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Seduciendo

Seduciendo

Autor: : Sarah Shea
Género: Romance
Una protagonista digna de ser una villana Un empresario exitoso que no supera su pasado Un mujeriego al que le va mal en el amor Una mujer embarazada que odia a los mujeriegos Primer libro: Seduciendo al millonario Aledis no había tenido una vida fácil y todo lo ocurrido en ella la llevó a crearse una máscara de superficialidad y egoísmo. Tanto, que su mejor amigo la llamaba Perra. Su vida da un giro la noche en que recibe un email de un admirador secreto, ¿qué podría pasar por responder? Lo que nunca imaginó fue que el pasado que tanto deseaba dejar atrás llegaría para hacerla enfrentarlo y, con él, tal vez el amor de un hombre que ni por asomo era el de sus sueños. Segundo Libro: Seduciendo al mujeriego Karla es una inmigrante venezolana que dejó su país con el sueño de una vida mejor junto al hombre del que se había enamorado, pero en esos sueños no entraban que su novio la abandonara, le fuera infiel y, para colmo, dijera que el hijo que esperaba era de otro. Ella no quiere saber más de los hombres y menos de un mujeriego... Hasta que aparece él. ¿Podrá un mujeriego enamorado reformarse? ¿Podrá Karla volver a confiar en el amor?

Capítulo 1 Una perra muy ladradora

Se maquillaba ayudada del espejo retrovisor en cada semáforo de la ciudad. A veces se demoraba y los autos que llegaban tras ella comenzaban a hacer sonar la música de los cláxones. «¡Idiotas! No pienso llegar al trabajo sin ocultar las ojeras». Sacó el dedo medio, formó con él una grosería y se lo enseñó al primer conductor que la adelantaba.

-¡Niñata, arréglate en tu casa!

-¡Cállate, adefesio! -gritó, a la vez que sacaba la mitad del cuerpo por la ventanilla.

Tras dedicar el insulto aceleró su auto provocando que el hombre que intentaba sobrepasarla tuviese que dar un frenazo. Al hacerlo, el coche que lo seguía colisionó con él. Observó el percance y disfrutó el momento. «Te pasa por idiota, ¿no tenías tanta prisa?». Se dijo a la vez que aumentaba el volumen de la música que sonaba en la radio.

A los veintisiete años había logrado forjarse una imagen en el mundo de la moda. Comenzó haciendo diseños en el pequeño taller de costura con ayuda de su amigo Elián. Él era la parte creativa de los dos, quien más esfuerzo hizo a la hora de levantar el negocio de la nada. El mismo que se sentaba tras la máquina de coser y se desvelaba creando bocetos para que después los créditos se los llevara ella. Aledis se ocupaba de las ventas, los clientes y de ser la imagen de una marca de ropa cada vez más reconocida.

Aparcó el auto en doble fila frente a su negocio. «Prefiero pagar una multa a caminar con estos tacones desde el aparcamiento del centro comercial». Se colocó las gafas de sol sobre el rostro antes de salir a pesar de solo tener que cruzar la acera, y abrió la puerta del auto sintiéndose una estrella de cine que llegaba al estreno de su película. Como toda una diva caminó hacia el interior de la boutique para ser recibida por su mejor amigo.

-¡Aledis, pelirroja del demonio! ¿Qué horas son estas de llegar? -se escuchó el grito poco masculino de Elián.

-¡No grites, me duele la cabeza! «¿Quién quiere un amigo gay? Lo regalo y seguro a él le encantaría. No, a quién quiero engañar, no puedo vivir sin él».

El joven se levantó de la silla que ocupaba tras el mostrador y caminó hacia ella moviendo las caderas con un ademán exagerado. Pasó una mano por la nuca y movió el cabello oscuro que caía en ondas hasta los hombros.

-Las dos amiguitas que contrataste para ayudarme no han aparecido. ¡Son las doce de la tarde! Estoy aquí desde la siete cosiendo como una perra loca.

-¡Ay ya! Por favor marica mío, acabo de llegar y todo son quejas. Aun no me bebí el café y ya quiero irme a dormir de nuevo. «Si no fuera porque hace tan bien su trabajo ya lo estaría mandando a tomar por culo, o mejor no, seguro que eso no es castigo para él».

Aledis contoneó su cuerpo mientras se dirigía hacia el teléfono, buscó el número en la agenda y marcó. Tras escuchar un par de tonos una voz adormilada se escuchó al otro lado de la línea.

-¿Qué?

-¿Cómo que qué? Levanta el trasero de la cama y ven a trabajar, Lorena; y dile a tu amiguita que venga, ¡necesito que se presenten en media hora o estarán despedidas! -tras proferir la amenaza colgó con una sonrisa en el rostro.

-Eres una perra -murmuró, Elián.

-Lo sé, así me quieres y ser jefa implica ser dura. Ahora vuelve al trabajo que los diseños no se harán solos y en eso eres el mejor. -Guiñó un ojo con coquetería y chasqueó los dedos.

-A sus órdenes, señora perra. -Su amigo dio un giro completo simulando ser una bailarina de ballet y se alejó camino de la trastienda.

No pudo hacer otra cosa que sonreír y admirar el caminar de su loco compañero.

-¡Qué bonito trasero tienes! Si no fueras marica ya te tendría en mi cama.

-¡Ni en tus sueños! -gritó, antes de desaparecer por la puerta que se dirigía al taller.

