Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Sedúceme mi CEO perverso
Sedúceme mi CEO perverso

Sedúceme mi CEO perverso

Autor: : Lea Faes
Género: Romance
Cuando llegué a Buenos Aires, estaba convencida de que podía con todo: un trabajo nuevo en la mejor agencia de publicidad, una vida fresca y sin complicaciones. Pero nada me preparó para tropezar -literalmente- con Lisandro Duvall, el CEO de Duvall & Asociados, un hombre tan atractivo que debería venir con advertencia. Alto, con ojos azules que te desnudan con una sola mirada y unas manos que, al sostenerme, despertaron cosas que no sabía que llevaba dentro. Desde ese primer encuentro, trabajar con él se ha convertido en un juego peligroso, cada reunión, cada roce "casual", cada palabra suya es como gasolina en mi imaginación. Quiero enfocarme en mi carrera, pero por lo visto mi cabeza tiene otros planes, llenándose de fantasías donde él no es tan profesional ni yo tan inocente. Y lo peor es que él lo nota: esa chispa en su mirada, esa forma de acercarse más de lo necesario, como si supiera exactamente cómo ponerme al límite. Pero Lisandro no es solo un rostro perfecto. Es un misterio envuelto en secretos, un hombre que pasa de frío a ardiente en un instante y que me provoca como nadie. Yo, que nunca me quedo atrás, le sigo el juego, aunque sé que estoy bailando sobre fuego. Entre pullas, tensiones que cortan el aire y una atracción que nos consume, nos enredamos en algo que ninguno controla. ¿Mi carrera? En riesgo. ¿Mi cordura? Pérdida. ¿Mi deseo? Imposible de ignorar. Así que aquí estoy, atrapada entre el deber y un hombre que me hace arder con solo mirarme. No sé si esto acabará en desastre o en algo inolvidable, pero si voy a caer, que sea con todo el fuego que él promete. ¿Te atreves a descubrir cómo termina este juego? Porque yo ya estoy dentro, y no pienso retroceder.

Capítulo 1 La curiosidad mató al gato

Llegar a Buenos Aires fue como caer en un sueño raro, todo era enorme, rápido y ruidoso, nada que ver con Mendoza, donde la vida se sentía más tranquila, como si el tiempo se tomará un respiro entre cada cosa.

Me mude con un solo propósito: construir mi propia independencia, empezar de cero en una ciudad que no conozco pero que me llama como si tuviera algo grande guardado para mí.

Mi primer paso importante fue el trabajo que conseguí en Duvall & Asociados, una agencia de publicidad bien, de esas que todo mundo menciona con respeto. Todavía no me la creía del todo, y aunque estaba emocionada, también traía un nudo en el estómago que no se me quitaba por más que intentara calmarme.

Vivía con Sebastián Méndez, mi mejor amigo desde que éramos pequeños, él es modelo, de esos que con una sonrisa te convencen de lo que sea, siempre ha sido como mi hermano mayor, alguien que me cuida sin importar qué tanto me equivoque.

Cuando llegué al departamento que ahora compartimos, me recibió con los brazos abiertos y una botella de vino tinto, listo para festejar mi llegada como si fuera el evento del año.

El depa es pequeño pero bonito, con paredes blancas y una ventana grande en el salón que deja ver las luces de la ciudad, me encanta esa vista, me hace sentir que estoy en el lugar correcto.

-Oye, deberíamos salir a un bar esta noche -me dijo Sebas mientras desempacábamos unas cajas en el suelo del salón, estaba sentado entre un montón de cosas mías: libros, ropa, hasta una lámpara vieja.

-No creo que sea buena idea salir justo antes de mi primer día -le contesté, acomodando unos libros en una repisa que apenas habíamos armado- no quiero llegar toda cruda o con cara de zombie.

-Ándale, Valeria -insistió, recargándose en una caja con esa sonrisa suya que siempre me hace dudar- no te estoy diciendo que nos pongamos hasta las chanclas, solo un par de copas, algo tranqui, hay un lugar aquí cerca, regresamos temprano y ya.

Lo miré de reojo, Sebastián era imposible de ignorar: alto, delgado, con el cuerpo bien trabajado, con el pelo oscuro que siempre se le alborota un poco y unos ojos verdes que parecen sacados de una película, pero para mí, es solo Sebas, el amigo que me vio llorar como Magdalena cuando terminé con mi ex y que todavía seguía aquí, a mi lado, como si nada.

