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Secuestrada por un error

Secuestrada por un error

Autor: : Stef98
Género: Romance
Juliana es una joven que fue vendida y abusada desde que era muy joven. Ella quedó embarazada de un narcotraficante muy poderosa quién la desea matar porque cree equivocadamente que le fue infiel y la bebé que tiene no es de él. Ella únicamente encuentra refugio en el escolta que le salvó la vida y quién está profundamente enamorado de ella; sin embargo, él también oculta secretos.

Capítulo 1 Huyendo

Juliana sintió como si el mundo se desmoronara a su alrededor. El dolor físico de los golpes no se comparaba con el desgarro en su corazón al ver cómo el hombre al que amaba, el padre de su hija, la trataba con tal desprecio. Con la voz quebrada, intentaba desesperadamente razonar con él, aferrándose a la única verdad que conocía.

-Yo te juro, yo te juro que nunca te he engañado -sollozó, mientras sus lágrimas caían al suelo-. Luz es tu hija, mi amor... yo solo he sido tuya.

Pero su súplica solo avivaba más el odio en sus ojos. Él la miraba como si fuera la peor de las traidoras, como si su dolor y sufrimiento no significaran nada. Señaló hacia la cuna, donde la pequeña Luz dormía ajena a la tormenta que sacudía a sus padres.

-Esa bastarda no es mía. Me hice una prueba de ADN y salió negativa -escupió, con la voz llena de veneno.

Juliana se quedó inmóvil, congelada por la confusión. No podía procesar lo que estaba escuchando. ¿Cómo es posible? pensó. Él fue su primera y única vez, desde el momento en que la compró en ese infierno donde se vio obligada a trabajar para salvar a su hermano enfermo. No había habido nadie más, jamás.

-No... no entiendo... -murmuró, sintiendo que su mundo se tambaleaba aún más-. Tú fuiste el primero... el único.

Pero él no quería escuchar. La furia y los celos lo cegaban, y lo que alguna vez pudo haber sido amor, ahora solo era odio. Juliana sintió que ya no podía más. Había soportado todo: los maltratos, las humillaciones, los celos enfermizos... pero ahora, dudaba de cuánto más podría resistir.

-Por favor, por favor... -suplicó en un susurro, mirando a la pequeña Luz, su única luz en medio de tanta oscuridad. Pero en el fondo sabía que él ya no la escuchaba.

El dolor de ser arrastrada por el cabello apenas era soportable, pero lo que más dolía a Juliana era la traición que la rodeaba. Patricia, con su cabello rojo y su risa venenosa, había sido la amante de aquel hombre y se había encargado de hacerle la vida imposible desde que entró al burdel. Ahora, estaba ahí, dispuesta a hundirla más, como una serpiente venenosa que lanzaba acusaciones sin piedad.

-Cariño, esta mujer es una cualquiera -dijo Patricia, con una sonrisa cínica-. Se revuelca con el escolta nuevo, el de los ojos raros.

Juliana no podía creer lo que escuchaba. El nuevo escolta, ese hombre con dos ojos de diferente color, había sido amable con ella. La había ayudado en silencio, entregándole anticonceptivos en secreto, sabiendo que su "dueño" no toleraba que se cuidara porque deseaba tener más hijos con ella. Pero nada de lo que decía Patricia era verdad.

-Él no es mi amante -logró decir Juliana, su voz apenas un susurro.

Patricia no iba a detenerse.

-Por supuesto que lo es, cariño. Ese miserable es un agente de la DEA, entró encubierto para encarcelarte. Los dos son unos traidores.

El hombre al que una vez amó, ahora lleno de furia, la miró con un odio descontrolado. Juliana apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la agarrara por el cabello y la arrastrara al suelo una vez más. Mientras tanto, Patricia miraba la escena con una expresión de satisfacción maliciosa.

-Te mataré, maldita... -gritó él, completamente fuera de sí, sacando un arma.

Juliana, temblando, se arrastró como pudo hacia la cuna, agarrando a su bebé, Luz, y abrazándola con todas sus fuerzas, como si ese pequeño cuerpo pudiera protegerlas de lo que estaba a punto de suceder. Lo siguiente fue un sonido ensordecedor. Un disparo.

Al alzar la mirada, vio al escolta, el hombre de los ojos de diferente color, de pie, apuntando el arma hacia el suelo. El cuerpo de aquel hombre que la había maltratado tanto, ahora yacía inerte en el piso.

