Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Sentimientos & Deseos
Sentimientos & Deseos

Sentimientos & Deseos

Autor: : YohaOlguin
Género: Romance
En la rigidez de la sociedad victoriana, donde las normas dictaban cada suspiro y el decoro encadenaba los destinos, Verónica Charlotte Wingburgh de Salvador emerge como la encarnación de la pureza y la obediencia. Su vida, marcada por la opresión y la violencia a manos de su esposo, Don Antonio Leopoldo Salvador, se convierte en un retrato desgarrador de la lucha femenina en un mundo gobernado por hombres. La historia de Verónica es una odisea emocional que trasciende el tiempo, narrando su valiente intento de fuga de un matrimonio que la asfixia y la sumerge en la oscuridad. Pero el destino es cruel, y su escape se ve frustrado, arrastrándola de vuelta a las garras de su verdugo, dejando tras de sí un rastro de pérdida y muerte. Cuando la desesperación la lleva al borde del abismo, un rayo de esperanza irrumpe en su mundo sombrío: Charles William Salvador Greenwich, el hijo de su marido. Un hombre de carácter férreo y protector, cuya presencia despierta en Verónica sentimientos prohibidos y deseos que desafían las barreras sociales y morales. "Sentimientos & Deseos" es una historia de amor prohibido, de almas gemelas atrapadas en las convenciones de una época que no les pertenece. Es un viaje a través de la pasión y el peligro, donde el amor más puro debe luchar contra las sombras de un pasado opresivo y un presente lleno de prohibiciones.

Capítulo 1 ~ Prefacio ~

En el siglo XIX, concretamente en el 1856, la mujer era considerada un objeto, ya fuera sagrado o de placer. En cualquier caso, dependía de los hombres que la rodeaban, tanto de su familia como de su futuro esposo. La sociedad no la consideraba capaz de tomar decisiones propias debido a la debilidad de su carácter y a su escaso, o casi nulo razonamiento; además, se esperaba que fuera sumisa.

Por ello, las doncellas de clase alta eran casadas jóvenes con personas de su mismo estatus social, ya que mantener el prestigio en la sociedad era vital y la única regla imperante era que las clases alta y baja jamás podrían relacionarse.

En aquel entonces, la iglesia Santa Mercedes era testigo de un aguacero implacable. El agua fría se precipitaba con decisión sobre el suelo y los tejados de Cassidy. Sin embargo, lo que realmente importaba no era la lluvia, sino la multitud congregada para la boda del señor Salvador y la señorita Wingburgh. Ambas familias, de alta alcurnia y renombre en el pueblo, se unían ese día.

La expectación crecía mientras todos aguardaban la entrada de la novia, acompañada por una melodía que resonaría en el recinto. La joven avanzaba hacia el altar entre sonrisas y aplausos de los invitados. Sin embargo, solo unos pocos conocían la verdad: para ella, se trataba de un matrimonio forzado; para él, una transacción comercial.

La protagonista de nuestra historia es Verónica Charlotte Wingburgh, quien lucía un vestido blanco de ensueño, tan bello como sencillo. Su atuendo, digno de una princesa, consistía en una falda de seda blanca, adornada con delicados toques de encaje, y un corset igualmente ornamentado con sutiles detalles. El velo, de gasa decorado con encaje floral, ocultaba su rostro marcado por la tristeza de aquel día.

Con paso lento, se dirigía hacia su prometido, un general que la esperaba en el altar. A pesar de la solemnidad, Verónica solo pensaba en escapar. Desafortunadamente, no tenía a dónde huir ni con quién. A través del velo, cruzó una mirada con su prima Elisa, la única que comprendía la infelicidad que le aguardaba en su matrimonio. Le ofreció una sonrisa de consuelo, un gesto silencioso para que continuara.