-No sé, Sebas -dije, todavía dudando- apenas estoy aterrizando en esta ciudad, y quiero estar al cien para mañana.

-Órale, tú ganas -respondió, levantando las manos como si se rindiera- pero mañana después del trabajo, sí le entramos al festejo, ¿eh? Si todo sale bien, claro.

-Va, eso sí me late más -dije, sonriendo- si logro sobrevivir al día, entonces sí hay que celebrarlo.

-Perfecto. Mañana hago algo especial para la cena -dijo, guiñandome un ojo mientras se levantaba del suelo.

-¿Tú cocinando? -pregunté, alzando una ceja, Sebas tenía muchas cualidades, pero la cocina no era una de ellas, una vez intentó hacerme unos tacos en Mendoza y terminamos pidiendo pizza porque quemó la carne.

-Claro, voy a estrenar esa chulada de cocina -respondió, señalando la cocina del depa, que es pequeña pero moderna, con una barra de granito que parece sacada de una revista- ahí no hay forma de que salga mal.

-Humm... -dije, no muy convencida, pero le sonreí y no quise discutir más, ya veríamos qué tan bien le iba con su plan.

Esa noche, después de desempacar lo básico, me senté en mi cama con mi agenda en las manos, quería revisar todo una última vez antes de dormir. Tenía apuntado el nombre de mi nuevo jefe, Martín Gallardo, el director creativo de la agencia, chequé mi ropa -un pantalón negro y una blusa blanca sencilla pero elegante- mi bolsa con los papeles que necesitaba y hasta el mapa del metro, por si las dudas.

Vi que la empresa se llamaba Duvall & Asociados, y pensé que "Duvall" sería el dueño o algo por el estilo, pero no le di más importancia, estaba tan enfocada en lo que venía que no me fijé en nada más.

Me recosté en la cama, mirando el techo del cuarto, el ruido de la ciudad se colaba por la ventana, era un zumbido constante de carros y voces que no paraba nunca, cerré los ojos y respiré profundo, mañana iba a ser mi primer día, mi gran comienzo, no sabía qué esperar, pero estaba lista para lo que viniera.

A la mañana siguiente, me desperté antes de que sonara la alarma, no sé si fue por los nervios o porque el colchón nuevo todavía se sentía raro, pero no pude quedarme en la cama ni un minuto más, me levanté, me puse unos jeans, una sudadera y mis tenis favoritos, y decidí salir a caminar un rato antes de arreglarme para el trabajo, quería conocer un poco la ciudad, sentirla con calma antes de que todo se pusiera loco.

Buenos Aires me pegó desde el primer paso, los edificios eran tan altos que parecía que tocaban el cielo, y las calles estaban llenas de gente que iba y venía como si tuvieran prisa por vivir.

Me compré un café en una cafetería cerca del depa, después empecé a caminar sin rumbo fijo, solo para ver cómo latía este lugar.

Mientras iba por las banquetas, me perdí en mis pensamientos, me acordé de Mendoza, de las tardes tranquilas en el patio de mi casa, tomando mate, pensé en mis hermanos, que seguro estaban ocupados con sus cosas, y en mis amigos, que me habían despedido con abrazos y promesas de venir a visitarme.

Dejar todo eso había sido duro, pero también me emocionaba estar aquí, en una ciudad tan viva, tan diferente, sí, traía nervios, pero también una esperanza que me calentaba el pecho.

Pasé por una plaza chiquita con una fuente en el centro, había palomas por todos lados, y un señor les echaba migajas de pan desde un banco, me detuve un segundo a mirar, era un día bonito, de esos que te hacen pensar que todo va a salir bien.

De pronto, mientras iba por una calle, escuché un frenazo fuerte, levanté la vista y vi un carro de lujo, negro y brillante, detenerse en seco justo enfrente de mí.

Me quedé parada como estatua, sin saber si cruzar o esperar, antes de que pudiera decidir, una mujer se bajó del carro con prisa, tenía el pelo rubio despeinado, gritaba algo, pero no alcanzaba a entender qué, porque el ruido de la calle perdía sus palabras.

Intenté hacerme a un lado, no quería meterme en broncas ajenas, pero entonces la puerta del copiloto se abrió de golpe y un hombre bajó con una expresión que me heló la sangre.

