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Segundos Platos

Segundos Platos

Autor: : Miss Whispers
Género: Romance
POR TODOS LOS AMORES A SEGUNDA VISTA Raquel tenía por cierto que eso de enamorarse no era lo suyo pues, a la hora de conocer a un hombre se equivocaba a lo grande, por lo que tenía un lema en su vida: "Hasta que llegue el indicado, se disfruta con el equivocado", algo que no pasaba del todo porque no era capaz de sentirse plena en ligues de fin de semana. El hombre que amó, y todavía seguía amando no era de ella y estaba segura de que nunca lo volvería a ver pues hacía mucho tiempo que sus vidas habían tomado rumbos diferentes, e incluso estaban en ciudades distintas. Sebastián por su parte nunca ha olvidado a Raquel, su mejor amiga y primera novia fue una mujer que se clavó en su corazón, y ni diez años y muchas mujeres y el creciente éxito de su imperio hotelero lograron borrar el recuerdo de Raquel de su vida. Estaba claro para él que nunca iba poder alcanzarla por lo que siguió su vida de una forma muy sensata. Ella se había ido sin decir adiós y él tenía que aceptarlo. Pero el destino reúne a las almas que están destinadas a estar juntas y cuando se acaban los "segundos platos", vuelven a estar juntas si son el uno para el otro.

Capítulo 1 Todo lo que quiero

-¿Nena? ¿Estás bien?

Debió tener una cara extraña, se limitó a sonreír y dejarle salir de ella para luego acostarse a su lado y volver a ver el cielo raso. Aquel hombre ni siquiera se acordaba de cómo se llamaba, ¿Roberto? ¿O tal vez era Carlos? Llevaba saliendo con él tres semanas y acostándose dos y aún así no era capaz de grabar su nombre. Tenía que cortar con aquello, así que sin duda tenía que levantarse de la cama, vestirse y luego irse a su apartamento. -Gracias, me divertí. Fue desestresante.

-Cuando quieras. Podemos repetir cuando tú me llames. Tienes mi número. -Raquel sabía una cosa, no le volvería a llamar. Tres veces y tres oportunidades donde ella tuvo que hacer algo para obtener lo que quería. -O si quieres te doy el número otra vez si lo volviste a perder.

-No hace falta, te lo juro. No he perdido tu número. -Él la abrazó y ella se sentía culpable de que ni siquiera su nombre recordaba. Bueno, la solución era simple: Irse y bloquear a todos los Carlos o Robertos que tuviera en su teléfono. -Gracias por esta noche. Me tengo que ir. -Se levantó rápido soltándose de su agarre. -Verás, es viernes, mañana trabajo, debo ir a casa. -Soltó rápido para excusarse y luego de vestirse deprisa y despedirse salió corriendo del apartamento. -Dios mío. Tengo que dejar de verlo, a como dé lugar. -Recibió un mensaje en su celular y fue cuando supo cómo se llamaba.

"Avísame cuando llegues. Te quiero, nena."

Roberto Salas.

Madrid se alzaba preciosa frente a ella, se colocó su abrigo y se ató el cinturón corriendo rápido por la carretera para cruzarla. El sonido de los autos, las luces y los edificios le daban una sensación de calma que hacía mucho no sentía. Miró al cielo, tenía unas pocas estrellas, menos de las que veía en el campo en casa de sus padres. Pero ahí estaba la suya, solo cerró los ojos y pidió un deseo como solía hacerlo cada noche.

"Deseo con todo mi corazón conseguir un gran amor". Deseaba mucho que aquella petición se hiciera realidad. Con veintiocho años sentía que le faltaba aquello. Se había enamorado una vez, y los otros amores solo fueron para reemplazar ese que nunca tuvo. Gabriel.

Incluso su nombre era perfecto. Venía del hebreo y significaba: Mensajero de Dios.

Le encantaba que incluso en eso fuera diferente. Era el español más guapo y con acento más perfecto que había conocido en su niñez. Fueron buenos amigos, siempre estaban juntos e incluso iban a fiestas. Ella esperaba que él se enamorase de ella y tuvieran un romance de película. Más de una vez escribió su nombre junto al de él, sus apellidos seguidos para saber si sus hijos tendrían apellidos que combinaran.

Raquel Alejandra Hernández de Mendoza. Si tenían una hija: Génesis Valentina Mendoza Hernández. Si tenían un hijo: Gabriel David Mendoza Hernández. Todo el cuento de la boda y los hijos los tenía en su cabeza, soñaba con eso. Pero sucedió que lo vió enamorarse de alguien más, declararse a esa chica, y como extra, casarse con ella, aunque tampoco fue muy sincera respecto a sus sentimientos pues ella estaba con alguien más. ¿Acaso había sacado algo siendo la "otra"?

Suspiró, caminó por las calles de Madrid y levantó la mano hacía un taxi que pasaba y subió en cuanto se detuvo. Dió su dirección y veía por la ventana mientras el conductor se movía hasta llegar al sitio que ella le indicó. Luego de pagarle lo que marcaba el taxímetro entró al edificio y subió en el ascensor hasta su piso. El número 5. Se sacó los tacones al entrar, dejó el abrigo en el perchero y fue a su cuarto para sacarse aquella ropa, la falda y la camisa de botones, un estilo muy formal que usaba para ir a la oficina. El reloj marcaba las once y quince minutos. -Un baño, eso necesito. -Fue a la regadera y disfrutó de la ducha fría, se lavó el cabello y el cuerpo, como si de aquella manera pudiera quitar el rastro del hombre que la había tocado ese día, y al salir, ponerse sus cremas y su ropa limpia, se sentía una persona nueva.

Esa era la rutina de los fines de semana. Viernes y sábado luego de la oficina donde era pasante legal, se iba a un bar a disfrutar un poco de los tragos y la música sin llegar a embriagarse. Nada era peor que ir al día siguiente a trabajar con resaca y esa lección la aprendió a la mala. Había otros placeres de los cuales no se cohibía, y uno de esos era ligar. También le daba pereza ligar todas las semanas, así que cuando le ponía el ojo a uno, solo lo conseguía y con ese mismo hombre se veía todo un mes, luego, pasando página y encontrando al siguiente. Se recostó en su cama y cerró las ventanas para que no entrara el frío del mes de febrero. En unos días sería el día 14, no solo día de San Valentín, sino también su cumpleaños, de manera oficial, 28. Se cobijó y se acurrucó viendo al cielo desde su ventana, ahí estaba su estrella, cerró los ojos y volvió a pedir un deseo. "Quiero un amor, quiero encontrarlo."

Aquella noche soñó nuevamente con su pasado. Era como un recordatorio constante de todo lo que había sucedido en su vida y a donde la habían llevado. No se arrepentía de nada, se sentía dueña de sí misma, de su cuerpo y de su futuro. Así que a cualquiera que preguntara, solo le diría que esa fue la vida que ella escogió, y que de volver a vivir otra vez haría todo exactamente igual.

"Un beso, en cada lunar que tengas... En el lugar donde lo tengas." -Gabriel. -Susurró en sueños al recordar su frase, la que él solía decir.

Sus palabras, su vibra, su manera de ver el mundo eran lo que más habían capturado el corazón de Raquel.

- ¿Y qué le dirás a la chica que te enamore cuando creas que es la indicada?

-Pienso enamorarte con cada suspiro, adorar tu piel, y darte un beso en cada lunar que tengas, en el lugar donde lo tengas.

-Eso suena románticamente perfecto. Ojalá alguien me lo dijera.

Y alguien se lo había dicho, pero no había sido Gabriel.

Ese punto cada noche venía para recordarle su eterno amor por Gabriel. Había soñado con ser Elisa, la esposa de Gabriel, quien sí había logrado enamorarlo. Y no es como si pudiera odiarla. Ella no se había interpuesto en ninguna relación, era dulce, amorosa y quería a Gabriel con todo su corazón. Nunca lo trató mal y se ganó el respeto de su familia. De todos. Así que con una sonrisa fue hasta su boda, lo felicitó por encontrar el amor, pero lloró hasta desgastarse al volver a casa. Luego de eso decidió dejar Jerez para irse a Madrid. Se graduó en leyes, consiguió un empleo en una firma importante y consiguió un pequeño apartamento que le encantaba. Casi todos sus deseos se cumplieron, excepto el que más quería.