La ceremonia comenzó cuando Don Salvador tomó la mano de Verónica, acortando la distancia entre ellos. El sacerdote Enrique inició con palabras dulces:

-Hoy, en la casa del Señor... -empezó, dirigiéndose a los presentes-, uniremos en sagrado matrimonio a Don Antonio Leopoldo Salvador y a Lady Verónica Charlotte Wingburgh -anunció, mirando a los futuros esposos.

La tristeza de Verónica se hizo palpable al darse cuenta de lo poco que quedaba de su libertad. Bajó la mirada para contener las lágrimas, símbolo de la tormenta interna que enfrentaba: un matrimonio arreglado por sus padres. Durante el discurso del sacerdote, mantuvo la vista fija en el suelo, hasta que llegó el momento crucial.

-Don Antonio Leopoldo Salvador, ¿toma a Lady Verónica Charlotte Wingburgh como su legítima esposa, para amarla y respetarla en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe? -preguntó el sacerdote.

Antonio respondió con una voz que denotaba firmeza y seriedad:

-Acepto, padre -afirmó, sosteniendo la mano de Verónica.

El sacerdote se volvió hacia la joven, cuyo nerviosismo era evidente. La miró con ternura antes de formular la pregunta decisiva:

-Lady Verónica Charlotte Wingburgh, ¿toma a Don Antonio Leopoldo Salvador como su legítimo esposo, para amarlo y respetarlo en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

Verónica, conteniendo la respiración y consciente de la libertad que estaba a punto de perder, asintió con la mirada a sus padres y a su prima, antes de fijarla en el sacerdote, quien aguardaba su respuesta.

-Acepto, padre -dijo con voz débil, cargada de dolor.

El sacerdote concluyó la ceremonia con palabras de felicidad y esperanza para la pareja. Antonio levantó delicadamente el velo de Verónica y la besó, ante el aplauso de los invitados que celebraban el gesto romántico.

Tras el beso, los recién casados se dirigieron hacia la salida de la iglesia, recibiendo felicitaciones. Elisa se acercó a Verónica, y le ofreció consuelo ante la evidente angustia de la novia. Se abrazaron, y en ese abrazo, Verónica confesó entre sollozos:

-Los odio, Eli -refiriéndose a sus padres.

-Lo sé, prima -respondió Elisa, apretándola con fuerza y compartiendo la pena de la condena impuesta por sus tíos-. Recuerda que siempre estaré aquí para ti, aunque no estemos juntas.

Con un gesto de despedida, Verónica se separó de Elisa y se unió a su esposo. Juntos, se dirigieron al carruaje que los llevaría a su luna de miel. Mientras se alejaban, Verónica lanzó una última mirada a sus padres y a su prima, marcando el inicio de su nueva vida.

Capítulo 2 🌹 Capítulo 1 - El dolor insoportable 🌹

~ Ocho años después ~

Una brisa suave y cálida acariciaba las hojas de los árboles esa mañana, transmitiendo la serenidad del entorno. Al fondo se alzaba una mansión de paredes marrones, sus vigas invadidas por plantas trepadoras, una maravilla arquitectónica rodeada de un jardín multicolor. Sin embargo, detrás de esa fachada idílica se ocultaba un infierno personal, una tortura que instigaba el deseo de escapar.

Verónica Charlotte Wingburgh de Salvador, una joven de veinticinco años con facciones delicadas y estatura media, vivía esa realidad. Sus ojos marrones, oscuros como la noche, escondían secretos insondables, y su cabello castaño oscuro, semiondulado, caía en cascada hasta su cintura. Dulce, aventurera y frágil, Verónica era también una joven obediente, una cualidad que la había convertido en marioneta de sus padres y ahora de su esposo. Desde su matrimonio, su vida se había convertido en una tortura: maltratos, aislamiento forzado y abusos nocturnos.

Las lágrimas brotaban al recordar cómo cada noche era forzada a someterse a él. Los intentos de resistencia eran vanos; siempre terminaba sometida, independientemente de su voluntad.

