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Seré Tu Esposa,  No Tu Mujer.

Seré Tu Esposa, No Tu Mujer.

Autor: : Sisi González
Género: Romance
María Paula siempre creyó que la vida podía derrumbarse en un solo segundo... y tenía razón. Cuando su madre es diagnosticada con un agresivo cáncer, el mundo se le viene abajo. Los médicos son claros: solo un tratamiento experimental puede salvarla, pero el costo es imposible de cubrir. Desesperada y sin más opciones, María Paula acepta la propuesta más fría y peligrosa que jamás imaginó: casarse por contrato con Alessandro Moretti, un arrogante y poderoso CEO conocido por su corazón de hielo y sus reglas inquebrantables. Para él, el matrimonio no es más que un trato comercial. Para ella, es el sacrificio más grande de su vida. Pero lo que ninguno de los dos anticipa es que esta unión, construida sobre condiciones estrictas y un contrato de seis meses, empezará a desmoronarse bajo el peso de miradas intensas, celos inesperados y emociones que se niegan a seguir las reglas. Porque mientras María Paula lucha contra el dolor de posiblemente perder a su madre... Alessandro descubre, por primera vez, que también puede perder algo: a la mujer que nunca quiso amar, pero que se está convirtiendo en su única debilidad.

Capítulo 1 LA VIDA NO ES FÁCIL

El frío de la sala de hospital parecía filtrarse hasta los huesos de Ana Laura. Con apenas doce años, sus ojos café claro, cargados de una madurez prematura, observaron el movimiento más violento y silencioso del mundo: el momento en que un médico extendía una sábana blanca sobre el rostro de su madre.

​¿Cómo puede morir una madre?, se preguntaba en medio de un sollozo ahogado que le quemaba la garganta. El vacío que sentía no era solo tristeza; era el abismo de la incertidumbre absoluta. A su lado, sintió el apretón de la mano pequeña de Diego, su hermano de tres años, quien aún no comprendía que el único refugio que conocía se había apagado para siempre.

​Ana Laura no solo lloraba la muerte; lloraba el abandono. Recordó el rostro de su padre, quien un año atrás se marchó con otra mujer, dejando tras de sí un silencio que su madre intentó llenar con esfuerzo y sudor, hasta que un cáncer agresivo la arrebató en cuestión de meses. Sin dinero para tratamientos costosos, la muerte fue un verdugo veloz que no dio tiempo para despedidas.

​Regresaron a su humilde casa en los barrios más bajos de la ciudad. El eco de sus pasos en el suelo de tierra era el único sonido en una vivienda que ahora olía a ausencia y a ropa guardada. Los vecinos, conmovidos por la tragedia pero limitados por su propia pobreza, organizaron una colecta para el funeral. Ana Laura sentía el peso de la caridad como un fardo de plomo; agradecía la ayuda, pero el miedo a ser separada de Diego la mantenía en alerta constante.

​-No dejaré que nos lleven -susurró Ana Laura frente al retrato de su madre-. Seré tu escudo, Diego.

​Desde ese día, la infancia de Ana Laura se disolvió en el trabajo duro. Se convirtió en una presencia constante en el mercado central, cargando huacales y ayudando en los puestos de verdura. Su belleza morena comenzaba a florecer entre el polvo y el bullicio, pero ella no tenía ojos para los halagos, solo para el bienestar de su hermano. Inventó una vida ficticia frente a las autoridades escolares: decía que su padre vivía con ellos y que trabajaba de noche, todo para evitar que el Estado los enviara a un orfanato.

​El tiempo pasó como un viento recio que curte la piel. Ana Laura ya cumplía dieciocho años. Se había convertido en una mujer de una belleza impactante, pero con manos callosas y un alma blindada por la responsabilidad.

​-¡Ana Laura! -gritó Miguel, su mejor amigo, desde el otro extremo del mercado-. ¿Ya cerraste el puesto tan temprano?

​-¡Sí, Miguel! Vendí todo el tomate hoy -respondió ella con una sonrisa cansada pero genuina.

​-¡Wow! Qué bien, te felicito.

​-Gracias -añadió ella mientras limpiaba el mostrador de madera.

​Miguel, quien también había crecido solo tras ser abandonado a los diez años, era su único confidente. Él conocía el peso de sus secretos y la profundidad de sus cicatrices.

​-Oye, vamos a la playa -propuso Miguel-. Llevamos a Diego, le hará bien el aire de mar.

​-No sé... tengo que asegurarme de que haga sus tareas del colegio.

​-¡Vamos, solo un rato! -insistió él con una sonrisa-. Te pasas la vida trabajando, Ana.