Un amor de verdad.

Despertó con la alarma de su teléfono. Tenía llamadas pérdidas de Roberto, recordó que debía decirle que ya no tendrían más momentos como el de las pasadas noches, lo hizo en un mensaje rápido diciéndole la misma excusa que les decía a todos: No estaba lista para una relación. Luego, solo bloqueó el número y se alistó para irse a trabajar. Se duchó y se puso un traje de dos piezas de pantalón y chaqueta, tacones estilo ejecutivos y tomó un bolso de cuero que combinara. Un collar sencillo con un dije que tenía su inicial, aretes simples y un reloj que iba a juego con aquel conjunto. Salió de su apartamento luego de regar sus plantas y tomó un taxi para irse al trabajo. Puede que no tuviera el amor que quería, pero debía conservar el empleo que tenía, que además de ser bueno, le gustaba.

Y a falta de amor, dinero. -Buenos, buenos días. -Saludó con energía a sus compañeros, pasó directo a su oficina y luego de un sándwich y un jugo de naranja que desayunó se puso a trabajar. Revisó contratos, arregló los errores que tenían algunos. Se contactó con los clientes con los cuales debía revisar cláusulas y se reunió con otros abogados para poder mediar acuerdos entre partes. Se sentía como en una versión femenina de "Mike Ross", su favorito de Suits; le ponía empeño, dedicación y esfuerzo, porque si algo sabía es que los deseos, aunque llegaran, para mantenerlos debías trabajar duro. El día se le fue rápido, siempre le pasaba, disfrutaba tanto de lo que hacía que ir al trabajo no le parecía pesado, incluso cuando tenía el escritorio lleno de documentos. Esa era su vocación y aunque tardó en encontrarla, en cuánto la obtuvo, día tras día intentaba ser disciplinada, proactiva y tener una actitud encantadora en su puesto, cosa que daba resultados, sus jefes estaban a gusto con su trabajo y, luego de iniciar como una becaria, ahora era pasante legal en periodo de prueba para convertirse en una abogada de la firma. A veces, cuando le tocaba estar en el archivo ordenando las cajas, se ponía a escuchar música con sus audífonos y se concentraba de una manera tal, que terminaba en poco tiempo. -Siempre tu trabajo es impecable.

-Gracias señor Deluca. -Sonrió a su jefe, un viejito italiano experto en leyes residenciado en Madrid y principal socio de la firma. Siguió su trabajo hasta el final de su jornada y, al ser sábado, salió dispuesta a pasar una noche agradable. -Vamos Luna. -Luna Martins, su mejor amiga, la conoció al llegar a la firma y ahora las dos eran pasantes. Salieron juntas, resaltando cada una en sus diferencias. Raquel, un poco más alta que su compañera, llevaba su cabello castaño largo y suelto, sus ojos eran de un azul intenso y su piel blanca. Luna, por su lado, era un poco más baja, su cabello iba corto y de color negro, alasiado, con lentes cubriendo sus ojos cafés-verdosos. -Vamos a divertirnos.

-Hay que divertirnos, tú lo has dicho. -Rió mientras caminaba por la ciudad junto a su amiga y sus tacones hacían un ruidito agradable sobre el pavimento. -Conozco un bar nuevo, ¿Quieres ir?

-Claro, sabes que yo digo que sí. ¿Conoces al bartender?

-Sí y olvídalo. Tiene novia. Se llama Sergio, es mi amigo, y su novia es Amanda, yo le digo Mandi. Te caerán bien.

-¿Acaso puse cara de querer buscar a otro hombre? Suficiente tuve con el de anoche. No lo volveré a llamar. -Le contó a su amiga lo que había pasado y Luna solo reía. -No te burles.

-Me burlo porque te lo advertí cuando lo viste en el otro bar. Sé oler cuando un hombre será decepcionante, y por lo que me cuentas, tú usándolo de dildo, aburrida en pleno sexo mirando el techo, me lo confirmas. Ahora solo confía en mi instinto cuando quieras otro bocado ¿Okay?

-Okay, pero mientras no sean del trabajo, porque no pienso mezclar vida social con vida laboral.

-Aprendí esa lección a la mala, te consta, no te haré pasar por lo mismo. -Cruzaron juntas la calle y fueron al bar. -Aquí es. ¿Qué tal? La dueña te caerá genial, se llama Abby. Es una conocida y es muy buena onda.

-Tú conoces a todo el mundo Luna. -Raquel vio las letras en neon afuera del establecimiento, brillaban diciendo "Golden", entró con Luna, quien de inmediato fue a saludar a la chica que era dueña del lugar. Raquel pensó que era bastante guapa, alta, con algunos piercings que le quedaban hermosos y unas botas de tacón que le fascinaron. No solo era guapa, también era exitosa. El bar estaba lleno de clientes, la música estaba a todo dar y el estilo de todo el lugar le hacía sentir como en un concierto de Harry Styles. -Wow.

-Ven aquí, Raquel. -Sonrió Luna jalandola hacia la chica, por las luces, el cabello se veía de colores, pero al acercarse se dió cuenta del castaño platinado del cual usaba el tinte. -Abby, ella es Raquel, mi amiga del trabajo. Raquel, ella es Abby.

-Es un placer, Abby. Que bonito lugar tienes. -Sonrió y miró de nuevo todo el bar, las luces neon azules, los sillones de cuero y el brillo en los adornos.

-Gracias, en sí me inspiré en el amor de mi vida al hacer esto. Harry Styles. -Sonrió feliz y las miró. -Un placer también conocerte, Raquel. Pásala bien aquí en el Golden. -Luna y Raquel fueron a la barra, tomaron unos tragos servidos por el amigo de Luna, todo iba bien, hasta que algo dejó en shock a Raquel. Alguien estaba ahí, al extremo de la barra, alguien que ella conocía muy bien y su corazón latió a mil.

Gabriel Mendoza.

Lo había conocido a los diez años cuando los padres de él, con Gabriel y su hermano Asbel se habían mudado a la casa de al lado. Su vecino, y su mejor amigo, lo veía a diario en el jardín y jugaban con la pelota. Sus hermanos mayores también se la llevaban de maravilla pues iban a las mismas clases de música. -Ya vuelvo, Luna. -Se levantó de su sitio en la barra y se acercó a saludar. -¿Gabriel? -Él volteó y Raquel sonrió. Sí era él. Sabía que siempre lo iba a reconocer donde fuera. -Soy yo...

-Raquel. -Gabriel se levantó y la abrazó, hacía años que no la veía pues ella se había ido de Jerez. -Wow, mírate. ¡Estás preciosa! -Raquel sonrió y lo detalló, seguía tan guapo como lo recordaba. Alto, con el cabello negro y aquellos ojos profundos de color marrón. Iba vestido con su particular estilo que a ella le fascinaba, una camisa de botones hecha de algún tipo de tela jean suave, arremangada a los codos y unos pantalones de mezclilla. Su cabello alborotado y el tatuaje que llevaba en el antebrazo con un lobo aullando.

-Que sorpresa encontrarte en Madrid. ¿Por qué no estás en Jerez? Allá te habías quedado luego de que te casaste con Elisa.

-Sí, vine por negocios, conseguir proveedores para los negocios de la familia. Y pasaba por aquí para tener una noche de relax.

-Salúdame a tu familia cuando vuelvas a Jerez. Tu hermano, tu mamá, tu papá, y también Elisa.

-Lo haré. ¿Y tú cuándo piensas visitar Jerez? No has vuelto desde que te mudaste, solo oigo a tus padres decir que vienen y todos están aquí en Navidad, Año nuevo... Siempre, sería bueno que nos visitaras.