Antonio regresó a casa en estado de ebriedad y encontró a Verónica aparentemente dormida. Sin preocuparse, le arrancó de un tirón las cobijas y la arrastró hacia él, colocándola de espaldas y atando sus muñecas a la cama con una cuerda. Sus súplicas y llantos fueron ahogados con crueldad mientras él consumaba su acto despiadado.

Una lágrima recorrió la mejilla de Verónica, marcada por un moretón, testimonio del forcejeo. Otro golpe ador[1]naba su rostro, un recordatorio constante del infierno vivido. Los recuerdos la empujaban hacia la barandilla de la terraza, contemplando el fin de su sufrimiento, hasta que una mano cálida interrumpió sus pensamientos. Era Dorothea Mayweather, su nana, la única luz en su oscuridad. La mujer, de avanzada edad, cabello rubio y ojos azules, había sido su protectora desde la infancia. Ahora, más que nunca, Verónica necesitaba su consuelo y cuidado.

-Ya, ya, mi niña -susurraba Dorothea, compartiendo el dolor de Verónica-. Estoy aquí, no estás sola.

Entre sollozos, Verónica expresó su desesperación, su repulsión hacia el hombre que la sometía. Dorothea, con lágrimas en los ojos, le ofreció palabras de consuelo y esperanza. Juntas enfrentaban cada día, cada noche de tormento, aferrándose a la promesa de un futuro libre. La mujer asistió a Verónica para que se levantara del helado piso de la terraza, invitándola a entrar y prepararse para el desayuno. La acomodó en la cama y procedió a llenar la bañera con agua tibia, creando un espacio para que Verónica pudiera ducharse y hallara consuelo tras los recientes acontecimientos. Observando a Dorothea en acción, Verónica reflexionaba sobre cómo su resistencia a la adversidad se debía, en gran parte, al apoyo incondicional de su nana, quien la consolaba y la protegía, evitando así las consecuencias de aquellos actos atroces. Una sonrisa genuina iluminó el semblante de Verónica, reconociendo en Dorothea no solo a una cuidadora, sino a una figura materna, más presente que su propia madre, quien la había abandonado a una existencia de tristeza y desdicha.

Con una expresión maternal, Dorothea ayudó a Verónica a despojarse de sus ropas y la animó a tomar una ducha. Al retirarse la camisola, las cicatrices en la espalda de Verónica, vestigios de los abusos de Antonio, quedaron al descubierto, suscitando en Dorothea una profunda tristeza. Verónica se deslizó con suavidad en la bañera, el agua caliente envolvió su cuerpo en un abrazo reconfortante. Dorothea, con la ternura que la caracterizaba, le lavaba el cabello, y en ese gesto de cuidado, Verónica cerró los ojos, permitiendo que las lágrimas fluyeran libremente, un reflejo de su dolor y desdicha. Sumida en sus pensamientos, la voz de Dorothea la sacó de su ensimismamiento.

-Me han dicho que va a hacer volver a sus hijos -comentó mientras seleccionaba la ropa de Verónica.

-¿Volverán sus hijos? -preguntó Verónica, una mezcla de relajación y sorpresa en su voz.

-Así me lo ha dicho Albert -respondió Dorothea, acercando un brebaje de hierbas-. Me contó que le ordenó preparar el carruaje para enviar una carta urgente, convocándolos de vuelta.

-Será un alivio tenerlos aquí, aunque temo por los jóvenes, especialmente por Sarah -reflexionó Verónica, apoyando su mejilla en el borde de la bañera-. Creo que tiene mi edad -añadió, mirando a Dorothea con cierta nostalgia-. También me preocupa cómo me recibirán.

-No te preocupes, mi niña -la tranquilizó Dorothea con una sonrisa, dejando la taza en la cómoda-. Creo que esos jóvenes desprecian a su padre mucho más de lo que podrían resentirte a ti -afirmó, tomando la mano de Verónica-. Tú eres solo una víctima más de sus crueldades y de las decisiones de tus padres.