-Vamos rápido, Juliana... -dijo el escolta, con una urgencia inconfundible en su voz-. Los otros están dormidos, pero no tardarán en despertar.

Patricia, temblando de miedo, se arrastró hacia ellos, suplicando por su vida.

-Por favor, no me mates... Tengo dos niños... -rogó, con lágrimas en los ojos.

El escolta no le prestó atención. Sabía que el tiempo se estaba acabando.

-¡Juliana, vámonos!

Con la bebé en brazos y temblando de pies a cabeza, Juliana se levantó del suelo y comenzó a correr. Cada paso le parecía una eternidad, pero no se detuvo hasta que llegaron al carro. El escolta la ayudó a subir con Luz en brazos, y antes de que las puertas se cerraran, escuchó los gritos lejanos de los otros guardias despertando al caos que acababa de suceder.

Con el corazón desbocado y el miedo apretándole el pecho, Juliana supo que su vida, aunque siempre había sido difícil, jamás volvería a ser la misma después de aquella noche.

Capítulo 2 Protección de testigos

Juliana no podía detener el torrente de lágrimas mientras sostenía a su pequeña bebé en brazos, tratando de alimentarla en medio del caos emocional en el que se encontraba. Su corazón latía con fuerza, y aunque el agente de la DEA, un hombre alto y rubio con un ojo verde y otro café, se veía atento y dispuesto a ayudar, todo lo que importaba para ella en ese momento era su hija y su hermanito.

Observó al agente en silencio, sabiendo que su vida estaba ahora en manos de un completo extraño, pero al mismo tiempo, sintiendo que ya no tenía opción.

-Por favor, necesito que me ayudes -dijo Juliana, con la voz entrecortada-. Mi hermanito está en manos de ese hombre... Él puede lastimarlo.

Gael la miró con una mezcla de comprensión y seriedad. Se arrodilló frente a ella para que pudieran hablar cara a cara, con suavidad en su voz, pero con firmeza en sus palabras.

-Tranquila, hermosa. Si cooperas con las autoridades, te prometo que tú, tu hija y tu hermanito estarán a salvo.

Juliana negó con la cabeza, el miedo pintado en sus ojos oscuros.

-Pero él me encontrará... me matará. No sabes de lo que es capaz, Luis...

Gael hizo una pausa antes de corregirla.

-No soy Luis -dijo, con una leve sonrisa-. Mi nombre real es Gael. Y te doy mi palabra, Juliana, que te ayudaré. Ese miserable que te lastimó tiene una deuda pendiente conmigo.

Ella lo miró, tratando de encontrar alguna chispa de esperanza en sus palabras. El miedo la consumía, pero la desesperación por proteger a su hija era más fuerte.

-Firmaré lo que quieras -dijo, su voz rota, pero decidida-. Solo prométeme que salvarás a mi hija. No me importa morir... solo quiero que mi bebita esté a salvo. Ella es todo lo que me importa.

Gael asintió lentamente, su expresión seria.

-Lo haré -prometió-. Pero tendremos que cambiarle el nombre. A partir de ahora, tú y tu hija entrarán en el programa de protección de testigos, Juliana. Ya no te llamarás de ese modo.

Juliana lo miró a los ojos, todavía con lágrimas en los suyos, pero algo en la calma de Gael la hizo sentir que podía confiar en él. Tal vez no todo estaba perdido.

-Confío en ti, Gael -dijo, finalmente, entregándose al destino incierto que la esperaba.

En ese instante, supo que su vida jamás sería la misma, pero lo más importante era proteger a su pequeña. No importaba el nombre que llevara, ni lo que tuviera que hacer, siempre que Luz estuviera a salvo.

Juliana observó el lugar. Era una casa pequeña, sencilla, pero para ella era perfecta. Después de todo lo que había pasado, cualquier lugar que significara seguridad y paz era un paraíso. Durante todo el día, había hecho grabaciones sobre la organización que la había secuestrado, detallando lo que sabía del narcotraficante y del negocio de trata de mujeres en el que se había visto atrapada.

Al caer la noche, colocó a su bebé en una pequeña cuna mientras la niña dormía plácidamente. Luego, fue a ducharse, tratando de lavar no solo el cansancio del día, sino también las cicatrices emocionales que llevaba por dentro. Al salir, con una simple camisa que había encontrado, notó cómo Gael la miraba con sorpresa.