Era alto, con un traje negro que le quedaba perfecto, su pelo era oscuro, peinado para atrás, y sus ojos... esos ojos azules juro que eran tan fríos como el hielo, se veía dominante, como alguien que mandaba y punto, sin que nadie le dijera qué hacer.

Me quedé pasmada, con el café todavía en la mano, viéndolo sin querer, la mujer se le acercó furiosa y levantó la mano para darle una cachetada, pero él la agarró de la muñeca antes de que lo tocara.

No parecía enojado, más bien controlado, como si estuviera acostumbrado a lidiar con esas cosas, pero había algo en su cara, una intensidad que me ponía los pelos de punta.

Quise moverme, irme de ahí, pero mis pies no me hicieron caso, estaba tan clavada en la escena que no me di cuenta de que pisé una botella de vidrio vacía que alguien había dejado en la banqueta. El "crac" resonó, y el hombre volteó hacia mí de golpe, nuestras miradas se cruzaron, y sentí como si me hubiera atrapado con esos ojos helados.

Me dio una pena horrible haber visto algo tan personal, intenté bajar la vista, fingir que no pasaba nada, pero antes de que pudiera escaparme, él empezó a caminar hacia mí, mi corazón se puso a latir como loco, y el café en mi mano tembló un poco, no tenía idea de qué iba a pasar, pero no me gustaba la idea de que un tipo así de intimidante viniera directo a mí.

El hombre se paró frente a mí, a unos pasos, y me miró de arriba abajo como si me estuviera estudiando, fue como si el aire se hiciera más pesado con él cerca.

-¿Te gustó el show? -me preguntó con una voz fría, casi burlona, como si yo fuera una niña que se había quedado viendo un chiste malo.

Me puse roja, pero no de vergüenza, sino de coraje. ¿Quién se creía este tipo para hablarme así? Levanté la cara y, sin pensarlo mucho, le contesté:

-Pues si hubiera sabido que iba a haber función, habría traído pochoclos.

Por un segundo, pensé que se iba a enojar, sus ojos se achicaron un poquito, como si estuviera procesando lo que dije, pero luego, contra todo lo que esperaba, soltó una risa, de esas que no sabes si son de burla o por otra cosa.

No dijo nada más, me lanzó una mirada intensa, y luego se dio la vuelta, se subió al carro y se fue, la mujer, que todavía estaba en la banqueta, gritó algo más, pero él ni siquiera volteó.

Yo me quedé ahí parada, con el corazón en la garganta, sin saber ni qué pensar. ¿Quién era ese tipo? Sacudí la cabeza para despejarme, no tenía tiempo para eso, tenía que enfocarme en mi primer día de trabajo, no en un encuentro raro con un desconocido en la calle.

Capítulo 2 Un choque que desata el caos

Después de aquel encuentro extraño en la calle, me quedé ahí parada, con el corazón en la garganta, sin saber ni qué pensar. ¿Quién era ese tipo? Sacudí la cabeza para despejarme; no tenía tiempo para eso.

Miré el reloj y el alma se me cayó a los pies: ¡se me había hecho tarde! No me había dado cuenta de cuánto había caminado, perdida en mis pensamientos, y ahora estaba a contrarreloj para mi primer día de trabajo.

Corrí hacia el departamento como si mi vida dependiera de ello, esquivando gente y maldiciendo en voz baja cada semáforo que me frenaba, ¿Cómo demonios había caminado tanto?

Subí las escaleras del edificio de dos en dos, con el sudor pegándome la ropa al cuerpo, cuando abrí la puerta, encontré a Sebastián tirado en el sillón, mirando algo en su celular con esa cara de relajado que a veces me saca de quicio.

-¿Qué te pasa? -preguntó, alzando una ceja mientras me veía entrar como un huracán.

-No tengo tiempo para explicarte -dije, jadeando, mientras revolvía el armario en busca de algo decente que ponerme- me distraje caminando y ahora voy tarde.

Él soltó una carcajada, pero no se movió del sillón, yo, en cambio, me metí al baño a toda velocidad, me di una ducha rápida, rezando para poder alistarme rápido, pero cuando intenté prender el secador de pelo, no funcionó. Lo sacudí, pero nada.

Entonces vi el cable desenchufado y deshilachado en la mesada, y recordé que Sebastián lo había usado la noche anterior para secarse el pelo después de una ducha eterna.