-Eso espero, Nana -suspiró Verónica.

Una vez fuera de la bañera, Verónica se envolvió en una bata y comenzó a secarse el cabello. Dorothea la asistió en vestirse, y eligió para ella un vestido blanco adornado con flores y mangas largas con volantes. Con delicadeza, peinó su cabello, dejando caer algunas ondas sueltas sobre sus hombros, y maquilló su rostro con suavidad, ocultando los moretones. Ambas compartieron una mirada de complicidad antes de descender al comedor.

Mientras bajaban, Don Antonio hizo su entrada, señalando a Dorothea que se retirara. Verónica asintió a su nana, asegurándole con la mirada que estaría bien. Dorothea se dirigió a la cocina, y Antonio se aproximó a Verónica, tomando su mano y depositando un beso en ella.

-Hoy luces espléndida, querida -dijo, examinándola con una mirada que a Verónica le resultó grotesca y perturbadora-. Eres la imagen de la belleza.

-Gracias -respondió Verónica, disimulando su repulsión-. ¿A dónde has ido esta mañana? Dorothea mencionó que saliste temprano.

-Fui al correo a enviar una carta a mis hijos -explicó Antonio, caminando hacia la mesa del desayuno-. Les he ordenado que regresen.

-¿Crees que aceptarán después de tanto tiempo? -inquirió Verónica, tomando un sorbo de su jugo.

-Por eso mismo les he mandado llamar -replicó con irritación-. Han pasado ocho años y esos ingratos no han venido a verme. No toleraré más su rebeldía.

-Deberías comprender su posición -sugirió Verónica, nerviosa-. Son adultos, no puedes controlarlos.

-¿Qué sabrás tú de criar hijos? -estalló Antonio, golpeando la mesa con furia-, no has sido capaz de darme uno en todos estos años.

Levantándose abruptamente, Antonio se llevó su desayuno al despacho, dejando a Verónica sola con su tristeza.

***

Después de la tensa mañana, Verónica buscó refugio en el jardín, sumergiéndose en la lectura de una novela que le recordaba todo lo que anhelaba: un amor verdadero y apasionado. Perdida en sus sueños, no notó el vaso de jugo hasta que Dorothea se lo señaló.

-Apenas has probado bocado -observó, sentándose junto a ella.

-No tenía apetito -confesó Verónica suspirando.

-Escuché lo que dijo -comentó Dorothea, apretando la mano de Verónica con afecto-, pero sabes que no es cierto, que podrías concebir.

Dorothea agarró la mano de la joven con consuelo y Verónica miró a su nana, dándole una sonrisa, y colocó su otra mano encima de la de ella.

-No sé qué haría sin ti -respondió Verónica, una sonrisa melancólica en sus labios-. Gracias a ti, he evitado traer un niño a este mundo de sufrimiento.

-Lo sé, pequeña -dijo Dorothea con ternura-, y nunca permitiré que se entere.

Verónica asintió, retomando su lectura mientras Dorothea se ocupaba de la casa.

***

Mientras tanto, Antonio se ahogaba en su whisky y su ira, incapaz de aceptar la desobediencia de sus hijos. En un arrebato, lanzó su vaso contra la pared, el estruendo alertó a todos en la casa. Verónica se ofreció a verificar la situación, y encontró a Antonio en su estudio, su mirada perdida en la ventana.

-¿Está todo bien? -preguntó con cautela.

-Sí, todo está en orden -respondió él secamente.

Verónica se acercó a los vidrios rotos, su intención era limpiar el desorden sin lastimarse. Sin embargo, Antonio la observaba con una ira que helaba la sangre.

-¡Deja eso y sal de aquí! -ordenó con voz atronadora.

-Solo quería... -comenzó Verónica, pero el miedo la silenció al verlo levantarse.

-¡Te dije que te vayas! -rugió él, su furia palpable en el aire.