Se sentó tras del mostrador y comenzó a jugar con el teléfono para matar el tiempo en lo que aparecía algún cliente. Había pasado media hora cuando el timbre de la puerta sonó, alzó el rostro y miró al hombre que se encontraba en el interior del establecimiento. Lo escuchó susurrar un: «Buenas tardes» y ponerse a divagar observando las prendas masculinas. Lo siguió con la mirada sin levantarse del asiento. No era el típico comprador, ni siquiera parecía tener el dinero suficiente para pagar una sola prenda expuesta.

Su aspecto era de un hombre de unos treinta años. Lucía una barba descuidada de varios días sin rasurar, el cabello azabache se veía igual de desaliñado, con algunos rizos rebeldes sobre la frente. Los ojos almendrados mostraban timidez, sin ser capaz de dejar la visión directa en algún lugar. Caminaba con lentitud, casi encorvaba con ligereza el cuerpo como si intentara cubrirse. Vestía un pantalón de chándal gris y unas deportivas algo polvorientas. En el torso masculino se ceñía una camiseta blanca que dejaba ver restos de sudor en el cuello y en la espalda, como si viniera de hacer ejercicio. La verdad, tenía un lindo físico.

«Ay no, espero se haya puesto desodorante. Mejor será que lo despache rápido». Se levantó del asiento y caminó hacia él.

-¿Puedo ayudarlo? -dijo a la vez que le ofrecía la mano para que se la estrechara-. Mi nombre es Aledis y soy la propietaria.

El desconocido tenía algo que hacía saltar todas sus alarmas de protección. En el momento en que le acercó la mano decidió que no quería ningún contacto físico con él.

«Que no me toque por favor, que sea maleducado. Señor te lo ruego, ya sabes que no te pido mucho».

-Soy Brais, encantado. -Sus ruegos no sirvieron, ambas palmas se juntaron en un enredo de dedos y los sintió arder al contacto.

Fue una descarga eléctrica, algo que nunca le había ocurrido.

Con rapidez se apartó, lo único que podía hacer era disimular el mal trago que aquella sensación le provocaba. Ella no se podía permitir ningún tipo de sentimiento sin importar cuáles fueran. Sentir era sufrir.

Por unos segundos observó su rostro y lo que vio le agradó, así que decidió sacar en él más defectos. La nariz era picuda y algo grande, los labios finos. «Como siga dejándose crecer la barba va a parecer que no tiene boca, pero mira que es feo es atractivo el desgraciado. ¿Atractivo? No, para nada, es feo como el demonio».

-Encantada, Brais, ¿en qué puedo ayudarte?

-Buscaba una camisa.

«¡Ay no! Y si decide probársela todo lleno de sudor». Lo observó en un recorrido desde el último cabello de la cabeza hasta la punta de los pies y continuó de forma amable.

-Creo que debes ser una talla 36 o 38, ¿estoy en lo cierto? -Sonrió con falsa dulzura.

-¡Ah, no es para mí! Es el cumpleaños de mi mejor amigo, él suele vestir este tipo de ropa.

La respuesta fue un golpe directo a su ego.

-¿A qué te refieres al decir "tipo de ropa"? «Se queja de mi trabajo, lo que me faltaba».

Esperó una respuesta frunciendo los labios y dando leves golpes en el suelo con el tacón. Brais abrió mucho los ojos y tuvo el descaro de ruborizarse.

-No se ofenda, no quise desvalorizar sus diseños. Todo aquí es hermoso, pero míreme, no luciría en mí. -Lo vio sonreír dejando al descubierto una dentadura casi perfecta.

«Dios mío, no lo dejes sonreír más, cada vez lo veo más atractivo. Aledis, cálmate, de guapo no tiene nada, que mal se debe sentir viéndose al espejo todos los días».

-No hable así, seguro estaría guapísimo con alguno de mis diseños, créeme hacen milagros. -En cuanto se percató de su metedura de pata se tapó la boca con la mano-. Quiero decir, lo que quería... -El hombre comenzó a reír y el sonido le provocó un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.

Tenía una risa varonil, ronca, casi musical. Digna para un espécimen atractivo y no para aquel... Era mejor no entrar en detalles, porque ya había quedado claro que a ella no le gustaba ni le parecía guapo.

-No se disculpe, no hace falta, me pasa más de lo que crees. -Bajó la mirada apenas un segundo, nervioso-. Mi amigo es talla cuarenta, le gusta el color negro.

-Está bien, vamos a ver qué tenemos aquí para su amigo -la forma en que pronunció la frase fue como si la gruñera. Estaba enfadada consigo misma.

De nuevo quedaba en evidencia y no comprendía el porqué. Aledis no era una persona amable ni dada a las alabanzas, pero solía comportarse de forma correcta con los clientes. Para su suerte, o tal vez desgracia, su empleado interrumpió el vergonzoso momento.

-¡Perra! ¿Esas zorritas amigas tuyas vienen hoy o mañana? -se escuchó el grito de Elián y segundos después apareció en la tienda.

-¡Tenemos clientes! -balbuceó elevando la voz-. ¿Puedes controlar tu vocabulario?

-Ay, lo siento. -Su amigo colocó una mano en la cadera fingiendo estar avergonzado-. Si llego a saber que había un muchachote me habría arreglado el cabello. -Caminó hacia Brais y se presentó-. Me llamo Elián, pero los hombres pueden llamarme como ellos quieran. Soy el socio de la pelirroja, lo que ves aquí... -Señaló con el dedo a la mercancía-. Lo hice, ¡Ah!

Eli ahogó un grito al sentir el tacón clavarse en su pie. Se lo tenía merecido por hablar de más.

