Hannah Scott tuvo la amarga certeza de que su esposo, Vincent Jones, estaba saliendo con su primer amor. Acababan de registrarse juntos en un hotel. Observó la escena desde la distancia, incapaz de apartar la mirada. El primer amor de Vincent guardaba un sorprendente parecido con ella.
A unos diez metros de distancia, Hannah sacó el teléfono para llamarlo. "¿No sugirió tu abuela que fuéramos a hacernos un chequeo médico, ya que estamos intentando tener un bebé? ¿Estás libre ahora?".
"Estoy en una cena de negocios. Hoy no puedo, tendrá que ser otro día", respondió Vincent.
"De acuerdo", dijo Hannah con voz serena, y colgó. Increíble. Estaba a punto de entrar en una habitación de hotel con otra mujer y aún así tenía el descaro de mencionar "otro día".
Hannah los siguió hasta la puerta de la habitación y se detuvo. Apenas entraron, escuchó el sonido de risas y coqueteos que se filtraba desde el interior. Por un instante, consideró irrumpir en la habitación y enfrentarlos, pero se contuvo. La furia se desvaneció tan rápido como había surgido, dando paso a una decepción profunda y duradera. En ese momento supo que era hora de ponerle fin a todo.
Sin dudarlo, Hannah contactó a un abogado para que redactara los papeles del divorcio. Apenas los había firmado cuando Danica Jones, la madre de Vincent, la llamó para reunirse.
Se encontraron en una pequeña cafetería y tomaron asiento una frente a la otra.
"Quizá no lo sepas, pero Brinley ha vuelto", dijo Danica con aire de superioridad.
Brinley Gilbert. El primer amor de Vincent; la mujer a la que Danica siempre había adorado.
La mayor se inclinó hacia adelante y su tono se tornó casual, casi encantado. "Di tu precio. ¿Cuánto quieres para desaparecer de la vida de Vincent?".
Danica nunca había aprobado a Hannah, principalmente debido a su origen humilde. Su mayor anhelo era casar a su hijo con una joven de la alta sociedad que contribuyera a la expansión de Grupo Jones.
La voz de Hannah se mantuvo firme. "Transfiérame todas las propiedades que estén a su nombre y le daré la libertad a su adorado hijo".
Danica tenía una debilidad por las propiedades de lujo. Poseía varias residencias exclusivas cuyo valor conjunto ascendía a miles de millones.
"¿Hablas en serio?", sondeó la otra, sorprendida por la rapidez con la que su nuera había aceptado. Durante cinco años, Hannah había sido la esposa secreta de Vincent. Renunció a su carrera y evitó toda atención pública, asumiendo en privado el papel de la esposa perfecta. Casi todos daban por sentado que estaba perdidamente enamorada de él.
"Sí. Ya tuve suficiente. Terminaré con esto. Solo quiero irme", contestó Hannah. La imagen de Brinley le cruzó por la mente, y una profunda frialdad se apoderó de ella. Comprendió que Vincent nunca la había amado. Se había casado con ella solo por su parecido con su primer amor.
Ahora todo tenía sentido. Con razón nunca le decía "te amo", por más que ella se lo preguntara. Aunque sentía una fuerte opresión en el pecho, se negó a derramar una sola lágrima. No era más que un hombre. Nada extraordinario. Basura que debía desechar.
Los labios de Danica se curvaron en una sonrisa de satisfacción. A sus ojos, Hannah nunca había estado a la altura de su hijo: su origen era demasiado común y sus modales, frívolos. "Finalmente entras en razón. Pero hay una condición más: no puedes decir una sola palabra sobre este matrimonio secreto, y Vincent no debe enterarse jamás de nuestro acuerdo".
"De acuerdo". La sonrisa de Hannah se volvió gélida. "Una vez que el divorcio sea definitivo, sus diez propiedades serán mías".
"Cinco. Sería mejor no quitarme todas", regateó Danica.
"De ninguna manera", replicó Hannah, poniéndose de pie. "A menos que prefiera que yo siga siendo la esposa de Vincent. Y ambas sabemos que ese papel vale mucho más que diez propiedades".
El rostro de Danica se contrajo y respondió entre dientes: "Bien".
Al salir de la cafetería, Hannah se detuvo frente a una fuente. Permaneció allí varios minutos, con la mente hecha un torbellino. Finalmente, tomó una decisión. Se quitó el anillo de bodas, lo arrojó al agua y se marchó sin mirar atrás.