Antonio abrió la puerta con brusquedad, y empujó a Verónica fuera del estudio. El mayordomo, alertado por el ruido, acudió en su ayuda. Un pequeño corte en su mano era el testimonio silencioso de la escena. Juntos se dirigieron a la cocina, donde Dorothea y las demás sirvientas se apresuraron a atender la herida.

-¿Estás bien, mi niña? -preguntó Dorothea, su preocupación evidente.

-Sí, nana, estoy bien-respondió Verónica, aunque su voz delataba su tristeza.

La compasión y la impotencia se reflejaban en los rostros de todos los presentes. Verónica, agotada, expresó su deseo de retirarse a su habitación. Dorothea la acompañó, ofreciéndole un hombro en el que llorar y palabras de consuelo. Finalmente, el agotamiento venció a Verónica, y Dorothea la dejó descansar, cerrando la puerta con suavidad tras de sí.

***

En la intimidad de su habitación, Verónica despertó de su letargo emocional. Antonio, con efectos del alcohol aún perceptibles, irrumpió en el cuarto. Verónica, anticipando sus intenciones, intentó escapar, pero fue en vano. Antonio la atrapó y la llevó de regreso a la cama.

-¡Por favor, no! -suplicó Verónica, viendo brotar las lágrimas de sus ojos.

-Eres mi esposa, y harás lo que te diga -declaró Antonio, su voz tan dura como el acero.

Los lamentos de Verónica se desvanecieron en la no- che, mientras las manos de Antonio exploraban y besaban con deseo cada rincón de su cuerpo. La joven lloraba sin cesar, rogando para que aquel tormento terminara, pero sus súplicas caían en el vacío. Antonio la giró, a pesar de su resistencia ante aquel acto atroz y perverso que él pretendía ejecutar, y la poseyó sin mediar palabra, ignorando totalmente la resistencia de la joven, lo que le arrancó un grito desgarrador mientras sus ojos vertían incontables lágrimas. La lucha resultaba inútil frente a la fuerza con la que el hombre la dominaba, sin ceder en su empeño. No se sabe cuánto tiempo estuvo Verónica en esa posición, cuando de repente percibió el gemido de satisfacción de Antonio, dando fin al acto indecoroso e inapropiado que perpetraba contra su esposa: la violación. Finalmente, exhausto y satisfecho, Antonio, ajeno al sufrimiento de la joven, se acomodó a su lado y se sumió en un sueño profundo.

Verónica permaneció inmóvil, aún con lágrimas surcando su rostro. Se quedó en su sitio, llorando en silencio y cubriendo su maltratado cuerpo desnudo con las finas sábanas que habían sido testigos de aquel terrible momento con su esposo. La joven, sola con su angustia, lloró hasta que el agotamiento la sumió en un sueño sin sueños, alejándola de la realidad que la aprisionaba.

Capítulo 3 🌹 Capítulo 2 - Cicatrices del Alma 🌹

Con la llegada de una mañana radiante y llena de promesas, el sol se alzaba majestuoso en el cielo. Sin embargo, para Verónica, su luz no era más que un cruel recordatorio de la oscuridad que había soportado la noche anterior. La presencia de Antonio aún la asfixiaba; podía sentir el eco de sus manos y el veneno de sus besos adheridos a su piel. Las lágrimas fluían incontenibles, cada una narrando la historia de su ultraje y su dolor, mientras se abrazaba las piernas en un vano intento por protegerse de los recuerdos.

El tormento en su pecho era incesante, como un puñal que se retorcía en su corazón, desangrándolo gota a gota, inundando su ser con un dolor interminable.

Perdida en su mar de tristeza, Verónica no percibió la presencia de Dorothea, quien la contemplaba con una angustia que le desgarraba el alma. Observaba a su niña hecha pedazos, y las lágrimas brotaban involuntarias de sus ojos, cada una un testamento del amor y la impotencia que sentía. Día tras día, Dorothea vendaba las heridas físicas de Verónica, pero sabía que eso no bastaba para sanar las cicatrices invisibles que Don Antonio había dejado en su espíritu.