"¡Sebastián, te voy a matar!" pensé, mientras me pasaba las manos por el cabello mojado, resignándome a que se secara al viento. me puse lo primero que encontré: una falda negra ajustada y una blusa blanca que, con suerte, me haría ver profesional, me miré al espejo, y salí disparada hacia la puerta.

-¡Suerte, loca! -gritó Sebastián desde el living, pero yo ya estaba bajando las escaleras otra vez.

Bajé corriendo a la estación de subte en Callao, esquivando a los porteños que caminaban como si el mundo no tuviera apuro, y justo al llegar a la entrada, sentí un crujido bajo mi pie.

Miré hacia abajo y vi el taco de mi zapato derecho partido en dos, colgando como una bandera de rendición, me quedé ahí, con el taco roto en la mano, mientras la gente me pasaba por al lado mirándome como si fuera una turista perdida.

-¡No me puede estar pasando esto! -dije entre dientes, pero no había tiempo para lamentarse, me saqué los zapatos, los metí en mi bolso, y seguí caminando descalza por la vereda, sintiendo el asfalto caliente y sucio bajo mis pies.

Cada paso era humillante, pero no iba a dejar que eso me frenara, tenía que llegar a Duvall & Asociados, mi nuevo trabajo, y no podía permitirme llegar tarde el primer día.

Tomé el subte hasta la estación Pellegrini, cuando salí, corrí las últimas cuadras hacia la Duvall Tower, entré al lobby descalza, con el bolso en una mano y la dignidad en la otra, e ignoré las miradas de los guardias mientras me metía al ascensor.

Subí al piso 20, rezando para que nadie notara mi estado desastroso, y cuando las puertas se abrieron, salí disparada por el pasillo como si me persiguieran.

Doblé una esquina a toda velocidad, con la carpeta de mi currículum y los documentos de ingreso apretada contra el pecho, y entonces... ¡pum! Choqué contra alguien con tanta fuerza que sentí el impacto en los huesos.

La carpeta se me escapó de las manos y los papeles volaron por el aire, esparciéndose por el pasillo, perdí el equilibrio, segura de que iba a terminar en el suelo, pero antes de caer, una mano fuerte me agarró de la muñeca y me sostuvo con firmeza.

Levanté la vista, todavía aturdida, y me encontré con esos ojos azules que había visto en la calle, era él, el desconocido del encuentro raro, el que me había mirado como si me conociera de alguna vida pasada. Ahora me tenía sujeta, su agarre era cálido, y por un segundo, no supe qué decir. Su cuerpo estaba demasiado cerca del mío, y podía sentir el calor que desprendía a través de su traje impecable.

-Tú otra vez... -murmuró, con una voz baja que me hizo estremecer, había algo en su tono, algo de sorpresa y diversión, que me descolocó por completo.

Yo, todavía mareada por el choque y furiosa por el día que estaba teniendo, me solté de su mano con un movimiento brusco.

-¡Podrías mirar por dónde caminas! -exclamé, sin pensar en lo que decía ni en quién era, solo quería descargar la bronca que llevaba acumulada desde que se me había hecho tarde para el trabajo.

Él me miró fijamente, y por un instante, pensé que se iba a enojar, pero no, en lugar de eso, una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios, como si mi comentario le hubiera hecho gracia, antes de que pudiera decir algo más, una voz conocida me sacó del trance.

-Señor Duvall, lo estaba buscando, aquí está nuestra nueva asistente.

Era Martín Gallardo, mi jefe directo, que acababa de aparecer en el pasillo con una cara de pánico que no entendí al principio, entonces, sus palabras se asentaron en mi cabeza como un balde de agua fría.

¿Señor Duvall? ¿El tipo con el que había chocado y al que le había hablado como si fuera un peatón cualquiera era Lisandro Duvall, el CEO de la empresa? Sentí que la sangre se me escapaba del cuerpo y se me acumulaba en los pies.

Lisandro giró la cabeza hacia Martín, pero sus ojos volvieron a mí casi de inmediato, había una chispa en su mirada, algo que no podía descifrar, como si estuviera evaluándome.

-Interesante elección -dijo con un tono tranquilo, casi demasiado calmado, mientras me miraba de arriba abajo.

No sabía si estaba en problemas o si él estaba jugando conmigo, Martín, claramente nervioso, me hizo un gesto para que lo siguiera, pero antes de que pudiera moverme, Lisandro se inclinó hacia mí, acercándose tanto que sentí su aliento cálido contra mi oreja.