Por primera vez en su vida, entró en un club exclusivo, pidió una ronda de tragos y contrató a varios acompañantes masculinos. Todos eran encantadores, de buen porte y apariencia impecable. Podía tocar a quien quisiera. Cualquiera de esos hombres, atractivos y que la halagaban, era infinitamente mejor que el esposo frío y distante que dejaba atrás.
Su presencia no pasó desapercibida. Bobby Howard, un viejo amigo de Vincent, la divisó desde el otro lado del bullicioso club. La recordaba como la sombra de Vincent, esa mujer que siempre estaba a su lado sin ostentar siquiera el título de novia.
Al verla reír y coquetear con aquellos apuestos acompañantes, Bobby sacó el teléfono y llamó a su amigo.
"¿Necesitas algo?". El tono de Vincent era tan gélido como siempre.
"¿Te peleaste con tu sombra?".
Vincent guardó silencio.
"La acabo de ver en el club", agregó Bobby. "Entró en un salón privado con un grupo de acompañantes masculinos".
El tono de Vincent se volvió cortante. "Envíame la dirección por mensaje. Y el número del salón".
Hannah estaba reclinada en el salón privado, bebiendo un cóctel colorido tras otro. Cada uno era dulce, pero engañosamente fuerte. Pronto, un rubor le encendió las mejillas y el alcohol le nubló la mirada.
Observó a los acompañantes que la rodeaban: todos jóvenes, atractivos y de cuerpos esculturales. Sin embargo, aun rodeada de tanta atención, una profunda tristeza la oprimía. Sentía ganas de llorar. Por más que bebía, sus pensamientos regresaban una y otra vez a su desgraciado marido.
Hannah levantó la muñeca, mostrando la pulsera de diamantes. "Quien logre hacerme sentir más feliz esta noche se la queda", anunció con voz suave y seductora. "Vale cien mil".
Era un regalo de Vincent, algo que había atesorado, pero ya no la quería, ni al hombre que se la había regalado.
Los acompañantes no tardaron en actuar. Uno comenzó a bailar pegado a su espalda, moviéndose al compás de la música. Otro se le acercó para susurrarle palabras seductoras al oído. Un tercero exhibía sus abdominales y pectorales, como si posara en un concurso de fisicoculturismo.
Entonces, uno de ellos, más atrevido que los demás, se inclinó y le susurró: "¿Sabes? Soy un experto con la lengua. ¿Quieres comprobarlo?".
A Hannah se le escapó una sonrisa lánguida. "¿Por qué no?". El chico era guapo: de ojos tiernos, como los de un cachorro, y de aspecto gentil. Nada que ver con Vincent, cuyos rasgos afilados y mirada fría siempre le daban un aire inaccesible. Ya había pasado demasiado tiempo con Vincent. Quizás era hora de un cambio.
Hannah se quitó la pulsera y se la entregó sin dudarlo. "Tómala. Ahora es tuya".
Cuando el joven se inclinó para besarla, ella correspondió a su avance con una sonrisa. Pero antes de que sus labios se rozaran, un brazo fuerte la apartó, atrayéndola hacia un pecho que reconoció al instante.
El aroma la envolvió de inmediato. Era un olor limpio, fresco... inconfundiblemente suyo. Ni siquiera necesitó mirar hacia arriba. Sabía quién era. "Suéltame", murmuró, con la voz pastosa por el alcohol y teñida de un orgullo terco. "Aún no he podido ni besarlo".
Vincent la sujetó con más fuerza, sin intención de soltarla. "Basta ya".
A su alrededor, los acompañantes se quedaron inmóviles, entre confundidos e irritados.
"¿Y tú quién diablos eres?", preguntó uno de ellos. "No puedes llegar así y llevarte a nuestra clienta".
El rostro de Vincent se ensombreció. "Lárguense", ordenó.
El tono de su voz no admitía réplica. Los acompañantes recogieron sus cosas a toda prisa y se marcharon sin decir una palabra.
Mientras aún sujetaba a Hannah, Vincent reparó en la pulsera, que ahora estaba en la mano de uno de los hombres que se iba.
"Espera", espetó Vincent. "Devuelve esa pulsera".
El hombre se detuvo, bajando la vista hacia la joya. "Pero ella me la dio".
Vincent lo fulminó con la mirada, incrédulo. Recordaba esa pulsera. Hannah la atesoraba como su posesión más preciada. Jamás la habría regalado estando sobria. Seguramente, ese sujeto se la había sonsacado, aprovechándose de su estado.