Con un suspiro que contenía más que aire, Dorothea se acercó con delicadeza a Verónica, dispuesta a brindarle el consuelo que había ofrecido noche tras noche desde aquel fatídico matrimonio. La abrazó con fuerza, y Verónica se aferró a ella, buscando refugio en el calor maternal que siempre había sido su faro en la tormenta. Dorothea sostenía a su protegida, luchando por contener sus propias lágrimas, que amenazaban con unirse al río de dolor que surcaba el rostro de Verónica.

-No pude evitarlo, Nana -sollozó Verónica, su voz quebrada por el desespero-. Quisiera desaparecer.

-Lo sé, mi niña -respondió Dorothea, meciéndola con ternura-. Cada día es una prueba para ti, pero juntas halla- remos la salida. Te lo prometo, aunque me cueste la vida.

Verónica asintió, permitiendo que las palabras de Dorothea la envolvieran, aunque en lo más profundo de su ser, sabía que haría lo que fuera necesario para liberar a Verónica de las cadenas que la ataban a esa mansión de pesadillas.

Verónica

Entre sollozos me refugié en el consuelo de mi nana, mientras las sombras de la noche anterior se cernían sobre mí. Antonio, con su traición despiadada, había dejado una cicatriz en mi alma. La luna de miel, que prometía ser un jardín de delicias, se transformó en un campo de batalla donde perdí lo más preciado. Su recuerdo se abalanzó sobre mí, feroz como un relámpago, desencadenando un tormento que consumía mi ser.

La luna de miel había llegado al fin, y con ella, un viaje en carruaje hacia lo desconocido. Mis nervios, como hilos tensos, vibraban al ritmo de los cascos de los caballos. Mi madre, con sus explicaciones escuetas, no había logrado prepararme para la noche que se avecinaba, y la ausencia de mi nana solo amplificaba mi temor. Mi esposo, una figura imponente y seria, contemplaba el camino con una mirada que no lograba descifrar.

El silencio se rompió con sus palabras, cargadas de una anticipación que me helaba la sangre.

-Estoy ansioso por llegar y encerrarnos en nuestro cuarto... para consumar nuestro matrimonio -dijo mientras mordía mi lóbulo.

Su cercanía, un mar turbulento, amenazaba con engullirme.

-Eres una tentación -susurró Antonio en mi oído para luego besar mi cuello-, y eres solo mía.

Las caricias no deseadas eran como espinas en mi piel, y cada fibra de mi ser se rebelaba contra ellas. El carruaje se detuvo, y por un momento el aire volvió a mis pulmones.

La mansión se erguía ante mí, un sueño de piedra y jardines que no lograba disipar la tormenta en mi interior.

-¿Lista para entrar en nuestro hogar, querida? -preguntó mirándome con lujuria.

La mano de Antonio en mi cintura era un presagio de lo que estaba por venir. A pesar de la belleza que me rodeaba, una sensación de encierro me invadía. Las escaleras se desplegaban ante nosotros, un camino de alfombras rojas y negras hacia un destino incierto. La habitación, un escenario de lujo y opulencia, se convertía en una prisión de terciopelo. Las palabras de Antonio, un eco de posesión y deseo, resonaban en el aire cargado de tensión.

Intenté postergar lo inevitable, buscar una salida en la exploración de la mansión, pero él era inamovible.

-Por fin te poseeré como nunca antes te han tomado -dijo Antonio, besándome el cuello y dejándolo con su saliva.

-¿No podemos esperar?, aún quiero conocer la mansión -respondí intentando evitar el momento.

-Mmm, será en otro momento, querida -respondió, con deseo, saboreando mi cuello mientras sus manos apretaban mi cintura- ahora quiero disfrutarte.