Gael, el joven agente, no podía evitar admirar su belleza, pero lo que realmente le tocaba el alma era su vulnerabilidad. Juliana era una mujer hermosa, con su cabello oscuro y sus ojos azules como el cielo, pero también era una niña rota, maltratada, que había sido lastimada de maneras que él apenas podía imaginar. El impulso de protegerla era casi instintivo.

-Perdón, Gael, no encontré nada más que ponerme -dijo ella, con una mezcla de vergüenza y cansancio en su voz.

Gael sonrió suavemente, tratando de no mostrar el asombro que aún sentía.

-No te preocupes, hermosa. Úsala. Te dejaré descansar -dijo, preparándose para salir de la habitación y darle su espacio.

Pero antes de que pudiera irse, Juliana lo tomó del brazo con delicadeza, y sin previo aviso, lo abrazó. Gael no respondió de inmediato, ni siquiera tocó su espalda, pero le permitió que lo abrazara, entendiendo que lo necesitaba. Sentía su fragilidad, y la manera en que se aferraba a él solo confirmaba lo mucho que había sufrido.

-Me has salvado la vida a mí y a mi pequeña... Te debemos la vida -dijo Juliana, con la voz temblorosa.

Gael la miró con seriedad, pero también con ternura.

-No me debes nada, Juliana. Hablaré con mis superiores y tú estarás a salvo. Con tu declaración, ese miserable pasará el resto de su vida en prisión -le aseguró, aunque su voz se suavizó cuando hizo la pregunta que llevaba tiempo rondando su mente-. Necesito saber... la bebé, ¿es de él?

Juliana asintió con tristeza, su rostro reflejando el dolor de lo que había vivido.

-Sí, solo él... abusó de mí.

Gael respiró hondo, su corazón lleno de rabia por lo que le habían hecho. Pero su voz permaneció tranquila cuando respondió.

-Nunca más nadie te lastimará... -le prometió, centrando su mirada en ella y limpiando con delicadeza las lágrimas que caían de sus ojos.

Juliana, en un impulso repentino, se inclinó hacia él y dejó un beso en sus labios. Gael no respondió al beso, pero tampoco se alejó. En lugar de eso, la miró con comprensión.

-Juliana, estás confundida... -dijo suavemente, acariciando su mejilla con ternura-. No tienes que hacer nada para agradecerme.

Ella lo miró a los ojos, sus labios temblando.

-No lo hago por eso. Solo quería saber lo que se siente besar a alguien por gusto. Siento que moriré...

Gael negó con la cabeza, decidido.

-No morirás. Conocerás el amor, el verdadero, con un buen hombre -le aseguró, aunque en su interior, no podía evitar sentir que quería ser ese hombre que la protegiera y le mostrara lo que era el amor. Pero sabía que ella necesitaba tiempo, espacio, y además él no podía olvidar que tenía otras prioridades.

Gael se acercó a Juliana lentamente, sus ojos encontrando los de ella mientras sus labios se unían en un beso suave y cargado de emociones. Era como si ese contacto, por más breve que fuera, rompiera las barreras que ambos habían levantado.

-¿Puedo seguir? -susurró, su voz ronca por la tensión del momento, mientras acariciaba con ternura su rostro, bajando su mano lentamente hasta su hombro, rozando su piel de manera delicada, como si temiera hacerle daño.

-Sí, sigue... -respondió ella, en un susurro que era más una súplica que una afirmación.

Con cuidado, Gael comenzó a desabotonar la camisa de Juliana, sus dedos moviéndose lentamente, como si cada botón desatara la carga emocional que ambos llevaban dentro. Cuando finalmente la camisa cayó al suelo, dejando expuesto su cuerpo desnudo, Gael no pudo evitar quedarse sin aliento por un momento. Juliana era, sin duda, una mujer hermosa, su piel luminosa y sus curvas perfectas parecían esculpidas por los dioses.

Gael se tomó un segundo para mirarla, no con lujuria, sino con admiración y respeto. Para él, ella era mucho más que su belleza exterior; era una mujer fuerte que había sobrevivido lo inimaginable. Con cuidado, comenzó a desabotonar su propia camisa, revelando su torso definido, lleno de cicatrices de batallas pasadas. Luego, con suavidad, la tomó en sus brazos y la alzó como si fuera lo más preciado, depositándola con delicadeza sobre la cama.

El cuarto estaba en silencio, solo el sonido de sus respiraciones entrelazadas llenaba el espacio. Pero en ese instante, no había prisa, solo la conexión de dos almas heridas encontrando consuelo en la presencia del otro.

