Actualidad
Moscú, Teatro Bolshói
Maksim
Rostros, voces, gestos, acciones... todo eso nos arrastra sin piedad a un recuerdo anclado en la niebla de nuestra memoria. Algunos lo llaman nostalgia, otros lo sienten como un grito silencioso que atraviesa el alma, como si perteneciera a una vida que ya no nos pertenece. Yo lo llamo eco. Un eco persistente que no se desvanece.
Hay quienes dicen que el tiempo todo lo cura, pero nadie habla de aquellos instantes que el tiempo repite como una burla. Una y otra vez. Como un sueño recurrente que se trunca justo cuando estás por entenderlo, por vivirlo completo. Y despiertas. Siempre despiertas justo antes del final.
¿Y entonces qué? ¿Cuál es la solución? ¿Olvidar? ¿Sumergirse en la rutina, pretendiendo que eso que te falta nunca existió? ¿O pelear contra uno mismo, desenterrando fragmentos de una verdad que tal vez no quieras conocer, pero que necesitas para respirar?
Yo he intentado todo. He callado, he observado, he seguido órdenes, he cumplido con mi deber... pero ese vacío sigue ahí. Como una nota suspendida en el aire, esperando la melodía que le dé sentido. Algo -alguien- me falta. Lo sé, aunque no pueda nombrarlo. Y esa ignorancia, ese no saber, duele más que cualquier herida.
Quizás la paz no está en olvidar, ni en entender. Tal vez la paz esté en recordar, incluso lo que nunca vivimos. En reconocer que no estamos rotos por lo que perdimos, sino por lo que nos fue arrebatado antes de tenerlo.
Aun así, sigo aquí. Cuidando. Observando. Esperando. Porque hay algo en ella... en su rostro, en sus gestos, en su voz... que me devuelve una parte de mí, una que ni siquiera sabía que había perdido. Cada noche me conformo con mirarla bailar sobre el escenario, ver cómo brilla mi bailarina en cada voltereta, en cada movimiento que me arrastra con su danza, con esa belleza innegable que parece nacer de otro mundo, pero lo más doloroso es saberme un espectador de su vida, un fantasma entre las sombras que ni siquiera puede estrecharle la mano, mucho menos cruzar una maldita palabra; solo me queda aspirar el perfume que deja tras de sí cuando pasa cerca, ese aroma a jazmín y vainilla que se clava en mí como una maldición dulce y silenciosa.
Y ya debería estar acostumbrado, pero Katya es como una adicción, una necesidad de la que dependo para mantenerme en pie. ¡No! No soy un acosador, ni un pervertido escondido entre el público o tras el telón, soy un ángel, y mi deber es protegerla, cuidarla de todo lo que pueda hacerle daño... aunque ser su sombra tenga consecuencias, como soportar a los idiotas que ha llamado "novios", o luchar contra pensamientos que no deberían tener cabida en mí, como el deseo de rozar su piel o perderme en su mirada, y eso, eso no es bueno para alguien como yo, no debería permitirme emociones humanas, por eso cuando el peso se vuelve insoportable, mi escape es deambular por las calles, perdiéndome entre rostros que me atraviesan sin verme, como si yo no existiera.
En fin, otra noche... y el teatro se envuelve en penumbra, cubierto por ese velo sagrado que anuncia el inicio del hechizo. Un murmullo tenue recorre la sala como un suspiro contenido, mientras las luces se apagan una a una, dejando solo un halo dorado que flota sobre el escenario. El telón se abre con lentitud, como si el mundo mismo se rindiera ante lo que está por aparecer... y entonces, ella emerge.
Katya Adabache.
Su figura se recorta contra la luz como un espejismo celestial. Es delgada, de proporciones delicadas, con una piel pálida que parece esculpida en mármol fino. El vestido blanco que lleva -de gasa liviana, casi líquida- se ondula con cada paso como si flotara sobre un mar invisible. Su espalda es recta, orgullosa, pero hay una suavidad etérea en la manera en que sus brazos se mueven, en la curvatura de su cuello largo y elegante. Cada giro suyo arrastra al público a un estado hipnótico, como si bailara entre el sueño y la vigilia. Su cabello, castaño claro, recogido en un moño alto sin pretensión, brilla bajo los reflectores como si el sol se hubiera escondido en cada hebra. Y sus ojos... maldita sea, esos ojos azul grisáceo, casi translúcidos, miran como si atravesaran el alma. Juro que por un instante me miran a mí, directo, como si me hubiera desnudado por dentro sin tocarme.