Mi resistencia, un susurro ahogado por la determinación de un hombre que no escuchaba razones. La lucha interna era tan intensa como la física, y las lágrimas, retenidas desde el altar, amenazaban con desbordarse. El vestido, símbolo de un día que debía ser de alegría, se convertía en jirones de desesperación. Mis súplicas, perdidas en el viento de su indiferencia.

-Por favor, Antonio, cálmate -dije con miedo y tratando de escapar-. Déjame ir, por favor.

-No te dejaré ir, porque tú me perteneces y ahora cumplirás con tu deber de esposa -gritó y trató de agarrarme-. Ven aquí, maldita.

La puerta, un umbral que no lograba cruzar, se mantenía cerrada ante mis esfuerzos. La violencia de sus acciones, un golpe que resonaba más allá de lo físico, me dejaba sin aliento. La habitación, un mundo reducido a cuatro paredes, no contenía eco para mis gritos.

-¡Suéltame! -dije, sollozando mientras él sujetaba mis brazos con rudeza.

-Nunca lo haré y escúchame bien -dijo, lamiendo mi cara-, eres mía y deberás cumplir con tu deber de esposa.

En ese instante de dolor y oscuridad, la promesa de ser su esposa se transformaba en una realidad que no quería aceptar.

Finalmente, el agotamiento de Antonio me brindaba un respiro, una oportunidad para huir de la opresión de su presencia. Con cada paso vacilante, alejándome de la habitación, buscaba reconstruir mi ser desgarrado, mientras la mansión, con toda su magnificencia, se convertía en un recuerdo borroso. Vagaba por los pasillos, mi presencia tan etérea como la de un fantasma, con cada paso resonando en el vacío de mi ser. Mi vestido, un lienzo desgarrado de desdicha, ondeaba al ritmo de mi marcha aturdida. Marcas tenues, testimonio de un dolor inenarrable, adornaban mi piel con la sutileza de una cruel acuarela.

En ese trance, la figura de mi nana emergió, un faro de compasión en la bruma de mi desesperación. Su abrazo fue el catalizador de un torrente de lágrimas, un río caudaloso que arrastraba consigo los fragmentos de una noche que deseaba olvidar. Con pasos apresurados y corazón afligido, me condujo a su refugio, un santuario de ternura en medio de la tormenta.

Allí, en la intimidad de su habitación, me permití sentir; cada emoción, desde la indignación hasta la tristeza más profunda, se desplegó ante mí como un paisaje sombrío. El eco de mi llanto, un lamento que rompía el silencio, era el único sonido que perturbaba la quietud de la noche.

Aquel día sombrío, Dorothea, con manos de sanadora, alivió las heridas que él había infligido. Me ofreció hierbas de antiguos saberes para prevenir las consecuencias de un destino no deseado. Sin embargo, la calma fue efímera, y la angustia regresó con la fuerza de una tormenta incontenible. La llamada al médico se convirtió en un eco de mi desesperación, mientras el doctor Sullivan, con palabras firmes, impuso una pausa necesaria a Antonio.

El tiempo pasó, y con la recuperación llegó una falsa esperanza de serenidad. Pero las palabras de Antonio, como cadenas de hierro, me recordaban un deber que me pesaba más que el mundo, "Debes cumplir con tu deber como esposa", decía, y con esas palabras, la sombra de la tortura se cernía sobre mí sin tregua.

Las lágrimas seguían su curso, ríos de dolor por la violencia de cada día, por la indignidad de ser forzada a la intimidad con Antonio. Mi furia crecía, no solo por el sufrimiento personal, sino por la traición de haber intentado huir y ser castigada con una crueldad inimaginable. Y lo peor de todo, la pérdida de Luz, mi compañera fiel, arrancada de mi lado, dejando una marca en mi alma tan profunda como la que él había dejado en mi ser.

Ese día, cuando mi corazón fue despojado de toda esperanza, comprendí que mi existencia se había convertido en un juicio perpetuo, una vida tejida con hilos de sufrimiento y dolor.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022