"Devuélvela", repitió Vincent, con voz baja y amenazante.
Sin más protestas, el hombre le entregó la pulsera.
Aún mareada, Hannah intentó alcanzar al chico. "No te vayas todavía", lo llamó con voz soñadora. "¿No decías que eras un experto con la lengua? Todavía no lo he comprobado...".
Hannah forcejeó en los brazos de Vincent, quejándose, hasta que él la besó con firmeza. En un instante, su resistencia se quebró.
Más tarde, de vuelta en casa, Vincent la apoyó con suavidad contra la puerta. Tenía el cabello revuelto y la mirada perdida. Un intenso rubor, producto del alcohol, le encendía las mejillas.
Silenciosamente, el hombre le colocó de nuevo la pulsera en la muñeca. "Póntela. De ahora en adelante, pasaré más tiempo en casa".
A ella se le escapó una risita. ¿Así que eso era lo que él pensaba? ¿Que estaba montando una escena porque no pasaba suficiente tiempo en casa?
Intentó apartarse, pero él la atrajo de nuevo hacia sí. Ella se tensó entre sus brazos, a punto de estallar.
Vincent se inclinó despacio, sus labios casi rozando los de ella. Fue entonces cuando percibió el aroma que él desprendía. El perfume de otra mujer. La furia le descompuso el rostro. Lo empujó y se limpió la boca con el dorso de la mano. "No me toques".
Una oleada de repulsión la invadió y corrió hacia el baño.
Vincent la siguió de cerca. Le sostuvo el cabello mientras ella se inclinaba sobre el lavamanos, con una mano apoyada con delicadeza en su espalda. "¿Te sientes tan mal?".
Ella no respondió.
En ese instante, el teléfono de él vibró. Hannah alcanzó a ver el nombre en la pantalla: Brinley.
Él se alejó para contestar. Un momento después, regresó, tomó su chaqueta y dijo: "Me llamaron del trabajo. Tengo que irme".
¿Trabajo? Hannah salió del baño y su mirada se posó en el reloj: las tres de la mañana. ¿Quién llamaba del trabajo a esas horas? Solo podía significar una cosa: iba a ver a su primer amor.
La lucidez la golpeó de pronto. "Espera. Tu madre necesita que firmes unos papeles". Rebuscó en un cajón, sacó unos documentos y se los entregó.
Vincent apenas les echó un vistazo antes de garabatear su firma. Luego, salió sin mirar atrás. De haber prestado más atención, habría notado que el último documento era un acuerdo de divorcio.
Brinley lo había llamado diciendo que sufría un dolor de estómago repentino. Vincent no tardó en llevarla al hospital, donde se quedó con ella hasta la mañana.
Cuando finalmente regresó a casa, Hannah todavía dormía profundamente, acurrucada y aún vestida con la ropa de la noche anterior. Él le puso la pijama, le preparó un vaso de agua con limón y lo dejó sobre la mesa del comedor antes de marcharse en silencio al trabajo.
Horas más tarde, Hannah despertó con un dolor de cabeza punzante y una sensación de agotamiento total. Vio que tenía un mensaje de Vincent en el teléfono: "¿Te sientes mejor?".
Decidió no responder. Al salir de su habitación, vio el vaso de agua con limón que la esperaba sobre la mesa del comedor. "Gracias, Aubrey", le dijo al ama de llaves.
Aubrey Palmer le sonrió. "Señora Jones, creo que lo preparó el señor Jones".
Hannah bajó la mirada. Vincent siempre había sido considerado, tanto durante el noviazgo como en el matrimonio. Sin embargo, ahora esa amabilidad le resultaba hueca. No era gentil con ella por amor, sino porque su rostro se parecía al de Brinley, la mujer a la que amaba de verdad.
Hannah tomó unos sorbos con cuidado. "Por favor, tira esto", le dijo a Aubrey.
Luego, tomó el acuerdo de divorcio firmado y llamó a Danica. "Puedes iniciar la transferencia de propiedades".
La voz de Danica denotaba un entusiasmo evidente. "¿Así que lo firmó?".
"Sí, lo hizo". Hannah hizo una pausa un momento. "Esperemos un mes antes de comunicar a la familia lo del divorcio. Yo me mudaré después".
La razón para esperar era sencilla: Sharon Jones, la abuela de Vincent, estaba a punto de cumplir setenta años. Conmovida por la constante bondad que Sharon siempre le había mostrado, Hannah no quería arruinarle la celebración con la noticia.