Gael apartó la mirada por un momento, sintiendo el peso de la situación. Sus labios temblaron al hablar, lleno de dudas y conciencia.

-No está bien lo que estoy haciendo... -murmuró, intentando alejarse de ella, aunque todo en su interior le decía lo contrario.

Juliana lo miró con una mezcla de ternura y determinación, su mirada fija en la de él, como si todo el dolor y sufrimiento que había pasado la hubieran preparado para este momento.

-Quiero hacer el amor por primera vez -dijo ella en voz baja, pero firme-, y quiero que sea contigo. -Gael sintió un nudo en la garganta mientras la escuchaba-. Me he dado cuenta de cómo me miras... No me importa lo que pase mañana, hoy quiero estar contigo.

Sus palabras lo golpearon con una fuerza que no esperaba. No era solo deseo lo que veía en sus ojos, era una profunda necesidad de conexión, de algo real y sincero, después de tanto dolor. Gael la observó, sus sentimientos a flor de piel, luchando contra su propia conciencia.

-Juliana... -comenzó a decir, pero se quedó en silencio, viendo la resolución en su rostro.

Ella lo había decidido, y en el fondo, él sabía que también lo deseaba. Pero no era solo por deseo físico, era por la necesidad de sanar, de mostrarle que el amor podía ser algo más, algo que no dañaba, sino que sanaba.

Gael se inclinó hacia ella una vez más, tomando su rostro entre sus manos con infinita ternura.

-Si estás segura... -dijo con la voz rota por la emoción-, lo haré... Pero solo porque también quiero estar contigo. No será solo esta noche.

Juliana asintió, su corazón latiendo con fuerza.

-Estoy segura... -respondió en un susurro, entregándose completamente a ese momento.

Capítulo 3 Mentiras

Juliana esperó con el corazón palpitante durante horas, hasta que finalmente escuchó la puerta abrirse. Gael entró, sosteniendo de la mano a un pequeño niño de cabello castaño, y lo primero que notó fueron sus ojos, igual que los de su padre: uno verde y otro café, aunque el niño intentaba ocultarlos detrás de unos pequeños anteojos.

-Juliana, te presento a Iker -dijo Gael con una sonrisa tierna-. Él es mi hijo.

Juliana se agachó para quedar a la altura de Iker, sonriendo con calidez. El niño la miraba con timidez, nervioso de encontrarse en un lugar nuevo y con una persona desconocida.

-Hola, Iker -dijo Juliana suavemente-. Estoy muy feliz de conocerte.

Iker la observó por un momento, escondiéndose un poco detrás de Gael. Juliana notó su inseguridad, pero no lo presionó. Extendió su mano con delicadeza, permitiéndole tomar su tiempo para confiar en ella.

-No tienes que tener miedo, Iker -dijo Gael, acariciando suavemente la cabeza del niño-. Aquí estás a salvo, y Juliana y yo vamos a cuidarte.

Después de unos segundos, Iker finalmente dio un pequeño paso hacia adelante y tomó la mano de Juliana con timidez. Sus pequeños dedos se aferraron a los de ella, y Juliana sintió una oleada de ternura y protección.

-Vamos a ser una familia, Iker -le dijo con una sonrisa-. Tú, yo, tu hermanita... aquí estaremos todos juntos.

Iker no dijo nada, pero en sus ojos, ocultos tras los lentes, había una chispa de curiosidad y esperanza.

Iker miró a Gael con preocupación mientras hacía la pregunta que lo había estado atormentando.

-¿Quién es ella, papi? ¿Y dónde está mami?

Gael, con un tono tranquilizador, respondió:

-Muy pronto rescataremos a mami y a tu hermanito. Ella es Juliana, mi mujer.

Juliana, al escuchar esas palabras, miró a Gael con incredulidad. No podía creer que Gael tuviera otro hijo, y la revelación la llenó de dudas sobre qué más podría haberle ocultado. La preocupación y la confusión eran evidentes en su rostro.

Iker, con una expresión triste, continuó:

-Yo quiero ver a mami. En el orfanato me decían cosas feas por mis ojitos.

Juliana se agachó a la altura de Iker, su corazón se llenó de ternura al ver la tristeza en los ojos del niño.

-Pero qué dices, cariño -le dijo suavemente-. Tienes los ojitos más bellos del universo.

Le dio varios besos en las mejillas, intentando levantar su ánimo.

-Eres hermoso, y yo puedo ser tu mami mientras ella regresa, ¿sí?