-Tal vez lo haga. -Ella sonrió y luego volteó a ver a su amiga bebiendo un gibson. -Debo volver con mi amiga, pero fue bueno verte.

-No te vayas aún. Espera. -Raquel rió nerviosa y lo vió sacar un lapicero de su bolsillo y tomando su mano le escribió su número. -No te pierdas de nuevo, Raquel. ¿Acaso no somos amigos?

-Somos amigos, siempre seremos amigos. ¿Ya te vas? -Lo vió sonreír y recibió un beso en la mejilla antes de verlo cruzar las puertas del bar. Suspiró y volvió con su amiga. -Ay...

-¿Y ese guapo? Se te fue, ¿EH? Y estaba segura, lo olí con mis súper poderes de encontrar un macho que funcione que ese funciona muy bien.

-Es mi vecino, o era mi vecino cuando vivía con mis padres. Lo conozco desde que tengo diez años. Fue un placer verlo.

-Un placer para la vista, sí. ¿Y por qué no te fuiste con él? Yo lo habría entendido, tú me habrías dejado irme con un hombre así. -Luna bebía y mirando a Sergio en la barra rió. -Sergio, porfa, otro Gibson. Dos, uno para la sobria del bar.

-Estoy ebria. -Rió y tomó la copa dando un trago. Los sentimientos jamás habían muerto y suspiró viendo su mano con su número. -¿Sabes por qué no me fui con él? -Luna negó y bebió de su copa.

-No me digas ¿Es gay? Porque es un crimen contra la humanidad que ese Dios Griego, ese Adonis de carne, un hombre que podría imaginar cuando le hago el amor a mi novio sea gay.

-No, no es gay, y ¿Qué? Por favor, Guillermo es todo lo que tú querías en la vida. -Rió bebiendo de la copa. -No es gay, ojalá fuera. Está casado. A mi me gustaba cuando vivía en Jerez. Pero me vine.

-¿Luego o después de la boda te mudaste?

-Después, aunque debí irme antes, todo es muy complicado en esa parte de la historia. No soporté verle feliz con alguien más, aunque estoy feliz de que él sea feliz. Él fue mi gran amor, ¿A quién engaño? Todavía es mi gran amor. Daría lo que fuera por estar en los zapatos de Elisa.

-Toda su historia suena a corazón roto. -Raquel miró al chico que atendía la barra y sonrió. -De parte de la casa. -Les dió dos shots de tequila y luego de brindar por los amores pérdidos, fueron tomando copa tras copa hasta sentirse un poquito mareadas, salieron del bar a medianoche y se fueron en un taxi y acabaron en casa de Raquel. Luna se durmió pero Raquel se quedó despierta mirando por la ventana. Tomó su celular y guardó el número que aún no se había borrado de su palma, entró en el WhatsApp y vió la foto de Gabriel, su sonrisa, su mirada, todo en él le encantaba. Se acomodó en la cama y le escribió antes de dormirse.

"Hola Gabriel. Es Raquel. Un placer verte hoy."

***

Lunes

Raquel esperó todo el fin de semana que Gabriel contestara su mensaje, pero aquello no llegó, era como si el universo le recordara que estuvo mal renacer un poco la esperanza que tenía de que él se enamorara de ella. -Dios, céntrate. Es un hombre casado, esto no pasará, está mal. -Se dijo a sí misma antes de arreglarse e irse a trabajar. Mejor era seguir con su vida, la bonita casualidad del sábado era solo eso, una casualidad. Lo "olvidó" desde que cumplió diecisiete años y lo vió casarse con diecinueve. Se fue de su ciudad natal, entró en una universidad en Madrid y estudió. Era independiente ahora y no necesitaba recordar un amor que no fue, que no iba a ser y que jamás sería. Como iba temprano al trabajo decidió caminar, aquella mañana llevaba ballerinas por lo que era más cómodo que los tacones. Le servía para despejarse, y vaya que necesitaba despejarse. Llegó al trabajo y se fue a su escritorio a arreglar los contratos y documentos que tenía sobre la mesa. Suspiró dispuesta a enterrar en lo profundo de su alma la esperanza que había surgido, pero ella renació y volvió cuando, al escuchar su celular y revisarlo, vió un mensaje de Gabriel.

"Lamento no haberte escrito antes, buenos días Raquel. ¿Te parece si luego vamos por un café? Puede ser hoy antes de que vuelva a Jerez mañana. ¿Qué me dices?"

"Buenos días, Gabriel. Sí." -Contestó con una sonrisa en el rostro y se hizo más notoria cuando vió el "escribiendo" en la pantalla, le dió el lugar y la hora de su encuentro, y el día se le fue volando. Solo pensaba en su "cita" que no era tan cita, al llegar al punto de reunión, juntos tomaron un café y se la pasaron hablando de que había pasado en sus vidas durante diez años. Gabriel le contó como iba en sus negocios, Raquel cómo logró entrar en la oficina de abogados donde trabajaba. El tiempo se detuvo, parecía no pasar mientras hablaban, a Raquel casi le costó tener que despedirse. Volvió a casa con su felicidad a tope. -Siempre seré tuya, Gabriel.

Capítulo 2 Solo el amor duele así

Fue un miércoles a mitad del verano cuando lo conoció. Tenía diez años. La casa al lado de la suya y con la cuál compartía un patio estuvo desocupada por meses, hasta que un día, camiones de mudanza comenzaron a llegar. Toda una semana descargando cajas, hasta que al final, llegó una familia de cuatro, los padres y dos hijos. Raquel tenía su cuarto en el piso de arriba con una ventana que le daba una vista completa a dicho patio y a la otra casa. Miraba por su ventana cuando la familia que se mudaba bajó de un auto fiat color azul. La señora era bajita, de cabello negro y facciones redondeadas. Iba acompañada de dos chicos muy parecidos al señor que iba a su lado, los tres mucho más altos que ella. Raquel no pudo evitar reírse. -¡Baja de ahí, Raquel! -La madre de ella gritaba y seguramente era para que fuera a comer. Así que la niña solo obedeció y encontró a su mamá en la cocina. -Ven a comer antes de que se enfríe la sopa. -Raquel hizo una mueca de asco, ella odiaba la sopa pero tenía que tomársela porque si no lo hacía, el regaño que vendría sobre ella sería magistral.

-Ya llegaron los nuevos vecinos. -Dijo sentándose a la mesa y usando su cucharilla para menear aquel caldo en el tazón. -Mamá ¿Puedo comer otra cosa?

-Termina tu sopa y luego comes paella. Es importante que te alimentes bien, estás en crecimiento, la sopa es nutritiva. -Aquel era el argumento favorito de Maya, la madre de Raquel, y sin rechistar, la niña comenzó a comer. En su mente pensaba en lo injusto que todo era, pues sus hermanos podían saltarse la sopa e ir directo a la paella, de hecho sus hermanos podían hacer lo que quisieran porque "eran varones", cómo ella era una nena, debía comportarse como señorita todo el tiempo, nada de reírse a carcajadas, gritar, caerse, jugar con tierra, nada de estar despeinada, o morderse las uñas cuando estaba nerviosa. Tenía que aspirar a ser perfecta, cuando en el fondo, Raquel sabía que le encantaba ser original. -Y otra cosa, no quiero que estés espiando a los vecinos desde tu ventana. -Raquel asintió y vio a sus hermanos, Raúl y Angelo llegar como huracanes a la mesa, apenas y lavándose las manos pero asquerosos, sudados y con la ropa llena de tierra por haber estado jugando fútbol en el patio. A Raquel le parecía demasiado injusto, si ella llegaba así a casa, mínimo tenía una tarde de castigo.

-Esto está buenísimo 'má. -Dijo uno de los hermanos de la niña mientras ella solo tomaba su sopa. Terminó de comer y decidió que había sido suficiente.

-¿No vas a querer tu paella? -La niña negó y sonrió. --Bueno.