Desde un palco en lo alto, oculto entre las sombras, me aferro a ese momento como un náufrago al borde de su último respiro. Mis manos, crispadas, aprietan el borde del asiento; mis nudillos blancos son los únicos testigos de lo que se revuelve dentro de mí. Mis ojos la siguen con una devoción que me duele en el pecho, con un anhelo que se clava como una espina, y sin pensarlo, susurro con la voz rota, quebrada por algo que no entiendo, o que no quiero aceptar:
-Tú deberías llamarte ángel... porque lo eres -mi voz apenas se escapa entre los dientes, apenas audible-. En cada giro, parece que abres tus alas... y esa mirada... Dios... parece traspasarme el alma.
Es una ternura desgarradora la que se me escapa. No debería sentir esto. No debo. No puedo. Pero ahí está, latiendo con fuerza bajo mis costillas, desbordando lo que juré reprimir.
-Si pudieras verme... si pudieras escucharme... si pudiera tener un solo día como hombre... sería suficiente. Solo uno. Pero no debo. No puedo verte de otra manera. No puedo enamorarme... porque serás mi perdición.
Siento ese calor familiar que se enciende en el centro del pecho, esa quemadura que no me pertenece. No es mía. No debería doler. Pero duele. Aprieto los puños hasta sentir las uñas contra la palma, como si eso bastara para contenerlo, para impedir que el deseo se derrame por completo.
-¿Por qué esta prueba? -escupo entre dientes-. ¿Por qué no me apartan de ti? ¿Por qué me he vuelto adicto a ti? ¿Cuándo fue... cuándo fue que te vi con otros ojos?
Me río, sin humor, con una tristeza densa que no alcanza mis ojos. Es una risa hueca, inútil. La miro girar, perfecta, impune, como si no supiera lo que causa. Cada pirueta es una puñalada dulce. Una condena envuelta en belleza.
Pero entonces, algo cambia.
La atmósfera se vuelve tensa. Un destello dorado corta la oscuridad del palco, como un relámpago que no hace ruido, pero hiere igual. El aire se espesa. Y lo siento... antes de verlo. Su presencia. Implacable. Innegable.
Uriel.
Aparece como una sentencia divina. Su silueta se recorta entre la luz como un muro imposible de ignorar. La túnica resplandece como si el juicio mismo la habitara. Su voz... su voz no es un sonido, es una fuerza.
-Te estás dejando consumir, Maksim -retumba, como si hablara desde el centro del tiempo-. Lo que sientes... está prohibido.
No me giro. No puedo. No quiero. No ahora. Mis ojos siguen fijos en ella, en su cuerpo que desafía la gravedad, en su expresión serena, entregada, como si bailara para redimir pecados que ni siquiera conoce. No necesito un sermón, no esta noche.
-No soy un acosador -respondo con los dientes apretados, con la furia contenida bajo la piel-. No soy un pervertido escondido tras un telón. Soy un ángel. La protejo y lo sabes.
Uriel da un paso más. La luz que lo envuelve se sacude, como si la tormenta en su interior quisiera estallar.
-Cuidarla no es amarla. No con ese deseo oculto. Has cruzado una línea, Maksim. Tal vez no en actos... pero sí en intención.
Y entonces, me giro. Lentamente. Mis ojos ya no suplican. Arden. Me sostengo frente a él con toda la rabia, el miedo y la verdad que cargo desde que vi a Katya danzar por primera vez.
-¿Y si no puedo evitarlo? -pregunto, cada palabra cortándome la garganta-. ¿Y si lo único que me mantiene cuerdo... es ella?
Uriel me mira, y su juicio pesa como siglos sobre mi espalda. Su voz baja, pero definitiva.
-Entonces caerás. Y cuando eso ocurra... nadie te levantará. Ni siquiera Katya...
Uriel suelta un suspiro cargado de frustración, profundo, como si le doliera tener que decírmelo. Sus ojos, normalmente inmutables, ahora parpadean con un dejo de compasión que me resulta insoportable. Desvía su mirada hacia el escenario, hacia ella, como si incluso él sucumbiera -aunque fuera por un instante- al influjo de su danza.
-Un consejo... un recordatorio -añade, con la voz más baja, más grave-. Tómalo como quieras, Maksim. Pero acepta tu misión sin pasar los límites. No es bueno cruzar esa delgada línea entre el cielo y la tierra. Va contra el orden natural de las cosas...
