una buena licenciada en mercadotecnia.

Me dirigí al lobby, algo temerosa, y aunque estuve unos pocos segundos en silencio, por fin logré preguntar en qué piso queda la oficina del jefe. La señorita, frente a mí amablemente, me da las instrucciones para llegar a mi destino. Después de una travesía por el ascensor y algunos pasillos, finalmente estoy frente a la secretaria del CEO.

-Eh...

Dudo un poco al verme observada por la chica castaña frente a mí. El tono del cabello que ella tiene es muy parecido al mío, solo que este es lacio, a diferencia del mío. Aún estaba perdida en su hermoso cabello cuando ella misma me hizo regresar en sí.

-Dígame.

-¡Ah... Sí... Vengo. Tengo una cita con el presidente.

La mujer observó a Raquel levantando una ceja y examinando su cuerpo, un cuerpo relativamente normal y común.

-¿Nombre?

-Sí, claro. Raquel Eche... Raquel Ruiz.

Terminó de decir Raquel.

-Mmmm...

La mujer bajó su mirada hacia una pequeña libreta frente a ella.

-Sí, aquí está anotada. Pasé ahora que está libre.

-Gracias.

Agradecí y rápidamente me acerqué a la puerta de la elegante oficina frente a mí. Abrí lentamente la puerta después de tocar suavemente y lo vi bajo los primeros rayos de sol. El hombre más imponente que había visto y me sonrió, algo que hizo sentirme muy extraña.

-Siéntese, ¿señorita?

-Ruiz.

Terminó de decir Raquel.

-Bien, usted viene a verme porque...

-Sí, señor, soy la nueva becaria. Me mandó el profesor Ordóñez.

-Ah, sí, la universitaria que estará aquí como becaria. Tienes suerte, yo no acepto becarias, ya que no suelo pagarle a alguien sin experiencia, pero... Fue un favor que debía, además me dijo que eras una de las mejores alumnas que tenía.

-Sí, señor, yo entiendo lo que dice, pero en verdad estoy con mucho entusiasmo, y prometo que daré lo mejor de mí.

Él sonrió y quería ocultar mi sonrojo, pero me fue imposible. Aunque trataba de no ver sus ojos negros tan intensos como la noche, mi mirada se centraba en esos hermosos ojos.

-¿Por qué esta empresa?

-Porque es una de las mejores en el mercado, por no decir que es la mejor en la distribución de telas en todo el país.

-Tiene razón. Bueno... Pues... ¡Bienvenido!

Finalmente, él se levantó de su asiento y extendió su mano frente a Raquel, que solo lo observaba.

-¡Gracias, Señor! ¡Gracias por la oportunidad!

Estreché finalmente su mano tan varonil y ese fue el primer encuentro de nuestros cuerpos.

-Bueno, su trabajo será estar todo el tiempo conmigo, en mis juntas, en todo lo que implique mis actividades. Será como una asistente, pero usted debe absorber cada una de las cosas que hacemos aquí.

-¡Sí, señor!

-Bien, pase con Esther, mi secretaria, y ella le dará su lugar de trabajo que claramente debe ser muy cerca de mí.

-¡Sí, señor!

Estaba emocionada por el nuevo puesto y desvió su atención por aquel hombre para centrarse en hacer bien su nuevo trabajo.

-Cuando se haya acomodado, por favor, regrese junto a mí para que me acompañe a una junta que tengo con un proveedor.

Asentí feliz para luego despedirme y salir de la oficina regresando a la mujer que aún me miraba con desgana.

-Me dijo él...

-Jefe.

Recalcó Esther.

-Jefe... Que me muestre mi lugar de trabajo.

-Sí. Sígueme.

La mujer se levantó del escritorio y caminó por delante de Raquel.

-Estarás en la oficina de al lado de la suya; el señor Dávila es un poco exigente, así que trata de asistir en cuanto él te solicite.

-Si eso haré. Gracias.

La mujer abrió la puerta frente a ella.

-Es esta... No es tan grande.

En verdad era algo pequeña, pero para Raquel era perfecta, ya que era su primera oficina y se sentía muy emocionada y muy feliz.

-¡Es perfecta!

Dijo mientras seguía admirando la oficina.