-¿Puedo salir al patio a leer un rato? -Maya asintió y Raquel se levantó a lavarse las manos, luego de hacerlo, solo fue por un libro de cuentos a su habitación y salió al patio a sentarse en un columpio para leer. No había pasado mucho cuando alguien le lanzó una pelota a la cara y le tiró el libro. -¡Oye! ¿Qué te pasa? -Era uno de los muchachos que había llegado a la casa de al lado, usaba unos pantalones color caqui, una camisa del Real Madrid y una gorra echada hacía atrás. Raquel rodó los ojos y se dignó a recoger su libro antes de comportarse como una auténtica loca y golpearlo. -Tienes que disculparte.

-¿Crees que me voy a disculpar con una niña? -La voz de aquel chico sonaba igual a la de sus hermanos. Ellos creían que seguramente, por estarles cambiando en plena adolescencia se escuchaban varoniles y machotes, pero lo cierto es que en oídos de Raquel (y seguramente de todas las niñas) solo sonaban como pollos de hule. -Ja, fue una buena puntería, ¿No crees?

-Lo que creo es que eres un idiota. -Raquel lo miró con dignidad y decidió que, aunque era mejor entrar a la casa y evitar que ella peleara con un extraño, aquel también era su patio y tenía derecho de quedarse. -Si no te vas a comportar puedes volver a tu casa. Aunque si decides quedarte aquí puede pasarte algo muy malo.

-Estabas leyendo un libro de cuentos ¿Cuántos años tienes? ¿Cinco? -Raquel no se iba a poner a discutir con aquel muchacho, tenía diez y lucía como de su edad. Llevaba el cabello largo en una trenza, zapatillas, una falda de mezclilla que le cubría hasta la rodilla y una camisa con un cardigan rosa.

-Tal vez sea muy avanzado para ti, que parece que no sabes leer. -Contestó la niña y sonrió. -Sí vas a quedarte, entonces cállate. Si al golpearme pretendías que me fuera no te va a resultar, porque yo llegué primero y tengo derecho de estar en este jardín tanto como tú. -Volvió a sentarse en su columpio vigilando los movimientos del chico. Vió cómo volvía a sujetar su balón y lo pateaba practicando. El silencio reinaba entre los dos, y cuando pasó la página notó como se acercaba y le extendía la mano. -¿Qué haces?

-Me presento. Me llamo Gabriel Mendoza, señorita. ¿Cómo te llamas tú? -Raquel de inmediato pensó que aquel chico debía ser bipolar porque hacía solo quince minutos la había golpeado con un balón.

-Raquel Hernández. -Contestó y le tomó la mano viendo su sonrisa. -Es bueno conocerte. Bienvenido, supongo. -Dijo y lo soltó rápido para volver a su libro.

-Ahora somos vecinos. ¿Qué edad tienes? Yo tengo doce.

-Diez. ¿No te estás portando como alguien de seis al hacer tantas preguntas? Intento leer, si te quedas callado es mejor para mi porque así me concentro en mi libro.

-Lee en voz alta, a mi no me gusta leer, pero sí escuchar. -Raquel negó, aquello era mala idea en muchos sentidos. La cubierta decía "CUENTOS CLÁSICOS", pero el interior era un libro completamente diferente, una novela para mayores de dieciséis llamada: "Eres mía, pequeña". Estaba en el estante de su casa por alguna razón y ella solo la había comenzado a leer una noche estaba aburrida. -No seas aburrida.

-No puedo leer en voz alta, me trabo. -Mejor que creyera que se volvía una tartamuda a que notara que clase de cosas estaba leyendo. -Me tengo que ir. -Raquel rápido se levantó y dejó solo al muchacho volviendo a entrar a su casa mientras abrazaba el libro contra su pecho.

***

-Dios. ¿Nunca vas a olvidarte de eso? -Raquel rió y se echó un mechón de cabello tras su oreja mientras estaba sentada a la mesa con Gabriel. Habían quedado de compartir un café y aquella mañana decidieron encontrarse antes de que él se fuera a Jerez.

-No, jamás. ¿Recuerdas que subí por ese árbol que daba a tu ventana cuando no quisiste leerme un cuento? Después me dijiste que era lectura para niñas. Y no quisiste contarme nada.

-Fuiste abusivo cuando entraste en mi cuarto. Aún no te disculpas por eso. -Bebió de su café y Gabriel, al frente de ella solo rió. -Jamás te dije que entraras.

-Ya lo sé. Pero tenía doce y era bastante tonto. Compartía jardín con la casa de al lado, tu casa, y todos los días salías de ahí tan bonita, tan tierna, que no sé... eso me llevaba a hablarte. –Raquel lo miró, era increíble como nada había cambiado entre los dos. Un nuevo recuerdo apareció en su mente llevándola directo al pasado.

-¿Es necesario que aprenda a tocar el piano? –Ella no quería ir, prefería quedarse en casa antes de echarse un viaje de una hora hasta una escuela de música pero su madre insistía en que debía aprender aunque sea un instrumento. Y ni siquiera era el instrumento que ella quería, le gustaba la flauta transversal pero de nuevo, en su casa se hacía lo que su mamá decía.

-Sí es necesario. Es mejor que vayas a que estés aquí ociosa leyendo en esa habitación. Raúl también irá, lo inscribí en guitarra. –Terminaba de peinar a su hija y luego de hacerle una coleta alta le completó el estilo con un lazo. -Listo princesa, ya está. –Su madre los llevaba a clases de piano y guitarra, pasaba una hora de compras y volvía para cuando ellos terminaban, una rutina aburrida para Raquel. Era de noche cuando Gabriel subía por su ventana. Ya tenía once años y él trece, sonrió al verlo en la rama del árbol que daba a su ventana.

-Hola. –Lo saludó y sonrió. Desde su primer encuentro se habían hecho amigos. Hablaban de todo en el patio mientras se recostaban en el césped y veían el cielo. Cuando no estaba la mamá de Raquel jugaban a la pelota o saltaban la cuerda. Habían conversado acerca de sueños y de que quería ser cada uno en el futuro. Y hasta ese entonces no habían sido descubiertos. -¿Cómo estás?

-Mal, no te ví en todo el día. –Se rió viéndola y le lanzó algunas hojitas del árbol encima. -¿Dónde estuviste? Hoy no hay escuela, y de hecho, no lo hay por todo el verano.

-Escuela de música, ahora práctico piano. Debo ir y a mí me aburre soberanamente.

-¿Por qué siempre tienes palabras tan rimbombantes? Y que conste, esa la aprendí de ti.

-¿De quién más sería si no? –Raquel sonrió y lo miró. -Desearía que estuvieras ahí. No sería tan aburrido ir.

-¿Y cómo te tratan ahí?

-Bien, pero no es como si eso bastara para ir. –Raquel no se dió cuenta de la expresión que ponía Gabriel. La sorpresa se la llevó una semana después.

-¡Apúrate Raquel! ¡Nos van a dejar!

-¿Dejar? ¿Quienes? –Se terminaba de poner sus medias y sus converses de color rosa que combinaban con su overall y bajó viendo a su mamá hablar con la vecina.

-Asbel y Gabriel también son músicos, Asbel toca el piano y Gabriel la guitarra, como nos enteramos de que sus hijos van también a una escuela de música, le pregunté a su hijo, Raúl, cuál era. –Maya le servía una taza de café a Ofelia y la mamá de sus vecinos agradecía. -Cómo le contaba, nos dió el nombre y ahora todos van a la misma escuela de música. Es bueno que practiquen.

-Eso digo yo. –Raquel veía a su mamá, Maya lucía feliz, como si hubiera encontrado su alma gemela. -Raquel no quería ir.

-Una señorita tan linda debería aprender a tocar un instrumento. Es lo que yo opino. –Ofelia miró a Raquel y sonrió. -Que bonita estás. –Ella quería preguntar de qué se perdió pero sabía que su mamá le pegaría por interrumpir una conversación de adultos, así que solo sonrió a lo que le dijo la mamá de Gabriel y asintió.