​-Bueno... Pero déjame ver si tiene mucho que estudiar.

​Al llegar a casa, Ana Laura sintió el alivio de ver a su hermano sano y salvo.

​-¡Diego! ¡Diego, ya llegué! -exclamó ella mientras dejaba las bolsas del mercado.

​-¡Ya deja de gritar, ya te oí! -respondió Diego desde la habitación, asomándose con una sonrisa traviesa.

​-¿Qué haces? ¿Ya comiste?

​-Sí, ya... Doña Magda me trajo el almuerzo.

​-Bueno, yo hago la cena entonces.

​Diego se acercó a ella, jugueteando con sus dedos antes de hablar.

​-Ana... sé que te queda difícil, pero ya no tengo cuadernos, se me acabaron.

​Ana Laura sintió una punzada de angustia en el pecho. Cada gasto era un cálculo matemático estricto, pero su respuesta fue inmediata y firme:

​-Tranquilo, mi lagartija. Hoy mismo te compro los que necesites. ¿Cuántos son?.

​-¡Dos! Y no me digas así, que ya estoy grande.

​-Es de cariño, tú lo sabes -dijo ella abrazándolo con fuerza-. Oye, ¿tienes mucha tarea? Me encontré a Miguel y quiere que vayamos a la playa. ¿Quieres ir?.

​-¡No, no tengo casi nada! Solo una y la termino rápido. ¡Sí, vamos!

​Esa tarde en la playa, bajo el sol que se hundía en el horizonte, los tres olvidaron por un momento que el mundo era un lugar hostil. Jugaron y rieron, permitiendo que la espuma del mar se llevara, aunque fuera por unas horas, el peso de la soledad.

​La rutina volvió al día siguiente. Ana Laura trabajaba bajo las órdenes de Don Tomás. Mientras organizaba las ofertas de tomates, el timbre de su celular rasgó el aire con una urgencia que le heló la sangre. Era la escuela de Diego.

​-¿Qué? ¿Cómo? ¡Ya voy para allá!

​-¿Qué pasa, muchacha? -preguntó Don Tomás al ver su rostro pálido.

​-Me llamaron de la escuela, Diego se desmayó. ¡Tengo que ir!

​-¡Ándale, vete! -autorizó el hombre.

​El trayecto en bicicleta fue una tortura de pensamientos oscuros. Al llegar a la enfermería, la directora la recibió con una expresión de preocupación. Diego estaba pálido, acostado en una camilla pequeña.

​-¿Qué tiene mi hermano?.

​-Estaba haciendo deportes cuando cayó desmayado -explicó la rectora-. Una pregunta, Ana Laura, ¿se está alimentando bien?.

​-Sí, señora, muy bien -mintió Ana Laura, acariciando con ternura la cabeza de Diego mientras el miedo le oprimía el corazón.

​Aunque la enfermera sugirió que podría ser el calor del verano, los desmayos de Diego se repitieron en los días siguientes. La angustia se volvió una sombra permanente. Finalmente, el médico local, tras ver los resultados de los exámenes de sangre, llamó a Ana Laura a su consultorio.

​-Mira, Ana Laura, le hice varios estudios y los resultados no me gustan, para ser sincero.

​-¿Qué pasa, doctor? -preguntó ella, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

​-Quiero hacerle una biopsia.

​-¿Qué es eso? -preguntó ella con la voz quebrada.

​-No te asustes antes de tiempo, es un examen para descartar una sospecha que tengo. Pero es un procedimiento un poco costoso. Te ayudaré para que te salga más económico, pero necesitamos hacerlo pronto.

​Al regresar a casa, Ana Laura corrió hacia su pequeña caja de ahorros. Al contar los billetes arrugados, sintió que el mundo se derrumbaba: no era suficiente. Marta, su vecina, entró al verla tan desesperada.

​-¿Por qué no lo llevas al seguro del Estado, hija?.

​-¡Porque nunca hacen nada! -gritó Ana Laura, y las lágrimas que había contenido durante años finalmente brotaron con furia-. Allí dejaron morir a mi mamá. No hicieron nada mientras el cáncer la devoraba. ¡Nunca dejaré que a mi hermanito le pase lo mismo! ¡Nunca!

Capítulo 2 Noticia Dolorosa

Ana Laura estaba consumida por los nervios. Había logrado, tras noches sin dormir y sacrificios extremos, reunir el dinero para la biopsia de Diego. Sentada en la gélida sala de espera, el tic-tac del reloj parecía un martilleo constante en sus sienes. Por fin, la puerta se abrió y Diego apareció, pequeño y pálido bajo las luces de neón.