-Suficiente, marica, yo puedo atenderlo. Por favor, retírate. -Le dedicó una mirada homicida que no daba alternativa a réplicas y lo observó alejarse molesto y cojeando.

Antes de entrar al taller se dio la vuelta y contempló al cliente.

-¡Espero verte pronto, muchachote! -Su compañero le lanzó un beso y desapareció en el interior de la trastienda.

Avergonzada carraspeó y se dirigió a Brais.

-Discúlpalo, es mi mejor amigo. A veces me hace pasar vergüenza.

El hombre mostró una media sonrisa y negó con la cabeza.

-No te preocupes, sé que, a veces, nuestro entorno nos juega malas pasadas; sin ir más lejos la persona que me trajo aquí me hace vivir muchos momentos como éste.

A Aledis no le importaba lo más mínimo la vida de ese hombre. Lo único que quería era que comprara y se marchara con rapidez para que su presencia dejara de perturbarla.

-Tal vez ambos deberíamos despedir a nuestros amigos -bromeó, ella tenía muy claro que Elián era esencial en su vida y en su negocio.

Brais sonrió y la observó por primera vez sin apartar la mirada. Un silencio incomodo se hizo entre ellos y lo rompió mostrándole un par de camisas.

-¿Crees que algo así le gustará? -Lo siguió con la mirada mientras ojeaba los productos hasta decantarse por uno de ellos.

-Sabes elegir, estoy seguro de que ésta le encantará.

Agarró la prenda y se dirigió detrás del mostrador. Cuanto antes cobrara el importe, antes se marcharía y, con suerte, también se evaporaría esa horrible sensación que le provocaba. Era como si ese hombre fuera el dueño de sus peores pesadillas, de sus peores temores, de sus más ocultos deseos. Aledis no quería pensar en eso, así que se excusó diciéndose a sí misma que los clientes que visitaban su negocio eran de otro estilo y lo que le ocurría era que sentía vergüenza ajena.

-Tiene un costo de doscientos euros.

-Pagaré con tarjeta, ¿se puede? -El desecho de virtudes dejó a la vista su reluciente cartera y una incontable cantidad de diferentes tarjetas bancarias.

-Sí, claro que sí, su amigo se pondrá muy contento con el regalo.

-Eso espero, no todos los días se cumplen treinta años. -Aledis cobró el importe e introdujo la camisa en la bolsa.

-Qué pase un feliz cumpleaños y gracias por su compra, espero volver a verlo pronto por aquí.

«¡No vuelvas, por favor!».

Brais estrechó su mano y no le quedó otro remedio que corresponder al gesto mostrando una sonrisa.

-Gracias, yo... ya me marcho.

Lo observó mientras caminaba indeciso hacia la puerta, antes de salir se dio la vuelta para mirarla. La forma en que la observaba le erizaba el vello y la ponía alerta. Como si con su simple presencia ese hombre le dijera que aquella no sería la última vez que se cruzarían. Una voz interna le gritó que su vida acababa de cambiar sin percatarse y que, su perfecta existencia cargada de Glamour, estaba por dar el primer paso para comenzar una caída al vacío, solo que ella aún no lo sabía.

Capítulo 2 Un ángel

-¡Qué buenas horas de llegar, Lorena! -Se levantó del asiento sin dejar de observar a su amiga y a la mujer que la acompañaba. «Debe estar de broma, ¿quién es esa?».

La sola visión de la mujer la dejó en shock. Era como ver su pasado, el que tanto quería ocultar, contonearse en su cara y reírse de ella.

-Hola, Aledis; disculpa que llegue tan tarde, me surgió un contratiempo -la estridente voz de Lorena la hizo elevar la comisura del labio superior con un gesto de coraje.

-Ya me imagino, una noche sin dormir abriéndote de piernas para el primero que encontraste. -Movió la mano intentando quitar importancia a su malintencionado comentario.

Así es como se sentía segura. Siendo una perra, no permitiría a nadie más entrar a su corazón y menos permitiría que la dañaran.

-¡No seas tan burra!, no fue el primero que encontré. Charlé con él durante una hora en un pub. -Lorena señaló a la chica a su lado-. Ella es Remedios, mi vecina y tu nueva trabajadora.

Por fin sabía el nombre de lo que fuese ese animal en peligro de extinción. «Dios mío -rogó de nuevo a Dios en su mente-, ¿por qué te empeñas en ponerme a prueba esta mañana?».

-¿Remedios? No le veo remedio alguno a esa cara, pero ¿la has visto? Me va a espantar a la clientela. -Ambas mujeres abrieron los ojos con asombro. La sinceridad era su punto fuerte y la crueldad llevaba años practicándola.

Creyó que, con aquel insulto, el engendro de satán bajaría la cabeza y se marcharía, así podría dejar de verse reflejada en ella y que los recuerdos que tanto la dañaban dejaran de intentar regresar a su mente, pero, en lugar de hacer eso, contestó.

-Mi rostro no me resta méritos. Soy muy trabajadora, mi madre que en paz descanse me enseñó a coser casi desde niña. Hago mi propia ropa, no se arrepentirá de contratarme -la cosa horrorosa deslizó cada palabra con seguridad.

¡Seguro había hecho un pacto con el diablo! No era posible que semejante oso hormiguero tuviese tanta fe en sí misma. Ni ella, que había luchado tanto por ser quien era en la actualidad tenía esa autoestima.

Decidió que continuaría atacándola y sacaría su arsenal pesado de insultos.