-Bien, te dejo a solas para que te instales. Yo soy, Esther, la secretaria del Señor. Si necesitas algo, puedes informármelo.

La mujer se dio vuelta, alejándose tan rápidamente que apenas escuchó el agradecimiento de Raquel, aunque a este gesto Raquel no le dio importancia y solo cerró la puerta de la oficina para sentirse como toda una persona importante.

Estaba feliz porque podía aprender mucho de aquel hombre. Un hombre muy conocido por ser un empresario joven y con mucho éxito. El nombre de Samuel Dávila Bermúdez era muy conocido; yo lo admiraba, admiraba la forma en cómo a sus 29 años había puesto a su empresa en el mercado, como uno de los más importantes del país, y a mis 22 años deseaba hacer lo mismo en un futuro.

Raquel se sentó frente al escritorio admirando este e incluso pensando que podría poner algunos artículos personales para hacerla más acogedora. Su sonrisa era enorme. Era como si lo que estaba viviendo no fuera real en verdad. Aunque para muchos podría ser algo sencillo, para ella era algo grandioso haber podido entrar a la empresa que quería. Pensó que quizás lo había hecho con un poco de ayuda, pero pensó también que haría que no se arrepintieran de tomarla en cuenta.

El teléfono de la oficina comenzó a sonar insistentemente.

-¿Sí? ¿Diga?

-El jefe me pregunta ¿si ya puedes pasar a su oficina?, ya que pronto se irá a su junta.

-¡Ah, sí! Voy para allá. Gracias...

Capítulo 2 CAPITULO. Aclimatarse.

-¡Despierta!

Raquel sintió la sacudida de su cuerpo y abrió sus ojos algo adormitados, pero al ver el rostro de Sara, sus ojos se abrieron enormemente y se levantó abruptamente de la cama.

-¡No puede ser! ¡No otra vez!... ¡Llegaré tarde!

Sara se sentó sobre la cama mientras miraba a Raquel revolotear sus cajones.

-Esta es la cuarta vez que te sucede; me sorprende que no te hayan echado aún.

Raquel se detuvo y con cara de preocupación miró a Sara.

-¿Tú crees que lo hagan?

Sara notó la preocupación de Raquel y se sintió rápidamente mal por haber dicho lo anterior.

-No lo sé, tú eres la que podría decirlo, ya que solo tú sabes cómo es tu jefe.

Recordé los regaños de mi jefe del día anterior por la misma razón, por lo que estaba preocupada en ese momento. Era tan implacable; sus palabras fueron algo dolorosas; no se midió en decir que eso se ganaba por contratar a inexpertos como yo.

-Pues si te despide ni modos, pero de todos modos date prisa.

Raquel recuperó nuevamente la prisa y se arregló lo más rápido posible.

-¡Otra vez!

La mirada de Raquel se centraba en los zapatos finos de su jefe, ya que evitaba mirar los ojos de este porque sabía que quizás estaban enfurecidos como el día anterior.

-¡¿Qué le está pasando?! ¡¿Qué le sucede?!

-Lo siento, señor, no tengo ninguna excusa.

Samuel vio cómo Raquel mordió un extremo de su labio y este gesto le pareció muy sexi.

Samuel suspiró para tratar de bajar su furia.

-Lo dejaré pasar, pero será la última que lo acepte; de ahora en adelante no debe equivocarse.

-¡En serio, señor! ¡Muchas gracias!

-Bueno, retírese, ya que más tarde tenemos una junta y necesito que termine de organizar los documentos que le encargué redactar ayer.

-¿Los documentos?

La mirada de Samuel estaba volviéndose a tornar furiosa, y esto lo notó rápidamente Raquel.

-¡Ah... Sí... Los documentos. Sí, ya los tengo listos.

-Perfecto, váyase, entonces la veo después del almuerzo.

-Sí, señor.

Raquel se dirigió hacia la puerta de la oficina y al salir el aura desoladora la invadió. Caminó hacia su oficina ignorando la mirada de Esther; se dirigió a su escritorio y al sentarse recargó su cabeza sobre esta.

-Soy una inútil.

Soltó mientras sus lágrimas comenzaron a caer; sus sollozos hicieron que no escuchara el sonido de la puerta.