Cuando colgó, una noticia apareció en su teléfono: "Se rumora que Nova Tech está al borde de la bancarrota".
Nova Tech era la empresa que Hannah había fundado en la universidad. Había logrado hacerse un nombre a nivel nacional con su especialización en productos de seguridad para mujeres. Pero después de casarse, lo abandonó todo: su negocio, sus sueños, su futuro. Se había perdido por completo en el amor, permitiendo que Vincent se convirtiera en su único mundo.
A Hannah se le encogió el estómago al leer el titular. Después de meditarlo un momento, se vistió para ir a ver a su antiguo socio, Felix Wade.
Felix alzó la vista en cuanto Hannah entró a su oficina. Sus palabras, afiladas, destilaban sarcasmo. "¿Así que la dedicada ama de casa se dignó a aparecer para vernos caer?", soltó él. "Lo siento, pero tengo trabajo que hacer. No tengo tiempo para atenderte".
Felix tenía sobradas razones para guardarle resentimiento a Hannah. Cuando la empresa era un éxito rotundo y los pedidos llegaban más rápido de lo que podían procesar, ella se había marchado sin mirar atrás. Nadie logró convencerla de que se quedara. Y en los cinco años transcurridos desde entonces, no se había puesto en contacto con nadie de la compañía, ni una sola vez. Por eso, al verla ahora, no se molestó en suavizar sus palabras ni en ocultar lo que en verdad sentía.
"Lamento mi ausencia", dijo Hannah en voz baja y con la mirada gacha. "Solo vine a ver si hay algo en lo que pueda ayudar".
Felix soltó una risa fría y amarga. "Ah, ¿ya te cansaste de jugar a la perfecta ama de casa a puerta cerrada? ¿Creíste que podías aparecer por aquí y salvarnos ahora?".
Lanzó una carpeta al suelo y el golpe resonó con fuerza en la silenciosa oficina. Su mirada lo decía todo. "Es demasiado tarde. No necesitamos tu ayuda. La empresa está acabada. ¿Estás feliz ahora?".
Hannah respiró hondo para calmarse y respondió con un tono uniforme: "Felix, entiendo que estés molesto, pero ahora deberíamos concentrarnos en resolver la crisis de la empresa".
Él, con la voz cargada de ira, replicó: "Estamos al borde de la bancarrota. ¿Qué demonios puede hacer un ama de casa como tú para cambiar algo?". No se molestó en esperar una respuesta. Ya estaba recogiendo sus cosas, como si fuera a marcharse para siempre.
Ella apretó la mandíbula. Tras un instante en que un destello cruzó su mirada, habló. "Voy a divorciarme".
Felix se quedó helado, con una expresión de total incredulidad. "¿Qué acabas de decir?".
"Si todo sale como espero, obtendré una buena compensación", dijo ella, enfatizando cada palabra. "Así que...". Extendió la mano hacia él. "Entonces, ¿qué dices? ¿Quieres que levantemos juntos nuestro negocio de nuevo?".
...
Hannah salió de la empresa con una pila de documentos que Felix le había dado para que comprendiera la magnitud de la crisis.
Sin embargo, al llegar a casa y abrir la puerta de su habitación, se quedó paralizada. Allí, en su cama, estaba Brinley, acurrucada en los brazos de Vincent.
Un escalofrío recorrió a Hannah y la dejó entumecida. De pronto, se le escapó una risa, no por diversión, sino una nacida de un corazón destrozado y una furia contenida. ¿Acaso Vincent no podía controlarse? ¿Tenía que hacerlo en su propia casa? O quizá, simplemente, lo excitaba la idea de ser descubierto.
"¿En serio, Vincent? ¿Ahora traes a la otra a nuestra casa?", reclamó Hannah.
El hombre ayudó a Brinley a incorporarse con cuidado y luego caminó hacia su esposa. "¿Por qué no me avisaste que habías salido?".
Hannah esbozó una mueca de burla. "¿Para qué? No es que mi horario te haya impedido alguna vez traer a casa a tu amante".
El tono de Vincent se tornó grave. "Brinley y yo nos conocemos desde niños. Es como de mi familia. Eso es todo. No hay nada entre nosotros".
Hannah no pudo evitar rodar los ojos. "¿De verdad? ¿Entonces ahora te acuestas con tu familia?".
La tensión endureció el rostro de Vincent. Abrió la boca para responder, pero Brinley se le adelantó.