-Espero que seas tan buena en tu trabajo como en los comentarios sarcásticos -me susurró, y su voz me recorrió como una corriente eléctrica.

Me quedé helada, con un escalofrío subiéndome por la espalda, no supe qué responder, es más, ni siquiera si debía responder, él se enderezó, me dedicó una última mirada que me dejó temblando, y se alejó por el pasillo, tranquilo, como si nada hubiera pasado.

Martín me llamó otra vez, con un tono que sonaba a súplica.

-Valeria, por favor, ven a mi oficina.

Lo seguí, todavía atontada por lo que acababa de pasar, mi mente era un torbellino: ¿Qué acababa de hacer? ¿Cómo podía haberle hablado así al dueño de la empresa en mi primer día? Y, sobre todo, ¿Qué había sido ese susurro? Sentía su voz resonando en mi cabeza, y cada vez que lo recordaba, algo en mi estómago se retorcía.

En la oficina, Martín me hizo sentar y empezó a explicarme mis tareas: archivar documentos, responder mails, coordinar reuniones, mis funciones empezarían de a poco, debía aprender antes de poder hacerme cargo de alguna campaña publicitaría, era mejor eso a nada, mi jefe hablaba rápido, como si quisiera borrar lo que había pasado en el pasillo, pero yo apenas podía prestarle atención.

Mi cabeza seguía en esos ojos azules, en esa mano fuerte que me había sostenido, en ese comentario que no sabía si era una amenaza o una provocación.

El resto del día pasó como en una nebulosa, hice lo que pude para seguir las instrucciones de Martín y no meter la pata más de lo que ya lo había hecho, pero estaba agotada, no era solo el cansancio físico de haber corrido por media Buenos Aires descalza; era la tensión de ese encuentro, la sensación de que algo había cambiado y no sabía qué era.

Cuando salí de la Duvall Tower al atardecer, el ruido de los colectivos llenaba la calle, me subí al subte de vuelta al departamento, apretujada entre la gente, y traté de ordenar mis pensamientos, había sobrevivido a mi primer día, pero a qué costo, eso todavía no lo tenía claro.

Esa noche, llegué al departamento y tiré el bolso en la entrada con un suspiro que parecía sacarme el alma, Sebastián estaba en la cocina, abriendo una botella de vino tinto y tarareando una canción que no reconocí.

-¿Y? ¿Cómo te fue en tu gran debut? -preguntó, sirviéndome una copa sin que se lo pidiera.

Me dejé caer en el sillón y tomé la copa como si fuera mi salvavidas.

-Fue un desastre total -dije, y le conté todo: el secador muerto por su culpa, el taco roto en el subte, y el choque épico con Lisandro Duvall, el CEO al que había insultado sin saber quién era.

Sebastián escuchó con los ojos bien abiertos, y cuando terminé, soltó una carcajada tan fuerte que casi se atraganta con el vino.

-¿Sabés qué significa esto, no? -dijo, todavía riendo- ese tipo no está acostumbrado a que le respondan así, te va a prestar atención, Valeria. Te lo digo yo.

Fruncí el ceño y di un sorbo al vino, que me calentó la garganta.

-Eso es exactamente lo que no quiero -respondí, tajante, aunque mientras lo decía, una parte de mí se traicionó sola, porque, en el fondo, había algo en esa mirada de Lisandro, en la manera en que me había hablado, que me hacía querer saber más, era como si me hubiera desafiado, y yo, aunque no lo admitiera ni muerta, estaba empezando a sentir la tentación de recoger el guante.

Pero no, me dije a mí misma, sacudiendo la cabeza. tenía que concentrarme en mi trabajo, en construir mi vida en Buenos Aires, en no arruinar todo por un hombre que probablemente se olvidaría de mí al día siguiente, definitivamente Lisandro Duvall era un problema que no necesitaba.

Capítulo 3 Un CEO incómodo

Me desperté esa mañana con el estómago revuelto, como si hubiera tomado tres tazas de café sin respirar. Los nervios y la decisión de no rendirme se peleaban dentro de mí.

Después de mi primer día desastroso en Duvall & Asociados -donde conocí a Lisandro Duvall, el CEO que imponía respeto y era demasiado atractivo para mi salud mental-, me prometí que no iba a dejar que ese hombre me derrumbara. Había llegado a Buenos Aires para empezar de nuevo, y esta empresa era mi chance de mostrar lo que valgo.