-Espero que tu trabajo no sea coser andrajos parecidos a los que llevas, ¿qué edad tienes?, ¿cincuenta? -Aledis se atusó el cabello con coquetería, dejando claro quién era la belleza allí.

-¿Por qué eres así? -se quejó su amiga-. Es muy buena persona y a copiado trajes idénticos a los tuyos para mí. Ya sabes que mi economía no me da para pagar tus diseños.

¡Aquello era el colmo! ¿Cómo se atrevía a hacer tal cosa?

-¡Ahora en vez de darle trabajo debería llevarla a la cárcel por plagiadora!

-¡¿Cómo?! -gritaron ambas mujeres.

Ale sonrió a pesar del enfado momentáneo, era cierto que Lorena no podía permitirse comprar nada en su boutique y estaba segura de que la costura de esa mujer no podía compararse en nada al trabajo de un profesional como Elián.

-Tranquila, Reme, solo bromeaba. -Se llevó a los labios un vaso con agua, provocando un silencio intenso e incómodo-. No te querrían ni en la cárcel, voy a tener que ponerme gafas de sol para que no me deslumbre lo fea que eres.

-Me marcho, no estoy dispuesta a soportar esto. -Remedios quiso huir indignada y era lo que Aledis quería.

-No te vayas, solo deja que se le pase. Siempre es así cuando se encuentra con alguien... -Lorena intentó actuar de mediadora.

-¿Feo? -preguntó, sin delicadeza-. No te lo tomes a mal. ¿Ves esa puerta que se encuentra al fondo? -Señaló hacia la trastienda-. Entrad allí y Elián os dirá que tienen que hacer.

Las mujeres asintieron y caminaron bajo el escrutinio de su mirada.

«¡Qué día tan horrible! Debe ser la antesala del apocalipsis, ¿será una epidemia?». Sintió un escalofrío y sacudió su cuerpo como si así dejara escapar los virus que pudieran caer sobre ella.

Observó la manera en que Remedios caminaba arrastrando los pies, enfundados en unas zapatillas más propias de una anciana que de una muchacha joven como ella. Llevaba una horrenda falda plisada de cuadros hasta las rodillas y la acompañaba con un jersey color verde pistacho de cuello alto. Detuvo su inquisitiva mirada en el cabello recogido en una trenza a un lado de la cabeza. Se notaba en aquel peinado el grueso del pelo y las pequeñas hebras despeinadas que sobresalían, como si tuviese electricidad.

-Te puedo recomendar un acondicionador que hace milagros y un estilista que haría maravillas con tu cabello, yo te podría acompañar -gritó antes de que se marchara.

«¿Por qué dije eso? No, yo no pienso acompañar a nadie ni ayudar a nadie. ¿Quién me ayudó a mí?»

Remedios dio un paso atrás y se dio la vuelta para mirarla.

-¿Cómo dice? -preguntó y dejó ver una sonrisa cínica y cargada de asco.

Comprendía la reacción, no se había portado amable, pero su último comentario no fue con intención de ofender. Así que, ante el desprecio de Remedios, decidió que un buen ataque era lo mejor.

Ale señaló la cabeza con expresión hastiada.

-Tu cabello, retardada, parece un estropajo sucio. Te voy a regalar un bote de crema suavizante para que mañana vengas más presentable a trabajar.

-Disculpe, ¡¿retardada?!

¿Qué más armas tendría que usar para que se fuera? Parecía ser el día de los feos y ella no podía soportar tanta monstruosidad a su alrededor. Bastante tenía con verse al espejo todos los días y luchar por visualizar su yo actual y no el del pasado. Debía calmarse, Elián la mataría si se enterara de que había despachado a la nueva costurera.

-¡Ay! Remedios, me confundí, pero con las preguntas tan tontas que haces... -Hizo círculos con el dedo índice a un lado de la cabeza-. Se ve que tu mamá en el embarazo no cocinó bien tu cerebro.

La chica apretó los puños y los labios en lo que parecía un intento por contener su furia.

-Si quiere dañarme, señora Aledis, déjeme decirle que tendrá que hacerlo mejor. Estoy acostumbrada a toda clase de insultos, no será usted la primera ni la última. -Le dio la espalda y entró a la trastienda dejándola con un nudo en la garganta y un grito deseoso de salir.

-¡¿Cómo me llamó?! ¡Señora! El adefesio se atrevió a decirme señora.

Con un gesto dramático agarró unas carpetas del mostrador y comenzó a abanicarse con ellas como si le faltara el aire. ¡Qué inmundo día!

*************

-Mamá, ya estoy aquí. -Brais llegó a la casa en la que vivía con su madre de un excelente humor.

-Hola, mi niño, ¿dónde fuiste? -la mujer que le dio la vida preguntó dándole un beso en la mejilla.

Lo cierto era que ya tenía una edad como para no tenerle que dar explicaciones, pero le gustaba cuidar de ella.

-Fui a comprar un regalo para el cumpleaños de Cristian.

Su madre sonrió con gesto amoroso.

-Me alegra que salgas y te dé un poco el aire, no lo haces de forma regular. -Acarició su mejilla y volvió a sentirse un niño-. Pasas tu vida encerrado tras esas máquinas.

-Mamá, no son máquinas, son ordenadores y es mi trabajo. Gracias a ellos es que vivimos en esta enorme casa.

-Sí, eso es cierto. Si tu padre viviera estaría muy orgulloso al ver el hombre exitoso en el que te has convertido.

La muerte de su padre era un dolor que siempre llevaría consigo.