Iker asintió tímidamente, y Juliana continuó jugando con él mientras Gael abrazaba a la bebé que comenzaba a llorar. Más tarde, mientras Iker miraba dibujitos, Juliana se acercó a la cocina, y Gael la siguió, agarrándola de la cintura.

-Amor, ya quiero que sea de noche y que nuestros pequeños estén dormidos. Me muero de ganas -dijo Gael, con un tono de deseo.

Juliana se apartó suavemente.

-Déjame, Gael.

-¿Qué pasa? -preguntó él, confundido.

-No entiendo por qué me has mentido, Gael. Tienes gemelos.

-Tampoco lo sabía, cariño. Mariana solo me dijo que nuestro hijo estaba en un orfanato y que su nombre es Iker. Entonces comencé a buscarlo y ahora sé que Ian también es mi hijo.

-¿Ian? ¿El hijo de Eugenio? La mamá de Iker es la esposa de ese miserable... no entiendo nada.

-Cariño, rescataré a Mariana y a mi gemelo, pero eso no significa que no te quiera.

Juliana sintió una mezcla de dolor y confusión. Gael, acercándose más, le dijo:

-La señora Mariana es la mamá de tus hijos. Debes estar con ella, Gael. Lo mejor será que Luz y yo nos marchemos.

Gael, abrazándola y dejando besos en su cuello, respondió con sinceridad:

-Te amo, Juliana, te adoro. Seré un padre presente, pero yo te quiero a ti.

A pesar de sus palabras, Juliana se encontraba en un torbellino de emociones, lidiando con la complejidad de la situación y la traición que sentía. La vida, que parecía haber encontrado un rayo de esperanza, ahora estaba envuelta en una serie de revelaciones dolorosas.

Juliana se apartó ligeramente del abrazo de Gael, su mente luchando para procesar la avalancha de revelaciones. La confusión y la traición la envolvían mientras intentaba comprender el alcance de la situación.

-¿Entonces, qué vamos a hacer ahora? -preguntó con voz temblorosa-. ¿Cómo podemos seguir así cuando hay tantas mentiras y secretos?

Gael, con una mezcla de arrepentimiento y desesperación, intentó consolarla.

-Te juro que no quise lastimarte, Juliana. La verdad es que no sabía nada de Ian hasta hace poco. Mi intención siempre ha sido protegerte a ti y a Iker.

Juliana se apartó un poco más, sus lágrimas comenzando a caer.

-Pero ¿cómo puedes esperar que confíe en ti después de todo esto? Me has ocultado a tus hijos y, para colmo, tu ex pareja es la esposa de ese miserable.

Gael la miró con pesar, sintiendo el peso de sus palabras.

-Lo sé, y lamento profundamente no haberte dicho la verdad desde el principio. Pero por favor, entiende que lo que más deseo es que estemos bien, que estemos juntos y que nuestros hijos estén a salvo.

Juliana sacudió la cabeza, sintiendo una mezcla de furia y tristeza.

-Lo siento, Gael, pero esto es demasiado para mí. Necesito tiempo para pensar y decidir qué es lo mejor para Iker, para la bebé y para mí.

Gael se acercó a ella, tratando de buscar una solución.

-Por favor, no te vayas. No puedo perderte, Juliana. Vamos a resolver esto juntos. Mi prioridad es nuestra familia.

En ese momento, el llanto de la bebé interrumpió la conversación. Juliana, secándose las lágrimas, se volvió hacia el niño que lloraba, mientras Gael intentaba calmar a Iker que observaba la situación con preocupación.

-Voy a cuidar de la bebé, -dijo Juliana con firmeza-. Necesito un poco de espacio para aclarar mis pensamientos.

Gael asintió, reconociendo que no podía forzarla a tomar decisiones rápidas. Sabía que la confianza se había roto, y que recuperar su lugar en la vida de Juliana requeriría mucho más que promesas.

Juliana tomó a la bebé en sus brazos y se dirigió a una habitación cercana, dejando a Gael con Iker en la sala. En su mente, trataba de organizar sus pensamientos y emociones, preguntándose cómo manejaría el caos que había entrado en su vida.

Mientras tanto, Gael, con una mezcla de tristeza y determinación, decidió que haría todo lo posible para demostrarle a Juliana que podía ser digno de su confianza. Tenía que arreglar lo que había roto y asegurarse de que su familia, aunque ahora estaba deshecha, pudiera encontrar una forma de unirse y sanar.

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