No iba a permitir que unos ojos azules fríos y un comentario sarcástico me hicieran dudar, eso me repetía mientras me vestía.

Al llegar a la oficina, el ambiente estaba lleno de vida, el área creativa era un desastre: pantallas con dibujos a medio terminar, teclados sonando como locos y el olor a café flotando por todos lados, como si fuera el motor que mantenía a la gente en marcha.

Me senté en mi escritorio, lista para demostrar que podía con esto, cuando apareció mi jefe, con una sonrisa que parecía decir "calma, todo va a estar bien".

-Valeria, bienvenida de verdad al equipo -dijo, apoyándose en mi escritorio con una carpeta en la mano- Hoy tenemos una reunión importante con Varela Spirits, una marca de licores que maneja Lisandro. Vas a ayudarme a prepararla y luego vienes conmigo a tomar notas. ¿Estás lista?

Asentí, aunque por dentro sentí que el estómago se me apretaba más. ¿Lisandro otra vez? Era el dueño de la empresa, claro, pero después de lo que pasó en el pasillo -cuando se acercó tanto que su voz casi me quemó la piel- no sabía cómo iba a reaccionar al verlo. Me tragué los nervios y respondí lo más tranquila que pude:

-Claro, Martín. ¿Qué tengo que hacer?

Me explicó que Varela Spirits estaba lanzando una nueva línea de productos y que esta reunión era clave para definir la campaña publicitaria. Mi trabajo era sencillo pero importante: organizar los papeles, preparar la sala y apuntar todo lo que dijeran.

Mientras hablaba, yo trataba de enfocarme en sus palabras y no en la imagen de Lisandro susurrándome al oído, con esa voz que me había dejado temblando. "Concéntrate, Valeria", me dije en silencio.

Pasé la mañana corriendo de un lado a otro: revisando documentos, asegurándome de que la sala estuviera perfecta y pidiéndole al equipo de limpieza que dejará todo impecable.

Estaba tan metida en lo mío que casi no noté esa sensación extraña que empezó a subirme por la nuca, como si alguien me estuviera mirando fijamente. Levanté la cabeza y, a través de las paredes de vidrio que separaban las oficinas, lo vi. Lisandro estaba parado en su despacho, al otro lado del pasillo, con las manos en los bolsillos. No se movió, no sonrió, solo me miró con unos ojos que parecían atraparme sin esfuerzo.

Bajé la vista rápido, fingiendo que acomodaba unos papeles, el corazón me latía como si quisiera escaparse, y me regañé por ser tan débil. ¿Qué me pasaba? Era solo un hombre.

Un hombre con una cara que parecía tallada a mano y una presencia que ocupaba todo el espacio, pero nada más. Respiré hondo y seguí trabajando, aunque no podía quitarme de la cabeza esa chispa en su mirada, como si supiera cómo ponerme nerviosa sin intentarlo siquiera.

La hora de la reunión llegó antes de que estuviera lista para enfrentarlo, entré a la sala con mi laptop y una libreta, tratando de parecer profesional mientras dejaba mis cosas en una silla al fondo.

El equipo creativo empezó a llegar, hablando entre ellos, y Martín se sentó cerca de la cabecera, revisando sus apuntes, entonces entró Lisandro, y juro que el aire se puso más pesado.

No sé cómo lo hacía, pero era como si todo se detuviera un segundo cuando aparecía, traía una camisa gris oscuro con las mangas subidas hasta los codos, y esa ropa le quedaba tan bien que era imposible no fijarse. Se sentó al frente de la mesa, cruzó una pierna sobre la otra y me miró por un instante antes de hablar con Martín.

Intenté enfocarme en prender mi laptop, pero mis dedos temblaron al escribir la contraseña. "Tranquila, Valeria", me dije en la cabeza. No iba a dejar que me afectara otra vez. Pero entonces sentí que alguien se movía detrás de mí. Me volteé, y ahí estaba él, a pocos pasos, con esa calma que me sacaba de quicio.

-¿Ya te acostumbraste a la empresa o sigues buscando a quién molestar? -dijo, con la voz baja y un toque sarcástico que me hizo apretar la mandíbula, esa media sonrisa suya estaba ahí, apenas dibujada en su cara, como si le encantara verme reaccionar.

El corazón me dio un brinco, pero levanté la cabeza y respondí lo más serena que pude:

-No suelo molestar a nadie... a menos que me lo pidan.