-Pero ya no podrá verlo. -Agachó la cabeza y mostró la desolación que sentía.

-Estoy segura de que te observa desde el cielo, hijo, está cuidando de ti.

Brais no quería enturbiar ese día, se encontraba demasiado feliz como para decaer en ese instante.

-Dejemos de hablar de tristezas, hace un hermoso día. ¿Por qué no vas a refrescarte a la piscina? Disfruta mamá ya trabajaste demasiado, deja que cuide de ti.

Besó la frente de su progenitora y se alejó camino de su habitación. Por un momento le pareció que ella lo llamaba, pero estaba deseando soltar la bolsa y darse un baño. Al llegar al pasillo que daba a su habitación abrió la puerta del cuarto y halló a su amigo acostado en la cama.

-Joder, Cristian, ¿qué haces aquí? -Escondió el regalo en su espalda con un gesto poco disimulado.

-¡¿Qué voy hacer?!, esperándote para trabajar. Soy la imagen de tu empresa; ya sabes, el guapo que pone el rostro del imperio informático que creamos juntos. -Sacudió la cabeza ante la estupidez de su amigo-. ¿Tú tan risueño?, qué raro que no hiciste volar alguno de tus muñecos frikis de colección hacia mi cabeza. ¿Por qué de tan buen humor?

-Por nada, no es de tu incumbencia. -Soltó el regalo sobre la silla, molesto.

Ya no le importaba que lo viese porque lo acababa de poner de mal humor.

-¿Y eso? -Sostuvo la bolsa con curiosidad-. ¡Dios mío, gracias por hacerme el milagro! Al fin la Bestia se va a vestir como un caballero, trae ropa de mi diseñadora favorita.

-Bestia lo será tu padre y no es para mí -argumentó, dolido.

-Ya decía yo, dos milagros en el mismo día eran demasiado. Tú saliendo de la baticueva y encima comprando ropa de marca. Siempre seré la Bella en esta relación -dijo, tornando su voz afeminada y colocando una mano en el pecho como si sufriera.

-Pruébatela para saber si es de tu talla, es tu regalo de cumpleaños, uno de ellos. El otro será enviarte a la luna.

-¿Para mí? Eres el mejor amigo que se puede tener.

El gesto pícaro de Cristian le hizo reír y olvidar el malestar anterior.

-Lo sé, también soy el único que tienes, nadie más te aguanta.

Vio a Cris observar la camisa negra y por unos momentos su mente divagó en la dependienta de cabello rojizo que lo atendió; nunca vio una mujer más bella. Y lo mejor fue la forma amable en la que se comportó con él, jamás una fémina que no fuera de la familia le dedicó una palabra cordial. Bueno, hubo una antes de Aledis.

«¡Cómo para olvidarla! Mi primera vez, la única que pasó por mi vida de manera romántica». Aunque romántica era tan solo una forma de llamarlo. La chica que recordaba había sido una prostituta contratada por su mejor amigo el día que cumplió los veinticinco años. Cristian decidió que no podía seguir en ese estado célibe, así que lo engañó presentándole una fémina más que dispuesta a caer en los encantos que no poseía.

«Le creí como un idiota. Con razón el muy imbécil me insistía tanto en que usara protección». Sin embargo, la pelirroja fue afable sin necesidad de pagar por ello. Sin saber de su estado económico. Le sonrió de tal forma que lo atrapó en sus encantos. «También le pagaste, imbécil; compraste en su tienda. Eres tonto, ¿por qué te engañas? ¡Jamás aceptaría ni un solo café que viniera de ti!». Sacudió la cabeza intentando mandar a callar a su conciencia.

-¿Cómo me veo? -Su amigo lució sus encantos frente a él con la nueva camisa.

-Te queda genial, como todo lo que te pones. De algo tendrá que servir las dos horas diarias que pasas en el gimnasio.

Cristian sonrió abriendo de nuevo los botones y mostrando su cuidado torso, a la vez que pasaba la yema de los dedos desde su pecho hasta el abdomen.

-Y las vuelve locas, todas quieren rallar su lengua en estas piedras.

-¡Qué asco me das! -Dejó los ojos en blanco y se acomodó en la silla.

-¿Asco? ¿No será envidia, mi amada Bestia? Deberíamos cambiar el nombre a la empresa y llamarnos así.

-¿Cómo? -A veces no conseguía entender las locuras de Cristian.

-Pues como va a ser, ¡vaya si eres lento! La Bella -Se señaló a sí mismo-, y la Bestia. Con solo mostrar tu foto de la primera comunión espantaríamos a todos los clientes.

-Gracias por recordarme mi poco agraciado rostro, por eso tú eres la imagen y yo el cerebro.

Nunca le afectaban las bromas, pero aquel día tras sentir un deseo que hacía mucho tiempo aprendió a ocultar, sufrió una enorme tristeza que se mostró en su semblante.

-¡Eh! Perdóname no quería ofenderte. -Sintió el brazo de su amigo colocarse sobre los hombros.

-Era hermosa, la mujer más bella que vi -balbuceó sin lograr detenerse.

-Así que esa cara de perro abandonado es por una mujer. ¿Y quién es ella?

-Aledis.

-Aledis -repitió-. ¿Qué Aledis? No me jodas, ¿la diseñadora? ¿La tremenda pelirroja con esas dos pechugas? -Alzó las manos fingiendo agarrar en el aire el seno de una mujer-. Y el culazo que tiene, la agarraba por las caderas y le metía to' lo gordo.

-¡Te quieres callar!