-Señorita, ¿está bien?

Al escuchar esto, Raquel levantó su cabeza del escritorio y rápidamente limpió sus lágrimas.

-Sí, sí. Dígame ¿En qué puedo ayudarla?

La chica frente a ella se sintió un poco incómoda al ver como Raquel trataba de evadir su mirada para ocultar sus ojos enrojecidos.

-Es que vine a confirmar algunas cosas sobre la junta. Ayer recibí un correo solicitando la sala de juntas para después del almuerzo, además me solicitaba informar a algunos jefes de departamentos... Supongo que fue usted.

-Sí, fui yo. ¿Hay algún problema?

La chica agitó sus manos al ver la preocupación en el rostro de Raquel.

-Nada malo, solo me gusta confirmar todo personalmente... Eh, la sala de juntas estará libre para el horario que me mandó en su solicitud.

-Gracias por avisarme.

Respondió Raquel.

-Supongo que ya sabe que, como la organizadora, usted debe estar antes para recibir a los asistentes y ver que todo esté en orden.

-¿Yo?

-Si usted, supongo que también tiene listo lo que se les ofrecerá a los asistentes... Normalmente, eso lo hace la secretaria, pero...

-Debo avisar a la secretaria, ¿verdad?

-Así es.

-OK, gracias.

Los ojos de Raquel se tornaron cristalinos, pero antes de que las lágrimas nuevamente brotaran, las limpió.

-Discúlpeme la intromisión, pero, ¿puedo ayudarle en algo?

-No, estoy acabada.

-¿Por qué dice eso?

Raquel miró fijamente a la chica frente a ella y aunque dudó un poco, pensó que no tenía a quien más contarle su desgracia.

-Olvidé unos documentos que necesito para la junta y pensaba tomar el tiempo del almuerzo, pero ahora sé que debo estar antes de la junta.

La chica se sintió mal por Raquel.

-¿Los olvidaste en tu casa?

Raquel negó con su cabeza.

-En la universidad, he estado ocupada terminando mi tesis y he estudiado hasta tarde; ayer trabajé arduamente en esos documentos, pero los dejé en mi casillero cuando tuve mis asesorías... Eché a perder mi oportunidad.

-Yo iré por ellos.

Raquel la miró sorprendida.

-Pero...

-Solo dime dónde está tu universidad y yo iré a la hora del almuerzo.

-¡En serio!

Preguntó animadamente Raquel.

-Sí.

Raquel abrazó a la chica que era una desconocida para ella.

-¡Gracias! ¡¡Muchas, muchas gracias!

Raquel exhaló con un aire de esperanza.

Mientras esperaba a los asistentes, mi nerviosismo comenzó a surgir cuando él apareció. Lo saludé cordialmente y lo invité a pasar a la sala de juntas, donde le servirían una taza de café mientras esperaba. A pesar de que a Esther no le agradaba que le diera una orden, ordenó todo lo que le pedí para la junta. Trataba de estar en calma y cada cierto tiempo observaba con desespero el pasillo, esperando ver a mi salvación. Casi caigo derrotada, cuando vi a mi jefe frente a mí. Me miraba como expectante a que me equivocara y mi orgullo no quería darle esa satisfacción. Al entrar él a la sala, sabía que tenía mis segundos contados. Miré con tristeza aquel lugar en forma de despido, pero mi alma regresó cuando vi aquella chica gentil, aquella chica con su cabello corto y mirada profunda, acercarse a mí.

-Siento la demora, el tráfico... Aquí están.

La chica extendió las carpetas.

-¡Gracias!

-No fue nada, ahora entra y no te preocupes. Es normal no aclimatarse tan rápido a una empresa; solo pon mucho esfuerzo.

-¡Sí!

Raquel tomó la perilla de la puerta, pero nuevamente volteó a verla.

-¿Cómo te llamas?

-Soy Aurora del área de gestión de recursos de la empresa.

-Gracias, Aurora... Esta noche, yo invito la cena. ¿Sí?

-Está bien, ¡suerte!

Raquel asintió feliz antes de entrar a la sala de juntas, donde ya todos estaban reunidos.