​-¿Cómo estás? -le preguntó ella, arrodillándose para quedar a su altura.

-Bien... pero tengo miedo, Ana -susurró el niño con la voz quebradiza.

-Tranquilo. Todo estará bien. Yo estoy aquí contigo, siempre lo estaré.

​Días después, el médico recibió los resultados. Sus sospechas, aquellas que no quería mencionar, se habían materializado en letras frías sobre un papel.

​-¿Qué pasa, doctor? -preguntó Ana Laura, sintiendo que el aire se espesaba.

​El médico miró al niño con una tristeza profesional.

-Diego, hay una pecera afuera en el pasillo. ¿Quieres ir a alimentar a los peces?

-¡Sí, claro! -respondió Diego, emocionado por la distracción.

​En cuanto el niño salió, Ana Laura se inclinó hacia adelante, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

-Algo pasa, ¿verdad?

-Sí, Ana Laura. Diego tiene cáncer.

​El mundo se detuvo. Ana Laura sintió un golpe seco en el pecho, como si el corazón se le hubiera hecho añicos.

-¿Cómo? ¡Es un niño! ¡No puede tener cáncer!

-Lo siento mucho. A los niños también les da cáncer, y hay que comenzar el tratamiento de inmediato. Te aconsejo que sea por el seguro del Estado, porque es sumamente costoso.

​-¡Ellos no van a hacer nada por él! -estalló ella, con los ojos anegados en lágrimas-. Nunca hay médicos, nunca hay medicinas... ¡Así pasó con mi mamá! ¡Ayúdeme, por favor!

-Lo único que puedo hacer es enviarte a fundaciones. Tendrás que pagar, pero no será tanto como en una clínica privada.

​Ana Laura comenzó entonces una carrera contra el tiempo. Pero parecía que el solo hecho de ponerle nombre a la enfermedad la hubiera acelerado. Diego ya no retenía la comida; el cáncer de estómago, el mismo que se llevó a su madre, avanzaba sin piedad. Ella lloraba sin consuelo en las noches, sintiendo que vivía una pesadilla de la que no podía despertar.

​Florencia, Italia

​-¡Alex! -gritó una mujer, despertando entre sábanas de seda.

-¿Qué pasa? -respondió él. Alejandro era un hombre de una apostura deslumbrante: ojos verdes profundos y piel morena.

-Leonela, tienes que irte -sentenció Alejandro sin mirarla.

-¿Por qué?

-Porque tengo que ir a la oficina. Si no voy, mi papá me mata, y lo digo literalmente.

-¿Nos vemos esta noche? -preguntó ella, enredándose en las cobijas.

-No, no puedo. ¡Y ya vete! Es en serio, largo.

​Alejandro Barcherotti no era un hombre cualquiera; era uno de los herederos de la fortuna de la familia Barcherotti, una de las estirpes más ricas de Italia. Al llegar a la oficina, el personal corría para atender sus caprichos. A pesar de su arrogancia con las mujeres y su miedo al compromiso, era amable con sus empleados, aunque su fama de libertino lo precedía.

​-¡Alex! -tronó una voz en el despacho principal.

-Papá, ¿cómo estás?

-¿Cómo quieres que esté?

-Ay, no... ¿Ahora qué hice? -preguntó Alejandro, dejándose caer en una silla de cuero.

-Anoche te fuiste de la fiesta con la hija de uno de nuestros socios. ¡Eso hiciste!

-Ella no es una niña, papá. Se fue conmigo porque quiso, no la obligué.

-¡Alejandro! Ya tienes veintitrés años. Vas a ser el dueño de todo esto, ¡madura de una vez!

​-Hago lo que me pides -replicó Alejandro con hastío-. Estudio finanzas porque tú lo pediste. Trabajo aquí porque tú lo pediste. ¿Qué más quieres?

-¡Que no tenga que pedirte nada! ¡Que hagas las cosas porque te nazcan! Tu abuelo y yo hemos pensado que ya es hora de que sientes cabeza.

​Alejandro soltó una carcajada sarcástica.

-Papá, tengo veintitrés años, no treinta.

-¿Y? Yo me casé a los veinte. En esta familia construimos imperios, y eso no se hace de la noche a la mañana. Tu abuelo quiere conocer a la próxima Señora Barcherotti antes de morir.

-Tú y el abuelo están locos. Por cierto, para mi cumpleaños veinticuatro quiero un Ferrari nuevo.

​Al llegar a la mansión, Alejandro encontró a su madre.