Cristian aminoró el movimiento que estaba haciendo arqueando la pelvis hacia delante y atrás, acompañándolo de unos brazos agarrando el aire.

-Vaya que sí te afectó, no te lo tomes a mal, la chica está muy buena.

-Es un ángel -suspiró, rendido y sabiendo que nunca tendría posibilidades.

-Un ángel follador. La subiría sobre mí y le dejaba el culo rojo a...

-¡Qué te calles! -gritó, frustrado-. Ella es especial, se ve tan buena, educada, encantadora.

-Un estuche de monerías muy follable. Ya no te hagas, ¿le restregaste la herramienta? ¿Le hiciste gritar tu nombre? Ya sé, ¿la drogaste para que se acostara contigo, o te puso una bolsa en la cabeza?

-No seas idiota, no me acosté con ella solo me vendió la camisa.

-Amigo, si no fuera por mí morirías virgen. Aunque con el tiempo que llevas sin darle uso... solo te diré que la carne que cuelga se pudre y si yo fuera mujer no me acercaba a ese trozo putrefacto ni loca. -Cris negó con la cabeza, y lo miró con ojos de borrego a medio morir a pesar de que sus palabras fueron hirientes.

-Gracias por los ánimos, no sé qué haría sin ti. Mejor vamos a ponernos a trabajar.

Desde el momento en que la vio no logró sacarla de su mente. Esa mujer tenía algo que no lograba descifrar. Necesitaba hablar con ella y conocerla, pero era consciente de que nunca aceptaría regalarle un solo minuto de su tiempo. Tenía que acercase y no del modo convencional. Lo que no sabía era que, aquella pelirroja, distaba mucho de ser el ángel con el que él soñaba.

Capítulo 3 Una declaración de amor

Eran las ocho de la tarde, Aledis cerró la cortina de metal hasta la mitad dando por terminada la jornada. Pasó todo el día atendiendo clientes gracias a la falta de personal. «No entiendo por qué las dependientas siempre firman su renuncia, si soy un encanto». Caminó hacia la trastienda donde se encontraba Elián y sus dos nuevas contrataciones. Al pasar junto a la puerta escuchó las risas de los empleados.

-Reme, cariño, en un rato la señora tengo un palo metido en el trasero estará molestando por aquí.

«¿Señora palo metido en el trasero? ¿A quién se referirá el marica?». Se detuvo a escuchar, ya que la curiosidad era uno de sus defectos.

-Gracias por avisarme -Remedios suspiró apesadumbrada-. Espero que esté satisfecha con mi trabajo y no tome en cuenta que mi aspecto.

-Le va a encantar, mi Reme, te lo aseguro. Yo ya te amo y adoro como trabajas. -Elián sujetó una prenda admirando los detalles-. ¡Esto es perfección! No dejaré que te despida por nada del mundo.

-Yo... no logré coser ni una sola prenda en todo el día, creo que coloqué la manga de una camisa en donde iba la pierna de un pantalón -se quejó Lorena mostrando su trabajo.

-¡Qué horror! ¿Estás segura de que no eres hermana de la perra pelirroja?

Aledis, molesta, hizo resonar los tacones en el piso avisando que estaba allí y provocando que todos quedaran en silencio.

-Pero ¡qué callados están!, cualquiera pensaría que estaban descuartizando a alguien. -Elián se llevó ambas manos al pecho colocándolas una sobre otra, agachó la cabeza y mostró un rostro ofendido.

-Querida, ¿cómo puedes insinuar tal cosa? ¡Jamás! Yo mataría a cualquiera que se atreviera a descuartizar a un animal como tú.

-Pero que gracioso, mira cómo me rio. -Apretó los labios en una fina línea y lo miró furiosa.

-Cambiando de tema, ¿quién era el hombretón de esta mañana? Era bellísimo -profirió, Elián.

-¿Qué hombretón? -preguntaron al unísono Lorena y Aledis.

Remedios parecía dedicarse a observarlos, intentando quedar alejada del grupo de conversación.

-¿Cuál va a ser? Ese que venía transpirando hormonas masculinas. Me llegaron sus feromonas hasta aquí, tuve que salir a atenderlo.

-¿El adefesio? No puede ser, ¿de verdad? Marica búscate un novio que cada día tienes peor gusto. -Negó con la cabeza y ocultó una sonrisa.

-Pelirroja del demonio, con mis gustos no te metas, tú sí que no sabes de lo que hablas. Ese hombre era todo un machote.

-Un machote salido de una película de terror, ¡horroroso!

-La apariencia no lo es todo -Remedios interrumpió en un leve murmullo.

Aledis le dedicó una mirada cargada de desprecio, esa mujer tenía algo que hacía que no lograra soportarla.

-Tú que vas a decir, si te viese acostada en el césped de un parque pensaría que eres los regalos que sueltan allí los perros callejeros.

-¡Aledis! -gritó Lorena-. Reme no es fea, ella es que... no sabe arreglarse, pero un día le voy hacer un cambio radical que nadie la va a reconocer.

-Asegúrate de meterla antes en una bañera con ácido para quitar la primera capa de piel inservible, porque de otra manera no tiene solución, ¡mira que es fea!

Reme agachó la cabeza con vergüenza y de nuevo susurró:

-Me miro al espejo cada día, no hace falta que me lo recuerdes.

-Ahora se pondrá a llorar. -Comenzó a reír buscando con la mirada la aprobación a sus comentarios, al ver que no le seguían la corriente mostró un gesto de indiferencia-. Pero que aburridos sois, volviendo al tema del que hablábamos, el hombretón se llamaba Burro.