Capítulo 3 CAPITULO 3: Es solo mi imaginación

Raquel se encontraba tecleando arduamente frente a la computadora, pero inesperadamente el sonido del teléfono de oficina, que estaba a su lado, comenzó a sonar con insistencia.

-¿Sí?

-Señorita Ruiz, necesito verla ahora mismo.

-¿Necesita verme?

-Sí.

Las mejillas sonrojadas de Raquel se hicieron evidentes en su rostro.

-Ahora voy, señor.

Al colgar el teléfono, tuve que colocar las palmas de mis manos sobre mis mejillas para ahuyentar el color rojo de estas. Habían pasado 6 meses desde que había entrado a la empresa y, a pesar de que recibí muchos regaños al inicio de mi trabajo, estos habían sido cambiados por halagos por parte de mi jefe. Claro, todo con respecto a mi trabajo, pero no podía evitar estar deslumbrada por él. Su simple cercanía despertaba mi nerviosismo y sentía que no aguantaba estar mucho tiempo a su lado sin sentirme nerviosa. Tomé aire antes de salir de mi oficina, esto para parecer tranquila cuando estuviera frente a él. Cuando entré a su oficina, me recibió con una sonrisa hermosa. Yo solo bajé mi mirada tratando de evitar aquella sonrisa y que no provocara en mí el sonrojo que ya había ahuyentado en la soledad de mi oficina.

-Señor, ya estoy aquí.

Solo solté, aun evadiendo su mirada.

-Siéntese.

-Sí.

Contesté con nervios.

Raquel se dirigió hacia la silla que se encontraba frente al escritorio donde él estaba sentado, aún mirándola. Samuel se levantó de su asiento y se acercó a Raquel para luego tomarla de la mano y levantarla.

-¿Señor?

-Ven, sígueme.

Samuel dirigió a Raquel, aún sosteniéndola de la mano, hacia el asiento detrás del escritorio. Raquel lo miró con confusión.

-Siéntate.

-Pero... este es su lugar.

-¿Quieres aprender de mí?

Raquel asintió.

-Entonces debes aspirar a algún día sentarte en un lugar como este... A menos que seas conformista y no quieras más, dime, ¿quieres más?

Raquel asintió fervientemente.

-Quiero más.

Él sonrió y tomó de los hombros a Raquel, empujándola hacia abajo hasta que finalmente ella se sentó en aquella silla que representaba un puesto sumamente importante.

-Te ves bien.

Soltó Samuel.

-¿Sí?

Preguntó Raquel, dirigiendo su mirada hacia arriba, buscando la de su jefe.

-Muy hermosa.

Raquel sonrió un poco avergonzada.

-Bueno, te hice llamar, ya que necesito que trabajes en unos documentos. Has hecho excelentes trabajos.

-Sí, por supuesto, señor.

Respondió Raquel feliz, aunque también sabía que esos trabajos implicaban trabajar hasta tarde, pero disfrutaba de su trabajo.

-Perfecto.

Samuel caminó por detrás de la silla y rozó con su dedo el hombro de Raquel, provocando un delicioso escalofrío.

-Bien, es todo, puede irse.

Raquel tímidamente se levantó del asiento.

-Sí, señor, me pondré a trabajar en eso.

Raquel caminó hacia la salida.

-Señorita.

-¿Sí, señor?

Giré para verlo y esperaba que no lograra ver que ese pequeño roce me había generado el rubor en mis mejillas.

-Olvidé decirle que necesito esos documentos para hoy.

-¿Para hoy?

Preguntó Raquel mientras miraba su reloj, solo para percatarse de que en pocas horas terminaría su jornada.

-Esperaré aquí hasta que termine, sin importar la hora que sea.

-Está bien, señor.

Era mi trabajo y me gustaba hacerlo. Por suerte, esa tarde no tenía que hacer nada con referencia a mi tesis, ya que prácticamente la había terminado, así que podría trabajar sin presión, aunque estaba emocionada porque descansaría por fin después de varias noches de desvelo.