-Raquel, espera en el patio con tus cosas. Tu hermano y los hijos de Ofelia están ahí. –Raquel obedeció y fue cuando entendió lo que estaba pasando. El hermano mayor de Gabriel, Asbel, tenía las llaves del auto con dieciséis años, ya tenía su licencia y podía conducir con un adulto acompañándolo. Gabriel llevaba su guitarra igual que Raúl, su hermano.

-¿Tú nos vas a lle–var? –Preguntó nerviosa a Asbel quien solo le daba vueltas a las llaves en un dedo. Él asintió, era más callado que su hermano. -Gracias.

-Sí, gracias. Agradece Raquel, los hombres te solucionamos la vida.

-Cállate, Raúl. –Raquel vió a Gabriel quien le guiñó un ojo y ella sonrió. Le había mencionado aquello solo por desahogarse, pero con ese gesto supo que había sido su idea asistir a las mismas actividades de verano. -No sabía que tocaras guitarra.

-Tú nunca preguntaste. –Raquel le sacó la lengua a Gabriel y juntos esperaron a sus madres. En el auto de los vecinos se fueron a su escuela y por primera vez, Raquel no se durmió la hora de camino de su casa al instituto.

***

-¿Qué no querías ser escritora? ¿Cómo es que terminaste siendo abogada? –Gabriel pedía otro café y un panecillo, miraba a Raquel y ella solo negó. -Te dijeron lo mismo que a mí, ¿Cierto? Que no era una carrera lucrativa.

-No, yo decidí cambiar mi especialidad. Yo iba a preguntar eso. Recordé cuando íbamos a Muziart. Tú tocabas la guitarra como un Dios de las Guitarras.

-Ja, ¿Dios? No, no tanto. Tenía mucho que aprender. Tu hermano era mucho mejor, dominó el fingerstyle primero que yo, era más dedicado. Lo mío era fiebre.

-Yo te consideraba bueno, pero como sea. Tú dijiste que querías ser músico. ¿Cómo es que ahora manejas los negocios de tu familia? ¿Y Asbel? Es el mayor, ¿No debía heredar todo eso? Toda su cadena de negocios y lo que tuvieran. Tu papá era como un narco. Siempre tenía dinero y algo nuevo surgiendo por ahí. Tiendas de instrumentos, almacén de ropa, papelerías, una farmacia. Dios, que locura.

-Sí, pero no quiso. Papá aceptó, y dijo que si yo quería podía. Y quise, y pude. Aún toco la guitarra en casa. Pero me reúno con proveedores nacionales para surtir algunas tiendas. Él maneja las que le gustan, yo tengo los almacenes...

-Suena muy importante ¿Y qué estudiaste?

-Todo lo referente a administración de recursos, soy licenciado en Administración.

-Y yo abogada. Si alguna vez necesitas redactar un contrato, llámame, estoy calificada, haré un post-grado en derecho mercantil, aunque aún no lo decido. No sé si es lo que yo quiera hacer.

-Lo que hagas, saldrá bien. Lo sé. –Seguían hablando de todo y el tiempo se les fue. Gabriel acompañó a Raquel a su casa y se despidieron quedando en que seguirían hablando luego, no perderían el contacto. En su casa, Raquel fue justamente a su armario a buscar algo que creyó olvidado. Su diario y el sitio donde escribía todo lo que su corazón imaginaba.

***

Sucedió a sus quince años. Los Mendoza y los Hernández se habían vuelto amigos además de vecinos, por lo que Raquel y Gabriel no ocultaban su amistad. Iban juntos a la playa incluso. Ofelia y Maya se hicieron amigas y disfrutaban de coser juntas, Hernán Hernández y Asbel Mendoza (padre) hablaban de carreras de caballo. Sus hermanos se llevaban de maravillas. Lo único malo que a Raquel no le gustaba es que al ser la "niña", tenía que mantener su distancia de los varones. Pero lo que más le agradaba era que Gabriel siempre buscaba la manera de incluirla en la conversación. -Pero eso de los robots no es factible, pueden dominar el mundo ¿No crees, Raquel? -Ella no había oído mucho, se encontraba en bañador mirando el mar mientras Asbel, Angelo y Raúl hablaban de la última película de Terminator. -Vamos, di algo.

-Paso. -Cada vez se había vuelto más cohibida con él. No porque le tuviera miedo, sino porque cada vez más sentía cosas que no podía controlar. Él teniendo diecisiete se había puesto increíblemente guapo. Sus músculos, su cabello negro, el tatuaje que se hizo en el antebrazo. El corazón se le aceleraba de una forma que le daba miedo. Decidió levantarse de la arena donde estaba y meterse al agua a nadar un rato. Alcanzó una roca en el mar y se sentó sintiendo el viento, escuchaba el sonido de las gaviotas, y por unos minutos estuvo en calma, hasta que alguien le salpicó agua a la cara. -¡Gabriel!

-Tú con tu actitud me están jodiendo toda la tarde, quiero saber que te pasa, no puedes estar en una playa así de molesta o triste, así que habla. -Raquel lo miró y negó antes de que él le volviera a salpicar agua. -Raquel, si no me dices haré esto todo el día.

-¡Bien! Me gusta alguien. ¿Estás contento? -Así lo admitió, solo que no le dijo que era él quien le gustaba. Lo pensaba a cada rato. Gabriel sonrió y se subió a la roca con ella. -¿Qué?

-Es un bastardo con suerte, seguro. ¿Ya le dijiste a él? -"Sí". Pensó Raquel, pero su cabeza negó. -¿Y? ¿Por qué no? Eres muy guapa. Lo digo como amigo.

-¿Tú has tenido sexo? -Gabriel se echó a reír como un poseso mientras Raquel se ponía roja. -Yo sé que sí. -Y eso le dolía tenía que admitirlo. Estaba enamorada de él y quería tener el lugar de esas otras chicas que se lo follaban.

-Te gusta entonces un experimentado. Wow. ¿Cuál es el problema? Sigo sin verlo, ilúminame.

-Nada, ninguno. Mejor dime. Tú vas de flor en flor.

-No me gusta como lo estás poniendo. -Dijo Gabriel mirándola. -Las chicas con las que he tenido algo no alcanzan las diez todavía. Son como...

-Son siete. Pero solo es sexo ¿No? Cuéntame cómo es eso. -Lo vió toser y ponerse rojo y rió. -Dios mío, es algo simple ¿No? ¿Ahora quién se pone nervioso?

-Eres mi amiga, pero no abuses. Okay, es algo muy físico. Hay puntos exactos en cada cuerpo que... te ponen como un loco. Ejemplo, si tú vinieras y comenzaras a besarme el cuello y a tocarme, pues... tendría una erección. Yo podría tocarte a ti, suave, de esta manera. ¿Puedo? -Raquel asintió y dejó que él pasara las puntas de sus dedos por su cuello hasta bajarla hasta su espalda baja, la otra de sus manos iba subiendo por su rodilla suavemente y hasta su muslo y Raquel intentó probar que tanto lo podía provocar. Extendió su mano sobre la pierna de Gabriel y lo miró a los ojos mientras subía cerca de su ingle. Lo vió tragar saliva y luego soltarla. -Vas entendiendo. ¿Sentiste eso? -Si se refería a la electricidad que ahora corría por su cuerpo pues sí. Asintió y sintió sus pezones endurecidos y como se marcaban en la tela de su bañador.

-Cre-creo que... Fue suficiente la clase. -Dijo antes de meterse al agua fría apenada y lo miró algo roja. -Gracias por decirme eso.

-¿Lo pondrás en práctica con tu hombre misterioso? -Raquel notaba como Gabriel tenía la voz más ronca y tragó saliva al notar una ligera erección. Sonaba celoso y eso le gustaba.

-Respóndeme algo. ¿Sí?

-Mientras no sea otra cosa sexual. -Raquel negó, quería una señal más contundente.

-¿Qué le dirás?

-¿A quién?

-Formulé mal mi pregunta. ¿Y qué le dirás a la chica que te enamore cuando creas que es la indicada?