Las palabras resuenan en mi mente como campanas rotas. No me muevo. No respiro. No parpadeo. Es como si el mundo entero se contuviera, congelado en el borde de un abismo que solo yo parezco ver. Y luego, como si el universo decidiera recordarnos dónde estamos, el estruendo de la ovación rompe el aire. Palmas. Gritos. Aplausos que sacuden las paredes del teatro. Katya ha terminado su número. El telón cae, lento, solemne. Y con él... se rompe el hechizo.
Pero yo sigo ahí. Roto. De pie. Y perdido.
Minutos después
Frente al espejo, Katya respira agitada. Su piel está perlada de sudor, pero su belleza sigue intacta, serena, como si hubiera nacido para la luz del escenario. Se cubre los hombros con un abrigo blanco, intentando calmar el temblor en su pecho.
La puerta se abre con brusquedad. El director de la compañía entra, siempre con esa voz seca y urgida:
-La prensa está como hienas en la entrada principal. Toma la salida lateral, Katya. Te harás un favor.
Su voz, amable pero firme, corta el murmullo del camerino. Ella asiente, agotada. Sus hombros caídos hablan más que sus palabras.
-Gracias... no tengo fuerzas para responder preguntas esta noche -murmura, con un hilo de voz. Luego baja la mirada y añade, como una confesión-. Me siento... vacía.
-Diste todo allá afuera -él suaviza el tono, casi con ternura, al ver su rostro-. Guarda algo para mañana, estrella.
Ella le regala una sonrisa pequeña, rota, como un reflejo aprendido. Pero sus ojos... sus ojos azul grisáceo, brillantes bajo el maquillaje desgastado, no mienten. Gritan otra cosa. Gritan soledad. Exhausta. Dolida. Perdida. Y me atraviesan el alma.
No pierde tiempo. Katya recoge sus cosas con prisa, casi con ansiedad, como si quedarse un minuto más en ese lugar fuera un castigo. Se cuelga el bolso al hombro, se ajusta el abrigo de lana blanca que contrasta con sus medias negras, y sale del camerino como si huyera. A su paso, cruza miradas con algunos colegas que le lanzan saludos fugaces, frases cortas: "Estuviste increíble", "Descansa, estrella", "Nos vemos mañana". Pero ella solo asiente, sin detenerse. No los escucha. Solo quiere irse. Escapar. Borrar el aplauso que no llenó el vacío.
Y sin darme cuenta... ya estamos en el callejón.
La noche es cruel. El viento corta la piel como navajas invisibles. Katya camina sola, apretando el abrigo contra su cuerpo delgado, temblando más por dentro que por fuera. El callejón está cubierto por una niebla baja que lame el suelo, densa, húmeda. Las farolas parpadean con una cadencia siniestra, como si dudaran si morir o alumbrar. Algunas se apagan por segundos, dejando grietas de oscuridad que parecen respirar.
No hay prensa. No hay fans. No hay ruidos humanos. Solo sombras. Solo ella. Y yo.
La observo desde la cima de un edificio cercano, oculto entre esculturas de ángeles corroídas por el tiempo. Mi capa se agita con el viento. Mi mirada no se aparta de ella ni un segundo. Soy su sombra. Su guardián. Pero también su esclavo.
Siento el eco de Uriel aun golpeándome por dentro, como campanadas de condena: "Te estás dejando consumir. Lo que sientes está prohibido".
Y sin embargo... aquí estoy.
-Debería detenerla -pienso, la culpa anudándoseme en la garganta como un lazo tirante-. No me gusta este ambiente. Hay algo que no encaja.
Una farola se apaga de golpe. El sonido seco del cristal apagándose es como un disparo.
Katya se sobresalta. Se detiene un segundo. Mira hacia atrás. Nada. Acelera el paso. El abrigo se le desacomoda, y su silueta delgada, pálida, se recorta contra la negrura como una figura de porcelana a punto de quebrarse. Su cabello castaño claro se escapa en mechones del peinado que ya se ha deshecho, y se pega a su rostro húmedo. Sus pasos resuenan, apresurados. Frágiles. Vulnerables.
Y entonces...El rugido de un motor rasga el silencio como un trueno. Un auto se aproxima a toda velocidad. Sin luces. Sin aviso. Saliendo del infierno mismo. Lo veo. Lo presiento. Va a alcanzarla.