-¡Mamá! Vaya... ¿qué haces?

-Hola, hijo. Él es Ramón, mi profesor de gimnasia -presentó ella, señalando a un hombre fornido.

-¿Y mi papá sabe cómo es? -preguntó Alejandro, escaneando a Ramón de arriba abajo.

-Sí, claro.

-¿Y lo aceptó? -insistió extrañado.

-Es gay -le susurró su madre al oído.

​Alejandro asintió, restándole importancia.

-Oye, mamá, mi papá y el abuelo quieren casarme. ¿Lo sabías?

-Sí, Don Patricio está obsesionado con esa idea. Ya sabes que prefiere a tu primo Luciano antes que a Gerónimo.

-Es una locura. ¿Yo casado?

-Alex, no es una locura -dijo su madre con tono serio-. Ramón, es suficiente por hoy, vete. Gracias.

​Cuando se quedaron solos, ella continuó:

-Hijo, si tu primo Fabricio se casa primero, se queda con la dirección de las empresas. ¿Y nosotros qué? ¿Nos conformaremos con una pequeña parte? Tu padre no va a perder su legado.

-¿Y Fabricio ya tiene candidata?

-Parece que sí. Laura llamó feliz diciendo que su hijo formalizó su compromiso con una bailarina española. Así que tu papá necesita que tú también te comprometas.

-¡Pero mamá! ¡Apenas voy a cumplir veintitrés!

-Yo me casé a los veinte, tu padre a los veintiuno. Esta familia...

-Sí, ya sé -la interrumpió Alejandro subiendo las escaleras-. Esta familia construye imperios.

​Esa noche, Luciano entró al cuarto de su hijo como un huracán.

-¡Alejandro! Necesitamos hablar ahora. Fabricio se ha comprometido. Si él se casa primero, perdemos el control de las empresas y yo no me voy a quedar a cargo solo de los cultivos.

-¿Y qué quieres que haga?

-¡Que te cases! No sé con quién, pero lo haces. Serán solo dos años, lo necesario para asegurar el control total. Luego te divorcias y sigues con tu vida de soltero.

-¿Y dónde consigo esposa? ¿Pongo un anuncio?

-No lo sé, pero no voy a perder lo mío por tu culpa. Ah, y mañana te vas a México. Sales a las siete de la mañana por negocios, así que no llegues tarde.

​Alejandro, con una mezcla de rabia y resignación, tomó su celular y marcó un número.

-¿Rodrigo? Soy Alejandro. Mañana llego a México. Tengo un problema... allá te cuento.

​México: El Encuentro con el Destino

​El sol de México recibió a Alejandro con una intensidad que no esperaba. Al salir del aeropuerto, su amigo Rodrigo, uno de los jóvenes más acaudalados del país, lo esperaba en un deportivo.

​-¡Alejandro! -exclamó Rodrigo abrazándolo-. ¡Qué milagro! ¿Acapulco? ¿Playa? ¿Mujeres lindas?

-No creo, Rodrigo. Mi padre me envía por negocios y tengo la soga al cuello. Necesito una esposa, y la necesito ya.

​Mientras Alejandro se subía al coche de lujo, a unos pocos kilómetros de allí, en un mercado polvoriento, Ana Laura contaba sus últimas monedas, rogando por un milagro para salvar a Diego. Ella necesitaba dinero; él necesitaba una mujer. El destino estaba a punto de cruzar sus caminos de la forma más inesperada.

Capítulo 3 Un Trato Por Amor.

En un lujoso apartamento de la Ciudad de México, Alejandro y Rodrigo brindaban con copas de cristal fino. La arrogancia de Alejandro contrastaba con la modernidad del lugar.

​-¡Amigo! Es un gusto verte -dijo Alejandro, dejando su maleta de diseñador en el suelo.

-¡Lo mismo digo yo! Aunque estás menos guapo... ¿qué te pasó? -bromeó Rodrigo.

-¿Menos? O más... Soy irresistible para las chicas -respondió Alejandro, con esa suficiencia que solo el dinero otorga.

​Tras acomodarse, la conversación tomó un rumbo más serio. Alejandro explicó la presión de su familia en Italia y la absurda regla de la herencia: el primer varón que se case toma el control del imperio Barcherotti.

​-No entiendo nada, ¡pero suena loco! -exclamó Rodrigo-. ¿Y por qué no te casas con una de tus novias?

-¿Cuál novia? Tengo amigas, pero ninguna para esposa, ni siquiera de mentira. Ayúdame a conseguir a alguien que se case conmigo por dos años máximo. Una mujer que, por una buena cantidad, se haga pasar por mi mujer.