Gabriel sonrió mirándola. -Pienso enamorarte con cada suspiro, adorar tu piel, y darte un beso en cada lunar que tengas, en el lugar donde lo tengas. -Raquel ahogó un jadeo al escuchar esas palabras y solo sonrió.

-Eso suena románticamente perfecto.

-Gracias. -El día en la playa pasó bien, comieron brochetas, vieron cangrejos, pasearon en lancha y nadie volvió a mencionar lo que pasó en la roca o que se dijeron. Al llegar a casa Raquel había tomado una decisión. Gabriel sería su primera vez.

***

Vió aquel cuaderno decorado con cintas y lo abrió sentándose en su cama. Todos sus sueños ahí plasmados. Leyó el sueño erótico que había tenido el día luego de la playa. Su cuerpo tenía lunares así que imaginó a Gabriel beśandolos todos, desde el que tenía a la altura de su boca, pasando por los de su cuello, deteniéndose un largo rato en el que tenía en el pecho derecho, luego su abdomen, tres al lado del ombligo, su muslo, muy cerca de su intimidad. Aquella noche había reconocido el deseo sexual de ambos, pues él también había estallado esa vez que lo tocó de un modo diferente.

Querido diario:

Conozco un príncipe. Siempre que he estado en aprietos o simplemente aburrida él ha ido a salvarme. Recuerdo cada ocasión. Un día, ocultos de mi mamá, pateé un balón y rompí la maceta de begonias. Estaba aterrada por el regaño que me darían, pero él se puso en mi lugar. Ha venido a visitarme cada noche en mi ventana y hablamos, somos mejores amigos. También fue a la misma escuela de música que yo, solo porque le dije que sería mejor con él. Tengo tantos celos de esas chicas que están detrás de él, yo quiero que me mire a mi. Tuve un sueño, me dijo algo en la playa que quedará grabado por siempre en mi mente y corazón. "Pienso enamorarte con cada suspiro, adorar tu piel, y darte un beso en cada lunar que tengas, en el lugar donde lo tengas". Eso me ha hecho imaginar cosas. ¿Cómo sería ser suya y que cumpla esa promesa indirecta? Yo sé que me lo dijo a mi, no puede ser solo una casualidad que solo conmigo sea diferente. Yo sé que me ama.

El sueño ocurrió así, era la orilla de la playa, estaba en mi bikini violeta y a veces entraba al mar, jugando con la espuma. Estábamos solos, él se acercó a decirme que era igual a Venus, pues nacía del mar y era una hermosura. Siendo así, él es el Dios Marte. Entre el amor y la guerra todo se vale y aunque él esté con otras, sé que yo seré quien se quede con él. Nos besamos justo en el agua, todo a mi alrededor cambió y ya no era el océano, era una gran habitación de color rojo. Yo me sentía apenada porque ya no tenía ninguna prenda y mi cuerpo estaba desnudo frente a él. Cumplió su promesa, un beso en cada lunar de mi piel. Y no solo uno, varios.

No puedo contar mucho más porque tengo miedo de que alguien lea mis palabras, pero vivirán grabadas en mi corazón.

Pasó la página encontrándose con otra carta que pensaba darle y lo habría hecho de no haber aparecido Elisa Vives. Una pianista como ella que iba a su misma clase de música, y que ahora era la esposa de Gabriel.

"Cuando los escritores nos enamoramos solemos volver inmortal a la persona amada, no para que nunca la veamos morir, sino para que viva en los labios de cada persona que la lea.

Déjame confesarte una cosa que me tiene el alma en un hilo. Como mujer me da vergüenza admitirlo porque en nuestra sociedad es mal visto, pero, me enamoré de ti, al momento que tuve la idea de crear un mundo contigo. Te inmortalicé, te hice mi historia de amor perfecta, con un poco de drama en muchos capítulos, con el típico cliché de que el amor siempre triunfa. Mis profesores cada vez más aplaudían mis osadías de escribirte. Te volviste un personaje favorito y amado por todos, incluyéndome. Hasta aquel día, en donde todo dejó de ser ficción. Fue lo mejor de mi vida que te acercarás a mí, que rompieras mis barreras, la historia de mi amor contigo dejaba de estar entre páginas para saltar a la realidad, mi hermosa y tormentosa realidad.

Conforme pasa el tiempo contigo te escribía más cosas, más poemas, más historias, más cartas, cada una de ellas con un trozo de alma, con la esperanza de que no solo mis palabras, salidas de mi boca, dijeran cuanto te amo y te amaré, sino que también mis letras te dijeran todo aquello en otro tono... Me encantaba hacerlo, unía dos de mis pasiones, mi amor por las letras y mi amor por ti.

Brindo por la amistad que nos unió, por el amor que surgió, por las letras inspiradas que causaste y la revolución que me provocaste, te agradezco, porque estoy aprendiendo por qué las grandes tormentas llevan nombres de personas, por enseñarme que el amor debe ser grande en tiempo y magnitud, lindo, especial, grotesco de alguna forma, rebelde, romántico y totalmente electrizante.

Adoro cada segundo que vivo a tu lado, aunque las peleas aparezcan, aunque el mundo vaya en contra del amor que te profeso, mis promesas se mantendrán intactas. Te amaré, siempre, en cada momento, con cada trozo de mí. Lo verás en cada letra, en cada carta, en cada canción. Lo verás en nuestra historia, que a falta de magia está llena de realidad. Lo verás en cada nube, en el color azul, en el gris, en la luna. Lo verás y lo sentirás cuando veas mis fotografías, cuando escribas tus sueños que también se han vuelto míos. Estaré en cada lugar y en todo momento dentro de ti porque de todo el mundo, mi hogar es tu corazón.

Amo nuestro amor de letras, amo nuestra historia plasmada con tinta en el corazón de los artistas, amo la forma espontánea en la que todo surge más y más entre tú y yo... Amo todo de ti, y amo el saber que no era tan descabellado quien creía en las almas gemelas. Espero que leerme te cause una sonrisa, espero que regreses pronto a mis brazos porque la distancia es una cruel compañía aunque intensifiquen mis amores contigo, espero que sientas mi amor por ti a cada paso que des... Nuestra historia es inmortal... Somos inmortales, y por toda mi eternidad, te amaré, te buscaré y te encontraré cada vez que renazca en el alma de otro lector, en cada estrella, en cada beso... En cada parte de ti.

Y al igual que mi historia, yo seré quien te haga feliz en cada faceta de tu vida, seré quien te adore con toda el alma, que te haga conocer el cielo, quien te haga pecar con toda la intención, quien te enseñe los besos de papel y las caricias de tinta, quien te haga tener un verdadero amor entre páginas."

Y aquel fue el inicio de una historia que jamás salió del papel.

-Ya basta de recordar tonterías, Raquel. –Arrancó la página para lanzarla a la chimenea y quemarla, aunque sabía que no serviría de nada pues recordaba cada palabra, las grabó con fuego en su memoria, y en cada cicatriz de su corazón. -Un beso en cada lunar que tengas, en el lugar donde lo tengas. –Recordó con una claridad impresionante que cuando Gabriel comenzó a salir con Elisa, ella se había buscado el calor de alguien más, un amigo de la escuela, último año de secundaria y le pidió aquel favor. Estaba ahí, en su memoria.

Un recorrido entero de su cuerpo que le borrase a Gabriel para siempre, una manera de exorcizar de sí misma un amor que jamás llegó a nada. Las caricias de Sebastián no hicieron más que intensificar aquellas ganas locas de que fuera el amor de su niñez. Los besos, si cerraba los ojos con fuerza, podía sentir que era Gabriel, solo que, al abrir los ojos, no era él, sino otro hombre, uno diferente que la amaba, pero ella, por desgracia, no.

No se sentía bien mentir, pero sabía que Sebastián no se merecía un desprecio, dio todo de sí para enamorarse hasta la locura de él. –Raquel, ¿Por qué siento que cada vez más te alejas?