Mi corazón -si es que aún tengo uno- se detiene. El tiempo se comprime. Cada segundo es una eternidad. ¿Debo intervenir? ¿O es este su destino? ¿Debo permitir que muera esta noche?
La misma noche
Moscú
Katya
Alguien dijo una vez que los sueños no son más que deseos reprimidos, meros fragmentos de lo que vivimos durante el día o anhelos de aquello que sabemos inalcanzable. Pero la realidad golpea con fuerza cuando el alma, como un péndulo roto, se queda atrapada en ese instante, oscilando una y otra vez entre memorias que no parecen pertenecer a este tiempo. Entonces, te preguntas: ¿es solo un simple sueño o acaso un eco lejano de una vida que ya no recuerdas? Lo más frustrante no es la duda en sí, sino la ausencia de respuestas claras, ese vacío incómodo que deja una pregunta sin forma, vibrando en el pecho.
Supongo que ese es uno de los misterios más grandes del mundo: no poder descifrar lo que el subconsciente grita en su idioma secreto, tener que conformarte con retazos de algo que desafía la lógica, pero que para el corazón... es un refugio. Un suspiro entre tormentas. Una caricia que aún sin cuerpo, logra sanar una herida invisible.
Ese sueño me persigue desde hace demasiado tiempo. No es un sueño cualquiera: es vívido, tan real que a veces me asusta. Siento su presencia. Su voz susurrándome al oído. Su aliento tibio acariciándome el rostro. Quizás sea una obsesión... o quizás solo un recuerdo extraviado de mi infancia. Lo más desconcertante es la figura que se repite cada noche: un hombre sin rostro que me observa desde el público mientras bailo, como si esos minutos entre la música y el telón fueran un portal donde él puede alcanzarme. Pero la magia siempre termina. El telón cae. Y un escalofrío me recorre el cuerpo, como si él se marchara en silencio, sin despedirse.
En esas noches donde la soledad me envuelve como un abrigo frío, me esfuerzo por recordarlo. Por entender quién es ese visitante invisible que se ha colado en mi vida sin permiso, acompañándome como un guardián que nunca pedí. Algunas amigas dirían que es el efecto de largas jornadas bailando, de la necesidad de enamorarme, o de la falta de verdaderos vínculos. Y puede que tengan razón. A estas alturas, las pocas relaciones que he tenido no han durado más de un mes. La vida que elegí, brillando cada noche como la estrella principal de la compañía rusa, no deja espacio para promesas ni para sueños de amor.
Hoy, como siempre, brillé en el escenario. Y como siempre, busqué una salida alterna para esquivar a los paparazzi. El callejón estaba desierto. Solo sombras largas y charcos reflejando la luz de la luna. Sin embargo, esa sensación inexplicable volvió a envolverme, como un perfume invisible que me atrae y me inquieta a la vez. Apreté el abrigo contra mi pecho y aceleré el paso, ignorando el temblor que se apoderó de mis manos.
Y ahora intento descifrar lo que sucede a mi alrededor.
El sonido llega primero, profundo y gutural, como un rugido lejano que perfora la quietud de la noche. Mis pasos se detienen sobre los adoquines húmedos; el eco de mis tacones se apaga como una campana rota. Frunzo el ceño. Miro a ambos lados, pero el callejón parece haberse vuelto más angosto, más oscuro, como si las sombras se acercaran, respirándome en la nuca.
El rugido crece, ensordecedor, y entonces lo veo. Un auto negro, sin luces, lanzándose hacia mí como un depredador hambriento. Mi cuerpo entero se congela. El miedo me paraliza de una forma que nunca había sentido antes, brutal, atávica. Siento el viento en la cara, el vibrar del suelo bajo mis pies, la certeza helada de que no hay escapatoria.
No puedo gritar. No puedo moverme. Todo ocurre en una fracción de segundo. Y justo cuando el abismo parece abrirse bajo mis pies, algo invisible me envuelve. No una mano. No un cuerpo. Una energía... intensa, cálida, casi eléctrica, que se arremolina a mi alrededor como un manto viviente. Siento el impulso: una fuerza que me empuja, firme pero llena de ternura, alejándome del camino del auto en el último instante.
Mi cuerpo sale despedido hacia un costado. Caigo de rodillas sobre el suelo mojado, la respiración quebrada en mi pecho, el corazón golpeando como un tambor salvaje. Todo huele a humo, a metal, a miedo. Me llevo las manos temblorosas a la boca, ahogando un sollozo. El mundo sigue girando, pero yo estoy suspendida en un instante que no puedo comprender.