Sus ojos brillaron con algo que no entendí del todo, ¿se estaba divirtiendo, le gustaba el reto? Dio un paso más cerca, y el aroma de su perfume -un aroma fresco y amaderado- me llegó como una ráfaga. Mi cuerpo reaccionó sin permiso, un calor me subió por el pecho que no pude controlar.

-Voy a estar pendiente de cómo trabajas hoy -dijo, acercándose un poco más- espero que no me hagas quedar mal.

Quise responder algo rápido, pero Martín entró otra vez en la sala y el momento se deshizo. Lisandro se alejó con esa facilidad que tenía, como si no acabara de dejarme con el pulso acelerado. Me senté de una vez, abriendo mi libreta con demasiada fuerza, y traté de ignorar cómo sus palabras seguían dando vueltas en mi cabeza.

La reunión arrancó con Martín explicando las primeras ideas para la campaña de Varela Spirits, yo escribía todo lo que podía, manteniendo la cabeza gacha para no cruzarme con los ojos de Lisandro, que llevaba la conversación con seguridad, todo iba bien hasta que llegó Leonardo Varela, el jefe de la marca de licores.

Era un hombre atractivo de unos cuarenta años, con el pelo teñido de un negro que no engañaba a nadie y una sonrisa que me dio mala vibra desde el principio. Cuando me presentaron, me miró de arriba abajo como si yo fuera algo en venta.

-Valeria, qué gusto conocerte -dijo, apretándome la mano más de lo necesario- una cara bonita siempre hace estas reuniones más llevaderas.

Sentí un escalofrío incómodo, pero sonreí por educación y saqué la mano rápido.

-Gracias -dije, con la voz más seca de lo que quería, y volví a mi sitio.

Noté que Lisandro, desde el otro lado de la mesa, frunció el ceño un poco, sus dedos, que antes jugaban sobre la madera, se quedaron quietos, y su cuerpo se puso más rígido, como si estuviera a punto de pararse. No dijo nada, pero su reacción me llamó la atención. ¿Le había molestado el comentario de Varela? ¿O solo estaba viendo cosas donde no las había?

La reunión siguió, con Varela metiendo comentarios o preguntas que no venían al caso cada rato. En un momento, mientras yo tomaba notas, se inclinó hacia mí y me susurró:

-Tienes un cuello muy bonito, ¿te lo habían dicho?

El comentario me agarró desprevenida, y por un segundo me quedé helada. Sentí su aliento demasiado cerca, y una mezcla de incomodidad y enojo me subió por dentro. Pero no iba a dejar que me ganara. Respiré hondo, giré la cabeza apenas y dije, con la voz más calmada que logré:

-Gracias, pero creo que mejor hablamos del presupuesto de la campaña, ¿no cree?

Mi respuesta fue tranquila pero firme, y logré que la conversación volviera a lo importante. Martín se me quedó viendo, y Lisandro levantó una ceja, como si no esperara que manejara eso tan bien. Varela soltó una risita rara y se echó para atrás en su silla, pero no intentó nada más.

Cuando la reunión terminó, me quedé recogiendo mis cosas mientras los demás salían. Estaba cansada, pero también contenta, había sobrevivido a Varela y había mostrado que podía mantenerme firme, cerré mi laptop y me preparé para irme, pero entonces escuché su voz detrás de mí.

-Valeria, ven a mi oficina.

Era Lisandro, parado en la puerta con los brazos cruzados, su tono sonaba como una orden, asentí y lo seguí por el pasillo, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba con cada paso.

Su oficina era impresionante: paredes de vidrio con vista a la ciudad, un escritorio enorme y un sillón de cuero, se sentó detrás del escritorio y me señaló la silla de enfrente.

-No te acerques a Leonardo Varela fuera del trabajo -dijo, directo, mirándome fijo a los ojos.

Me crucé de brazos, molesta por cómo lo dijo.

-No necesito que me cuiden -respondí, levantando la barbilla- sé defenderme sola.

Lisandro se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. El espacio entre nosotros se sintió más chico, y su mirada me calentó la piel como si pudiera tocarme con ella.

-No te estoy cuidando, no soy tu guardián -dijo, con la voz tan grave que me estremeció- solo no soporto a los que no saben respetar.

El silencio que vino después fue intenso, como si el aire estuviera cargado de electricidad, sus ojos bajaron a mis labios por un segundo, y mi respiración pareció detenerse.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022