-Lo siento Sebastián, ando distraída. ¡Mucho! –Nunca encontrarás las palabras correctas para decirle a la persona que te ama que amas a alguien más... Así que lo evades. Mientras Sebastián luchaba por mantener a Raquel enamorada, ella miraba la vida de cuento que llevaba Gabriel y Elisa. Su noviazgo era perfecto, como de una novela salida de los años sesenta, o tal vez cincuenta. Se tomaban de la mano, él le daba flores, sus detalles eran únicos y también envidiables. Mirarlos era desear ser Elisa.

Era jugar a ser una doble cara pues ella tenía un novio, quien antes había sido su mejor amigo y su nombre era Sebastián. Pero mientras uno era el que podía mostrar en público, el otro era con quien se veía a escondidas. Era la segunda opción. -¿Cómo pude dejar que eso pasara? -Toda su vida había sido una mentira hasta que salió huyendo de todo. No había sido honesta ni siquiera consigo misma.

Y eso estaba viéndose reflejado en su presente.

Capítulo 3 Para que nadie se entere

Prometió ir a Jerez algún fin de semana, pero sabía que eso sería difícil. Ir a la casa de sus padres, ver la casa de los Mendoza y recordar el pasado iba a dolerle, todavía le dolía. -Así que viste a tu crush de toda la vida, en un café ¿Y no mencionó a la esposa en ningún momento? –Raquel le negó la pregunta a Luna y ella soltó el aire. -Eso si me lo preguntas es algo extraño. Si estás casado, y amas a tu pareja mínimo la mencionas, o si estás mal, pues también la mencionas, para ligar. Dices el clásico: "Estoy mal con mi mujer, mamita. Obvio la voy a dejar", aunque no la dejes. –Raquel tomaba los papeles que le daba su amiga y los ponía sobre su escritorio. -¿Te lo echaste?

-Qué clase tienes. –Rió Raquel y negó. -Yo conozco cuál es mi lugar. Él es un hombre casado, yo jamás saldría con un hombre comprometido. ¿Qué te parece si esta noche vamos al "Golden"? Invita a Guillermo, tomamos unos tragos y yo busco a alguien por ahí. Alguien que no sea Gabriel Mendoza.

-Me gusta ese plan. La verdad, es perfecto. Vamos a trabajar en los contratos y luego vemos lo del bar. –Raquel sonrió y sentándose junto a Luna comenzaron a desempeñar su labor lo mejor que pudieran. Revisaron los papeles, hicieron las correcciones debidas a cada uno para volverlos a enviar a sus respectivos destinatarios para su revisión para ser firmados y sellados. Raquel pensó en pedir un deseo, y aunque hubiera un sol radiante en Madrid, lo hizo.

"Por favor, hazme encontrar al amor de mi vida."

-¿Tú crees en los deseos, Luna?

-Como todo el mundo, pero ¿Sabes? Pienso mucho en esa frase de "La princesa y el sapo": Sueña con todo el corazón, pero tú tienes que trabajar duro para conseguir lo que quieres. Tiana es mi princesa.

-Pensé que te gustaba "Encanto".

-Sí, me gustan muchas películas. ¿Sabes qué deberíamos hacer este fin de semana? Maratón de "Mamma mía". Eso me relajaría y resolvería tus problemas.

-Claro. -Rió Raquel, las horas se pasaron rápido y salió junto a su amiga Luna como había quedado. Fueron al Golden Bar. La iba a pasar bien, pero que pereza encontrarse con Roberto.

-Hey, hola. –Se acercó a Raquel al verla sola y sonrió. -Vaya manera de despedirse la otra vez. Me siento usado. Pero ¿Qué podía esperar de una puta? –Si aquello lo dijo para molestarla no lo hizo en absoluto. -¿Qué tal si ahora me la pagas?

-Si la puta soy yo, deberías pagarme. Querido, ¿Estás molesto por algo? Jamás te dije que fuéramos a tener algo. Era solo sexo. Y te quedaste corto en tiempo y en equipo.

-¿Corto? ¿Y por qué me seguiste buscando si yo no era lo que querías? Si parecías caracol sobre la sal.

-Buen insulto, lo viste en un meme. –Raquel se rió mirando a Roberto. -Te di una clase gratis. Tres. De cómo tratar a una mujer. A la siguiente, la haces explotar de placer con tu cosita. Usar la lengua también ayuda. –Raquel se zafó de su agarre y se fue al baño, en el pasillo oscuro que iba justo a los lavabos sintió de nuevo las manos de Roberto justo sobre su boca y apretándola. Intentó mantener la calma y ver cómo defenderse, solo tenía que mantener la mente clara.

-Creo que me la debes, niña. Tú te estás burlando de mí, y te mostraré quién es quién mandaba en esto. -Raquel intentó zafarse de su agarre pero al ser más fuerte que ella fácilmente la arrastró hasta el baño de hombres. Se le había salido su tacón del pie y sentía el piso frío.

-¡SUÉLTAME! -Gritó mientras escuchaba la música atronadora en los oídos y Roberto solo la presionaba contra la pared y la ahogaba. Intentaba inútilmente patearle la entrepierna pero Roberto le inmovilizó la rodilla cuando estuvo a punto de golpearlo y solo le rompía la camisa. -¡¡¡AYUDA!!! -Sintió la mano de Roberto en su cara tapándole la cara. Como si de un sexto sentido se tratase, podía sentir a su amiga buscándola afuera, solo necesitaba que la encontrara antes de que pasara algo de lo cual se sentiría culpable luego aunque no tuviera la culpa. Se sintió con la dignidad rotísima cuando llorando sintió como aquel hombre le alzaba la falda, cerró los ojos nerviosa y rezó porque aquello acabara rápido, y Dios debió haberla escuchado, la puerta del baño de hombres se abrió de golpe y Roberto la soltó, se zafó rápido de su agarre y salió corriendo lo más rápido que pudo, con los botones abiertos de la camisa, sin un tacón y con el alma en el piso. No oía voces, sólo veía caras. Casi gritó cuando alguien la sostuvo del brazo.

-¡SUELTA! -Casi golpeó al extraño pero él la detuvo, era un hombre alto, de cabello castaño y ojos azules, Raquel lloraba pero había algo en su voz que la hizo sentir a salvo.

-¿Pequeña? -Raquel alzó la mirada notando algo más que familiar en aquel hombre. Lo conocía. -¿Estás bien? ¿No te hizo nada ese cabrón? -Negó casi llorando y escuchó el chillido de su amiga.

-¡Raquel! Dios mío, te perdiste, ¡Qué miedo! -Luna corrió hasta Raquel y la abrazó. -Vámonos cariño. -Dijo al verla llorando y con la ropa hecha un desastre, el extraño le ofreció su chaqueta y la cubrió. -¡USTED LE HIZO ALGO! Suéltala. ¡Ahora! -La jaló del abrazo de aquel hombre y lo miró asqueada. -¡Te voy a demandar!

-¿Qué? Si yo no hice nada. La vi salir del baño de hombres así. ¿Verdad "Pequeña"?

-¿Pequeña? ¿La conoces? ¿Quién eres? Vámonos, Raquel. –Luna se estaba alejando con su amiga pero Raquel se detuvo.

-¿Sebastián? –Él asintió y sonrió. Luna los miraba confundidos. -Wow, no te veía desde hace años, cambiaste mucho.

-Tú estás igual, estás muy bonita. –Luna no entendía el porqué de sus miradas, eran intensas y cargadas de una nostalgia que los hacía lucir cercanos. -Ve a casa, Raquel. ¿Tú eres su amiga? Sácala de aquí. Nos vemos luego, Raquel. –Luna sacó a Raquel quien todavía usaba la chaqueta de Sebastián. Tomaron un taxi mientras Raquel recordaba el pasado de cuando lo conoció.