Y entonces, al alzar la vista, lo veo. Bajo la luz temblorosa de un farol, entre el humo y la bruma de la noche, se alza una figura. Alta, majestuosa, irreal. Envuelta en un largo abrigo oscuro. Mi respiración se corta. El frío que me atraviesa se mezcla con un calor extraño, profundo, que brota desde el centro de mi pecho. Siento su mirada clavándose en mí. Una mirada que no debería ser posible, tan llena de nostalgia, de pena, de amor contenido que me rompe sin saber por qué.
Y entonces, contra toda lógica, lo reconozco. No sé de dónde. No sé cuándo. Pero sé que es él. Que siempre ha sido él. Su rostro es claro como un recuerdo robado al tiempo: facciones perfectas, ojos oscuros que brillan como un mar de estrellas, labios entreabiertos como si fuera a decir algo que nunca podrá pronunciar. Siento su voz antes de oírla, un susurro que acaricia mi mente, no mis oídos:
-Katya...
Mi nombre en su voz tiene el peso de un juramento, de un lamento milenario. Me envuelve como una melodía antigua, demasiado hermosa para este mundo. Quiero moverme. Quiero alcanzarlo. Pero mis piernas siguen atadas al suelo, mi cuerpo temblando bajo la marea de sensaciones que me arrastra sin compasión. Una parte de mí quiere huir. Otra parte... desesperadamente quiere correr hacia él.
En un pestañeo, la figura comienza a desvanecerse, como niebla llevada por el viento. Estiro una mano, como una niña que intenta atrapar un sueño, pero solo rozo el vacío. Una lágrima tibia resbala por mi mejilla. ¿Qué ha sido eso? ¿Una alucinación? ¿Un sueño? ¿Un eco de algo perdido? Nada tiene sentido, y, sin embargo, en mi pecho algo arde con la fuerza de una certeza imposible: lo he visto. Lo he sentido.
Unas horas después
Llegué a casa empapada, con el corazón latiendo todavía en la garganta y las manos temblorosas. Dejé caer el abrigo en el suelo, sin importarme nada, y me metí directo en la ducha. El agua caliente golpeó mi piel con fuerza, arrastrando el frío, pero no la sensación de vacío que se me había instalado en el pecho desde que escapé del callejón.
Después, con los músculos rendidos y la cabeza latiendo de agotamiento, me puse una camiseta grande, una de esas viejas que usaba para ensayar, y encendí el reproductor de música. La melodía suave de un piano llenó el pequeño apartamento, y sentí por primera vez en horas que podía volver a respirar.
Tomé un libro al azar de la repisa -uno de poesía rusa que siempre me acompañaba en las noches largas- y me acurruqué en la cama. La lluvia golpeaba el cristal de la ventana en un murmullo constante, como una canción lejana.
Y entonces... ahora mis ojos empiezan a cerrarse. Las palabras se emborronan en la página. El sonido del piano se aleja, como si alguien bajara lentamente el volumen del mundo. Mi cuerpo se hunde en la cama. Mi mente flota. El libro resbala de mis manos. La habitación se disuelve.
Ahora estoy en otra parte. Un prado dorado bañado por una luz cálida que no parece de este mundo. Y entonces lo veo. Veo su silueta, es él. Camina hacia mí, como si emergiera de la luz misma. Su figura alta y elegante corta el paisaje, su cabello castaño claro se agita levemente con la brisa suave. La piel de su rostro brilla bajo el sol tibio, marcada por facciones que parecen esculpidas: una mandíbula firme, unos labios serios pero llenos de una ternura que me sacude hasta lo más profundo. Y finalmente esos ojos...Grises, profundos, infinitos.
Cuando me miran siento que todo mi ser queda desnudo ante él. Como si siempre me hubiera conocido.
Como si siempre hubiera estado esperándolo. Se detiene a unos pasos. Su sonrisa es leve, apenas una sombra en sus labios, pero suficiente para que mis piernas flaqueen. Mi corazón late tan fuerte que creo que él puede oírlo.
-Katya -su voz llega hasta mí como un susurro en la brisa, acariciando mi nombre.
Me acerco, temblando. No sé qué digo. No sé qué hago. Sólo sé que mis pies se mueven por sí solos, que algo dentro de mí me impulsa hacia él.
Él alarga una mano. Sus dedos tocan los míos con una suavidad imposible, como si temiera romperme. Un calor dulce, adormecedor, me recorre todo el cuerpo.