-¿Burro? No creo que ese fuera su nombre, aunque tenía pinta de esconder bajo los pantalones la de uno. -Elián alzó las manos separándolas lo suficiente para mostrar una medida.

-¡Calla! Qué asco, me hiciste imaginarlo desnudo. Con B comenzaba, no acostumbro a recordar los nombres de personas que no quiero volver a ver. Mejor cómprate un perro, seguro que huele mejor.

-Te diré un secreto, pelirroja superficial; amo los hombres feos, me encantan, me fascinan.

-¿Por qué? -se animó a preguntar.

-Porque ellos hacen el amor como si fuera la última vez de sus vidas. Lo catan tan poco que cuando te agarran te destrozan. -Vio asomar a su rostro una sonrisa perversa-. Si fuera heterosexual trincaría a la Reme en los probadores y me la llevaría a visitar las estrellas.

-¡¿Qué?! -gritó la mujer poco agraciada.

«Mira la fea, como se le ponen los ojos hechos bolas. Pobrecita, ésta no vio un trozo de carne en su vida».

-Tranquila, Reme, no te emociones que me gustan los hombres, pero si alguna vez decides hacerte un cambio de sexo cuenta conmigo para que te empotre contra la pared.

-G-gracias, lo tendré en cuenta.

-Fea y tartamuda -murmuró para sí misma.

-¡Aledis! -gritaron Elián y Lorena.

-¡Ay! Disculpadme, ¡qué delicados son! Pensaba en voz alta no me pueden culpar por eso.

-Es un milagro que lo hagas.

-¡Marica! -lo regañó.

-Y orgulloso.

-¡Ya! Se acabó, quiero marcharme a casa de una vez. Lorena, mañana te quiero aquí a las nueve de la mañana, eres una inútil en el área de producción serás la nueva dependienta. Remedios tú, entras por la puerta trasera.

-No tenemos puerta de atrás -informó ese marica entrometido.

-Recuérdame que llame a alguien para que venga a colocar una. No podemos dejar entrar a semejante alien por la puerta delantera, imagínate si la ve un cliente. -Observó a sus tres acompañantes hacer el intento de volver a gritarle, pero continuó sin dejarlos hablar-. Tú, proyecto de mujer, te quiero sin salir de aquí. Cose y lo que tengas que hacer, pero a la tienda ni te asomes, lo tienes prohibido. ¡Venga, rapidito a cerrar!

Se dio la vuelta y comenzó a caminar con el contoneo exagerado de su cuerpo hacia la salida.

-¡Perra!

Escuchó el grito de su amigo, pero solo le provocó una sonrisa. Le encantaba ser una maldita, lo disfrutaba. O eso era lo que intentaba hacer ver a todo el mundo.

*******

-¿Cuántas vueltas vas a dar? Envía el puñetero correo.

Brais sabía que su amigo estaba molesto con su indecisión. Después de poner en orden los pendientes de la empresa, Cristian le dio una idea para acercarse a la pelirroja de sus sueños.

-No puedo, lo tendré que enviar al correo de su tienda. Quizás ella no es la que lo lee.

-Todo en esta vida tiene un riesgo, no es que te vaya a ver la cara la persona que lo reciba.

-No puedo. -Negó con insistencia.

-Entiendo, la verdad es que estás aspirando a una tremenda mujer. No obstante, piensa que eres un hombre exitoso; eso sí, en las sombras, porque yo soy tu imagen.

«¡Vaya! Al final él cabeza hueca de mi mejor amigo dijo algo coherente. Es cierto, él es mi imagen». Una sonrisa pícara apareció en su rostro.

-Tienes toda la razón -contestó, sin dejar de sonreír.

-¿Y esa cara? Cada vez que te vi poner ese gesto era porque habías tenido una nueva idea que nos haría mucho más ricos. No me lo puedo creer. ¡Te amo! -Cristian sujetó su cabeza entre las manos y la pegó a su firme pecho-. ¡Cuéntamelo! ¿Qué será esta vez? ¿Cuántos millones aumentará mi cuenta en el banco? Dime que por fin podré tener un avión privado, estoy tan cansado de viajar en primera clase.

-No es nada de eso, deja de soñar, aunque estoy creando una nueva aplicación que estoy seguro dará muchos beneficios. «Eso, cambia de tema que no se dé cuenta de lo que tienes en mente».

-Brais, estoy enamorado de ti, cásate conmigo -manifestó Cris, con voz femenina-. Eres el único hombre al que puedo amar, tendremos una relación abierta, yo conseguiré amantes y tú me mantendrás.

-No estoy tan desesperado. -Lo observó de arriba abajo y comenzó a reír.

Se acercó al ordenador, asió el ratón en su mano y pulsó enviar.

-Lo hiciste, machote, acabas de dar el primer paso para volver a usar tu herramienta, ¡felicidades! Estoy tan orgulloso de ti. -Su amigo fingió que unas lágrimas corrían por su rostro.

-¡Joder, lo hice! -Sintió una palmada en la espalda y se puso más nervioso.

-Sabía que podías, campeón. En cuanto esa pelirroja sexy lea las cursilerías que escribiste, se reirá tanto que no le quedará otro remedio que caer de rodillas antes ti; y, cuando eso pase, tú debes abrir el pantalón y...

-¡Vete a tu casa, por favor! ¡¿Qué hice?! Tengo que entrar a ese correo como sea.