***

Era su último año de secundaria. Estaba resignada a que nada sucedería con Gabriel. En clases de música conocieron a una chica. Morenita, chiquitita, de ojos cafés. Estaba en clase de piano, Raquel lo sabía. Su nombre era Elisa Vives. No quiso creer la primera vez que los vió coqueteando en el patio de la institución pero Gabriel solía coquetear con chicas. Diana, Julia, incluso ella podría considerarse como parte de la lista, entre otras cuyo nombre no conocía pero sabía que eran vecinas. -¿Cómo te llamas? –Solía usar uniforme en la escuela donde iba, la falda solía subirla para que le quedara más corta, le gustaba llamar mucho la atención, aunque no llamaba la atención del chico que le gustaba. -Te pregunté tu nombre.

Era un evento de la escuela, deportistas salían a hacer su demostración y ella como delegada de sección solo iba a controlar las bestias. -Raquel. ¿Tú? -Miró al muchacho, alto, castaño, algo delgado pero tenía complexión de deportista. -¿Vas a participar en algún equipo?

-Sebastián. Y no, solo estaba buscando a Raquel Hernández, ¿Eres tú?

-Sí, sí soy ¿Qué quieres? –él le entregó una lista que seguramente habían enviado los maestros y ella asintió. -Okay, gracias.

-De nada. -Raquel lo miró cuando se estaba marchando, era guapo y debía admitirlo. Vió las listas, se organizó con otros delegados y continuó con su trabajo sin detenerse a pensar un segundo en el color de sus ojos.

***

-Que horrible lo que pasaste en ese baño, que horrible. Debo hablar con Abby, ella podrá negarle el pase a Roberto en el Golden, el muy hijo de puta.

-Le pondré una orden de restricción, por la corte lo voy a demandar por acoso. Tengo testigos, creo. –-Se abrazó a la chaqueta notando que no era de ella. -Dios mío, es la chaqueta de Sebastián.

-¿El tío buenorro? ¿De dónde lo conoces? Había chispa ahí, ¿Él te salvó?

-Eso creo, todo pasó demasiado rápido. Lo conozco de la escuela. Solo quiero ir a casa, luego veo como le hago llegar esta chaqueta.

-Quiero mudarme a tu antiguo barrio, tenía buenos tipos. A lo mejor todavía hay alguno. –Luna hizo que el taxista se detuviera y bajó con Raquel yendo a su apartamento.

-No quiero hablar ahora. -Luna asintió y luego de llevar a Raquel a su casa, y asegurarse de que estaría bien, la dejó dormir. Aquella noche tuvo pesadillas, su cabeza repetía una y otra vez lo que había sucedido en el baño y el miedo que pasó. En sus sueños, Roberto lograba violarla y se sentía asqueada y sucia, y sobre todo, culpable. Despertaba casi a cada hora respirando agitada y con el corazón latiendo a un ritmo acelerado. Se concentró en pensar en otras cosas. No era justo tener la cabeza hecha un lío por un tipo que no sabía cómo complacer a una mujer.

Sebastián le vino a la mente. Y de pronto, volvió a tener diecisiete, Gabriel estaba con Elisa y ella se había hecho amiga de un chico muy guapo y proveniente de una familia pudiente llamado Sebastián Bousquet. En la escuela estudiaban aunque no en el mismo salón, pero se le hizo atractivo en ese momento. Tenía el corazón roto, y eso era algo que podía compartir con Sebastián.

-¿Alguna vez te enamoraste de alguien que ama a alguien más? -Él había hecho aquella pregunta que ella entendía mejor que nadie. Estaban juntos tirados en un parque sobre el césped mientras escuchaban música. "Idiota" de Morat.

-Sí, sí me ha pasado Erik. -Comenzó a sonar "Maldita Foto" de Tini y ambos rieron. -Esa canción nos define, ¿Quieres cantar? -Raquel se quitó el audífono y los desconectó haciendo que su celular sonara. -Canta Sebastián. Es un dúo.

-Cantas bonito. -Fue lo único que le dijo Sebastián a ella y Raquel solo reía. -¿Eso te hace pasar el mal de amores?

-Sí, funciona. Si estás triste, solo cantas y bailas. -Lo hizo levantarse del suelo y escuchando la canción juntos mientras Raquel cantaba fue cuando sucedió su primer beso. La tomó desprevenida, comenzaba a sonar "Mi suerte" de Morat mientras él la atraía de la cintura y jugaba con sus labios, fue algo intenso que hizo que Raquel se sonrojara y cerrara los ojos dejando que él la besara. -¿Sebastián? -¿Qué más se suponía que dijera? Su mente estaba en shock, él solo sonreía de lado y ella solo se sentía confundida. Se dijo a sí misma que era mejor dejar de pensar y solo volverlo a besar. Así lo hizo, fue ella quien en esta ocasión lo atrajo suavemente de las mejillas y volvió a sentir sus labios junto a los de ella. Se separó rápido al pensar en Gabriel en ese momento, la magia del momento se rompió de una manera brutal, como si la burbuja donde estaban ambos se hubiera reventado con una aguja. -Lo siento.

-¿Por? ¿Raquel? Fue un buen beso. ¿Sentiste algo?

-Sí, pero no es... no es correcto. Debo ir a casa. -Apagó la música y recogiendo su bolso y arreglando su ropa solo terminó por irse. ¿Por qué había pensado en Gabriel justo en su primer beso? ¿Por qué Sebastián la había besado? ¿Acaso le gustaba Sebastián? Era su amigo, no quería dañar la amistad sintiendo cosas, ya eso le estaba pasando con Gabriel.

Se encerró en su habitación ese fin de semana, iba solo a clases de música aunque ya no sería posible que siguiera yendo porque tenía que iniciar la universidad. Eran los cambios que venían con crecer. Domingo, patio, libro. Bajó de su cuarto para eso de las cinco de la tarde, y yendo a su jardín se sentó sobre el columpio y abrió su ejemplar de "Antes de Diciembre" de Joana Marcus. -Vaya, apareció la pérdida. Hola Raquel. Te he visto salir mucho con un chico.

-Hola Gabriel. ¿Y tú? ¿Cómo vas con tu novia? La he visto muy seguido en tu casa. ¿Ahora si vas en serio con una chica?

-Tal vez. ¿Puedo? -Raquel asintió al verlo señalar la banca donde ella estaba sentada y se sentó al lado de ella y juntos hicieron que se meciera. -Dicen que ese libro rompe corazones, ¿Es cierto?

-No lo sé, apenas lo inicié, quien me rompió el corazón fue "Boulevard". Sufrí. Tal vez estudie literatura o algo así. Quiero escribir muchas novelas.

-Yo decidí hacer lo que hace mi papá. Negocios. Asbel no quiere. Pero yo creo que soy bueno. Ahora, ¿No me vas a contar de ese chico? Es de quien hablabas en la playa, estoy seguro. ¿Lo hiciste?

-Muchas preguntas haces. Se llama Sebastián, es de mi instituto, nos graduamos juntos. Es un amigo y no, no hablaba de él.

-Yo habría jurado que sí, pues te mira embobado. Déjame decirte que le gustas a ese chico.

"Y a mi me gustas tú... " -Pareces saber mucho de como mira una persona a otra cuando está enamorada. ¿Notas cuando las chicas están enamoradas de ti?

-No siempre, pero puedo darte el punto de vista masculino.

-Bueno, yo puedo decirte como te miran las chicas a ti, muchas babean. Eres el galán del barrio.

-¿Tú has babeado por mi?

"Sí." -¿Cómo crees? Diste una mala primera impresión cuando nos conocimos. Somos amigos, te veo como uno de mis hermanos.

-Ah. -Sonó decepcionado, pero Raquel no miró su rostro. Gabriel se mordió el labio y soltó el aire de manera pesada. -Antes de diciembre. Lee un poco.

Raquel comenzó a leer donde se había quedado, aunque su mente se preguntaba porque no había sido honesta. Terminó el capítulo y juntos se quedaron en silencio. -Escuchemos música. -No fue una pregunta, se sintió más como una orden, Raquel sacó su celular y sus audífonos del bolsillo de su pantalón y los conectó dándole uno a Gabriel. -Yo elijo. -Sintió una indirecta muy grande al escuchar "Para que nadie se entere", como si le dijera que él la quería pero que no se atrevía a hacerlo público.

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