-Estoy aquí -dice, su voz más baja, más íntima-. Siempre he estado.
Mis labios se entreabren para responderle, pero ninguna palabra logra salir. Siento que el pecho me arde, que podría llorar y reír al mismo tiempo.
Él da un paso más. Su mano acaricia mi mejilla. Sus ojos grises me envuelven, me sostienen.
-No estás sola, Katya. Nunca.
Su frente se apoya contra la mía. Cierro los ojos, respiro su esencia: huele a lluvia, a viento, a eternidad. Quiero quedarme aquí para siempre, perdida en este momento, en esta sensación de ser completamente suya, de que él también me pertenece de alguna manera que no comprendo. Pero entonces... el viento cambia. La luz se apaga.
Siento que algo me arrastra hacia atrás, como una corriente invisible que me arranca de su lado.
-No... -susurro, extendiendo la mano hacia él.
Él me sonríe con una tristeza infinita.
-Nos volveremos a ver -promete.
Y en un parpadeo, todo desaparece. Abro los ojos de golpe, estoy en mi habitación y la luz de la mesita todavía encendida. El libro abierto a mi lado. La música ya ha terminado. Miro a mi alrededor, desorientada, el corazón golpeándome con fuerza. ¿Fue un sueño? ¿Fue real? Acaricio mi mejilla. Todavía siento el calor de su caricia.
Me abrazo las piernas contra el pecho, tratando de recuperar la calma. Pero entonces lo oigo. Un susurro apenas audible, como un roce de alas negras en el rincón más frío de la habitación. Una voz que no reconozco, pero que me eriza la piel hasta el alma.
-Te gusta lo prohibido, ¿verdad? -su tono es seductor, como un hechizo que se desliza entre mis pensamientos. Cada palabra suena como un beso en la piel, caliente, prohibido-. Lo ves, lo deseas, pero sigues negándolo.
Mis ojos se abren, mi cuerpo se tensa, pero no puedo moverme. Alguien está aquí, en algún lugar cercano, y no sé si lo escucho en mi mente o si realmente está a mi lado. Mi respiración se acelera, mis dedos se aferran a las sábanas mientras mi cuerpo lucha por escapar de la parálisis que me ha invadido. Pero sus palabras siguen, inquebrantables.
-Puedo ayudarte a conseguirlo...-dice, su voz tan cercana que parece rodearme, envolverme como un lazo invisible-. Puedo hacer que él regrese, que lo tengas, que lo domines. Pero no tienes que jugar como él lo dicta. No tienes que seguir sus reglas.
Siento su cercanía, aunque no lo vea, su presencia pesada, como si estuviera justo detrás de mí, esperando, observando cada uno de mis movimientos. Mis labios tiemblan, y mi mente se enreda, pero él no se detiene.
-Tú sabes que no lo puedes evitar-susurra, ahora con una sonrisa palpable en su voz-. Y yo... puedo hacer que lo consigas, puedo ser la llave que abra todas esas puertas que no te atreves a cruzar.
Me quedo paralizada, sin saber si lo que escucho es real o si mi mente me juega una cruel broma. Pero su risa, profunda y oscura, me taladra el alma dejándome sumergida en un mar de dudas.
La misma noche
En el purgatorio
Levian
Tener una visión diferente exige un precio que no todos están dispuestos a pagar. Es fácil predicar desde la cumbre segura de la virtud, pero enfrentarse al abismo, dejarse devorar por él, eso es para unos pocos. Los demás... los demás se aferran a su moral raída como un mendigo a su manta sucia, creyendo que así sobreviven, cuando en realidad se pudren de miedo.
Son incapaces de alcanzar la grandeza porque tiemblan ante la sola idea de desafiar las reglas. Prefieren la jaula dorada antes que volar con alas negras en un cielo prohibido. Por cobardía. Por comodidad. O simplemente porque no les interesa cruzar esa delgada línea donde la sangre y la gloria se abrazan.
Porque el poder no se ruega, no se mendiga. El poder se arranca de las manos de los dioses moribundos. Se siembra en la tierra con huesos rotos, se riega con la corrupción de las almas. Se forja en las entrañas de la oscuridad, donde cada cicatriz es un triunfo, donde cada lágrima ajena es un himno.