-¿Y quién? -preguntó Rodrigo, intrigado.

-No lo sé, pero una que no vaya a ser un problema después. Solo negocios. Eso sí: que sea bonita, fina y muy... sexy.

-¡Uy, señor exigente! -rio Rodrigo-. ¿Y qué gano yo? Ser independiente es costoso.

-Un departamento nuevo, un auto y unos millones en la cuenta. ¿Te sirve?

-Me sirve. Te conseguiré algo muy bueno.

​El Grito de la Desesperación

​Mientras Alejandro planeaba su "negocio", en otra parte de la ciudad, la vida de Ana Laura se desmoronaba. Su hermano Diego empeoraba cada hora. El cáncer de estómago avanzaba con la crueldad de una sombra que todo lo devora.

​Al día siguiente, el destino movió sus piezas. Rodrigo, que trabajaba como regulador del Estado, se dirigió al hospital central. Al mismo tiempo, Ana Laura llegó al mostrador, con los ojos inyectados en sangre por el llanto y la furia.

​-¡Cómo es posible! -gritaba Ana Laura frente a la ventanilla-. ¡Ha pasado más de un mes y mi hermano necesita esas medicinas!

-Señorita, no es nuestra culpa. ¿Puede calmarse? -respondió la enfermera con indiferencia.

-¿Calmarme? ¿Estaría usted calmada si uno de sus seres queridos se estuviera muriendo y no pudiera darle las medicinas porque no llegan?

​Los gritos llamaron la atención de Rodrigo, quien salía de la oficina del director.

-¿Qué pasa aquí? -preguntó con autoridad.

-Lo siento, señor Vaukoth -dijo el director-. Es lo de siempre, gente que cree que se les tiene que dar todo cuando ellos digan.

​Ana Laura se giró hacia Rodrigo. A pesar de su ropa desgastada y su cabello alborotado, su belleza era innegable: una mirada fiera y una piel morena que irradiaba una fuerza natural.

​-Es que hace más de un mes espero una medicina para mi hermano -dijo ella, tratando de controlar el temblor de su voz-. ¡Tiene cáncer! Se está muriendo, solo tiene nueve años.

​Rodrigo la observó detenidamente. Vio la desesperación, pero también la dignidad. Una idea audaz cruzó su mente.

-Venga conmigo -le dijo a Ana Laura, señalando la oficina del director.

​La Propuesta

​Dentro de la oficina, Ana Laura se sentó con desconfianza.

-Dígame... ¿por qué no tiene a su hermano con un médico privado? -preguntó Rodrigo.

-Porque es muy costoso y no tengo ese dinero. ¿Le parece justo que mi hermanito muera siendo solo un niño?

-No, claro que no. ¿Cómo se llama usted?

-Ana Laura Chávez.

-Hola, Ana Laura. Soy Rodrigo Vaukoth... y creo que tengo una propuesta para ti. Eres muy bonita.

​Ana Laura se tensó, poniéndose a la defensiva.

-Señor, lo siento, pero yo no...

-¡No, no es lo que piensas! -la interrumpió él rápidamente-. Escúchame. Mi mejor amigo necesita una esposa por contrato. Solo dos años. A cambio, él pagará todo.

​Ana Laura lo miró como si hablara en otro idioma.

-¿Qué? ¿Está loco? ¿Cómo me voy a casar con un hombre que no conozco?

-Ana Laura, ¿sabes cuánto tiempo le queda a tu hermano si sigues esperando aquí? Estas medicinas no van a llegar. Soy el regulador y te digo que este hospital no tiene recursos. Si aceptas, tu hermanito será trasladado hoy mismo a la mejor clínica del país.

​El silencio que siguió fue denso. Ana Laura pensó en el rostro de Diego, en sus desmayos, en la sábana blanca que cubrió a su madre.

-¿Hoy mismo empezaría el tratamiento? -preguntó con un hilo de voz.

-Hoy mismo. Pero tendrás que someterte a un cambio extremo. Tendrás que aprender a ser una dama de la alta sociedad italiana. No habrá sexo, mi amigo tiene dónde satisfacer esas necesidades. Solo serás su esposa ante el mundo. Al final, tendrás dinero para vivir como quieras.

​Ana Laura cerró los ojos y tomó aire. El peso de la vida de Diego estaba sobre sus hombros.

-Acepto -dijo con firmeza, aunque por dentro temblaba de miedo.

-Perfecto. Vamos a una cafetería, necesito que me cuentes absolutamente todo sobre tu vida.

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