Le tendió la mano a Hannah. "Hola, soy Brinley. Es un placer conocerte al fin. La gente siempre me decía que nos parecemos mucho". Luego miró al hombre. "Por favor, no lo malinterpretes. Vincent solo me estaba ayudando...".
Hannah mantuvo los brazos pegados a los costados. No tenía la menor intención de corresponder al saludo de Brinley. Sus palabras adquirieron un filo cortante. "¿Malinterpretar qué? ¿Que sedujiste a mi esposo?".
Brinley apretó los labios y le dirigió una mirada dolida a Vincent.
Él espetó con la voz dura y fría: "Hannah, ya te expliqué la situación. Deja de hacer un escándalo por nada".
"¿Por nada? ¿No es ella tu primer amor?". Un torbellino de emociones se reflejó en el rostro de Hannah. Su voz se convirtió en un susurro cuando finalmente liberó la pregunta que la había atormentado desde que presenció la escena del otro día. "Vincent, ¿te casaste conmigo solo porque me parezco a ella?". Alzó un brazo y señaló a Brinley, sin apartar la mirada de Vincent.
Él desvió la mirada. Ninguna respuesta salió de sus labios.
Ese silencio dolió más que cualquier palabra que pudiera haber dicho. Hannah sintió que algo se rompía dentro de ella. En el fondo, ya sabía la respuesta, pero confirmar la verdad en su silencio fue como si una cuchilla la partiera en dos. "Ya entiendo", dijo con una risa amarga. "Mejor divorciémonos. No tiene sentido seguir alargando esto".
Vincent frunció el ceño. "¿De verdad? ¿Amenazas con el divorcio por esta tontería? ¿Cuándo vas a madurar un poco?". Su expresión se volvió gélida. "Está bien. Como no te agrada Brinley, no la traeré más a casa. ¿Contenta?".
Hannah no se molestó en responder. Ya lo había engañado para que firmara el acuerdo de divorcio. Estaba decidida a alejarse de ese suplicio de matrimonio, y discutir con él le parecía inútil.
El tono de Vincent dejaba claro que la conversación había terminado. "Todo este alboroto se acaba aquí. No quiero volver a oír la palabra divorcio".
Dicho esto, acompañó a Brinley hasta la puerta.
Hannah no perdió el tiempo y le pidió al ama de llaves que le preparara una habitación de invitados. No pensaba volver a dormir en la cama contaminada por su amorcito.
Recordó los tres años de noviazgo con Vincent y los cinco que llevaban de casados. Sus sentimientos por él habían comenzado simplemente por su atractivo físico.
En ese entonces, él acababa de salir de una decepción amorosa. Atraída por su apariencia, ella se le había pegado prácticamente todos los días para dejarle claros sus sentimientos. A cualquiera que quisiera escucharla, le decía con certeza: "Voy a lograr que Vincent Jones se enamore de mí".
Su estrategia había sido sencilla: llevarle flores a diario, aparecer con bocadillos y preguntarle, una y otra vez: "¿Ya te enamoraste de mí?".
En aquella época, había sido atrevida. Declaraba su amor por él frente a todos, sin importarle las miradas. La mayoría de las veces, sin embargo, Vincent actuaba como si ella no existiera.
Más tarde, un momento a solas en el depósito de material deportivo de la universidad finalmente le dio la oportunidad que buscaba. Lo acorraló contra la pared, le dedicó una sonrisa traviesa y lo provocó: "Si no aceptas ser mi novio, te voy a besar ahora mismo".
Ese día, él no dijo ni sí ni no. En cambio, simplemente la atrajo a sus brazos. Ahora, al recordarlo, se daba cuenta de que no debió interpretar su silencio como un consentimiento.
La razón por la que su matrimonio se desmoronaba era dolorosamente simple: el amor de Vincent por ella nunca fue lo suficientemente fuerte para sostener la relación. Y ella lo había apostado todo por él, amándolo con todo su ser, pero lo que recibía a cambio nunca estuvo a la altura, dejándola sumida en la frustración. Con el tiempo, la decepción la fue consumiendo hasta que su corazón quedó adormecido. La presencia de su primer amor simplemente fue la gota que derramó el vaso y la quebró por completo.
De camino a casa de Brinley, el rostro de Vincent permaneció sombrío. La chica extendió la mano y rozó su brazo con los dedos. "Vincent, yo...".
Él se zafó de su mano y le adirtió: "Brinley, asegúrate de que lo de hoy no se repita".