Siempre supe que no nací para arrastrarme en la sombra de otros. Fui creado para brillar... pero no como ellos querían. No para ser un sirviente dócil, ni una voz obediente en un coro de corderos. No para aplaudir sus decretos podridos de falsa luz. Desde el principio, sentí en mi sangre el hambre de algo más grande. Un fuego que no podían apagar con cánticos ni amenazas. Me negué a seguir sus reglas podridas, a fingir que la corrupción no nacía de ellos mismos, a cerrar los ojos ante la hipocresía que devoraba sus tronos de oro.
Y por eso me condenaron. Por no callar. Por no agachar la cabeza. Por ver la humanidad por lo que realmente era: un campo fértil para la crueldad, la ambición, la sed de poder. Una tierra de almas dispuestas a ensuciarse las manos... sí tan solo alguien les susurraba cómo.
Ellos lo llamaron traición. Yo lo llamo despertar, entonces fui arrojado al purgatorio como un perro rabioso al que temen mirar a los ojos. Un exilio hecho de vacío, de sombras afiladas, de gritos que nunca mueren, pero no me quebraron. No pudieron.
En ese abismo aprendí a cultivar la rabia, a pulirla hasta volverla hermosa como una hoja nueva. Aprendí que la compasión es una cadena, que la culpa es un veneno que ellos mismos se inyectan para mantenerse dóciles. Ahora soy libre, libre de sus mentiras, libre para arrancar el velo a los ingenuos, para incentivarlos a devorarse entre sí, para sembrar el caos como un artista siembra belleza en un lienzo en blanco.
¿Crueldad? ¿Ambición? ¿Oscuridad? Son mis pinceles. Son mis armas. Son mi legado. Y mientras ellos tiemblan en sus cielos decrépitos, yo cabalgo sobre los gritos y las plegarias inútiles. Que teman. Que se escondan. Que se arrastren. Porque no hay redención para lo que soy. Porque yo no nací para adorar. Nací para destruir.
Por eso necesito venganza, equilibrar la balanza a mi favor para recuperar lo que me quitaron. Y ella lo hará posible, la bailarina, Pero los inútiles engendros que tengo sirviéndome son incapaces de hacer bien hasta la tarea más simple.
Allí estaba yo, desplegando mis alas negras bajo la inmensidad agrietada del purgatorio, con las sombras retorciéndose a mi alrededor como serpientes hambrientas, mientras escuchaba sus absurdas disculpas.
-Amo -balbuceó uno de los kobolds, con la voz quebrada como un hilo de viento helado-. Hicimos lo que nos ordenó... pero emergió Maskim para proteger a la muchacha y no nos dio tiempo a contraatacar...
Un gruñido se formó en lo más hondo de mi garganta. Un rugido contenido que quemaba mis entrañas con una rabia vieja como el mismo exilio.
-Inútiles duendes. Tenían una oportunidad dorada para romper la maldición... y la dejaron escapar. Tenían que atropellar a la bailarina. Solo eso.
-Amo Levian... -se atrevió a hablar otro, su voz temblando tanto como sus rodillas huesudas-. Creímos que deseaba que ellos estuvieran juntos...
Mi mirada, dos brasas encendidas, se clavó en su rostro torcido. La criatura se encogió aún más, retrocediendo entre las sombras.
-Sí -espeté, dejando que cada palabra le pesara como plomo derretido-. Quiero que estén juntos. Pero Maskim debía materializarse. Debía hacerse visible ante ella. No seguir oculto como un perro vigilante. ¡De nada me sirve que siga siendo su maldito ángel guardián!
Un silencio espeso cayó sobre el purgatorio, solo roto por el aleteo sordo de mis alas extendidas, agitándose como una tempestad retenida.
-Podemos volver a intentarlo... -susurró uno, arrastrando las palabras como si temiera que el aire mismo lo castigara.
-¡No! -tronó mi voz, haciendo estremecer hasta las grietas mismas del vacío-. Es muy pronto. No queremos a ese entrometido de Uriel metiendo sus narices en nuestros asuntos.
Uno de los kobolds, el más pequeño, se frotó nerviosamente las garras contra su pecho encorvado, murmurando con torpeza:
-O.... o podría presentarse ante la muchacha... como un admirador...
Tonto. Imbécil. Me lancé hacia él en un parpadeo, mi figura envolviéndolo como una sombra viviente. La criatura gimió, encogiéndose aún más.
-Tampoco, imbécil -escupí con desprecio, dejando que mi aliento helado rozara su piel arrugada-. No puedo salir de este maldito lugar sin debilitarme. Necesito corromper más almas para recuperar mis poderes. Necesito sembrar más miedo, más desesperación, más hambre en sus corazones humanos.