Cuando estuve en mi oficina, me dispuse a trabajar y, mientras leía unas interminables letras, recordé el roce de su dedo sobre mi piel y la sensación que despertó en mí: "Es solo mi imaginación". Me repetí varias veces en mi mente algo que decía las últimas semanas cuando él hacía cosas que pensara lo contrario, como cuando mientras escribía me sonreía gentilmente algo que no hacía meses atrás o cuando rozaba su mano con la mía al caminar juntos. En verdad sentía que era imaginación mía.

Raquel vio su reloj, percatándose de que ya era tarde y quizás todos se habían ido ya a sus casas; sobó un poco su hombro derecho y continuó escribiendo sobre la computadora. El sonido de la puerta la perturbó un poco.

-¿Sí?

Preguntó algo asustada Raquel.

Samuel entró a la oficina, haciendo que Raquel se sorprendiera.

-¿Señor?, ¿qué hace aún aquí?

-Dije que la esperaría.

Él sonrió.

"Es mi imaginación"

-Yo ya casi acabo; si gusta, puede irse y en cuanto termine, se lo dejo en su oficina o puedo mandarle el archivo si es muy urgente.

Samuel se acercó y tomó una de las sillas, halándola hacia donde estaba Raquel sentada trabajando.

-La esperaré.

Dijo mientras se sentaba justo a su lado.

-Eh... Está bien.

Raquel suspiró y retomó lo que hacía, aunque en ocasiones sentía la mirada sobre ella. Volteó a ver unos documentos y, al querer tomarlos, sintió las manos suaves de Samuel.

-Le ayudo, dígame, ¿qué busca?

Raquel lo miró y negó preocupada con su cabeza.

-No, señor, yo puedo hacerlo, es mi trabajo.

-Pero quiero ayudarla.

-¿Ayudar... me?

Ambos se miraban fijamente y mantenían el contacto con sus dedos sobre los documentos.

-Es solo mi imaginación, ¿no es así?

Él sonrió aún mirándola, por lo que acababa de decir Raquel.

-No lo es.

Él soltó y se acercó ligeramente hacia los labios de tonalidad roja tenue de Raquel.

-Señor... ¿Qué hace?

-Eres hermosa y no he podido evitar percatarme de eso.

Su mirada estaba sobre mí y él había confirmado que todo lo que había pensado que era producto de mi imaginación había sido realidad. En verdad, tocaba mi piel con el deseo de hacerlo y eso me hizo estremecer. Vi cómo sus labios se acercaron a los míos y simplemente ya no podía detener ese momento. Sin dimensionar lo que esto traería a mi vida, simplemente accedí.

Sus labios eran lindos, aunque esperaba un beso tierno y dulce. La intensidad de este tampoco era algo que me desagradara. Tomó mis mejillas con sus manos y las apretó con desespero.

-Traté de evitar esto, pero simplemente no puedo.

Susurró, alejándose un poco de mis labios y mirándome profundamente, mientras aún apretaba mis mejillas con sus manos, supongo que para que evitara alejarme de él.

-Pero esto está mal, es mi jefe.

Sus labios chocaron nuevamente con los míos y, aunque sabía que debía parar esto, mi cuerpo no respondía: solo respondía al beso que me daba. Sentí el roce de su lengua con la mía y supe que eso ya no se podía evitar. No podía evitar querer besarlo aún más y sentir su aroma sobre mí. Mi mente estaba llena de muchas cosas, entre que no era lo correcto y que daba igual.

Samuel finalmente apartó las manos de las mejillas sonrojadas de Raquel y al apartar sus labios de los de Raquel solo sonrió.

-Creo que debemos continuar con el trabajo.

Raquel, que aún no cabía en lo que había ocurrido, también sonrió y afirmó las últimas palabras de su jefe.

-Sí.

Raquel dirigió nuevamente su mirada hacia la computadora y, aunque comenzó a teclear, su concentración estaba en lo que había sucedido antes.

Finalmente, terminé, aunque puse más esfuerzo para poder concentrarme, evitando la mirada sobre mí y mis labios. Cuando terminamos el trabajo, salimos de la oficina hacia el ascensor y ninguno dijo nada al entrar a este, pero antes de que el ascensor abriera sus puertas en recepción, tomó mi mano, acercándome hacia él, y me dio por fin el dulce beso que, como una tonta chica, esperaba y que después no volvería a recibir, un gesto tan dulce por parte de él...

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