******

Buscó en el bolso las llaves de su casa mientras subía en el ascensor. Aledis llevaba una buena vida, era propietaria de un departamento en una de las zonas más emblemáticas de la ciudad. Salió de la caja metálica y caminó pensativa por el pasillo hasta llegar a la puerta de la casa, entró y cerró tras ella dejándose caer sobre la pared mientras dejaba escapar un suspiro de cansancio. Con un par de movimientos apartó los tacones y caminó descalza al interior bajando la cremallera del entallado vestido. Lo dejó caer al suelo con delicadeza, y se acercó a la cocina que se encontraba bien ordenada gracias a su empleada doméstica. Los muebles eran rojos con la parte superior de mármol en color negro y los cruzaba una barra americana del mismo material. Ensimismada en sus pensamientos agarró la nota que colgaba pegada en su refrigerador: "La comida está en el microondas". «Ya sé, inútil, no soy tan tonta».

Lo puso en marcha y se quedó mirando la cena dar vueltas sin parar. El momento de llegar a su hogar -si bien era la parte preferida del día-, la hacía sentirse sola. Amaba cada rincón de su departamento que se encontraba bien situado en el séptimo piso. Los grandes ventanales le dejaban observar el mar y parte de la ciudad, pero siempre lo hacía en solitario.

Escuchó el pitido del aparato, se sirvió la comida y se dirigió a la terraza para disfrutar cenando acompañada del aire nocturno. «Estas vistas es lo más cercano al cielo y nunca nadie disfrutó de ellas conmigo». A pesar de ser una mujer exitosa y muy hermosa, jamás llevó una sola visita a su apartamento. Ni siquiera a su mejor amigo Elián.

Amaba la privacidad, pero en el fondo -a pesar de su comportamiento-, anhelaba tener alguien con quien disfrutar aquel momento del día, sentada en la terraza tan solo observando la vista. «¿Qué falla conmigo? Estoy rodeada de hombres que me quieren conquistar, pero jamás ninguno me dijo te amo. Soy guapa, simpática, educada y agradable. Si hasta tengo una cuenta bancaria llena de ceros. ¿Qué hay de malo en mí para no saber lo que se siente cuando alguien te quiere?».

Terminó la cena en silencio y llevó el plato sucio a la cocina. Se terminó de desvestir tirando la ropa interior en el suelo. No le importaba desordenar todo con su llegada, siempre tenía alguien tras ella que levantaba el caos. Se adentró en la habitación y se acostó sobre la cama Kingsize, observó la delicada decoración minimalista con los muebles color chocolate; rodó por el colchón y se acomodó de lado buscando en la mesita de noche la ropa interior limpia. Una vez lista se adentró en el baño dispuesta a prepararse un largo baño.

Unos minutos después el sonido del teléfono la sacó de su momento relajante, salió de la bañera y con rapidez se colocó el albornoz. Corrió hacia la habitación y contestó la llamada.

-¡¿Dígame?! -profirió, molesta.

-¡Perra! -el grito de su amigo la hizo apartar el auricular.

-Uf, ¿qué quieres, Elián?

-Llevo media hora marcando a tu móvil, sabes que me sale más cara la llamada a tu número fijo.

-Deja de quejarte, tacaño, me estaba dando un baño. ¿Qué querías?

-Perrita pequinesa, se me olvidó mirar los pedidos; estuve muy entretenido charlando con la Reme, mira que es simpática -El tono de voz de Elián era casi burlón.

-¿Para eso me llamas? ¿Para hablarme de la fea? Se me va a indigestar la cena, marica.

-¡Qué mal carácter tienes! Vas a morir sola, nadie te va a aguantar nunca.

-Yo también te quiero. Si eso es todo, buenas noches, enviaré por fax los pedidos para que sepas lo que debes preparar mañana.

Colgó el teléfono gruñendo una maldición. Aquellas palabras dolieron más de lo que quiso aceptar.

En cuanto estuvo con el camisón puesto, agarró el portátil y se acostó en la cama con él sobre el cuerpo. Momentos después accedió al email de la empresa, miró uno a uno los correos recibidos, mientras hacía una tabla de Excel para enviar. Una vez que la tuvo casi lista, a sus ojos llegó una dirección que no conocía.

-Será un nuevo cliente -susurró para sí misma-. OnixBra, me suena el nombre de la empresa y no sé de qué. «¿Acaso será un sex shop?».

Abrió el email y su expresión comenzó a tornarse sorprendida conforme iba leyendo.

No soy un hombre acostumbrado a hacer este tipo de cosas, te confieso que cada parte de mí tiembla. Eres el ser más hermoso que alguna vez vieron mis ojos. No quiero que tomes a mal que te defina como un ser. Compararte con un simple mortal sería quitarte méritos. Debes ser una diosa caída del cielo que llegaste a este mundo a llenarlo con tu magnificencia. Perderme en el azul de tus ojos me calma y me da paz, es como si lo único que pudieran transmitir fuera bondad y alegría. Quisiera enredar mis manos en cada hebra de tu cabello, rozar tu suave piel con la delicadeza de una pluma. ¿Crees en el amor a primera vista? No sé cómo deba sentirse esa clase de sentimiento, jamás lo procesé por nadie; pero cada vez que recuerdo tu mirada siento que gracias a ti acabo de conocerlo.

Tu admirador, anónimo mientras tú desees que lo sea.

Cerró la tapa del ordenador y se quedó anonadada mirando al vacío. Aquello era lo más cursi que jamás le habían escrito, pero provocó que su corazón latiese como un loco sin control.

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