Mi voz descendió en un murmullo venenoso, como un veneno dulce deslizándose en la sangre:
-Pero tal vez... -murmuré con una sonrisa torcida, una mueca nacida del veneno- todavía no esté todo perdido.
El eco de mis palabras retumbo como un susurro húmedo que reptó entre las grietas de piedra negra. Alcé la mirada al cielo roto, ese velo agrietado que dejaba ver, como a través de un espejo empañado, el pálido resplandor de la Tierra. Ella aún estaba allí. Frágil. Humana. Temblando en la frontera incierta entre el sueño y el deseo.
Perfecta.
La sentí estremecerse en su cama. Llamaba a Maskim sin saberlo. Hundida en un sueño que la arrastraba a la imagen de su ángel. Lo necesitaba. Lo deseaba. Pero aún no con la intensidad adecuada. Todavía le faltaba rendirse. Hundirse. Una punzada de impaciencia me recorrió la columna.
Le susurré lo que no se atrevía a decir en voz alta. Le hablé desde el umbral de sus pensamientos, con la lengua húmeda de la tentación. No de amor, no... sino de hambre. De piel. De abandono. Debía tocarlo, buscarlo, romper lo que juraban sagrado. Solo entonces se abriría la grieta.
Me deleité con su parálisis, ese instante en que su cuerpo dejó de obedecerle. Las manos tensas, aferradas a las sábanas. Los labios temblorosos, indecisos. Casi lo consigue. Casi. Solo una palabra más y se habría rendido.
Pero ella sigue aferrada a él. A Maskim. Como si su contacto pudiera salvarla de sí misma.
-¡Maldita sea! -gruño, ahora, con los dedos crispados sobre los brazos del trono-. ¡Lo arruina todo!
Mi voz retumba como un trueno seco. Las sombras se agitan. El aire se espesa. La rabia me sube por la garganta, áspera como ceniza caliente.
-¡No lo entiendes, Katya! -escupo hacia el vacío, como si pudiera oírme-. ¡Tienes el fuego dentro y lo apagas con miedo! ¡Tu carne lo llama, pero tu alma lo detiene! ¡Estás a un suspiro de romperlo... y te aferras a sus alas como una niña temerosa!
Mi cuerpo tiembla. Me hundo en el trono de piedra, jadeando, con la frente perlada de un sudor que no refresca. Un kobold se acerca arrastrando los pies.
-Amo... fue demasiado esfuerzo. Quizá la muchacha no lo vale...
-¡Silencio! -le atravieso con la mirada, y se retuerce como si lo hubiese golpeado-. ¡Nada estaría ocurriendo si hubieras hecho tu parte! ¡Un segundo más, una imagen más vívida, y habría cedido!
Otro de los siervos se asoma entre los pilares con voz temblorosa.
-Tal vez podamos atraer a Maskim... tenderle una trampa...
Me incorporo con una carcajada seca que me parte la garganta.
-¿Atraerlo? ¿Y qué harías tú con él, engendro torpe? ¿Recitarle versos mientras te tiende la mano? Maskim no es un ángel común. Es filo puro. Y si lo enfrentan, no quedará ni su sombra para lamentarlo. Tiene un poder que ni él conoce, por eso fue elevado a los cielos.
El kobold baja la cabeza. Tiembla. Como debe hacerlo.
Respiro hondo. Me obligo a calmar el temblor en los dedos. El encierro aprieta, me consume, pero no cederé. No cuando estoy tan cerca.
-Tiene una debilidad -musito, y mis palabras caen como veneno dulce-. La bailarina. Ella es la grieta. La puerta. Todo lo que necesito.
Los kobolds aguzan el oído. El aire se llena de una tensión espesa. Esperan. No entienden del todo, pero intuyen que el momento se acerca.
-Si logramos separarlos... solo por un instante... -dejo que la idea se deslice entre nosotros como una serpiente- ella hará el resto. Porque cuando el deseo gobierna, ni el cielo puede cerrar los ojos.
Me dejo caer otra vez en el trono, exhausto, pero hambriento.
-Preparen todo. Maskim recibirá una llamada que no podrá ignorar. Y entonces, mi dulce Katya quedará sola, a nuestra deriva, pero si fallan está vez voy a aplastarlos con mis propias manos, ¿entienden lo que está en juego? -gruño, como una sentencia de su destino, pero sus rostros impasibles y sus poses serviles solo despiertan mis dudas.